domingo, 2 de noviembre de 2008

Una muerte muy mexicana

Luis-Fernando Valdés

Conmemoramos hoy el “día de muertos”, fecha del calendario nacional que tiene su origen en la celebración litúrgica católica de “todos los fieles difuntos”. Bromear sobre la muerte es una característica de nuestra identidad nacional, pero muchas veces la recitación de “calaveras” o contar chistes de velorio no son sino un velo para no reflexionar sobre nuestro destino personal: todos habremos de morir.
Convivimos con la muerte. Con mayor frecuencia de lo que quisiéramos, alguno de nuestros seres queridos deja este mundo. A diario, escuchamos o vemos por televisión el “parte de guerra” de la batalla del Gobierno Federal contra el narcotráfico. Y hasta en los video-juegos de los niños, por no mencionar los “cómics”, nos encontramos con asesinatos.
La muerte se ha convertido en un tema trivial. Quizá es tanto el bombardeo de los medios de entretenimiento sobre este tema, que al hablar de la muerte de terceros, que no son familiares nuestros, solemos decir que “ya le tocaba”, o que “ni modo”. Peor aún es la amarga realidad de que –para algunos– quitar la vida a otro, representa el camino habitual de las venganzas: “se lo merecía”, suelen decir.
Sin embargo, aunque convivamos con ella, y nos refiramos a ella con indiferencia, la muerte nunca deja de suscitar en cada uno de nosotros un sacudida interior. Cuando la vemos cercana a nosotros, en un accidente o en una enfermedad, nunca decimos fríamente y con indiferencia “ya me toca”. Más bien, las preguntas que nos hacemos son: “¿por qué me voy a morir?”, “¿qué sentido tiene que yo muera?”.
El día de los fieles difuntos, y las visitas que hoy hacemos a los panteones, nos deberían llevar a pensar en nuestra propia muerte. Es una conmemoración que nos hace preguntarnos si creemos o no en una vida después de esta vida, en un encuentro con Dios, en el juicio que Dios hará de nuestras obras. La respuesta fácil, pero que no resuelve el drama interior, consiste en negar la existencia de estas realidades sobrenaturales. Pero, al borde de la muerte, prácticamente todos acaban por reconocer que debe haber “algo”, pues la nada no resuelve el drama de dejar de vivir.
Ayuda mucho imaginar nuestra propia muerte. Piense por un momento que es un invitado más a ¡su propio funeral! Vea a su cónyuge junto al ataúd, y contemple las lágrimas de sus hijos y nietos. ¿Qué pensarán? ¿Fue Usted un buen esposo o esposa? ¿sus hijos están contentos con el legado moral que les dejó? Mire la capilla ardiente, fíjese en el Crucifijo frente al féretro: ¿qué cuentas le dará Usted al Creador? Y la gran pregunta: al morir ¿Usted se habrá salvado o se habrá condenado?
Si supiéramos la fecha de nuestro deceso, seguramente empezaríamos a vivir de otro modo: desde cuidar nuestra salud, atender mejor a nuestra familia, hasta reconciliarnos con Dios. ¿Por qué no aprovechar hoy para mirarnos despacio, para preguntarnos: qué he hecho con mi vida? En verdad no es fácil hacer este ejercicio personal, porque suele dar miedo enfrentarse a uno mismo, y admitir que no hemos hecho bien algunas cosas, que nos hemos equivocado.
Mientras deposite flores ante la tumba de un ser querido, plantéese estos interrogantes vitales. Basta ya de altares de muerto y de chistes de panteón que impiden que la muerte nos interpele. Bromear sobre la muerte es parte de la idiosincrasia mexicana, pero muchas veces suele ser un modo de evadirla. Ojalá que la muerte nos ayude a pensar en el premio o el castigo eternos, y esto nos ayude a rectificar nuestras vidas.
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domingo, 26 de octubre de 2008

México en crisis: ¿queda esperanza?

Luis-Fernando Valdés

El panorama del futuro inmediato de nuestro País parece no alentar a la esperanza. Estamos en medio de una gran crisis financiera, escuchamos un verdadero “parte de guerra” cada día, nuestro hermanos de los Estados del Sureste está sufriendo por las inundaciones, hay Estados sin clases por las huelgas de los maestros. ¿Habrá algo positivo en todo este mar de tragedias?
Una aspecto muy positivo de esta situación por la que atravesamos consiste en que podemos comprender mejor qué es la esperanza. Ahora estamos en situación de reflexionar si nuestras “expectativas vitales” son las correctas. Es fácil confundir la verdadera esperanza, con expectativas parciales ya resueltas. Es decir, solemos –por error– pensar que tenemos esperanza mientras tengamos la vida resuelta: estabilidad familiar, un empleo estable y bien remunerado, salud, etc. El error consiste en que la esperanza hace referencia al futuro y no al presente.
En efecto, a lo largo de la historia, todos los seres humanos han experimentado que un presente en bonanza siempre es efímero, y que un presente tormentoso siempre reclama ser superado. La referencia a una solución –un bienestar duradero, en el primer caso; un situación de armonía y paz, en el segundo– sólo se encuentra en el futuro. Y precisamente por eso, el corazón humano naturalmente busca una respuesta en lo que vendrá: eso es la esperanza.
“El futuro lleno de beneficios tardará mucho en llegar, y quién sabe si nos tocará contemplarlo”. Así han razonado algunos en el transcurso de los siglos, y nos han propuesto adelantar el futuro. Nos han invitado a revelarnos contra la esperanza, pues implicaría aceptar pasivamente vivir sin calidad. Y nos han enrolado en revoluciones que deberían traer el Paraíso final a nuestra Tierra actual. Esto ha sido el marxismo, y también su versión cristiana, la llamada teología de la liberación. En el fondo, han querido sustituir la esperanza religiosa con una esperanza en la política o la economía.
Las caída del marxismo no atenuó el deseo de buscar esperanzas intramundanas e inmediatas. El hombre moderno tampoco quiere esperar la llegada del final de los tiempos para conseguir un mundo mejor, pero además no confía en que el mundo presente tenga arreglo. Y busca satisfacciones inmediatas o una vida cómoda y segura. Pero éstas siempre están ligadas al dinero para comprarlas. Por esa razón, el capitalismo tiene mucho público: es fácil poner la esperanza en lo que me da felicidad aquí y ahora, si tengo los medios económicos para costearla. Pero la crisis financiera mundial, ya nos está haciendo ver que poner la esperanza en una economía siempre ascendente tampoco es la solución: las economías también caen.
Es duro conocer a personas que, ante las diversas crisis que atraviesa nuestra Patria, han reaccionado con gran desesperanza. Cómo si la vida ya no pudiera seguir, porque ya no tuviera sentido. Y ahí está la clave de la esperanza: el sentido de la vida actual no se encuentra en el presente sino en el futuro. No faltarán quienes, por esto, nos acusen a los cristianos de evadir el presente, de resignarnos con los males actuales, de ser cobardes para no buscar un cambio.
En el tema de la esperanza, el Cristianismo tiene una gran lección que darnos. Dios nos ha encomendado el presente como tarea, pero el presente no conlleva la felicidad plena, pues ésta vendrá hasta el final. Hay que aprender la lección: el presente es para preparar el futuro, no para quedarse en él. Entonces sí queda esperanza.
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domingo, 19 de octubre de 2008

Finanzas familiares en crisis

Luis-Fernando Valdés

La crisis financiera de Estados Unidos nos ha tenido a la expectativa –tanto a los expertos como a los ciudadanos ordinarios– durante las últimas semanas, porque siempre está en riesgo la economía familiar y personal. Y, en este aspecto de economía doméstica, todos tenemos una especial responsabilidad, que puede ayudar o perjudicar –aunque no lo parezca– a las finanzas globales.
Ante esta situación internacional, tenemos cierto riesgo de considerar que estamos exentos de responsabilidad, porque la crisis fue producida por factores totalmente ajenos a nosotros. Ciertamente, los ciudadanos poco o nada participamos en la configuración del escenario financiero internacional, pero sí tenemos un importante papel en la estabilidad de la economía doméstica y, en cierto modo, de la economía del País. En otras palabras, sí está bastante en nuestras manos que nuestras familias y nuestra Nación salgan adelante a pesar de la crisis económica que se cierne sobre nuestro País. Como es lógico, me refiero a las familias que tienen un ingreso suficiente, y no a tantas que sobreviven con un ingreso mínimo desde hace mucho tiempo, incluso antes del inicio de la reciente crisis.
En nuestras manos se encuentra el recto uso del dinero. Y éste es un factor importante, que puede ayudar a sobrellevar la complicada situación económica que afecta a nuestras familias. Se trata de la mentalidad y el hábito del ahorro. Es muy frecuente que los mexicanos con posibilidades de ahorrar, gasten todo el dinero que ganan. Y de esta manera, no hay posibilidad de enfrentar ninguna adversidad que se presente en las finanzas familiares. Aunque ya se sabe que hay casos del todo inesperados, en ocasiones el gasto doméstico resulta afectado por falta de previsión, o por emplear el dinero en consumos no necesarios.
Aunque no en todos los casos, sucede que hay una mentalidad de fondo, que consiste en la búsqueda de un ritmo de vida –compras no del todo necesarias, placeres, viajes, estar a la moda, etc.– que compromete todo el salario presente y ¡futuro! Este modo de ver la vida casi siempre conlleva una actitud que no es correcta: la de gastar el dinero que no se tiene. Los mecanismo crediticios –tarjetas, préstamos, hipotecas, incluso las llamadas “tandas”– hacen disponer de efectivo, que aún no se ha ganado. Este efectivo habrá que devolverlo, y la única manera posible de cancelar la deuda es ahorrando.
Sin embargo, se ha hecho usual adquirir otra deuda para pagar los préstamos. Este mecanismo usado por los pequeños y medianos consumidores favorece la inversión y el flujo de efectivo, pero genera una cartera de deudas impagables, que terminará por llevar a la quiebra a las instituciones de crédito, y eso repercutirá en la economía del País. Por eso, no es gratuito afirmar que la crisis financiera es únicamente resultado de manejos equivocados de unos cuantos grandes inversionistas, aunque ellos lleven la mayor responsabilidad. También los ciudadanos ordinarios tienen su parte, si gastan más de lo que tienen.
Pero ¿cómo pedirle a la gente que ahorre y que no se endeude, si nos han bombardeado con publicidad que nos lleva al consumismo? ¿cómo, si nos han formado en una mentalidad que identifica la felicidad con el éxito económico? Las ideologías que fomentan el consumismo terminan por pasar una factura muy cara. ¿No será tiempo ya de que cada familia reflexione si su ideal de vida consiste o no en el “tener”, y su felicidad en el “consumir”? Es tiempo de cambiar.
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domingo, 12 de octubre de 2008

El lado ético de la crisis financiera

Luis-Fernando Valdés

Llevamos semanas de incertidumbre financiera, no sólo en los Estados Unidos sino también en nuestro País. Esta crisis ha generado muchos comentarios muy acertados de economistas y financieros. Pero, al ver cómo millones de personas se ven afectas por las bancarrotas de prestigiosos bancos y otras empresas, es el momento de preguntarnos si el mundo de los negocios está o no al margen de una responsabilidad ética.
El problema financiero, que hoy ya tiene un tamaño mundial, comenzó en los Estados Unidos, y se generó –entre otras causas– por la difusión de nuevas líneas de crédito, en especial de hipotecas que permitían, entre otras cosas, financiar todo a tasas inicialmente bajas. Este tipo de productos permitió la adjudicación de hipotecas a muchas personas que antes, por su baja calificación crediticia (bajos ingresos u otros activos para demostrar solvencia), no podían acceder a ser dueños de viviendas. Este auge de las hipotecas se denominó “subprime”.
Veamos un caso representativo. Como ahora muchos consumidores tenían dinero para comprar casas, subió la demanda de bienes raíces, con el consiguiente aumento de precio de los inmuebles. Además, en ese País, es viable obtener nuevos préstamos por la diferencia entre el valor de la casa de la que uno es dueño y lo que falte pagar de la hipoteca sobre la misma. Supongamos que mi casa vale 100 y debo 70 de hipoteca y el banco me presta 30. Pero si la demanda de inmuebles aumenta, mi casa sube de valor; ahora vale 200. Entonces le puedo pedir al banco un nuevo préstamo, ahora de 130 (200 del valor nuevo, menos 70 de deuda). Con lo cual puedo pagar mi deuda de 70 y me quedo con 60 para hacer negocios o para gastar.
Pero ¿qué pasa si mi casa empieza a valer menos? Que sigo debiendo 130 y pero como mi casa vale 100, no tengo posibilidad de obtener un crédito para reestructurar la deuda, porque la diferencia entre el valor de mi casa y la hipoteca es negativa (de menos 30). Ahora ya no tengo dinero ni para pagar mi deuda ni para invertir en otras cosas. Y esto fue lo que pasó en Estados Unidos. La Reserva Federal redujo los intereses hipotecarios, pero esta medida no fue suficiente, y sobrevino la quiebra de los bancos, que no pudieron cobrar las hipotecas vencidas.
Sin duda, el mercado de capitales presenta buenas ventajas, pues –entre otras cosas– facilita el movimiento de capital que conlleva un cierto bien social, y favorece al inversión. El problema ético radica en que una economía, basada sobre la importancia del dinero, no puede conducirse sólo por motivos de interés personal, sino en función del bien común de la sociedad.
La especulación con el dinero es lícita cuando se aspira a una ganancia justa. Pero no lo es cuando la ganancia personal pone en riesgo el bien de la mayoría. Cuando, por la ganancia de unos pocos, se ponen en riesgo –o se daña de hecho– el empleo, la vivienda y el dinero de la mayoría, esos negocios no tienen justificación ética. Es muy difícil quizá que quienes poseen grandes capitales reparen en estas implicaciones morales, pero no podemos dejar de decir que existe –en los negocios basados en la especulación– una verdadera responsabilidad ética hacia la sociedad.
Contemplar los duros efectos de esta crisis en los ciudadanos de a pie, nos hace ver que la ética debe tener una voz en los planteamientos económicos. Las teorías económicas y las grandes decisiones financieras pueden ser objeto de un juicio ético, porque siempre está implicado en ellas el bien de los individuos.

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domingo, 5 de octubre de 2008

Legalizar drogas: un fracaso anunciado

Luis-Fernando Valdés

El Presidente Felipe Calderón acaba de enviar una propuesta al Senado que plantea no ejercer acción penal contra quienes posean unas cantidades mínimas de cocaína, marihuana u opio. Quienes sean detenidos con cantidades superiores a las establecidas serán tratados como narcomenudistas y no como fármaco dependientes. Pero legalizar las droga –al permitir su consumo personal– es una medida que ya fracasó rotundamente en Holanda ¿para qué aplicar una modelo perdedor en nuestro País?
A mediados de los años 70, Holanda legalizó el consumo de drogas, con la finalidad de “poner en bancarrota” a las mafias, y de “controlar” el uso de estupefacientes. Ciertamente, los precios de los enervantes disminuyeron notablemente, pero no ocurrió lo mismo con el número de consumidores. Los cárteles se fortalecieron. Y, además, llegaron unas tristes consecuencias sociales, como el “turismo de la marihuana”, que consiste en que miles de jóvenes de Francia y Alemania visitan diariamente los Países Bajos sólo para drogarse.
Rob Hessink, antiguo jefe de policía de Rotterdam, luchador de primera hora por la legalización de las drogas, se quejaba en el año 2000 que “primero empezamos tolerando centros de droga para jóvenes, después criminales se adueñaron de ellos para forrarse y ahora toleramos prácticamente la organización de redes criminales”.
Cuando Holanda permitió el consumo y venta de drogas blandas en pequeñas cantidades, una de las razones fue tener controlados los puntos de venta, mediante los llamados “coffee-shops”. Pero el resultado es que este País se convirtió en uno de los productores más grandes de heroína y cocaína. Otro de los argumentos en favor de la tolerancia fue que los jóvenes no buscarían la droga dura si se les facilitaba la droga blanda. Tampoco esto resultó porque en Holanda no hay menos adictos a la droga dura que en otros países.
El 27 de febrero de 1995, la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de la ONU se pronunció en contra de la legalización de la droga. Este organismo señaló que “legalizar el consumo y tráfico de drogas significa alimentar la demanda”. Como ejemplo de las consecuencias negativas de la permisividad, el informe de la Junta describe el caso de Zúrich: “Los muchos años de tolerancia han llevado a una triste situación en que las autoridades no son capaces de controlar un problema tremendo”. Y luego añadía un dato muy importante, de cara a la rehabilitación de los drogadictos: “en definitiva, estos programas no han conseguido reducir los daños, pero sí han causado perjuicios al impedir y obstaculizar los programas de prevención”.
Además, es muy importante poner en primer plano los motivos éticos. Nunca es moralmente bueno utilizar medios malos para obtener fines buenos. No se puede hacer el mal para que sobrevenga el bien, sentencia la Biblia (Romanos 3, 8). Pablo VI enseñó con firmeza que “no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien” (Humanae vitae, 14). San Agustín lo enseñaba así: “los actos que son por sí mismos pecado, como el robo, la fornicación y la blasfemia, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos, ya no serían pecados o –conclusión más absurda– serían pecados justificados?” (Contra mendacium, 8, 18).
En el combate contra el narcotráfico, la legalización de la droga no funcionará. ¿O qué tenemos en México que haga que no repitamos los errores de Holanda? Y las consecuencias sociales y éticas serán funestas. Escarmentemos en cabeza ajena.

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domingo, 28 de septiembre de 2008

Amar el mundo con pasión

Luis-Fernando Valdés

Cada día observamos con inquietud como algunos aspectos de la vida pública de nuestro País se degradan, como la integración familiar y la paz social. Hay un clamor generalizado que soluciones, que no advienen. Y, entre esas voces, suenan algunas quejas hacia la fe: “¿por qué el cristianismo se muestra incapaz de aportar respuestas a estas grandes crisis?”.
El problema no es la religión, sino que algunos –quizá ya sean muchos– no aciertan a conectar los principios perennes de la fe con las circunstancias más ordinarias de la vida. Y así se pierde la oportunidad de iluminar con nuevos brillos los urgentes problemas sociales, que hoy parecen irremediables.
Esta disociación entre las creencias religiosas y la vida cotidiana se produce por dos errores de apreciación. Uno es el llamado “naturalismo”, que reclama la autonomía del mundo respecto a Dios, como si el universo o la naturaleza fueran la única realidad existente. Y el otro es conocido como “espiritualismo”, que pretende explicar al hombre desde un Dios que casi no tendría que ver con el mundo, pues todo el trato con Dios se llevaría a cabo en el interior del ser humano, sin mezclarse con las cosas del mundo. Ambos enfoques cercenan el contacto de la fe con la realidad social. Y se pierde la gran oportunidad de que las verdades religiosas puedan aportar una sólida voz en los debates de la ética social.
Sin embargo, sí existen vías de diálogo entre la fe y el mundo, que permiten superar aquellas dicotomías. Uno de esos caminos es que abrió San Josemaría Escrivá de Balaguer. Por inspiración divina, fundó el Opus Dei hace ya 80 años, el 2 de octubre de 1928. El mensaje de este gran sacerdote es que el mundo es el ámbito del encuentro del hombre con Dios.
Mons. Escrivá explicaba que el mundo “no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora”. No tienen precedente una visión que relaciona tan claramente a Dios con el mundo. Por esa razón, lejos de considerar que el hombre vive en un mundo autónomo en el que Dios no tiene cabida, y sin proponer una vida cristiana que minusvalora las realidades temporales, San Josemaría propone “amar al mundo apasionadamente”, porque el mundo es lugar del encuentro del hombre con Dios.
La doctrina del Fundador del Opus Dei –empleando una frase suya– es “nueva como el Evangelio y como el Evangelio, nueva”. Es una invitación a revalorar la enseñanza bíblica de que el mundo es bueno porque ha sido creado por Dios (Génesis 1, 1-25). Por eso, todo cristiano debe amar especialmente al mundo y todo lo que contiene –trabajo profesional, ocupaciones familiares, relaciones sociales–, porque son los elementos esenciales de su papel como humano y como cristiano. Las realidades creadas, el ámbito laboral y la vida social son el lugar del encuentro amistoso con Dios.
Con gran realismo, San Josemaría no perdía de vista que el mundo ha sido manchado por el pecado, y que eso se refleja en la injusticia y la violencia, en la enfermedad, el dolor y la muerte. Pero con gran fe, predicaba que el mundo ha sido redimido por Cristo. Y, por eso, los fieles cristianos lejos de desentenderse de su realidad, movidos por su libertad y responsabilidad personales, debe llevar esa redención a las esferas familiares, laborales y sociales, es decir, deben contribuir a la solución de los grandes y pequeños problemas de nuestra época. El cristianismo, considerado y vivido así, es una gran contribución para el bien común de nuestra Patria.

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domingo, 21 de septiembre de 2008

Morelia: hachazo en la raíz

Luis-Fernando Valdés

El grito de Independencia de este año ha dejado una marca imborrable en la Historia de nuestra Nación. Es una herida que tardará muchos años en restañar, porque esas granadas fueron arrojadas por manos criminales, pero la culpa la sentimos todos, pues todos hemos contribuido a la degradación moral y social de México, y ahora estamos pagando nuestras negligencias.
Mientras veía los noticieros, una metáfora me vino a la memoria. Fueron las palabras de Juan el Bautista, cuando exhortaba a la conversión: “Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mateo 3, 10). Nuestro País sufre una grave crisis de identidad, porque a nombre de la libertad y de la democracia, hemos renunciado a los valores. Los valores morales son parte fundamental de la herencia cultural de una Nación; conectan a una generación con la siguiente, y le dan una profunda cohesión a los ciudadanos. Son la raíz espiritual que alimenta el ámbito espiritual de un Pueblo.
Durante décadas fuimos forjando un hacha. Cada quien a su escala, pero dejamos que la corrupción se hiciera el modo de vida de los mexicanos: no pagar impuestos, comprar artículos piratas, copiar en la escuela, comprar títulos universitarios, falsificar facturas, arreglar resultados deportivos, mentir al contestar el teléfono, dar datos falsos al IFE, vender y comprar litros de 900 mililitros. “No robarás”, “no mentirás” dejaron de ser parte del Decálogo. Peor aún, encontramos la manera de adulterar los preceptos de la Ley divina, que hasta Dios es víctima de nuestras transas.
Durante años estuvimos afilando el hacha, hasta hacerla capaz de romper madera y metal. Nada justifica los bombazos sufridos por los morelenses –y por todos los mexicanos con ellos–, pero todos contribuimos a establecer un ambiente de violencia. ¿Cómo se divierten los niños en los videos juegos? Algunos lo hacen sanamente, pero otros ganan puntos y puntos decapitando al rival, aunque sea virtualmente. Es absurdo, se les enseña a ganar a costa de matar sanguinariamente al adversario. ¿Cuántos asesinados se ven semanalmente en las series de televisión? Además, cuando las leyes que nos configuran como Nación establecen que un ser humano no-nato no tiene derecho a la vida, nos están diciendo que cualquiera puede disponer de la vida de los demás: “si una madre puede eliminar a su hijo, ¿por qué yo no voy a matar a mi enemigo?”
Y esta pesada y filosa hacha asestó un golpe letal en nuestras raíces. México agoniza, porque su fuente de vida –sus valores, sus virtudes– ha sido severamente lastimada. Esas explosiones en Michoacán no nos hubieran dañado como Nación, si fuéramos un Pueblo unido, ordenado, justo, que llama a las cosas por su nombre. Pero esas bombas no encontraron resistencia: son el fruto de la corrupción, de la mentira, de nuestra cultura contra la vida, de la división que hay entre los ciudadanos.
Y habrá más hachazos. ¿Cómo evitar que, al final, caiga México? Ya es tiempo de tomarnos muy en serio la formación de los valores en los jóvenes –y en los mayores–. Urge una revisión a los valores morales que se imparten en las escuelas y en los medios de comunicación. Debemos voltear nuevamente hacia los milenarios Diez Mandamientos, y ver que siguen vigentes. Nuestra raíz se agosta porque ahora los mexicanos decimos “sí mentirás”, “sí robarás”… “sí matarás”. No es cuestión meramente religiosa, es un asunto ético-cívico impostergable.
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domingo, 14 de septiembre de 2008

“Laicidad positiva”

Luis-Fernando Valdés

En este mes de la Patria, recordamos nuestras raíces y nos alegramos de ser mexicanos. Pero esta identidad nuestra es paradójica, pues contiene elementos disímiles. Somos la fusión de europeos con mesoamericanos y, en nuestro interior, conviven ideales tanto liberales como conservadores: somos laicos y creyentes… al menos la gran mayoría. Pero muchas veces no encontramos el punto exacto de esa síntesis y, por eso, la laicidad mexicana da bandazos a la izquierda (laicismo anticlerical) o a la derecha (clericalismo). ¿Existe un laicismo moderado que pueda unir a todos los mexicanos?
Desde antier, el Papa Benedicto XVI realiza un viaje a apostólico a Francia, con motivo del 150 aniversario de las Apariciones de la Virgen de Lourdes. El mismo día de su llegada fue recibido por el Presidente francés. En su discurso de bienvenida, Nicolás Sarkozy manifestó ideas liberales muy avanzadas (porque dejan atrás el laicismo del siglo XIX), que “curiosamente” coinciden con las ideas del Papa sobre el papel de la Iglesia en el mundo de hoy (pues la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II, dejó atrás la idea de una hegemonía socio-política como lo fue en la época medieval).
El Presidente Sarkozy propuso un “laicismo positivo”. Calificó como “una locura” que el mundo se prive de las religiones, pues esta posibilidad “sería un error hacia la cultura y el pensamiento”. Agregó que en la democracia es legítimo y respetuoso de la laicidad dialogar con las religiones, ya que éstas son patrimonios vivientes de pensamiento no sólo de Dios, sino también sobre el hombre y la sociedad. Y afirmó que los diversos credos de sus ciudadanos son una riqueza para Francia por lo cual “la laicidad positiva es el respeto a las convicciones”; y sin menos precio a los otras confesiones, Sarkozy dijo que “reivindicamos nuestras raíces cristianas”.
Por su parte, el Obispo de Roma, tras mencionar las raíces cristianas de Francia y el papel civilizador de la Iglesia en Galia desde el siglo II, habló también del “laicismo positivo”. Expresó que estaba “profundamente convencido de que una nueva reflexión sobre el significado auténtico y sobre la importancia de la laicidad es cada vez más necesaria”. Benedicto no pidió privilegios para la Iglesia (como los tenía en el siglo XVIII), sino que puso el núcleo de esta nueva laicidad en la libertad religiosa. Por eso, consideró que es fundamental “insistir en la distinción entre el ámbito político y el religioso para tutelar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos, como la responsabilidad del Estado hacia ellos”.
Un “laicismo positivo” por parte del Estado, y un “sano anticlericalismo” por parte de la Iglesia, conectan muy bien. Por el punto de enlace ya no es la disputa por el poder temporal, sino la misión de servicio a los ciudadanos, que es compartida por ambos. Para los mexicanos, que somos ciudadanos de a pie, esta nueva visión nos otorga la oportunidad de armonizar nuestras raíces: ya podemos sentirnos liberales (que piden que el Gobierno sea laico, precisamente para que favorezca que cada ciudadano libremente ejercite sus creencias) y creyentes (viviendo en privado pero también en público, la misión de servicio que le impone su propia fe, sabiendo que no será atropellada ni obstaculizada por el Gobierno). Francia tardó 229 años en afinar su laicismo (desde la toma de la Bastilla en 1789). ¿Cuánto tiempo tardará México? (Ya llevamos 151 años, desde la Constitución de 1857).
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domingo, 7 de septiembre de 2008

“Divorcio express”

Luis-Fernando Valdés

Pasó casi desapercibida la aprobación del “divorcio rápido”, pues fue promulgada por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, el pasado 27 de agosto, justo un día antes de que la Suprema Corte de Justicia de la Nación se reuniera para votar sobre la constitucionalidad de la ampliación de la Ley de salud pública, que amplía el aborto hasta las doce semanas de gestación. Hoy le dedicamos espacio a este tema capital para el futuro de la institución familiar en nuestro País.
El Pleno de la ALDF reformó los Códigos Civil y de Procedimientos Civiles para eliminar 21 causales de divorcio, y creó la hipótesis única para demandar la disolución del vínculo. Desde ahora bastará con que uno de los cónyuges manifieste su deseo de concluir el vínculo matrimonial para que el juez apruebe la separación, sin mayores requisitos.
Esta medida quizá podrá beneficiar algunos casos extremos, en los que uno de los cónyuges sufra violencias y esté amenazado si intenta la separación. Pero, para el resto de la sociedad, eliminar las causales de divorcio supone un retroceso. Para entenderlo bien, es necesario poner la separación legal en su contexto real: la custodia del matrimonio.
La familia es la célula fundamental de la sociedad. Y la familia se forma a partir del matrimonio. La Ley tiene como finalidad custodiar el bien común de una Nación, y el principal bien es que las familias que integran la sociedad permanezcan unidas. Como es lógico, la legislación tiene que prever también cómo se debe proceder en los casos en los que ya no es posible la convivencia conyugal. De modo que las causales de divorcio tienen como función establecer en qué situaciones es admisible la separación, porque no todas las desavenencias de los esposos tienen tal entidad como para deshacer el vínculo matrimonial. Así debe ser como la Ley custodie las estabilidad de las familias.
Sin embargo, al aprobar la derogación de las causales de divorcio, los Legisladores están estableciendo que cualquier motivo es suficiente para diluir el vínculo matrimonial. Cualquier motivo: desde violencia física o psicológica al aburrimiento, desde la escasez económica hasta el deseo de irse con otra persona. La Ley tiene un valor educativo para los ciudadanos y, en este caso, la enseñanza es que ya no hace falta luchar para salvar el amor matrimonial, ni empeñarse en mantener la palabra dada de ser fiel hasta la muerte.
El Diputado Daniel Ordóñez Hernández, del PRD, ponente de esta reforma, sostuvo que la voluntad autónoma de las personas sobre su situación matrimonial debe ser respetada por el Estado y éste no debe empeñarse en mantener, de forma ficticia, el vínculo. Pero esta es una verdad a medias. Ciertamente, el Estado no puede programar quién se casa con quién. Pero es falso que la naturaleza del matrimonio dependa de la voluntad de los cónyuges. El matrimonio es una institución natural, que no es inventada sino reconocida y regulada por la Legislación. Tampoco es creada por los esposos. Por esa razón, ni la potestad del Estado ni el deseo de los cónyuges pueden modificar las características del matrimonio: la unión de un varón y una mujer, para siempre.
El “divorcio express” y la ley de la ampliación del aborto conllevan una triste enseñanza: que para la Ley la propia voluntad está por encima del otro cónyuge, del matrimonio, de la familia y de la vida de un tercero. La subjetividad de cada uno se ha convertido en la norma suprema. En México impera ya el relativismo, no las instituciones.

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domingo, 24 de agosto de 2008

Otro reto para la seguridad pública

Luis-Fernando Valdés

La situación de la tranquilidad pública de nuestro País lleva largo tiempo desbordada. Se cuentan por centenares los ejecutados, lo secuestrados, los extorsionados, en lo que va de este año. Ya no es una gota la que derrama el vaso, sino un oleaje el que rompe más el muro de contención. Tuvo que ser la muerte del joven Fernando Martí el detonador para que nuestros gobernantes aceptaran que la inseguridad de los ciudadanos es alarmante. Y tuvo que ser un ciudadano –Alejandro Martí– el que pusiera un gran desafío a los políticos: si no pueden hacer nada, mejor renuncien. Pero superar la ineficacia policial no el único reto: queda uno mayor.
Lamentamos mucho la desventura que sufre cada víctima de la violencia, no hay víctimas de segunda categoría. Pero fue necesario –qué duro es decirlo– que el agredido fuera un joven de buena posición, para que la voz de todas los plagiados fuera escuchada por las autoridades. Y sólo así se reunieron el pasado jueves los Tres Poderes de la Unión y los Gobernadores de todas las entidades federativas y del Distrito Federal. En su intervención, con la voz entrecortada, Martí les planteó una demanda: “Señores, si piensan que la vara es muy alta, si piensan que es imposible hacerlo, si no pueden, renuncien, pero no sigan ocupando las oficinas de Gobierno, no sigan recibiendo un sueldo por no hacer nada, que eso también es corrupción”. Huelga decir que, rápidamente, todos los políticos aceptaron el desafío.
Pero la clave de la solución no se puede limitar a tomar medidas respecto a los plazos y a los responsables. No se requiere ser profeta para anunciar que difícilmente esto va funcionar, si las resoluciones se quedan sólo en niveles meramente operativos. Para vencer la corrupción no basta con despedir a los agentes que hagan mal uso de su cargo, como no basta extirpar un tumor para curar un cáncer agresivo
Hace falta algo más para vencer la corrupción y la impunidad. Se requieren valores y virtudes. Que no son palabras de uso exclusivo de la religión. Ya Platón y Aristóteles explicaban que, para el recto desarrollo de la polis, era necesario contar con gobernantes sabios y virtuosos. Y el planteamiento es verdadero: sólo una persona con valores y virtudes podrá ser justa, sólo ella podrá encarnar en su vida el ideal de la justicia.
Necesitamos que cada mexicano crea en la justicia y la viva. Sólo un ciudadano con verdaderos y sólidos valores será capaz de resistir la seducción del poder o de la riqueza. Lanzo este reto: una persona sin valores ni virtudes, ¿será capaz de dar su vida para exigir que se cumpla la Ley? Lo dudo, pues se requiere tener y amar un ideal que sea más grande que la propia vida para poder sacrificar la propia existencia, antes que ceder a la corrupción. Por eso, el martirio siempre va ligado a los valores: la Fe, la Patria, la Familia.
Pero para tener estos ideales, se requiere algo más que una orden del jefe policiaco o del gobernante en turno. Hace falta una nueva educación, que fomente y enseñe a vivir los valores. Pero si nuestra educación actual fomenta el relativismo, en el que cada uno tiene su verdad; si se hace burla de la fe religiosa; si a nombre de la tolerancia se sacrifica la verdad; si no se pierden el miedo a reconocer que hay acciones moralmente equivocadas y malas (lo que antes llamábamos pecado), entonces ¿de dónde van a salir los valores que queremos que las Autoridades defiendan? ¿en dónde conseguiremos policías que sacrifiquen su vida antes de corromperse?
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domingo, 17 de agosto de 2008

Aborto ¿ideología o derecho?

Luis-Fernando Valdés

Hace tres días, el Ministro Salvador Aguirre Anguiano entregó a la Suprema Corte de Justicia un proyecto de sentencia que propone invalidar la despenalización del aborto, aprobada por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal en 2007. Aguirre presentó su argumentación en un documento de 612 páginas y 38 anexos. Pero ya antes de ser analizado han surgido algunas protestas que alegan que el Ministro se dejó llevar por su ideología. ¿Estamos ante una cuestión meramente legal o en verdad es ideológica?
El Ministro señala que la vida está protegida por la Constitución, leyes locales y tratados internacionales desde el momento de la concepción. De hecho ya había una jurisprudencia previa en este sentido, cuando la SCJN dictó sentencia sobre la llamada Ley Robles. Desde el punto de vista jurídico, lo que hizo Aguirre fue revisar si la Ley aprobada en el Distrito Federal coincide o va en contra del ordenamiento de la Carta Magna. Y su dictamen es que como la Ley Superior ampara la vida del no-nato, esta Ley inferior que aprueba el aborto es inconstitucional.
Sin embargo, aunque esta sentencia de inconstitucionalidad tiene fundamento, pues se basa en lo que dice nuestra Ley Suprema, y desde el punto de vista jurídico no tiene mayor complicación, rápidamente se ha convertido en un asunto “ideológico”. Y es que nuestro País, desde mitad del siglo XIX, vive bajo una dialéctica entre conservadores y liberales, izquierda y derecha, que en la práctica lleva a considerar la Leyes como un instrumento para imponerse al otro bando, para imponer el propio punto de vista.
Y, por esta razón, se mezclan casi hasta confundirse lo jurídico y lo ideológico. Y para muestra basta reseñar que Enrique Vargas Anaya, Diputado local de la Ciudad de México, afirmó que este proyecto de sentencia debe discutirse y argumentarse de acuerdo a preceptos jurídicos y no ideológicos. ¿Acaso decir que una ley es anticonstitucional porque va en contra de lo que defiende un Tratado Internacional (como la Declaración de los Derecho Humanos) firmado por México es “ideología”? Algunos podrán estar en desacuerdo con el contenido de ese Convenio, pero esa desavenencia no da derecho a calificar de “ideología” una acción de inconstitucionalidad.
Aunque ya ha pasado más de un siglo, y hemos llegado a lo que se suele llamar posmodernidad, algunas declaraciones de políticos siguen metidas en esa dialéctica decimonónica de izquierda y derecha. El mismo Diputado señaló que el fallo final que emita SCJN debe salvaguardar el Estado Laico por encima de las creencias religiosas, ya que lo que se defiende con la reforma que despenaliza el aborto es el reconocimiento y la defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, por su salud y por su derecho a decidir, y no los intereses de la jerarquía eclesiástica.
Nuevamente se llama “jurídico” a lo que es ideológico. El proyecto de sentencia no tiene como finalidad promulgar una nueva ley, y menos que ésta sea favorable a la Iglesia. La propuesta de Aguirre busca aclarar si la reforma a la ley del aborto aprobada por la Asamblea Legislativa se opone en sus términos a la Constitución. La declaración del Diputado es “ideológica”, pero la presenta por “jurídica”. El resultado de confundir la propia ideología con el derecho sólo conlleva el retraso en el establecimiento de un Estado de Derecho, y acarrea la división del País. En esta resolución está en juego la vida humana desde su concepción, pero también nuestro fundamento como Nación.

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domingo, 10 de agosto de 2008

Prevención del SIDA: ¿solución o atropello?

Luis-Fernando Valdés

México se convirtió en el primer país latinoamericano que ha sido sede de una Conferencia Internacional sobre el Sida, la cual se llevó a cabo del 3 al 8 de agosto pasados. El evento, organizado por las Naciones Unidas, busca la disminución mundial de esta pandemia. El objetivo es excelente, pero algunos políticas y medios para conseguirlo resultan dudosas.
En primer lugar, la Conferencia se sitúa a sí misma –de un modo muy sutil– como un organismo legislativo superior a las naciones participantes. Es llamativo el tono de los discursos, en los que se pide a los países que adopten una legislación determinada por las políticas que sugiere la ONU. Así la UNICEF, en su página web publicó que “la meta final de esta reunión (del 2008) será la de establecer un método de educación sexual amplio, que incluya educación sobre el VIH/SIDA, dentro del currículo nacional de escuelas primarias”.
En principio, una propuesta así parece buena. Sería muy importante, sin duda, que todos los ciudadanos, ya desde la infancia, aprendan a respetar y valorar a todas las personas portadoras del VIH, y que sepa “prevenir” este problema. Pero, detrás de toda propuesta educativa hay un presupuesto fundamental: que la educación es un derecho primigenio de los padres de familia, no del Estado. El conflicto surgirá sólo: ¿qué sucederá cuando el plan de información sobre el SIDA propuesto por la ONU no coincida con el modo de pensar de los papás? ¿se le impondrá a la fuerza?
Varios discursos de esta XVII Conferencia insistían la conexión entre la salud pública y los derechos humanos. El Comunicado de Prensa del 6 día de la Conferencia destacaba que los objetivos de la salud pública eran “frustrados por las violaciones a los derechos humanos, la desigualdad de género y el estigma” (www.aids2008.org). Sin embargo, al proponer una política única de educación sobre el VIH, ¿no están violando también un derecho humano fundamental, como es el derecho de los padres a la educación de sus hijos?
Fue patente que la propuesta de la Conferencia sobre la prevención del VIH gira en torno al uso del preservativo. El francés Bruno Spire explicó que un “paso clave” para prevenir la transmisión sexual del VIH consiste en “combatir la fatiga en la prevención”, e hizo un llamado a las “soluciones pragmáticas” en relación a aquellos que “no usan preservativos consistentemente”. Esta propuesta tiene una ideología de fondo, que consiste en una visión reducida del ser humano y de su sexualidad, la cual es resumida al placer y desligada del amor y de la procreación.
Para prevenir el SIDA lo importante no es capacitar en el uso del preservativo, sino educar en una visión global de la actividad sexual, que abarca todas las esferas del ser humano: corporal, afectiva, lúdica, psicológica, moral y religiosa. La sexualidad se debe llevar a cabo en el marco del amor a la otra persona. Y esa expresión del amor en el sexo capacita para transmitir la vida humana. Pero, ¿qué pasará con las personas que deseen que sus hijos sean educados en esta otra visión? ¿serán atropellados por no aceptar la postura de la ONU?
Es una pena que un esfuerzo internacional, digno de elogio, para ayudar los pacientes de VIH/SIDA del mundo entero, termine reducido a un foro ideológico, que apoya una visión reducida del hombre y su sexualidad, y que pretenda imponer unos medios con los que no todos están de acuerdo.
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domingo, 3 de agosto de 2008

Mons. Mario De Gasperín

Luis-Fernando Valdés

El próximo 4 de agosto, el Obispo de Querétaro cumplirá 25 años de ordenación episcopal. Desde hace un año los fieles de la Diócesis han estado preparando este Jubileo. Y el próximo viernes 8 habrá un festejo solemne en el Estadio Corregidora. ¿Cuáles son la importancia y el significado este evento para nuestra Ciudad?
Celebrar las Bodas de plata episcopales de Mons. De Gasperín tiene gran relevancia, no sólo porque ocupa un cargo importante en la Iglesia, o porque su figura ejerce mucha influencia tanto entre los creyentes como en las personas de buena voluntad. Además de la innegable trascendencia social de este evento, estos festejosnos recuerdan sobre todo el significado espiritual del episcopado en la Iglesia.
Es muy significativo el caso del Obispo queretano, porque pertenece a la nueva generación de jerarcas católicos, cuya función pastoral fue delineada por el reciente Concilio Vaticano II. Este Concilio trató a profundidad el papel de la Iglesia en el mundo contemporáneo, y puso especial atención en la figura de los obispos en el documento “Christus Dominus” (1965), que resalta la función espiritual y humana de los sucesores de los Apóstoles.
A don Mario de Gasperín le tocó recibir el Episcopado por encargo de Juan Pablo II, en un momento histórico en que la Iglesia tenía que aplicar con fidelidad la doctrina del Vaticano II, en medio de situaciones de cierta confusión. El Concilio enseña que “los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan las Iglesias particulares que se les han confiado, no sólo con sus proyectos, con sus consejos y con ejemplos, sino también con su autoridad y potestad sagrada” (Lumen Gentium, 27). Y así lo ha hecho el Obispo de esta Diócesis.
La trayectoria de Mons. De Gasperín ha estado marcada por un esfuerzo grande de poner en práctica las grandes líneas pastorales de la Iglesia Universal. Fruto de esos intentos es el Plan Pastoral de la Diócesis, que tiene como grandes prioridades la Familia y la Espiritualidad de Comunión, que tiende a reforzar la unidad de toda la Iglesia queretana.
Es importante destacar que el Obispo de Querétaro ha tenido la valentía de hablar con claridad a los fieles sobre sus responsabilidades sociales. Es digna de mención su instrucción pastoral sobre la responsabilidad de los católicos para votar en conciencia, conforme a sus creencias. Fue un documento importante, en el que sin tomar ninguna postura partidista, ni intervenir en política, sí habló de la obligación moral de emitir el voto.
El papel de los obispos siempre es sobrenatural, porque “puestos por el Espíritu Santo, ocupan el lugar de los Apóstoles como pastores de las almas, y juntamente con el Sumo Pontífice y bajo su autoridad, son enviados a actualizar perennemente la obra de Cristo, Pastor eterno” (Chistus Dominus, 2b). La presencia del Obispo siempre es una señal de que Cristo está presente en esa Diócesis. Y, por eso, es motivo de esperanza para los creyentes. Resulta lógico que los fieles deseen festejar por todo lo alto este aniversario tan especial. La magnitud de esta celebración no es una manifestación de poder terreno ni de mera influencia humana. Es un signo de que los ciudadanos tienen fe, y que saben reconocer en su Obispo la presencia de Dios, que los guía, los santifica y los instruye mediante el oficio episcopal.
* * *
Nuestra felicitación a Mons. De Gasperín, por su vigésimo quinto aniversario de Ordenación episcopal, y nuestro agradecimiento por su estima y su confianza.
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domingo, 27 de julio de 2008

40 años de la “Humanae Vitae"

Luis-Fernando Valdés

Fue el 25 de julio de 1968, cuando el Papa Pablo VI publicó la Encíclica “Humanae Vitae” (HV), que es uno de los documentos más importantes de todos los tiempos sobre la moral conyugal. Pero, desde el primer momento, no han faltado algunas voces que la han tildado de poco adecuada para los tiempos modernos. Han pasado ya 40 años, y en algunos sectores se sigue considerando que ese texto pontificio cerró la apertura la de la Iglesia al progreso por negarse a aceptar la anticoncepción. ¿Sigue vigente la enseñanza católica sobre la sexualidad?
La historia de este documento no fue pacífica, ni en su origen. Como es sabido, antes de la HV una comisión pontificia tuvo el encargo, culminado en 1966, de hacer un estudio de población, familia y natalidad que lamentablemente concluía a favor de la anticoncepción en el marco de una “paternidad responsable”. Sin embargo, Pablo VI valientemente decidió publicar la Encíclica, a pesar de la falta de unanimidad de esa comisión (cfr. HV, 6), para exponer la verdad del hombre sobre la apertura a la vida.
Pero más grave aún, fue la reacción de algunos teólogos, como Bernhard Häring, que públicamente criticaron el contenido de la HV. Desde 1907, con el llamado “modernismo”, nadie se había atrevido a polemizar abiertamente contra la Sede Apostólica. La consecuencia fue una grave crisis de obediencia al Papa, y una gran confusión doctrinal. En 1995, el entonces Card. Ratzinger afirmó que "raramente un texto de la historia reciente del Magisterio se convirtió tanto en signo de contradicción como esta encíclica, que Pablo VI escribió a partir de una decisión profundamente sufrida".
En este contexto surgió el cliché de que, debido a este documento, la Iglesia se cerró al progreso y al mundo moderno. En 1968, estaba reciente la conclusión de los trabajos del Concilio Vaticano II, que representó –en palabras de Juan XXIII– un “aggiornamento” (una puesta al día) para la Iglesia. Con motivo de la HV, algunos afirmaron que el Papa Montini frenó esa apertura de la Iglesia a la ciencia, a la tecnología y a las necesidades del mundo de hoy. Y estas afirmaciones se siguen repitiendo hasta hoy.
Sin embargo, todos estos episodios difíciles han oscurecido la doctrina que aquel valiente Papa quería recordar precisamente al mundo de hoy. El punto central de la HV es el n. 14 que afirma con toda la autoridad del Magisterio Pontificio, y no como una mera opinión personal, que “es intrínsecamente inmoral toda acción que, bien en previsión del acto conyugal o en su realización, o bien, en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, impedir la procreación”.
Se trata de una valiente defensa del amor matrimonial y de la vida humana, frente a los dictados de las políticas antinatalistas y a los abusos de la técnica. En palabras de Benedicto XVI, esta Encíclica “subraya con fuerza, yendo con valentía contra corriente con respecto a la cultura dominante, la calidad del amor de los esposos, no manipulado por el egoísmo y abierto a la vida” (Discurso, 25.V.2008).
A la distancia de esta cuatro décadas, hace falta que los propios católicos volvamos a leer y a meditar el contenido de la HV. Debemos abrirnos paso, entre la selva de opiniones contestatarias, para descubrir con valentía la verdad sobre el amor humano y sobre la transmisión de la vida. Un creyente sabe por la fe, que debe decir que no a la manipulación del acto conyugal, para decir un sí firme y fuerte al auténtico y fecundo amor de los esposos.

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domingo, 20 de julio de 2008

Sydney 2008: un gran impacto

Luis-Fernando Valdés

Hoy culmina la XXIII Jornada Mundial de la Juventud. Benedicto XVI vuelve a sorprender a propios y extraños, al reunir a la multitud más numerosa que jamás se haya congregado en Australia para un mismo evento. Si observamos sus viajes apostólicos, aunque han sido pocos, ya nos permiten encontrar un “estilo”, una característica común, que podríamos denominar “visitas de gran impacto”.
Intentaré explicarlo. En sus giras apostólicas, el Papa ha escogido países que puedan ser representativos de un área geográfica y cultural grande. Por ejemplo, en su reciente visita a Estados Unidos, para asistir a la sede de las Naciones Unidas, logró exponer con claridad una defensa de los derechos humanos, además tener gestos de fraternidad con los judíos y de acercarse a las comunidades latinas. De este modo, sus pocos viajes consiguen influir positivamente no sólo en la nación visitada, sino también en otras que comparten su lengua o su cultura. Y, además, no sólo confirma a los católicos en la fe, sino que también entabla un diálogo serio sobre asuntos de importancia universal, como los derechos humanos o la ecología.
La clave de este “gran impacto” consiste no sólo en reunirse con diversos grupos étnicos o religiosos, sino también en que el Santo Padre dirige mensajes valientes –en forma de homilías y discursos– sobre los temas más importantes tanto para la Iglesia como para la sociedad civil de esa zona cultural. Así, sobre el cambio climático, el Papa alemán expuso que “en este momento histórico, comenzamos a comprender que necesitamos de Dios. Podemos hacer muchas cosas, pero no podemos crear nuestro clima. Pensábamos que podíamos hacerlo, pero no podemos. Necesitamos (…) al Creador”.
En estos mensajes, el Romano Pontífice no evade los asuntos polémicos. Y, una vez, más volvió a pedir perdón por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes. Pero lo más sorprendente es que expresamente el Papa manifestó que “pedir perdón” no se puede quedar en una frase vacía. Y dijo que el contenido de esa expresión consiste en que “haremos todo lo posible para dejar claro cuál es la enseñanza de la Iglesia (sobre la moral sexual) y para ayudar (…) en la preparación de los sacerdotes (…); haremos todo lo posible para curar y reconciliar a las víctimas”.
El Obispo de Roma tampoco deja de lado la agenda del ecumenismo y del diálogo interreligioso. Este punto ha estado presente de manera especial en cada uno de sus viajes. En esta ocasión, reconoció delante de los representantes de otras religiones que “el movimiento ecuménico ha llegado a un punto crítico”. Y, por eso, los animó a “estar en guardia contra toda tentación de considerar la doctrina como fuente de división y, por tanto, como impedimento de lo que parece ser la tarea más urgente e inmediata para mejorar el mundo en el que vivimos”.
El Papa Ratzinger combina su bondad natural con la audacia para hablar con claridad a los jóvenes sobre el verdadero amor y sobre el peligro de las adicciones como las drogas o la sexualidad. “La gente piensa con frecuencia que está amando cuando en realidad tiende a poseer al otro o a manipularlo. (…) Qué fácil es ser engañado por tantas voces que, en nuestra sociedad, sostienen una visión permisiva de la sexualidad”.
Sydney 2008 ha sido un viaje apostólico de gran impacto. Benedicto XVI ha puesto las bases intelectuales y morales para una reflexión seria sobre los temas más decisivos de nuestros días. Por eso, acabado el viaje pastoral, la esperanza sembrada por el Papa continuará.
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domingo, 13 de julio de 2008

Rumbo a Sydney

Luis-Fernando Valdés

Esto es algo más que una invitación a un tour por Australia. Tampoco es una mera escala antes de llegar a Beijing, para las Olimpiadas. Reunirse en Sydney, en el 2008, fue la convocatoria que Benedicto XVI dio a millares de jóvenes reunidos en Colonia, en agosto de 2005. Y el plazo ya se cumplió. Se trata de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Se espera una gran afluencia de muchachos de decenas de países. ¿Por qué tiene tanto poder de convocatoria un Papa ya anciano, de frágil salud? ¿Qué van a buscar jóvenes del mundo entero al rincón más lejano del Planeta?
Sin duda que la presencia de tantos visitantes en Australia, con motivo de la visita del Romano Pontífice, nos lleva buscar una explicación. Claramente no se reúnen para asistir a un espectáculo artístico. Tampoco están buscando a un personaje fuera de serie, al modo de los artistas o deportistas de hoy. Se nota entonces que no acuden a Sydney para “ver” a un personaje. Van hasta Oceanía, más bien, para “escuchar” al Papa Benedicto.
Desde ese aspecto, el Papa alemán es un gran orador. Sus homilías y discursos tienen un efecto muy grande en sus oyentes. Además, ya desde antes el Cardenal Ratzinger era considerado como uno de los intelectuales más importantes de Europa. Pero, ¿estos miles de jóvenes van a gastar sus vacaciones y su dinero, sólo para ir a escuchar a un gran catedrático de Teología?
Hay algo más. Los jóvenes va a la JMJ para escuchar, pero no cualquier mensaje; quieren oír palabras que puedan llenarlos de esperanza. Buscan una esperanza segura, que no desaparezca como se han derrumbado todas las utopías intramudanas, que prometen paraísos de bienestar en la Tierra; una esperanza firme que no se acabe como se desvanecen los emociones extremas o los efectos del alcohol, de las drogas o del sexo.
Hay algo más. La intuición de estos miles de muchachos apunta a las realidades espirituales. En el ámbito de la fe, debe haber Alguien que no defraude, Alguien que permita que esta vida sea llevadera, Alguien que prometa una felicidad definitiva. Nos guste o no, es un hecho de que miles de personas van a Sydney para buscar a Dios, incluso para entregarle toda su vida en Su servicio.
Se trata de un fenómeno que va contra la cultura dominante. Se suponía que la Modernidad nos había enseñado que el hombre puede hacer su vida sin necesidad de Dios, ni de sus reglas morales. Sin embargo, los ríos de jóvenes que hoy empiezan a llegar a Australia nos dicen que esa autonomía respecto a Dios no ha llenado la existencia de los seres humanos. La Psicología nos había dicho que Dios es un invento de nuestro inconsciente. Pero el hecho de que cientos de miles lo busquen, porque no encuentran en sí mismos la respuesta para su propia vida, nos grita que Dios no es un invento humano.
Más curioso todavía resulta que los jóvenes acuden a Sydney para escuchar un mensaje exigente. Benedicto XVI habla de seguir a Jesucristo, de aceptarlo como Dios. El Papa pide con claridad ir contra corriente, sin caer en la tentación de dejarse dominar por el relativismo moral. El Santo Padre exhorta a los jóvenes a dar testimonio de la fe con el ejemplo de sus propias vidas. Y así vemos que a la juventud le gusta que le planteen la felicidad como un meta alta, como un reto difícil. Sin duda, para un observador atento y honesto, la JMJ le tiene que llevar a la reflexión: para miles de jóvenes, Dios sigue siendo la vía para encontrar el sentido de sus vidas, y la Iglesia sigue teniendo un mensaje de esperanza.
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domingo, 6 de julio de 2008

Ingrid y las utopías

Luis-Fernando Valdés

Con gran júbilo, el mundo occidental recibió la noticia de la liberación de Ingrid Bentancourt, que llevaba más de seis años secuestrada por las FARC, el grupo guerrillero más antiguo del Continente. Ahora mismo, la ex-candidata a la Presidencia de Colombia se ha convertido en el símbolo de la humanidad atropellada por las ideologías. Hoy es el momento para abrir los ojos, y mirarnos en el espejo de las víctimas de las utopías: los sufrimientos de los secuestrados nos indican que algunas ideologías son nocivas para los humanos.
Las ideas mueven el mundo, aunque en la práctica parezca que sólo la economía y la violencia son los motores del cambio. En nuestra cultura hay unos patrones intelectuales que son la vía para la convivencia pacífica, pero que están separados de las ideologías por una delgada –y casi imperceptible– línea divisoria.
Uno de estos valores es la tolerancia, que lleva a aceptar que todo ser humano debe ser respetado cuando expresa sus puntos de vista, aunque los demás no los compartan. Pero la delgada línea roja consiste en entender que no todas las opiniones son verdaderas, no todas coinciden con lo qué es el hombre. Cuando se excluye la referencia a la verdad, la tolerancia se convierte en relativismo, según el cual da lo mismo cualquier opinión, porque en el fondo ninguna podría expresar la verdad sobre el ser humano.
Cuando a nombre de la tolerancia se infiltra el relativismo en las teoría políticas, se llega a aceptar que todas las ideologías políticas son válidas, incluidas aquellas que proponen la violencia, el secuestro y la extorsión para conseguir el poder, o para alcanzar un paraíso humano, donde los pobres dejen de serlo, y todos gocen de bienestar.
Es muy fácil sostener en los debates intelectuales de un café parisino –o argumentar en las aulas universitarias– que el fin justifica los medios, y que la lucha de clases es el medio para conseguir bienes mejores para la sociedad. Pero la realidad se impone a las utopías políticas, que prometen cambios sociales a costa de atropellar al hombre. Ingrid Bentacourt, que representa a todas la víctimas de la guerrilla colombiana, y de todas las guerrillas del mundo, nos enseña que el dolor y el sufrimiento son los límites de las ideologías. No pueden ser verdaderas, ni pueden ser aceptas las teorías sociales que –como medios o como fin– pisotean la libertad, la salud o la vida de alguien.
Resulta sencillo declararse “revolucionario”, o proclamarse a favor de la causa de los pobres, y seguir los esquemas trasnochados del marxismo, que propone una lucha de clases, una revolución contra los burgueses. Pero no es agradable ni llevadero ser víctima de esas proclamas mesiánicas. Sin embargo, el mundo está de cabeza porque, en esta lógica de la tolerancia relativista, es mejor tratado un pensador que expone ideas violentas, que una víctima de la violencia que afirma que esas ideologías son falsas porque implican sufrimiento y dolor de muchos inocentes.
Seguirán existiendo muchas Ingrid Betancourt, mientras tengamos miedo de llamar a las cosas por su nombre. Mientras sostengamos que todas las ideas políticas son igual de válidas, continuaremos alimentando la existencia de grupos violentos que ponen en práctica las utopías de reinos terrenos. Las lágrimas de los inocentes nos muestran que el respeto a la libertad y la integridad física son el parámetro de la tolerancia. El rostro demacrado de Ingrid nos grita que existe una verdad sobre el hombre, que sobrepasa todo relativismo.
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domingo, 29 de junio de 2008

Unidad, ¿utopía o esperanza?

Luis-Fernando Valdés

Ayer por la tarde, en la Basílica romana de San Pablo extra muros, Benedicto XVI inauguró el “Año paulino”, con motivo del bimilenario del nacimento de este gran Apóstol. Aunque quizá no haya tenido tanto eco en los medios de nuestro País, este evento tiene una gran trascendencia, porque está en juego uno de los grandes proyectos del pontificado del Papa alemán: el ecumenismo.
Como es sabido, cada 29 de junio, se celebra de manera conjunta a los santos Pedro y Pablo, que son las columnas de la Iglesia Católica. Ambos fueron martirizados en Roma, después de haber gasto su vida en la expansión del Evangelio en el mundo de su época. Pedro llevó la semilla del cristianismo a los judíos, y estableció su sede episcopal en la Ciudad Eterna. Pablo predicó el mensaje de Jesús a los llamados “gentiles”, es decir, a los no judíos, y fundó comunidades de creyentes a lo largo de Asia menor y del sur de Europa.
La figura de Pablo de Tarso, nacido entre el año 7 y 10 de nuestra era, es muy atractiva. Desde joven fue un judío piadoso y convencido de su fe. Por ese motivo, persiguió a los cristianos pues los consideraba como una herejía del judaísmo. Sin embargo, tuvo un milagroso encuentro con Cristo, a las afueras de Damasco hacia el año 33. Desde ese momento, se convierte en el gran predicador del Evangelio, que antes atacaba.
Pablo, que además era ciudadano romano, realizó cuatro viajes misionales, en los que recorrió todas las provincias del Imperio. A lo largo de esas expediciones, ganó miles de almas para la fe y, a la vez, sufrió una dura oposición. Recibió los consuelos de experiencias místicas extraordinarias, junto con persecuciones, flagelaciones y naufragios. Finalmente, entre los años 64 y 68 fue ejecutado en Roma, por afirmar su fe en que Jesús de Nazaret es Dios hecho hombre.
Como explica el Papa, el Apóstol de los gentiles, que se dedicó particularmente a llevar la buena nueva a todos los pueblos, se comprometió con todas sus fuerzas por la unidad y la concordia de todos los cristianos. Por esa razón, Benedicto XVI pide cuidar con singular atención la dimensión ecuménica, durante este jubileo. Cuando convocó este Año paulino, hace justamente un año, el Santo Padre expresó su deseo de que “las diversas manifestaciones que se organicen contribuyan (…) a intensificar las relaciones con nuestros hermanos de Oriente y con los demás cristianos”.
Llama la atención que Benedicto XVI sabe mirar lejos, pues sugiere que este bimilenario no se debe limitar a recordar a un personaje importante, sino que ha de servir para retomar con nuevo impulso una misión por la San Pablo gastó sus energías: la unidad de toda la Iglesia. Es una meta en la que Pablo VI y Juan Pablo II también pusieron sus mejores esfuerzos. Y ahora, este Papa, que como Cardenal fue uno de los negociadores más importantes del diálogo ecuménico, desea dar pasos muy firmes hacia la unidad entre los católicos y los ortodoxos.
Los resultados de este diálogo son importantes no sólo para los creyentes. Esos logros atañen a todos, incluso los no creyentes, porque si dos instituciones que llevan casi nueve siglos separadas vuelven a la unidad, será una señal de esperanza para toda la humanidad. La esperanza de que es posible el diálogo verdadero, que lleva a comprender al otro, a superar los rencores históricos, a ver el futuro juntos. Nos incumbe a todos, porque la unidad entre ambas Iglesias romperá el prejuicio de que la religión separa a los hombres. Fe volverá a ser sinónimo de unidad.

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domingo, 22 de junio de 2008

Moratoria al aborto

Luis-Fernando Valdés

Mientras la Suprema Corte de Justicia de la Nación continúa con las audiencias públicas, referentes al recurso de inconstitucionalidad sobre la ley que amplía el aborto en la Ciudad de México, las manifestaciones a favor de la vida se multiplican. Pero no sólo en nuestro País, sino también en las naciones más desarrolladas. El caso más sonado es el de Italia, donde Giuliano Ferrara ha propuesto a las Naciones Unidas una moratoria sobre el aborto. Este pensador no creyente y defensor de la vida, dice “basta ya” a los millones de abortos, que están destruyendo al mundo.
Después de que el 18 de diciembre del año pasado, se firmó en la ONU la “Moratoria universal sobre la pena de muerte”, un refrendo para eliminar las ejecuciones en el mundo, Ferrara, director de “Il Foglio”, un conocido diario de opinión italiano, envió una carta a Ban Ki-Moon, Secretario General de las Naciones Unidas, en la que le propone una “Moratoria sobre el aborto”. En ella propone que se modifique el artículo 3 de la Declaración Universal, que contempla que “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”, de modo que diga expresamente que todo individuo tiene derecho a la vida “desde la concepción hasta la muerte natural”.
Esta Carta inicia con datos duros, proporcionados por la propia ONU, según los cuales en las últimas tres décadas se llevaron a cabo más de mil millones de abortos, o sea, unos cincuenta millones de abortos por año. Del último informe de United Nations Population Fund (Fondo de Población de las Naciones Unidas) se desprende que en China el aborto, fomentado o coactivo, es un riesgo que corren decenas de millones de niños que están por nacer en aras de una planificación familiar y demográfica gubernamental. En la India, en veinte años, por selección sexista se le quitó la vida a millones de niñas antes de nacer. En Asia el equilibrio demográfico peligra debido al infanticidio masivo. En Corea del Norte con el aborto selectivo se intenta eliminar radicalmente toda forma de discapacidad.
A la vista de estos millones de humanos que no llegaron a nacer, Ferrara pide a la ONU que considere “una petición de moratoria de las políticas públicas que fomentan formas de sumisión injustificada y selectiva del ser humano durante su desarrollo en el vientre de la madre mediante el ejercicio arbitrario de un poder de aniquilamiento, violando el derecho a nacer y a la maternidad”.
Ferrara, que se postuló en las pasadas elecciones generales en Italia, con el propósito de defender la vida, también explica en su petición que la ciencia, con algunos de sus descubrimientos más significativos en el ámbito genético, “documenta de forma irrefutable la existencia de un patrimonio genético humano en el embrión, un patrimonio único e irrepetible, a partir de su primera etapa de desarrollo”. De modo que el cigoto ya es alguien, y no un mero amasijo de células.
Esta petición de moratoria al aborto tuvo mucho eco en Europa. A la firma de Ferrara, que se autodeclara liberal y laico, se unieron las de otros personaje importantes como Lord David Alton, miembro de la Cámara de los Lores y Robert Spaemann, profesor emérito de Filosofia en la Universidad de Munich. Ya basta de pensar que sólo las voces de la derecha defienden la vida. Todo aquel que está comprometido con nuestro Planeta, con nuestra civilización, se da cuenta de que la vida es un don y debe ser protegida por el Derecho. Por eso, no es ingenuo pedir a la SCJN una moratoria al aborto.
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lunes, 16 de junio de 2008

Embriones híbridos: ¿salvarán niños?

Luis-Fernando Valdés

Los griegos clásicos explicaban aspectos de la personalidad humana mediante los personajes híbridos, como los centauros, que eran seres salvajes mitad hombre y mitad caballo, que servían para describir a los hombres sin leyes ni hospitalidad. Pero ahora, el Parlamento inglés pretende ir más allá de la metáfora, pues recientemente aprobó la generación de “embriones híbridos”, producidos mediante la introducción de ADN humano en óvulos de animales. Técnicamente es posible conseguirlo, pero ¿es éticamente correcto llevarlo a cabo?
Los diputados británicos aprobaron, el pasado 22 de mayo, la utilización de embriones híbridos, para extraer de ellos células madre embrionarias que permitan avanzar en el estudio de enfermedades como el Alzheimer. Se trata de una ley sin precedentes, a la que se une la aprobación para obtener los llamados “hermanos salvadores”, niños concebidos para que su material genético pueda curar a un hermano enfermo. Según esta nueva ley, los embriones híbridos están reservados para fines exclusivamente científicos y han de ser destruidos como mucho al cabo de 14 días de desarrollo y su implantación en el útero de una mujer está prohibido.
Aunque la finalidad perseguida es buena (solucionar enfermedades incurable y salvar niños), los medios para conseguirla no son lícitos. Y, a pesar de que claramente queda establecido de que esos embriones no pasarán de las primeras fases de desarrollo, de modo que no habría riesgo de que se llegaran a ver fetos deformes, esa medida no termina de hacer justicia al engendrado.
La excusa ética que se maneja para justificar esta técnica es la de ahorrar la utilización de ovocitos humanos. Para entenderlo mejor, recordemos que un “ovocito” es una célula germinal femenina que está en proceso de convertirse en un óvulo maduro, listo para ser fecundado. Además, el ovocito es rico en citoplasma, que contiene gránulos de yema para nutrir a la célula en el comienzo de su desarrollo. La técnica aprobada en Inglaterra propone transferir el núcleo procedente de una célula humana al citoplasma de un ovocito de una especie de mamífero. En otras palabras se transfiere el material genético humano a una célula animal, que sirva como ambiente de cultivo nutritivo. Al producto de esta transferencia se le llama “embrión somático aloplásmico”, es decir, un embrión criado en un plasma diferente al de su especie. Con esto se buscaría emplear óvulos animales, en vez de óvulos humanos.
El especialista español Juan Ramón Lacadena, sostiene que –desde el ángulo de la ciencia– esta técnica no es ética, porque el resultado de las investigaciones será poco sólido desde el inicio. Como el embrión obtenido no es un embrión humano normal, dado que ha sido generado en una situación diversa al resto de los humanos, los resultados que él se obtengan no son aplicables sin más a los humanos. Además, hay una interacción entre el material genético (el núcleo de la célula) y el citoplasma donde se nutre, de modo que el caso de las células híbridas se pueden producir efectos impredecibles (www.bioeticaweb.com).
Además, podemos añadir otro motivo para no aceptar la obtención de embriones híbridos: la dignidad de la persona. Es una agresión contra la dignidad humana que alguien pueda decidir sobre la constitución genética de otro, y además pueda establecer cuántos días ha de vivir. ¿Acaso ya olvidamos que ése fue el crimen contra la humanidad que los investigadores nazis cometieron durante la Segunda Guerra Mundial?
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domingo, 8 de junio de 2008

Pornografía infantil ¿quién da la cara?

Luis-Fernando Valdés

Nuevamente la gran ulcera social de la pornografía infantil volvió a sangrar. En días pasados, se habló la desidia de las autoridades de la Ciudad de México. Aunque es evidente se vende este material obsceno en diversos puntos de la Capital del País, el procurador capitalino, Rodolfo Félix Cárdenas, informó que en ninguna de las fiscalías se han iniciado averiguaciones previas por la exhibición de publicaciones pornográficas en puestos de periódicos. De inmediato legisladores del PAN y PRD manifestaron su inconformidad por la actuación del funcionario. Como suele suceder, la culpa se diluye en medio declaraciones, y eso nos impide llegar al fondo del problema.
El asunto es muy grave. En primer lugar hay víctimas reales. Son niños y niñas que son explotados. Su historia personal queda afectada, quizá de por vida. Sus rostros se exhiben en los kioscos, y nadie hace algo por ellos. Junto con ellos, toda la sociedad se ve afectada: los que solicitan este tipo de pornografía, sus familias y el ambiente moral de nuestra Nación.
Quienes consumen este tipo de material son responsables muy directos de la trata de menores, aunque sólo los vean desde las pantallas o las páginas impresas. Mientras haya demanda de estas imágenes aberrantes, habrá quienes hostiguen a esos niños. Además de cargar con esta grave responsabilidad moral, estos consumidores quedan destruidos por el vicio de la pornografía.
Otra noticia de la semana no menos impactante fue que México ocupa el segundo lugar en la creación de sitios web con pornografía, según un estudio revelado por Microsoft. Marco Antonio Navarro, gerente de seguridad digital de esa compañía, aseguró que “el país se coloca como uno de los mayores productores de pornografía, diariamente acceden millones de personas de todas las edades a estas páginas de internet y no sólo eso, navegan por horas”. Y comentó que lo más solicitado en los motores de búsqueda son “sexo” con 850 millones 200 mil búsquedas, “pornografía” con 373 millones y “violencia” con 161 millones.
No cabe duda que una sociedad que solicita tanta pornografía está muy enferma. Es una sociedad adicta. Y la adicción cobra su factura. Para sus consumidores las imágenes pornográficas son un sustituto audiovisual de la prostitución, más higiénico, más económico, e incluso quizá más práctico. A su vez, la prostitución es un sucedáneo, un sustituto degradado, irresponsable y pasajero, de la genuina comunicación amorosa humana. Mientras en el amor humano hace falta la libre voluntad de entrega mutua de un varón y de una mujer, en la prostitución bastan de ordinario el deseo del varón y la necesidad económica de la mujer.
Aunque algunos defienden la distribución de estas imágenes a nombre de la libertad, no podemos pasar por alto de que se trata de un grave problema social. Es muy sintomático que, en nuestra cultura actual sólo se considera verdaderamente reprobable la pornografía infantil, mientras que las demás conductas sexuales se presentan simplemente como “opciones sexuales” de seres humanos adultos.
En esta enfermedad global de nuestra sociedad todos tenemos que contribuir a la solución. Las autoridades civiles y de seguridad pública tienen que aplicar la ley y perseguir a los explotadores de menores y a los distribuidores de pornografía. Y todos los ciudadanos debemos rechazar sistemáticamente la pornografía en todas sus formas y denunciar su carácter degradante, tanto para las mujeres y niños en ella utilizadas como para los consumidores
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domingo, 1 de junio de 2008

¿Quién tiene la última palabra?

Luis-Fernando Valdés

Llegamos inquietos a junio. El mayo dejó un panorama desolador: desde las decenas y decenas de asesinados por sicarios en nuestro País, hasta las noticias internacionales sobre uniones que intentan equipararse al matrimonio. Y respecto al aborto, el horizonte tampoco está despejado. Ante un espectáculo así, ¿habrá alguna esperanza? ¿la maldad humana y la confusión tienen la última palabra?
Cuando los problemas sociales y morales parecen tener el dominio sobre la vida humana, me gusta releer algunos textos de Juan Pablo II, el gran “Testigo de esperanza”. A este querido Pontífice le tocó sufrir toda la maldad de la Segunda Guerra Mundial, conservó la esperanza gracias a la fe. Y explicaba que la historia de la humanidad es una “trama” de la coexistencia entre el bien y el mal. Esto significa que, aunque el mal existe al lado del bien, el bien persiste al lado del mal; es decir, en el mismo terreno –que es la naturaleza humana– crecen el bien y el mal. Y así será hasta el final de los tiempos. Sin embargo, el mal siempre es ausencia de bien, es una carencia de un bien determinado que se debería tener. Pero nunca es ausencia absoluta del bien. Por eso, el mal nunca ha conseguido destruir del todo al bien (“Memoria e identidad”, 2005, pp. 13-15). Y esto es un importante motivo para tener viva la esperanza, pues a pesar de la gran difusión del mal, éste nunca podrá llenar la ausencia del bien, el mal nunca llenará los corazones de los hombres, y por eso nunca podrá acabar con el bien, con el amor, con la belleza. Y por esa misma razón, siempre habrá hombres y mujeres que desafíen al mal, a la mentira y a la confusión, porque desean saciar su vida con lo auténtico, con lo verdadero.
También me llenan de esperanza las palabras del admirable Benedicto XVI: “la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto” (Encíclica “Spe Salvi”, n. 43). La necesidad de recibir una justicia que no obtenemos en esta vida, se convierte en un motivo importante para creer que el hombre está hecho para la eternidad. Dios hará justicia. Si no fuera así, el hombre tendría que crear la justicia. Y “un mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es un mundo sin esperanza”, porque entonces “nadie ni nada responde del sufrimiento de los siglos”, y además “nadie ni nada garantiza que el cinismo del poder no siga mangoneando al mundo” (ibid, n. 42). Sólo Dios puede responder de todo ese mar de sufrimiento, y lo hará al juzgar y castigar a los responsables, y al premiar a los inocentes. Y en palabras de Dostoëvskij, al final los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada (cfr. n. 44).
Sin abrirnos a la esperanza, que se apoya en Dios, este mundo carece de sentido. El mal y la mentira serían la única respuesta. Pero sólo el bien y la verdad pueden iluminar y saciar nuestros deseos de amor, y por eso tenemos esperanza de que vale la pena seguir abogando por la vida y la familia. Y ante la violencia del narcotráfico, no cederemos, nunca la justificaremos, pues tenemos la certeza de que cada criminal recibirá su justo castigo: aquí o allá. Sólo la esperanza nos mantiene firmes para seguir creyendo en la verdad, pues la mentira y el relativismo no tienen la última palabra sobre quién es el hombre. Sólo la esperanza nos lleva a rechazar el terrorismo de los cárteles, pues la violencia no puede ser nunca la última palabra sobre la vida social.
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domingo, 25 de mayo de 2008

¿Para qué una “Marcha por la Vida”?

Luis-Fernando Valdés

Hoy se llevará a cabo la “Marcha por la Vida”, tanto en Querétaro como en otras ciudades del País. Se trata de un gran evento organizado por Dimensión Episcopal para los Laicos (DELAI) de la Conferencia del Episcopado Mexicano, y que ha sido impulsado por el Obispo queretano, Mons. Mario De Gasperín. Ante un aforo, que se espera sea muy numeroso, necesariamente nos preguntamos qué sentido tiene este evento. ¿Es una manifestación de poderío religioso? ¿Será el último esfuerzo para salvar una causa perdida?
Ante una mirada superficial, esta marcha se podría considerar como los esfuerzos de la Iglesia y de familias “tradicionales” para impedir que México se modernice, y que nuestra Constitución se ponga al nivel de las Legislaciones de los países económicamente más desarrollados.
Quizá también se puede observar esta manifestación pública a favor de la vida, desde el ángulo –tan desgastado y por eso obsoleto– de las facciones políticas: izquierda-derecha, conservadores-liberales, retrógrados-modernos. Entonces se trataría de una expresión de la típica derecha conservadora mexicana, que no entendería que los tiempos han cambiado.
Según estos enfoques, esta marcha de hoy no tendría mucho sentido, pues trataría de negar un cambio de época y de mentalidad en nuestra Nación. Si acaso, sería una mera muestra de que en nuestro País hay libertad de expresión. Sin embargo, pensar así sería cerrarse al significado más profundo de este desfile.
En la superficie y en el fondo, es una marcha a favor de la rica tradición cultural mexicana. Ninguna nación se constituye por un grupo de ideólogos que “inventan” un país, mientras se toman un café, sino que es fruto de una herencia cultural de siglos, que se enraíza en un armonioso conjunto de valores, lenguas, creencias y rituales en el contexto de un territorio, con sus mares y ríos, montañas y valles, y su flor y su fauna. Y así nuestra Patria –el lugar que nos heredaron nuestros Padres– en sus ricas raíces precolombinas, coloniales y modernas, siempre ha sido considerado la vida como un gran regalo. Imponer el aborto en México no será actualizarlo, sino desconectarlo de su pasado histórico. Si se cortan las raíces, el árbol centenario terminará por caer.
Salir a las calles, en ambiente festivo, para celebrar la vida sí tiene sentido. Es una expresión pública para proteger nuestra identidad nacional. Es muy curioso que bastantes de los que se autoproclaman defensores de los orígenes mexicanos, lejos de leer con respeto los códices prehispánicos –los cuales alaban la vida–, tienden a buscar un nuevo proyecto de nación apoyados en ideas extranjeras. ¿Desde cuándo el aborto, a nombre del derecho a decidir, está en la tradición cultural mexicana? ¿No es más bien de la tradición anglo-sajona, originada en la
Suprema Corte de Estados Unidos, en los años 70’s?
Proponer como gran novedad la legalización del aborto, es un gran timo. Es pretender borrar de un plumazo quinientos años de historia. Es afirmar que todos nuestros antepasados han estado en el error, y que la verdad apenas nos llegó hace treinta años. Es ofrecernos nuevamente cristales de colores –a nombre de la libertad–, para que vendamos inocentemente nuestra Patria: nuestras raíces, nuestra historia, nuestros valores. Si está leyendo esta columna después de haber recorrido las calles de nuestra Ciudad, lo felicito, pues ha hecho algo importante: nos ha mostrado que nuestro País tiene raíces e historia, las cuales aman profundamente la vida.
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domingo, 18 de mayo de 2008

La “dictadura” de la igualdad

Luis-Fernando Valdés

Un nuevo golpe, muy duro, contra la institución fundamental de la sociedad. El pasado 15 de mayo, la Corte Suprema de California (EUA) declaró inconstitucionales las leyes que prohíben el matrimonio entre personas del mismo sexo. Si esta sentencia entra en vigor, ese estado se convertiría en el segundo en permitir las bodas entre homosexuales. ¿En qué nos afecta la decisión de un tribunal del país vecino?
Aunque parece que se trata de una situación lejana, esa resolución jurídica sí tendrá repercusiones en nuestra Nación y en el resto de Latinoamérica. En primer lugar, porque se trata del estado más poblado y más rico de la Unión Americana, de modo que sus sentencias sientan cierto precedente para el resto de los estados. Además, ya sea por la presión de ciertos organismos internacionales, ya sea por influjo de los millones de paisanos que ahí residen, esas influencias nos llegarán tarde o temprano.
Alguno podría pensar: “¿qué tiene de malo esa ley? Si unas personas homosexuales quieren hacer una familia, ¿en qué les daña a los demás?”. Sí nos afecta, no sólo a los que pensamos que el matrimonio es la unión fiel, exclusiva y de por vida entre un hombre y una mujer, sino también a toda la sociedad. Porque la institución matrimonial es fruto de las leyes naturales que rigen al ser humano, con independencia de su credo o de su cultura. Y así como violar las leyes de los ecosistemas tiene consecuencias negativas (como el calentamiento global), de igual manera cuando no se siguen las pautas naturales sobre el matrimonio advienen consecuencias negativas: la decadencia de una civilización, la falta de armonía entre los ciudadanos, los daños emocionales sobre los hijos, y tantas más.
Pero las consecuencias son más profundas de lo que se ve. La frase “que tiene de malo, si no le hacen daño a terceros” se muestra falaz, pues en el fondo –en este caso concreto de California– se trata de una desición judicial que atropella la democracia. En efecto, la sentencia del Tribunal Supremo dejó sin efecto la “Proposición 22”, una iniciativa aprobada el año 2000 por el 61,4 por ciento de los votantes en ese estado, la cual definía el matrimonio en California como un acto exclusivo entre un hombre y una mujer. Un reciente comunicado de los Obispos de Estados Unidos señala que esta votación “reflejaba la sabiduría de los electores de California al mantener la definición tradicional del matrimonio como una realidad biológica y un bien para la sociedad. Lamentablemente, la Corte creyó conveniente ignorar la voluntad de la mayoría del pueblo de California”.
Pero aún acaba la espiral de implicaciones negativas. Como anotaba el ensayista alemán, Erich Kock, esta ley es “un signo ulterior de la relativización de la moral y las primeras en pagarlo serán las jóvenes generaciones. Con matrimonios cada vez más a la deriva, con una moral cada vez más confusa, son justamente los jóvenes los que se encuentran cada vez más viviendo en una situación de gran inseguridad”.
Entonces, las consecuencias de aprobar los matrimonios entre homosexuales son duras. Se pone en riesgo la continuidad de toda una civilización. Además, bajo la máscara de libertad, igualdad y tolerancia, se imponen –como una “dictadura”– la opinión y los deseos de unos pocos, por encima del sentir de una mayoría. Y, por si fuera poco, se generará un efecto negativo en la estabilidad moral. A nombre de la igualdad ¿qué tipo de sociedad le vamos a heredar a la siguiente generación?
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domingo, 11 de mayo de 2008

Semana de ejecuciones

Luis-Fernando Valdés

Dura semana acabamos de concluir. La violencia producida por el narcotráfico dejó más de un centenar de muertos en sólo siete días. Entre las víctimas –la mayoría policias– se cuentan tres altos jefes policiacos y una veinta de oficiales, y también deciseis ganaderos. Es imposible cerrar los ojos ante este triste panorama. Pero ¿qué podemos hacer los ciudadanos de a pie?
El narcotráfico es un problema muy complejo. En su origen confluyen múltiples causas, que no son tan sencillas de describir. En esa amplia gama hay una serie de círculos concéntricos, cuya última esfera es la violencia abierta en las calles de nuestro País. Sin duda, la dura situación de pobreza en la que viven millones de mexicanos ha sido un factor importante para el crecimiento del tráfico de drogas. Pero, en la base de esta dura situación, se encuentran también importantes factores familiares y morales.
Ante las tumbas de estos compatriotas nuestros que han perdido su vida para erradicar esta plaga social, no cabe andarse con rodeos. Es hora de hablar fuerte, y decir que seguirá existiendo el narcotráfico mientras las familias no tengan la suficiente protección y estabilidad; mientras no se fomente a nivel nacional el cultivo de los verdaderos valores humanos.
¿Por qué la familia está en el centro del problema? Por la razón de que la venta de drogas será un gran negocio, mientras haya personas que necesiten de ellas para evadirse de sus problemas existenciales. Cuando los padres no tienen los valores humanos y religiosos para dar respuestas a las cuestiones vitales de su prole, los hijos buscarán soluciones artificiales, es decir, evaciones como son el alcohol, el sexo y las drogas. Si hay una gran oferta de enervantes es porque hay una gran cantidad de personas que demandan una solución a sus problemas profundos. Pero la situación es más dificil, cuando no se cuenta con una familia o ésta se encuentra desintegrada. En estos casos, ¿a quién recurrir cuando vienen las crisis?
Otro factor apenas perceptible, pero que está en el núcleo mismo del problema de la venta de drogas es la falta de valores. Éstos no son meras normas de conducta, sino el fundamento de toda el obrar humano. En la práctica, las convicciones religiosas son el ancla para permanecer firmes en las crisis personales. Por ejemplo, el sentido de mi propio existencia lo encuentro en un Ser trascendente o no nada de este mundo me podrá llenar; y las adicciones no llenan el hueco interior, pero ayudan a olvidarse de él por un tiempo. De igual manera, sólo los valores morales son la única fuerza para decir que no a la gran tentación del dinero abundante y fácil obtenido por la producción, el tráfico y la venta de estupefacientes. Además, sólo cuando reconozcamos que Dios es el único dueño de la vida, seremos capaces de respetar la vida de los demás.
La muerte de estos compatriotas nuestros clama que se haga justicia. Deseamos que las autoridades pronto puedan dar con los culpables y condenarlos mediante un juicio justo. Pero, estas ejecuciones también gritan al Cielo pidiendo una solución de fondo. Ya es tiempo de que todos los actores sociales (políticos, universitarios, educadores, periodistas, empresarios, ministros de culto) perdamos el miedo a hablar de la verdad sobre el hombre y sobre la familia. Ya es tiempo de darle un espacio a la fe, y permitir que los valores religiosos vuelvan a la esfera pública: sólo así los mexicanos tendremos las herramientas para decir no a las drogas y no a los homicidios.

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domingo, 4 de mayo de 2008

Aconfensional, por amor a la religión

Luis-Fernando Valdés

El reciente viaje de Benedicto XVI a los Estados Unidos nos ofrece mucho material para la reflexión. Como hacía ver el conocido historiador Jean Meyer, el viaje estuvo cargado no sólo de discursos importantes, sino de gestos muy significativos. Uno de esos signos fue la conferencia de prensa en el avión, antes de aterrizar en ese país del Norte, en la que el Papa habló abiertamente de los temas candentes sobre la Iglesia. Ahí el Santo Padre opinó sobre el vínculo entre religión y política. Aunque ese tema es un tabú en nuestra ideosincracia nacional, la visión del Papa Ratzinger nos puede ayudar precisamente a reenfocar la relación de la fe con la política.
En esa intervención, previa a su llegada, Benedicto XVI manifestó su fascinación ante el hecho de que los Estados Unidos nacieron gracias a un “concepto positivo de laicidad”. Explicó que este nuevo pueblo se constituyó con comunidades y con personas que habían huido de las Iglesias estatales europeas, y buscaban un Estado laico para abrir una posibilidad a todas las confesiones de practicar su propia religión. Y luego el Papa expresó una idea capital, que muestra que la política y la fe no son antagonistas: “Eran laicos precisamente por amor a la religión, a la autenticidad de la religión, que puede ser experimentada sólo en la libertad”.
El vaticanista italiano Sandro Magister observó que esta idea ya había sido expuesta por el entonces Cardenal Ratzinger en 2004, en su libro “Sin raíces”, donde explicaba que en la base de la sociedad americana hay una separación entre un Estado y una Iglesia determinada, y que esa separación era reclamada por la religión misma, pues de ese modo pueden convivir todas las confesiones. El purpurado alemán contrastaba esta situación con la separación impuesta, bajo el signo del conflicto, por la Revolución francesa y por los sistemas que le han seguido a ella.
Estas profundas observaciones me llevan a dos reflexiones. La primera se refiere a la dramática relación entre la religión y la política tal como se comprenden en nuestro País. La finalidad de la aconfesionalidad que vivimos no es la sana convivencia entre religiones ni la de garantizar la libertad de culto, sino la desaparición de la fe de la esfera pública. El efecto producido ha sido la ausencia de una moralidad pública (mientras que el caso de EUA la imagen moral pública es capital). Y la razón es que cuando no se reconoce públicamente la existencia de Dios, se termina por negar a Aquel que es el fundamento de la Ley moral. En la práctica, sin Dios, no hay moral. La corrupción y la falta de honestidad de algunos servidores públicos, la creciente ola del narcotráfico, ¿no serán los “efectos colaterales” de esta separación de la política y la religión?
La segunda consideración trata sobre el problema inverso al anterior: imponer una única opción política a todos los creyentes. A veces, algunos creyentes al hacer política, ambicionan ser apoyados por los demás que profesan la misma fe. Sin buscarlo, el daño sería doble: por una parte, estarían limitando la libertad política que –por derecho natural– posee todo creyente; y, por otra, harían creer a la sociedad que su Iglesia pretende fines temporales y no espirituales. La religión debe ser apolítica para que puedan convivir todos los creyentes. A los políticos que –a nombre de su fe– desearan que todos sus correligionarios pensaran como ellos, quizá cabría decirles que “por amor a la religión, sean más aconfesionales”.

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domingo, 27 de abril de 2008

El Pueblo que más ama a sus hijos

Luis-Fernando Valdés

El segundo día de audiencias públicas organizadas por la Suprema Corte de Justicia de la Nación sobre el aborto tuvo lugar el pasado viernes 25 de abril. En esta ocasión expusieron quienes sostienen que el recién concebido “no es una persona”, como afirmó Víctor Hugo Círigo, presidente de la Comisión de Gobierno de la ALDF. Hoy retomo el tema desde un ángulo poco estudiado: desde la historia de nuestro País. ¿Qué enseñaban nuestros ancestros indígenas sobre el recién engendrado?
Los aztecas, para referirme sólo a una de las culturas precolombinas más desarrolladas, tenía en un concepto muy alto la vida de los nasciturus. Ya en el siglo XVI, los misioneros se admiraron ante el amor del pueblo náhuatl por sus hijos. El dominico Diego Durán, en su libro “Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme” (15) escribe que los moradores del valle del Anáhuac son “la gente que más ama a sus hijos que hay nación en el mundo”.
Son muchos los testimonios de ese amor a la vida que se inició en el seno materno, como las “Tenonotzaliztli”, o sea, “exhortaciones” con que el padre instruye a su hijo. Ahí el papá le dice a su bebito como han estado pendiente de él, desde antes de que naciera: “Hemos visto por ti tus madres, tus padres; y tus tías, tus tíos, tus parientes, han visto por ti, han llorado, han sufrido por ti en tanto venías, en tanto nacías sobre la tierra...”.
En ese mismo documento, la madre exhorta a su hijita con estas palabras: “Ahora mi niñita, tortolita, mujercita, tienes vida, has nacido, has salido, has caído de mi seno, de mi pecho”. Y la niña le agradece a su mamá esos consejos con estas palabras: “Me has favorecido, mi hermana mayor, a mí que soy tu collar, tu pluma preciosa. ¿A dónde en verdad me irás a dejar? ¿A dónde me irás a entregar? Porque en tu seno, en tu pecho he vivido, he nacido, yo muchachita, niñita”.
En 1995, el historiador francés Jacques Soustelle, describe la vida de los aztecas antes de la conquista, y muestra que “la futura madre recibía, desde bastante tiempo antes de que naciera el niño, atentos cuidados… En suma, durante todo el tiempo anterior al parto, una red de prohibiciones y preceptos tradicionales encerraba a la madre y aún al padre con el fin de proteger al niño”.
El aborto va en contra de la cultura mexicana, atenta contra nuestras raíces. Afirmar que la ciencia moderna nos habría hecho ver que en el nascituro no es persona, equivale a decir que México sólo es nación desde que se fundó la embriología. Quien apoya el aborto está sosteniendo que las raíces que nos dan identidad cultural van en contra del derecho de la mujer a decidir, de modo que nuestros orígenes en realidad habrían iniciado con el movimiento feminista. Si el México moderno había rechazado sus orígenes novo-hispanos, para desligarse de su base católica, ahora también se desentiende de sus fuentes indígenas, para no tener que comprometerse con la vida del recién concebido.
¿Qué implicaciones históricas y culturales conllevará la legalización del aborto? Tiene al menos una muy grande: la pérdida de nuestra identidad nacional. Si los que proponen la legalización del aborto son coherentes consigo mismos, deberán aceptar que también pretenden fabricar un nuevo país, distinto al nuestro que tiene más de cinco siglos, una nación cuya única raíz sea la ideología de la que ellos parten. Sería un Pueblo que ya no ama a sus hijos.

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domingo, 20 de abril de 2008

“Conquista” el Papa a medios de EUA

Luis-Fernando Valdés

La visita del Papa a los Estados Unidos ha sido un evento mediático. En ese país, tanto los noticieros de la TV como los periódicos han dado una cobertura muy amplia de este viaje. Y, además, la buena imagen Romano Pontífice que esos medios transmiten contrasta con todos los estereotipos y clichés que se le han atribuido a Benedicto XVI. Veamos cómo la prensa neoyorkina enfocó tres eventos destacados del Santo Padre.
El primero de ellos tiene un significado especial, porque fue la reunión de Benedicto con algunas víctimas de abusos por parte de sacerdotes. La presencia del Papa entre las víctimas es un modo de aceptar institucionalmente esas culpas y de pedir perdón. El jueves pasado, durante la homilía de la Misa celebrada en el estadio “Nationals Park” de Washington, el Santo Padre reconoció “el dolor que ha sufrido la Iglesia en América como consecuencia del abuso sexual de menores”. Y añadió: “ninguna palabra mía podría describir el dolor y el daño producido por dicho abuso”. En respuesta, el conocido diario “The New York Times” –que no es nada pro católico– destacó la disculpa del Pontífice (“el Papa se sintió avergonzado de los sacerdote pederastas”), y dio voz a los que piden que esos gesto del Sucesor de Pedro se traduzcan en acciones.
Otro evento muy importante fue la visita del Santo Padre a una sinagoga en Park East (Manhattan, NY). Recibido afectuosamente por el Gran Rabino Arthur Schneier, Benedicto XVI afirmó que a los cristianos y a los judíos “nos une en nuestra esperanza común centrada en Dios y su misericordia”, y que por eso podemos “cooperar unos con otros, y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para hacer de este mundo un mundo mejor para todos”. El citado periódico neoyorkino, que diariamente publicó en primera plana la gira del Papa, calificó esta reunión como un “hecho histórico” (historic act) y destacó que “el Papa recibe una calurosa bienvenida en la sinagoga de Nueva York”. Además el rotativo añadió el jubilo que esta reunión causó entre los asistentes a la celebración de la Pascua judía.
Un momento muy importante también fue el discurso que Benedicto XVI pronunció en la ONU, en el marco del el 60° aniversario de la “Declaración Universal de los Derechos del Hombre”. El Obispo de Roma explicó que los derechos humanos han de ser respetados porque son expresión de justicia, y no simplemente porque pueden hacerse respetar mediante la voluntad de los legisladores. El “New York Times” subrayó que el Papa “urgió a una vigorosa defensa de los derechos humanos”. Además, este mismo informativo dio importancia a la preocupación manifestada por el Santo Padre sobre la crisis de la ONU para intervenciones urgentes, originada porque el poder de decisión está en manos de unas pocas naciones.
Sin duda, en nuestro País, la opinión publica se divide al hablar del Romano Pontífice. Fácilmente, caemos en los extremos: tanto de una defensa apasionada que quiere soslayar los problemas reales de la Iglesia, como de un fiero ataque que descalifica todo discurso y todo gesto del Pontífice. Este viaje a Estados Unidos puede servirnos para observar con perspectiva el papel del Papa como líder moral mundial, sin caer en esas posturas radicales que impiden la objetividad. Hoy las luces parecen atenuar las sombras: Benedicto XVI es un gran defensor de los derechos humanos, un Papa empeñado en el diálogo interreligioso y un pastor firme ante los abusos de los clérigos.

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