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sábado, 30 de septiembre de 2017

Epidemia de “noticias falsas”

Año 13, número 647
Luis-Fernando Valdés

Cada vez circulan más “noticias falsas”, que afectan a todo: desde política hasta los recientes los sismos. ¿Se pueden evitar? ¿Qué podemos hacer los lectores?

La solución a las noticias falsas ('fake news')
consiste en que aprendamos a ser lectores exigentes.
(Foto: entrepreneur.com)
1. Redes sociales, un nuevo medio de información.  La consolidación de las redes sociales ha cambiado nuestro modo de acceder a la información, porque hoy cualquier persona puede ser la fuente noticiosa.
Este nuevo paradigma ha contribuido a tener noticias de cualquier parte del mundo o de una misma ciudad, de cualquier situación: desde un premio escolar hasta una persona bajo los escombros de un sismo.

2. Las “noticias falsas” afectan la vida pública.  Las “noticias falsas” no tienen nada que ver con las bromas que circulan por las redes; más bien, se trata de “una deformación instrumental de los hechos, que puede repercutir en las conductas individuales y colectivas”, según las describe un boletín reciente del Vaticano. (News.va, 29 sep. 2017)
Un ejemplo claro y reciente de esa deformación de los hechos sucedió durante la campaña previa las elecciones presidenciales en Estados Unidos. En su momento, New York Times publicó que dos jóvenes (uno en Canadá y el otro la Rep. de Georgia) descubrieron que la “tendencia voraz” por las noticias políticas tendenciosas era una fuente para disparar las ventas de publicidad.
Las noticias falsas generadas por ellos –y por otros más– fueron recogidas por algunos medios, como un reportaje falso titulado “Ya basta, liberales… Hillary perdió el voto popular por varios millones. Aquí les diremos por qué”. (NYT, 30 nov. 2016)

3. El terremoto en México y las falsas noticias. Durante los días siguientes al sismo que afectó gravemente a la Ciudad de México, dio la vuelta al mundo la supuesta noticia de una niña llamada Frida Sofía, que seguía viva debajo de los escombros de su escuela. Después de 24 horas de cobertura noticiosa, se supo que esa niña nunca existió. (Milenio, 21 sep. 2017)
De igual manera, en las horas posteriores al terremoto circularon noticias de que la ONU anunciaba que estaba por ocurrir un sismo mucho mayor, de que el gobierno había dado indicaciones de utilizar maquinaria pesada en los derrumbes donde todavía había personas vivas. (Milenio, 22 sep. 2017)

4. Lectores exigentes.  Hasta ahora los usuarios de las redes sociales estamos felices de la facilidad para transmitir una noticia por nosotros mismos, pero sin reparar que no todo lo que se difunde en las redes corresponde completamente con los hechos.
Sin embargo, ante la facilidad de difusión de noticias, la gran mayoría de los receptores han reaccionado con mucha credulidad. Por eso, el gran remedio contra las noticias falsas es que cada uno nos propongamos ser lectores más críticos.
Debemos contribuir a que se forme una nueva cultura de lectores exigentes. Así, antes de dar por buena una noticia y de difundirla (“retuitiarla”, “compartirla”, “hacerla viral”), primero debemos verificar la fuente: si proviene de un testigo real o “lo escuche en la calle”; segundo, confirmar la noticia, utilizando los buscadores de internet, y tercero, tener el sentido común de dudar de las noticias alarmantes, como: “ya viene el fin del mundo”, “está a punto de iniciar una guerra mundial”, etc.

Epílogo.  Las redes sociales han democratizado la información, porque cualquier persona puede generarla y difundirla; también han contribuido a que se conozcan los hechos con rapidez y con un gran alcance. Como reverso de la moneda, siempre circularán noticias falsas con apariencia de ser verdaderas.
Por eso, no podemos delegar en otros nuestra responsabilidad de ser lectores exigentes, ni podemos quedarnos tranquilos con culpar a los medios de difundir información falsa, porque en esta nueva época de la comunicación instantánea todos tenemos la oportunidad de verificar las fuentes, confirmar las noticias y utilizar nuestro sentido común.


lunes, 6 de junio de 2005

Benedicto XVI Matrimonio y relativismo

Luis-Fernando Valdés


Actualmente es difícil encontrar un consenso social sobre qué es el matrimonio. Más que un concepto de matrimonio, lo que hallamos es una exposición de los diversos modelos que hoy día se dan de hecho: se le llama matrimonio a cualquier tipo de convivencia estable por cierto tiempo. No importa si los cónyuges planean vivir juntos hasta que la muerte los separe.
Esta situación parece políticamente correcta, pues hoy es común afirmar que todos tienen derecho a rehacer sus vidas. Pero en el fondo, se trata de una faceta más del relativismo. Si todos los modelos de matrimonio son válidos, en realidad, ninguno es verdadero.
Hace apenas unos días, Benedicto XVI pronunció un discurso sobre la naturaleza del matrimonio, partiendo de las enseñanzas de Juan Pablo II, para proteger esta institución de las dificultades y amenazas impuestas por el relativismo.
El núcleo de su mensaje consiste en que la indisolubilidad del matrimonio hunde sus raíces en la naturaleza humana. La postura del Papa se opone a la doctrina que afirma que el matrimonio «para siempre» es el resultado de diversas situaciones históricas y económicas.
Según el relativismo, para la sociedad medieval el modelo indisoluble era válido, porque era el arquetipo que la sociedad escogió o impuso. Pero ese paradigma era producto de un acuerdo de la mayoría, no fruto de un requerimiento interior del hombre.
El Papa Benedicto sostiene que el matrimonio indisoluble no es una imposición de la Iglesia, sino una exigencia de la condición humana. El hombre es un ser capaz de relacionarse con los demás, no sólo por motivos prácticos, sino también por amor. «La vocación al amor es lo que hace del hombre auténtica imagen de Dios: se hace semejante a Dios en la medida en que se convierte en alguien que ama» (Discurso, 6-VI-2005).
Varón y mujer pueden establecer una relación de amor, y de ese vínculo surge un nuevo «lazo»: el que se da entre la persona y el vínculo matrimonial que ella ha originado. Esta afirmación del Santo Padre es un desafío a lo que, con frecuencia, dicen que creen en el amor, pero no creen en el matrimonio. Afirman que no necesitan de un formalismo social para amarse o para continuar juntos.
Sin embargo, la persona sí puede formar un matrimonio, porque el hombre es capaz de abarcar la totalidad del tiempo de su vida, mediante su libertad. Cuando el hombre y la mujer se dicen «sí», establecen un pacto duradero. El «sí» del ser humano va más allá del momento presente: el «sí» significa «siempre». El «sí» constituye el espacio de la fidelidad, y también el espacio para el futuro, en el que puede tener lugar una nueva vida (cfr. ibidem).
Así surge el matrimonio como institución, porque este «sí» personal tiene que ser necesariamente un «sí» que es públicamente responsable, con el que los cónyuges asumen la responsabilidad pública de la fidelidad, que garantiza también el futuro para la sociedad.
Por eso, el matrimonio, como institución indisoluble, no es un producto inventado por la sociedad. Por el contrario, concluye el Papa, «es una exigencia intrínseca del pacto de amor conyugal y de la profundidad de la persona humana» (ibidem).
Nuevamente, Benedicto XVI da la batalla contra el relativismo, que amenaza a la institución fundamental de la sociedad. Al afirmar que el matrimonio es para siempre, el nuevo Papa se convierte, como Juan Pablo II, en un auténtico defensor de la persona y del verdadero amor humano.

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 1 de mayo de 2005

Benedicto XVI ante la «dictadura del relativismo»

Luis-Fernando Valdés López

En la homilía de la Misa, con la que daba comienzo el pasado Cónclave, el Decano del Colegio cardenalicio, el entonces Card. Joseph Ratzinger, enunció algunos de los retos que enfrentaría el próximo Papa. En ese mensaje puso especial énfasis en un fenómeno de la cultura contemporánea, al que llamó la «dictadura del relativismo».
Estas palabras del Decano causaron revuelo. Para algunos analistas, esa homilía habría significado la descalificación del Card. Ratzinger como futuro Romano Pontífice, ya que esa postura era demasiado rígida y poco atenta a la sensibilidad del mundo de hoy.
¿Por qué esa afirmación causó tanta conmoción? Porque el relativismo está fuerte arraigado en nuestra mentalidad contemporánea. Esta postura cultural afirma que no existe una verdad absoluta, válida para todos los seres humanos. Más bien sostiene que la verdad se construye en cada época de la historia: no existe la verdad definitiva sobre el hombre, sino que el hombre es lo que cada uno opina, aquí y ahora.
En nuestro tiempo, enfrentarse al relativismo es equivalente a ser intransigente, porque nadie tendría derecho a imponer una verdad sobre el hombre, ya que se parte de que esa verdad no existe. Esa oposición al relativismo significaría también oponerse a la democracia, pues como no existiría una verdad común sobre la conducta humana, cada uno puede hacer lo que desee y nadie puede calificar esas acciones como malas o como incorrectas.
El descuerdo de Benedicto XVI con el relativismo suscitó controversia, porque hasta ahora las afirmaciones del nuevo Papa se han tomado como un deseo de imponer una idea, de someter las conciencias a un patrón fijo. Sin embargo, ¿es eso lo que quiso exactamente decir el Santo Padre?
Lejos de esclavizar las conciencias, Benedicto XVI pretende liberar al hombre de hoy. No intenta anclarse en el pasado, sino desatar las cadenas presentes que comprometen el futuro del ser humano. Si no existe una verdad sobre el hombre, no queda más remedio que recluirse en la cuestión de lo útil. Y desde el punto de vista de la utilidad, el ser humano no pasa de ser una estadística, un efecto colateral, una pieza reemplazable: se convierte en una cosa.
En un discurso pronunciado en Madrid, el 16 de febrero de 2000, el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, explicaba más a fondo los peligros del relativismo. El punto de referencia es la capacidad natural del hombre para conocer la verdad. Toda filosofía tiene como núcleo preguntarse «si el hombre puede conocer la verdad, las verdades fundamentales sobre sí mismo, sobre su origen y su futuro, o si vive en una penumbra que no es posible esclarecer». Sólo si el hombre es capaz de conocer la verdad, la propia existencia tiene sentido. Sólo si existe una verdad sobre el ser humano, se puede respetar la dignidad de cada persona.
En la cultura de nuestros días, la ciencia «ciertamente busca verdades pero descalifica como no científica la cuestión de la verdad». Lo importante es estudiar si las frases de un discurso intelectual tienen coherencia, pero no si esas afirmaciones corresponden con la realidad de las cosas. «Una cientificidad ejercida de este modo inmuniza frente a la verdad», advertía el entonces Card. Ratzinger. Pero «el hombre no está aprisionado en el cuarto de espejos de las interpretaciones; puede y debe buscar el acceso a lo real, que está tras las palabras y se le muestra en las palabras y a través de ellas».
Por esa razón, nuestra cultura ha caído en el pragmatismo. «La cuestión no es la verdad, sino la praxis, el dominio de las cosas para nuestro provecho». El relativismo se presenta como un liberador de todo dogmatismo, y se convierte en un tirano, que convierte al hombre en un objeto manipulable. El ser humano queda a merced de quien ejerce el poder —ya religioso, intelectual o político— y no hay ninguna verdad que pueda protegerlo: porque ni los derechos más básicos formarían parte de la verdad del hombre. De nuevo el pragmatismo: los derechos se conceden, si es para utilidad del que manda.
Como se puede observar, la actitud de Benedicto XVI no es oponerse al hombre contemporáneo, sino liberarlo los atropellos del relativismo. La propuesta del Papa, en continuidad con el mensaje de Juan Pablo II, consiste en «rehabilitar la cuestión de la verdad».
Aquí se refleja también el talante intelectual y moral del nuevo Pontífice. Es un hombre convencido de que la verdad libera al hombre. Cuando fue consagrado obispo el 28 de mayo de 1977, Joseph Ratzinger tomó como lema una palabras la tercera Carta de San Juan: «colaborador de la verdad». Y explicaba sus motivos: «en el mundo de hoy el argumento “verdad” ha casi desaparecido porque parece demasiado grande para el hombre, y sin embargo, si no existe la verdad todo se hunde», por eso, «este lema episcopal me pareció que era el que estaba más en línea con nuestro tiempo» (Mi vida. Ed. Encuentro, 1977, p. 130).

lfvaldes@gmail.com
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