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sábado, 4 de agosto de 2018

¿Por qué la Iglesia suprime del Catecismo la pena de muerte?

Año 14, número 690
Luis-Fernando Valdés

El Papa Francisco modifica el texto del Catecismo y declara que es “inadmisible” la pena de muerte. Esta decisión nos empuja a reflexionar: ¿por qué la Iglesia antes apoyaba la pena capital? ¿por qué ahora puede cambiar el Magisterio?

La dignidad humana siempre se conserva
aunque el sujeto sea un criminal, que deberá ser
castigado severamente pero no asesinado.
1. Un cambio largamente anunciado. Durante siglos la teología católica apoyó la pena de muerte, basada en el deber del Estado de tutelar el bien común y cuidarlo eficazmente de un agresor de las vidas humanas.
Sin embargo, Pablo VI suprimió la pena capital en el Estado Vaticano en 1969 y Juan Pablo II luchó para abolirla en todo el mundo. El Papa polaco afirmó en su magisterio pontificio que: “ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante” (Evangelium vitae, 1995, n. 9).
Y eso conllevó una primera modificación del n. 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica, en el que se pasó de justificar la pena de muerte a establecer que tal castigo sólo se admitía si era “el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas”; además aclaraba que de hecho “los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo suceden muy rara vez, si es que ya en realidad se dan algunos”.
Después los discursos sobre este tema pronunciados por Juan Pablo II, Benedicto XVI y el mismo Francisco han empujado cada vez más a pedir a los Estados que supriman la pena de muerte en sus legislaciones.

2. La dignidad humana, base del nuevo texto. Siguiendo la enseñanza de Juan Pablo II en Evangelium vitae, la nueva redacción afirma que la supresión de la vida de un criminal como castigo por un delito es inadmisible porque atenta contra la dignidad de la persona, dignidad que no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. 
Añade que hoy se llegado a comprender que las sanciones penales aplicadas por el Estado moderno, que deben estar orientadas ante todo a la rehabilitación y la reinserción social del criminal. 
Finalmente, explica que, para proteger de los criminales la vida de personas inocentes, la sociedad actual tiene sistemas de detención más eficaces, de modo que la pena de muerte es innecesaria.

3. Fidelidad y cambio. Para algunos podría sonar contradictorio que la Iglesia modifique el Catecismo, pues identifican fidelidad con fijación. Sin embargo, es lo contrario, pues se trata de cambiar para poder ser fieles al Evangelio. Y así, a lo largo de estos dos milenios, la Iglesia continuamente ha reflexionado para ver si postura es realmente coherente con el Evangelio original. 
Por eso, el cardenal Luis Ladaria, prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la Carta de presentaciónde esta modificación del Catecismo, señaló que este cambio es fruto de “la conciencia cada vez más clara en la Iglesia del respeto que se debe a toda vida humana”. 

Epílogo. Esta modificación del Catecismo conlleva un cambio de paradigma muy profundo, pues indica que la dignidad humana no admite excepciones, pues ni siquiera un criminal deja de tenerla. La dignidad en algo previo al sujeto mismo y no en sus acciones, y éste no la pierde, aunque sus acciones sean muy reprobables. 
Era muy importante dar este paso, pues cuando admitimos que hay una excepción para no respetar la vida humana (como el caso de un criminal), abrimos la puerta para que haya más excepciones (como el aborto, la esclavitud, la venganza o la eutanasia).
Y, al mismo tiempo, recibimos otra gran enseñanza: que la fidelidad al Evangelio se opone a los fundamentalismos o al tradicionalismo. Somos testigos de un examen de conciencia de la Iglesia, para aceptar que hoy día la fidelidad al Evangelio de la vida requería una conversión. Y Francisco fue valiente para dar el paso. 

viernes, 13 de octubre de 2017

El Papa y la pena de muerte

Año 3, número 649
Luis-Fernando Valdés

En el itinerario hacia la abolición global de la pena de muerte, el Papa Francisco ha dado un paso muy grande: ha sugerido que se modifiquen las ambigüedades del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la pena capital. 

El Papa Francisco insiste en que la pena de muerte
debe ser abolida en todo el mundo.
1. Una pesada herencia doctrinal.  Aunque los últimos Pontífices han pedido constantemente a las naciones que sea abolida la pena de muerte, es un hecho histórico que durante siglos algunos papas han justificado la ejecución capital.
Esta doctrina pontificia se basaba en un principio moral: que el derecho a la “legítima defensa” permitiría eliminar a un “injusto agresor”. Y con el paso de los siglos está postura se incorporó como parte de la Doctrina oficial de la Iglesia, e incluso fue incluida en la primera edición del Catecismo de la Iglesia Católica (1992).

2. La lucha abolicionista de Juan Pablo II.  El Papa polaco publicó la encíclica “Evangelium Vitae” en 1995, y dio un giro en este tema, al afirmar que los casos en los que se necesitara suprimir al agresor “son ya muy raros, si no es que prácticamente inexistentes” (n. 56).
Esto llevó una nueva formulación en la segunda versión del Catecismo, en 1998. Y, en la Exhortación “Ecclesia in América” (1999), Juan Pablo II escribió que una sociedad que emplea la pena de muerte “lleva la impronta de la cultura de la muerte y se opone al mensaje evangélico” (n. 63).  (Cfr. La Croix, 4 ene. 2007)

3. Los argumentos de Francisco.  El Papa argentino ha manifestado el rechazo total a la pena de muerte por ser una “ofensa a la inviolabilidad de la vida y a la dignidad de la persona humana que contradice el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad y su justicia misericordiosa”.
En 2015, ante un grupo de juristas, el Pontífice refutó que las doctrinas del “injusto agresor” y la “legítima defensa” se pudieran aplicar a los presos. Afirmó que los presupuestos de la legítima defensa personal no son aplicables al medio social, sin riesgo de tergiversación, porque “cuando se aplica la pena de muerte, se mata a personas no por agresiones actuales, sino por daños cometidos en el pasado”.
Y añadió que tales casos, la pena capital “se aplica, además, a personas cuya capacidad de dañar no es actual, sino que ya ha sido neutralizada, y que se encuentran privadas de su libertad”. Por eso, dijo, “hoy en día la pena de muerte es inadmisible, por cuanto grave haya sido el delito del condenado”. (Discurso, 20 mar. 2015)

4. Una posible modificación al Catecismo. En un reciente encuentro sobre los 25 años del Catecismo, Francisco explicó algunas de sus claves de comprensión, como la necesidad de dar luces a cada época y leerlo siempre desde el amor que nos ha revelado Jesucristo.
El Papa mismo aplicó estos principios a la doctrina sobre la pena de muerte, y señaló que esa enseñanza no debe reducirse al “mero recuerdo de un principio histórico”, sino que tiene que tomar en cuenta “el progreso de la doctrina llevado a cabo por los últimos Pontífices” y la conciencia del pueblo cristiano que rechaza la ejecución capital.
Francisco reconoció que “en el Estado Pontificio se acudió a este medio extremo e inhumano, descuidando el primado de la misericordia sobre la justicia”. Y añadió: “asumimos la responsabilidad por el pasado, y reconocemos que estos medios fueron impuestos por una mentalidad más legalista que cristiana”.
El mensaje del Papa fue claro: dejar atrás aquella pasada visión favorable a la pena de muerte, porque hoy día “a nadie se le puede quitar la vida ni la posibilidad de una redención moral y existencial que redunde en favor de la comunidad”. (Discurso, 11 octubre 2017)

Epílogo. Francisco nos da una gran lección, la de admitir con humildad que, en ocasiones, los condicionamientos sociales de una época de la historia han prevalecido sobre la auténtica doctrina del Evangelio, como el caso de la pena de muerte. Francisco nos impulsa así a recuperar en profundidad el auténtico mensaje evangélico de amar y defender la vida desde su concepción hasta su fin natural.


sábado, 26 de septiembre de 2015

Francisco, liderazgo en derechos humanos

Año 11, número 542
Luis-Fernando Valdés

El Papa visitó el Congreso de Estados Unidos y se ganó el respeto de los legisladores, quienes ovacionaron su discurso. ¿Cómo pudo Francisco proponer exitosamente su agenda de derechos humanos a la mentalidad norteamericana?

El Papa Francisco ovacionado
en el Congreso de los Estados Unidos.
Por primera vez en la historia, un Pontífice habló ante las Cámaras legislativas de los Estados Unidos. Francisco en un pausado inglés pronunció un discurso histórico en el que apeló a las fibras patrióticas y a los valores comunes, con el fin de pedir soluciones para los grandes problemas del momento. (Resumen en video)
El Santo Padre utilizó un estupendo recurso para exponer sus ideas, que fue acudir a los grandes personajes de la historia de Estados Unidos, pues ellos aportan “una manera de ver y analizar la realidad”, de modo que “en medio de los conflictos ayudan a recuperar las reservas culturales”.
Con gran acierto, el Pontífice se refirió a cuatro célebres norteamericanos, cuyas vidas reflejan los valores cristianos, desde los que Francisco deseaba defender algunos derechos humanos fundamentales. Veamos.

1) Abraham Lincoln, defensor de la libertad. Francisco afirmó que construir un futuro de libertad exige amor al bien común y colaboración con un espíritu de subsidiaridad y solidaridad. Por contraste, advirtió sobre la violencia producida por el fanatismo religioso, y pidió no copiar el odio ni la violencia del asesino.
Además, el Papa apeló a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, que habla de la igualdad y de los derechos fundamentales a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, para afirmar que “la política debe servir a la persona humana” y que “no puede ser esclava de la economía y de las finanzas”.

2) Martin Luther King, una libertad “que se vive en la pluralidad y la no exclusión”. Este gran hombre buscó “realizar el ‘sueño’ de plenos derechos civiles y políticos para los afro-americanos”.
Francisco, que se presentó “como hijo de migrantes”, aplicó ese “sueño” de libertad a los migrantes. Pidió no dejarse intimidar por las altas cifras de migrantes, sino mirar a su bien. “Cuidémonos de una tentación contemporánea: descartar todo lo que moleste”, advirtió. Junto con esto, exhortó a defender la vida humana en todas las etapas de su desarrollo, y por eso solicitó “la abolición mundial de la pena de muerte”.

3) Dorothy Day, la justicia social y los derechos de las personas. Esta gran mujer, inspirada en el Evangelio, fundó el ‘Movimiento del trabajador católico’. Así, el Papa habló de la lucha contra la pobreza y el hambre y pidió que la economía sea “especialmente solidaria y sustentable” y habló ampliamente de la preocupación ecológica.

4) Thomas Merton, la capacidad de diálogo y la apertura a Dios. Este monje cisterciense fue “un hombre de diálogo, un promotor de la paz entre pueblos y religiones”. Por eso, Francisco refirió al restablecimiento de relaciones con Cuba, y recordó que “cuando países que han estado en conflicto retoman el camino del diálogo… se abren nuevos horizontes para todos.” Explicó también que “ser un agente de diálogo y de paz” significa buscar que acaben los conflictos armados que afligen nuestro mundo y que se detenga el tráfico de armas.

Las palabras del Papa invitan a nuestros países a acudir también la memoria histórica. Necesitamos retomar los valores cristianos que están presentes en las raíces de nuestros países hispanoparlantes, pues esos mismo valores que nos han hecho crecer, nos ayudarán a superar los problemas actuales que tanto nos afligen.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Sentencia capital a la pena de muerte

Año 7, número 343
Luis-Fernando Valdés

El Gobernador de Oregon (EUA), John Kitzhaber, anunció la suspensión de la pena de muerte en su Estado (24.XI.2011). Cinco días después, decenas de ciudades a lo largo del mundo, se iluminaron para pedir la abolición de la sentencia de muerte, y el Papa mismo se unió a esta petición. ¿Por qué cada vez son más las voces internacionales que pide la desaparición de la pena capital?



El Gobernador de Oregon suspendió la pena de muerte

por considerarla injusta y contraria a su moral. 

Flickr: OregonDOT

La pena de muerte,  que gozó de amplio consenso en occidente desde el siglo XIII, ahora empieza a ser rechazada por la comunidad internacional, porque esta sentencia se presta para ser utilizada por regímenes totalitarios y, en ocasiones, se aplica injustamente. Además, hoy día, el avance de las sociedades democráticas hace que esta pena ya no sea necesaria para mantener la justicia y la paz social.


Chantal Valery de la Agencia France Press (AFP) publicó hace poco que, en Estados Unidos, desde 1973, 138 condenados a muerte han sido luego declarados inocentes o liberados, entre los cuales 17 de ellos después de haber sido sometidos a exámenes de ADN, según el Centro de Información sobre la Pena de Muerte.


Además, Valery dice que un reciente estudio muestra que por, cada ejecución, se invierten en promedio 3 millones de dólares, incluidos todos los procedimientos judiciales que conlleva, de manera que la pena capital cuesta tres veces más cara que una condena a cadena perpetua sin posibilidad de liberación [artículo completo].

Así se entienden todas estas manifestaciones en contra del castigo letal. Durante rueda de prensa, en la que anunciaba su decisión de suspender estas ejecuciones, John Kitzhaber afirmó que “la pena de muerte practicada en Oregón no es imparcial ni justa, ni rápida ni certera. Y no es aplicada de manera igual a toda la gente (…). Rehúso ser parte de este sistema desigual (…), no permitiré más ejecuciones mientras sea gobernador” [Noticia].

El Coliseo se iluminó, al igual que decenas de
ciudades de todo el mundo, para pedir
la abolición de la pena de muerte.
Mientras tanto, con motivo de la X Jornada Mundial “Ciudades por la Vida”, como cada 30 de noviembre, activistas de Amnistía Internacional y de la Comunidad de San Egidio salieron a la calle en varias partes del mundo para mostrar su rechazo total a la pena de muerte iluminando ayuntamientos o edificios emblemáticos [noticia], incluido el Coliseo romano [noticia]. Estas organizaciones sostienen que una condena así, en la práctica consiste en el homicidio premeditado y a sangre fría de un ser humano a manos del Estado y en nombre de la justicia.

Y ese mismo día, Benedicto XVI pidió, durante su habitual audiencia de los miércoles, que se promuevan “iniciativas políticas y legislativas” para “eliminar la pena de muerte” en el mundo, con ocasión del congreso “No hay justicia sin vida”, promovido por la Comunidad de San Egidio y que reúne a representantes de los Gobiernos de todo el mundo en Roma.

El Papa recordó a los participantes del congreso que espera que “sus deliberaciones alienten las iniciativas políticas y legislativas que se promueven en cada vez más países para eliminar la pena de muerte” y sigan buscando equilibrar el respeto por “la dignidad humana de los presos con el mantenimiento efectivo del orden público” [Noticia] [Video]. 

Ojalá este movimiento internacional para abolir la pena de muerte encuentre eco en nuestro País, pues para algunos la situación de violencia en diversos Estados de la República sería un motivo suficiente para implementar esta medida capital. Sin embargo, ahí donde se olvide que la vida –incluida la de los peores criminales– es intocable por ser un don de Dios, el hombre terminaría por sentirse dueño de la vida de cualquiera, y quedaría así imposibilitada la llegada de la paz.



miércoles, 29 de abril de 2009

Luces contra la pena de muerte

Luis-Fernando Valdés

Desde hace años, el Coliseo romano se ilumina cada vez que se deroga la pena capital en algún lugar o se evita una ejecución en el mundo, así como cada 30 de noviembre, cuando se celebra la Jornada Internacional contra la Pena de Muerte. La noche del pasado Miércoles Santo (15 de abril), las luces del célebre monumento fueron encendidas porque el estado de Nuevo México (EUA) abolió este tipo de condena.
El 13 abril pasado, el Senado de Nuevo México votó por la derogación de la pena capital, después de que la cámara baja votara a favor de esa propuesta de ley. Cinco días más tarde, Bill Richardson, gobernador de ese estado anuló la pena de muerte. La Conferencia Episcopal de Estados Unidos expresó que esta medida “ayudaría a construir la cultura de la vida en nuestro país”. Además, el gobernador fue recibido por el Papa Benedicto XVI, el día de la ceremonia de iluminación del Coliseo.
En ese país de América del Norte, la pena de muerte se viene practicando, desde que fue vuelta a autorizar por la Corte Suprema en 1976. Por eso, la decisión de abolir la pena de muerte en Nuevo México, es una importante señal del creciente rechazo a la violencia como medio para frenar el crimen.
Ha sido muy largo el proceso que ha seguido la cultura occidental para oponerse a la pena capital. Ésta ya estaba presente en el derecho romano y, por eso, los cristianos podían hacer poco para erradicarla. Con el paso del tiempo, la Iglesia llegó a un cierto compromiso con el Estado, con el llamado “derecho de intercesión”, mediante el cual, por oficio, el Papa o el obispo del lugar intercedían por el reo de muerte, para que se le conmutara la pena. Este “abolicionismo pastoral” funcionó hasta la edad media.
Federico Barbarroja (1122-1190), fue el primero que rompió definitivamente este pacto. Esta situación fue justificada por teólogos y canonistas con una fórmula más bien hipócrita, que afirmaba que la Iglesia no puede –pero el Estado sí– instituir y eventualmente aplicar la pena de muerte. Desde entonces y hasta muy avanzado el siglo XX, la Teología católica daba por hecho que el Estado tenía derecho castigar con pena de muerte los casos extremos. Incluso en la primera versión (1992) del “Catecismo de la Iglesia Católica” (n. 2266), se aceptaba que el Estado tenía la autoridad para aplicar esta pena, en caso de gravedad extrema, aunque se pedía ya que sólo se dieran penas conformes a la dignidad de la persona.
Fue hasta 1995, cuando la Iglesia dio un giro a la posición anterior, con la publicación de la Encíclica “Evangelium Vitae” de Juan Pablo II. En el n. 56, el Papa Wojtyla explica que en la sociedad de hoy son prácticamente inexistente los casos en que fuera necesario eliminar al reo, para preservar la paz de la sociedad. Con esta doctrina, se modificaron los nn. 2266 y 2267 del “Catecismo”, que ahora dice que si bastan los medios incruentos para defender a la sociedad del agresor, o para volverlo inofensivo, ya no hace falta quitarle la vida al criminal peligroso.
Promover hoy la pena de muerte en nuestro País carece de sentido. Por una parte, es promovida como una especie de “venganza legal”, la cual atropellaría el derecho humano a la vida, aunque sea la de un criminal; y además envilecería a quienes la pidan para los agresores de sus familiares, pues la venganza deshumaniza al hombre, y se opone frontalmente al principio cristiano que afirma que el amor no excluye a los enemigos (cfr. Mateo 5,43-48).
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 7 de enero de 2007

Hussein y los otros ahorcados

Luis-Fernando Valdés

Cerramos el año 2006 con el macabro espectáculo de la muerte del ex dictador iraquí Sadam Hussein. Ciertamente fue juzgado por un tribunal local, y fue encontrado culpable de duros cargos, como el homicidio, pero la legalidad de la ejecución de este hombre no responde a todas las cuestiones que el castigo capital suscita. ¿Se justifica la pena de muerte por el hecho de ser emanada de una sentencia de un tribunal legítimamente constituido? ¿Se vale matar porque lo autoriza un juez?
Es probable que algunas personas consideren que la pena capital aplicada a Hussein está justificada. Seguramente se basan en que se trató de un juicio legal y en que se estaba castigando una serie de verdaderos delitos contra inocentes. Sin embargo, el punto central de discusión no consiste en la “legalidad” del proceso judicial, sino en el “origen de la vida”.
La vida humana es el fundamento de todos los derechos humanos. Hoy día, a veces resulta difícil entender que la autonomía del ser humano tiene límites. Y la vida es uno de ellos, porque el hombre no se da la vida a sí mismo, sino que la recibe sin ser consultado. La vida es un don, un regalo, que –paradójicamente– se “tiene que” recibir, y se debe conservar hasta el último momento de su ocaso natural. Quizá no es sencillo comprenderlo, pero el hombre no tiene derecho sobre la vida de nadie: ni la suya, ni la de un inocente… ni la de un culpable.
Por eso, a un reo se le puede condenar con la confiscación de sus bienes económicos e inmuebles, se le puede privar del ejercicio de algunos de sus derechos civiles, como la libertad de movimiento. Pero no se puede ordenar que un culpable sea privado de algo que está por encima de él, como es su propia vida. Cuando un tribunal se adjudica el derecho de disponer de la vida humana, se está poniendo en el papel que sólo le corresponde a Dios. Sólo Dios es el dueño de la vida.
La Iglesia se opone a la pena de muerte. Juan Pablo II tanto en su Magisterio, como la Encíclica “Evangelium vitae” (nn. 27 y 56), aboga por el “respeto de toda vida, incluida la del reo y la del agresor injusto”. Y un día antes de que Sadam Hussein fuera llevado a la horca, el Cardenal Renato Martino, Prefecto del organismo vaticano que promueve la Justicia y la Paz, declaró que esta ejecución castigaría “un crimen con otro crimen”, y añadió que “la pena de muerte no es una muerte natural. Y nadie puede dar muerte, ni siquiera el estado”.
Por otra parte, la muerte de Hussein tomó un rol mediático. En tiempo casi real, empezaron a circular imágenes del ex dictador en el patíbulo. Rápidamente se triavializó un homicidio. Pensemos en cuántos niños vieron las fotos y los videos de su muerte. Esto fue un paso atrás en la instauración de una “cultura de la vida”: ver a un ejecutado ya es algo casi sin importancia, y eso es lo que se transmite a las nuevas generaciones.
Además, Iraq está sufriendo por la división del país, entre partidarios y opositores a Hussein. Esta grave separación impide la pacificación de esa nación. Castigar de esta manera al ex mandatario, lejos de fomentar la unidad y la paz, sembró más violencia y más rencor.
Nada justifica los crímenes cometidos por Hussein. Nadie devolverá la vida a las víctimas asesinadas durante la dictadura del ex mandatario iraquí. Pero tampoco la pena capital arregla la situación. La horca es un efímero sustitutivo de la verdadera justicia. En la misma la soga que quitó la vida a Hussein quedó colgada la reconciliación de los iraquíes. Junto con el tirano fue ahorcada la cultura de la vida.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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