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domingo, 12 de septiembre de 2010

200 años de ¿esperanza?

Luis-Fernando Valdés

Hace doscientos años sonaron las campanas de la Iglesia de Dolores, Guanajuato. Pero hoy la esperanza ya no resuena tanto en los corazones de los mexicanos. Daremos “el grito” y acudiremos al desfile, pero ¿por qué no hay una profunda alegría en el ánimo de todos?
 
La Campana de Dolores Hidalgo, considerada un símbolo patrio. En la imagen: una réplica fiel.

Con motivo de este Bicentenario, hay una pregunta que da cierto temor formular: ¿nos sentimos plenamente orgullosos de ser mexicanos? La respuesta puede ser tan profunda como se guste, pero vayamos a lo que indica el sentido común.
Una persona está contenta con su nación, cuando ésta le brinda raíces, de manera que  esa persona se sabe y se siente parte de una historia, de una tradición, de una lengua, de unas creencias.
Pero en México hemos crecido con raíces deficientes, porque nos han enseñado la historia según la ideología dominante de turno, y no tenemos claro nuestro pasado. Por eso, ¿quién se siente heredero de los mexicanos del siglo XVIII?
Las personas están orgullosas de su país cuando tienen un ideal común, que los une y les da sentido de pertenencia, que les da un sentido de misión compartida por todos. Pero en nuestra patria, hoy no está claro lo que nos une, pues no hay un proyecto de nación, por el que todos los mexicanos vibremos.
Vemos, en cambio, un abismo entre los políticos y los ciudadanos de a pie. La estructura familiar ya no es un valor común, ni tampoco lo son las virtudes humanas básicas: la justicia, la veracidad, la honestidad. Es duro afirmar, en ese sentido, que hay “muchos Méxicos”, porque no hay un México común.
Por estas razones –raíces desconocidas y falta de unidad– y otras más, es difícil que los mexicanos estemos plenamente felices, y es complicado que tengamos certeza sobre nuestro futuro.
¿Qué se puede hacer ante este panorama? –Debemos fomentar la esperanza.
La esperanza verdadera proviene de una visión trascendente de la historia, es decir, de la convicción de que la historia tiene una explicación que permite superar lo efímero de los acontecimientos diarios.
Esa explicación de la historia se apoya en dos elementos: en una visión sobrenatural de la historia (“este mundo no se explica a sí mismo, sino que Dios debe estar detrás, y Él hará justicia y nos dará la paz”), y en un sentido de misión común (“nuestra Patria juega un importante papel moral en el conjunto de las naciones”).
Curiosamente, ésa era la visión de los mexicanos de finales del s. XVIII; ésa era la mentalidad de Hidalgo, Morelos, Guerrero e Iturbide. Creían en que Dios, mediante la aparición de la Virgen de Guadalupe, le había dado a México un papel singular entre el resto de los países (una especie de “destino manifiesto”). Se sentían orgullosos de su País, y ese espíritu los llevó a realizar la gesta que celebramos.
Cada 16 de septiembre debería ser la ocasión para conectarnos de la mentalidad de los fundadores de nuestra Nación (incluidos los del s. XVI), de renovarnos en la misión común de nuestro Pueblo, para sentirnos orgullosos de ser hijos de este País.
Por eso, este Bicentenario nos deja con una tarea muy ardua, que la debemos sacar adelante los ciudadanos, no sólo los gobernantes: conocer nuestra historia penta-centenaria y reconciliarnos con ella; retomar los valores morales profundamente humanos y cristianos que la han iluminado; y, desde nuestro presente plural, iniciar un proyecto de nación común a todos. Ojalá que el repique de las campanas del próximo día 16 nos enlace con aquella visión de la historia de los Padres de la Patria, pues eso sí nos llenará de esperanza.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://www.columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 5 de septiembre de 2010

Heridas bicentenarias

Luis-Fernando Valdés

Una de las voces que no se había pronunciado oficialmente sobre el Bicentenario es la Iglesia Católica. Recientemente lo acaba de hacer, mediante una Carta Pastoral, el pasado día 1 de septiembre. En un País plural como México, ¿qué puede aportar la Iglesia para todos los mexicanos en este aniversario ? 

Esta Carta del episcopado puede ser una sorpresa para quienes miran aún a la Iglesia con los paradigmas del s. XIX, como si esta Institución buscara retornar a la época Virreinal. Pero este documento no habla de volver al pasado (tradicionalismo), que sino que busca discernir cuál fue la participación de la Iglesia en la Independencia y la Revolución, cuál ha sido su servicio a la Nación, para retomar con vigor los retos y desafíos de hoy, con una firme esperanza en el futuro (cfr. nn. 6 y 139).
Para la elaboración de la Carta, se contó con la opinión de historiadores profesionales, y así se pudo ofrecer una visión de la historia muy equilibrada, en la que se observa el papel positivo de la Iglesia (cfr. nn. 8-58), y se destaca con respeto el papel del Cura Hidalgo y del Padre Morelos y se aclara el tema de sus excomuniones (cfr. nn. 15-16 y 33-38).
El escrito pastoral tiene una excelente cimentación histórica, antropológica y teológica. Y desde ahí aborda los temas del presente de nuestro País (cfr. nn. 60-90), con un gran sentido de la pluralidad, pues la Iglesia entiende que en nuestra Patria, hoy día, convivimos personas de diversos credos y convicciones.
Entre las múltiples aportaciones para afrontar la actual crisis social, destaca una, en la que brilla el espíritu cristiano: la reconciliación nacional (cfr 129-135). Disculpar nunca es fácil, pero como la fe cristiana está fundada en la reconciliación del hombre con Dios y de los hombres entre sí, la doctrina católica puede ser un elemento catalizador de la reconciliación nacional.
La propuesta del documento del episcopado incluye la reconciliación de nuestras raíces tanto indígenas como españolas; la reconciliación de las diversas etapas de nuestra historia (sin excluir ni el Virreinato, ni el momento actual de transición hacia una mayor democracia) (cfr. n. 129).
A la vez, este escrito propone la “reconciliación entre las distintas formas de pensar, erradicando fundamentalismos laicistas o las intolerancias religiosas de cualquier signo”. También propone la “reconciliación entre las diversas clases sociales, superando el desprecio y la desconfianza de unos y otros para buscar el desarrollo de todos, sin injusticias ni discriminaciones” (cfr. n. 130).
El documento señala que después de la Independencia ha habido una gran enfrentamiento ideológico que “dividió al País y nos llevó a rencores casi insuperables”, y que ese mismo fenómeno sucede en la política actual: “por la intolerancia política de unos y la falta de compromiso de otros” ha vuelto a resurgir la discordia que paraliza el progreso. Por eso, “sin una reconciliación política basada en el diálogo, el reconocimiento de los adversarios ideológicos y el respeto de las instituciones, no hay progreso posible” (cfr. n. 130).
Esta Carta Pastoral puede significar un nuevo hito en la historia de la Iglesia en México, porque se reconcilia con la historia y aporta los elementos específicamente cristianos que pueden ayudar a la sociedad. Si se estudia el contenido del documento –que es realista e incluyente–, desde ahora la Iglesia católica puede ser una voz importante, en el diálogo por la reconciliación nacional.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://www.columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 20 de junio de 2010

Emboscada al Bicentenario

Luis-Fernando Valdés

Semana sangrienta. Mientras nuestra atención estaba centrada en el Mundial de Fútbol, la narcoviolencia, en diversos puntos del País, rompió un triste récord: 300 muertos en 7 días. Entre esos sucesos, hubo uno que fue muy significativo: la emboscada tendida en Michoacán a un convoy de la Policía Federal Preventiva (PFP).
Lugar del atentado a agentes de la PFP, en Zitácuaro,Mich. Foto: MVT

El pasado lunes 14 de junio, una caravana de Policías Federales fue emboscada por un grupo armado, en una carretera del municipio de Zitácuaro, Mich. Perdieron la vida 10 miembros de la PFP y fueron heridos 15 de ellos.
Este episodio tiene una gran repercusión en la configuración de nuestra Nación, que lleva doscientos años tratando de consolidarse como Estado de Derecho. Esto significa que en nuestro territorio hay unas leyes que son válidas y obligatorias para todos, y las cuales establecen el modo de convivencia entre los ciudadanos.
Estas leyes no pueden ser emitidas por cualquiera, sino sólo por aquellos ciudadanos que han sido elegidos por mayoría para elaborar estas normas. Se trata de los Senadores y Diputados, estos últimos pueden ser locales (en cada Estado) y federales (para todo el País). Las leyes promulgadas por el Poder Legislativo son las únicas que rigen a nuestra Nación.
Pero, constatamos con preocupación cada vez mayor, que los grupos armados están imponiendo su propia ley en las diversas plazas que van ocupando. Cobran impuestos, regulan el comercio, tiene sus propios vigilantes del orden público, “imparten justicia” (o sea castigan a los que no cumplen sus “leyes”).
Este tipo de grupos han hecho que México sea –en la práctica– dos Estados: uno, el oficial, el del Bicentenario, el de los Tres Poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial; y, otro, el invisible, al que nadie le llama “mi patria”, en el que las leyes y las órdenes provienen de una cúpula de capos, y que son puestas en práctica por operadores y, cuando no se acatan, son castigadas por sicarios.
Esta situación “de facto” es un retroceso histórico. Leemos en los libros de historia patria que, a finales del s. XIX, había grupos de bandoleros que imponían su ley en las carreteras y despoblados. Quién no recuerda la famosa novela “Los Bandidos de Río Frío”, de Manuel Payno.
Pero, como es lógico, dos Estados no pueden convivir en un mismo territorio. No caben juntos dos poderes legislativos: el de las leyes promulgadas en el Diario Oficial y el de las normas impuestas por amenazas.
Por eso, esta guerra llevada a cabo en albor de la tercera centuria mexicana, está llena de significado. De su resultado depende si México se consolida como Nación soberana e independiente, o si retrocede a los cacicazgos del s. XIX.
Esta importante situación de fondo parece ser opacada por la montaña de cifras del parte de guerra diario. Daría la impresión de que sólo es enfocada la escalada de violencia. O bien por otra cortina de humo: el “maniqueísmo”, que divide la realidad en buenos y malos.
Así estos hechos sangrientos son narrados como una especie de serie policíaca, en la que hay héroes y los villanos. Pero el que cuente el episodio –la PGR o un “narco corrido”– establecerá quiénes son los buenos. Esto es preocupante, porque no es cuestión de apoyar bandos, sino de consolidar el Estado mexicano.
Junto con ese convoy de la PFP, fueron emboscados doscientos años de Historia. Esas mismas balas, que mataron a nuestros policías, hirieron profundamente también a nuestro Estado de Derecho.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 20 de septiembre de 2009

Bicentenario: ¿cabe la religión?

Luis-Fernando Valdés

Hemos celebrado con gusto y patriotismo el día de la Independencia. Iniciamos la cuenta regresiva para el Bicentenario. El año que deberá transcurrir hasta el 16 de septiembre de 2010 nos da tiempo para preparar los festejos, y también para reflexionar sobre nuestra identidad nacional. Ahí cabe esta pregunta: ¿qué papel debe tener la religión en la vida de nuestro País?
Sin duda el rol de la fe ha cambiado mucho desde 1810 a nuestros días. En aquella época, todos los ciudadanos eran católicos, y la religión era un factor de unidad del pueblo. Había una cierta simbiosis entre sociedad civil y sociedad eclesiástica, que tenías ventajas y también bastantes desventajas.
En el devenir del s. XIX, se dio una separación entre la Iglesia y el Estado, que en el s. XX se agudizó hasta llegar la Guerra Cristera. Así la religión dejó de formar parte de la vida civil del País. Además, durante la centuria pasada muchos ciudadanos mexicanos han abrazado otras confesiones distintas a la católica, de modo que la religión católica ya no puede ser factor de unidad de la nación, pues eso iría en detrimento de la libertad de culto de los demás.
Desde estos hechos, el papel de la Iglesia y de los católicos en la vida de México debe repensarse. Hay que dejar atrás tanto la visión del virreinato (Iglesia y Estado en simbiosis) como el jacobinismo anticlerical. Un punto de referencia reciente es la propuesta del Concilio Vaticano II, que consiste en un cambio de paradigma en la visión que la Iglesia tiene de sí misma. Lo hace con una imagen: la del peregrino. Se afirma que “la Iglesia peregrina en la historia”, para indicar que la misión de esta Institución no consiste en ganar poder temporal, aunque en otra época lo haya tenido. Su finalidad es ayudar a la “comunión” de los hombres con Dios y de los hombres entre sí (cfr. Constitución “Lumen Gentium”, nn. 8 y 1).
Esta comunión entre los hombres no significa uniformar a todos en un mismo credo, sino que es una labor de diálogo basado en el respeto a la dignidad de la persona. Fue precisamente este Concilio el que propuso que se respetará universalmente la libertad religiosa (incluso en los países de mayoría católica), porque esta libertad “se funda realmente en la dignidad misma de la persona humana” y pertenece al bien común y a los derechos inalienables del hombre (cfr. Declaración “Nostra Aetate”, nn. 1 y 6).
A doscientos años del inicio de la Independencia, la religión católica deja de ser un signo de identidad nacional, pero tiene la oportunidad histórica de ser –junto con las otras religiones– un factor moral que ayude a los ciudadanos a buscar la justicia, la armonía, la solidaridad y la paz que consoliden la unión entre ellos.
A la luz del Vaticano II, se puede proponer que las religiones –en plural– sean un factor ético que eleve el nivel moral del País. La identidad nacional no puede fundarse ya pertenecer a una religión concreta, sino en vivir valores humanos perennes, en los que además suelen coincidir las diversas religiones: el amor y respeto a Dios, a los propios padres, a la familia, al prójimo; el amor a la vida, a la verdad y a la libertad, etc.
Por aquí hay una buena vía para reconciliar la religiosidad de los mexicanos con la vida pública, sin interferir en la autonomía del Estado. La Iglesia católica y las demás confesiones tendrán un papel importante en el futuro de nuestro País, porque México siempre va a estar necesitado de ciudadanos de una elevada calidad ética.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 30 de diciembre de 2007

Año Nuevo, ¿nueva historia de México?

Luis-Fernando Valdés

“Año Nuevo, vida nueva”, reza un conocido refrán. La Secretaría de Educación del Distrito Federal anunció que repartirá libros de historia gratuitos, durante el mes de enero del 2008, además de otros textos sobre cuidado ambiental y sobre el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Parece que al “nuevo Año” le corresponderá “historia nueva”. Reescribir la historia patria es un tema muy delicado, que puede favorecer la identidad nacional, o dividir el País. ¿Adónde queremos llegar?
Estos libros son un proyecto de la Secretaría de Educación del DF, en conjunto con el Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, que es una asociación civil constituida el 19 de febrero de este año, y presidida por Guillermo Tovar de Teresa. Desde el siglo XVI hasta 1987, el cargo de cronista de la ciudad era asignado por las autoridades de gobierno. Desde hace unos meses se trata de un Consejo de la Crónica ciudadano, lo cual puede garantizar cierta independencia.
El nuevo texto está dividido en 16 capítulos, uno por Delegación política, y en ellos se aborda la vida de los barrios, las calles y los monumentos históricos; y destina un capítulo a la construcción de la sociedad civil en la ciudad, escrito por Carlos Monsiváis. El tiraje será de un millón de ejemplares, que se distribuirán entre estudiantes de preparatoria, bibliotecas públicas y otros organismos.
Hasta aquí todo va muy bien. Pero en su conferencia de prensa, Axel Didriksson, encargado del sector educativo en el gobierno capitalino, hizo una declaración que levanta sospechas. Afirmó que para llevar este libro a las secundarias públicas, se esperará a tener el consenso con la SEP, pero si esta dependencia federal considera que el libro es inadecuado para los niños a pesar de hablar sobre la identidad e historia de la ciudad, “nosotros lo vamos a distribuir aparte”. ¿Una versión de la historia que será “impuesta” a las nuevas generaciones? ¿Por qué no entablar un diálogo en caso de que el libro se considerado inadecuado?
Escribir la historia es un tema de gran importancia. Es una de las claves para construir la identidad nacional. Desde 1823, cuando se consumó el movimiento de Independencia, la historia de México se ha escrito varias veces. En no pocos casos, el hilo conductor de los episodios patrios ha sido justificar a los diversos regímenes e ideologías. Todavía hoy la identidad de México está en disputa ideológica y partidista, en vez de dar lugar a un serio debate académico. Y esa declaración de Didriksson parece sugerir que este nuevo texto será un hito más en la “reescritura” partidista de la historia nacional. Ya lo veremos dentro de poco.
Al reelaborar la historia se requiere, por una parte, de auténticos profesionales del estudio de la historia, que den cuenta exhaustiva de las fuentes y que reconozcan abiertamente los puntos de vista ideológicos de los que ellos mismos parten. Y, por otra, se necesita un sentido muy grande de la justicia, que sepa aceptar que todos somos mexicanos, porque en los textos en los que se divide dialécticamente a México bandos (criollos e indígenas, conservadores y liberales, revolucionarios y reaccionarios, etc.) siempre hay un grupo de ciudadanos que quedan segregados, convertidos en mexicanos de segunda categoría. Hace falta repensar la identidad nacional, reescribir nuestra historia, en la que se haga justicia y se busque la unidad: aunque pensemos diferente, todos somos hijos de esta gran Patria.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
http://columnafeyrazon.blogspot.com