domingo, 13 de agosto de 2006

Adicción al sexo

Luis-Fernando Valdés

Hoy amanecimos con la expectativa de la resolución del Trife. Pensaba ofrecerles, estimados lectores, una mini discertación sobre el Estado de derecho, pero hubiera parecido que tomaba partido en la disyuntiva de si se debe obedecer a la ley o al pueblo. Por eso, preferí seguir el ejemplo de un famoso columnista: en domingo, no hablar de «política» –pues nunca lo hago– sino sólo tratar de «cosas peores»: hablemos de ética.
Y para hacerles entretenido el momento de lectura, se me ocurrió escribir sobre un tema que va tomando tintes alarmantes. Se trata de una nueva adicción, la del sexo, que tiene consecuencias semejantes a las de otras adicciones más conocidas, como el alcohol, las drogas o las apuestas.
En reciente estudio sobre este tema, Patricia Matey afirma: «La adicción al sexo es una de las dependencias menos confesadas y visibles de todas las que existen. No obstante, ha aumentado el número de pacientes que pide ayuda debido a las consecuencias de su transtorno: ruina económica, matrimonios rotos, problemas laborales, ansiedad y depresión».
Esta dependencia sexual se manifiesta de diversas formas: desde la masturbación compulsiva a los abusos sexuales, pasando por relaciones con múltiples parejas heterosexuales u homosexuales, encuentros con personas desconocidas, el recurso a la pornografía, la prostitución, el exhibicionismo, la pedofilia, el turismo sexual, y tantas otras más.
El origen de esta adicción, en la mayoría de los casos, se encuentra en la mente, donde las fantasías sexuales y los pensamientos eróticos se convierten en engañosas válvulas de escape de los problemas laborales, las relaciones rotas, la baja autoestima o la insatisfacción personal. Luego, esas imaginaciones se pasan al ámbito de la realidad práctica. Se empieza por cosas pequeñas, ligeras concesiones al placer, y se termina en prácticas que nunca se hubieran pensado realizar, y que causan un sufrimiento insoportable.
Así como el alcoholismo, la drogadicción y las apuestas terminan por destruir tanto al que padece estos vicios como a su familia, de igual manera en la adicción al sexo también alguién siempre termina pagando el alto costo emocional. Quien paga ese precio puede ser la persona que sintió que jugaron con sus sentimientos, o una creaturita abortada, o un matrimonio y unos hijos destrozados por un adulterio.
Aunque todas las personas del entorno de quien padece este vicio sufren mucho, el principal afectado es el que padece esta adicción. Es la víctima principal, porque sufre un transtorno fuerte en su vida, tanto como un alcohólico, aunque exteriormente quizá se note menos. Se destroza su capacidad de amar.
Al ver estas trágicas consecuencias, no reaccionamos con la misma fuerza que contra las drogas, aunque el resultado de la adicción sexual es el mismo. Todos apoyamos el slogan «di no a las drogas», todos apoyamos el combate al narco-menudeo. Pero nos quedamos callados y pasivos ante la «droga» de la pornografía en los medios de comunicación, o al sexo-menudeo del puesto de periódicos o de un lugar de exhibicionismo (table dance).
¿No será el momento de revalorar la virtud de la templanza en el placer sexual presente ya en la Grecia clásica, y en la tradición judeo-cristiana? ¿Ante esta adicción que afecta desde niños de primaria a hasta personas mayores, podemos seguir diciendo que es mogigatería hablar de educación de la afectividad, de castidad? Es tiempo de enseñar a amar.
Por cierto, ¿qué voy a hacer con mi borrador sobre el Estado de derecho? Escríbame.

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domingo, 6 de agosto de 2006

La «arrogancia» de la verdad

Luis-Fernando Valdés

En nuestra sociedad democrática hay un valor entendido: el derecho a expresar nuestros puntos de vista, sin que nadie nos reproche nuestro modo de pensar. Y para garantizar este derecho, hemos acordado que todos los diversos pareceres son válidos, aunque sean contradictorios entre sí. Sin embargo, ¿éste modo de proceder realmente garantiza la libertad de los individuos?
En un primer momento, cuando se pretende hablar de una verdad válida para todos, parecería que los que dicen tener razón terminarán atropellando a los que no piensan como ellos. Suena muy razonable afirmar que la verdad no puede estar por encima del hombre, sino que éste la establece, pues de este modo podemos convivir todos, sin necesidad de estar de acuerdo en nuestro modo de ver la vida.
Pero esta postura me recuerda el Caballo de Troya. Parecía un trofeo de guerra, un símbolo de victoria sobre los invasores, un monumento a la libertad. Y lo colocaron en medio de la ciudad, como si fuera la estatua de un dios. Y, al anochecer, salieron de él las tropas de asalto que rompieron las puertas de las murallas… y fue arrasada la población.
Rechazar la verdad como precio de la tolerancia es el Caballo de Troya de la cultura contemporánea. ¿Por qué? Porque acepta como un valor, a un factor que destruye el pilar sólido que sostiene a la dignidad humana. Ésta es la amarga herencia del siglo pasado: millones de muertos por las guerras mundiales y por los regímenes totalitarios. Si no existe la verdad sobre el ser humano, ¿cómo defenderlo de los tiranos?
Cuando el actual Papa era un joven sacerdote y Profesor de teología, se preguntaba si no era muy pretensioso afirmar que la verdad es posible de encontrar. «A lo largo de mi camino espiritual sentí muy fuerte como problema la cuestión de si no es realmente arrogancia decir que podemos conocer la verdad, teniendo en cuenta nuestras limitaciones». Incluso, como hijo de su tiempo se preguntaba si «quizá no era mejor suprimir esa categoría» (citado en Peter Seewald, Benedicto XVI. Una mirada cercana, p. 248).
Pero descubrió que el costo tanto intelectual como social era muy alto. El joven Ratzinger cuenta que «mientras seguía esos conceptos, podía observar, y también comprender, que la renuncia a la verdad no soluciona nada, sino que, por el contrario, lleva a una dictadura del relativismo» (Ibid., p. 249). ¿A qué se refería con eso de «dictadura»? A que somos nosotros los que definimos cómo son las cosas y las personas, y esa decisión es intercambiable, según nuestro parecer, que puede llegar a ser tiránico. De ahí se desprende este razonamiento: si el hombre puede decidir qué es el hombre y, si para algún poderoso un ser humano o un grupo social es considerado como indeseable, lo puede limitar o aniquilar. Por eso, advertía el entonces Profesor universitario, «el hombre pierde toda su dignidad si no puede conocer la verdad, si todo no es más que el producto de una decisión individual o colectiva» (Ibid).
La verdad parece arrogante, pues implica que unos tienen razón y otros no. Incluso parecería discriminación afirmar que alguien está equivocado. Sin embargo, sólo cuando hay un principio superior a cada uno, muchas veces sea difícil de entender o de visualizar, tenemos la garantía de que ninguno se impondrá arbitrariamente a los demás. Ese principio común, esa verdad sobre el hombre, que está por encima de la voluntad individual, es lo que llamamos dignidad. Entonces, la aparente arrogancia de la verdad no es sino el sustento real de la libertad individual.

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domingo, 30 de julio de 2006

Tolerancia e ideología

Luis-Fernando Valdés

La tolerancia está en peligro. Este pilar de la democracia se está convirtiendo en un pretexto para olvidarse de la verdad. Pero sin referencia a la verdad, la tolerancia se convierte en instrumento de las ideologías políticas, no en un valor auténticamente humano. Si pasamos revista a la historia, veremos que poco a poco a nombre de la tolerancia, los pensadores de occidente ha dejado de la lado la consideración de la verdad. Y el resultado ha sido que el hombre ha quedado atrapado en las ideologías que lo explotan.
Antes de la Reforma protestante (1517), el poder civil y el eclesiático convivían en una extraña simbiosis en Europa. La llamada «cristiandad» era un régimen temporal que abierto deliberadamente a la influencia del cristianismo. Aunque con ingerencias mutuas, convivían el poder civil y el espiritual, incluso hasta identificarse el ser cristiano con ser ciudadano.
Pero con la crisis religiosa de la Reforma protestante se vino abajo la cristiandad, y se llegó a un conflicto bélico. El tratado de Westfalia (1648), que puso fin a la Guerra de los Treinta Años, y estableció la paz sobre un principio práctico, pero que es injusto: cujus regio, ejus religio, es decir, los pueblos profesarían la religión del Príncipe. Muy pronto se vio que ésta no era la solución, pues frecuentemente, en el territorio de un mismo Príncipe, había personas que confesaban credos distintos. Ya no coincidía el poder civil con el espiritual.
Algunos hombres, pertenecientes a diversas confesiones, y deseosos de reconstituir la unidad, propusieron algunas vías de reconciliación. Buscaron, en primer lugar, una solución en el orden doctrinal, pero desde la teología no se llegó a ningún acuerdo. Entonces, algunos de ellos sugirieron dejar de disputar en torno a los «dogmas» (es decir, interpretaciones fijas de la fe, obligatorias para todos), generadores de fanatismo, para atenerse modestamente al mensaje moral del Evangelio (según como cada uno lo pudiera entender). Se pasó de la verdad válida para todos a la verdad subjetiva.
La Ilustración partiría de estas raíces para desarrollar abiertamente el tema de la tolerancia. Los ilustrados partían de un agnosticismo que reduce toda afirmación acerca de Dios a una mera convicción subjetiva . Así la verdad religiosa seguía en el orden subjetivo, pero ahora quedaba fuera del ámbito de la razón y, por tanto, de lo verdadero. Pero en el siguiente paso, la situación se invirtió: la religión quedó al servicio del Estado. Jean-Jacques Rousseau, en su obra El Contrato Social (Parte IV, Cap. 8), afirmó que las opiniones de los súbditos no interesan a la comunidad. Lo que le importa al Estado, es que cada ciudadano «tenga una religión que le haga amar sus deberes». Ya no quedó ninguna referencia a la verdad, sino a la utilidad: servir al Estado.
Y esta es la herencia que recibimos. Seguimos en el pasado, con miedo a que hablar de la verdad religiosa desencadene guerras, o dé lugar a una supuesta quema de brujas. Y por eso, con la fuerza de un dogma, se nos enseña que para no pelear y para que haya armonía, debemos evitar tocar el tema de la verdad. Nos repiten, como un logro de la Ilustración, que la religión es sólo un mito, porque se tiene miedo quizá que alguno quiera imponerla violentamente a los demás.
En realidad, el costo de esta malentendida tolerancia ha sido forzarnos a renunciar a nuestra capacidad de conocer la verdad. Y así nos imponen las ideologías. Sólo quien se pregunta por la verdad, puede liberarse de las ideologías. Busquemos la auténtica tolerancia, aquella que no renuncia a la verdad, aquella que no solapa a las ideologías.

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domingo, 23 de julio de 2006

Educados en la violencia

Luis-Fernando Valdés

Al finalizar cada curso académico, hacemos balance y, junto a todos los logros, vemos que en nuestro país –y prácticamente en todos–la violencia en las escuelas no ha disminuido. Y tampoco las agresiones en los lugares de diversión han bajado. ¿Dónde está la solución? ¿Será suficiente aumentar el presupuesto educativo y promover una campaña publicitaria a favor del respeto?
La base del problema radica en la concepción que se tenga de la educación. Para los clásicos griegos, la «paideia» no se limitaba a sumistrar conocimientos teóricos, sino que intentaba también forjar el carácter de los niños y los jóvenes, mediante las virtudes. Aristóteles recomendaba la educación moral de los niños, para que no se convirtieran en seres rebeldes e incivilizado. Comparaba esa educación ética con el entrenamiento físico, y explicaba que igual que nos volvemos fuertes y diestros al hacer cosas que requieren fuerza y destreza, también nos volvemos buenos al practicar acciones buenas.
El Estagirita explicaba que habituarse a un buen comportamiento nos hace ser buenos, y entonces estamos en mejores condiciones de entender las ventajas y las razones de la bondad moral. Ese buen obrar moral sirve como entrenamiento para conseguir el control sobre las las malas inclinaciones de nuestra naturaleza y nos hace así seres humanos libres.
Estos principios educativos fueron la base incuestionable de la educación durante siglos en la historia de Occidente, hasta que filósofo y pedagogo ilustrado Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) revolucionó el concepto de educación. Este pensador consideraba que la naturaleza del niño era originariamente buena y libre de pecado. La educación debía proporcionar terreno donde florecer su innata buena naturaleza, sin necesidad de corregir nada.
«Cuando me imagino –escribía el pedagogo francés– a un niño de diez o doce años, sano, fuerte y bien desarrollado, sólo nacen en mí pensamientos agradables. Lo veo brillante, vehemente, vigoroso, despreocupado, absorto en el presente, regocijándose en su vitalidad. El único hábito que se le debería permitir adquirir es el no contraer ninguno, prepararlo para el reinado de la libertad y ejercicio de sus posibilidades».
Según este Autor, la moral no debía venir de códigos externos ni ser ordenada socialmente, pues eso sería un asalto al derecho del niño a desarrollarse libremente. Bastaba con motivarle a poner en acción sus sentimientos generosos, para así sacar a flote su auténtica y benevolente naturaleza: «Un niño no puede jamás ser acusado de maldad, porque la mala acción depende de la mala intención y eso él no lo tendrá nunca».
Es cierto que las ideas de Rousseau contribuyeron a humanizar la educación en una época de excesiva rigidez y dureza. Pero, seguramente, él mismo se sorprendería que la gran influencia que sus ideas han tenido en la pedagogía actual, ha derivado en un permisivismo casi radical: como nadie puede ser sometido a reglas, pues se traumaría, todos tienen permiso de hacer lo que deseen. De esta raíz surge la violencia: si nadie puede poner límites ¿quién va a impedir que un muchacho agreda a los demás? ¿quién va a detener el impulso de un joven hacia una mujer?
Haber abandonado la educación como formación en la virtud nos ha traído unos niveles de violencia y de fracaso escolar que nadie había imaginado. Dimos mucho crédito a quienes pensaban ahorrarnos a todos, y en especial a las nuevas generaciones, el esfuerzo diario por ser buenas personas. Y ese esfuerzo personal es precisamente la solución.

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domingo, 16 de julio de 2006

Familia e ideología

Luis-Fernando Valdés

Hace veinte años, se decía que para no entrar en discusiones, se debían evitar dos temas: la política y la religión. Hoy parece que se debería incluir un tercer tópico: la familia. Aunque todos estamos de acuerdo en que la familia es un valor fundamental, no todos pensamos lo mismo respecto a qué es esta esencial institución natural. ¿Por qué se ha dado este cambio? ¿Cuál es la razón por la que hablar de las familias se ha vuelto un terreno polémico? La familia es ahora punto de discusión porque se le ha colocado en el ámbito de la ideología.
En las conclusiones del Congreso Teológico-Pastoral, celebrado en el marco del reciente V Encuentro Mundial de las Familias, llevado a cabo en Valencia, España, se advierte que «la familia está sometida a una crisis sin precedentes en la historia. Las razones se encuentran sobre todo en los factores culturales e ideológicos».
Esas mismas conclusiones afirman que si la familia ahora se está desintegrando, y que si hoy mismo se proponen nuevos modelos de unión para formar un hogar, es porque en el fondo –y en la superficie– hay una mentalidad que tiende a eliminar los valores. Es decir, la raíz del problema no es únicamente de tipo práctico, como lo son la falta de comunicación entre esposos y la carencia de preparación para educar a los hijos, o de índole económica. El origen de esta difícil situación para la familia tiene también un origen ideológico.
Se trata de un modo de pensar basado en el relativismo («como no existe la verdad, que cada uno haga lo que le dé su gana, y sin que nadie le diga nada»), y siempre conlleva a un modo de vivir individualista. En otras palabras, cuando se parte de que cada persona está desconectada de las demás, el modelo familiar tradicional se ve como un atentado contra esa libertad individualista.
Explica Benedicto XVI que «en la cultura actual se exalta muy a menudo la libertad del individuo concebido como sujeto autónomo, como si se hiciera él sólo y se bastara a sí mismo, al margen de su relación con los demás y ajeno a su responsabilidad ante ellos. Se intenta organizar la vida social sólo a partir de deseos subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una verdad objetiva previa como son la dignidad de cada ser humano y sus deberes y derechos inalienables a cuyo servicio debe ponerse todo grupo social» (Homilía, 9.VII.06).
Aunque existan seres humanos que reclamen el individualismo como forma de vivir, es un hecho que ningún hombre se ha dado el ser a sí mismo ni ha adquirido por sí solo los conocimientos elementales para la vida. Al contrario, todos hemos recibido de otros la vida y las verdades básicas para vivir, y estamos llamados a alcanzar la felicidad en relación y comunión amorosa con los demás.
Además, la familia se nos muestra así como una comunidad de generaciones y garante de un patrimonio de tradiciones. La ideología relativista, por el contrario, propone que el individuo está aislado en el presente, sin pasado que le sirva como riqueza y como punto de referencia.
Esta realidad de haber recibido el ser y la educación en el seno familiar, y de vivir en una tradición cultural, se convierte hoy día en un poderoso argumento para revalorar el modelo natural de la familia. Así cobran sentido las palabras del Romano Pontífice: «La familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral» (ibidem).

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domingo, 9 de julio de 2006

La familia en crisis

Luis-Fernando Valdés

Entre la final del Mundial de Futbol que se juega hoy, y la larga semana post-electoral de nuestro País, hay un evento que quizá va a pasar muy desapercibido. Se trata del V Encuentro Mundial de las Familias, que inició ayer, en Valencia, España, y que hoy será clausurado por el Papa Benedicto XVI.
La primera reunión se celebró en Roma en 1994, con motivo del Año Internacional de la Familia, promovido por las Naciones Unidas. En aquella ocasión, Juan Pablo II escribió una larga y apasionada meditación sobre la familia, que dirigió en forma de «Carta» a las familias de todo el mundo. A ese primer gran encuentro de las familias le siguieron otros: el de Río de Janeiro, en 1997; el de Roma, en 2000 con motivo del Jubileo de las Familias; el de Manila en 2004, donde el Papa polaco no pudo participar personalmente, pero envió un mensaje audiovisual.
¿Por qué la Iglesia elabora este montaje mundial para hablar de la familia? Los últimos Papas han manifestado que la familia está en crisis, y este Encuentro es una respuesta a esta situación conflictiva. A nivel práctico, constatamos cuánto sufrimiento y dolor se dan cita cuando se divide una familia, cuando sus miembros se quedan solos o no se saben comprendidos. Vemos niños huérfanos de padres vivos, somos testigos de hijos maltratados o abandonados.
A nivel teórico, la crisis no es menos fuerte. Observamos en el debate público que hoy se proponen modelos que no pueden ser aceptados como familia, porque no corresponden a la naturaleza del ser humano. Y esta situación a nivel de ideas es muy importante, porque para superar los problemas prácticos, la gente de a pie necesita un punto de referencia teórico, del que pueda obtener orientación cuando vienen situaciones de conflicto.
La clave de esta crisis está en que muchas personas no tienen claro cuál modelo de familia seguir. Y no lo tienen, porque nuestra cultura no acepta que se puede hablar de la verdad. En la práctica, quien sigue un paradigma de familia que no es verdadero, está destinado a fracasar.
Una solución a la crisis de las familias quizá debe iniciar por la búsqueda de una cultura de la verdad. Cuando todos —sin importar nuestra ideología, ni nuestra religión— nos acostumbremos a dialogar con nuestra propia conciencia, y a buscar la verdad en vez de justificar nuestros intereses o debilidades, descubriremos que la verdad nos une y que juntos podemos superar cualquier crisis.
El esfuerzo actual de los pensadores, teólogos, pedagogos y numerosos padres de familia que participan en congresos como este Encuentro Mundial de las Familias consiste en mostrar la validez teórica y práctica del modelo cristiano de familia, que se basa en la unión exclusiva y para siempre de un hombre y una mujer, con el fin de amarse y de procrear y educar a sus hijos.
La verdad sobre la familia se apoya en los más profundos deseos del ser humano. Por eso, el modelo cristiano no está lejos de las aspiraciones de los hombre y mujeres de buena voluntad. Por eso, como afirma el teólogo español Augusto Sarmiento, cuando «se desvincula de su raíz al matrimonio y a la familia, pierden su significado específico y pasan a ser unos términos que se pueden emplear para referirse a cualquier tipo de unión o forma de convivir. Pero en el corazón de cada hombre y de cada mujer resuena siempre imborrable el eco del plan de Dios: la familia fundada en el matrimonio indisoluble, de un hombre y una mujer».

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domingo, 2 de julio de 2006

Democracia y unidad

Luis-Fernando Valdés

Hoy es el día. Me ilusiona pensar que usted lee esta columna mientras hace fila para depositar su voto, o que está llegando a casa, después de emitir su sufragio. Quisiera compartirles, a propósito de esta jornada electoral, dos breves reflexiones sobre la actitud auténticamente democrática.
La primera es sobre la unidad. Al final de este día, seguramente, ya sabremos quién será el nuevo Presidente de México. Como es lógico, después de ver las últimas encuestas, la elección va a ser muy cerrada y, por eso, no todos van a estar contentos con el resultado de las elecciones. Pero esta situación no debe romper la unidad de nuestro País.
Un posible enfrentamiento entre facciones sería una muestra de no entender la democracia moderna. Este sistema político fue diseñado para que una pluralidad de modos legítimos de pensar pudieran convivir en una misma nación, sin que esa multiformidad fuera motivo de conflicto. Se supone que este procedimiento busca evitar el enfrentamiento, para que juntos busquemos el bien del país. Y así, mediante los votos, una mayoría gana y los demás acuerdan respetar esa decisión.
La democracia debe garantizar un clima que permita esa convivencia de pareceres. Esa garantía se manifiesta en el respeto y la tolerancia (esta última noción requeriría muchas precisiones, que hoy no podemos tocar). De ahí que quien reaccionara violentamente ante un resultado electoral que no fue de su agrado, manifestaría que no ha entendido la democracia.
Un enfrentamiento supondría que hay por lo menos dos posturas que no pueden convivir —vivir juntas—, y por eso, una busca eliminar a las otras. En la democracia esa actitud no cabe, porque hay una realidad previa a cada una de esas posiciones. Se trata de la Nación. Todos formamos una misma Nación y, dentro de ella, convivimos todos. Hay una realidad histórica, cultural, lingüística previa a todas las ideologías políticas. La democracia busca —al menos ése es el ideal— que las diferentes corrientes de pensamiento no rompan la unidad nacional, sino que aprendan a dialogar. Por eso, sin importar si nos gusta o no el resultado de las elecciones de hoy, lo primero es nuestra unidad. Antes que preferir un partido o un candidato, somos mexicanos, y debemos cuidar la cohesión de nuestra patria.
La segunda actitud democrática que deseo comentar es la responsabilidad de votar. Menos mal que los Medios de Comunicación han hecho una amplia campaña para que los ciudadanos tomen conciencia de la importancia de ejercer su deber de acudir a las urnas. Pero el paso final se da hoy, cuando se vea el número real de electores.
La democracia no subsiste por los meros deseos o buenas intenciones de los ciudadanos. Se requiere ejercitar la responsabilidad de votar. Es muy cómodo decir que los políticos son malos, y que los ciudadanos de a pie no podemos hacer nada. No basta quejarse en una tertulia con los amigos. La queja que realmente influye es la que se nota en las urnas, cuando se elige a un candidato o se le niega el voto. Cuando los ciudadanos cobramos conciencia de que el País está en nuestras manos, influimos de verdad en el curso de nuestra historia nacional.
En estas dos actitudes propias de la democracia se puede ver la gran oportunidad que tenemos de ser buenos ciudadanos. De nosotros dependen entonces la unidad nacional y el destino del País. Ambas situaciones estimulan nuestro sentido de responsabilidad y nuestra sano patriotismo. Aunque los hay, no se deberían requerir más argumentos para entender que todos los que estamos en edad de votar, tenemos una grave responsabilidad ética de hacerlo.

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domingo, 25 de junio de 2006

Un «contemporáneo» de Cristo

Luis-Fernando Valdés

¿Existen los santos? La cuestión es profunda: si en nuestra época hemos destacado la autonomía del hombre frente a la naturaleza y también respecto a lo divino, entonces, ¿para qué necesitamos a un santo? Los avances científicos, tecnológicos y económicos han favorecido nuestro bienestar, pero tienen como efecto colateral que, con frecuencia, quienes disfrutan de este beneficio no encuentran el porqué y el para qué de su propia existencia. Y es aquí donde encuentran su papel los santos.
Un santo ante todo es un ser humano, un hijo de su tiempo, que tiene como rasgo importante que ha sabido conectar su vida con la de Jesucristo, de modo que su existencia cobra sentido a la luz de la vida y las enseñanzas del Maestro. Un santo es necesario hoy día porque nos da ejemplo de encontrar sentido a la vida.
Esta experiencia no es lejana a nuestro tiempo. Hay santos de hoy. Uno de ellos es San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Este sacerdote falleció el 26 de junio de 1975, y fue canonizado por Juan Pablo II, el 6 de octubre de 2002, en la Plaza de San Pedro.
Se puede decir que es un contemporáneo nuestro, un hombre de nuestra época. Y con su vida nos ha dado ejemplo de que Cristo es actual. Este santo pudo conectar su vida con la de Cristo. Supo no sólo tomar sus enseñanzas, sino entrar en comunión verdadera —auténtica amistad— con Jesucristo. Y esto es lo que necesitamos las personas de hoy para vivir con sentido.
Esta característica central del Fundador del Opus Dei fue resaltada por el entonces Card. Ratzinger, que en 1993 afirmaba que, para Josemaría Escrivá, «la contemplación de la vida terrena de Jesús … conduce a la iluminación, a partir de Dios, de las circunstancias del vivir cotidiano». Es decir, este santo muestra a los hombres y mujeres de hoy un camino eficaz para encontrar a Dios en medio de la vida diaria.
En su famoso libro, «Camino» (n. 584), San Josemaría escribió: «No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. ¡Vive!». Escrivá estaba convencido de que Cristo es contemporáneo a cada generación humana, y por eso afirmaba que cada cristiano puede —y debe— vivir en trata directo y continuo con Jesucristo.
Hay un episodio de su vida que refleja este afán de acercar a las personas a Cristo vivo. Al inicio de su labor sacerdotal, solía regalar libros de la vida de Cristo a las personas que hablan con él. En 1933, al entregar uno de estos ejemplares a un joven Arquitecto, escribió en la primera página, a modo de dedicatoria: «Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo». Y este consejo muestra fielmente un rasgo importante de su vida: San Josemaría llevaba las almas a Cristo y Cristo a las almas..
Esta cercanía que el Fundador del Opus Dei tenía con Jesucristo era fruto de buscar la amistad con Cristo, ahí donde Jesús se encuentra: en la Eucaristía y en el Evangelio. Por eso, quienes leen sus libros o ven las tertulias filmadas, se quedan con la impresión de que San Josemaría estuviera platicando la vida de un conocido suyo de toda la vida, en este caso, Jesús de Nazaret.
Josemaría Escrivá supo ser «contemporáneo» de Cristo. Esta actitud de sigue vigente en nuestros días, porque los hombres de hoy necesitamos encontrar el sentido de nuestra vida. Y ésta es la razón de ser de los santos: darnos ejemplo de que sí es posible vivir con Dios, en el mundo actual.

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domingo, 18 de junio de 2006

El deber de votar

Año 2, número 58
Luis-Fernando Valdés


Se han estado publicando encuestas sobre las preferencias electorales, y en ellas se refleja la tendencia del voto hacia un candidato u otro. Pero, quién se lleva la victoria, por ahora, parece ser el abstencionismo. ¿Es lícito no acudir a votar?


Hay una verdadera obligación de ir a las urnas. Quizá por diversos factores, algunos ciudadanos se sientan con alguna excusa para no depositar su voto. En el fondo de esa actitud, puede estar la idea de que votar es un actividad optativa, como lo es ir al cine, o a un museo. Si no voy al cine, no pasa nada. En cambio, no ir a votar si conlleva una responsabilidad ética, y por eso no es una mera opción, sino una obligación.


Alguno podría argumentar que dejar de votar es el resultado de una acción libre: “he decidido no votar”. Y parecería que contradecir esta actitud es intolerancia, pues debemos respetar la libertad de los demás. En efecto, no se puede obligar a nadie a hacer lo que no quiere. Pero no hay que olvidar que quien libremente deja de cumplir con sus obligaciones, comete una falta moral.


En la próximas elecciones, está en juego el bien común, el bien de todos los que vivimos en México. De estas elecciones depende la consolidación de la democracia en nuestro país, el fortalecimiento de sus instituciones y es la oportunidad para que se den las reformas estructurales necesarias para el auténtico desarrollo de todos los mexicanos (cfr. CEM, 17-V-2006, n. 6).


Cuando está de por medio el bien común, nadie puede sentirse excusado de no cumplir con sus deberes ciudadanos. A nombre de la libertad, ninguno puede decir que ya está justificado para no colaborar con el bien de todos. Más que dar muestras de ser libre, esa actitud manifestaría un egoísmo grande y muy poco amor por la Patria.


Otra excusa para no ir a la urnas podría ser el escepticismo. Ante las campañas de los candidatos, y el desconcierto que generan los ataques mutuos, más de alguno podría caer en la perplejidad de no saber por cuál de ellos votar. Quien se encuentra en esta situación de no encontrar el candidato ideal, tiene la obligación de elegir al que considere menos malo, tiene la responsabilidad de intentar que gobierne el que considere que lesionará menos los intereses de la Nación. Por eso, la abstención o la anulación del voto (p. ej. marcando varios candidatos) no solucionan nada, y son una forma de irresponsabilidad ciudadana.


Un pretexto más para no votar podría ser la consideración de que “puedo ayudar de otras maneras al País”. Ciertamente, cuando vivimos con honestidad, cuando trabajamos mucho y bien, cuando cuidamos a nuestra familia, contribuimos al bien de México. Pero se trata ahora de contribuir al bien común, que permite la recta construcción de las estructuras sociales y jurídicas que permiten a los individuos ser honestos, trabajar bien y formar una familia. De ahí que no es exagerado decir que dejar de votar pone en peligro a la persona, a su trabajo y a su familia.


No basta que cada uno seamos personalmente buenas gentes. Tenemos el deber de velar por el bien de todos. Por eso, los creyentes —aunque esto es válido para todo ciudadano, sin importar su credo— «de ningún modo pueden abdicar de la participación en la ‘política’; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. Su compromiso político es una expresión cualificada y exigente del empeño cristiano al servicio de los demás» (Juan Pablo II, Sollicitudo rei sociales, n. 41).


domingo, 11 de junio de 2006

666, Profecía fallida

Luis-Fernando Valdés

Hoy debuta México en el Mundial de Fútbol. Es tan grande el júbilo nacional, que ya quedó en el pasado la sombra de una Profecía que anunciaba grandes tragedias para el pasado 6 de junio. Y como no sucedió nada de lo predicho, ya nadie se acuerda de ese día. Pero quisiera no dejar pasar la oportunidad para contarles un poco sobre el origen de estas predicciones apocalípticas.
Cada década tiene una día en el que el número seis coincide en la tres cifra del día, del mes y del año. Se trata del 6 de junio de 1906, 1916, 1926, etcétera. Es día se abrevia —como cualquier otro— así: 6,06,06. O sea, 666. ¿Pero que tiene de especial este número?
Sucede que, en el Apocalipsis de Juan, el último libro de la Biblia, el número 666identifica al adversario de Cristo y sus seguidores lo llevan marcado. Esto es lo otorga a esta cifra su carácter misterioso.
Ya desde el principio muchos exegetas han intentado aplicar este número a un personaje concreto de la historia pasada o actual. Los posibles portadores del 666 van desde Nerón o Trajano, pasando por Lutero, Napoleón o Hitler, hasta Ronald Reagan o Bill Gates.
Como en hebreo y griego las letras se usan como números (A = 1; B = 2, etc.), resulta que todos los nombres tienen un número asociado, que se forma sumando las letras. Así, el 666 puede ser el nombre encriptado de un personaje, conocido por los destinatarios del libro, cuyas letras sumaban esa cifra. Hasta ahora ninguna de las identificaciones que se han propuesto resulta satisfactoria. La de “César Nerón” es posible, pero presenta dificultades. La variante 616 que aparece en algunos manuscritos antiguos puede aplicarse al “dios César” o a Calígula.
En el Apocalipsis el 666 es el símbolo de la Bestia, es decir de las fuerzas del mal que defienden, justifican y propagan la deificación del poder, la imposición de un poder que quiere suplantar a Dios. En tiempos del Evangelista San Juan, ese peligro estaba representado en el culto religioso que se rendía al emperador. Luego, ese riesgo se ha repetido adoptando diversos formas lo largo de la historia.
Pero este intento de quitar a Dios no siempre ha sido con violencia física o con guerras. Hoy día, es más frecuente y más peligroso el ataque de la indiferencia religiosa, o la ola aplastante de la ignorancia, o el embate del relativismo.
Por eso, identificar a la ligera el 666 con un supuesto fin del mundo, o con espantos y terrores, es la mejor manera de evadir a la verdadera Bestia actual. Buscar la verdad, encontrar el sentido de la propia vida, actuar en conformidad con el bien moral, son tres importantes tareas de cada hombre y de cada mujer, pero que se ven amenazadas por las «bestias» del vacío existencial, del error y de la mala conducta.
Como sucede siempre, cuando no se conocen los temas de fondo se crean leyendas. Esto ha pasado con el libro del Apocalipsis. Al contrario de lo que muchos piensan, no es un libro tenebroso, sino una alentadora consolación para los cristianos que sufren persecución. El tema central es que Cristo ha vencido. El día de su resurrección es el día de su victoria y los que tenemos fe tenemos la seguridad de su actuación y de su regreso. Aunque las cosas, en tantos momentos de la historia, no sean fáciles, no hay nada que temer. La bestia será derrotada. Lo importante es estar del lado del vencedor.

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domingo, 4 de junio de 2006

El Papa en Auschwitz

Luis-Fernando Valdés

El pasado domingo Benedicto XVI visitó el campo de concentración nazi de Auschwitz. Este evento está lleno de simbolismo: se trata de un Papa alemán, que acude a un país invadido por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, y da un discurso en el lugar donde se llevó a cabo con más crueldad la Shoa: el Holocausto judío. ¿Qué importancia tiene este acontecimiento?
En primer lugar, esta visita resalta la continuidad entre Juan Pablo II y Benedicto XVI. El 7 de junio de 1979, en ese mismo lugar, el Papa polaco afirmó que «no podía no venir aquí como Papa». Acudió ahí «no para acusar, sino para recordar» la barbarie cometida durante la Guerra Mundial contra el Pueblo hebreo y contra Polonia, y para «hablar a nombre de todas las naciones, cuyos derechos son violados y olvidados». Ahora, el Papa alemán, el pasado 28 de mayo, retomó esas palabras: «no podía no venir aquí». Expresó que era un deber acudir ahí, «como hijo del Pueblo alemán»: un germano que viene a pedir que se borren las heridas entre ambas naciones.
En segundo lugar, este evento destaca la invitación a la reconciliación. El Santo Padre exhortó a implorar la gracia de la reconciliación «para todos aquellos que, en este hora de nuestra historia, sufren en un nuevo modo bajo el poder del odio y bajo la violencia fomentada por el odio».
Y, junto con esta exhortación a la reconciliación, el Papa realizó un acto muy importante, que no pasó desapercibido: afirmó que no fue toda Alemania la que atacó a los judíos y a los polacos. Dijo que en su nación «un grupo de criminales alcanzó el poder mediante promesas mentirosas, en nombre de unas perspectivas de grandeza (…) y también con la fuerza del terror». Y de esa manera, «nuestro pueblo pudo ser usado y abusado como instrumento de la manía (de esos criminales) de destrucción y de dominio».
Y el tercer aspecto de este discurso consistió en la petición del Romano Pontífice de no olvidar la gran tragedia que estuvo a punto de destruir al Pueblo judío. «El lugar en el que nos encontramos —afirmó— es un lugar de la memoria, es el lugar de la Shoa. El pasado no es jamás sólo pasado. Éste nos mira y nos indica las vías que no hay que tomar y las que sí tomar».
Así, Benedicto XVI reflexionó sobre el sentido profundo de la Shoa. «En el fondo, esos criminales violentos , con el aniquilamiento de este pueblo, intentaban matar a aquel Dios que llamó a Abraham». Los nazis trataron de destruir a los judíos, porque «con su simple existencia, constituyen un testimonio de aquel Dios que ha hablado al hombre». Aquel Dios debía finalmente ser asesinado para que el dominio perteneciera solamente al hombre.
No se puede olvidar la Shoa, porque el exterminio de un Pueblo es un crimen contra toda la humanidad. No se puede sacar de la memoria porque es un recordatorio perenne que el hombre no puede sustituir a Dios. Pero no es una exhortación al rencor. Los fallecidos en Auschwitz —dice el Santo Padre— «no quieren provocar en nosotros el odio: al contrario, nos demuestran qué tan terrible es la obra del odio. Quieren suscitar en nosotros el valor del bien, de la resistencia contra el mal».
Este mensaje de Benedicto XVI tiene actualidad. Es una muestra de la continuidad del papado, es una invitación a la reconciliación y al perdón entre naciones, y es una advertencia para no desentenderse de la dura realidad que el hombre sin Dios se vuelve el peor depredador del ser humano.

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domingo, 28 de mayo de 2006

Ley de migración: ¿victoria?

Luis-Fernando Valdés

En esta semana se dio un paso en el Congreso de Estados Unidos para legalizar a varios millones de inmigrantes indocumentados. Esta noticia se ha celebrado como una victoria. Pero la anhelada solución aún está lejos. Por una parte, falta la aprobación definitiva; y, por otra, hace examinar si realmente se llegó al fondo de este delicado tema.
Aunque es muy loable que se hayan dado avances importantes, contrasta mucho que la frontera del vecino País se esté militarizando. Esta decisión hace parecer a los migrantes como enemigos, como personas peligrosas. Y éste es precisamente el fondo del problema de la migración ilegal: ¿los espaldas mojadas son o no personas? ¿tienen o no igual dignidad que los demás habitantes del planeta?
Probablemente, mientras no se tenga como punto de partida claro que los migrantes son seres humanos, y que tienen la misma dignidad que los demás, las leyes que se aprueben siempre serán soluciones pragmáticas para problemas urgentes. Es decir, que esas leyes tendrán como referencia resolver un conflicto actual, pero no buscarán tutelar desde el principio la dignidad de los migrantes. En otras palabras, esas normas nunca estarán diseñadas para ayudar a los migrantes, sino serán establecidas para contrarrestar los efectos colaterales del flujo ilegal de personas.
Un migrante nunca puede ser considerado un mero «efecto colateral». Las personas que cruzan de un país a otro son el reflejo del desequilibrio entre los países ricos y las naciones pobres. Esta situación favorece que miles y miles de personas salgan de su tierra natal para buscar mejores condiciones de vida.
La migración puede ser un recurso más que favorecerá al país receptor. Sin embargo, ¿por qué se suele considerar más bien como un obstáculo? En algunos casos, la migración es considerada como un peligro para el «estado de bienestar». Es decir, en algunos países desarrollados, gracias a decenios de crecimiento económico, se ha alcanzado un alto nivel de educación, salud, jubilación, etc, pagados por el Estado. Al llegar nuevas personas que no han aportado dinero para este sistema, se plantea el dilema de si el Estado les debe ayudar o no.
Pero lejos de ser una carga para el País que los recibe, los inmigrantes responden a un requerimiento del ámbito laboral. Hay ocupaciones que sin la presencia de migrantes se quedarían sin quien las ejercitara, porque hay sectores del mundo del trabajo en los que la mano de obra local es insuficiente, y también hay empleos que los trabajadores locales no están dispuestos a ejercitar. Por eso, los migrantes son una fuerza de trabajo, y por lo tanto un apoyo para la economía de las naciones que los reciben. De ahí que, considerarlos como un peligro para eso países no tenga tanto fundamento.
Existe el riesgo de considerar a los migrantes sólo como «fuerza de trabajo», porque sería tratarlos como mera maquinaria, que se usa mientras sirve, y que se desecha cuando ya no funciona como se esperaba. Y de ahí surge el problema de las legislaciones migratorias: muchas veces buscan regular este «recurso» laboral, en vez de procurar ayuda a los migrantes, en cuanto que son seres humanos. Los migrantes deben ser recibidos como personas, y tienen que ser ayudados, junto con sus familias, a integrarse en la vida social. Mientras este aspecto tan esencial al ser humano no sea tenido en cuenta, las leyes migratorias no pasaran de ser un parche para un problema acusiante, pero nunca serán la auténtica solución.

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domingo, 21 de mayo de 2006

Código secreto

Luis-Fernando Valdés

Todo empezó en la página 10. Como nota inicial a su novela más famosa, Dan Brown escribe: «Todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales que aparecen en esta novela son veraces» (Ed. Umbriel, 2003, p. 10). Sin esta aclaración, el Código Da Vinci hubiera pasado a la historia como un libro policiaco más. Pero al afirmar que su contenido es verdadero, Brown nos quiere decir que sólo él conoce al verdadero Jesucristo. Y resulta que Jesús no es el Dios verdadero hecho hombre como lo presenta la Iglesia, sino un mero hombre sin doctrinas propias. Por eso, Brown despertó la polémica y su libro alcanzó una ventas millonarias.
Ante el reciente estreno de la versión cinematográfica de esta novela, me gustaría comentar con ustedes el fenómeno cultural que subyace en el contenido del CDV. Partamos de que Jesús de Nazaret es el punto de referencia de la moral de la cultura occidental. Este Rabbí se presenta en Palestina afirmando que él mismo es el Hijo de Dios, y que por ser Dios nos enseña un modo de vida. Y este nueva manera de pensar y de vivir es la que conocemos como Cristianismo. Y se trata de un camino exigente, que pasa necesariamente por la Cruz.
A lo largo de la historia, nunca han faltado hombres y mujeres que han conseguido encarnar fielmente ese modo de vida. Estas personas son llamados «santos» por los creyentes en Cristo, y son tenidos como la confirmación de que sí es posible vivir como Jesucristo enseñó. Pero durante estos 21 siglos de Cristianismo tampoco han faltado jamás quienes han buscado quedarse sólo con una parte de las enseñanzas de Jesús, para hacer más cómoda la vida cristiana.
En efecto, durantes estos dos mil años no han faltado predicadores y escritores que anuncian a un Jesús distinto del original. Presentan a un Cristo, según la mentalidad de sus épocas. Un ejemplo reciente, es el llamado «Evangelio de Judás» que ofrece una visión de Jesús, según la mentalidad de los gnósticos del siglo III.
Nuestra época también tiene unas características propias. Los filósofos suelen decir que nos encontramos en la «posmodernidad». Nuestros tiempos se caracterizan por un escepticismo, que insiste en que no se puede conocer la verdad, y por una cultura que enfatiza la vida sin esfuerzo, porque niega que exista algo por lo que valga la pena luchar.
La novela de Brown (y la película) presenta a un Jesucristo según los estándares de nuestra cultura «light». Hoy pocos quiere enfrentar el dolor, renunciar sí mismos por amor, dominar sus impulsos y encauzar con firmeza sus instintos. En cambio, aceptan con agrado estas nuevas versiones de la vida de Jesucristo. Prefieren usar como punto de referencia moral no al Cristo que muere en el Madero, y que pide que cada uno tome su Cruz, sino —como explica Ignacio Ruiz Velasco— a un Jesús sensual, sentimentalón, con unos propósitos meramente humanos, sin divinidad ni mandamientos ni obligaciones, o sea, un Jesucristo fácil, hecho al propio gusto, a lo políticamente correcto en una sociedad relativista.
El Código Da Vinci pretende mostrar el «verdadero» punto de referencia moral, que según Brown, ya no es Jesús de Nazaret, sino un feminismo acorde con el movimiento New Age. En realidad, nos está enseñando un nuevo evangelio, nos está cambiando de Dios, nos está invitando a una nueva moral. Éste es el verdadero código secreto del CDV.

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domingo, 14 de mayo de 2006

Iniciativa y participación pública

Luis-Fernando Valdés

La vida pública de nuestro País está viviendo momentos importantes. Como es lógico, el debate público se centra en la elecciones, pero esto nos debe llevar a pasar por alto la reflexión sobre el papel de cada ciudadano en la vida pública. La participación en la vida de un pueblo no se limita a votar o a ser elegido, sino que conlleva un rol activo en los diversos ámbitos de la interacción humana.
Hay algunos malentendidos respecto a la participación en la vida política de una nación. Es frecuente el error de identificar el Estado con la sociedad. La sociedad la componemos todos los ciudadanos de un país; nos toca colaborar en la diversas relaciones humanas: familiares, educativas, económicas, recreativas, religiosas, políticas. En cambio, el Estado es sólo el órgano rector de la sociedad; le corresponde regular y ordenar esas relaciones humanas, pero no le toca desempeñar a él solo la vida social.
Ciertamente, es responsabilidad del Estado regular que los diversos ámbitos de actuación de los ciudadanos se desarrollen con orden y armonía. Y lo hace mediante leyes y normativas. Sin esta regulación, la vida pública sería un caos. Imagínese usted qué pasaría si no hubiera una Secretaría de educación: cada escuela enseñaría temas tan distintos que, al final, habría ciudadanos muy preparados y otros prácticamente ignorantes.
Pero este papel de regulación tiene que ser ordenado, es decir, se debe atener a unos ámbitos muy bien delimitados, porque si el Estado ejerciera un control tan grande sobre la sociedad, terminaría ahogándola. No se puede gobernar una sociedad como si sus miembros fueran tontos o como si fueran ladrones, necesitados siempre de vigilancia y represión.
Los países, donde se da un exceso de intervención estatal, se suelen sustentar en la desconfianza. Parten de la suposición de que los que gobiernan son mejores y más honrados que los demás. Y, apoyados en ese prejuicio, ejercen un duro control sobre los demás. Pero, en principio, quienes gobiernan son ciudadanos como los demás: tan inteligentes, tan preocupados por el bien común y tan honrados como los demás. Por eso, hay que suponer que los ciudadanos de a pie, al menos, tienen un nivel de honradez semejante al que poseen los que gobiernan. Y por tanto, no merecen ni más vigilancia ni menos libertad que los que gobiernan.
La desconfianza lleva al control desmedido, y este tipo de control ahoga la iniciativa de los ciudadanos. La falta de iniciativa termina por detener el progreso de una nación. Pero el daño va más lejos aún, pues esta postura acaba minando a todo un país, porque favorece la arbitrariedad y la tiranía. El problema final de todo estado basado en la desconfianza es saber quién controla a los controladores.
La vida pública no debe quedarse a esperar a que un organo regulador le indique qué debe hacer. La cultura y el arte nos dan ejemplo de libertad: no se desarrollan por mandato, sino por la iniciativa de los que cultivan estas disciplinas. De igual manera, los ciudadanos no deben esperar una indicación oficial para desarrollar los ámbitos específicamente humanos, como la familia y la educación.
El Estado no es lo mismo que el País. Una nación es algo más que su gobierno. Cuando un país se limita a ser únicamente lo que su gobierno le indica, se queda pequeño. La grandeza de una nación son sus ciudadanos, que poseen iniciativa y capacidad para levantar a su patria. Si pensamos que el gobierno debe hacerlo todo, y renunciamos a nuestro esfuerzo e iniciativa, habremos condenado a nuestro País a al subdesarrollo social.

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domingo, 7 de mayo de 2006

Las lecciones de Atenco

Luis-Fernando Valdés

Con gran tristeza estuvimos observando los enfrentamientos callejeros ocurridos en Atenco, Edo. Mex, hace unos pocos días. Siempre es duro ver a un ser humano agredido por otro. Cada herido tiene dignidad sin importar si es policia o manifestante. Pero este espectáculo tan desolador nos lleva a una reflexión sobre el Estado de derecho y la cultura, al margen de toda ideología política, y enfocando sólo desde la Doctrina social sin ningún afán partidista.
Para entender qué es un Estado de derecho hay que tener en cuenta dos elementos. El primero es la “ley”, que es una ordenación racional de la conducta humana para poder alcanzar la realización o perfección de la persona. La ley tiene valor para todos los ciudadanos, y no sólo para los que estén de acuerdo en seguirla.
El segundo elemento es precisamente la voluntad de cada persona. Cada ciudadano puede tener sus ideas propias, pero no puede hacer todo lo que le dé la gana. Tiene un límite, que consiste en respetar tanto las leyes del país como los derechos de los otros ciudadanos. Los clásicos llaman “Justicia” a la disposición de la voluntad personal de dar a cada uno lo suyo, de respetar lo que le corresponde, ya sea por naturaleza, ya sea por que la ley se lo otorga.
En cambio, si un individuo hiciera cuanto le diera la gana, incluso lo que atropella a ley, estaríamos ante una “voluntad arbitraria”, que se pone por encima de la ley. Se le llama “arbitraria”, porque el individuo según arbitrio personal decide en cada momento qué es lo legal, o sea, escoge qué es lo que sí va a respetar y qué es a lo que no va a hacer caso.
Entonces la ley se relaciona con la voluntad individual de dos manera. La primera es cuando el ciudadano vive la justicia y cumple con lo que la ley establece. Si no está de acuerdo con ella, emplea los conductos establecidos por la misma ley para manifestar su disconformidad. La otra situación surge cuando la “voluntad arbitraria” de un particular no acepta una ley o una disposición gubernamental basada en el derecho, y reacciona en forma violenta para imponer su opinión o para no cumplir con sus obligaciones legales.
A partir de esas dos posibles situaciones, se puede entender que en el “Estado de derecho”, quién debe ser soberana es la ley y no la voluntad arbitraria de los hombre. De hecho, el principio central de un Estado de derecho es la división de poderes, para que entre todos ellos (ejecutivo, legislativo y judicial) mantengan el poder en su justo límite, sin caer en la arbitrariedad de unos cuantos.
En el origen de esa arbitrariedad se encuentra el “relativismo”, o sea, esa postura que afirma que no existe la verdad, sino que cada quien se construye la suya. Sin la verdad como guía, la voluntad va a ciegas: se convierte en arbitraria, se pone por encima de toda norma, de toda razón. En ocasiones, algunos conflictos violentos podrían ser el resultado del daño real que hace el relativismo en una sociedad.
Atenco se convierte en una llamada de atención para todos los mexicanos, no sólo para los políticos. Para los ciudadanos de a pie, es una exhortación urgente para darle un giro a nuestra concepción de la cultura. Nuestra cultura ha renunciado a buscar la verdad, y nos ha dejado a merced de “voluntades arbitrarias”. Probablemente sea muy difícil construir un Estado de derecho, mientras no haya un compromiso de buscar la verdad que oriente las voluntades hacia el bien común.

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domingo, 30 de abril de 2006

El precio de la tolerancia

Luis-Fernando Valdés

La tolerancia se ha convertido en un valor cívico de las sociedades democráticas. Sin embargo, el precio pagado para que una sociedad sea tolerante es muy caro. ¿Usted ha pensado, alguna vez, en el costo moral de ser tolerante?
Aunque actualmente este vocablo tiene una acepción positiva, originalmente tiene un sentido negativo. El Diccionario de la Real Academia Española (Madrid, 2001) define “tolerar” como “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”, y sólo en una cuarta acepción explica que consiste en “respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.
De modo que al inicio “tolerar” es sinónimo de “sufrir, llevar con paciencia”. Es un tener que aguantar una situación incómoda, para evitar un conflicto más grande. Nos ha tocado vivir juntos a tantos ciudadanos, que si no nos ponemos de acuerdo, será muy difícil que esa convivencia no acabe en una guerra civil. En el fondo de esta visión se encuentra la famosa concepción del ser humano promovida por la Ilustración francesa: el hombre es el lobo del hombre. “Por naturaleza” el hombre viviría individualmente, y sólo en un segundo momento, “mediante un pacto social” los seres humanos se pondrían de acuerdo para vivir juntos sin agredirse.
Este visión subsiste hasta nuestros días, pero ha dado un giro no pequeño. La cultura contemporánea rechaza como una utopía la pretención de alcanzar a conocer la verdad con certeza. En el fondo, se niega que el hombre puede conocer la verdad. De modo que cada uno tendría su propia verdad, sin que existiera una verdad común para todos. Y se considera una agresión decir que alguna opinión es falsa. Y se tiene por fanatismo pretender que la verdad de uno sea válida para otro que no está de acuerdo con ese punto de vista.
¿Ya se fijó en lo cara que sale la tolerancia? Hasta ahora hemos pagado el precio de negar que el hombre sea social por naturaleza, o sea, hemos rechazao la convicción de que los seres humanos nos podemos poner de acuerdo para buscar un fin común, porque el fondo todos estamos diseñados alcanzarlo juntos. Esto se manifiesta, en la práctica, en el rechazo “a priori” de la postura de los otros, sin poner atención a la razonabilidad de sus propuestas.
El precio de ser tolerantes no se queda sólo en perder la capacidad de ponernos de acuerdo. El costo añadido consiste en negar la capacidad humana de conocer la verdad. Afirmar que todas las posturas son igualmente válidas, aunque sean contradictorias entre sí, es lo mismo que decir que ninguna es verdadera. Y entonces el hombre ya no se guía por la verdad que ve en el fondo de su conciencia, sino que se orienta por un principio práctico: no armar conflictos.
Hoy, cuando nuestro mundo es una “aldea global”, la tolerancia es más necesaria que nunca. Pero nuestra concepción de tolencia debe ser revisada para que no paguemos un precio tan elevado: el costo de negar dos valores plenamente humanos, como lo son la sociabilidad y la capacidad de conocer la verdad.
Hace falta un nuevo paradigma de la tolencia, basado en que todos los seres humanos somos iguales, porque tenemos las mismas inclinaciones al bien y a la verdad. Se trata de un concepto de hombre que parta del hecho de que, por naturaleza no somos enemigos sino aliados, que tenemos una capacidad de buscar juntos el bien común, a pesar de tantas diferencias, precisamente porque podemos buscar juntos la verdad del hombre, sin caer en la mezquindad de definir qué es el hombre según nuestras conveniencias.

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domingo, 23 de abril de 2006

Poner límites al mal

Luis-Fernando Valdés

Muchas veces tenemos la impresión de que el mal es todopoderoso y domina este mundo de manera absoluta. Basta pensar en las grandes tragedias de este inicio de siglo: el atentado de las Torres Gemelas, el genocidio de los tutsis en África, las injusticias a los inmigrantes, la violencia del narcotráfico. Ante este panorama, le preguntaron a Juan Pablo II si existía un límite infranqueable para el mal.
En su respuesta, el fallecido Romano Pontífice evocó sus vivencias de la crueldad de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y de la posterior invasión soviética a Polonia. Explicaba que era difícil de prever cuánto duraría el dominio comunista. Y afirmaba que «lo que se podía pensar es que también este mal era en cierto sentido necesario para el mundo y para el hombre» (cfr. Memoria e identidad, 27-36).
¿A qué se refería Juan Pablo II con que el mal era “necesario” para el mundo? No quería decir que el mal era algo bueno, sino que «tras la experiencia punzante del mal, se llega a practicar un bien más grande». ¿Cuál bien puede ser más grande que todas las experiencias crueles de una guerra? Ese bien es el perdón, pues «en todo caso, no se olvida fácilmente el mal que se ha experimentado directamente. Sólo se puede perdonar. Y, ¿qué significa perdonar sino recurrir al bien, que es mayor que cualquier mal? Un bien que, en definitiva, tiene su fuente únicamente en Dios».
Por eso, el bien es el «límite impuesto al mal», al mal que se da en la historia. Pero también para el mal hay otro límite, de tipo teológico. Se trata de Dios, que ha puesto un límite definitivo al mal, mediante la Redención, es decir, mediante la liberación del pecado y del demonio. Este otro límite es la Misericordia Divina, que fue revelada a la religiosa polaca, llamada Faustina Kowalska (1905-1938).
Juan Pablo II explica que en el siglo XX hubo dos grandes «ideologías del mal»: el nazismo y el comunismo. Y hace ver que, simultáneamente, «Sor Faustina se convirtió en pregonera del mensaje, según el cual la única verdad capaz de contrarrestar el mal de esta ideologías es que Dios es Misericordia, la verdad del Cristo Misericordioso» (ibid., 17).
El Papa polaco atestigua que la devoción a la Misericordia Divina se extendió durante la Guerra en Polonia, y que esta espiritualidad tuvo «una gran importancia para la resistencia contra el mal practicado en aquellos sistemas inhumanos de entonces». «Es como si Cristo hubiera querido revelar que el límite impuesto al mal, cuyo causante y víctima resulta ser el hombre, es en definitiva la Divina Misericordia» (cfr. Ibid., 74-75).
El Papa Woityla quiso que esta experiencia de la victoria sobre el mal no se redujera sólo a Polonia y, por eso, instituyó la fiesta de la Divina Misericordia para toda la Iglesia. Esta es la fiesta que celebramos precisamente hoy domingo. Y el sentido de esta celebración es que «¡el mal nunca consigue la victoria definitiva!». El Misterio de la Redención confirma que, a la postre, vence el bien; que la vida prevalece sobre la muerte y el amor triunfa sobre el odio. Y como para rubricar estas consideraciones, Juan Pablo II falleció precisamente la víspera del Domingo de la Misericordia del año pasado.

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domingo, 16 de abril de 2006

Pascua: entre la historia y la fe

Luis-Fernando Valdés

Hoy la Iglesia católica celebra su festividad más importante: la resurrección de Jesucristo. Si observamos despacio, esta fiesta es un reto grande a nuestra mente. ¿Es verdad que aquél al que mataron en una cruz volvió a la vida? ¿La resurreción de Cristo es un «hecho» histórico o es una mera «creencia»?
La clave de este tema se encuentra en que intervienen dos factores, que actualmente se nos presentan como contrapuestos: la historia y la fe. La historia es considerada por bastantes académicos como el único fundamento de lo real, de manera que sólo sería verdadero un suceso del que se pueden comprobar los datos y del que se puede hacer una reconstrucción material. Pero esta visión prescinde del signficado profundo de los hechos y se limita a una simple representación intelectual de una realidad que es mucho más densa y rica.
En otra palabras, esta concepción reduce los hechos reales a los hechos medibles, y deja de lado el significado y el sentido humano que contienen. Y como la fe aporta básicamente el significado humano y divino de los hechos que cuenta la Biblia, no entra en los parámetros «científicos» de la historia.
Como ejemplo de este conflicto entre la historia y la fe tenemos a Rudolf Bultmann, un importante biblista protestante alemán del siglo XX. Este Autor negaba el carácter histórico de la resurrección, porque negaba el hecho de la resurrección. Para él, este suceso pertenecería exclusivamente a la fe (y una fe luterana, que no se apoya en la razón), de modo que no tendría sentido tratar de encontrar a nivel histórico, ningún vestigio del Resucitado.
Pero la fe católica nunca ha renunciado a los datos históricos a nombre de la fe. Siempre ha buscado un equilibrio entre los hechos históricos y su interpretación sobrenatural. En la base de la doctrina cristiana está la realidad del Resucitado. No ha sido la predicación de la Iglesia la que lo ha vuelto a la vida. En consecuencia, Cristo vive en toda su realidad personal: alma y cuerpo. El acto de fe se apoya en un hecho histórico: el sepulcro vacío y las apariciones de Jesús a sus discípulos.
El problema de la credibilidad de la resurrección de Jesús no está en el orden de los hechos verificables, más bien se sitúa en el plano de la interpretación de la historia. Es necesario ampliar el alcance de lo histórico y aceptar que hay otras vías de acceso a la realidad. Por ejemplo, puedo documentar las fechas exactas de nacimiento de mi papá y de mi mamá, y tener testimonios orales y gráficos de su boda, pero lo importante de la historia de mis padres no son esos datos, sino su amor mútuo y el cariño que me han tenido. Y ese amor es tan real y tan histórico como los hechos de sus nacimientos y su boda.
De igual manera, al anunciar la resurrección de Jesús, los cristianos no prentendemos sólo transmitir unos datos, sino dar a conocer su significado profundo y vital. Es un anuncio que compromente la existencia tanto de los que lo predican como de los que lo escuchan. En concreto, aceptar que Cristo resucitó, conlleva sostener que Jesucristo es Dios, y por eso pudo regresar de la muerte a la vida. También implica que todo lo que que Jesús dijo sobre Dios y el hombre, y toda su exigente moral son enseñazas verdaderas. Por eso, en ocasiones, cuando una persona no quiere aceptar esas exigencias de la «fe», empieza por negar la realidad de los datos de la «historia». De ahí que San Pablo afirme que «si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana» (1 Corintios 15, 14).

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domingo, 9 de abril de 2006

El Evangelio de Judas

Luis-Fernando Valdés

Hoy a las 22:00, el canal de la National Geographic hará el estreno mundial de un documental titulado «El Evangelio prohibido de Judas». Este programa ha causado curiosidad desde que el miércoles pasado se anunció su transmisión. La cuestión clave consiste en saber si este hallazgo paleográfico modificará o no la doctrina de la Iglesia Católica. Pero antes de dar una respuesta, veamos de qué se trata este escrito.
El llamado «Evangelio según Judas», un frágil papiro de 31 hojas, dataría de alguna fecha del siglo III ó IV y sería una copia de un original escrito en el año 150 d.C. El documento fue descubierto en Beni Masar, Egipto, en 1978 y está escrito originalmente en cóptico, un antiguo idioma egipcio. Según la National Geographic, los análisis de carbono 14, la tinta, el estilo de escritura y el contenido han hecho llegar a la conclusión de que fue escrito alrededor del año 300.
Rodolphe Kasser, de la Universidad de Ginebra (Suiza), líder del grupo que tradujo el documento con apoyo de National Geographic, explicó que el manuscrito muestra una versión distinta a la que se tenía sobre el papel que jugó el apóstol Judas en la crucifixión de Jesús. En efecto, según este papiro Judas era "el único discípulo que conoce la identidad verdadera de Jesús". Y a él, Jesús fue quien le pidió a Judas que lo entregara a los romanos, cuando le dijo: "tú superarás a todos ellos. Tú sacrificarás al hombre que me recubre". De modo que Judas ya no sería un traidor sino un discípulo que cumple con un encargo de su Maestro.
¿Es verdad lo que narra este «Evangelio»? Si queremos ser fieles a la historia, tendremos que admitir que el contenido de este papiro no es verdadero. ¿Por qué? Porque este documento fue escrito en el año 300 D. C., y se trataría de una copia de un original del año 150, cuando más temprano. Es decir, fue escrito 150 años después de que sucedieron los acontecimientos que narra.
Este escrito pertenece a los gnósticos que son partidarios de la rehabilitación de figuras del Antiguo Testamento como Caín, que mató a su hermano Abel. Los gnósticos se enfrentaban al cristianismo, además de mostrar su rechazo en contra de la carne y el cuerpo. Además sostenían que Jesús era un Dios disfrazado de hombre lo cual se opone a la fe católica que afirma que Jesucristo es Dios y hombre verdadero. Jorge Traslosheros, investigador de la UNAM y especialista en religiones, explica que para el año 300, “ya estaba establecido el cuerpo doctrinal de la Iglesia y estos grupos tratan de desteñir las ideas de la Iglesia con estos escritos”. Y en esto coincide con la teología católica, que afirma que desde la muerte del Apóstol Juan, a finales del siglo I, quedo fija la doctrina de la Iglesia.
Este tipo de escritos gnósticos son de sobra conocidos, desde la antigüedad cristiana. Circulaban libremente junto con otros textos denominados por las comunidades cristiana como «evangelios apócrifos». Se les llamaba así para distinguirlos de los «Evangelios canónicos», es decir, los aceptados oficialmente por la Iglesia primitiva, como libros inspirados por Dios. Desde el principio, la comunidad cristiana rechazó estos documentos gnósticos por su incompatibilidad con la fe cristiana.
El «Evangelio de Judas» puede tener gran valor histórico, ya que contribuye a conocer mejor el gnosticismo, pero no supone ningún desafío para el cristianismo, porque no tiene elementos para negar que Jesucristo sea el verdadero Dios hecho ser humano.

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domingo, 2 de abril de 2006

Juan Pablo II, el Grande

Luis-Fernando Valdés

Hoy hace un año, el Santo Padre que nos había acompañado durante más de 26 años, se fue a la Casa del Padre celestial. Sentimos un hueco grande en el corazón y en la mente, pues este Romano Pontífice marcó una nueva época en el Papado. Fue el Papa cercano a todos, el Papa alegre, pero sobre todo, un hombre que nos habló de Dios, y nos expuso sin titubeos las exigencias de la fe. Nos hizo recuperar el valor de ser católicos.
A las pocas horas de su fallecimiento, las Autoridades vaticanas ya se refirieron a este Pontífice como Juan Pablo II «el Grande». Este título sólo lo ostentan San León Magno († 461) y San Gregorio Magno (540-604), que tuvieron un papel trascendental para la Iglesia. Merecidamente se le aplica al Papa Woytila, por su gran santidad de vida, por su preclara inteligencia, por su abundante Magisterio, por su gran capacidad de conciliación y sus esfuerzos ecuménicos, por ser un infatigable defensor de la paz, por estar siempre cerca de los fieles católicos, entre otros rasgos.
Juan Pablo II el Grande supo entender el drama humano de nuestra época. Vivió en carne propia los horrores de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto; sufrió la dictadura del totalitarismo nazi y luego la del comunismo; experimentó los estragos del relativismo cultural y del nihilismo. Lejos de caer en el odio y el rencor, Karol Woytila encontró motivos para tener una esperanza segura en un escenario tan obscuro.
¿Cuál es esta esperanza que nos supo contagiar? Juan Pablo II nos enseñó que hay esperanza porque Dios está presente en el mundo, y lo ha redimido: lo ha salvado del mal. El 22 de octubre de 1978, en la Plaza de San Pedro, en su primer intervención como Papa, con fuerte voz hizo esta invitación: «¡No tengáis miedo! »
Él mismo comentaría años después que se trataba de «una exhortación dirigida a todos los hombres, una exhortación a vencer el miedo a la situación mundial, sea en Oriente, sea en Occidente, tanto en el Norte como el Sur» (Cruzando el umbral de la esperanza, pp. 241-215). En efecto, el hombre ha convertido el mundo en un peligro para el propio hombre: violencia, muerte, discriminación, tortura, hombre, dolor, soledad.
E insistía el Gran Papa que no tuvieramos miedo de lo que nosotros mismos habíamos creado, ni tampoco tuviéramos miedo de nosotros mismos. ¿Por qué no debemos tener miedo? Y la respuesta de Juan Pablo II es de orden sobrenatural, y está más allá de las ideologías contemporáneas (comunismo, humanismo ateo, capitalismo, relativismo), que han fracasado en su intento de liberar al hombre.
Explicaba que no debíamos tener miedo «porque el hombre ha sido redimido por Dios. ¡Dios ha amado al mundo! Lo ha amado tanto que le ha entregado a su Hijo unigénito. Este Hijo permanece en la historia de la humanidad como el Redentor. La Redención impregna toda la historia del hombre (…). El poder de la Cruz de Cristo y de su Resurrección es más grande que todo el mal del que el hombre podría y debería tener miedo» (ibid, p. 214).
Éste es el Papa valiente, que no tuvo miedo de anunciar, a una época marcada por la increencia, que la solución a sus temores es volver a creer en Dios, en Dios hecho hombre: Jesucristo. «Es necesario que en la conciencia [del hombre de hoy] resurja con fuerza la certeza de que existe Alguien que tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa (…). Y este alguien es Amor: amor hecho hombre, Amor crucificado y resucitado, Amor continuamente presente entre los hombres (…). Él es el único que puede dar plena garantía de las palabras “¡no tengáis miedo!”» (ibid, p. 216).

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domingo, 26 de marzo de 2006

Sabiduría para salvar familias

Luis-Fernando Valdés

Nuestra época ha avanzado mucho en el tema de la familia. Tenemos valores muy buenos, que quizá antes no se apreciaban tanto, como el papel activo del padre en la educación de los hijos, y la participación de la madre en la economía familiar. Sin embargo, también hay algunas sombras, que ponen en peligro la existencia de la familias.
Los riesgos a los que se enfrentan las familias de hoy tienen su origen en algunas teorías y fenómenos culturales. Por eso, las posibles soluciones no sólo deben ser de carácter práctico, sino también de índole intelectual.
En efecto, notamos que ciertos valores fundamentales se han degradado, cuando vemos una equivocada independencia de los cónyuges entre sí, cuando observamos ambigüedades en la autoridad de los padres y en la autonomía de los hijos, cuando cada vez más matrimonios cercanos a nosotros pasan por procesos de divorcio, cuando tener hijos ya no es un motivo de gozo, sino una “dificultad” o un “obstáculo”.
En el fondo de estos problemas prácticos de la vida diaria de las familias, hay una base teórica. Aunque las teorías parecen ser muy “abstractas” y despegadas de la realidad, los planteamientos filosóficos terminan por dirigir la vida cotidiana, sin que la gente se dé mucha cuenta.
Así, por ejemplo, en las dificultades de independencia de los esposos, y en las faltas de respeto de los hijos hacia los padres, muchas veces hay una “idea” no del todo verdadera sobre la libertad, que se concibe no como la capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el hombre y la familia, sino como una fuerza de autoafirmación egoísta.
Ya se puede ver que las ideas influyen más de lo que parece en la vida práctica. Por este motivo, la solución para salvar a las familias de los riesgos actuales es doble. Por una parte, debe ser práctica y concreta, porque el amor que funda un hogar siempre se manifiesta en los detalles.
Pero, por otra, necesariamente ha de ser “teórica”. Y es que las teorías son el punto de referencia al que acudimos cuando nos desorientados, son el modelo al que miramos cuando debemos tomar una decisión. Se requiere de un concepto de familia que sea verdadero, que sea utilizado como brújula cuando los cónyuges tienen diferencias, cuando los hijos se sienten incomprendidos por sus padre, pues sólo así no naufragarán las familias.
Juan Pablo II, ante situación, propuso la construcción de un auténtico «humanismo familiar» (Familiaris consortio, n. 7). Por humanismo se debe entender no sólo una construcción conceptual, sino la armonía entre la experiencia vivida y el desarrollo teórico acerca de la familia.
El recordado Papa señalaba que, en la elaboración de este «nuevo humanismo», es necesario que todos cobremos conciencia de la primacía de los valores morales, que no son distintos de los valores de la persona humana en cuanto tal, con independencia de sus creencia religiosas. Se trata de volver a comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales, que permitan la promoción de la persona humana en toda su verdad, en su libertad y dignidad.
Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos conocimientos científicos y los nuevos avances técnicos de la humanidad. El destino futuro de la familia corre peligro sino se forman hombres y mujeres más instruidos en esta sabiduría.

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domingo, 19 de marzo de 2006

El mito de la libertad absoluta

Luis-Fernando Valdés

Hay una bandera que engloba a todo el mundo occidental. Por ella, todos las personas estamos dispuestos a dar la vida... o al menos, a protestar con fuerza contra los que intenten impedir su ejercicio. Más aún, defender la libertad y proclamarla nos hace sentir que somos verdaderos ciudadanos.
Pero sucede, con más frecuencia de la que debería, que no todos saben exactamente en qué consiste esa libertad tan amada. Peor aún, la palabra «libertad» es una fuente de equívocos, de modo que aunque todos la empleamos, no siempre nos referimos a lo mismo.
Los invito a analizar una de esas confusiones. Un sentido muy básico de la libertad es la llamada «libertad de coacción», que es la condición de una persona que no tiene impedimentos externos para actuar. No tienen esta libertad los esclavos, los prisioneros y aquellos a los que una ley o la fuerza de otros les impide expresarse o hacer lo que querrían.
Los griegos anteriores a Aristóteles definían la libertad en contraposición a lo que la limitaba. Y así se formulaba una noción de libertad fundamentalmente política: es libre el ciudadano que no es ni esclavo ni prisionero de guerra.
La libertad de coacción es una primera fase, que se debe complementar con la libertad de elección, y con la libertad como perfección moral. Sin embargo, se ha generalizado la creencia de que la libertad se reduce sólo a ese primer sentido. Y entonces algunos piensan que, para ser verdaderamente libres, deben romper toda atadura no sólo exterior, sino también interior (o sea, afectiva, emocional, de dedicación de tiempo). En la práctica, buscan no tener vínculos definitivos ni con las personas, ni con las instituciones, ni con algo que implique un compromiso estable.
Pero creer que la libertad consiste en esa “desvinculación” de todo, en no tener límites, es poco razonable, porque en realidad la nuestra no es una libertad absoluta. Hay muchas circunstancias tanto personales como externas a nosotros, que nos limitan. Cuando vinimos al mundo, éste ya llevaba hecho mucho tiempo, y ya tenía sus leyes. Nuestro planeta ya estaba lleno de cosas y de personas, y nosotros sólo hemos venido a ocupar unn lugar entre ellas. Por eso, no tenemos una libertad absoluta, sino que está fuertemente condicionada por todo lo que estaba antes que nosotros, como las leyes de la naturaleza, la cultura en la que nacimos y la lengua que hablamos .
Antes que nada estamos limitados por nuestra propia naturaleza humana. Somos hombres, y no aves. No podemos volar aunque agitemos los brazos. Esta realidad de que tenemos una naturaleza que nos condiciona nuestro modo de ser, es muy importante a la hora de plantearnos lo que queremos hacer con nuestra libertad. No podemos vivir como si no fueramos hombres: personas que necesitan comer y dormir; personas que tienen tiempo y energías limitadas; personas que se enferman, envejecen y se mueren.
Estas limitaciones no son una tragedia. En realidad, son los trazos que definen nuestro perfil como personas. “Si no los tuviéramos seríamos seres amorfos, sin contornos. Hay que admitirlos como admitimos los rasgos de nuestra cara” (J.L. Lorda). Por eso, los compromisos que limitan la libertad no nos hacen daño, sino que nos dan verdadera personalidad y forman el marco de nuestra felicidad.
Es un mito pensar en una libertad sin condiciones. No hay hombre que nos las tenga, ni se puede vivir sin asumirlas. Pero estos límites son las reglas del juego, y hacen que la vida sea emocionante. Este juego es, la mayor parte de las veces, un gustoso deber y es bonito vivirlo así. Gracias a esas reglas, tenemos patria, ciudad, padres, hermanos y amigos.

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domingo, 12 de marzo de 2006

Una universidad católica en Querétaro

Luis-Fernando Valdés

El pasado miércoles 8 de marzo fue oficialmente inaugurado el plantel Querétaro de la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA). Se trata de la apertura de una universidad católica en nuestra ciudad. Este suceso tiene un significado que merece una reflexión.
En primer lugar este acontecimiento, quizá para algunos, parecería como una provocación. En la ceremonia inaugural estaban presentes autoridades civiles, académicas, militares y eclesiásticas. Es la señal de los nuevos tiempos de nuestro país, en los que la Iglesia puede convivir y colaborar con las diversas instituciones. Parece que ya quedaron atrás los años de oposición del Estado a la Iglesia en materia de educación superior.
A más de un lector espabilado le habrá llamado la atención la frase «universidad católica». Parecería una contradicción. Por una parte, «universidad» hace referencia a la ciencia, a la racionalidad. Por otra, hoy día «religión» suena lo no racional, a lo meramente emotivo, a lo que está solamente en la conciencia de cada quién.
Sin embargo, la erección de esta nueva universidad viene a significar justo lo contrario. Es el símbolo de que el cristianismo busca siempre la armonía con la razón. Por eso, la universidad católica busca "unificar existencialmente en el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad" (Juan Pablo II, Const. Ex corde ecclesiae).
Explicaba Juan Pablo II que una institución de este tipo realiza en sí misma la síntesis entre la fe y la razón en fidelidad a su doble identidad: universidad y católica. No se trata de dos conceptos extraños, ni mucho menos incompatibles, como si sólo forzadamente pudieran darse juntos.
Y este gran Papa añadía que basta mirar a la historia para apercibirse de que la Universidad, tal y como la conocemos hoy, ha nacido «ex corde Ecclesiae», del corazón de la Iglesia. En efecto, la existencia de la universidad católica debe su origen último al ejercicio de la misión de enseñar que la Iglesia ha recibido de Cristo mismo: vayan y hagan discípulos, enseñando a guardar cuanto yo les he mandado (Cf. Mt 28, 19-20).
La universidad católica desarrolla su misión en una tensión armónica entre dos polos que podrían parecer antitéticos: la búsqueda del saber —universidad— y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad —católica—. Como universidad se vincula a la comunidad internacional del saber, el gremio de hombres y mujeres de todo el mundo que han hecho del saber su profesión de vida. Como católica, en cambio, muestra su explícita vinculación a la Iglesia, local y universal, sin avergonzarse del Evangelio ni renegar su origen ante la comunidad universitaria.
Estas dos vocaciones, aunque podrían parecer difícilmente conciliables, nunca pueden oponerse como antitéticas. Más aún: su relación no puede ser extrínseca, como si la fe viniera a ser simplemente un complemento que viene a añadirse desde fuera a una realidad que ya está completa en sí misma, y que podría perfectamente prescindir de la fe. No: si Jesucristo es la plenitud de la revelación, si es verdad, como afirma el Concilio Vaticano II, que «Cristo nuestro Señor manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et Spes, 22), entonces el modelo auténtico de lo humano, en todas sus dimensiones, se halla en la fe. La visión que ofrece la fe será siempre la culminación del saber, el conocimiento superior que desborda, mas no anula, el conocimiento humano.

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domingo, 5 de marzo de 2006

Sepultados en la injusticia

Luis-Fernando Valdés

Desde aquel no tan lejano 19 de febrero pasado, cuando escuchamos la noticia de los 65 mineros atrapados en Pasta de Conchos, todos los mexicanos experimentamos un sentimiento de solidaridad, y seguramente muchos elevamos una plegaria a Dios, desde lo profundo el corazón.
Y, aunque mantuvimos la esperanza de que esos hermanos nuestros salieran vivos de las entrañas de la tierra, una vez que fueron declarados muertos, nuestro interior sufrió un duro choque. Hemos sido testigos de una injusticia y de una dura negligencia que acabó con la vida de estos mineros. Tenemos sentimientos de dolor, pero también de protesta, de deseos de denunciar el mal.
Queretano de corazón, nací en Coahuila, en un municipio vecino a San Juan de Sabinas. Conozco de primera mano la vida y las esperanzas de muchas familias que viven —sobreviven, más bien— de la minería. Hoy deseo expresarles mi condolencia, y levantar una voz que grita deseosa de justicia.
La justicia laboral no consiste solamente en una serie de prestaciones, que los patrones les conceden a sus trabajadores. Esta relación de justicia en el trabajo no procede de un «pacto» entre los empresarios y sus empleados.
La justicia laboral surge como una verdadera exigencia de la naturaleza humana. Todo trabajador es, ante todo, un ser humano, creado a imagen de Dios. Y por eso goza de una dignidad inalienable.
Por eso, con independencia de su raza, de su educación y preparación técnica, de sus creencias, los trabajadores tienen derecho «a ambientes de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral» (Juan Pablo II, Laborem exercens, 19).
Sin embargo, la pobreza y la falta de oportunidades han obligado a nuestros mineros a aceptar trabajos que tienen muy bajas condiciones de seguridad, a pesar de los altos riesgos que se corren dentro de ese tipo de minas.
La injusticia principal que han sufrido estos mineros consiste en que se les ha puesto en una disyuntiva: o morir de hambre o arriesgar sus vidas en las galerías de las minas. Es totalmente injusto que un patrón ofrezca un trabajo riesgoso, aprovechándose de la necesidad de una persona de conseguir un empleo.
Es una grave falta contra la justicia ofrecer una baja remuneración, y luego afirmar: «el minero aceptó el trabajo porque quiso». En realidad, más que quererlo o no quererlo, estos obreros de las minas se vieron obligados por la falta de oportunidades de empleo. Y los patrones se aprovecharon de su indigencia.
Recordemos que el «simple acuerdo» entre el trabajador y el patrono acerca de la remuneración, no basta para calificar de «justo» el sueldo acordado, porque el salario «no debe ser en manera alguna insuficiente» para el sustento del trabajador (Cfr. León XIII, Rerum novarum).
Pero ante todo, quien comete una injusticia hacia sus trabajadores, se hará reo del juicio de Dios. Dice la Biblia: «Mirad, el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Santiago 5, 4).

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domingo, 26 de febrero de 2006

Ceniza y ayuno ¿para qué?

Luis-Fernando Valdés

Dentro de tres días, comenzará la Cuaresma con un símbolo muy conocido: la imposición de ceniza. Pero ¿tiene sentido para el hombre de hoy este gesto de la liturgia católica? ¿es una mera tradición anual? El «Miércoles de ceniza» todavía tiene algo que decirnos, porque responde a una necesidad vital: reconocer las propias culpas, para abrirnos al perdón de Dios.
El Antiguo Testamento nos narra un episodio de la historia del Rey David, que ilustra muy bien esa necesidad interior (2 Samuel, capítulos 11 y 12). Este Rey de Israel se enamoró de Betsabé, la esposa de Urías, uno de sus soldados más fieles, y engendró con ella un hijo. Para esconder este adulterio, mandó matar Urías y, al poco tiempo, se casó con la viuda.
Envío Dios al Profeta Natán ante David. El Profeta le contó que una ciudad de Israel había dos hombres. Uno era rico y poseía mucho ganado, y otro era muy pobre y tenía una única oveja, a la que cuidaba como si fuera una hija. Un día, el rico recibió a un invitado y, para darle de comer, tomó la oveja del pobre.
David se enfureció, y exclamó: “merece la muerte el hombre que hizo tal cosa”. Y añadió: “pagará cuatro veces la oveja por haber hecho semejante cosa, y por no haber tenido compasión”. Entonces Natán le dijo: “tú eres ese hombre”. El Rey cayó en la cuenta de su crimen, y por eso dijo con dolor: “pequé contra Dios”.
Entonces, David inició un largo ayuno, y durmió durante una temporada en el suelo. Además compuso un Salmo, para implorar el perdón de Dios: “Ten misericordia de mí, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito. Lávame a fondo de mi culpa, y purifícame de mi pecado. Pues reconozco mi delito, mi pecado sin cesar está delante de ti” (Salmo 50, 1-3). Y Dios lo perdonó, y le concedió un hijo, que fue Salomón, su sucesor en el trono.
El sentido de la imposición de ceniza, del ayuno, de la abstinencia de carnes consiste en que sean señales de una verdadera conversión del corazón. Los pasos que recorrió el alma del Rey David son un camino para que estas prácticas tengan un verdadero sentido espiritual, y no se queden en un mero formalismo ritual.
Primero David reconoció que su acción ofendió a Dios. No se limitó a reconocer que provocó la infidelidad de Betsabé, ni que abusó de su autoridad para eliminar a Urías. Antes que nada, el Rey se aceptó en su corazón, que su comportamiento constituyó un pecado contra Dios.
Nuestra mentalidad contemporánea no acepta que una acción humana pueda ofender a Dios. ¿Por qué, si Betsabé y David estaban de acuerdo y se querían, agraviaron a Dios? Cuando una persona, voluntariamente —aunque sea por debilidad—, viola la ley moral, le falta al respeto al Sumo Legislador.
Luego, el llamado Rey Profeta le pidió perdón a Dios: “Ten misericordia de mí, oh Dios”. Y sólo después, David empleó unos signos exteriores para expresar una imperiosa necesidad vital: manifestar su sentimiento de culpa y su deseo de ser perdonado. Esos símbolos fueron el ayuno y la penitencia corporal, que tuvieron sentido porque eran declaración de su cambio interior.
Al acudir a la Iglesia, el próximo miércoles, para cubrir con ceniza nuestra cabeza, no nos quedemos sólo en el rito exterior. Busquemos su sentido verdadero, y a través de esos signos reconozcamos que hemos ofendido a Dios, y que tenemos una enorme necesidad de expresarle nuestro dolor de haberle fallado. Así encontraremos la paz, como David.

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domingo, 19 de febrero de 2006

Ciudadano y creyente: ¿es posible?

Luis-Fernando Valdés

El famoso escritor inglés G. K. Chesterton, pone en boca de Miguel, protagonista de «La esfera y la cruz», una parábola que viene muy bien a propósito del laicismo mexicano. Se trata de la historia de un hombre que opinaba que la cruz —símbolo del cristianismo— era un símbolo de barbarie y de sinrazón.
En la alegoría, el personaje primero quitó todos los crucifijos de su casa, incluido el del collar de su mujer. Luego quitó las cruces que encontró en los caminos. Finalmente, en un acceso de furor trepó al campanario de la iglesia parroquial y arrancó la cruz, blandiéndola en el aire, y profiriendo improperios.
Una tarde, se dirigía a su casa por un caminito vallado. Se detuvo un momento, para fumar, delante de una empalizada interminable, y en eso sus ojos sufrieron una alucinación, y creyó que empalizada era un ejército innumerable de cruces ligadas unas a otras, de la colina al valle. Enarboló un garrote y se fue contra ellas, como contra un ejército.
Cuando llegó a su casa estaba completamente loco. Se dejó caer en una silla, y pero se levantó de inmediato porque los travesaños del respaldo repetían la imagen de la cruz. Y rompió los muebles, porque estaban hechos de cruces. Pegó fuego a la casa, porque estaba hecha de cruces. Al amanecer lo encontraron, sin vida, en el río.
El interlocutor de Miguel se sorprendió: “y ¿esta historia es verdadera?” —“No. Es una parábola”, respondió aquél. “Es la parábola de todos los racionalistas como usted. Empiezan ustedes rompiendo la cruz, y concluyen destrozando el mundo habitable. Parten ustedes odiando lo racional y llegan a odiarlo todo, diciendo todo es irracional”.
El mensaje de Chesterton sigue siendo actual. Parece que todo lo que se parezca a la cruz, es decir, todo lo que suene a discurso religioso no debe aparecer en la vida pública de nuestro País. Llama la atención la polémica levantada en días pasados por un importante literato y un secretario de estado. El mensaje es claro: la religión debería estar confinada a la propia conciencia, sin aparecer en público.
Y esta situación será el cuento de nunca acabar. Mientras se consideren antagónicos la Iglesia y el Estado, no habrá solución a estas polémicas. Porque si gana aquélla, éste pierde, y viceversa. Pero esta dialéctica por el poder no es el enfoque correcto.
La verdad es que el hombre es un ser social, que nace con unos derechos fundamentales, previos a cualquier jurisdicción estatal. Por eso, cada persona es, al mismo tiempo, ciudadano (del país que sea) y creyente (de la religión o convicción que quiera). Ambos aspectos está inscritos en la naturaleza misma de la persona humana. Ejercitarlos simultáneamente es un derecho humano, no un triunfo de la Iglesia, no una derrota del estado.
Por esa razón, es poco humano, o más bien inhumano, poner a una persona en las siguientes disyuntivas: “o eres creyente o eres mexicano”, “o eres creyente o ejerces un cargo público”. ¿Cuál es la razón para que un mismo ser humano no pueda simultáneamente tener una creencia y, a la vez, participar en la vida pública? ¿No será que vemos cruces donde no las hay?
Hago mía la invitación de Benedicto XVI para trabajar por una renovación cultural y espiritual, «para que la laicidad no se interprete como hostilidad contra la religión, sino por el contrario, como un compromiso para garantizar a todos, individuos y grupos, en el respeto de las exigencias del bien común, la posibilidad de vivir y manifestar las propias convicciones religiosas» (Mensaje, 11-X-2005).

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domingo, 12 de febrero de 2006

La libertad interior

Luis-Fernando Valdés

Nacimos libres. Y la libertad es la característica más esencial de nuestra dignidad humana. Es lo último que un hombre desea perder. El psiquiatra austriaco, Víctor Frankl, que estuvo preso en Auschwitz, dejó constancia de que aun en medio de las torturas y del encarcelamiento más inhumano, el ser humano «puede» conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental.
¿Por qué pudo un prisionero maltratado por los nazis sentirse verdaderamente libre? Porque en el hombre hay una libertad que se ve y otra que no es visible. Como es lógico, la que se ve es la más fácil de descubrir y de describir. Llamamos libres a la persona que puede hacer lo que quiere sin que nadie la coacciones o se lo impida. Es libre el que puede ir y venir, viajar, opinar, reunirse. Pero todo esto sólo es una parte de ella. Es su aspecto visible. Pero la libertad más importante es la que no se ve. Se trata de la «libertad interior», que es la de nuestra conciencia.
Esta libertad depende enteramente de cada persona. Incluso en la situaciones exteriores más duras, como las de un campo de concentración, el hombre tiene capacidad de elegir cómo reaccionar ante las pruebas más adversas: si se dejará abatir o no por los problemas.
Frankl recordaba a los hombres que iban de un barracón a otro consolando a los demás prisioneros, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: «la última de las libertades —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino».
Pero la libertad interior también tiene obstáculos, que son difíciles de percibir. Estos impedimentos no están fuera sino dentro de nosotros mismos. Y ¿cuáles son esos obstáculos que ahogan la libertad interior? Son la ignorancia y la debilidad.
La «ignorancia» impide la libertad porque el que no sabe lo que tiene que hacer, sólo tiene la libertad de equivocarse, pero no la de acertar. Y la «debilidad» también es una dificultad, porque una persona débil deja que el desorden de sus sentimientos o la coacción externa del que dirán le disminuyan su libertad.
Gracias a Dios, hoy no tenemos el problema de los campos de concentración en nuestro país. Es difícil que nos veamos impedidos de nuestra «libertad exterior». En cambio, si estamos muy expuestos a la ignorancia y a la debilidad, que entorpecen nuestra «libertad interior».
Pero eliminar estos obstáculos no es nada fácil, porque ambos tienen una apariencia de libertad exterior. Es curioso que, a nombre de la libertad, muchas personas se llenen de ignorancia. Esto ocurre, cuando en vez de buscar la verdad y seguirla, eligen la opción de inventar su propia verdad.
De igual manera, hoy la debilidad se presenta como el ejercicio más alto de la libertad. Escuchamos por todos lados que se exalta en no tener freno ante las propias pasiones. Y se considera como represión todo intento de ordenar esas tendencias humanas. Pero ¿consideramos verdaderamente «libres» al bebedor o al perezoso, que se dejan arrastrar por su debilidad?
Para ser libre interiormente hay que vencer la ignorancia y las distintas manifestaciones de debilidad. Un ser humano que convence a otro de que no existe la verdad o lo invita a vivir sin límites sus pasiones, es peor que un carcelero de Auschwitz, porque le quita la libertad interior.

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domingo, 5 de febrero de 2006

Un contraveneno para el amor

Luis-Fernando Valdés

En la mitología griega encontramos una fina descripción de la psicología humana. Los dioses griegos eran una representación muy apegada de las virtudes y los vicios humanos. Uno de los más dioses más conocidos es «Eros» («Cupido» para los romanos).
En la iconografía, Eros aparece como un niño alado, con una venda en los ojos, y con un arco en las manos. A ciegas, lanza la flecha del amor. De modo que el herido por esa flecha se enamora de la persona que tenga más cerca, con independencia de que sea guapa o inteligente. El amor es ciego.
Los antiguos dieron el nombre «eros» al amor entre varón y mujer, que no nace del pensamiento o por la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano. Los griegos —al igual que otras culturas— consideraban el «eros» como un arrebato, como una «locura divina» que prevalece sobre la razón, ya que tiene la capacidad de arrancar al hombre de la limitación de su existencia, y así experimentar una dicha muy alta.
En cierto modo, al estudiar el amor humano como «eros», vemos que está ligado a la espontaneidad y a la libertad. Por eso, en nuestra cultura es mal visto poner límites al amor erótico. Y se considera poco humano, o tal vez se le ve como enemigo, al que se atreve a hablar de un amor con límites.
Y esa es la visión muy difundida que tienen muchos sobre la religión católica. Consideran que la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, convierte en amargo lo más hermoso de la vida. La crítica es profunda: si Dios nos ha creado con la capacidad de amar eróticamente, ¿por qué la Iglesia poner prohibiciones precisamente ahí donde la alegría nos ofrece una felicidad que pregusta algo de los divino?
En el fondo, estos comentarios son un eco de la crítica de Frederich Nietzsche al cristianismo. Según este pensador alemán, la religión cristiana, al considerar el amor como donación, habría dado de beber un veneno al «eros» que, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio. Es decir, el ser humano no dejo de sentir la atracción por el otro sexo, pero ahora lo haría con remordimiento.
Sin duda, cuando el cristianismo no le dio un papel central al «eros» y al expresar el amor con otra palabra, «agapé», estaba introduciendo una nueva concepción del amor. Pero no se trata de un rechazo del «eros», sino de evitar su desviación destructora. Cuando el amor erótico se degrada a puro sexo, priva al ser humano de su dignidad divina y lo deshumaniza, porque lo convierte en un mero objeto, como mercancía que se puede comprar y vender.
Resulta bastante razonable considerar que el «eros» necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino llevarlo a pregustar en cierto modo la felicidad.
¿Cómo se purifica el «eros»? El amor erótico adquiere su verdadero significado sólo cuando el hombre toma conciencia de que él mismo es la unidad íntima de cuerpo y alma. Porque ni la carne («eros») ni el espíritu («agapé») aman: es el hombre, la persona, la que ama en cuerpo y alma. Se requiere un antídoto, que es el combate contra el instinto ciego de amar sólo con el cuerpo.
El cristianismo no ha dado cicuta al amor. Al contrario, al enseñar a amar en la unidad de cuerpo y alma, la Iglesia le ha dado un contraveneno al intoxicado amor de nuestra cultura occidental.

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