El Rabino que habló con Jesús


Luis-Fernando Valdés

Un día después de que visitará la Sinagoga de Roma, Benedicto XVI recibió en audiencia al rabino Jacob Neusner (18.I.10), conocido en los círculos intelectuales católicos por su libro “Un rabino habla con Jesús” (1993). Este encuentro nos da pie para dos reflexiones: una sobre el diálogo interreligioso y otra sobre la personalidad del Papa.

Neusner es un prestigioso intelectual judío norteamericano, que ha estudiado en Harvard y Columbia, ha escrito o editado más de 900 libros. En su famosa obra, Neusner, judío ortodoxo, se pone imaginariamente en el lugar de un rabino contemporáneo a Jesús e intenta dialogar con él, desde sus enseñanzas transmitidas por San Mateo. Sin renunciar a sus convicciones hebreas, este rabino manifiesta claramente que no puede aceptar el mensaje de Jesús, porque éste se presenta como Dios y se pone en el lugar de la Torá.

Benedicto XVI, en su obra “Jesús de Nazaret” (2007), lleno de respeto retoma la postura de este intelectual, y dialoga con él a lo largo de 20 páginas. Joseph Ratzinger definió este libro, entre otras cosas, como el ensayo “más importante que se había publicado en la última década para el diálogo judeo-cristiano”, y añadió que “la absoluta honestidad intelectual, la precisión del análisis, el respeto hacia la otra parte unida a una radical lealtad hacia la propia postura caracterizan el libro y lo convierten en un desafío, especialmente para los cristianos, que tendrán que reflexionar bien sobre el encuentro entre Moisés y Jesús”.

Neusner nos da un gran ejemplo de diálogo entre religiones, porque se toma totalmente en serio la propuesta cristina y la entiende desde dentro. Sólo cuando ha asimilado el mensaje de Jesús, el rabino norteamericano manifiesta su discordancia. Su actitud es encomiable: “la vida en un país cristiano, me ha hecho sentir orgulloso del judaísmo, pero también alegre de tener como hermanos y vecinos una religión que fomenta la benevolencia y las buenas relaciones con los que disienten”, escribió.

Luego de su encuentro con el Pontífice, Jacob Neusner declaró a “L’Osservatore Romano”, periódico oficial del Vaticano, que “siempre he estimado al estudioso Joseph Ratzinger por su honestidad y lucidez, y estaba muy interesado encontrar y conocer al hombre. Ahora que he venido a Roma para el histórico encuentro en la sinagoga y (…) he recibido el gran don de encontrarme con el Papa”.

Sobre el Santo Padre, Neusner dice que “lo que más me ha impresionado han sido sus ojos penetrantes. Te mira dentro. Y además sus modales de caballero, lleno de gentileza y humildad”. Es el mismo rasgo que vio el rabino durante la visita de Benedicto XVI a la Sinagoga romana: “Un evento grandioso, con una participación enorme, extendida y conmovida por parte de todos, que me permite esperar bien del futuro”.

Esta breve entrevista está repleta de significado. Dos líderes religiosos de gran talla intelectual muestran que es posible sentir aprecio por otro que piensa distinto, y que la profunda fe religiosa en las propias tradiciones conlleva la convivencia sincera y respetuosa.

Además, los elogios sobre Benedicto XVI por parte de un hombre serio que no es católico, ni tiene el compromiso de quedar bien, nos ayudan a seguir descubriendo la rica personalidad del Santo Padre, echando abajo los prejuicios sobre una supuesta dureza doctrinal y un carácter rígido.

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El “Papa emérito”


Luis-Fernando Valdés

Acaba de aparecer al público el libro “¿Por qué un santo?”, escrito por Mons. Slawomir Oder, postulador de la causa de Juan Pablo II, que se basó en las versiones de 114 testigos y en documentos sobre la vida del Papa que fueron compilados para apoyar su canonización. En este escrito se relata que el Papa polaco practicaba la mortificación corporal y que tenía previsto renunciar si su salud le hubiera impedido gobernar la Iglesia.

La noticia de ambos temas ha dado pie a cierto amarillismo: un “Papa asceta”, un “Papa emérito” (o sea, “jubilado” en términos eclesiásticos). Sin embargo, para los creyentes estos dos hechos tienen un significado muy profundo, que deseo compartir con los lectores.

Sobre la renuncia del Pontífice, la obra de Mons. Oder saca a la luz que el Papa Wojtila, el 15 de febrero de 1989, cuando su salud empezó a fallar preparó un documento para sus ayudantes en el que afirmaba que renunciaría al Pontificado romano, “en el caso de una enfermedad que se presuma incurable, duradera y que me impida ejercer las funciones de mi ministerio apostólico”.

Esto no es nuevo, pues en su momento ya había hecho Pablo VI (el 2.II.1965). En 1994, Juan Pablo II confirmó este deseo suyo, pero después de varias consultas, decidió continuar al frente de la Iglesia hasta su muerte. Él mismo llegó a la conclusión de que no había lugar en la Iglesia para un ‘Papa emérito’.

Lejos de mostrar a un papa temeroso, o acobardado ante la falta de salud, esta disposición a renunciar nos enseña a un gobernante que no está apegado al poder tanto humano como espiritual de su cargo, nos revela que el corazón de Karol Wojtila amaba tanto a la Iglesia, que prefería renunciar a hacerle daño, (lo cual hubiera sucedido si hubiera seguido en el cargo, sin las capacidades mentales para dirigir al nuevo Pueblo de Dios).

Sobre la mortificación practicada por el Papa polaco, Mons. Oder escribió que con frecuencia Juan Pablo II no ingería alimentos, sobre todo durante la Cuaresma. También “con frecuencia dormía durante la noche en el simple piso”, para practicar el sacrificio, y destendía su cama por la mañana para no llamar la atención. Además, según testifican sus colaboradores cercanos, el fallecido Pontífice se auto-flagelaba.

El tema del sacrificio corporal no es nuevo en la historia de la humanidad, y tampoco hoy resulta extraño. Lo que resulta escandaloso es el motivo. A nadie le parece raro que una persona, por razones estéticas se someta a tratamientos y dietas, que implican mucho esfuerzo. Y lo mismo se puede decir de quienes reciben tratamientos médicos para curar enfermedades complicadas, o siguen un plan de entrenamiento exhaustivo.

En cambio, el Papa Wojtila vivió esa mortificación por un sentido religioso: identificarse con Cristo, que sufrió la Pasión y murió por la salvación de los hombres. Así este gran Obispo de Roma alcanzó el ideal de los cristianos, que consiste en identificarse con Cristo doliente. Los grandes santos de la Iglesia siempre han recurrido a este tipo de sacrificios, para alcanzar a Cristo y sacar adelante su misión.

Juan Pablo II, aun después de su muerte, nos sigue dando un gran ejemplo y nos sigue alentado, pues con estos dos episodios, nos muestra que vivió entregado a su misión y nos confirma que no nos equivocamos al confiar en él. Este nuevo libro viene a mostrar una vez más la coherencia y la autenticidad de un Papa que se ganó el respeto y la estima de millones de personas tanto creyentes como no creyentes.

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El Papa en la Sinagoga



Luis-Fernando Valdés

El 17 de enero pasado, Benedicto XVI visitó la Sinagoga de Roma. Este importante acontecimiento no tuvo tanto eco en los medios, seguramente desbordados por las noticias del terremoto de Haití, ocurrido unos días antes de esta visita. Pero el significado de este evento sigue vigente.


No era ya una novedad que un Papa acudiera a una sinagoga, pues Juan Pablo II lo había hecho en 1986, y el Benedicto XVI en Colonia (2005) y New York (2008). Sin embargo, esta visita tuvo un gran interés de diálogo interreligioso, porque al acto asistió una delegación musulmana de la mezquita de Roma.

El Papa invitó en su discurso a trabajar juntos a partir de las raíces comunes de los Diez Mandamientos. Mientras que el rabino jefe de Roma, Riccardo di Segni, se refirió a esas “visiones compartidas” en defensa del ambiente, de la santidad de la vida, de la libertad y de la paz; y añadió que se trata de un empeño que debe implicar a hebreos, cristianos y musulmanes.

El tono de la visita fue amable y cordial, con numerosos aplausos y momentos emotivos, como el saludo del Papa al ex rabino Elio Toaff, de 95 años, quien recibió a Juan Pablo II en 1986; el homenaje a la lápida que recuerda a los 1.021 judíos romanos deportados a los campos de exterminio; y el homenaje a las víctimas de un atentado a la sinagoga ocurrido en 1982.

Las referencias a los puntos conflictivos fueron más o menos explícitas, pero no determinaron el carácter del encuentro. El Papa subrayó que “la Iglesia no ha dejado de lamentar las faltas de sus hijos e hijas, pidiendo perdón por todo lo que ha podido favorecer en cualquier manera las plagas del anti-semitismo y del anti-judaísmo”.

Las intervenciones del presidente de la comunidad judía de Roma, Riccardo Pacifici, y del presidente de las Comunidades judías de Italia, Renzo Gattegna, marcan una nueva época en la relación entre judíos y católicos.

Pacifici expresó que el diálogo entre judíos y católicos “puede y debe continuar” y, por su parte, Gattegna auguró que “las diversidades no sean nunca más causas de conflictos ideológicos o religiosos, sino de recíproco enriquecimiento cultural y moral”.

Los efectos positivos no se hicieron esperar. Ya antes de la visita, Mons. Vincenzo Paglia, presidente de la comisión ecumenismo y diálogo de la Conferencia Episcopal Italiana, calificó la amistad entre judíos y cristianos como “intensa” y explicó que se trata de “una especie de obligación teológica”, porque “la fraternidad entre estos dos pueblos es parte integrante de sus respectivos credos”.

Cuatro días después del evento, el embajador de Israel ante la Santa Sede, Mordechay Lewy, publicó un par de artículos en la revista mensual judía italiana “Pagine Ebraiche”, en los que pide a sus connacionales una mayor apertura al diálogo con la Iglesia católica. Afirmó que “los católicos nos tienden la mano”, y por eso “sería insensato no aferrarla, a menos que queramos hipotecar nuestro futuro con una animosidad constante con el mundo católico”.

Los hechos se imponen a las críticas. Los esfuerzos de las autoridades católicas y judías muestran un gran deseo de diálogo, y cada vez son menos los que se niegan a esta convivencia interreligiosa. Este acercamiento entre católicos y judíos viene a cambiar una paradigma muy antiguo, que sostenía que las diferencias religiosas provocan guerras y división. Hoy ya no es así. Más aún, el diálogo entre religiones puede ser el gran motor para conseguir la anhelada paz entre los pueblos.

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Haití: solidaridad a fondo


Luis-Fernando Valdés

El 12 de enero de 2010 ha marcado la historia. Un devastador terremoto destruyó Haití, dejando decenas de miles de muertos y centenares de miles sin hogar. Inmediatamente la comunidad internacional manifestó su apoyo, y voces autorizadas como Benedicto XVI pidieron ayuda para los damnificados. Inició la hora de la solidaridad.

Junto con la generosidad de miles y miles de personas, que desde diversos puntos del mundo han enviado ayuda en comida, medicina y ropa, está el esfuerzo admirable de centenares de rescatistas de diversas naciones, que intentan buscar sobrevivientes entre los escombros.

Toda esta ayuda es digna de alabanza, especialmente porque Haití es el país más pobre de todo el continente. Pero el hecho de que hayamos tenido que esperar a que ocurriera un gran desastre natural, para mostrar apoyo hacia esa afligida nación, nos lleva a la reflexión: ¿la solidaridad consiste únicamente prestar auxilio material o sanitario en las desgracias

Además de seguir promoviendo la asistencia médica y alimenticia, y de pedir oraciones por las víctimas y los sobrevivientes, la tragedia de Haití nos invita a comprender mejor la solidaridad, que es una virtud de cuño claramente cristiano.

Juan Pablo II explicaba que esta virtud no es “un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Encíclica “Sollicitudo rei sociales”, 38).

La solidaridad así entendida lleva a considerar que los seres humanos estamos en profunda relación, no sólo por pertenecer a una misma comunidad, sino por el hecho mismo de poseer una naturaleza común. De este modo, ningún grupo humano y ninguna nación se pueden considerar al margen de las necesidades de los otros grupos o países.

Pero hoy tenemos que cuestionar si el modo como se desarrolla la política internacional es solidario. El aumento cultural, educativo, económico y tecnológico es una llamada a las naciones desarrolladas a compartir sus riquezas y avances, con los países más necesitados, para que por ellos mismos puedan salir adelante.

Hace falta también promover un modelo cultural que entienda que el desarrollo nunca puede tener un enfoque individualista. El progreso personal no puede desentenderse del avance familiar, y éste a su vez no debe ignorar la superación de la propia comunidad. De igual manera, el crecimiento económico, social y cultural de un país no puede desatender a su compromiso de ayudar a las naciones necesitadas.

La solidaridad no estaría completa si se dejara de lado la dimensión espiritual y religiosa. La sana laicidad del Estado no significa que no exista en cada persona una necesidad de tipo sobrenatural. Una parte importante de la solidaridad que ahora mismo Haití necesita es que recemos por sus habitantes, como nos gustaría que nos encomendaran si estuviéramos en una necesidad similar.

Por eso, los escombros que ahora cubren la superficie de Haití ponen al descubierto la falta de esa otra solidaridad, pues este país ha sido casi abandonado al subdesarrollo y a la ignorancia, durante décadas. Que las toneladas de medicinas y alimentos no se conviertan en una “tapadera”, que oculte la falta de atención internacional a los otros problemas sociales, económicos y culturales de esta abatida nación.

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El “Papa verde”



Luis-Fernando Valdés

Un hecho muy sonado en 2009 fue el fracaso de la Cumbre de Copenhague sobre el medio ambiente, organizada por las Naciones Unidas. Los países ahí reunidos no fueron capaces de aportar una solución viable a los problemas ecológicos mundiales, como el calentamiento global. En cambio, Benedicto XVI recibió el apelativo de “Papa verde” por parte de los medios de comunicación. ¿Cuál es la revolución ecológica del Pontífice?


El año que a penas terminó consolidó el prestigio del Santo Padre como defensor de la creación. La revista norteamericana de geopolítica “Foreign Policy” (FP) clasificó a Benedicto XVI en el lugar número 17 entre los “100 mayores pensadores globales” del año, entre aquellos que con sus “grandes ideas han modelado nuestro mundo en el 2009”.

Entre los méritos que “FP” reconoce al Papa Benedicto está el de “haber colocado a la Iglesia de manera inesperada a la cabeza en la defensa del ambiente y en la denuncia de los peligros del cambio climático” (www.foreignpolicy.com, del 30.XI.2009).

Esta nominación no resulta extraña porque el Obispo de Roma ha enviado bastantes mensajes sobre el tema de la ecología. Uno de los más significativos está contenido en su última encíclica, “Cáritas in veritate” (29.VI.2009), en la que el Papa ofrece pautas de solución a temas candentes como la explotación de los recursos no renovables y la justicia hacia los pueblos más pobres, la cuestión de los consumos energéticos, la responsabilidad ante las generaciones futuras, la relación entre ecología y respeto de la vida.

El 10 de septiembre del año pasado, el Pontífice expresó que se debe “ver en la creación algo más que la simple fuente de riqueza o explotación por la mano del hombre”. El regalo de la creación debe ser usado “responsablemente y con respeto, haciéndolo fructífero”. Ya que al final, debemos ver la creación como “la expresión de un plan de amor y verdad que nos habla del Creador y de su amor por la humanidad que encontrará su plenitud en Cristo, al final de los tiempos”.

Hace unos días, el 1 de enero, Benedicto XVI publicó un importante mensaje sobre el cuidado de la creación, titulado “Si quieres promover la paz, protege la creación”, que es como un resumen de sus propuestas anteriores. El Papa recuerda el mandato divino de cultivar y custodiar la tierra. “Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Por el contrario, cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza” (n. 6).

También el Santo Padre alienta “la educación de una responsabilidad ecológica” que salvaguarde una auténtica “ecología humana” y, por tanto, afirme con renovada convicción “la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia” (n. 12).

Pero el Papa no sólo envía mensajes “verdes”, sino que ha emprendido acciones ecológicas. Hizo instalar paneles solares para la generación de electricidad en los techos del Vaticano y en los de su casa en Alemania.

El Pontífice también ha hecho del Vaticano el primer estado neutral en emisiones de bióxido de carbono, a través de la reforestación de bosques en Hungría, que compensan las emisiones de C02 producidas en esa Ciudad Estado. Por todo esto, es acertado calificar a Benedicto XVI como el “Papa de la ecología”, y a sus mensajes como una “revolución verde”.

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Homosexualidad y adopción

Luis-Fernando Valdés

La Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó una ley, que equipara las uniones entre personas homosexuales con el matrimonio entre un varón y una mujer. Además, esta ley contempla la posibilidad de que esas parejas homosexuales puedan adoptar niños. La reacción ha sido un enfrentamiento de posiciones, entre algunos legisladores locales del PRD y la Arquidiócesis de México. Al margen de la polémica, necesitamos una argumentación seria que permita el diálogo.

En primer lugar, quienes manifiestan tendencias homosexuales son –ante todo– personas y ciudadanos como los demás, por lo que merecen respeto y un trato cordial. Pero respetarlos, no excluye que la homosexualidad sea puesta a crítica, pues es un fenómeno que requiere reflexión y revisión. Una cosa es el respeto y otra el dogmatismo.
Se suele confundir el respeto a los sentimientos de las personas homosexuales, con concederles derechos. Pero no es lo mismo. Como le pasa a cualquier adulto, en los homosexuales existe una inclinación afectiva natural a la paternidad y maternidad: entendemos que tengan el deseo de ser padres o madres. Sin embargo, aunque esa tendencia exista, es obvio que estas parejas están imposibilitadas para tener un hijo. Entonces, ¿se les debe conceder un derecho a la adopción, para vencer el impedimento biológico?

Llegamos al punto central. Parecería una discriminación no otorgarles el derecho a adoptar, pues “se les privaría” del derecho a realizar el deseo de paternidad o maternidad. Hay que observar como la parte subjetiva de esas personas (su deseo de ser padre o madre), se impone sobre la parte objetiva: el menor mismo que es adoptado.
Lo fundamental en la adopción no son los padres que desean tener un hijo, sino el menor de edad. La finalidad de la adopción es custodiar el derecho inalienable del menor a ser educado y formado dentro de la sociedad. Se trata de un derecho del menor, que ordinariamente es ejercido en el seno de una familia. Cuando ésta falta, el Estado puede otorgar la tutela, la custodia y la educación de un menor, para que alcance la adecuada instrucción y logre insertarse en la sociedad.
La identidad de género es esencial para cada persona, y se alcanza mediante la educación familiar. El niño necesita de estímulos –que encuentra originalmente en la familia– para realizarse como un adulto normal: estímulos cognitivos, para aumentar su inteligencia; afectivos, para sentirse seguro; perceptivos, para saber interpretar el significado de lo que capta a través de los sentidos; sociales, para descubrir el valor del otro; y morales, para formarse una conciencia ética. De igual manera, el niño aprenderá la identidad de género, de quienes lo rodeen en su infancia.
El Estado debe tutelar que sólo puedan adoptar a un menor, quienes reúnan un mínimo de cualidades para que el menor crezca adecuadamente, en todos los sentidos. Al adoptar a un menor, lo primero es respetar su condición de ser, su identidad.
Entonces, otorgarles el derecho de adopción a las parejas homosexuales constituye un atropello sobre los menores, pues se pone por encima de su educación el deseo de paternidad o maternidad, aunque tal deseo los pueda lastimar en su identidad de género. En el fondo, aunque no es fácil percibirlo cuando hay apasionamiento, se toma al menor como un “objeto”, que es “usado” para satisfacer un deseo, por más sublime que éste sea. Pero una persona no puede ser usada, pues, como afirmó Emmanuel Kant, el ser humano nunca es un medio sino que siempre es un fin.

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Década de conversos

Luis-Fernando Valdés

Terminó la primera década del siglo XXI, que iniciamos con tantas ilusiones, y que en la realidad ha sido muy compleja. Se pueden hacer diversos balances (económico, político, militar, etc.), pero hay un indicador poco utilizado, que nos revela que el ser humano vive de esperanza religiosa, a pesar de los pesares. Se trata de las conversiones al catolicismo.

Sería muy largo enunciarlas todas. Veamos hoy sólo algunas muy significativas. Empecemos por mencionar de pasada, las conversiones en masa de casi medio millón de anglicanos a la Iglesia católica, entre ellos casi 50 obispos, en octubre de este 2009. En este contexto, fue muy notoria la conversión del ex Primer Ministro británico, Tony Blair, en diciembre de 2007.


Una conversión especialmente importante fue la del musulmán Magdi Allam, un egipcio de 55, en la Pascua de 2008. Se trata del sub-editor del conocido diario italiano “Corriere della Sera”. En su trayectoria, este periodista defendió en 2006 al Papa cuando pronunció discurso en Ratisbona (Alemania), que muchos musulmanes interpretaron como un ataque al Islam. Además, sus críticas a las bombas suicidas en Palestina en 2003, le valieron varias amenazas de muerte por lo cual el gobierno italiano le proporcionó protección policial.
Allam explicó que el factor más decisivo fue un encuentro con el Papa “a quien he admirado y defendido, como musulmán, por su brillantez al presentar el indisoluble lazo entre fe y razón como el cimiento de la religión verdadera”. Afirmó que cuando fue bautizado, “fue el día más hermoso de mi vida, cuando escogí el nombre más simple y más explícito. Desde ayer mi nombre es Magdi Christian Allam”.


Una conversión muy sonada fue la del actor y cantante mexicano Eduardo Verástegui, en 2003. Inició su carrera a los 17 años como vocalista. En poco tiempo grabó varias telenovelas, y empezó a cantar como solista. A los 28 años, la “Century Fox” lo contrató para filmar en Hollywood.
Verástegui cuenta que “después de doce años de carrera, de lograr todos esos sueños que pensé me iban a dar la felicidad, de haber llegado de un pueblo chiquito a Hollywood, de hacer una película en inglés, de tener doce managers, publicistas, agentes, abogados, todo tipo de personas trabajando para mí para lanzar el próximo ‘latin lover, Don Juan, casanova’; y de pronto ¡confundido porque no era feliz!” Al descubrir que con sus películas ofendía a Dios y hacía daño a la gente, decidió cambiar de vida. Ahora se dedica a producir películas que defienden la vida del nascituro.

Contemplar las conversiones al catolicismo de líderes religiosos, políticos, periodistas y artistas, nos lleva a reflexionar sobre el papel de la religión en la vida de cada persona. ¿Qué hay en el interior del ser humano, que lo mueve a una búsqueda tan intensa, que es capaz de dejar atrás un modo de vida, para abrazar otro nuevo y muy exigente?
Sin duda, siguen vivas las palabras de un converso del siglo V, Agustín de Hipona, que después de haber experimentado bastantes desórdenes morales y de haber probado varios sistemas de pensamiento pudo afirmar: “nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti” (Confesiones 1,1,1).
Estas conversiones son hechos que tienen un profundo significado. Aunque aumenten los avances de la ciencia y de la tecnología, el ser humano sólo encuentra una explicación sobre su propia existencia en la fe religiosa. Aunque la revolución sexual se ha impuesto, el corazón humano sólo se llena con el amor a Dios.

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Pío XII y Juan Pablo II ¡a los altares!

Luis-Fernando Valdés

Ayer mismo, la Santa Sede anunció el reconocimiento de las “virtudes heroicas” de los Papas Pío XII y Juan Pablo II. Este es un paso importante para la canonización de ambos pontífices. ¿Qué significado tiene este acontecimiento?
Con fecha del 19 de noviembre de 2009, la Congregación para las Causas de los Santos, que es el organismo vaticano que estudia la vida de los candidatos a ser reconocidos como santos, promulgó los decretos en los que se reconocen las virtudes heroicas de ambos papas.
Es un hito muy importante en el proceso de canonización, cuyo primer paso es estudiar la vida de un católico que muere con fama de santidad; el siguiente consiste en determinar si el siervo de Dios ejercitó con constancia y ejemplaridad todas las virtudes cristianas, hasta el grado heroico.
El siguiente paso es probar la intervención de Dios, mediante un milagro atribuido a la intercesión de ese siervo. Cuando se certifica el milagro, el Papa procede a beatificarlo; y con otro milagro posterior a esa beatificación, el Romano Pontífice lo canoniza, es decir, le da el título de “santo”, lo pone como modelo de vida cristiana para toda la Iglesia, y autoriza su culto público en todo el mundo.
Con el decreto recién publicado, la Iglesia católica afirma oficialmente que Pío XII y Juan Pablo II son un modelo para todos los cristianos, y reconoce que sus vidas tanto públicas como privadas son ejemplo de vida totalmente entregada a Jesucristo. Además, este hecho está cargado de significado. Respecto a Juan Pablo II, esa significación es notoria; en cambio, sobre Pío XII es poco conocida. Veamos hoy sólo la trascendencia de las virtudes heroicas de este otro pontífice.
Eugenio Pascelli (1876-1958) tuvo importantes cargos en el servicio diplomático vaticano en Alemania antes de ser elegido Papa (10.II.1939). Antes y durante la Segunda Guerra Mundial (SGM) fue un comprometido promotor de la paz, y supo advertir del riesgo de una conflagración de grandes dimensiones, antes de que el conflicto bélico se extendiera.
Con gran ingenio, supo aprovechar del gran medio de comunicación de su época: la radio. Pío XII fue famoso por sus radio mensajes. El más célebre de ellos fue el que pronunció la Navidad de 1942, condenando al nazismo. El 29 de noviembre de 1945, ochenta delegados de los sobrevivientes de los campos de concentración alemanes le otorgaron un reconocimiento “por la generosidad mostrada hacia nosotros, los perseguidos durante el nazifascismo”.
Israel Anton Zolli (1904-1956) que fue el gran Rabino de Roma durante la SGM, cuenta que el 27 de septiembre de 1943, el jefe de la Gestapo exigió a la comunidad judía que le entregara 50 kilos de oro en tan sólo 24 horas, o los deportaría a Alemania. Zolli pudo juntar sólo 35 kilos. Acudió a Pío XII, y el Papa aportó el resto. Pero de nada sirvió el oro, pues el 16 de octubre comenzaron las deportaciones, que sólo se detuvieron por intervención de Pío XII. Al finalizar esa conflagración mundial, Zolli pidió ser bautizado, y adoptó como nombre cristiano el de Eugenio Pío, en honor del Papa.
El reconocimiento a Pío XII y su próxima beatificación (aún sin fecha) subraya la firme oposición de la Iglesia contra el totalitarismo nazi, y la solidaridad del Papado hacia a los judíos. Además, este decreto reafirma la continuidad doctrinal y pastoral de la Iglesia, porque Pío XII es el último Papa antes del Concilio Vaticano II.

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Juan Diego, ¿mito o realidad?

Luis-Fernando Valdés

Ayer millones de peregrinos llegados de todo el País se congregaron en la Basílica de Guadalupe; además, en las iglesias de cada localidad de nuestra Patria también hubo celebraciones en honor de la Virgen Morena. Es un evento que cada año reaviva la fe de los católicos mexicanos. Pero, ¿en qué se funda este culto mariano: en un hecho histórico o en una piadosa leyenda?
Las claves para dar una sólida respuesta son dos: la imagen misma de la Virgen de Guadalupe y la persona de Juan Diego, el indígena vidente de la Señora del Cielo. Detengámonos en este segundo aspecto.
La existencia histórica de Juan Diego es importante para dilucidar el “hecho guadalupano”. Si él realmente existió, y se pueden conocer los rasgos de su vida que lo acrediten como un hombre de bien, entonces se puede afirmar que es un testigo de excepción, digno de ser creído.
Durante siglos, nunca se puso en duda ni la realidad de las apariciones de la Virgen, ni de la persona de Juan Diego. Fue hasta el siglo pasado que hubo ciertos movimientos –más ideológicos que populares– que negaron la historicidad de nuestro personaje. En realidad, fueron intentos de reducir el fenómeno guadalupano a un mito religioso usado para representar las antiguas tradiciones religiosas mexicanas, que luego habrían sido asumidas en forma sincretista por el catolicismo; o como un mero instrumento pedagógico de la catequesis misionera a favor de los indígenas; o como una invención del criollismo nacido en el siglo XVII, para darle fuerza al naciente nacionalismo mexicano.
Con motivo del proceso de beatificación de Juan Diego, se instituyó una Comisión histórica que realizó una profunda investigación. Sus resultados señalan que, en diversas épocas, se ha documentado la historicidad del vidente del Tepeyac.
Juan Diego pertenecía a la etnia de los chichimecas, y nació en torno al año 1474, en Cuauhtitlán, en el barrio de Tlayácac, en el reino de Texcoco. Fue bautizado por los primeros misioneros franciscanos, en torno al año de 1524. Su esposa, María Lucía, murió en 1529.
Después de las Apariciones (1531), pidió permiso al Obispo Zumárraga para vivir junto al Templo recién erigido, para atender a los peregrinos, y murió con fama de santidad en 1548. Desde entonces comenzó su culto de veneración. Pero, en 1634, el Papa Urbano VIII dio unas orientaciones sobre culto a los santos, y como Juan Diego no era aún un santo canonizado, su devoción fue suspendida oficialmente. Sin embargo, el decreto no logró erradicarla de la mentalidad popular.
En 1666, se abrió un proceso jurídico para reconocer la historicidad del Acontecimiento Guadalupano y de Juan Diego. Los resultados de este proceso se conocen como “Informaciones Jurídicas de 1666”, y fueron enviados a Roma. En 1720, el entonces arzobispo de México, José de Lanciego y Aguilar, aprobó que se realizara una nueva investigación, que originó las llamadas “Informaciones de 1723”, en las que se confirmó nuevamente la tradición de la milagrosa imagen.
La existencia de Juan Diego es real, como también lo es la imagen del ayate. Ambos sucesos no “demuestran” la existencia de Dios; pero, cuando el corazón busca sinceramente la verdad, el “hecho guadalupano” le da motivos a la razón para rendirse y para abrirse a lo sobrenatural. Juan Diego existió y es testigo fidedigno de las Apariciones: la fe no se apoya en el vacío, sino una tradición bien atestiguada. Es razonable creerlo.

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El Vaticano y la Astronomía

Luis-Fernando Valdés

Está por concluir el “Año Internacional de la Astronomía” (AIA2009), propuesto por la Unión Astronómica Internacional (UAI) y apoyada por la UNESCO, con motivo del 400 aniversario de las primeras observaciones astronómicas hechas con telescopio, por el célebre físico y astrónomo italiano Galileo Galilei. Durante el año hubo múltiples eventos en nuestro País y en el Mundo. ¿Cómo reaccionó el Vaticano?
Hay una sombra sobre el tema de Galileo y la Iglesia. En la visión popular actual, muchas personas tienen la falsa idea de que la Santa Sede condenó en 1633 injustamente al célebre astrónomo, “porque la Iglesia se opone a la ciencia”. Sin pretender exponer el “Caso Galileo”, solamente mencionaré que la Iglesia siempre ha defendido la armonía entre la fe y la razón, entre la religión y la ciencia.
Una muestra de esto, aunque quizá es poco conocida, es que el Vaticano patrocina un observatorio astronómico desde 1578 (55 años antes que el conflicto con Galileo), en el que actualmente investigan –entre otros– algunos sacerdotes que son también doctores en astrofísica.
Esta postura de armonía es muy clara hoy día, como se puede ver en las declaraciones de Benedicto XVI y del Secretario de Estado Vaticano. El pasado 30 de octubre, el Santo Padre dirigió un discurso a los participantes de un coloquio organizado por el observatorio espacial vaticano, con motivo del AIA2009.
El Papa mencionó que es importante el método científico –atenta observación, juicio crítica, paciencia y disciplina– para poder respetar la naturaleza y el mundo que nos rodea. ¿Acaso no contrastan esta palabras con el prejuicio de que la Iglesia rechaza la ciencia?
Luego, el Romano Pontífice recordó la actitud de los pioneros de la astronomía, que supieron armonizar sus conocimientos particulares con el resto del saber: “los grandes científicos de la época de los descubrimientos también nos recuerdan que el conocimiento auténtico siempre se dirige a la verdadera sabiduría, y en lugar de restringir los ojos de la mente, nos invita a elevar nuestra mirada a un plano superior del espíritu”.
Benedicto XVI apuntó al núcleo de la cuestión, al señalar que la contemplación de los fenómenos astronómicos, que nos causan tanta admiración, nos deben llevar “a la contemplación del Creador y del amor que es la razón detrás de su creación”.
Por su parte, el Card. Tarcisio Bertone al inaugurar la muestra “Astrum 2009”, organizada por los Museos Vaticanos (15.X.2009), recordó que hoy “la ciencia corre el riesgo de ser reducida a una herramienta de la tecnología”. Y sugirió que la racionalidad humana, que sin duda necesita herramientas como el telescopio, para investigar y medir, debe mantenerse abierta. “Lo importante –concluyó el purpurado– es que el hombre no pierda la capacidad de mirar el cielo, para sentirse parte de un movimiento que los supera y, al mismo tiempo lo atraviesa, pero que lo hace protagonista, junto con el Creador”.
Ojalá se haya cumplido a fondo el objetivo de este AIA2009: “señalar que la Astronomía es una actividad (…) para encontrar respuestas a algunas de las preguntas más fundamentales que se ha planteado la humanidad”. Y que esas grandes cuestiones sobre el cosmos, lleven a muchas personas a formularse las grandes interrogantes de la vida humana: ¿qué sentido tiene todo este orden del universo? ¿de dónde vengo?¿qué sentido tiene mi vida, aunque yo sea sólo un ser más en el conjunto de las galaxias? Y así la razón científica dará paso a la filosofía… y ésta, a la religión.

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El Código de Nuremberg

Luis-Fernando Valdés

El pasado 25 de noviembre se clausuró la reunión del Consejo Internacional de Bioética de la UNESCO. En ese marco, la Secretaria de Relaciones Exteriores, Patricia Espinosa, advirtió que los derechos y libertades de las personas están en riesgo frente al acelerado crecimiento científico que no tiene un control ético. Y ésta es la gran cuestión: ¿son incompatibles el progreso científico y la ética?
La experimentación sobre humanos no es reciente, pues se remonta hasta Atenas y Alejandría (siglos III y IV a. C.). Pero las implicaciones éticas de estas investigaciones han sido un tema muy importante desde el final de la Segunda Guerra Mundial (1945). Desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial se realizaron, en Alemania y en los países ocupados por los nazis, experimentos médicos criminales en gran escala sobre ciudadanos no alemanes, tanto prisioneros de guerra como civiles, incluidos judíos y personas consideradas “asociales”.
Estos experimentos no fueron realizados por científicos que trabajaran aislados, sino que fueron el resultado de una normativa y una planeación coordinadas al más alto nivel del gobierno, del ejército y del partido nazi, y “justificados” a nombre de la guerra total.
Esas prácticas pseudo-médicas fueron aberrantes, como la castración y esterilización, la inoculación de enfermedades, la introducción de las personas en una bañera llena de hielo para controlar los efectos fisiológicos del frío, entre otras.
Al finalizar la Guerra Mundial, este tipo de “experimentos” impulsaron la redacción de una serie de códigos internacionales para regular la investigación en humanos. El primero de ellos fue el llamado “Código de Nuremberg” (1947), que establece por primera vez la obligatoriedad del “consentimiento informado”, que es un derecho humano.
Este principio consiste en que el paciente, antes de dar su consentimiento para participar en un experimento, debe recibir la oportuna información sobre lo que se hará sobre él y de las consecuencias que eso tendrá. Los códigos actuales enfatizan que no basta proporcionar información, sino que es muy importante que el paciente la comprenda.
Nadie puede ser sometido a experimentación, sin su consentimiento y, menos, contra su voluntad. Por eso, estas codificaciones previenen que ni los menores de edad, ni los que sufren alguna incapacidad, puedan ser utilizados como “conejillos de indias”.
Sin embargo, el avance de la ciencia actual es capaz de experimentar sobre embriones, y en este punto los códigos tienen que ser actualizados. Esos embriones son plenamente seres humanos, aunque no hayan llegado a un estado de desarrollo, que haga visible su corporeidad. Éste es un punto muy vivo en el debate contemporáneo. ¿Se puede investigar sobre embriones? ¿Se pueden producir en laboratorio con fines de experimentación?
En un reciente documento pontificio, se recuerda que la experimentación con embriones “constituye un delito en consideración a su dignidad de seres humanos, que tienen derecho al mismo respeto debido al niño ya nacido y a toda persona (...). Estas formas de experimentación constituyen siempre un desorden moral grave” (Dignitatis personae, n. 34).
Qué bien que la Canciller mexicana haya apelado a la ética en el uso de la ciencia, para evitar nuevos campos de concentración –ahora de embriones–, y no tener que repetir la triste historia del Juicio de Nuremberg, para condenar a los médicos que experimenten sin ética sobre los humanos no nacidos.

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Eutanasia activa: ¿matar por compasión?

Luis-Fernando Valdés

De nuevo la Asamblea Legislativa del Distrito Federal nos da pie para tratar temas de bioética. En días pasados, el Diputado local del PRI, Israel Betanzos, propuso la ampliación de la Ley de Voluntad anticipada, de manera que sea aprobada la “eutanasia activa”. ¿Se trata de un derecho o de un homicidio?
Un causa importante de las polémicas de la eutanasia es la ambigüedad semántica. ¿Qué quiere decir “eutanasia activa”? Se refiere a adelantar la muerte del paciente terminal. Se trata de un suicidio, si es el paciente quien lo solicita, o de un homicidio si son sus parientes quienes lo piden.
Por eso, se comprende que el Secretario de Salud Pública del Distrito Federal, Armando Ahued, haya afirmado que, si se aprobara esa medida, él personalmente no la aplicaría a un paciente, pues se trataría de provocarle directamente la muerte. En términos similares se expresó el Manuel Mondragón, titular de Seguridad Pública del DF, que es médico de profesión: “nosotros, como médicos, estaríamos imposibilitados para hacerlo”, afirmó.
De esta manera, llegamos a un punto central de las discusiones sobre la eutanasia. Se trata de la contraposición entre los argumentos médicos y las propuestas políticas. Para los primeros, la eutanasia activa se rechaza porque quita la vida. Para algunos políticos, en cambio, la eutanasia activa defendería un supuesto derecho de los pacientes o sus familiares, para decidir cuándo dejar de vivir.
Pero, ¿se trata de un verdadero derecho? No lo es, y por eso degrada al ser humano. Veamos: Betanzos afirmó que la propuesta no legaliza el asesinato (sic), sino evita que se prolongue la vida de alguien que está condenado a morir. Y añadió que el método para llevar a cabo la eutanasia activa sería la inyección. En ambas afirmaciones, el enfermo terminal es considerado como un “condenado a muerte”. La propuesta legislativa consiste en matarlo “de una vez”, y hacerlo con una inyección, como a los reos condenados a la pena capital. Ésta es una falsa compasión.
Además, Betanzos indicó que el objetivo de la propuesta es “acabar con el sufrimiento de los pacientes”. Y para eso propone la inyección letal. Pero, como aseguró Ahued Ortega, es no es necesario, pues los pacientes que se acogen a la Ley de voluntad anticipada reciben cuidados paliativos que incluyen el control del dolor, apoyo psicológico y tanatológico al enfermo y su familia.
Por otra parte, algunos opinan que la eutanasia activa garantizaría la voluntad de los pacientes sobre la última etapa de su vida. De modo que, si alguno no quisiera quedar en estado vegetativo, o ser una carga económica para su familia, o simplemente no deseara vivir más, se respetaría esa decisión.
Pero esta postura también es incoherente: se argumenta que si una persona se quiere suicidar, y no lo puede hacer por sí misma, los médicos tienen la “obligación” de hacerlo por él, y con recursos del Estado. En tal caso, también tendrían la obligación de ayudar a quitarse la vida a quien pasara por un momento de profunda depresión y pidiera morir.
No es humano eliminar al que sufre. Lo verdaderamente humano es ayudarlo a sobrellevar el sufrimiento. Por eso, no se puede aceptar una ley que invite a desentenderse del enfermo. No existe un derecho a considerar al enfermo terminal como una carga inútil.

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