Luis-Fernando Valdés
Ha causado revuelo toda la semana la discusión de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal sobre una iniciativa que permite el aborto durante las primeras 14 semanas de gestación, y que dará luz verde a los médicos del sistema de salud para usar la píldora abortiva RU-486. Leyendo diversos artículos de opinión durante la semana, me dio la impresión de que para algunas personas el aborto representa una paso adelante de la democracia. Sin embargo, ¿es verdad que aprobar el aborto es un triunfo del sistema democrático?
La democracia tiene un límite natural, que es la recta razón. La verdad sobre el hombre es la guía de la democracia. Cuando un parlamento decide por mayoría una ley que va contra la verdad del ser humano, lejos de dar lugar a una auténtica democracia, atropella al hombre. Hay un doloroso caso histórico. Se trata de la Alemania de los años 30 del siglo pasado. El Congreso alemán eligió democráticamente a Adolfo Hitler como Primer Ministro, y apoyo también por mayoría su política imperialista. El resultado fue la Segunda Guerra Mundial, con el doloroso Holocausto del Pueblo Judío. Nadie en su sano juicio dirá que el Holocausto fue bueno porque lo decidió la mayoría. Al contrario, esa sangre inocente sigue gritando que una mayoría no tiene derecho a decidir sobre la vida de nadie.
El problema actual para evaluar esta iniciativa de la Asamblea Legislativa del DF consiste en que las diversas posturas enfocan fuera del punto central de la discusión: lo ven como una dialéctica entre la Iglesia y el Estado, o como un problema de discriminación hacia la mujer. Mientras las discusiones sigan esa línea, no se va a llegar a una verdadera solución. En todo caso, más que solución se tratará de la victoria del que consiga más votos que apoyen su postura. El enfoque preciso consiste en reconocer que se trata de un derecho fundamental, el de la vida. ¿Tienen derecho a vivir o no esos nuevos seres?
Y cuando se habla de derecho a la vida, el discurso toma un cauce muy particular, que recuerda la “duda metódica” de Descartes. En vez de partir del hecho de que el óvulo fecundado está vivo, aunque aún no sepamos precisar en qué instante concreto comenzó la vida, la argumentación a favor del aborto pone en duda la realidad de que el recién engendrado es un ser ya viviente. Cuando se plantean los problemas de esta manera, siempre se cae en razones contra el ser humano, como cuando se ponía en duda la igualdad de hombres y mujeres, hasta que ellas demostraran que sí eran iguales.
Generalmente, los argumentos contra la vida del recién engendrado no son de carácter científico-biológico, sino de tipo existencial, presentando situaciones límite, como el caso de un embarazo por violación. En ese discurso, la vida del no nacido se pone en segundo plano, y se privilegia que fue engendrado contra la voluntad de la madre. Pero, ¿qué diferencia hay, desde el punto de vista fisiológico, entre un óvulo fecundado por amor y uno fecundado con violencia? Ninguna. Como se puede ver, el argumento contra la vida no procede de una razón científica sino del sentimiento. Y de este tipo fue el argumento, por el cual Hitler decidió exterminar a las personas judías, a las que él consideraba inferiores. De igual manera, decidir que un bebé no debe nacer por no ser fruto del amor, es igual a decir que un joven no debe seguir vivo por ser de raza hebrea. Lo importante para un país democrático es ser regido por el dictamen de la mayoría, pero sólo cuando esa mayoría se guía por la recta razón, y no por cuestiones emotivas.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Luis-Fernando Valdés López, sacerdote y teólogo, comenta noticias destacadas de la semana, con un enfoque humanista, desde la razón creyente.
domingo, 18 de marzo de 2007
domingo, 11 de marzo de 2007
Día de la Mujer: reto a la igualdad
Luis-Fernando Valdés
El pasado día 8 de este mes se celebró el Día Internacional de la Mujer. Entre los eventos realizados para promover esta jornada, tuvo especial relieve una mesa redonda organizada por la Organización de las Naciones Unidas titulada “Poner fin a la impunidad de la violencia contra las mujeres y las niñas”, cuyo objetivo era organizar “prácticas idóneas y ejemplos de soluciones concretos para eliminar la violencia y poner fin a la impunidad desde el nivel mundial hasta el local”. La ONU busca “prácticas idóneas”, soluciones realizables a corto plazo, y esto es digno de reconocimiento. Y como no hay nada más práctico que una buena teoría, les ofrezco unas reflexiones sobre el tema de fondo de la violencia hacia la mujer: el reconocimiento de la igualdad fundamental entre varones y mujeres.
El Secretario General de la ONU declaró el año pasado que “la violencia contra la mujer todavía no ha recibido la atención prioritaria y los recursos que se requieren en todos los niveles para abordarla con la seriedad y la visibilidad necesarias”. Esa atención prioritaria es requerida, en gran parte, por las alarmantes cifras de violencia hacia las mujeres.
Pero el punto fundamental no consiste únicamente en bajar esos datos estadísticos, sino en llegar a la raíz del problema. En este sentido, el Papa Benedicto XVI, en la Jornada Mundial de la Paz de este año expresó que “en el origen de frecuentes tensiones que amenazan la paz se encuentran seguramente muchas desigualdades injustas” como “las persistentes entre hombre y mujer en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales”. El origen de la violencia a las mujeres consiste en la negación teórica y práctica de su igualdad radical respecto a los hombres.
Juan Pablo II escribió una carta apostólica a las mujeres, llamada “Mulieris dignitatem”. Escrito en 1988, este documento sobre la dignidad de la mujer conserva gran actualidad. El planteamiento del añorado Papa sobre la diferencia de la mujer respecto al varón, parte de un concepto muy claro, fundamental, pero hoy en día no es totalmente reconocido o aplicado: el hombre y la mujer tienen absolutamente los mismos derechos y el mismo valor, porque ambos fueron creados a “imagen y semejanza de Dios” (Génesis 1, 27). De aquí que, debido a esta igualdad fundamental, la mujer no pueda convertirse en objeto de dominio y de posesión masculina.
En su reciente libro “En nombre del amor” (2006), la periodista Valentina Alazraki, testigo privilegiado del largo pontificado de Juan Pablo II, comenta que “el Papa no se cansó de denunciar todas las situaciones en las que la mujer se encuentra en desventaja o es discriminada por el hecho de serlo, pero tampoco ocultó su convicción de que las mujeres, en su afán de liberarse del dominio del hombre, no deberían apropiarse de las características masculinas, en contra de su propia originalidad femenina” (pp. 163-164).
La reciente jornada sobre la mujer puso nuevamente al descubierto una gran herida en la sociedad: la violencia hacia el sexo femenino. Es muy importante que las medidas, que el gobierno y los legisladores mexicanos han puesto en marcha, den resultados positivos cuanto antes. Pero el número de agresores no disminuirá solamente por el temor al castigo. Se requiere también el esfuerzo de crear una nueva cultura de respeto a la igualdad de los hombres y las mujeres. Además de las leyes penales, necesitamos que las lecciones de civismo estén en sintonía con aquel “varón y mujer los creó”.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El pasado día 8 de este mes se celebró el Día Internacional de la Mujer. Entre los eventos realizados para promover esta jornada, tuvo especial relieve una mesa redonda organizada por la Organización de las Naciones Unidas titulada “Poner fin a la impunidad de la violencia contra las mujeres y las niñas”, cuyo objetivo era organizar “prácticas idóneas y ejemplos de soluciones concretos para eliminar la violencia y poner fin a la impunidad desde el nivel mundial hasta el local”. La ONU busca “prácticas idóneas”, soluciones realizables a corto plazo, y esto es digno de reconocimiento. Y como no hay nada más práctico que una buena teoría, les ofrezco unas reflexiones sobre el tema de fondo de la violencia hacia la mujer: el reconocimiento de la igualdad fundamental entre varones y mujeres.
El Secretario General de la ONU declaró el año pasado que “la violencia contra la mujer todavía no ha recibido la atención prioritaria y los recursos que se requieren en todos los niveles para abordarla con la seriedad y la visibilidad necesarias”. Esa atención prioritaria es requerida, en gran parte, por las alarmantes cifras de violencia hacia las mujeres.
Pero el punto fundamental no consiste únicamente en bajar esos datos estadísticos, sino en llegar a la raíz del problema. En este sentido, el Papa Benedicto XVI, en la Jornada Mundial de la Paz de este año expresó que “en el origen de frecuentes tensiones que amenazan la paz se encuentran seguramente muchas desigualdades injustas” como “las persistentes entre hombre y mujer en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales”. El origen de la violencia a las mujeres consiste en la negación teórica y práctica de su igualdad radical respecto a los hombres.
Juan Pablo II escribió una carta apostólica a las mujeres, llamada “Mulieris dignitatem”. Escrito en 1988, este documento sobre la dignidad de la mujer conserva gran actualidad. El planteamiento del añorado Papa sobre la diferencia de la mujer respecto al varón, parte de un concepto muy claro, fundamental, pero hoy en día no es totalmente reconocido o aplicado: el hombre y la mujer tienen absolutamente los mismos derechos y el mismo valor, porque ambos fueron creados a “imagen y semejanza de Dios” (Génesis 1, 27). De aquí que, debido a esta igualdad fundamental, la mujer no pueda convertirse en objeto de dominio y de posesión masculina.
En su reciente libro “En nombre del amor” (2006), la periodista Valentina Alazraki, testigo privilegiado del largo pontificado de Juan Pablo II, comenta que “el Papa no se cansó de denunciar todas las situaciones en las que la mujer se encuentra en desventaja o es discriminada por el hecho de serlo, pero tampoco ocultó su convicción de que las mujeres, en su afán de liberarse del dominio del hombre, no deberían apropiarse de las características masculinas, en contra de su propia originalidad femenina” (pp. 163-164).
La reciente jornada sobre la mujer puso nuevamente al descubierto una gran herida en la sociedad: la violencia hacia el sexo femenino. Es muy importante que las medidas, que el gobierno y los legisladores mexicanos han puesto en marcha, den resultados positivos cuanto antes. Pero el número de agresores no disminuirá solamente por el temor al castigo. Se requiere también el esfuerzo de crear una nueva cultura de respeto a la igualdad de los hombres y las mujeres. Además de las leyes penales, necesitamos que las lecciones de civismo estén en sintonía con aquel “varón y mujer los creó”.
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domingo, 4 de marzo de 2007
Día de la familia
Luis-Fernando Valdés
Celebramos hoy domingo, el IV Día de la Familia, promovido por el Consejo de la Comunicación A.C., y apoyado por gobiernos estatales, empresas, centros educativos y agrupaciones religiosas. El fin que se persigue con esta jornada es “fomentar la unidad de la familia" para “presentar, promover y preservar a la familia como el núcleo de la sociedad y agente cultural para la transmisión de valores más representativos de generación en generación”. Es digno de alabanza este esfuerzo social conjunto, pero aún no es suficiente: hay que ir a más.
Para que se entienda mejor ese “ir a más” en el tema de la familia, recurriré a una herramienta muy utilizada en los libros de “management”. Se trata de la noción de “alineación” (Collins y Porras, 1994), que consiste en que todos y cada uno de los elementos de una empresa (metas, estrategias, sistemas contables, etc.) garanticen que esa compañía pueda alcanzar la visión, la ideología central, para la que nació.
Un ejemplo típico de alineación es el de Ford Motor Company, que en la década de los 80 redactó su declaración de misión y valores, en la que hacía incapié en la participación de los empleados. En coherencia con esta aseveración, para mantener a los empleados mejor informados y, por tanto, para que se consideraran más como parte de la compañía, Ford invirtió en un sistema de televisión por satélite para comunicarles las noticias de la compañía a sus empleados antes de que las conocieran por la televisión pública o la prensa. Como resultado, los obreros de la línea de producción se convirtieron en miembros claves del proceso para mejorar la calidad. Y un contraejemplo, se puede apreciar en todas las tiendas que afirman tener como política escuchar al cliente, pero no tienen una ventanilla o un mecanismo de atención para los consumidores.
Es maravilloso que la familia sea considerada como núcleo de la sociedad, porque ésa es la realidad, pues sin la unidad de padre, madre e hijos, el conglomerado social no tiene donde apoyarse. Sin embargo, no hay ninguna “alineación” para que este modelo de familia se lleve a cabo. Veamos algunos aspectos de la vida que, más bien, “desalinean” la familia, es decir, que producen el efecto contrario a la unidad familiar.
Primero, la familia es el fruto de la unión de un hombre y una mujer, que prometen amarse en exclusiva y para siempre. Pero la legislación, por una parte, y los valores que se promueven en las telenovelas y en las películas, por otra, más bien envían el mensaje de que esa unión exclusiva y duradera no es posible. Y se fomenta el rompimiento, en vez de reforzar el compromiso, y animar a revivir el amor.
Por otra parte, se considera la comunicación como un aspecto central de la familia. Pero en lugar de promover que las familias tengan la oportunidad de convivir, muchas veces los padres y las madres tienen que trabajar en horarios tan largos, que es muy difícil que los miembros de la familia puedan comer juntos o que tengan tiempo para platicar. Además, los medios de comunicación ofrecen una programación tan atractiva, de manera que confrecuencia tanto los padres como los hijos prefieren estar frente a la televisión que conversar entre ellos.
Viva el Día de la Familia. Les deseo a todos que pasen un domingo feliz, junto con todos los suyos. Y los invito a reflexionar: para “alinear” la familia –para que sea lo que ella misma debe ser– se requiere una nueva legislación, una nueva política laboral y un nuevo concepto de entretenimiento. Sólo así “iremos a más” en el importante tema de la familia.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Celebramos hoy domingo, el IV Día de la Familia, promovido por el Consejo de la Comunicación A.C., y apoyado por gobiernos estatales, empresas, centros educativos y agrupaciones religiosas. El fin que se persigue con esta jornada es “fomentar la unidad de la familia" para “presentar, promover y preservar a la familia como el núcleo de la sociedad y agente cultural para la transmisión de valores más representativos de generación en generación”. Es digno de alabanza este esfuerzo social conjunto, pero aún no es suficiente: hay que ir a más.
Para que se entienda mejor ese “ir a más” en el tema de la familia, recurriré a una herramienta muy utilizada en los libros de “management”. Se trata de la noción de “alineación” (Collins y Porras, 1994), que consiste en que todos y cada uno de los elementos de una empresa (metas, estrategias, sistemas contables, etc.) garanticen que esa compañía pueda alcanzar la visión, la ideología central, para la que nació.
Un ejemplo típico de alineación es el de Ford Motor Company, que en la década de los 80 redactó su declaración de misión y valores, en la que hacía incapié en la participación de los empleados. En coherencia con esta aseveración, para mantener a los empleados mejor informados y, por tanto, para que se consideraran más como parte de la compañía, Ford invirtió en un sistema de televisión por satélite para comunicarles las noticias de la compañía a sus empleados antes de que las conocieran por la televisión pública o la prensa. Como resultado, los obreros de la línea de producción se convirtieron en miembros claves del proceso para mejorar la calidad. Y un contraejemplo, se puede apreciar en todas las tiendas que afirman tener como política escuchar al cliente, pero no tienen una ventanilla o un mecanismo de atención para los consumidores.
Es maravilloso que la familia sea considerada como núcleo de la sociedad, porque ésa es la realidad, pues sin la unidad de padre, madre e hijos, el conglomerado social no tiene donde apoyarse. Sin embargo, no hay ninguna “alineación” para que este modelo de familia se lleve a cabo. Veamos algunos aspectos de la vida que, más bien, “desalinean” la familia, es decir, que producen el efecto contrario a la unidad familiar.
Primero, la familia es el fruto de la unión de un hombre y una mujer, que prometen amarse en exclusiva y para siempre. Pero la legislación, por una parte, y los valores que se promueven en las telenovelas y en las películas, por otra, más bien envían el mensaje de que esa unión exclusiva y duradera no es posible. Y se fomenta el rompimiento, en vez de reforzar el compromiso, y animar a revivir el amor.
Por otra parte, se considera la comunicación como un aspecto central de la familia. Pero en lugar de promover que las familias tengan la oportunidad de convivir, muchas veces los padres y las madres tienen que trabajar en horarios tan largos, que es muy difícil que los miembros de la familia puedan comer juntos o que tengan tiempo para platicar. Además, los medios de comunicación ofrecen una programación tan atractiva, de manera que confrecuencia tanto los padres como los hijos prefieren estar frente a la televisión que conversar entre ellos.
Viva el Día de la Familia. Les deseo a todos que pasen un domingo feliz, junto con todos los suyos. Y los invito a reflexionar: para “alinear” la familia –para que sea lo que ella misma debe ser– se requiere una nueva legislación, una nueva política laboral y un nuevo concepto de entretenimiento. Sólo así “iremos a más” en el importante tema de la familia.
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domingo, 25 de febrero de 2007
Aborto, la derrota del derecho
Luis-Fernando Valdés
En el actual debate sobre la despenalización del aborto, hay un argumento en contra del no nacido que parecería convincente. Algunos sostienen que en el proyecto de ley no se obliga a nadie a abortar, sino que sólo se está abriendo la posibilidad para que las mujeres que lo desean puedan hacerlo. Esas frases, de entrada, suenan abiertas y respetuosas, pero conllevan la corrupción del Derecho.
Cuando dicen que la ley, que está a punto de ser aprobada por la Asamblea de Representantes del Distrito Federal, “no obliga a nadie” a hacerlo, quizá no se dan cuenta que el Derecho no tiene como única finalidad coaccionar a los ciudadanos. El Derecho regula la vida de los ciudadanos, y debe buscar que cada uno de ellos alcance un estado de vida digno, en lo que se refiere a lo material y económico, pero sobre todo en lo moral. Las leyes buscan reforzar las conductas y actitudes que favorecen las buenas acciones de los ciudadanos, y castigan los actos que desvían a los seres humanos del objetivo de una vida buena.
Cuando una legislación aprueba o castiga un tipo de conducta, está orientando la vida práctica de los ciudadanos. Así, cuando la ley pena con cárcel a los homicidas, está buscando disuadir de matar. Entre más reprobable es una acción, o más nociva para la vida de una sociedad, recibe castigos más severos para que, al menos por temor, las personas se atrevan a cometerla.
Por esta razón, cuando una acción se despenaliza, la ley indica que esa acción ya no es mala, sino que puede ser realizada por cualquiera que cumpla con los supuestos previstos. Ciertamente una ley de este tipo “no obliga” a nadie a que lo haga, pero le dice a quien desea hacerlo que no se preocupe, porque no habrá hecho nada malo. Entonces, esa acción se convierte en el modo de vida de los ciudadanos.
La nueva ley sobre el aborto no coacciona a nadie a interrumpir la vida del no nacido, pero autoriza un nuevo modo de vida para los mexicanos. Desde ahora es la mujer la que tiene derecho a decir quién nace y quién no puede seguir viviendo. La vida humana ya no está protegida por la ley, sino que la ley misma ha dispuesto que la libertad de decidir de la madre sea superior a la vida del hijo.
En términos utilizados por el pensador alemán Federico Nieztsche, se trata de la “voluntad de poder”. La voluntad del más fuerte se convierte en ley sobre el más débil. Esa fue la divisa de Adolfo Hitler: la raza aria supuestamente superior tenía el derecho de exterminar a las razas inferiores. La aprobación legislativa del aborto será el reconocimiento de la “voluntad de poder” como modo de vida de los mexicanos. Desde ahora la propia voluntad estará por encima de la razón y del Derecho.
Lejos de llegar a un estado superior del Derecho, lejos de constituirnos como una nación de vanguardia, estamos volviendo a la época de la “ley del más fuerte”. Un Estado de Derecho busca proteger a todos sus ciudadanos y, para conseguirlo, emite leyes que están por encima de la voluntad de los particulares. Así todos son iguales ante la ley. Todos: los débiles y los poderosos, los indefensos y los agresores. Quitando la voluntad de poder de los fuertes, se combate la “ley de la selva”. Una legislación que despenaliza el aborto voluntario, está favoreciendo que haya ciudadanos que pueden decidir sobre la vida de un inocente, está estableciendo la “voluntad de poder”. Si los legisladores del Distrito Federal aprueban esta ley, democráticamente habrán acabado con el Estado de Derecho, y habrán implantado la ley del más fuerte.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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En el actual debate sobre la despenalización del aborto, hay un argumento en contra del no nacido que parecería convincente. Algunos sostienen que en el proyecto de ley no se obliga a nadie a abortar, sino que sólo se está abriendo la posibilidad para que las mujeres que lo desean puedan hacerlo. Esas frases, de entrada, suenan abiertas y respetuosas, pero conllevan la corrupción del Derecho.
Cuando dicen que la ley, que está a punto de ser aprobada por la Asamblea de Representantes del Distrito Federal, “no obliga a nadie” a hacerlo, quizá no se dan cuenta que el Derecho no tiene como única finalidad coaccionar a los ciudadanos. El Derecho regula la vida de los ciudadanos, y debe buscar que cada uno de ellos alcance un estado de vida digno, en lo que se refiere a lo material y económico, pero sobre todo en lo moral. Las leyes buscan reforzar las conductas y actitudes que favorecen las buenas acciones de los ciudadanos, y castigan los actos que desvían a los seres humanos del objetivo de una vida buena.
Cuando una legislación aprueba o castiga un tipo de conducta, está orientando la vida práctica de los ciudadanos. Así, cuando la ley pena con cárcel a los homicidas, está buscando disuadir de matar. Entre más reprobable es una acción, o más nociva para la vida de una sociedad, recibe castigos más severos para que, al menos por temor, las personas se atrevan a cometerla.
Por esta razón, cuando una acción se despenaliza, la ley indica que esa acción ya no es mala, sino que puede ser realizada por cualquiera que cumpla con los supuestos previstos. Ciertamente una ley de este tipo “no obliga” a nadie a que lo haga, pero le dice a quien desea hacerlo que no se preocupe, porque no habrá hecho nada malo. Entonces, esa acción se convierte en el modo de vida de los ciudadanos.
La nueva ley sobre el aborto no coacciona a nadie a interrumpir la vida del no nacido, pero autoriza un nuevo modo de vida para los mexicanos. Desde ahora es la mujer la que tiene derecho a decir quién nace y quién no puede seguir viviendo. La vida humana ya no está protegida por la ley, sino que la ley misma ha dispuesto que la libertad de decidir de la madre sea superior a la vida del hijo.
En términos utilizados por el pensador alemán Federico Nieztsche, se trata de la “voluntad de poder”. La voluntad del más fuerte se convierte en ley sobre el más débil. Esa fue la divisa de Adolfo Hitler: la raza aria supuestamente superior tenía el derecho de exterminar a las razas inferiores. La aprobación legislativa del aborto será el reconocimiento de la “voluntad de poder” como modo de vida de los mexicanos. Desde ahora la propia voluntad estará por encima de la razón y del Derecho.
Lejos de llegar a un estado superior del Derecho, lejos de constituirnos como una nación de vanguardia, estamos volviendo a la época de la “ley del más fuerte”. Un Estado de Derecho busca proteger a todos sus ciudadanos y, para conseguirlo, emite leyes que están por encima de la voluntad de los particulares. Así todos son iguales ante la ley. Todos: los débiles y los poderosos, los indefensos y los agresores. Quitando la voluntad de poder de los fuertes, se combate la “ley de la selva”. Una legislación que despenaliza el aborto voluntario, está favoreciendo que haya ciudadanos que pueden decidir sobre la vida de un inocente, está estableciendo la “voluntad de poder”. Si los legisladores del Distrito Federal aprueban esta ley, democráticamente habrán acabado con el Estado de Derecho, y habrán implantado la ley del más fuerte.
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Los otros operativos antidrogas
Luis-Fernando Valdés
Continuan los operativos antinarcóticos: desde refuerzos policiacos en algunos Estados hasta expropiaciones de vecindades en la Capital del País. Pero ¿esta movilización es lo único que hay que hacer? ¿No deberían los particulares también hacer algo desde su posición en la sociedad?
Muchas veces esperamos que la solución a los problemas que afectan a nuestra Nación se solucionen con medidas tomadas por la Autoridad. Ciertamente, en un Estado de Derecho una parte importante de la responsabilidad de los problemas sociales la tiene el Gobierno. Pero esta situación no está en conflicto con la inciativa que los ciudadanos deben tener para colaborar en la superación de situaciones de injusticia. Y, en el caso de la lucha antinarcóticos, también los particulares, como destinatarios finales de la distribución de drogas, tienen su parte de responsabilidad.
La siguiente ané dota ilustra bien que los ciudadanos juegan un papel importante en el combate a las drogas. Un ingeniero hablaba con un colega, que le comentó que de vez en cuando fumaba mariguana. El ingeniero le dijo que con esta actitud le hacía daño a todo México. “Pero si a mí no se me sube, ni me pongo violento. Además, no gasto tanto y, cuando la consumo, lo hago en mi casa”, le contestó un poco molesto su compañero de trabajo. “De acuerdo –le replicó aquél–, pero recuerda que con el dinero que pagaste, los narcos compraron las balas con las que mataron al último policía”.
El consumo personal de drogas, aunque no origine ningún conflicto, como violencia o robos, siempre conlleva una responsabilidad social. Aunque se gaste poco para conseguir la dosis de estupefacientes, ese dinero será empleado para comprar armas, pagar sicarios; esas monedas contribuirán a que muchas familias sean destruidas, decenas de personas asesinadas, y a que toda una nación sea asolada por la corrupción y la violencia.
Se trata de la aplicación de un conocido principio ético, conocido como “cooperación al mal”, que señala que es moralmente mal realizar un acto que de algún modo facilite a otro cumplir una acción inmoral. Y es que la moral no puede limitarse a un punto de vista individual, sino que es necesario que las propias acciones tengan una repercusión positiva en la sociedad.
La cooperación voluntaria al mal siempre es ilícita, porque el bien de la persona humana, que tiene una dimensión social, requiere que cada uno actúe de manera que se den las condiciones favorables para el bien de los demás. La sociabilidad tiene un sentido eminentemente positivo: debe ayudar a toda persona a vivir día a día una vida honesta.
El problema del tráfico de drogas es muy complejo. Sus causas son muy variadas: desde la pobreza extrema y la desintegración familiar hasta las luchas de poder económico y político. Pero sin duda, el consumo por parte de los particulares es un factor clave, porque es el sustento monetario de este grave conflicto social. Y precisamente en este punto está una de las claves para la lucha contra el narcotráfico.
Por eso, ningún ciudadano puede pensar que, por consumir cantidades pequeñas de droga y no hacer daño a nadie, ya está justificado. Pesa una grave responsabilidad ética en cada uso de estupefacientes, porque se trata de una cooperación directa con el narco. Ninguna persona que utilice estos enervantes puede sentirse libre de responsabilidad de la violencia que asola nuestra Patria. Asumir la responsabilidad de no consumir drogas –aunque sea en pequeñas cantidades– es el otro operativo antidrogas que hace falta implementar.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Continuan los operativos antinarcóticos: desde refuerzos policiacos en algunos Estados hasta expropiaciones de vecindades en la Capital del País. Pero ¿esta movilización es lo único que hay que hacer? ¿No deberían los particulares también hacer algo desde su posición en la sociedad?
Muchas veces esperamos que la solución a los problemas que afectan a nuestra Nación se solucionen con medidas tomadas por la Autoridad. Ciertamente, en un Estado de Derecho una parte importante de la responsabilidad de los problemas sociales la tiene el Gobierno. Pero esta situación no está en conflicto con la inciativa que los ciudadanos deben tener para colaborar en la superación de situaciones de injusticia. Y, en el caso de la lucha antinarcóticos, también los particulares, como destinatarios finales de la distribución de drogas, tienen su parte de responsabilidad.
La siguiente ané dota ilustra bien que los ciudadanos juegan un papel importante en el combate a las drogas. Un ingeniero hablaba con un colega, que le comentó que de vez en cuando fumaba mariguana. El ingeniero le dijo que con esta actitud le hacía daño a todo México. “Pero si a mí no se me sube, ni me pongo violento. Además, no gasto tanto y, cuando la consumo, lo hago en mi casa”, le contestó un poco molesto su compañero de trabajo. “De acuerdo –le replicó aquél–, pero recuerda que con el dinero que pagaste, los narcos compraron las balas con las que mataron al último policía”.
El consumo personal de drogas, aunque no origine ningún conflicto, como violencia o robos, siempre conlleva una responsabilidad social. Aunque se gaste poco para conseguir la dosis de estupefacientes, ese dinero será empleado para comprar armas, pagar sicarios; esas monedas contribuirán a que muchas familias sean destruidas, decenas de personas asesinadas, y a que toda una nación sea asolada por la corrupción y la violencia.
Se trata de la aplicación de un conocido principio ético, conocido como “cooperación al mal”, que señala que es moralmente mal realizar un acto que de algún modo facilite a otro cumplir una acción inmoral. Y es que la moral no puede limitarse a un punto de vista individual, sino que es necesario que las propias acciones tengan una repercusión positiva en la sociedad.
La cooperación voluntaria al mal siempre es ilícita, porque el bien de la persona humana, que tiene una dimensión social, requiere que cada uno actúe de manera que se den las condiciones favorables para el bien de los demás. La sociabilidad tiene un sentido eminentemente positivo: debe ayudar a toda persona a vivir día a día una vida honesta.
El problema del tráfico de drogas es muy complejo. Sus causas son muy variadas: desde la pobreza extrema y la desintegración familiar hasta las luchas de poder económico y político. Pero sin duda, el consumo por parte de los particulares es un factor clave, porque es el sustento monetario de este grave conflicto social. Y precisamente en este punto está una de las claves para la lucha contra el narcotráfico.
Por eso, ningún ciudadano puede pensar que, por consumir cantidades pequeñas de droga y no hacer daño a nadie, ya está justificado. Pesa una grave responsabilidad ética en cada uso de estupefacientes, porque se trata de una cooperación directa con el narco. Ninguna persona que utilice estos enervantes puede sentirse libre de responsabilidad de la violencia que asola nuestra Patria. Asumir la responsabilidad de no consumir drogas –aunque sea en pequeñas cantidades– es el otro operativo antidrogas que hace falta implementar.
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domingo, 18 de febrero de 2007
“Turismo mortal”
Luis-Fernando Valdés
Resulta novedoso, pero ya existe una nueva modalidad para viajar. Se trata del llamado “turismo mortal”. Aunque de entrada parecería una invitación a realizar una excursión «extrema» (de muy alto riesgo) en montañas, en realidad se trata de un viaje a Suiza o a Holanda, para ingresar en hospitales donde se practica legalmente la eutanasia.
La historia de este tipo de “turismo” inicio cuando el Senado holandés aprobó en abril de 2001 la eutanasia activa, convirtiéndose en el primer país del mundo que legalizó esta práctica. Con una que ley titulada “Prueba de petición de terminación de la vida y ayuda al suicidio”, el Parlamento de ese país indicó que, en el futuro, no se podrá perseguir en los tribunales a los médicos que practiquen la eutanasia conforme a los criterios establecidos por esa ley.
La legalización de la eutanasia desembocó en un "turismo mortal", pues ahora hay viajeros de otros países que acuden a Holanda para acabar con sus vidas. En algunos países se han formado asociaciones que se dedican a organizar viajes para facilitar la eutanasia sin problemas legales ni conflictos judiciales. El "viaje a Holanda" se realiza con un riguroso cumplimiento de la ley, que raya en el fariseísmo, pues para realizar este tour es necesario aportar pruebas médicas, certificados notariales y cierta solvencia económica, puesto que el viaje comprende la asistencia hospitalaria y el funeral.
En Zurich, Suiza, existe la clínica Dignitas, bien conocida por su promoción de la eutanasia, fundada por Ludwig Minelli. Recientemente, el 27 de enero, John Elliot, que sufría de cáncer, viajó desde Australia a este hospital para recibir la eutanasia. Este caso suscitó una polémica en su país natal. Sin embargo, Minelli está haciendo una campaña en Inglaterra para conseguir que puedan acceder a la eutanasia no sólo los enfermos terminales, sino también los que padecen depresión y los que padecen trastornos mentales.
Estos hechos, protegidos por las leyes, invitan a una reflexión profunda. En el caso de la medicina, si acepta este tipo de prácticas, perderá su sentido de servicio a la vida, de ayuda a la salud, para convertirse en un instrumento de “suicidio asistido”, que es precisamente el extremo opuesto. John Wyatt, neonatólogo consultor en el University College London Hospital, al exponer su oposición a la eutanasia de recién nacidos, explicaba que «la mayoría de los doctores y profesionales de la salud creen que una vez que introduces la posibilidad de un asesinato intencional en la práctica médica, cambias la naturaleza fundamental de la medicina».
En esta reflexión también hace falta exponer una nueva visión del hombre, en la que los diversos estadios de la vida humana sean entendidos y ayudados. Desafortunadamente, en nuestra cultura parece prevalecer el pragmatismo, que justifica el empleo de cualquier medio para que el hombre prolongue su paso por las etapas más placenteras de la vida, y que acorte su estancia en los momentos de dolor. ¿No es esta concepción del hombre lo que hace que algunas personas quieran vivir como adolescente toda una vida, con miedo de llegar la edad adulta y luego a la ancianidad?
La enfermedad, el dolor, el ocaso de las facultades físicas y psicológicas son parte del camino de la existencia, y sería una peligrosa reducción sostener que sólo cuando hay plenitud de salud vale la pena vivir. Se requiere un nuevo turismo, dirigido al interior del hombre, en el que se nos enseñe a encontrar el auténtico sentido de las diversas etapas adversas de nuestra vida.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Resulta novedoso, pero ya existe una nueva modalidad para viajar. Se trata del llamado “turismo mortal”. Aunque de entrada parecería una invitación a realizar una excursión «extrema» (de muy alto riesgo) en montañas, en realidad se trata de un viaje a Suiza o a Holanda, para ingresar en hospitales donde se practica legalmente la eutanasia.
La historia de este tipo de “turismo” inicio cuando el Senado holandés aprobó en abril de 2001 la eutanasia activa, convirtiéndose en el primer país del mundo que legalizó esta práctica. Con una que ley titulada “Prueba de petición de terminación de la vida y ayuda al suicidio”, el Parlamento de ese país indicó que, en el futuro, no se podrá perseguir en los tribunales a los médicos que practiquen la eutanasia conforme a los criterios establecidos por esa ley.
La legalización de la eutanasia desembocó en un "turismo mortal", pues ahora hay viajeros de otros países que acuden a Holanda para acabar con sus vidas. En algunos países se han formado asociaciones que se dedican a organizar viajes para facilitar la eutanasia sin problemas legales ni conflictos judiciales. El "viaje a Holanda" se realiza con un riguroso cumplimiento de la ley, que raya en el fariseísmo, pues para realizar este tour es necesario aportar pruebas médicas, certificados notariales y cierta solvencia económica, puesto que el viaje comprende la asistencia hospitalaria y el funeral.
En Zurich, Suiza, existe la clínica Dignitas, bien conocida por su promoción de la eutanasia, fundada por Ludwig Minelli. Recientemente, el 27 de enero, John Elliot, que sufría de cáncer, viajó desde Australia a este hospital para recibir la eutanasia. Este caso suscitó una polémica en su país natal. Sin embargo, Minelli está haciendo una campaña en Inglaterra para conseguir que puedan acceder a la eutanasia no sólo los enfermos terminales, sino también los que padecen depresión y los que padecen trastornos mentales.
Estos hechos, protegidos por las leyes, invitan a una reflexión profunda. En el caso de la medicina, si acepta este tipo de prácticas, perderá su sentido de servicio a la vida, de ayuda a la salud, para convertirse en un instrumento de “suicidio asistido”, que es precisamente el extremo opuesto. John Wyatt, neonatólogo consultor en el University College London Hospital, al exponer su oposición a la eutanasia de recién nacidos, explicaba que «la mayoría de los doctores y profesionales de la salud creen que una vez que introduces la posibilidad de un asesinato intencional en la práctica médica, cambias la naturaleza fundamental de la medicina».
En esta reflexión también hace falta exponer una nueva visión del hombre, en la que los diversos estadios de la vida humana sean entendidos y ayudados. Desafortunadamente, en nuestra cultura parece prevalecer el pragmatismo, que justifica el empleo de cualquier medio para que el hombre prolongue su paso por las etapas más placenteras de la vida, y que acorte su estancia en los momentos de dolor. ¿No es esta concepción del hombre lo que hace que algunas personas quieran vivir como adolescente toda una vida, con miedo de llegar la edad adulta y luego a la ancianidad?
La enfermedad, el dolor, el ocaso de las facultades físicas y psicológicas son parte del camino de la existencia, y sería una peligrosa reducción sostener que sólo cuando hay plenitud de salud vale la pena vivir. Se requiere un nuevo turismo, dirigido al interior del hombre, en el que se nos enseñe a encontrar el auténtico sentido de las diversas etapas adversas de nuestra vida.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 11 de febrero de 2007
Despedida del Nuncio Apostólico
Luis-Fernando Valdés
El pasado miércoles 7 de febrero, Mons. Giuseppe Bertello, Nuncio Apostólico de Su Santidad, se despidió de nuestro País. Tras su misión de seis años, se ganó la confianza de los católicos y el respeto de los medios de comunicación. Sin embargo, quizá no es tan conocido el papel que los nuncio desempeñan. Aprovecho esta ocasión para contarles un poco de esta figura de los legados pontificios, y presentarles algunos logros del nuncio saliente.
La Santa Sede ha mantenido desde tiempos muy remotos una amplia red diplomática. Los embajadores del Vaticano ante los Estados se cuentan entre los primeros embajadores de la historia moderna. El derecho canónico actual llama “legados” a los representantes de la Santa Sede. En una primera aproximación se pueden definir a los legados pontificios como los representantes del Romano Pontífice ante las Iglesias particulares y ante el Gobierno de un Estado.
Por eso, los legados pontificios tienen ante todo la misión de fomentar los vínculos de unidad entre la Santa Sede y las Iglesias particulares (diócesis). Y esa es actualmente la principal función de los legados pontificios. También tienen la función de representar al Papa ante los diversos Estados.
Los legados pontificios, que se denominan Nuncios, Pro-nuncios y Delegados Apostólicos, son colaboradores del Papa para resolver los graves problemas concernientes a la paz, el desarrollo, la justicia. Esta es una manifestación del interés de la Iglesia por las personas y la comunidad, siguiendo la directriz del Concilio Vaticano II, que enseña que «nada hay de verdaderamente humano que no encuentre un eco en el corazón de la Iglesia, pues ella se siente íntimamente solidaria con el género humano y su historia» (Gaudium et Spes, 1).
Este interés por el hombre se reflejó en su homilía de despedida, en la que Mons. Bertello insistió en el papel que la Iglesia puede desempeñar en servicio de la sociedad mexicana. Recordó que la Iglesia no quiere ser un factor político, pero lo que sí quiere ser y hacer es impregnar el mundo del espíritu cristiano, de modo que contribuya a la construcción de una sociedad justa, de una sociedad pacífica.
Para conseguirlo, expuso, se requiere de un espíritu de fraternidad que “no puede quedarse sólo entre nosotros, es algo que debemos repartir en la sociedad, para crear una sociedad unida, para crear una sociedad que se respete, para crear una sociedad donde los derechos de los unos no vayan en contra de los derechos de los demás sino saber encontrar también lo que significa el deber, y sobre todo, una sociedad que sea solidaria”.
A lo largo de los seis años de Mons. Bertello como Nuncio papal en nuestra Patria, hay algunos hechos destacados, como la beatificación de los mártires cristeros y el Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Guadalajara en 2004. Otro momento importante de su gestión como Legado pontificio fue la erección de nuevas Provincias eclesiásticas, por parte del Papa Benedicto XVI, lo cual permite una mejor organización de la Iglesia en México. Y por lo que toca a Querétaro, durante este periodo, dos sacerdotes de esta diócesis recibieron nombramientos episcopales: Mons. Domingo Díaz, Obispo de Tuxpan (2002) y Mons. Rogelio Cabrera, fue elevado a Arzobispo de Tuxtla Gutiérrez (2006).
Al marchase, el Nuncio agradeció el gran amor que los mexicanos han demostrado por el Papa y por ser el pueblo de la Virgen de Guadalupe, y también dejó un reto para la Iglesia mexicana: la evangelización en una sociedad que cambia rápidamente.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El pasado miércoles 7 de febrero, Mons. Giuseppe Bertello, Nuncio Apostólico de Su Santidad, se despidió de nuestro País. Tras su misión de seis años, se ganó la confianza de los católicos y el respeto de los medios de comunicación. Sin embargo, quizá no es tan conocido el papel que los nuncio desempeñan. Aprovecho esta ocasión para contarles un poco de esta figura de los legados pontificios, y presentarles algunos logros del nuncio saliente.
La Santa Sede ha mantenido desde tiempos muy remotos una amplia red diplomática. Los embajadores del Vaticano ante los Estados se cuentan entre los primeros embajadores de la historia moderna. El derecho canónico actual llama “legados” a los representantes de la Santa Sede. En una primera aproximación se pueden definir a los legados pontificios como los representantes del Romano Pontífice ante las Iglesias particulares y ante el Gobierno de un Estado.
Por eso, los legados pontificios tienen ante todo la misión de fomentar los vínculos de unidad entre la Santa Sede y las Iglesias particulares (diócesis). Y esa es actualmente la principal función de los legados pontificios. También tienen la función de representar al Papa ante los diversos Estados.
Los legados pontificios, que se denominan Nuncios, Pro-nuncios y Delegados Apostólicos, son colaboradores del Papa para resolver los graves problemas concernientes a la paz, el desarrollo, la justicia. Esta es una manifestación del interés de la Iglesia por las personas y la comunidad, siguiendo la directriz del Concilio Vaticano II, que enseña que «nada hay de verdaderamente humano que no encuentre un eco en el corazón de la Iglesia, pues ella se siente íntimamente solidaria con el género humano y su historia» (Gaudium et Spes, 1).
Este interés por el hombre se reflejó en su homilía de despedida, en la que Mons. Bertello insistió en el papel que la Iglesia puede desempeñar en servicio de la sociedad mexicana. Recordó que la Iglesia no quiere ser un factor político, pero lo que sí quiere ser y hacer es impregnar el mundo del espíritu cristiano, de modo que contribuya a la construcción de una sociedad justa, de una sociedad pacífica.
Para conseguirlo, expuso, se requiere de un espíritu de fraternidad que “no puede quedarse sólo entre nosotros, es algo que debemos repartir en la sociedad, para crear una sociedad unida, para crear una sociedad que se respete, para crear una sociedad donde los derechos de los unos no vayan en contra de los derechos de los demás sino saber encontrar también lo que significa el deber, y sobre todo, una sociedad que sea solidaria”.
A lo largo de los seis años de Mons. Bertello como Nuncio papal en nuestra Patria, hay algunos hechos destacados, como la beatificación de los mártires cristeros y el Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Guadalajara en 2004. Otro momento importante de su gestión como Legado pontificio fue la erección de nuevas Provincias eclesiásticas, por parte del Papa Benedicto XVI, lo cual permite una mejor organización de la Iglesia en México. Y por lo que toca a Querétaro, durante este periodo, dos sacerdotes de esta diócesis recibieron nombramientos episcopales: Mons. Domingo Díaz, Obispo de Tuxpan (2002) y Mons. Rogelio Cabrera, fue elevado a Arzobispo de Tuxtla Gutiérrez (2006).
Al marchase, el Nuncio agradeció el gran amor que los mexicanos han demostrado por el Papa y por ser el pueblo de la Virgen de Guadalupe, y también dejó un reto para la Iglesia mexicana: la evangelización en una sociedad que cambia rápidamente.
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domingo, 4 de febrero de 2007
Los derechos de los discapacitados
Luis-Fernando Valdés
La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó, el 13 de diciembre del año pasado, la Convención sobre derechos de las personas con discapacidades, con el objetivo de mejorar el trato que recibe alrededor del 10 por ciento de la población del mundo. Este documento, que será firmado por los Estados miembros de la ONU el próximo 30 de marzo, junto con grandes beneficios contiene también importantes sombras que, paradójicamente, oscurecen los derechos que quieren salvaguardar.
El documento, adoptado por unanimidad por los 192 Estados miembros de la ONU, es el primero que propone la igualdad y respeto de los derechos de las personas discapacitadas. Además fue negociado con la mayor rapidez en la historia del derecho internacional y es el primero que surgió del cabildeo emprendido por Internet. La propuesta fue presentada en 2001 por nuestro País. Gilberto Rincón Gallardo, presidente del Consejo Nacional Contra la Discriminación, ha sido un gran impulsor de esta Convención.
Entre los aspectos positivos, que hay que elogiar, destaca el propósito de “promover, proteger y asegurar el goce pleno y en condiciones de igualdad de todos los derechos humanos y libertades fundamentales por todas las personas con discapacidad, y promover el respeto de su dignidad inherente” (Artículo 1). Además, este documento propone las medidas a favor de los discapacitados, como la de “asegurar el acceso de las personas con discapacidad, en igualdad de condiciones con las demás, al entorno físico, al transporte, la información y las comunicaciones, incluidos los sistemas y las tecnologías de la información y las comunicaciones, y a otros servicios e instalaciones abiertos al público o de uso público, tanto en zonas urbanas como rurales” (Art. 9).
Sin embargo, a pesar de que el documento afirma que “los Estados Partes reafirman el derecho inherente a la vida de todos los seres humanos y adoptarán todas las medidas necesarias para garantizar el goce efectivo de ese derecho por las personas con discapacidad en igualdad de condiciones con las demás” (Art. 10), la Convención niega este derecho fundamental al tratar sobre “salud reproductiva”. En efecto, el texto indica que los Estados “proporcionarán a las personas con discapacidad programas y atención de la salud (…) incluso en el ámbito de la salud sexual y reproductiva” (Art. 25). Pero no hay que perder de vista que la ONU incluye el aborto cuando utiliza los términos “planificación familiar” y “regulación de la fertilidad”, como ya hizo en sus “reservas y declaraciones de interpretación” en las Conferencias de El Cairo, sobre Población y Desarrollo (1994) y de Beijing, sobre la Mujer (1995).
El pasado 1 de febrero, la Santa Sede anunció que no firmaría esta Convención precisamente porque no queda a salvo el derecho a la vida de los no nacidos. El arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante la ONU, explicó que el Vaticano se opuso a la inclusión de la frase “salud reproductiva” en el Artículo 25, “porque en algunos países los servicios de salud reproductiva incluyen el aborto, negando el derecho inherente a la vida de todo ser humano”.
Es trágico que la Convención, creada para proteger los derechos de los discapacitados de toda discriminación, niegue el derecho fundamental a la vida de las personas discapacitadas no nacidas. Sin duda, la ONU ayudará mucho a la tutela jurídica de los discapacitados, pero ¿hasta cuando organizará una Convención a favor de los no nacidos, discapacitados o no?
Correo: lfvaldes@gmail.com
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La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó, el 13 de diciembre del año pasado, la Convención sobre derechos de las personas con discapacidades, con el objetivo de mejorar el trato que recibe alrededor del 10 por ciento de la población del mundo. Este documento, que será firmado por los Estados miembros de la ONU el próximo 30 de marzo, junto con grandes beneficios contiene también importantes sombras que, paradójicamente, oscurecen los derechos que quieren salvaguardar.
El documento, adoptado por unanimidad por los 192 Estados miembros de la ONU, es el primero que propone la igualdad y respeto de los derechos de las personas discapacitadas. Además fue negociado con la mayor rapidez en la historia del derecho internacional y es el primero que surgió del cabildeo emprendido por Internet. La propuesta fue presentada en 2001 por nuestro País. Gilberto Rincón Gallardo, presidente del Consejo Nacional Contra la Discriminación, ha sido un gran impulsor de esta Convención.
Entre los aspectos positivos, que hay que elogiar, destaca el propósito de “promover, proteger y asegurar el goce pleno y en condiciones de igualdad de todos los derechos humanos y libertades fundamentales por todas las personas con discapacidad, y promover el respeto de su dignidad inherente” (Artículo 1). Además, este documento propone las medidas a favor de los discapacitados, como la de “asegurar el acceso de las personas con discapacidad, en igualdad de condiciones con las demás, al entorno físico, al transporte, la información y las comunicaciones, incluidos los sistemas y las tecnologías de la información y las comunicaciones, y a otros servicios e instalaciones abiertos al público o de uso público, tanto en zonas urbanas como rurales” (Art. 9).
Sin embargo, a pesar de que el documento afirma que “los Estados Partes reafirman el derecho inherente a la vida de todos los seres humanos y adoptarán todas las medidas necesarias para garantizar el goce efectivo de ese derecho por las personas con discapacidad en igualdad de condiciones con las demás” (Art. 10), la Convención niega este derecho fundamental al tratar sobre “salud reproductiva”. En efecto, el texto indica que los Estados “proporcionarán a las personas con discapacidad programas y atención de la salud (…) incluso en el ámbito de la salud sexual y reproductiva” (Art. 25). Pero no hay que perder de vista que la ONU incluye el aborto cuando utiliza los términos “planificación familiar” y “regulación de la fertilidad”, como ya hizo en sus “reservas y declaraciones de interpretación” en las Conferencias de El Cairo, sobre Población y Desarrollo (1994) y de Beijing, sobre la Mujer (1995).
El pasado 1 de febrero, la Santa Sede anunció que no firmaría esta Convención precisamente porque no queda a salvo el derecho a la vida de los no nacidos. El arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante la ONU, explicó que el Vaticano se opuso a la inclusión de la frase “salud reproductiva” en el Artículo 25, “porque en algunos países los servicios de salud reproductiva incluyen el aborto, negando el derecho inherente a la vida de todo ser humano”.
Es trágico que la Convención, creada para proteger los derechos de los discapacitados de toda discriminación, niegue el derecho fundamental a la vida de las personas discapacitadas no nacidas. Sin duda, la ONU ayudará mucho a la tutela jurídica de los discapacitados, pero ¿hasta cuando organizará una Convención a favor de los no nacidos, discapacitados o no?
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viernes, 26 de enero de 2007
Los niños ante los medios de comunicación
Luis-Fernando Valdés
Los medios de comunicación, que son la gran maravilla de nuestro tiempo, junto con grandes oportunidades de formación académica y cultural de las familias, conllevan también ciertos dilemas morales para los padres de familia, debido al contenido de algunos programas, libros o video juegos. En ocasiones, las familias no saben con claridad qué criterios seguir cuando tienen que decidir si sus hijos deben acceder o no a esos contenidos. ¿Qué parámetros se pueden considerar para elegir correctamente?
Lo primero es considerar que hay una relación entre los niños, los medios de comunicación y la educación que se puede considerar desde dos perspectivas. Por una parte, los medios forman a los niños, y por eso se le puede exigir a los medios como industria que asuman su responsabilidad en la elaboración de contenidos. Por otra parte, los padres de familia y los educadores deben formar a los niños para responder adecuadamente a los medios, es decir, deben ayudarlos a participar de manera crítica y activa como lectores, televidentes o radioescuchas.
El papel de los padres es de vital importancia para conseguir que se despierte en los niños –y también en los jóvenes– el sano sentido crítico ante los contenidos de los medios. El uso prudente de los medios se consigue cuando los padres de familia educan la conciencia de sus hijos, es decir, cuando los forman para que sean capaces de expresar juicios serenos y objetivos sobre la bondad o malicia del contenido de los programas o de las lecturas. Y estos juicios servirán después como punto de referencia en la elección o rechazo de los programas propuestos por los medios.
La educación para el recto uso de los medios debe ser positiva. No basta enseñar lo que es malo y porqué se debe evitar. Ahí no acaba la recta formación. Hace falta presentar a los niños lo que es bello y lo que es moralmente excelente, para ayudarles a desarrollar la apreciación estética, la prudencia y la capacidad de discernimiento. En este punto, es importante reconocer el valor fundamental del ejemplo de los padres y el beneficio de introducir a los jóvenes en los clásicos de la literatura infantil, las bellas artes y la música selecta.
Hoy muchos medios privilegian la acción, lo vertiginoso, lo excitante. Y hay que retomar un parámetro fundamental, la belleza, que es como un espejo de lo divino, que inspira y vivifica los corazones y mentes jóvenes. En cambio, la experiencia muestra que la fealdad y la tosquedad tienen un impacto deprimente en las actitudes y comportamientos.
Además, la educación para el recto uso de los medios, como toda labor educativa, requiere la formación del ejercicio de la libertad. Se trata de una tarea exigente. Muy a menudo la libertad se presenta como la búsqueda frenética del placer o de nuevas experiencias. Pero más que de una liberación se trata de una condena, pues se condiciona a los jóvenes a que consuman experiencias cada vez más fuertes, orillándolos incluso a la violencia, a la degradación sexual o las drogas.
Finalmente, un argumento clave para evitar contenidos –en libros, películas, dibujos animados o video juegos– que exaltan la violencia y reflejan comportamientos antisociales o que, en nombre del entretenimiento, trivializan la sexualidad humana, consiste en vivir la solidaridad con los que sufren. ¿Cómo se podría explicar este "entretenimiento" a los innumerables jóvenes inocentes que son víctimas realmente de la violencia, de la explotación y del abuso?
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Los medios de comunicación, que son la gran maravilla de nuestro tiempo, junto con grandes oportunidades de formación académica y cultural de las familias, conllevan también ciertos dilemas morales para los padres de familia, debido al contenido de algunos programas, libros o video juegos. En ocasiones, las familias no saben con claridad qué criterios seguir cuando tienen que decidir si sus hijos deben acceder o no a esos contenidos. ¿Qué parámetros se pueden considerar para elegir correctamente?
Lo primero es considerar que hay una relación entre los niños, los medios de comunicación y la educación que se puede considerar desde dos perspectivas. Por una parte, los medios forman a los niños, y por eso se le puede exigir a los medios como industria que asuman su responsabilidad en la elaboración de contenidos. Por otra parte, los padres de familia y los educadores deben formar a los niños para responder adecuadamente a los medios, es decir, deben ayudarlos a participar de manera crítica y activa como lectores, televidentes o radioescuchas.
El papel de los padres es de vital importancia para conseguir que se despierte en los niños –y también en los jóvenes– el sano sentido crítico ante los contenidos de los medios. El uso prudente de los medios se consigue cuando los padres de familia educan la conciencia de sus hijos, es decir, cuando los forman para que sean capaces de expresar juicios serenos y objetivos sobre la bondad o malicia del contenido de los programas o de las lecturas. Y estos juicios servirán después como punto de referencia en la elección o rechazo de los programas propuestos por los medios.
La educación para el recto uso de los medios debe ser positiva. No basta enseñar lo que es malo y porqué se debe evitar. Ahí no acaba la recta formación. Hace falta presentar a los niños lo que es bello y lo que es moralmente excelente, para ayudarles a desarrollar la apreciación estética, la prudencia y la capacidad de discernimiento. En este punto, es importante reconocer el valor fundamental del ejemplo de los padres y el beneficio de introducir a los jóvenes en los clásicos de la literatura infantil, las bellas artes y la música selecta.
Hoy muchos medios privilegian la acción, lo vertiginoso, lo excitante. Y hay que retomar un parámetro fundamental, la belleza, que es como un espejo de lo divino, que inspira y vivifica los corazones y mentes jóvenes. En cambio, la experiencia muestra que la fealdad y la tosquedad tienen un impacto deprimente en las actitudes y comportamientos.
Además, la educación para el recto uso de los medios, como toda labor educativa, requiere la formación del ejercicio de la libertad. Se trata de una tarea exigente. Muy a menudo la libertad se presenta como la búsqueda frenética del placer o de nuevas experiencias. Pero más que de una liberación se trata de una condena, pues se condiciona a los jóvenes a que consuman experiencias cada vez más fuertes, orillándolos incluso a la violencia, a la degradación sexual o las drogas.
Finalmente, un argumento clave para evitar contenidos –en libros, películas, dibujos animados o video juegos– que exaltan la violencia y reflejan comportamientos antisociales o que, en nombre del entretenimiento, trivializan la sexualidad humana, consiste en vivir la solidaridad con los que sufren. ¿Cómo se podría explicar este "entretenimiento" a los innumerables jóvenes inocentes que son víctimas realmente de la violencia, de la explotación y del abuso?
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domingo, 21 de enero de 2007
El corazón de la paz
Luis-Fernando Valdés
En este año, que apenas comenzamos, todos hemos deseado que venga la paz. Ya no queremos más guerras, ni ejecuciones, ni una mujer asesinada más, ni hogares destruidos por la violencia. Pero, ¿cuál es el camino que lleva a la paz? Más aún, ¿qué podemos hacer los ciudadanos de a pie por la paz? Ésta es la vía: entender que el respeto a la persona humana es el «corazón de la paz».
Aunque parece algo muy teórico, muchas veces la paz no es respetada, porque algunas personas piensan que no ellas no están sometidas a ningún orden universal, y por eso atropellan a los demás. Sin embargo, así como el cosmos tiene unas leyes naturales, como la de la gravitación universal, de igual manera los humanos también están sometidos a una ley moral natural. Por eso, las normas éticas no han de considerarse como directrices que se imponen desde fuera, como si coartaran la libertad del hombre. Por el contrario, deben ser acogidas como una manifestación del proyecto divino universal inscrito en la naturaleza humana. Cuando los hombres reconocemos estas reglas, encontramos el sentido de respetarnos unos a otros. Aceptar estas reglas naturales que rigen la convivencia es un presupuesto fundamental para una paz auténtica.
Por otra parte, para buscar la paz, cada uno debemos respetar la dignidad de todo ser humano. Porque cada persona es libre, por su capacidad de conocer y de amar, nadie puede disponer libremente de ella, como si fuera un objeto. Así, por ejemplo, quien tiene mayor poder político, tecnológico o económico, no puede aprovecharlo para violar los derechos de los otros menos afortunados. Por eso, la paz se basa en el respeto de todos, especialmente de su derecho a la vida.
El respeto del derecho a la vida en todas sus fases establece un punto firme de importancia decisiva: la vida es un don que el sujeto no tiene a su entera disposición. La afirmación de este derecho, pone de manifiesto que existe una relación del ser humano con un Principio trascendente, que lo libera de la arbitrariedad del hombre mismo. El derecho a la vida no está sometidos al poder del hombre. La paz necesita que se establezca un límite claro entre lo que es y no es disponible: así se evitarán intromisiones inaceptables en los derechos humanos.
Sin embargo, en nuestra sociedad no se respira paz, porque nos hemos acostumbrado a ver las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo y de diversas formas de violencia, y porque no queremos reconocer que hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz? El respeto a la vida es indispensable para establecer relaciones de paz duraderas.
Además, en el origen de frecuentes tensiones que amenazan la paz se encuentran seguramente muchas desigualdades injustas que, trágicamente, subsisten en nuestra sociedad, como las que se refieren al acceso a bienes esenciales como la comida, el agua, la vivienda o la salud. Pero las peores son las desigualdades entre hombre y mujer en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales.
Ante este panorama de relativismo que no reconoce leyes morales naturales, de falta de respeto a la vida y de desigualdad, hay que gritar que el «corazón de la paz» es el respeto de la dignidad de las personas. Hago mía la enseñanza de Benedicto XVI de que sólo respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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En este año, que apenas comenzamos, todos hemos deseado que venga la paz. Ya no queremos más guerras, ni ejecuciones, ni una mujer asesinada más, ni hogares destruidos por la violencia. Pero, ¿cuál es el camino que lleva a la paz? Más aún, ¿qué podemos hacer los ciudadanos de a pie por la paz? Ésta es la vía: entender que el respeto a la persona humana es el «corazón de la paz».
Aunque parece algo muy teórico, muchas veces la paz no es respetada, porque algunas personas piensan que no ellas no están sometidas a ningún orden universal, y por eso atropellan a los demás. Sin embargo, así como el cosmos tiene unas leyes naturales, como la de la gravitación universal, de igual manera los humanos también están sometidos a una ley moral natural. Por eso, las normas éticas no han de considerarse como directrices que se imponen desde fuera, como si coartaran la libertad del hombre. Por el contrario, deben ser acogidas como una manifestación del proyecto divino universal inscrito en la naturaleza humana. Cuando los hombres reconocemos estas reglas, encontramos el sentido de respetarnos unos a otros. Aceptar estas reglas naturales que rigen la convivencia es un presupuesto fundamental para una paz auténtica.
Por otra parte, para buscar la paz, cada uno debemos respetar la dignidad de todo ser humano. Porque cada persona es libre, por su capacidad de conocer y de amar, nadie puede disponer libremente de ella, como si fuera un objeto. Así, por ejemplo, quien tiene mayor poder político, tecnológico o económico, no puede aprovecharlo para violar los derechos de los otros menos afortunados. Por eso, la paz se basa en el respeto de todos, especialmente de su derecho a la vida.
El respeto del derecho a la vida en todas sus fases establece un punto firme de importancia decisiva: la vida es un don que el sujeto no tiene a su entera disposición. La afirmación de este derecho, pone de manifiesto que existe una relación del ser humano con un Principio trascendente, que lo libera de la arbitrariedad del hombre mismo. El derecho a la vida no está sometidos al poder del hombre. La paz necesita que se establezca un límite claro entre lo que es y no es disponible: así se evitarán intromisiones inaceptables en los derechos humanos.
Sin embargo, en nuestra sociedad no se respira paz, porque nos hemos acostumbrado a ver las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo y de diversas formas de violencia, y porque no queremos reconocer que hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz? El respeto a la vida es indispensable para establecer relaciones de paz duraderas.
Además, en el origen de frecuentes tensiones que amenazan la paz se encuentran seguramente muchas desigualdades injustas que, trágicamente, subsisten en nuestra sociedad, como las que se refieren al acceso a bienes esenciales como la comida, el agua, la vivienda o la salud. Pero las peores son las desigualdades entre hombre y mujer en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales.
Ante este panorama de relativismo que no reconoce leyes morales naturales, de falta de respeto a la vida y de desigualdad, hay que gritar que el «corazón de la paz» es el respeto de la dignidad de las personas. Hago mía la enseñanza de Benedicto XVI de que sólo respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones.
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domingo, 14 de enero de 2007
¿Cómo está el mundo hoy?
Luis-Fernando Valdés
A veces nos preguntamos cómo es el mundo donde vivimos. Deseamos saber cuáles son los gozos que lo hacen más habitable, y conocer los problemas que lo afligen. Con motivo del nuevo año, hemos visto y leído resúmenes muy completos. Benedicto XVI también ofreció una visión completa de los problemas políticos y éticos del mundo de hoy. Les presento un resumen parcial del análisis realizado por el Papa.
El cuadro que el Pontífice presenta es rico en luces y sombras, aunque desafortunadamente lo obscuro abarca un parte grande del panorama. Entre los aspectos positivos del año que culminó, el Santo Padre destaca la creciente toma de conciencia sobre la importancia del diálogo entre las culturas y entre las religiones. Este diálogo es importante, porque «se trata de una necesidad vital, concretamente ante los retos comunes que afectan a la familia y a la sociedad». Otro elemento importante es el esfuerzo común de muchos países para la erradicación de la miseria, aunque –señala el Papa– se requiere que estos programas se amplíen, y que haya una «toma de conciencia sobre la importancia de la lucha contra la corrupción y la promoción de la buena administración».
Entre los retos que presenta el nuevo año, Benedicto XVI invita a mirar a los millones de personas, especialmente mujeres y niños, que carecen de agua, comida y vivienda. Expresa que «el escándalo del hambre, que tiende a agravarse, es inaceptable en un mundo que dispone de bienes, de conocimientos y de medios para subsanarlo». Por eso, nos recuerda «la urgencia de corregir los modelos de crecimiento que parecen incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente y un desarrollo humano integral para hoy y sobre todo para el futuro».
En cuanto a los países pobres, el Papa invita «a los Responsables de las Naciones más ricas a tomar las iniciativas necesarias para que los países pobres puedan beneficiarse de los frutos de sus propios bienes». Y exhorta a la continuación y la aceleración del proceso de anulación y reducción de la deuda de los países más pobres, sin imponer medidas perjudiciales para las poblaciones más vulnerables.
Luego el Santo Padre denuncia los continuos atentados a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural. Así, en África, se intenta trivializar el aborto por medio del Protocolo de Maputo. Añade el Romano Pontífice que hay amenazas contra la estructura natural de la familia, fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, así como los intentos de relativizarla dándole el mismo estatuto que a otras formas de unión radicalmente diferentes. Explica que «todo esto ofende la familia y contribuye a desestabilizarla, violando su carácter específico y su papel social único».
Y entre las crisis humanitarias, el Pontífice señala la migración. Explica que «es ilusorio pensar que los fenómenos migratorios puedan ser bloqueados o controlados simplemente por la fuerza. Las migraciones y los problemas que crean deben afrontarse con humanidad, justicia y compasión».
Esta visión del mundo actual que presenta el Papa es importante no sólo por la autoridad moral de su Autor, sino también porque muestra el interés de la Iglesia por los grandes problemas sociales, y ofrece unas pautas éticas para que se negocien las posibles soluciones. Este informe es una clara muestra de que los cristianos están llamados no sólo a la vida eterna, sino también a transformar activamente el mundo en que vivimos, para que sea un lugar de verdadero amor, de justicia, de solidaridad y de paz.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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A veces nos preguntamos cómo es el mundo donde vivimos. Deseamos saber cuáles son los gozos que lo hacen más habitable, y conocer los problemas que lo afligen. Con motivo del nuevo año, hemos visto y leído resúmenes muy completos. Benedicto XVI también ofreció una visión completa de los problemas políticos y éticos del mundo de hoy. Les presento un resumen parcial del análisis realizado por el Papa.
El cuadro que el Pontífice presenta es rico en luces y sombras, aunque desafortunadamente lo obscuro abarca un parte grande del panorama. Entre los aspectos positivos del año que culminó, el Santo Padre destaca la creciente toma de conciencia sobre la importancia del diálogo entre las culturas y entre las religiones. Este diálogo es importante, porque «se trata de una necesidad vital, concretamente ante los retos comunes que afectan a la familia y a la sociedad». Otro elemento importante es el esfuerzo común de muchos países para la erradicación de la miseria, aunque –señala el Papa– se requiere que estos programas se amplíen, y que haya una «toma de conciencia sobre la importancia de la lucha contra la corrupción y la promoción de la buena administración».
Entre los retos que presenta el nuevo año, Benedicto XVI invita a mirar a los millones de personas, especialmente mujeres y niños, que carecen de agua, comida y vivienda. Expresa que «el escándalo del hambre, que tiende a agravarse, es inaceptable en un mundo que dispone de bienes, de conocimientos y de medios para subsanarlo». Por eso, nos recuerda «la urgencia de corregir los modelos de crecimiento que parecen incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente y un desarrollo humano integral para hoy y sobre todo para el futuro».
En cuanto a los países pobres, el Papa invita «a los Responsables de las Naciones más ricas a tomar las iniciativas necesarias para que los países pobres puedan beneficiarse de los frutos de sus propios bienes». Y exhorta a la continuación y la aceleración del proceso de anulación y reducción de la deuda de los países más pobres, sin imponer medidas perjudiciales para las poblaciones más vulnerables.
Luego el Santo Padre denuncia los continuos atentados a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural. Así, en África, se intenta trivializar el aborto por medio del Protocolo de Maputo. Añade el Romano Pontífice que hay amenazas contra la estructura natural de la familia, fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, así como los intentos de relativizarla dándole el mismo estatuto que a otras formas de unión radicalmente diferentes. Explica que «todo esto ofende la familia y contribuye a desestabilizarla, violando su carácter específico y su papel social único».
Y entre las crisis humanitarias, el Pontífice señala la migración. Explica que «es ilusorio pensar que los fenómenos migratorios puedan ser bloqueados o controlados simplemente por la fuerza. Las migraciones y los problemas que crean deben afrontarse con humanidad, justicia y compasión».
Esta visión del mundo actual que presenta el Papa es importante no sólo por la autoridad moral de su Autor, sino también porque muestra el interés de la Iglesia por los grandes problemas sociales, y ofrece unas pautas éticas para que se negocien las posibles soluciones. Este informe es una clara muestra de que los cristianos están llamados no sólo a la vida eterna, sino también a transformar activamente el mundo en que vivimos, para que sea un lugar de verdadero amor, de justicia, de solidaridad y de paz.
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domingo, 7 de enero de 2007
Hussein y los otros ahorcados
Luis-Fernando Valdés
Cerramos el año 2006 con el macabro espectáculo de la muerte del ex dictador iraquí Sadam Hussein. Ciertamente fue juzgado por un tribunal local, y fue encontrado culpable de duros cargos, como el homicidio, pero la legalidad de la ejecución de este hombre no responde a todas las cuestiones que el castigo capital suscita. ¿Se justifica la pena de muerte por el hecho de ser emanada de una sentencia de un tribunal legítimamente constituido? ¿Se vale matar porque lo autoriza un juez?
Es probable que algunas personas consideren que la pena capital aplicada a Hussein está justificada. Seguramente se basan en que se trató de un juicio legal y en que se estaba castigando una serie de verdaderos delitos contra inocentes. Sin embargo, el punto central de discusión no consiste en la “legalidad” del proceso judicial, sino en el “origen de la vida”.
La vida humana es el fundamento de todos los derechos humanos. Hoy día, a veces resulta difícil entender que la autonomía del ser humano tiene límites. Y la vida es uno de ellos, porque el hombre no se da la vida a sí mismo, sino que la recibe sin ser consultado. La vida es un don, un regalo, que –paradójicamente– se “tiene que” recibir, y se debe conservar hasta el último momento de su ocaso natural. Quizá no es sencillo comprenderlo, pero el hombre no tiene derecho sobre la vida de nadie: ni la suya, ni la de un inocente… ni la de un culpable.
Por eso, a un reo se le puede condenar con la confiscación de sus bienes económicos e inmuebles, se le puede privar del ejercicio de algunos de sus derechos civiles, como la libertad de movimiento. Pero no se puede ordenar que un culpable sea privado de algo que está por encima de él, como es su propia vida. Cuando un tribunal se adjudica el derecho de disponer de la vida humana, se está poniendo en el papel que sólo le corresponde a Dios. Sólo Dios es el dueño de la vida.
La Iglesia se opone a la pena de muerte. Juan Pablo II tanto en su Magisterio, como la Encíclica “Evangelium vitae” (nn. 27 y 56), aboga por el “respeto de toda vida, incluida la del reo y la del agresor injusto”. Y un día antes de que Sadam Hussein fuera llevado a la horca, el Cardenal Renato Martino, Prefecto del organismo vaticano que promueve la Justicia y la Paz, declaró que esta ejecución castigaría “un crimen con otro crimen”, y añadió que “la pena de muerte no es una muerte natural. Y nadie puede dar muerte, ni siquiera el estado”.
Por otra parte, la muerte de Hussein tomó un rol mediático. En tiempo casi real, empezaron a circular imágenes del ex dictador en el patíbulo. Rápidamente se triavializó un homicidio. Pensemos en cuántos niños vieron las fotos y los videos de su muerte. Esto fue un paso atrás en la instauración de una “cultura de la vida”: ver a un ejecutado ya es algo casi sin importancia, y eso es lo que se transmite a las nuevas generaciones.
Además, Iraq está sufriendo por la división del país, entre partidarios y opositores a Hussein. Esta grave separación impide la pacificación de esa nación. Castigar de esta manera al ex mandatario, lejos de fomentar la unidad y la paz, sembró más violencia y más rencor.
Nada justifica los crímenes cometidos por Hussein. Nadie devolverá la vida a las víctimas asesinadas durante la dictadura del ex mandatario iraquí. Pero tampoco la pena capital arregla la situación. La horca es un efímero sustitutivo de la verdadera justicia. En la misma la soga que quitó la vida a Hussein quedó colgada la reconciliación de los iraquíes. Junto con el tirano fue ahorcada la cultura de la vida.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Cerramos el año 2006 con el macabro espectáculo de la muerte del ex dictador iraquí Sadam Hussein. Ciertamente fue juzgado por un tribunal local, y fue encontrado culpable de duros cargos, como el homicidio, pero la legalidad de la ejecución de este hombre no responde a todas las cuestiones que el castigo capital suscita. ¿Se justifica la pena de muerte por el hecho de ser emanada de una sentencia de un tribunal legítimamente constituido? ¿Se vale matar porque lo autoriza un juez?
Es probable que algunas personas consideren que la pena capital aplicada a Hussein está justificada. Seguramente se basan en que se trató de un juicio legal y en que se estaba castigando una serie de verdaderos delitos contra inocentes. Sin embargo, el punto central de discusión no consiste en la “legalidad” del proceso judicial, sino en el “origen de la vida”.
La vida humana es el fundamento de todos los derechos humanos. Hoy día, a veces resulta difícil entender que la autonomía del ser humano tiene límites. Y la vida es uno de ellos, porque el hombre no se da la vida a sí mismo, sino que la recibe sin ser consultado. La vida es un don, un regalo, que –paradójicamente– se “tiene que” recibir, y se debe conservar hasta el último momento de su ocaso natural. Quizá no es sencillo comprenderlo, pero el hombre no tiene derecho sobre la vida de nadie: ni la suya, ni la de un inocente… ni la de un culpable.
Por eso, a un reo se le puede condenar con la confiscación de sus bienes económicos e inmuebles, se le puede privar del ejercicio de algunos de sus derechos civiles, como la libertad de movimiento. Pero no se puede ordenar que un culpable sea privado de algo que está por encima de él, como es su propia vida. Cuando un tribunal se adjudica el derecho de disponer de la vida humana, se está poniendo en el papel que sólo le corresponde a Dios. Sólo Dios es el dueño de la vida.
La Iglesia se opone a la pena de muerte. Juan Pablo II tanto en su Magisterio, como la Encíclica “Evangelium vitae” (nn. 27 y 56), aboga por el “respeto de toda vida, incluida la del reo y la del agresor injusto”. Y un día antes de que Sadam Hussein fuera llevado a la horca, el Cardenal Renato Martino, Prefecto del organismo vaticano que promueve la Justicia y la Paz, declaró que esta ejecución castigaría “un crimen con otro crimen”, y añadió que “la pena de muerte no es una muerte natural. Y nadie puede dar muerte, ni siquiera el estado”.
Por otra parte, la muerte de Hussein tomó un rol mediático. En tiempo casi real, empezaron a circular imágenes del ex dictador en el patíbulo. Rápidamente se triavializó un homicidio. Pensemos en cuántos niños vieron las fotos y los videos de su muerte. Esto fue un paso atrás en la instauración de una “cultura de la vida”: ver a un ejecutado ya es algo casi sin importancia, y eso es lo que se transmite a las nuevas generaciones.
Además, Iraq está sufriendo por la división del país, entre partidarios y opositores a Hussein. Esta grave separación impide la pacificación de esa nación. Castigar de esta manera al ex mandatario, lejos de fomentar la unidad y la paz, sembró más violencia y más rencor.
Nada justifica los crímenes cometidos por Hussein. Nadie devolverá la vida a las víctimas asesinadas durante la dictadura del ex mandatario iraquí. Pero tampoco la pena capital arregla la situación. La horca es un efímero sustitutivo de la verdadera justicia. En la misma la soga que quitó la vida a Hussein quedó colgada la reconciliación de los iraquíes. Junto con el tirano fue ahorcada la cultura de la vida.
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domingo, 31 de diciembre de 2006
Propósitos para el 2007
Luis-Fernando Valdés
Está llegando el fin de año. Muchos se apresuran a hacer las últimas compras para el festejo de esta noche. Otros más se alistan para formular los propósitos para el nuevo periodo del calendario. Mientras los primeros tienen productos para escoger entre el sin fin de ofertas de un supermercado, los segundos quizá suelen batallar más para encontrar unas metas que orienten sus esfuerzos del próximo año. Para ayudar a estos últimos consumidores, hoy les ofrezco un repertorio de propósitos para que elijan el que más se acomode a su jerarquía de valores.
“Propósitos saludables”. Se trata de intentar ganar hábitos que ayuden a mejorar su salud corporal y su condición física. Muy loables. Pero los platillos de nochevieja y el frío de enero no son siempre buenos estímulos para empezar.
“Propósitos estéticos”. Parecidos a los anteriores, estas formulaciones buscan el objetivo de tener una forma corporal atractiva. Se combinan dietas bajas en grasas y asistencia frecuente al gimnasio. A pesar del frío, el deseo de verse bien puede ser un motivo poderoso para poner estas resoluciones en marcha.
Los anteriores son quizá los más frecuentes. Los que se presentan a continuación buscan que ensanchemos nuestras miras y recordemos que también tenemos la responsabilidad de cultivar nuestros aspectos sociales y espirituales.
“Propósitos académicos”. El estudio es la gran oportunidad que tenemos todos de mostrar que valoramos a nuestro País. Cuando un alumno se esfuerza por obtener buenas notas, no sólo gana él, sino que beneficia a toda la Nación, porque sube el nivel intelectual nacional. En sentido estricto, se podría afirmar que, para cada alumno estudiar es una obligación fuerte, de la que tiene que dar cuentas a todos los ciudadanos. Ojalá muchos se planteen ser cumplidos con sus tareas y exámenes.
“Propósitos de honestidad”. Así como hay personas que tienen una salud muy precaria por el tabaquismo, y más que un propósito requieren un tratamiento especial para desarraigar su mal hábito, de igual manera nuestra sociedad mexicana está asfixiada de corrupción, y se requiere de algo más que un deseo genérico. Ojalá este año dejemos de consumir productos piratas, de acortar trámites con sobornos ( “mordidas”), de copiar calificaciones, de ofrecer productos sin calidad.
“Propósitos de paz”. La paz social, que nuestra Patria exige, no surge de frases bonitas ni de discursos vacíos. Esa soñada paz vendrá cuando cada uno la tengamos en nuestras conciencias. Pero nos alimentamos de violencia. ¿Cuántos homicidios vio usted en las películas que vio durante este año que hoy acaba? ¿Cuántas horas de video juegos violentos jugaron sus hijos? Por aquí vendría bien generar algunas metas.
Pero la paz exige un esfuerzo mayor, pues requiere de un proceso de reconciliación. Es decir, que se requiere de que haya uno que pida perdón primero, y que otro también pida disculpas, pues en los grandes y en los pequeños conflictos. Estos son los mejores propósitos: disculparse y aceptar las disculpas de nuestros seres queridos, acabar con los rencores acumulados hacia los vecinos, los amigos y colegas.
La honestidad y la paz son más difíciles que vivir una dieta o levantarse a correr. Si dejar de comer requiere algo más que buena voluntad, evitar la corrupción y la violencia no se puede sin la recurrir a la vida espiritual. Es justo es estos temas, cuando “palpamos” la necesidad de acudir a Dios. Lo invito a volver a Dios, si de él se encuentra lejos: es el mejor de los propósitos, el “espiritual”.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Está llegando el fin de año. Muchos se apresuran a hacer las últimas compras para el festejo de esta noche. Otros más se alistan para formular los propósitos para el nuevo periodo del calendario. Mientras los primeros tienen productos para escoger entre el sin fin de ofertas de un supermercado, los segundos quizá suelen batallar más para encontrar unas metas que orienten sus esfuerzos del próximo año. Para ayudar a estos últimos consumidores, hoy les ofrezco un repertorio de propósitos para que elijan el que más se acomode a su jerarquía de valores.
“Propósitos saludables”. Se trata de intentar ganar hábitos que ayuden a mejorar su salud corporal y su condición física. Muy loables. Pero los platillos de nochevieja y el frío de enero no son siempre buenos estímulos para empezar.
“Propósitos estéticos”. Parecidos a los anteriores, estas formulaciones buscan el objetivo de tener una forma corporal atractiva. Se combinan dietas bajas en grasas y asistencia frecuente al gimnasio. A pesar del frío, el deseo de verse bien puede ser un motivo poderoso para poner estas resoluciones en marcha.
Los anteriores son quizá los más frecuentes. Los que se presentan a continuación buscan que ensanchemos nuestras miras y recordemos que también tenemos la responsabilidad de cultivar nuestros aspectos sociales y espirituales.
“Propósitos académicos”. El estudio es la gran oportunidad que tenemos todos de mostrar que valoramos a nuestro País. Cuando un alumno se esfuerza por obtener buenas notas, no sólo gana él, sino que beneficia a toda la Nación, porque sube el nivel intelectual nacional. En sentido estricto, se podría afirmar que, para cada alumno estudiar es una obligación fuerte, de la que tiene que dar cuentas a todos los ciudadanos. Ojalá muchos se planteen ser cumplidos con sus tareas y exámenes.
“Propósitos de honestidad”. Así como hay personas que tienen una salud muy precaria por el tabaquismo, y más que un propósito requieren un tratamiento especial para desarraigar su mal hábito, de igual manera nuestra sociedad mexicana está asfixiada de corrupción, y se requiere de algo más que un deseo genérico. Ojalá este año dejemos de consumir productos piratas, de acortar trámites con sobornos ( “mordidas”), de copiar calificaciones, de ofrecer productos sin calidad.
“Propósitos de paz”. La paz social, que nuestra Patria exige, no surge de frases bonitas ni de discursos vacíos. Esa soñada paz vendrá cuando cada uno la tengamos en nuestras conciencias. Pero nos alimentamos de violencia. ¿Cuántos homicidios vio usted en las películas que vio durante este año que hoy acaba? ¿Cuántas horas de video juegos violentos jugaron sus hijos? Por aquí vendría bien generar algunas metas.
Pero la paz exige un esfuerzo mayor, pues requiere de un proceso de reconciliación. Es decir, que se requiere de que haya uno que pida perdón primero, y que otro también pida disculpas, pues en los grandes y en los pequeños conflictos. Estos son los mejores propósitos: disculparse y aceptar las disculpas de nuestros seres queridos, acabar con los rencores acumulados hacia los vecinos, los amigos y colegas.
La honestidad y la paz son más difíciles que vivir una dieta o levantarse a correr. Si dejar de comer requiere algo más que buena voluntad, evitar la corrupción y la violencia no se puede sin la recurrir a la vida espiritual. Es justo es estos temas, cuando “palpamos” la necesidad de acudir a Dios. Lo invito a volver a Dios, si de él se encuentra lejos: es el mejor de los propósitos, el “espiritual”.
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domingo, 24 de diciembre de 2006
El auténtico sentido de la Navidad
Luis-Fernando Valdés
Con gran alegría, iniciamos hoy los festejos de la Navidad. Se trata de una festividad cristiana, que en su origen tiene un carácter religioso. Conmemoramos que el Hijo de Dios, sin dejar su condición divina, se ha hecho ser humano como nosotros. Pero ¿este sentido religioso de la Navidad sigue siendo válido hoy día?
Parecería que el sentido espiritual de esta fiesta hubiera sido desplazado por un carácter meramente social. La Navidad se ha convertido quizá en una fecha entrañable para muchas personas, solamente porque es motivo de reuniones familiares y de intercambio de regalos. Sin embargo, es espiritual el sentido de esta convivencia.
«Noche de paz, noche de amor». Así es descrita la Navidad por un popular villancico, que canta que posible conseguir esa paz y ese amor, porque celebramos que ha nacido el Único que es capaz de darnos la tranquilidad anhelada y el cariño verdadero. La alegría profunda de este día consiste en que Jesús de Nazaret descubre la presencia única de Dios entre nosotros. En Cristo resplandece la cercanía de Dios, porque «en él habita corporalmente la plenitud de la divinidad» (Colosenses 2, 9).
Al mismo tiempo, en Cristo adquiere sentido la vida del hombre. La figura de Jesús Nazareno interpela a cada hombre y a cada mujer, porque su persona y su vida son portadoras de sentido: en Él, el hombre descubre a Dios y se descubre a sí mismo. Sólo en Cristo, los aspectos centrales de la existencia humana adquieren sentido. Las acciones y las palabras de Jesús resuelven el «para qué» de nuestra relación con los demás, el sentido del trabajo, la finalidad de la libertad, la razón de la esperanza y el sentido de la historia. Sólo en Él hay una explicación a la soledad, a la presencia del mal, del dolor y de la muerte.
Pero para encontrar personalmente el sentido a la vida, hace falta que cada uno «abra su corazón» a Cristo. Es decir, se trata tener un encuentro personal con Jesús, que consiste en preguntarse si Jesús de Nazaret es digno de ser creído. Y para eso se requiere la disposición interior de aceptar a ese «Otro», de dejar que sus palabras sean la guía de nuestras vidas, y de que sus acciones sean la medida de las nuestras.
Celebrar la Navidad y no tomar en cuenta los hechos y los dichos de Jesús sería una contradicción. El festejo auténtico consiste en imitar a Cristo, a quien hoy celebramos. Si Jesús predicó perdonar a los enemigos (Mateo 5, 44) y dio ejemplo de perdonar a los verdugos que lo crucificaron (Lucas 23, 34), ¿cómo podemos celebrar su natalicio sin antes perdonar a los que nos hicieron el mal?
Cristo predicó que Dios es un Padre rico en misericordia (Lucas 15, 11). Sólo Jesús sabe lo que hay en el corazón del hombre, y conoce que junto con nuestros sinceros deseos de ser mejores personas, conviven las miserias más vergonzosas. Y, se hizo hombre para perdonarnos y levantarnos. ¿Cómo celebrar sinceramente la Navidad, sin recurrir al perdón de Dios?
El aspecto espiritual de la Navidad es actual, porque sólo Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre, puede dar sentido a nuestra vida. La auténtica paz y el amor verdadero proceden de un corazón que se deja interpelar por el ejemplo y el mensaje de Cristo. Por eso, para que mañana sea una jornada de festejos, es necesario que hoy sea un tiempo de reflexión personal: ¿dejo entrar en mi vida al Salvador? ¿estoy dispuesto a adaptar mi modo de ser a sus enseñanzas?
De todo corazón, les deseo a todos los lectores una Santa Navidad llena de Dios.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Con gran alegría, iniciamos hoy los festejos de la Navidad. Se trata de una festividad cristiana, que en su origen tiene un carácter religioso. Conmemoramos que el Hijo de Dios, sin dejar su condición divina, se ha hecho ser humano como nosotros. Pero ¿este sentido religioso de la Navidad sigue siendo válido hoy día?
Parecería que el sentido espiritual de esta fiesta hubiera sido desplazado por un carácter meramente social. La Navidad se ha convertido quizá en una fecha entrañable para muchas personas, solamente porque es motivo de reuniones familiares y de intercambio de regalos. Sin embargo, es espiritual el sentido de esta convivencia.
«Noche de paz, noche de amor». Así es descrita la Navidad por un popular villancico, que canta que posible conseguir esa paz y ese amor, porque celebramos que ha nacido el Único que es capaz de darnos la tranquilidad anhelada y el cariño verdadero. La alegría profunda de este día consiste en que Jesús de Nazaret descubre la presencia única de Dios entre nosotros. En Cristo resplandece la cercanía de Dios, porque «en él habita corporalmente la plenitud de la divinidad» (Colosenses 2, 9).
Al mismo tiempo, en Cristo adquiere sentido la vida del hombre. La figura de Jesús Nazareno interpela a cada hombre y a cada mujer, porque su persona y su vida son portadoras de sentido: en Él, el hombre descubre a Dios y se descubre a sí mismo. Sólo en Cristo, los aspectos centrales de la existencia humana adquieren sentido. Las acciones y las palabras de Jesús resuelven el «para qué» de nuestra relación con los demás, el sentido del trabajo, la finalidad de la libertad, la razón de la esperanza y el sentido de la historia. Sólo en Él hay una explicación a la soledad, a la presencia del mal, del dolor y de la muerte.
Pero para encontrar personalmente el sentido a la vida, hace falta que cada uno «abra su corazón» a Cristo. Es decir, se trata tener un encuentro personal con Jesús, que consiste en preguntarse si Jesús de Nazaret es digno de ser creído. Y para eso se requiere la disposición interior de aceptar a ese «Otro», de dejar que sus palabras sean la guía de nuestras vidas, y de que sus acciones sean la medida de las nuestras.
Celebrar la Navidad y no tomar en cuenta los hechos y los dichos de Jesús sería una contradicción. El festejo auténtico consiste en imitar a Cristo, a quien hoy celebramos. Si Jesús predicó perdonar a los enemigos (Mateo 5, 44) y dio ejemplo de perdonar a los verdugos que lo crucificaron (Lucas 23, 34), ¿cómo podemos celebrar su natalicio sin antes perdonar a los que nos hicieron el mal?
Cristo predicó que Dios es un Padre rico en misericordia (Lucas 15, 11). Sólo Jesús sabe lo que hay en el corazón del hombre, y conoce que junto con nuestros sinceros deseos de ser mejores personas, conviven las miserias más vergonzosas. Y, se hizo hombre para perdonarnos y levantarnos. ¿Cómo celebrar sinceramente la Navidad, sin recurrir al perdón de Dios?
El aspecto espiritual de la Navidad es actual, porque sólo Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre, puede dar sentido a nuestra vida. La auténtica paz y el amor verdadero proceden de un corazón que se deja interpelar por el ejemplo y el mensaje de Cristo. Por eso, para que mañana sea una jornada de festejos, es necesario que hoy sea un tiempo de reflexión personal: ¿dejo entrar en mi vida al Salvador? ¿estoy dispuesto a adaptar mi modo de ser a sus enseñanzas?
De todo corazón, les deseo a todos los lectores una Santa Navidad llena de Dios.
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domingo, 17 de diciembre de 2006
Premian a defensores de migrantes
Luis-Fernando Valdés
El pasado martes 12 de este mes, el Presidente Felipe Calderón entregó el Premio Nacional de Derechos Humanos 2006 a la abogada estadounidense de origen mexicano Isabel García y al reverendo norteamericano Robin Hoover, quienes ayudan a los inmigrantes en Arizona (EEUU), así como al sacerdote católico italiano Florenzo Rigoni, quien socorre a los indocumentados en la frontera de México con Guatemala. Estos reconocimientos por parte del Estado Mexicano son una señal de que los problemas de los derechos de los migrantes en la frontera sur de nuestro País son tan graves como los de la frontera norte. Ambos casos reclaman más solidaridad y más justicia.
Esa solidaridad no puede provenir únicamente del sector público. También los particulares deben prestar su ayuda a los que sufren por salir de su país. Este es el caso del Padre Florenzo Rigoni, quien desde hace 10 años mantiene un albergue en Tapachula, Chiapas, al que llegan mujeres y hombres centroamericanos que pretenden escapar de la pobreza en sus países. El P. Rigoni, que en nuestra Patria adoptó el nombre de Flor María, los recibe en este refugio para que tomen aliento y decidan continuar su camino o regresar. Este sacerdote forma parte de la Congregación de los Misioneros de San Carlos Scalabrinianos, que es una comunidad internacional de religiosos, hermanos y sacerdotes, fundada en Italia en 1987 por el beato Juan Bautista Scalabrini, y cuya misión consiste en ayudar a los migrantes.
Por su parte, la abogada García Gámez se ha dedicado por años a proteger en Arizona los derechos de miles de migrantes mexicanos y centroamericanos, principalmente, denunciando abusos y atropellos y dándoles orientación jurídica. Mientras que el Revdo. Hoover y la Organización “Humane Bordeas” se dedican a otorgar ayuda humanitaria a quienes arriesgan su vida al intentar cruzar el desierto de Arizona.
En el panorama de la migración hacia nuestro País, hay unos tonos muy oscuros de corrupción y de violencia. El P. Rigoni, en una entrevista a “El Universal”, contaba la dura experiencia de atender a mujeres atacadas y ultrajadas en los caminos. Pero en este cuadro también brilla un claro fondo cristiano. Movidos por la fe en Cristo, muchos hombres y mujeres, ayudados por otros tantos quizá no creyentes, dedican su vida a ayudar a los migrantes.
Así, al recibir el Premio, el religioso italiano expresó ante el Presidente Calderón que “el derecho, la ayuda humanitaria, la religión, la solidaridad se encuentran sellados, sellando mujeres y hombres de buena voluntad que queremos construir juntos un arcoiris de paz y de convivencia”. Por su parte, el Primer Mandatario señaló que se estaba reconociendo la labor de "unos buenos samaritanos que han ayudado a quienes no conocen. Me solidarizo y me adhiero a quienes se oponen a los intentos de considerar como un crimen la búsqueda de oportunidades de trabajo, y no aceptamos que se pretenda dar un trato de delincuentes a gente honesta y trabajadora".
Estos Premios de Derechos Humanos son una señal de que aún nos falta aprender a vivir la solidaridad con los migrantes. Y el ejemplo de estos galardonados es una muestra de que la fe religiosa es impulso poderoso para luchar contra la injusticia y para aliviar el sufrimiento de los hermanos que salen de sus naciones, en busca de mejores oportunidades. Para un creyente no cabe la indiferencia ante el dolor de los migrantes. Ha llegado ya la hora de mirar a la frontera sur, para exigir respeto hacia los migrantes que vienen a nuestra Nación.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El pasado martes 12 de este mes, el Presidente Felipe Calderón entregó el Premio Nacional de Derechos Humanos 2006 a la abogada estadounidense de origen mexicano Isabel García y al reverendo norteamericano Robin Hoover, quienes ayudan a los inmigrantes en Arizona (EEUU), así como al sacerdote católico italiano Florenzo Rigoni, quien socorre a los indocumentados en la frontera de México con Guatemala. Estos reconocimientos por parte del Estado Mexicano son una señal de que los problemas de los derechos de los migrantes en la frontera sur de nuestro País son tan graves como los de la frontera norte. Ambos casos reclaman más solidaridad y más justicia.
Esa solidaridad no puede provenir únicamente del sector público. También los particulares deben prestar su ayuda a los que sufren por salir de su país. Este es el caso del Padre Florenzo Rigoni, quien desde hace 10 años mantiene un albergue en Tapachula, Chiapas, al que llegan mujeres y hombres centroamericanos que pretenden escapar de la pobreza en sus países. El P. Rigoni, que en nuestra Patria adoptó el nombre de Flor María, los recibe en este refugio para que tomen aliento y decidan continuar su camino o regresar. Este sacerdote forma parte de la Congregación de los Misioneros de San Carlos Scalabrinianos, que es una comunidad internacional de religiosos, hermanos y sacerdotes, fundada en Italia en 1987 por el beato Juan Bautista Scalabrini, y cuya misión consiste en ayudar a los migrantes.
Por su parte, la abogada García Gámez se ha dedicado por años a proteger en Arizona los derechos de miles de migrantes mexicanos y centroamericanos, principalmente, denunciando abusos y atropellos y dándoles orientación jurídica. Mientras que el Revdo. Hoover y la Organización “Humane Bordeas” se dedican a otorgar ayuda humanitaria a quienes arriesgan su vida al intentar cruzar el desierto de Arizona.
En el panorama de la migración hacia nuestro País, hay unos tonos muy oscuros de corrupción y de violencia. El P. Rigoni, en una entrevista a “El Universal”, contaba la dura experiencia de atender a mujeres atacadas y ultrajadas en los caminos. Pero en este cuadro también brilla un claro fondo cristiano. Movidos por la fe en Cristo, muchos hombres y mujeres, ayudados por otros tantos quizá no creyentes, dedican su vida a ayudar a los migrantes.
Así, al recibir el Premio, el religioso italiano expresó ante el Presidente Calderón que “el derecho, la ayuda humanitaria, la religión, la solidaridad se encuentran sellados, sellando mujeres y hombres de buena voluntad que queremos construir juntos un arcoiris de paz y de convivencia”. Por su parte, el Primer Mandatario señaló que se estaba reconociendo la labor de "unos buenos samaritanos que han ayudado a quienes no conocen. Me solidarizo y me adhiero a quienes se oponen a los intentos de considerar como un crimen la búsqueda de oportunidades de trabajo, y no aceptamos que se pretenda dar un trato de delincuentes a gente honesta y trabajadora".
Estos Premios de Derechos Humanos son una señal de que aún nos falta aprender a vivir la solidaridad con los migrantes. Y el ejemplo de estos galardonados es una muestra de que la fe religiosa es impulso poderoso para luchar contra la injusticia y para aliviar el sufrimiento de los hermanos que salen de sus naciones, en busca de mejores oportunidades. Para un creyente no cabe la indiferencia ante el dolor de los migrantes. Ha llegado ya la hora de mirar a la frontera sur, para exigir respeto hacia los migrantes que vienen a nuestra Nación.
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domingo, 10 de diciembre de 2006
La Guadalupana, 475 años después
Luis-Fernando Valdés
El próximo marte nuestro País estará de júbilo por el 475 aniversario de las apariciones de la Virgen de Guadalupe. Millones acudirán a la Basílica, y otros tantos más lo celebraremos en nuestras ciudades. Esta milagrosa Imagen es un símbolo importante de nuestra historia nacional, pero ¿cuántos creyentes son concientes del verdadero significado de la Guadalupana? ¿en cuántos esta religiosidad influye para ser mejores ciudadanos? A la vista de esto, conviene preguntar: ¿la Virgen del Tepeyac es una mera costumbre o es una devoción viva, que lleva al compromiso personal?
En su libro «Siglo de Caudillos», el historiador Enrique Krauze menciona que los diversos Presidentes mexicanos del s. XIX tenían claro que interferir en la devoción a la Virgen de Guadalupe equivaldría a incitar a una revuelta incontrolable. Sabían que cada mexicano se sentía plenamente identificado con la Señora del Tepeyac, que Ella era parte de su sensibilidad. Recordaban quizá que, tras el estandarte guadalupano empuñado por el Cura Hidalgo, salió una multitud enardecida a luchar por la Independencia. Pero hoy día todo eso parecería ser parte de la historia, hasta se podría pensar que ha cambiado la sensibilidad de los mexicanos. Para ilustrarlo, haré referencia a un episodio reciente, pero sin intención de fomentar la violencia, ni de hablar de política. En el pasado verano, un partido político usó una imagen modificada de la Virgen, para manifestarse contra el resultado de las elecciones del 2 de julio, y no vimos una protesta generalizada ni tulmultuosa en el País. ¿Por qué esta reacción tan distinta en el s. XXI? ¿Qué ha pasado?
Posiblemente, esa reacción tan escasa es reflejo de la perdida del sentido religioso que ha ocurrido en la vida personal de muchos mexicanos. Ciertamente un porcentaje muy grande de ciudadanos se considera creyente, pero «creer» no significa solamente aceptar un credo, sino que implica compromenter la propia existencia para vivir de acuerdo con esas creencias. Y éste es el drama moral de nuestra sociedad: que nuestras creencias religiosas no influyen en nuestro modo de ver la vida, ni en nuestra conducta diaria. Quizá el Ayate del Tepeyec ha dejado de ser, para muchos, el símbolo de un compromiso vital.
Sin embargo, la auténtica devoción a la Guadalupana implica salir del ámbito de la propia conciencia, y reflejar en la vida pública las propias convicciones religiosas. Así lo expresó Juan Pablo II, cuando se cumplían los 450 años de las Apariciones: «Es necesario y urgente que la propia fe mariana y cristiana impulse a la acción generalizada en favor de la paz para unos pueblos que tanto están padeciendo; hay que poner en práctica medidas eficaces de justicia que superen la creciente distancia entre quienes viven en la opulencia y quienes carecen de lo más indispensable; (…) ha de restablecerse en la mente y en las acciones de todos la estima del valor supremo y tutela de la sacralidad de la vida; ha de eliminarse todo tipo de tortura que degrada al hombre, respetando integralmente los derechos humanos y religiosos de la persona» (Homilía, 12.XII.1981).
Les deseo de todo corazón, que la celebración de la fiesta de la Guadalupana, el próximo día 12, sea una ocasión de meditar en el compromiso personal de vivir personalmente la fe que profesamos, y que esas reflexiones nos ayuden a asumir la responsabilidad de manifestar esas convicciones en la vida diaria. Éste es el genuino sentido de la devoción guadalupana. Éste será el nuevo milagro de la Virgen Morena.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El próximo marte nuestro País estará de júbilo por el 475 aniversario de las apariciones de la Virgen de Guadalupe. Millones acudirán a la Basílica, y otros tantos más lo celebraremos en nuestras ciudades. Esta milagrosa Imagen es un símbolo importante de nuestra historia nacional, pero ¿cuántos creyentes son concientes del verdadero significado de la Guadalupana? ¿en cuántos esta religiosidad influye para ser mejores ciudadanos? A la vista de esto, conviene preguntar: ¿la Virgen del Tepeyac es una mera costumbre o es una devoción viva, que lleva al compromiso personal?
En su libro «Siglo de Caudillos», el historiador Enrique Krauze menciona que los diversos Presidentes mexicanos del s. XIX tenían claro que interferir en la devoción a la Virgen de Guadalupe equivaldría a incitar a una revuelta incontrolable. Sabían que cada mexicano se sentía plenamente identificado con la Señora del Tepeyac, que Ella era parte de su sensibilidad. Recordaban quizá que, tras el estandarte guadalupano empuñado por el Cura Hidalgo, salió una multitud enardecida a luchar por la Independencia. Pero hoy día todo eso parecería ser parte de la historia, hasta se podría pensar que ha cambiado la sensibilidad de los mexicanos. Para ilustrarlo, haré referencia a un episodio reciente, pero sin intención de fomentar la violencia, ni de hablar de política. En el pasado verano, un partido político usó una imagen modificada de la Virgen, para manifestarse contra el resultado de las elecciones del 2 de julio, y no vimos una protesta generalizada ni tulmultuosa en el País. ¿Por qué esta reacción tan distinta en el s. XXI? ¿Qué ha pasado?
Posiblemente, esa reacción tan escasa es reflejo de la perdida del sentido religioso que ha ocurrido en la vida personal de muchos mexicanos. Ciertamente un porcentaje muy grande de ciudadanos se considera creyente, pero «creer» no significa solamente aceptar un credo, sino que implica compromenter la propia existencia para vivir de acuerdo con esas creencias. Y éste es el drama moral de nuestra sociedad: que nuestras creencias religiosas no influyen en nuestro modo de ver la vida, ni en nuestra conducta diaria. Quizá el Ayate del Tepeyec ha dejado de ser, para muchos, el símbolo de un compromiso vital.
Sin embargo, la auténtica devoción a la Guadalupana implica salir del ámbito de la propia conciencia, y reflejar en la vida pública las propias convicciones religiosas. Así lo expresó Juan Pablo II, cuando se cumplían los 450 años de las Apariciones: «Es necesario y urgente que la propia fe mariana y cristiana impulse a la acción generalizada en favor de la paz para unos pueblos que tanto están padeciendo; hay que poner en práctica medidas eficaces de justicia que superen la creciente distancia entre quienes viven en la opulencia y quienes carecen de lo más indispensable; (…) ha de restablecerse en la mente y en las acciones de todos la estima del valor supremo y tutela de la sacralidad de la vida; ha de eliminarse todo tipo de tortura que degrada al hombre, respetando integralmente los derechos humanos y religiosos de la persona» (Homilía, 12.XII.1981).
Les deseo de todo corazón, que la celebración de la fiesta de la Guadalupana, el próximo día 12, sea una ocasión de meditar en el compromiso personal de vivir personalmente la fe que profesamos, y que esas reflexiones nos ayuden a asumir la responsabilidad de manifestar esas convicciones en la vida diaria. Éste es el genuino sentido de la devoción guadalupana. Éste será el nuevo milagro de la Virgen Morena.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 3 de diciembre de 2006
¡Sí se pudo!
Luis-Fernando Valdés
Tenía varios retos que superar. Un público enardecido en las calles de la Capital. Unas fuertes medidas de seguridad. Unas heridas históricas muy marcadas. Declaraciones mal interpretadas. Y, al final, supero las expectativas de propios y extraños.
Como bien supone Usted, me refiero al reciente viaje de Benedicto XVI a Turquía, que el New York Times calificó como exitoso. El primer obstáculo que el Papa tenía que superar eran los malentendidos que produjo una frase, sacada de contexto, de su discurso en Ratisbona en septiembre pasado, en la que aparentemente atacaba a Mahoma. Sin embargo, la verdad se impuso y, al final de esta viaje apostólico, una editoral del periódico Hurriyet, el mismo que criticó duramente aquel discurso, aseguró que el Pontífice es un personaje simpático a los ojos de la población. De este mismo sentir fue el comentario en diarios de otros países musulmanes.
El Papa mostró sus grandes cualidades humanas y diplomáticas, al emplear con acierto gestos de paz y buena voluntad. El más sonado ocurrió el jueves, cuando Benedicto XVI visitó la Mezquita Azul, uno de los principales lugares de culto musulman en ese país, pues ahí el Romano Pontífice meditó con los ojos cerrados y las manos juntas durante un minuto, mirando hacia la Meca. Esta señal fue tomada como muestra de reconciliación.
Además de este acercamiento con el mundo musulmán, esta gira papal tenía como objetivo central encontrarse con la pequeña comunidad católica de Turquía, y de dar pasos hacia la unidad con la Iglesia ortodoxa, con motivo de la fiesta del apóstol san Andrés, que se celebró el pasado 30 de noviembre. El balance también resultó muy favorable. El Patriarca Ecuménico, Bartolmé I, expresó que está convencido que esta visita pasará a la historia, porque ha sido un gran paso «para superar algunas de las barreras de incomprensión entre los creyentes de diferentes religiones, en particular entre cristianos y musulmanes».
Benedicto XVI habló con valentía de la libertad religiosa y de la paz. Manifestó su «certeza de que la libertad religiosa es una expresión fundamental de la libertad humana». Además, pidió que «las religiones no traten de ejercer directamente un poder político, porque no es su deber, y en particular, que renuncien absolutamente a justificar el recurso a la violencia como expresión legítima de la práctica religiosa".
A pesar de los fuertes dispositivos de seguridad que se desplegaron, y de las molestias que estas medidas causaron a los ciudadanos, al final el saldo fue favorable. El diario Aksam tituló su primera página así: «La temida visita del Papa concluyó con una sorpresa fantástica». Y el rotativo Milliyet tituló «La paz de Estambul». El Pontífice pidió perdón por las incomodidades que acarreó su visita, y declaró: «he pasado unos días muy bonitos aquí. Doy las gracias a toda la nación turca. He dejado una parte de mi corazón aquí». Por otra parte, en esta buena acogida al Santo Padre, hay que destacar la actitud paciente y hospitalaria del pueblo turco.
El balance de este viaje papal es muy favorable. Desde el punto de vista religioso, fomentó la unión entre cristianos y musulmanes, y dejó atrás los malos entendidos recientes. Además, tendió un puente entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa. Desde el punto de vista diplomático mostró que se puede dialogar, aunque las diferencias ideológicas sean muy grandes. Se confirma con hechos que el catolicismo es la religión del diálogo, de la superación de las diferencias. ¡Sí se pudo! ¡Sí se puede!
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Tenía varios retos que superar. Un público enardecido en las calles de la Capital. Unas fuertes medidas de seguridad. Unas heridas históricas muy marcadas. Declaraciones mal interpretadas. Y, al final, supero las expectativas de propios y extraños.
Como bien supone Usted, me refiero al reciente viaje de Benedicto XVI a Turquía, que el New York Times calificó como exitoso. El primer obstáculo que el Papa tenía que superar eran los malentendidos que produjo una frase, sacada de contexto, de su discurso en Ratisbona en septiembre pasado, en la que aparentemente atacaba a Mahoma. Sin embargo, la verdad se impuso y, al final de esta viaje apostólico, una editoral del periódico Hurriyet, el mismo que criticó duramente aquel discurso, aseguró que el Pontífice es un personaje simpático a los ojos de la población. De este mismo sentir fue el comentario en diarios de otros países musulmanes.
El Papa mostró sus grandes cualidades humanas y diplomáticas, al emplear con acierto gestos de paz y buena voluntad. El más sonado ocurrió el jueves, cuando Benedicto XVI visitó la Mezquita Azul, uno de los principales lugares de culto musulman en ese país, pues ahí el Romano Pontífice meditó con los ojos cerrados y las manos juntas durante un minuto, mirando hacia la Meca. Esta señal fue tomada como muestra de reconciliación.
Además de este acercamiento con el mundo musulmán, esta gira papal tenía como objetivo central encontrarse con la pequeña comunidad católica de Turquía, y de dar pasos hacia la unidad con la Iglesia ortodoxa, con motivo de la fiesta del apóstol san Andrés, que se celebró el pasado 30 de noviembre. El balance también resultó muy favorable. El Patriarca Ecuménico, Bartolmé I, expresó que está convencido que esta visita pasará a la historia, porque ha sido un gran paso «para superar algunas de las barreras de incomprensión entre los creyentes de diferentes religiones, en particular entre cristianos y musulmanes».
Benedicto XVI habló con valentía de la libertad religiosa y de la paz. Manifestó su «certeza de que la libertad religiosa es una expresión fundamental de la libertad humana». Además, pidió que «las religiones no traten de ejercer directamente un poder político, porque no es su deber, y en particular, que renuncien absolutamente a justificar el recurso a la violencia como expresión legítima de la práctica religiosa".
A pesar de los fuertes dispositivos de seguridad que se desplegaron, y de las molestias que estas medidas causaron a los ciudadanos, al final el saldo fue favorable. El diario Aksam tituló su primera página así: «La temida visita del Papa concluyó con una sorpresa fantástica». Y el rotativo Milliyet tituló «La paz de Estambul». El Pontífice pidió perdón por las incomodidades que acarreó su visita, y declaró: «he pasado unos días muy bonitos aquí. Doy las gracias a toda la nación turca. He dejado una parte de mi corazón aquí». Por otra parte, en esta buena acogida al Santo Padre, hay que destacar la actitud paciente y hospitalaria del pueblo turco.
El balance de este viaje papal es muy favorable. Desde el punto de vista religioso, fomentó la unión entre cristianos y musulmanes, y dejó atrás los malos entendidos recientes. Además, tendió un puente entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa. Desde el punto de vista diplomático mostró que se puede dialogar, aunque las diferencias ideológicas sean muy grandes. Se confirma con hechos que el catolicismo es la religión del diálogo, de la superación de las diferencias. ¡Sí se pudo! ¡Sí se puede!
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domingo, 26 de noviembre de 2006
Testigos de la Esperanza
Luis-Fernando Valdés
En el debate cultural actual, se acusa al cristianismo de no responder a las inquietudes y expectativas de los hombres y mujeres de hoy, como si la doctrina y la moral católicas ya no fueran vigentes, como si no tuvieran ya nada que aportar para que las personas de nuestros días sean felices. Y, por su parte, los avances del mundo contemporáneo sacian las necesidades materiales, pero dejan al ser humano sin un sentido para su vida. El resultado es que mucha gente ya no tiene esperanza y vive con miedo. Este es el panorama que el Obispo de Querétaro, Mario De Gasperín, enfrenta en su reciente Carta Pastoral, titulada «Testigos de la esperanza», en la que muestra que el cristianismo tiene mucho que decir, a quienes aún no encuentran la verdadera felicidad.
Firmado el 1 de noviembre de este año, y presentada a la sociedad queretana el pasado día 20, el documento describe, en su primera parte, la actual crisis ética y social producida por el liberalismo mexicano, que ha conllevado un positivismo en el derecho y la moral, y han establecido un ambiente relativista respecto a la verdad (cfr. n. 2). Esta Carta Pastoral destaca la vuelta al paganismo, por parte de la sociedad, es decir, que el cristianismo es visto por el hombre contemporáneo como su enemigo (n. 2), porque se le atriburía falsamente a la fe católica que se opone a todo los humano y hace infeliz al hombre, de modo que su moral sería antinatural, restrictiva y opresora (n. 12). La consecuencia de una visión así es inmediata: buscar erradicar el catolicismo del país (n 11).
Luego Mons. De Gasperín expone la gran propuesta del cristianismo, que no sólo responde a esas acusaciones, sino también abre grandes horizontes de sentido para nuestras vidas. Siguiendo a Benedicto XVI, explica que «la fe y la ética cristiana no quieren sofocar, sino sanar, hacer fuerte y libre el amor». Por eso, los Mandamientos no son un «no», sino un gran «sí» a la vida (n. 16), porque el amor cristiano no nace de una obligación, de un deber, sino de un encuentro amoroso con Jesucristo (n. 17). El obispo queretano expone que el corazón de la fe cristiana es el amor, el cual no ha sido envenenado por las prohibiciones morales, sino elevado y orientado hacia su plenitud, hasta convertirlo en amor oblativo, en donación plena que comienza por los sentidos –«eros»–, pero que se purifica y transforma en «ágape» por la gracia de Cristo (n. 18). Esta elevación del amor es la aportación específica del cristianismo y un servicio grande que la Iglesia ofrece a la diginidad de la persona y de la humanidad; sin embargo, el laicismo convierte el amor humano en mercancía (n. 20).
En la segunda parte, este documento del magisterio episcopal explica la correcta relación entre el Estado y la Iglesia, y muestra cuál es la sana laicidad del Estado (n. 24) . Con gran valentía, Mons. De Gasperín recuerda que la participación en la política es un derecho y un deber –no una intromisión– de los fieles laicos católicos (nn. 29-30). Y también hace una propuesta para el diálogo realista y provechoso entre la Iglesia y el Estado, que tiene como punto de encuentro la ayuda que la fe presta a la razón, para que ésta desempeñe mejor su cometido (nn. 31-24).
Finalmente, el Obispo de Querétaro señala que la explicación última de la situación auctual es presentada por la Revelación divina como una lucha entre el bien y el mal, entre la muerte y la vida, en la que Jesucristo ya ha vencido y alienta nuestra esperanza (nn. 35-39). Y, por eso, invita a los hijos de la Iglesia a ser «Testigos de la Esperanza» (n. 40).
Correo: lfvaldes@gmail.com
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En el debate cultural actual, se acusa al cristianismo de no responder a las inquietudes y expectativas de los hombres y mujeres de hoy, como si la doctrina y la moral católicas ya no fueran vigentes, como si no tuvieran ya nada que aportar para que las personas de nuestros días sean felices. Y, por su parte, los avances del mundo contemporáneo sacian las necesidades materiales, pero dejan al ser humano sin un sentido para su vida. El resultado es que mucha gente ya no tiene esperanza y vive con miedo. Este es el panorama que el Obispo de Querétaro, Mario De Gasperín, enfrenta en su reciente Carta Pastoral, titulada «Testigos de la esperanza», en la que muestra que el cristianismo tiene mucho que decir, a quienes aún no encuentran la verdadera felicidad.
Firmado el 1 de noviembre de este año, y presentada a la sociedad queretana el pasado día 20, el documento describe, en su primera parte, la actual crisis ética y social producida por el liberalismo mexicano, que ha conllevado un positivismo en el derecho y la moral, y han establecido un ambiente relativista respecto a la verdad (cfr. n. 2). Esta Carta Pastoral destaca la vuelta al paganismo, por parte de la sociedad, es decir, que el cristianismo es visto por el hombre contemporáneo como su enemigo (n. 2), porque se le atriburía falsamente a la fe católica que se opone a todo los humano y hace infeliz al hombre, de modo que su moral sería antinatural, restrictiva y opresora (n. 12). La consecuencia de una visión así es inmediata: buscar erradicar el catolicismo del país (n 11).
Luego Mons. De Gasperín expone la gran propuesta del cristianismo, que no sólo responde a esas acusaciones, sino también abre grandes horizontes de sentido para nuestras vidas. Siguiendo a Benedicto XVI, explica que «la fe y la ética cristiana no quieren sofocar, sino sanar, hacer fuerte y libre el amor». Por eso, los Mandamientos no son un «no», sino un gran «sí» a la vida (n. 16), porque el amor cristiano no nace de una obligación, de un deber, sino de un encuentro amoroso con Jesucristo (n. 17). El obispo queretano expone que el corazón de la fe cristiana es el amor, el cual no ha sido envenenado por las prohibiciones morales, sino elevado y orientado hacia su plenitud, hasta convertirlo en amor oblativo, en donación plena que comienza por los sentidos –«eros»–, pero que se purifica y transforma en «ágape» por la gracia de Cristo (n. 18). Esta elevación del amor es la aportación específica del cristianismo y un servicio grande que la Iglesia ofrece a la diginidad de la persona y de la humanidad; sin embargo, el laicismo convierte el amor humano en mercancía (n. 20).
En la segunda parte, este documento del magisterio episcopal explica la correcta relación entre el Estado y la Iglesia, y muestra cuál es la sana laicidad del Estado (n. 24) . Con gran valentía, Mons. De Gasperín recuerda que la participación en la política es un derecho y un deber –no una intromisión– de los fieles laicos católicos (nn. 29-30). Y también hace una propuesta para el diálogo realista y provechoso entre la Iglesia y el Estado, que tiene como punto de encuentro la ayuda que la fe presta a la razón, para que ésta desempeñe mejor su cometido (nn. 31-24).
Finalmente, el Obispo de Querétaro señala que la explicación última de la situación auctual es presentada por la Revelación divina como una lucha entre el bien y el mal, entre la muerte y la vida, en la que Jesucristo ya ha vencido y alienta nuestra esperanza (nn. 35-39). Y, por eso, invita a los hijos de la Iglesia a ser «Testigos de la Esperanza» (n. 40).
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domingo, 12 de noviembre de 2006
Celibato, ¿auto-realización o malestar?
Luis-Fernando Valdés
El pasado jueves 16 de este mes, Benedicto XVI se reunión con los jefes de la Curia Romana para reflexionar sobre las peticiones de dispensa de la obligación del celibato y las de readmisión al ministerio sacerdotal que han presentado los sacerdotes casados durante los últimos años. Tras ese encuentro, por una parte, la Santa Sede reafirmó “el valor de la elección del celibato sacerdotal según la tradición católica y se ha reiterado la exigencia de una sólida formación humana y cristiana tanto para los seminaristas como para los sacerdotes ya ordenados". Por otra, algunos vaticanistas, como la corresponsal del New York Times, se hicieron eco de quienes sostienen que una reunión de los altos cargos de la Iglesia es “síntoma de un profundo malestar en el interior de la Iglesia”. Son dos visiones opuestas: el celibato sacerdotal ¿es fuente de auto-realización o es el tributo que hay que pagar para ser clérigo?
Generalmente, cuando se busca dar respuesta a esta aporía, los argumentos proceden de la psicología o de la sociología, que tienen su valor, pero con la limitación de observar este fenómeno “desde fuera”. Pocas veces aparece en los medios una argumentación de tipo religioso, que es el contexto originario del celibato, y el motivo por el que miles de varones lo escogen como modo de vida. Hoy les ofrezco una explicación religiosa del celibato sacerdotal.
En primer lugar, hay que afirmar que el celibato da al sacerdote una libertad total para amar al Señor en cuerpo y alma. Es decir, el motivo para elegir este estado de vida es el amor a Dios. Se trata pues de una elección, realizada por amor. Por eso, para apreciar realmente este carisma, es importante entenderlo como un ejercicio de la libertad.
Juan Pablo II recordaba que el planteamiento, muy difundido, de que el celibato sacerdotal en la Iglesia Católica es una imposición legal procede de un malentendido histórico, que incluso es resultado de una “mala fe” (Carta, 8.IV.1979, n. 9). En primer lugar, el compromiso de celibato sacerdotal es la consecuencia de una decisión libre tomada después de varios años de preparación. Es un compromiso para toda la vida, aceptado con responsabilidad plena y personal. Este Papa subrayaba que “se trata de mantener la palabra dada a Cristo y a la Iglesia”. Es decir, es una cuestión de fidelidad que expresa madurez interior. Y esta madurez se manifiesta especialmente cuando esta decisión libre “encuentra dificultades, es puesta a prueba o expuesta a tentación” (cfr. ibidem).
Por ser fruto del ejercicio de la libertad, el sacerdocio lleva consigo un gran potencial para la auto‑realización. Con la ayuda que Dios da a los que ha llamado para este camino, el celibato puede dar al hombre que lo ha elegido esa plenitud que sólo gozan los que saben amar de verdad.Un prestigiado psiquiatra polaco, que ha trabajado largos años con sacerdotes, Wanda Poltawska, explica que la paternidad espiritual que conlleva el celibato sacerdotal, la alegría de dar el supremo don Dios a otros, “pone la dignidad sacerdotal sobre un plano tan alto en la jerarquía de posibilidades humanas, que no se puede comparar con ninguna otra cosa y no deja lugar para la frustración”.
No se puede ocultar que algunos presbíteros tienen problemas para vivir la entrega en el celibato. Pero la solución no consiste en suprimir este modo de vida, sino en redescubrir la libertad, que lleva a una entrega amorosa a Dios y a los demás. Darse en cuerpo y alma por amor, ahí está la fuente de auto-realización de los sacerdotes.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El pasado jueves 16 de este mes, Benedicto XVI se reunión con los jefes de la Curia Romana para reflexionar sobre las peticiones de dispensa de la obligación del celibato y las de readmisión al ministerio sacerdotal que han presentado los sacerdotes casados durante los últimos años. Tras ese encuentro, por una parte, la Santa Sede reafirmó “el valor de la elección del celibato sacerdotal según la tradición católica y se ha reiterado la exigencia de una sólida formación humana y cristiana tanto para los seminaristas como para los sacerdotes ya ordenados". Por otra, algunos vaticanistas, como la corresponsal del New York Times, se hicieron eco de quienes sostienen que una reunión de los altos cargos de la Iglesia es “síntoma de un profundo malestar en el interior de la Iglesia”. Son dos visiones opuestas: el celibato sacerdotal ¿es fuente de auto-realización o es el tributo que hay que pagar para ser clérigo?
Generalmente, cuando se busca dar respuesta a esta aporía, los argumentos proceden de la psicología o de la sociología, que tienen su valor, pero con la limitación de observar este fenómeno “desde fuera”. Pocas veces aparece en los medios una argumentación de tipo religioso, que es el contexto originario del celibato, y el motivo por el que miles de varones lo escogen como modo de vida. Hoy les ofrezco una explicación religiosa del celibato sacerdotal.
En primer lugar, hay que afirmar que el celibato da al sacerdote una libertad total para amar al Señor en cuerpo y alma. Es decir, el motivo para elegir este estado de vida es el amor a Dios. Se trata pues de una elección, realizada por amor. Por eso, para apreciar realmente este carisma, es importante entenderlo como un ejercicio de la libertad.
Juan Pablo II recordaba que el planteamiento, muy difundido, de que el celibato sacerdotal en la Iglesia Católica es una imposición legal procede de un malentendido histórico, que incluso es resultado de una “mala fe” (Carta, 8.IV.1979, n. 9). En primer lugar, el compromiso de celibato sacerdotal es la consecuencia de una decisión libre tomada después de varios años de preparación. Es un compromiso para toda la vida, aceptado con responsabilidad plena y personal. Este Papa subrayaba que “se trata de mantener la palabra dada a Cristo y a la Iglesia”. Es decir, es una cuestión de fidelidad que expresa madurez interior. Y esta madurez se manifiesta especialmente cuando esta decisión libre “encuentra dificultades, es puesta a prueba o expuesta a tentación” (cfr. ibidem).
Por ser fruto del ejercicio de la libertad, el sacerdocio lleva consigo un gran potencial para la auto‑realización. Con la ayuda que Dios da a los que ha llamado para este camino, el celibato puede dar al hombre que lo ha elegido esa plenitud que sólo gozan los que saben amar de verdad.Un prestigiado psiquiatra polaco, que ha trabajado largos años con sacerdotes, Wanda Poltawska, explica que la paternidad espiritual que conlleva el celibato sacerdotal, la alegría de dar el supremo don Dios a otros, “pone la dignidad sacerdotal sobre un plano tan alto en la jerarquía de posibilidades humanas, que no se puede comparar con ninguna otra cosa y no deja lugar para la frustración”.
No se puede ocultar que algunos presbíteros tienen problemas para vivir la entrega en el celibato. Pero la solución no consiste en suprimir este modo de vida, sino en redescubrir la libertad, que lleva a una entrega amorosa a Dios y a los demás. Darse en cuerpo y alma por amor, ahí está la fuente de auto-realización de los sacerdotes.
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Aporías de la Ley de Convivencia
Luis-Fernando Valdés
La Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó el jueves pasado el dictamen de la Ley de Sociedades de Convivencia, que equipara a las de parejas del mismo sexo con la figura del concubinato, y les otorga derechos sucesorios, de pensión alimenticia y el reconocimiento de que forman un hogar ante la ley. Aparente victoria de la democracia, pero que encierra unos problemas éticos y jurídicos que ponen en aprietos nuestra concepción misma del Derecho.
El Derecho tiene como finalidad ordenar las relaciones entres personas. Y para conseguirlo, el Derecho busca dar «lo justo» a cada uno. Lo justo es lo suyo de cada uno, lo que le corresponde, lo que les es debido: su derecho. Hay cosas que son justas «por naturaleza», como el derecho de los padres a educar a sus hijos. También hay cosas justas por un acto de la voluntad humana, por parte de los legisladores, como establecer la circulación de los coches por la derecha. De este modo, hay derechos naturales y derechos puestos por el hombre, (estos últimos son también conocidos como «lo justo positivo»). El «derecho positivo» depende de la voluntad humana. Pero ¿qué pasa cuando la voluntad humana establece una ley (derecho positivo) que va en contra de la naturaleza de las cosas o de las instituciones? ¿Se convierten en justas? En el caso que hoy comentamos, ¿la unión homosexual se convierte en buena o en natural por el hecho de que unos legisladores la hayan aprobado?
Entonces, el problema cambia del terreno jurídico pasa al ámbito ético. La Ética busca establecer cuáles son las acciones buenas, porque el hombre sólo es feliz cuando obra el bien. Y desde Aristóteles (s. IV. a. C.), los pensadores han visto que las acciones buenas son las que se realizan en conformidad con la naturaleza humana. La pregunta inicial se complica: ¿es natural la unión sexual y la convivencia sexual habitual entre personas del mismo género?
El centro de la cuestión está en qué entendemos por «naturaleza», por lo natural al hombre. Hoy día lo natural se reduce a lo cultural, de modo que la naturaleza humana sería lo que determinen las personas de cada época. Desde este punto de vista, lo natural serían sólo datos físicos, biológicos y sociológicos, que se pueden manipular mediante la técnica, según los intereses de cada quien. Y así, la cultura queda sin fundamento, pues no se podría apoyar en la naturaleza, y está a merced del poder. Esto es lo que acaba de suceder con la Ley de Convivencia, que niega que el matrimonio entre un varón y una mujer sea lo natural del ser humano.
Respeto la libertad de las conciencias, y a todos los que se definan a sí mismos como homosexuales, pero, como afirmó Aristóteles, «soy más amigo de la verdad que de Platón» (Ética a Nicómaco, I). No basta que los legisladores aprueben una ley para que lo aprobado sea verdadero. Por el honor de la Verdad, del Derecho y de la Ética, antes de aceptar la Ley de Convivencia se debe responder a las preguntas centrales del debate: si estas uniones homosexuales son lo justo, si son lo natural al ser humano, si son éticamente buenas, si son lo correcto. Afirmar que es cuestión de gustos, o de que cada quién haga lo que quiera, sería una respuesta muy superficial.
Gayo, el gran jurista clásico, enseñaba que «la ley civil puede corromper o alterar los derechos civiles, pero no los derechos naturales» (Inst., I, 158). Además de aprobar la Ley de Convivencia, la Asamblea Legislativa del DF ahora tiene el problema de definir no sólo qué es el matrimonio sino también qué son el derecho y la ética.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
La Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó el jueves pasado el dictamen de la Ley de Sociedades de Convivencia, que equipara a las de parejas del mismo sexo con la figura del concubinato, y les otorga derechos sucesorios, de pensión alimenticia y el reconocimiento de que forman un hogar ante la ley. Aparente victoria de la democracia, pero que encierra unos problemas éticos y jurídicos que ponen en aprietos nuestra concepción misma del Derecho.
El Derecho tiene como finalidad ordenar las relaciones entres personas. Y para conseguirlo, el Derecho busca dar «lo justo» a cada uno. Lo justo es lo suyo de cada uno, lo que le corresponde, lo que les es debido: su derecho. Hay cosas que son justas «por naturaleza», como el derecho de los padres a educar a sus hijos. También hay cosas justas por un acto de la voluntad humana, por parte de los legisladores, como establecer la circulación de los coches por la derecha. De este modo, hay derechos naturales y derechos puestos por el hombre, (estos últimos son también conocidos como «lo justo positivo»). El «derecho positivo» depende de la voluntad humana. Pero ¿qué pasa cuando la voluntad humana establece una ley (derecho positivo) que va en contra de la naturaleza de las cosas o de las instituciones? ¿Se convierten en justas? En el caso que hoy comentamos, ¿la unión homosexual se convierte en buena o en natural por el hecho de que unos legisladores la hayan aprobado?
Entonces, el problema cambia del terreno jurídico pasa al ámbito ético. La Ética busca establecer cuáles son las acciones buenas, porque el hombre sólo es feliz cuando obra el bien. Y desde Aristóteles (s. IV. a. C.), los pensadores han visto que las acciones buenas son las que se realizan en conformidad con la naturaleza humana. La pregunta inicial se complica: ¿es natural la unión sexual y la convivencia sexual habitual entre personas del mismo género?
El centro de la cuestión está en qué entendemos por «naturaleza», por lo natural al hombre. Hoy día lo natural se reduce a lo cultural, de modo que la naturaleza humana sería lo que determinen las personas de cada época. Desde este punto de vista, lo natural serían sólo datos físicos, biológicos y sociológicos, que se pueden manipular mediante la técnica, según los intereses de cada quien. Y así, la cultura queda sin fundamento, pues no se podría apoyar en la naturaleza, y está a merced del poder. Esto es lo que acaba de suceder con la Ley de Convivencia, que niega que el matrimonio entre un varón y una mujer sea lo natural del ser humano.
Respeto la libertad de las conciencias, y a todos los que se definan a sí mismos como homosexuales, pero, como afirmó Aristóteles, «soy más amigo de la verdad que de Platón» (Ética a Nicómaco, I). No basta que los legisladores aprueben una ley para que lo aprobado sea verdadero. Por el honor de la Verdad, del Derecho y de la Ética, antes de aceptar la Ley de Convivencia se debe responder a las preguntas centrales del debate: si estas uniones homosexuales son lo justo, si son lo natural al ser humano, si son éticamente buenas, si son lo correcto. Afirmar que es cuestión de gustos, o de que cada quién haga lo que quiera, sería una respuesta muy superficial.
Gayo, el gran jurista clásico, enseñaba que «la ley civil puede corromper o alterar los derechos civiles, pero no los derechos naturales» (Inst., I, 158). Además de aprobar la Ley de Convivencia, la Asamblea Legislativa del DF ahora tiene el problema de definir no sólo qué es el matrimonio sino también qué son el derecho y la ética.
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domingo, 5 de noviembre de 2006
Oaxaca y la aspiración de paz
Luis-Fernando Valdés
Llevamos una semana al pendiente de los eventos de Oaxaca. Aunque el conflicto violento está claramente delimitado a unas calles de esa ciudad, todos tenemos la impresión de que esas escaramuzas afectan a todo el País. Tanto las pedradas como los gases lacrimógenos saca a la luz una gran carencia de nuestra Nación: la ausencia de una cultura de la paz. ¿Se podrá construir un duradero clima pacífico en nuestra Patria?
Los mexicanos no hemos sido educados para construir la paz. Quizá se nos ha formado para desearla, pero no nos han dado las herramientas para alcanzarla. ¿Cuántas personas tendrán claro lo que significa este valor? Si no hay un concepto de paz desde el cual partir, será difícil obtenerla.
La paz no es simplemente la ausencia de violencia. Tampoco es el mero equilibrio estable entre los diversos bandos que buscan el poder, o el control. Más bien la paz, se funda sobre una correcta concepción de quién es el ser humano. En efecto, se requiere en primer lugar reconocer que la persona humana tiene una variedad de dimensiones: espiritual, familiar, social, laboral, económica, etc. Cuando no se respeta alguno de estos ámbitos, se pone en gran peligro la paz. De ahí surge el famoso adagio: «la paz es fruto de la justicia», es decir, del respeto al equilibrio de todas estos aspectos de cada ser humano.
Quizá el primer punto que se suele atropellar es la dimensión espiritual del hombre. En todos los humanos hay un gran «deseo de paz», que alguno cuantos violentos tratan de perturbar, para conseguir sus fines personales. Sin restarle importancia a los otros aspectos, quisiera destacar que solemos pasar por alto el deseo religioso de paz. Y, sin embargo, solamente cuando tengamos una aspiración espiritual a la paz, podremos encontrar consenso entre los hombres para construir una cultura de la paz. Si el fundamento de la paz se busca en el bien económico o político, probablemente nunca lleguemos a encontrar esa «tranquilidad en el orden» (San Agustín), es decir, aquella situación que permite en definitiva respetar y realizar por completo la verdad del hombre.
Para formar una cultura de la paz, es indispensable retomar y fomentar el sentido espiritual de este valor. Y este modo de ver la vida no nos lo proporciona el Estado –pues no es ésa su función–, sino la parte religiosa del ser humano. De ahí la importancia de fomentar la práctica religiosa de los ciudadanos. Benedicto XVI explica que «Dios, sólo Dios, hace eficaz cada obra de bien y de paz» y que, en cambio, «la historia ha demostrado con creces que luchar contra Dios para extirparlo del corazón de los hombres lleva a la humanidad, temerosa y empobrecida, hacia opciones que no tienen futuro» (Mensaje 1.I.2006).
La paz es uno de los valores centrales del cristianismo. En la Escritura, cuando se anuncia de la llegada del Mesías, se le llama «Príncipe de la paz» (Isaías 9, 7), cuya época se caracterizará por que las naciones «forjarán de sus espadas azadones y de sus lanzas podaderas» (Isaías 2, 4). Y Jesús, el Mesías considera bienaventurados a los que trabajan por la paz, y enseña que éstos «serán llamados hijos de Dios» (cfr. Mateo 5, 9). Jesucristo propone una ética de la convivencia, que se mueve por la dinámica del amor y no por la dialéctica de la lucha.
Cuando aparezcan hoy, en nuestras pantallas de televisión, las bombas molotov y los escudos antimotines de Oaxaca, no dejemos de reflexionar si no ha llegado el momento de cultivar, en serio, nuestros deseos espirituales que nos permitan ser auténticos sembradores de paz.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Llevamos una semana al pendiente de los eventos de Oaxaca. Aunque el conflicto violento está claramente delimitado a unas calles de esa ciudad, todos tenemos la impresión de que esas escaramuzas afectan a todo el País. Tanto las pedradas como los gases lacrimógenos saca a la luz una gran carencia de nuestra Nación: la ausencia de una cultura de la paz. ¿Se podrá construir un duradero clima pacífico en nuestra Patria?
Los mexicanos no hemos sido educados para construir la paz. Quizá se nos ha formado para desearla, pero no nos han dado las herramientas para alcanzarla. ¿Cuántas personas tendrán claro lo que significa este valor? Si no hay un concepto de paz desde el cual partir, será difícil obtenerla.
La paz no es simplemente la ausencia de violencia. Tampoco es el mero equilibrio estable entre los diversos bandos que buscan el poder, o el control. Más bien la paz, se funda sobre una correcta concepción de quién es el ser humano. En efecto, se requiere en primer lugar reconocer que la persona humana tiene una variedad de dimensiones: espiritual, familiar, social, laboral, económica, etc. Cuando no se respeta alguno de estos ámbitos, se pone en gran peligro la paz. De ahí surge el famoso adagio: «la paz es fruto de la justicia», es decir, del respeto al equilibrio de todas estos aspectos de cada ser humano.
Quizá el primer punto que se suele atropellar es la dimensión espiritual del hombre. En todos los humanos hay un gran «deseo de paz», que alguno cuantos violentos tratan de perturbar, para conseguir sus fines personales. Sin restarle importancia a los otros aspectos, quisiera destacar que solemos pasar por alto el deseo religioso de paz. Y, sin embargo, solamente cuando tengamos una aspiración espiritual a la paz, podremos encontrar consenso entre los hombres para construir una cultura de la paz. Si el fundamento de la paz se busca en el bien económico o político, probablemente nunca lleguemos a encontrar esa «tranquilidad en el orden» (San Agustín), es decir, aquella situación que permite en definitiva respetar y realizar por completo la verdad del hombre.
Para formar una cultura de la paz, es indispensable retomar y fomentar el sentido espiritual de este valor. Y este modo de ver la vida no nos lo proporciona el Estado –pues no es ésa su función–, sino la parte religiosa del ser humano. De ahí la importancia de fomentar la práctica religiosa de los ciudadanos. Benedicto XVI explica que «Dios, sólo Dios, hace eficaz cada obra de bien y de paz» y que, en cambio, «la historia ha demostrado con creces que luchar contra Dios para extirparlo del corazón de los hombres lleva a la humanidad, temerosa y empobrecida, hacia opciones que no tienen futuro» (Mensaje 1.I.2006).
La paz es uno de los valores centrales del cristianismo. En la Escritura, cuando se anuncia de la llegada del Mesías, se le llama «Príncipe de la paz» (Isaías 9, 7), cuya época se caracterizará por que las naciones «forjarán de sus espadas azadones y de sus lanzas podaderas» (Isaías 2, 4). Y Jesús, el Mesías considera bienaventurados a los que trabajan por la paz, y enseña que éstos «serán llamados hijos de Dios» (cfr. Mateo 5, 9). Jesucristo propone una ética de la convivencia, que se mueve por la dinámica del amor y no por la dialéctica de la lucha.
Cuando aparezcan hoy, en nuestras pantallas de televisión, las bombas molotov y los escudos antimotines de Oaxaca, no dejemos de reflexionar si no ha llegado el momento de cultivar, en serio, nuestros deseos espirituales que nos permitan ser auténticos sembradores de paz.
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domingo, 22 de octubre de 2006
Costo humano del muro fronterizo
Luis-Fernando Valdés
El pasado jueves 26 de octubre, el Presidente Bush firmó una ley que aprueba la construcción de un muro en la frontera sur de Estados Unidos. Pero, la historia enseña que todo muro tiene su costo, tanto económico como humano. Al final de la Primera Guerra Mundial, Francia construyó un sistema defensivo a lo largo de su frontera con Alemania, conocido como la «Línea Maginot». Su precio monetario fue muy alto, y no sirvió para detener la invasión nazi de la Segunda Guerra Mundial. Otro muro, el de Berlín (1945-1989) dividió un país en dos, dejó miembros de una misma familia en dos lados distintos. ¿Cuál será el costo del muro fronterizo de Estados Unidos?
Los especialistas señalaron que el posible costo de este muro supere los 7 mil millones de dólares. Se trata de una cifra extraordinaria, que muchos países menos desarrollados desearían para financiar programas sociales y de ayuda humanitaria. Sin embargo, este precio no es lo más importante, porque lo esencial en el asunto de la migración son las personas.
De igual manera, aunque cada país tiene derecho a decidir sobre el control de sus fronteras, así como cada familia tiene derecho a construir una barda para proteger su vivienda, el problema de la migración tampoco se puede enfocar como si fuera una cuestión de delincuencia.
Por lo tanto, el punto central de la migración no es únicamente el factor económico y ni solamente una cuestión de la seguridad de una nación. El núcleo de la cuestión migratoria es que se trata de seres humanos que se desplazan de un país pobre a un país rico, no como invasores bárbaros, que se deben detener o eliminar, sino como indigentes que buscan mejores oportunidades, y que se deben ayudar.
Una de la voces a favor de los migrantes, considerados como seres humanos, ha sido la de la Iglesia. En uno de sus documentos, esta Institución afirma que «los inmigrantes deben ser recibidos en cuanto personas y ayudados, junto con sus familias, a integrarse en la vida social» (Compendio de Doctrina Social, 298). ¿No parece más bien que el muro se erigirá como un ícono de que esos desplazados no serán recibidos como necesitados, sino como enemigos?
La Iglesia insiste en que «la regulación de los flujos migratorios según criterios de equidad y de equilibrio es una de las condiciones indispensables para conseguir que la inserción [de los migrantes, en el nuevo país] ser realice con las garantías que exige la dignidad de la persona humana». La equidad mencionada se refiere a dar oportunidad a los que no la han tenido en su lugar de origen. ¿Ésta equidad, en algún momento, ha sido puesta a debate, como un aspecto capital de la migración?
Por otra parte, las soluciones propuestas deben ver al migrante como un ser con dignidad. Es muy elocuente la declaración del presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, Mons. William Skylstad, quien afirma que los obispos de ese país se oponen a esta legislación «porque creemos que puede conducir a la muerte de inmigrantes que intenten ingresar a Estados Unidos y a un incremento de los casos de violencia relacionada al contrabando».
Mientras la persona humana no sea el centro del debate legislativo sobre migración, las soluciones siempre serán insatisfactorias. La solución a esta crisis migratoria debe incluir el «factor humano» como punto de negociación. En el fondo, la aprobación del muro delata una carencia muy grande: el ser humano ya tiene valor por sí mismo, sino sólo por su relación con la economía o la seguridad nacional.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
El pasado jueves 26 de octubre, el Presidente Bush firmó una ley que aprueba la construcción de un muro en la frontera sur de Estados Unidos. Pero, la historia enseña que todo muro tiene su costo, tanto económico como humano. Al final de la Primera Guerra Mundial, Francia construyó un sistema defensivo a lo largo de su frontera con Alemania, conocido como la «Línea Maginot». Su precio monetario fue muy alto, y no sirvió para detener la invasión nazi de la Segunda Guerra Mundial. Otro muro, el de Berlín (1945-1989) dividió un país en dos, dejó miembros de una misma familia en dos lados distintos. ¿Cuál será el costo del muro fronterizo de Estados Unidos?
Los especialistas señalaron que el posible costo de este muro supere los 7 mil millones de dólares. Se trata de una cifra extraordinaria, que muchos países menos desarrollados desearían para financiar programas sociales y de ayuda humanitaria. Sin embargo, este precio no es lo más importante, porque lo esencial en el asunto de la migración son las personas.
De igual manera, aunque cada país tiene derecho a decidir sobre el control de sus fronteras, así como cada familia tiene derecho a construir una barda para proteger su vivienda, el problema de la migración tampoco se puede enfocar como si fuera una cuestión de delincuencia.
Por lo tanto, el punto central de la migración no es únicamente el factor económico y ni solamente una cuestión de la seguridad de una nación. El núcleo de la cuestión migratoria es que se trata de seres humanos que se desplazan de un país pobre a un país rico, no como invasores bárbaros, que se deben detener o eliminar, sino como indigentes que buscan mejores oportunidades, y que se deben ayudar.
Una de la voces a favor de los migrantes, considerados como seres humanos, ha sido la de la Iglesia. En uno de sus documentos, esta Institución afirma que «los inmigrantes deben ser recibidos en cuanto personas y ayudados, junto con sus familias, a integrarse en la vida social» (Compendio de Doctrina Social, 298). ¿No parece más bien que el muro se erigirá como un ícono de que esos desplazados no serán recibidos como necesitados, sino como enemigos?
La Iglesia insiste en que «la regulación de los flujos migratorios según criterios de equidad y de equilibrio es una de las condiciones indispensables para conseguir que la inserción [de los migrantes, en el nuevo país] ser realice con las garantías que exige la dignidad de la persona humana». La equidad mencionada se refiere a dar oportunidad a los que no la han tenido en su lugar de origen. ¿Ésta equidad, en algún momento, ha sido puesta a debate, como un aspecto capital de la migración?
Por otra parte, las soluciones propuestas deben ver al migrante como un ser con dignidad. Es muy elocuente la declaración del presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, Mons. William Skylstad, quien afirma que los obispos de ese país se oponen a esta legislación «porque creemos que puede conducir a la muerte de inmigrantes que intenten ingresar a Estados Unidos y a un incremento de los casos de violencia relacionada al contrabando».
Mientras la persona humana no sea el centro del debate legislativo sobre migración, las soluciones siempre serán insatisfactorias. La solución a esta crisis migratoria debe incluir el «factor humano» como punto de negociación. En el fondo, la aprobación del muro delata una carencia muy grande: el ser humano ya tiene valor por sí mismo, sino sólo por su relación con la economía o la seguridad nacional.
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domingo, 15 de octubre de 2006
Enseñanza religiosa en Harvard
Luis-Fernando Valdés
Un comité de la Universidad de Harvard, famosa por ir a la vanguardia educativa y por tener ganadores del Premio Nobel entre sus profesores, realizó recientemente una investigación sobre los planes de estudios de los primeros cursos de las carreras de esta institución. Llama fuertemente la atención que la conclusión de este trabajo fue la recomendación de crear una asignatura obligatoria de religión. ¿No será esto un desafío a nuestro concepto mexicano de educación laica?
Primero veamos el motivo que aduce esta Universidad norteamericana. El informe de aquel comité señala que la educación liberal que se imparte en Harvard, a la que califica de «profundamente secular», no prepara adecuadamente a los alumnos para la vida fuera de la universidad. Se trata pues, de una razón de eficacia pedagógica, no de una cuestión ideológica. Los investigadores se han dado cuenta de que una parte importante de la vida real es la religión, y que sus alumnos no tenían herramientas para tratarla adecuadamente. Si observamos detenidamente, veremos que esta asignatura responde a un problema actual de cualquier sociedad occidental, con independencia de la ideología política. Entonces, no impartir a los alumnos de la asignatura de religión, ¿no será más bien una discriminación, la privación de una herramienta?
Ahora analicemos el motivo de esta decisión de Harvard. El objetivo de la asignatura es colocar a los estudiantes y profesores en el centro de los debates religiosos contemporáneos. La asignatura, que podría titularse «Razón y Fe», contendrá materias de política internacional, diálogo entre religión y ciencia, y religión como creencia personal. Según Louis Menand, profesor de Harvard y codirector del comité, «hace treinta años, cuando se revisó por última vez el plan de estudios, la gente nos habría dicho que la religión no era algo que debiera conocer todo el mundo. Hoy, muy pocos discutirían que es extremadamente importante en la vida moderna» (The Wall Street Journal, 5-09-2006).
Precisamente en estas semanas hemos sido testigos de cuánta gente ignora esos debates religiosos de hoy. En los pasados domingos hemos comentado los malentendidos que produjo, en el mundo musulmán, una interpretación superficial de un discurso del Papa Benedicto XVI, pronunciado durante su reciente viaje a Alemania. ¿No se habría evitado este conflicto si las personas tuvieran más cultura religiosa?
Una reflexión más. Todos tenemos miedo del fundamentalismo religioso, a todos nos atemoriza una «guerra santa». Pero, ¿cuál será la causa real del fundamentalismo? ¿el tener cultura sobre el tema de religión? ¿o ignorar qué es la religión? Nos persigue un fantasma: el prejuicio de que la religión genera división, malentendidos y violencia. Sin embargo, sólo cuando se tiene una buena base de conocimiento sobre la religión, se puede entrar en diálogo con las diversas religiones y acordar puntos comunes. Y ésta es la experiencia de la comisión de ecumenismo de la Santa Sede, que ha logrado acuerdos doctrinales comunes con otras Iglesias o comunidades eclesiales, precisamente en los puntos que hace unos siglos causaron serios enfrentamientos.
La educación en México debe cambiar de enfoque. Enseñar religión no constituiría una derrota para el Estado laico, ni representaría una victoria para la Iglesia. Sería un paso adelante para construir una verdadera sociedad tolerante, que conozca y estime las riquezas de este aspecto esencial de la vida del hombre. ¿Hasta cuando las ideologías y los prejuicios dejarán de impedir el progreso de una educación, que permita la sana convivencia?
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Un comité de la Universidad de Harvard, famosa por ir a la vanguardia educativa y por tener ganadores del Premio Nobel entre sus profesores, realizó recientemente una investigación sobre los planes de estudios de los primeros cursos de las carreras de esta institución. Llama fuertemente la atención que la conclusión de este trabajo fue la recomendación de crear una asignatura obligatoria de religión. ¿No será esto un desafío a nuestro concepto mexicano de educación laica?
Primero veamos el motivo que aduce esta Universidad norteamericana. El informe de aquel comité señala que la educación liberal que se imparte en Harvard, a la que califica de «profundamente secular», no prepara adecuadamente a los alumnos para la vida fuera de la universidad. Se trata pues, de una razón de eficacia pedagógica, no de una cuestión ideológica. Los investigadores se han dado cuenta de que una parte importante de la vida real es la religión, y que sus alumnos no tenían herramientas para tratarla adecuadamente. Si observamos detenidamente, veremos que esta asignatura responde a un problema actual de cualquier sociedad occidental, con independencia de la ideología política. Entonces, no impartir a los alumnos de la asignatura de religión, ¿no será más bien una discriminación, la privación de una herramienta?
Ahora analicemos el motivo de esta decisión de Harvard. El objetivo de la asignatura es colocar a los estudiantes y profesores en el centro de los debates religiosos contemporáneos. La asignatura, que podría titularse «Razón y Fe», contendrá materias de política internacional, diálogo entre religión y ciencia, y religión como creencia personal. Según Louis Menand, profesor de Harvard y codirector del comité, «hace treinta años, cuando se revisó por última vez el plan de estudios, la gente nos habría dicho que la religión no era algo que debiera conocer todo el mundo. Hoy, muy pocos discutirían que es extremadamente importante en la vida moderna» (The Wall Street Journal, 5-09-2006).
Precisamente en estas semanas hemos sido testigos de cuánta gente ignora esos debates religiosos de hoy. En los pasados domingos hemos comentado los malentendidos que produjo, en el mundo musulmán, una interpretación superficial de un discurso del Papa Benedicto XVI, pronunciado durante su reciente viaje a Alemania. ¿No se habría evitado este conflicto si las personas tuvieran más cultura religiosa?
Una reflexión más. Todos tenemos miedo del fundamentalismo religioso, a todos nos atemoriza una «guerra santa». Pero, ¿cuál será la causa real del fundamentalismo? ¿el tener cultura sobre el tema de religión? ¿o ignorar qué es la religión? Nos persigue un fantasma: el prejuicio de que la religión genera división, malentendidos y violencia. Sin embargo, sólo cuando se tiene una buena base de conocimiento sobre la religión, se puede entrar en diálogo con las diversas religiones y acordar puntos comunes. Y ésta es la experiencia de la comisión de ecumenismo de la Santa Sede, que ha logrado acuerdos doctrinales comunes con otras Iglesias o comunidades eclesiales, precisamente en los puntos que hace unos siglos causaron serios enfrentamientos.
La educación en México debe cambiar de enfoque. Enseñar religión no constituiría una derrota para el Estado laico, ni representaría una victoria para la Iglesia. Sería un paso adelante para construir una verdadera sociedad tolerante, que conozca y estime las riquezas de este aspecto esencial de la vida del hombre. ¿Hasta cuando las ideologías y los prejuicios dejarán de impedir el progreso de una educación, que permita la sana convivencia?
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viernes, 6 de octubre de 2006
La familia ¿en cambio o en crisis?
Luis-Fernando Valdés
Hoy se clausura el Segundo Congreso sobre la Familia en nuesta Ciudad. Este evento nos da la oportunidad de reflexionar sobre la «crisis» de la familia. La sociedad mexicana está experimentando cambios fuertes en su modo de entender la estructura familiar. Mientras que algunas de esas variaciones sólo muestran que esta importante institución natural es una realidad histórica que evoluciona sanamente, hay otras que reflejan una verdadera crisis. ¿Cómo distinguir unos cambios de otros?
Para poder discernir cuáles transformaciones son buenas y cuáles constituyen un problema real, es necesario distinguir tres ámbitos. El primero está conformado por los cambios concretos que surgen de las nuevas condiciones sociales y culturales, que afectan a la familia como institución y a los diversos miembros que la integran. Hace medio siglo no todos los miembros de la familia tenía la posibilidad de cursar la Preparatoria. Tampoco era común que trabajaran tanto el padre como la madre. Esta evolución es inevitable y ordinariamente no tiene por qué ensombrecer la institución familiar; al contrario, es un factor de enriquecimiento. Pensemos cuánto se ha avanzado en el tema de la comunicación intrafamiliar, gracias a que todos los que la componen tienen un grado de educación más elevado que en épocas pasadas. Y, como es lógico, estos cambios educativos y laborarles modifican, en cierto modo, los roles familiares, respecto a los de la época de nuestros abuelos. Pero este tipo de variación no representa una crisis.
El segundo ámbito está formado por aquellas transformaciones que afectan la manera concreta de vivir de la familia. Hay nuevos modos de vida familiar que ayudan a que marido y mujer, padres e hijos, cumplan con su misión. Por ejemplo, es muy positivo la relación de igualdad entre los cónyuges, que ha dejado atrás los patriarcados o matriarcados. Ahora es frecuente que tanto el esposo como la esposa cuiden a los niños, y ambos colaboren con las tareas domésticas. También es una ganancia la confianza en el trato mutuo entre padres e hijos, que se refleja en el uso del «tú», por parte de los hijos, para dirigirse a sus padres.
Sin embargo, hay nuevos modos concretos de vivir que cuestionan la misma institución familiar. Esto sucede cuando se niega que el matrimonio sea el origen de la familia; por ejemplo, cuando se habla de la «pareja» para referirse a una unión provisional, cuando se defiende el divorcio, cuando se desprecia la procreación como misión esencial de los esposos, o cuando se niega el derecho de los padres a educar a sus hijos.
El tercer grupo de factores, que han llevado a un cambio en el concepto de familia, es el que afectan las formas concretas de entender y explicar lo que es y lo que debe ser la familia. Y éste es el punto que sí constituye la verdadera crisis. Se trata de teorías que sostienen que la familia no es una institución natural, y que no responde a un plan de Dios. Así, algunos autores niegan todo fundamento natural y estable de la familia, y la definen como una mera «institución cultural», que debe ir al ritmo de los cambios de la historia. Otros pensadores sostienen que la familia es producida por causas sociales.
Hoy día nos hace falta una sabiduría que nos permita entender los cambios de la familia, que llevan a los cónyuges y a los hijos a una mejor convivencia, a amarse más. Necesitamos una sapiencia profunda que nos ayude a comprender que la familia no es un producto cultural ni social, sino que responde al designio originario del Creador.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Hoy se clausura el Segundo Congreso sobre la Familia en nuesta Ciudad. Este evento nos da la oportunidad de reflexionar sobre la «crisis» de la familia. La sociedad mexicana está experimentando cambios fuertes en su modo de entender la estructura familiar. Mientras que algunas de esas variaciones sólo muestran que esta importante institución natural es una realidad histórica que evoluciona sanamente, hay otras que reflejan una verdadera crisis. ¿Cómo distinguir unos cambios de otros?
Para poder discernir cuáles transformaciones son buenas y cuáles constituyen un problema real, es necesario distinguir tres ámbitos. El primero está conformado por los cambios concretos que surgen de las nuevas condiciones sociales y culturales, que afectan a la familia como institución y a los diversos miembros que la integran. Hace medio siglo no todos los miembros de la familia tenía la posibilidad de cursar la Preparatoria. Tampoco era común que trabajaran tanto el padre como la madre. Esta evolución es inevitable y ordinariamente no tiene por qué ensombrecer la institución familiar; al contrario, es un factor de enriquecimiento. Pensemos cuánto se ha avanzado en el tema de la comunicación intrafamiliar, gracias a que todos los que la componen tienen un grado de educación más elevado que en épocas pasadas. Y, como es lógico, estos cambios educativos y laborarles modifican, en cierto modo, los roles familiares, respecto a los de la época de nuestros abuelos. Pero este tipo de variación no representa una crisis.
El segundo ámbito está formado por aquellas transformaciones que afectan la manera concreta de vivir de la familia. Hay nuevos modos de vida familiar que ayudan a que marido y mujer, padres e hijos, cumplan con su misión. Por ejemplo, es muy positivo la relación de igualdad entre los cónyuges, que ha dejado atrás los patriarcados o matriarcados. Ahora es frecuente que tanto el esposo como la esposa cuiden a los niños, y ambos colaboren con las tareas domésticas. También es una ganancia la confianza en el trato mutuo entre padres e hijos, que se refleja en el uso del «tú», por parte de los hijos, para dirigirse a sus padres.
Sin embargo, hay nuevos modos concretos de vivir que cuestionan la misma institución familiar. Esto sucede cuando se niega que el matrimonio sea el origen de la familia; por ejemplo, cuando se habla de la «pareja» para referirse a una unión provisional, cuando se defiende el divorcio, cuando se desprecia la procreación como misión esencial de los esposos, o cuando se niega el derecho de los padres a educar a sus hijos.
El tercer grupo de factores, que han llevado a un cambio en el concepto de familia, es el que afectan las formas concretas de entender y explicar lo que es y lo que debe ser la familia. Y éste es el punto que sí constituye la verdadera crisis. Se trata de teorías que sostienen que la familia no es una institución natural, y que no responde a un plan de Dios. Así, algunos autores niegan todo fundamento natural y estable de la familia, y la definen como una mera «institución cultural», que debe ir al ritmo de los cambios de la historia. Otros pensadores sostienen que la familia es producida por causas sociales.
Hoy día nos hace falta una sabiduría que nos permita entender los cambios de la familia, que llevan a los cónyuges y a los hijos a una mejor convivencia, a amarse más. Necesitamos una sapiencia profunda que nos ayude a comprender que la familia no es un producto cultural ni social, sino que responde al designio originario del Creador.
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domingo, 1 de octubre de 2006
Dialogan musulmanes con el Papa
Luis-Fernando Valdés
En un encuentro histórico, Benedicto XVI se reunió, el pasado 25 de junio, con diplomáticos de países de mayoría islámica. Esto líderes musulmanes acogieron favorablemente las palabras del Papa. Este encuentro tuvo un eco favorable en la prensa internacional, aunque la noticia no tuvo el mismo impacto en nuestro País. Les ofrezco un resumen del mensaje del Santo Padre y el eco de sus palabras en algunos medios de Estados Unidos e Italia.
El Romano Pontífice aludió brevemente al inicidente que dio lugar a los malentendidos, y de inmediato expresó «toda la estima y el profundo respeto que albergo por los creyentes musulmanes», y recordó que «desde el inicio de mi pontificado he manifestado mi deseo de seguir estableciendo puentes de amistad con los seguidores de todas las religiones, expresando particularmente mi aprecio por el crecimiento del diálogo entre musulmanes y cristianos». El Santo Padre subrayó que «el diálogo interreligioso e intercultural entre cristianos y musulmanes no puede reducirse a una opción temporal», porque «es una necesidad vital, de la cual depende en gran parte nuestro futuro». Reiteró que se requiere de este diálogo «para construir juntos el mundo de paz y fraternidad que anhelan ardientemente todos los hombres de buena voluntad».
Benedicto XVI insistió en que «cristianos y musulmanes deben aprender a trabajar juntos, como ya sucede en diversas experiencias comunes, para evitar toda forma de intolerancia y oponerse a toda manifestación de violencia». Y expuso que deben ser las propias autoridades religiosas y los políticos quienes deben guiarles y animarles, tanto a unos como a otros, para a actuar así. Y concluyó: «Queridos amigos, estoy profundamente convencido de que, en la situación en que se encuentra hoy el mundo, los cristianos y los musulmanes tienen el deber de comprometerse para afrontar juntos los numerosos desafíos que se plantean a la humanidad, especialmente en lo que concierne a la defensa y la promoción de la dignidad del ser humano».
Las reacciones favorables no se hicieron esperar. Justo al terminar la ceremonia, Mohamed Nour Dachan, presidente de la Unión de las comunidades y organizaciones islámicas en Italia, regaló a Benedicto XVI una biografía de Mahoma y un mensaje en el que recordaba que, en ningún momento, los musulmanes italianos utilizaron la violencia para mostrar su desacuerdo con la Conferencia dictada en Ratisbona. Por su parte, el embajador de Irak ante la Santa Sede, Albert Yelda afirmó que este discurso «era lo que nos esperábamos. El Papa ha insistido en su profundo respeto por todos los musulmanes del mundo. Ahora ha llegado el momento de construir puentes».
No faltaron tampoco reacciones contrarias, como las de algunos clérigos iraníes que deseaban una retractación palabra por palabra. Sin embargo, el conocido vaticanista, George Weigel, escribió en el periódico «USA Today», que lejos de provocar un enfrentamiento, las palabras del Papa «han puesto sobre la mesa las cuestiones que tienen que ser debatidas, racionalmente, para evitar precisamente una confrontación: ¿Cómo imaginamos a Dios? y ¿cómo nuestras ideas sobre Dios forman el modo como vivimos?».
Y en el conocido diario italiano «L’Avvenire», Mimmo Muolo reflexionaba sobre el significado de que el Papa haya saludado pausadamente a cada uno de los 22 asistentes a la reunión. Y concluía ese hecho expresaba que en esta relación «no hay marcha atrás. Lo dicen también los gestos. No sólo las palabras».
Correo: lfvaldes@gmail.com
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En un encuentro histórico, Benedicto XVI se reunió, el pasado 25 de junio, con diplomáticos de países de mayoría islámica. Esto líderes musulmanes acogieron favorablemente las palabras del Papa. Este encuentro tuvo un eco favorable en la prensa internacional, aunque la noticia no tuvo el mismo impacto en nuestro País. Les ofrezco un resumen del mensaje del Santo Padre y el eco de sus palabras en algunos medios de Estados Unidos e Italia.
El Romano Pontífice aludió brevemente al inicidente que dio lugar a los malentendidos, y de inmediato expresó «toda la estima y el profundo respeto que albergo por los creyentes musulmanes», y recordó que «desde el inicio de mi pontificado he manifestado mi deseo de seguir estableciendo puentes de amistad con los seguidores de todas las religiones, expresando particularmente mi aprecio por el crecimiento del diálogo entre musulmanes y cristianos». El Santo Padre subrayó que «el diálogo interreligioso e intercultural entre cristianos y musulmanes no puede reducirse a una opción temporal», porque «es una necesidad vital, de la cual depende en gran parte nuestro futuro». Reiteró que se requiere de este diálogo «para construir juntos el mundo de paz y fraternidad que anhelan ardientemente todos los hombres de buena voluntad».
Benedicto XVI insistió en que «cristianos y musulmanes deben aprender a trabajar juntos, como ya sucede en diversas experiencias comunes, para evitar toda forma de intolerancia y oponerse a toda manifestación de violencia». Y expuso que deben ser las propias autoridades religiosas y los políticos quienes deben guiarles y animarles, tanto a unos como a otros, para a actuar así. Y concluyó: «Queridos amigos, estoy profundamente convencido de que, en la situación en que se encuentra hoy el mundo, los cristianos y los musulmanes tienen el deber de comprometerse para afrontar juntos los numerosos desafíos que se plantean a la humanidad, especialmente en lo que concierne a la defensa y la promoción de la dignidad del ser humano».
Las reacciones favorables no se hicieron esperar. Justo al terminar la ceremonia, Mohamed Nour Dachan, presidente de la Unión de las comunidades y organizaciones islámicas en Italia, regaló a Benedicto XVI una biografía de Mahoma y un mensaje en el que recordaba que, en ningún momento, los musulmanes italianos utilizaron la violencia para mostrar su desacuerdo con la Conferencia dictada en Ratisbona. Por su parte, el embajador de Irak ante la Santa Sede, Albert Yelda afirmó que este discurso «era lo que nos esperábamos. El Papa ha insistido en su profundo respeto por todos los musulmanes del mundo. Ahora ha llegado el momento de construir puentes».
No faltaron tampoco reacciones contrarias, como las de algunos clérigos iraníes que deseaban una retractación palabra por palabra. Sin embargo, el conocido vaticanista, George Weigel, escribió en el periódico «USA Today», que lejos de provocar un enfrentamiento, las palabras del Papa «han puesto sobre la mesa las cuestiones que tienen que ser debatidas, racionalmente, para evitar precisamente una confrontación: ¿Cómo imaginamos a Dios? y ¿cómo nuestras ideas sobre Dios forman el modo como vivimos?».
Y en el conocido diario italiano «L’Avvenire», Mimmo Muolo reflexionaba sobre el significado de que el Papa haya saludado pausadamente a cada uno de los 22 asistentes a la reunión. Y concluía ese hecho expresaba que en esta relación «no hay marcha atrás. Lo dicen también los gestos. No sólo las palabras».
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domingo, 24 de septiembre de 2006
El Papa, Mahoma y la prensa
Luis-Fernando Valdés
El discurso de Benedicto XVI pronunciado en la Universidad de Ratisbona, de la que fue Vicerrector y Catedrático de Teología, ha levantado una gran polémica con el mundo musulmán. Durante su discertación, el Santo Padre dijo esta frase: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas». Hoy les ofrezco un análisis de ese discurso para que veamos cómo las palabras del Papa fueron sacadas de contexto.
La conferencia de Benedicto XVI propone que se debe entender de una manera mejor la relación entre la fe y la razón, porque sólo de esa forma se puede llegar a un verdadero diálogo entre las culturas y las religiones, en una sociedad plural. En la conclusión del discurso, el Papa afirma que sólo cuando profundicemos en la racionalidad de la fe, podremos «lograr ese diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy. (…) Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al diálogo con las culturas». Como se puede apreciar, se trata de todo lo contrario a un ataque a los musulmanes. Al contrario, es una defensa de la sensibilidad de todas las religiones, incluida la islámica.
Como hilo conductor de su ponencia, el Santo Padre emplea una frase del emperador bizantino Manuel II Paleólogo, que dice: «no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios». Benedicto XVI utiliza esta expresión en varios momentos de su discurso para ilustrar que la fe no se opone a la razón. La usa tanto para indicar que en la fe bíblica hay una convicción de que Dios es «Logos» (razón), tal como afirma el Evangelio de San Juan (1, 1), como para refutar que las posturas que sostienen que Dios no está ligado ni siquiera a la verdad y al bien.
Como buen académico alemán, el Papa Ratzinger explica con mucho detalle el contexto de esa frase de Manuel II. En realidad, esos tres largos párrafos no influyen en la argumentación del discurso, sino sólo muestran la erudición del antiguo Vicerrector de la Universidad de Ratisbona. Veamos con detalle. El Santo Padre primero explica que la cita se encuentra en un diálogo que el emperador de Constantinopla mantuvo con un persa culto sobre el cristianismo y el islam. En esa conversación, Manuel II argumentaba contra la conversión mediante la violencia, y sacó a colación el tema de la «yihad» (guerra santa). Y dijo: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba». Para Manuel II, la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. Este emperador afirmaba: «Dios no goza con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. (…) Para convencer a un alma razonable no hay que recurrir a los músculos ni a instrumentos para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a una persona de muerte…».
Como se puede ver, la frase principal no era la que se refiere a Mahoma, sino la que afirma que Dios está vinculado a la razón. Más aún, la expresión polémica no pertenece siquiera a la argumentación principal del discurso del Papa. Vemos así que sacar una frase de contexto puede generar grandes conflictos. Aprendamos la lección: debemos ser lectores más críticos, debemos leer los discursos completos, debemos estar más atentos a la verdad que la polémica.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
El discurso de Benedicto XVI pronunciado en la Universidad de Ratisbona, de la que fue Vicerrector y Catedrático de Teología, ha levantado una gran polémica con el mundo musulmán. Durante su discertación, el Santo Padre dijo esta frase: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas». Hoy les ofrezco un análisis de ese discurso para que veamos cómo las palabras del Papa fueron sacadas de contexto.
La conferencia de Benedicto XVI propone que se debe entender de una manera mejor la relación entre la fe y la razón, porque sólo de esa forma se puede llegar a un verdadero diálogo entre las culturas y las religiones, en una sociedad plural. En la conclusión del discurso, el Papa afirma que sólo cuando profundicemos en la racionalidad de la fe, podremos «lograr ese diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy. (…) Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al diálogo con las culturas». Como se puede apreciar, se trata de todo lo contrario a un ataque a los musulmanes. Al contrario, es una defensa de la sensibilidad de todas las religiones, incluida la islámica.
Como hilo conductor de su ponencia, el Santo Padre emplea una frase del emperador bizantino Manuel II Paleólogo, que dice: «no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios». Benedicto XVI utiliza esta expresión en varios momentos de su discurso para ilustrar que la fe no se opone a la razón. La usa tanto para indicar que en la fe bíblica hay una convicción de que Dios es «Logos» (razón), tal como afirma el Evangelio de San Juan (1, 1), como para refutar que las posturas que sostienen que Dios no está ligado ni siquiera a la verdad y al bien.
Como buen académico alemán, el Papa Ratzinger explica con mucho detalle el contexto de esa frase de Manuel II. En realidad, esos tres largos párrafos no influyen en la argumentación del discurso, sino sólo muestran la erudición del antiguo Vicerrector de la Universidad de Ratisbona. Veamos con detalle. El Santo Padre primero explica que la cita se encuentra en un diálogo que el emperador de Constantinopla mantuvo con un persa culto sobre el cristianismo y el islam. En esa conversación, Manuel II argumentaba contra la conversión mediante la violencia, y sacó a colación el tema de la «yihad» (guerra santa). Y dijo: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba». Para Manuel II, la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. Este emperador afirmaba: «Dios no goza con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. (…) Para convencer a un alma razonable no hay que recurrir a los músculos ni a instrumentos para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a una persona de muerte…».
Como se puede ver, la frase principal no era la que se refiere a Mahoma, sino la que afirma que Dios está vinculado a la razón. Más aún, la expresión polémica no pertenece siquiera a la argumentación principal del discurso del Papa. Vemos así que sacar una frase de contexto puede generar grandes conflictos. Aprendamos la lección: debemos ser lectores más críticos, debemos leer los discursos completos, debemos estar más atentos a la verdad que la polémica.
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domingo, 17 de septiembre de 2006
El nuevo Papa viajero
Luis-Fernando Valdés
Benedicto XVI concluyó, el pasado día 14 de este mes, un viaje de cinco días a su natal Baviera. Este visita a Alemania nos mostró de nuevo que el Papa es un personaje entrañablemente humano, aunque algunos –durante su gestión como Prefecto de la Doctrina de la fe– se empeñaron en presentarlo como un despiadado defensor de la fe. Les ofrezco una breve reseña de estas jornadas, para resaltar los nobles sentimientos del Romano Pontífice.
El Santo Padre se mostró lleno de gratitud al visitar algunos lugares que han tenido una importancia fundamental en su vida. «En mi espíritu –manifestó– se agolpan en este momento muchos recuerdos de los años pasados en Munich y en Ratisbona: son recuerdos de personas y vicisitudes que han dejado en mí una huella profunda. Consciente de todo lo que he recibido, he venido aquí ante todo para expresar el profundo reconocimiento que experimento hacia todos los que han contribuido a formar mi personalidad en las décadas de mi vida» (Discurso, 9.IX.2006).
En el primer encuentro con sus paisanos, Benedicto XVI resaltó el papel fundamental de la familia, y exhortó a los católicos a la oración como fundamento de la unidad familiar. «Por favor, rezad también en casa juntos: en la mesa y antes de ir a dormir. La oración nos lleva no sólo hacia Dios, sino también hacia el otro». Y explicó que la oración «es una fuerza de paz y de alegría. La vida de la familia se hace más festiva y adquiere un alcance más amplio si Dios está presente y si experimenta su cercanía en la oración» (Discurso, 10.IX.2006).
El pasado martes 12, participó en una celebración ecuménica en la catedral de Ratisbona. En el encuentro participaron representantes de las Iglesias luterana y ortodoxa de Baviera. Con un gran sentido de apertura, que ha estado en él desde siempre, el Santo Padre manifestó que esa ceremonia «es una hora de gratitud porque podemos rezar juntos y, de esta manera, dirigirnos al Señor, al mismo tiempo que crecemos en unidad entre nosotros».
Un momento importante de esta gira por Baviera fue la visita del Papa Benedicto, el miércoles 13, a la tumba de su padres y de su hermana María, acompañado por hermano mayor, también sacerdote, Mons. Georg Ratzinger. Vemos así que el camino cristiano, une el corazón de los creyentes con fuerza a su familia. Constatamos una vez más –como ya lo había mostrado Juan Pablo II– que el Romano Pontífice no es una figura amarga, sino llena de humanidad.
En el aeropuerto, el jueves 14, ya a punto de volver a Roma, el Papa Benedicto resumió el motivo espiritual de toda su visita: «Vine a Alemania para volver a proponer a mis compatriotas las eternas verdades del Evangelio y para confirmar a los creyentes en la adhesión a Cristo, Hijo de Dios, quien se hizo hombre para la salvación del mundo. Estoy convencido de que en Él, en su palabra, se encuentra el camino no sólo para alcanzar la felicidad eterna, sino también para construir un futuro digno del hombre ya en esta tierra» (Discurso, 14. IX.2006).
El Cardenal Ratzinger fue elegido Papa a los 78 años, mientras que Juan Pablo II tenía sólo 58 cuando recibió el Primado de la Iglesia. El Papa Benedicto visitará menos países que su recordado antecesor, pero en cada uno de los recorridos fuera de Italia que ha realizado, el actual Santo Padre ya nos ha dado muestras de que entiende lo que llevamos los contemporáneos en el corazón. Y nos ha animado a buscar la verdad y a luchar contra el desaliento. Benedicto XVI se ha convertido en el nuevo Testigo de Esperanza, en el nuevo Papa viajero.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Benedicto XVI concluyó, el pasado día 14 de este mes, un viaje de cinco días a su natal Baviera. Este visita a Alemania nos mostró de nuevo que el Papa es un personaje entrañablemente humano, aunque algunos –durante su gestión como Prefecto de la Doctrina de la fe– se empeñaron en presentarlo como un despiadado defensor de la fe. Les ofrezco una breve reseña de estas jornadas, para resaltar los nobles sentimientos del Romano Pontífice.
El Santo Padre se mostró lleno de gratitud al visitar algunos lugares que han tenido una importancia fundamental en su vida. «En mi espíritu –manifestó– se agolpan en este momento muchos recuerdos de los años pasados en Munich y en Ratisbona: son recuerdos de personas y vicisitudes que han dejado en mí una huella profunda. Consciente de todo lo que he recibido, he venido aquí ante todo para expresar el profundo reconocimiento que experimento hacia todos los que han contribuido a formar mi personalidad en las décadas de mi vida» (Discurso, 9.IX.2006).
En el primer encuentro con sus paisanos, Benedicto XVI resaltó el papel fundamental de la familia, y exhortó a los católicos a la oración como fundamento de la unidad familiar. «Por favor, rezad también en casa juntos: en la mesa y antes de ir a dormir. La oración nos lleva no sólo hacia Dios, sino también hacia el otro». Y explicó que la oración «es una fuerza de paz y de alegría. La vida de la familia se hace más festiva y adquiere un alcance más amplio si Dios está presente y si experimenta su cercanía en la oración» (Discurso, 10.IX.2006).
El pasado martes 12, participó en una celebración ecuménica en la catedral de Ratisbona. En el encuentro participaron representantes de las Iglesias luterana y ortodoxa de Baviera. Con un gran sentido de apertura, que ha estado en él desde siempre, el Santo Padre manifestó que esa ceremonia «es una hora de gratitud porque podemos rezar juntos y, de esta manera, dirigirnos al Señor, al mismo tiempo que crecemos en unidad entre nosotros».
Un momento importante de esta gira por Baviera fue la visita del Papa Benedicto, el miércoles 13, a la tumba de su padres y de su hermana María, acompañado por hermano mayor, también sacerdote, Mons. Georg Ratzinger. Vemos así que el camino cristiano, une el corazón de los creyentes con fuerza a su familia. Constatamos una vez más –como ya lo había mostrado Juan Pablo II– que el Romano Pontífice no es una figura amarga, sino llena de humanidad.
En el aeropuerto, el jueves 14, ya a punto de volver a Roma, el Papa Benedicto resumió el motivo espiritual de toda su visita: «Vine a Alemania para volver a proponer a mis compatriotas las eternas verdades del Evangelio y para confirmar a los creyentes en la adhesión a Cristo, Hijo de Dios, quien se hizo hombre para la salvación del mundo. Estoy convencido de que en Él, en su palabra, se encuentra el camino no sólo para alcanzar la felicidad eterna, sino también para construir un futuro digno del hombre ya en esta tierra» (Discurso, 14. IX.2006).
El Cardenal Ratzinger fue elegido Papa a los 78 años, mientras que Juan Pablo II tenía sólo 58 cuando recibió el Primado de la Iglesia. El Papa Benedicto visitará menos países que su recordado antecesor, pero en cada uno de los recorridos fuera de Italia que ha realizado, el actual Santo Padre ya nos ha dado muestras de que entiende lo que llevamos los contemporáneos en el corazón. Y nos ha animado a buscar la verdad y a luchar contra el desaliento. Benedicto XVI se ha convertido en el nuevo Testigo de Esperanza, en el nuevo Papa viajero.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 10 de septiembre de 2006
La cuestión del género
Luis-Fernando Valdés
Las ideas mueven el mundo. Los contemporáneos de Sócrates le decían que, por filosofar todo el día, estaba en las nubes, fuera de la realidad cotidiana. Sin embargo, la verdad es que las ideas de los pensadores poco a poco influyen en el modo de vivir de toda una sociedad. Hoy quiero contarles cómo detrás de nuestro modo actual de considerar a la mujer, hay una filosofía que quizá no es el todo adecuada para responder a nuestras inquietudes más profundas.
Nuestra cultura ha alcanzado una gran sensibilidad para remarcar la igualdad entre varones y mujeres. Así, en un discurso público, muchos oradores se ven obligados a hablar a «los y las» estudiantes, a diferencia de hace una década, cuando el másculino plural –«los»– incluía a por igual a damas y caballeros. Se trata de un reflejo de los esfuerzos para disminuir la injusta discriminación que han sufrido las mujeres, durante siglos. Aunque hay una igualdad fundamental entre varón y mujer, porque ambos comparten ¬la misma naturaleza humana y tienen igual dignidad, no siempre se ha tomado en cuenta esta semejanza. Ya los antiguos griegos hablan una «physis», o sea, un sustrato común a todos humanos, pero no alcanzaron a vislumbrar esta igualdad de dignidad.
Por otra parte, la tradición judeo-cristiana enseña claramente esta radical semejanza, previa a la diferencia sexual: «Dios creó al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó” (Génesis 1, 26-27). Sin embargo, a pesar de los logros del cristianismo para que se valorara equitativamente a las mujeres, no se consiguió erradicar del todo la mentalidad discriminatoria.
Las tentativas para superar el problema continuaron, y los intentos de las últimas décadas para abolir la discriminación de la mujer han surgido de un contexto intelectual no cristiano. La primera de esta nuevas respuestas consiste en subrayar fuertemente la subordinación que ha sufrido mujer, a fin de suscitar una actitud de contestación que conquiste la igualdad. La mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre.
Este proceso lleva a una rivalidad entre los sexos y, entonces, los roles propios de la mujer, como la maternidad, dejan de valorarse como una fuente de afecto y realización, y se enfocan como una desventaja respecto al varón. Se propone que la mujer ejercite todo tipo de roles laborales, lo cual no es malo; sin embargo, esta respuesta no siempre consigue que la mujer se abra a otras ocupaciones, sin renunciar a sus específicos roles familiares y sociales.
Otra de las nuevas respuestas, para evitar la supremacía de uno u otro sexo, propone anular las diferencias, y las considera como simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural. Hace una distinción entre «sexo» y «género». El primero hace referencia a la mera diferencia corpórea, y el segundo señala una dimensión estrictamente cultural. Se busca liberar a la mujer del determinismo biológico del «sexo» (“naciste mujer”), mediante la elección personal de la propia preferencia sexual, o sea, del «género».
Pero las ideas mueven al mundo, y esta filosofía, que pretendía favorecer la igualdad de la mujer, a dado lugar a ideologías que cuestionan la existencia de la familia dado que naturalmente está compuesta de padre y madre, o que buscan la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad. Hacen falta pues nuevas ideas, porque el precio de defender la igualdad de la mujer no puede ser renunciar a lo femenino, ni a lo masculino, ni a la familia biparental.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Las ideas mueven el mundo. Los contemporáneos de Sócrates le decían que, por filosofar todo el día, estaba en las nubes, fuera de la realidad cotidiana. Sin embargo, la verdad es que las ideas de los pensadores poco a poco influyen en el modo de vivir de toda una sociedad. Hoy quiero contarles cómo detrás de nuestro modo actual de considerar a la mujer, hay una filosofía que quizá no es el todo adecuada para responder a nuestras inquietudes más profundas.
Nuestra cultura ha alcanzado una gran sensibilidad para remarcar la igualdad entre varones y mujeres. Así, en un discurso público, muchos oradores se ven obligados a hablar a «los y las» estudiantes, a diferencia de hace una década, cuando el másculino plural –«los»– incluía a por igual a damas y caballeros. Se trata de un reflejo de los esfuerzos para disminuir la injusta discriminación que han sufrido las mujeres, durante siglos. Aunque hay una igualdad fundamental entre varón y mujer, porque ambos comparten ¬la misma naturaleza humana y tienen igual dignidad, no siempre se ha tomado en cuenta esta semejanza. Ya los antiguos griegos hablan una «physis», o sea, un sustrato común a todos humanos, pero no alcanzaron a vislumbrar esta igualdad de dignidad.
Por otra parte, la tradición judeo-cristiana enseña claramente esta radical semejanza, previa a la diferencia sexual: «Dios creó al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó” (Génesis 1, 26-27). Sin embargo, a pesar de los logros del cristianismo para que se valorara equitativamente a las mujeres, no se consiguió erradicar del todo la mentalidad discriminatoria.
Las tentativas para superar el problema continuaron, y los intentos de las últimas décadas para abolir la discriminación de la mujer han surgido de un contexto intelectual no cristiano. La primera de esta nuevas respuestas consiste en subrayar fuertemente la subordinación que ha sufrido mujer, a fin de suscitar una actitud de contestación que conquiste la igualdad. La mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre.
Este proceso lleva a una rivalidad entre los sexos y, entonces, los roles propios de la mujer, como la maternidad, dejan de valorarse como una fuente de afecto y realización, y se enfocan como una desventaja respecto al varón. Se propone que la mujer ejercite todo tipo de roles laborales, lo cual no es malo; sin embargo, esta respuesta no siempre consigue que la mujer se abra a otras ocupaciones, sin renunciar a sus específicos roles familiares y sociales.
Otra de las nuevas respuestas, para evitar la supremacía de uno u otro sexo, propone anular las diferencias, y las considera como simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural. Hace una distinción entre «sexo» y «género». El primero hace referencia a la mera diferencia corpórea, y el segundo señala una dimensión estrictamente cultural. Se busca liberar a la mujer del determinismo biológico del «sexo» (“naciste mujer”), mediante la elección personal de la propia preferencia sexual, o sea, del «género».
Pero las ideas mueven al mundo, y esta filosofía, que pretendía favorecer la igualdad de la mujer, a dado lugar a ideologías que cuestionan la existencia de la familia dado que naturalmente está compuesta de padre y madre, o que buscan la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad. Hacen falta pues nuevas ideas, porque el precio de defender la igualdad de la mujer no puede ser renunciar a lo femenino, ni a lo masculino, ni a la familia biparental.
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