domingo, 13 de abril de 2008

Aborto: entre el Derecho y la ideología

Luis-Fernando Valdés

La Suprema Corte de la Justicia de la Nación (SCJN) abrió las sesiones abiertas al público, en las que especialistas sobre el tema pueden expresar su parecer sobre la inconstitucionalidad de la ampliación del aborto, aprobada el año pasado por la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México. Se trata de un tema estrictamente jurídico, que está rodeado de conflictos. Y bastantes de esas dificultades lejos de ser verdaderamente legales o científicas son meramente ideológicas. ¿Qué podrá más, el Derecho o la ideología?
En la sesión del pasado viernes 11 de abril, comparecieron médicos, científicos, abogados y grupos a favor de la vida, pero destacó la presencia del Titular de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y del Procurador General de la República. Ambos ponentes fueron los que, el año pasado, interpusieron la demanda de inconstitucionalidad de la ampliación de la ley del aborto ante el alto Tribunal. En sus respectivos discursos, la argumentación no fue religiosa ni moral, sino jurídica. Y este punto debe ser destacado.
En sentido estricto, a la SCJN sólo le corresponde dictaminar si la ley promulgada por la Asamblea Legislativa del DF es conforme o no con la Constitución Política de nuestro País. No se trata de que el Tribunal Constitucional “escoja” entre dos posturas, o diga cuál de ambas tiene razón. Más bien la Suprema Corte, como máximo e inapelable intérprete de la Constitución, tiene como finalidad declarar si la acción de anticonstitucionalidad de esta ley del aborto procede o no. Éste es el verdadero centro del debate, y es de orden estrictamente jurídico.
En su intervención, el Procurador Eduardo Medina Mora, explicó que la vida del ser humano es el más elemental de todos los derechos, y que del reconocimiento de este derecho y de su protección depende la existencia de cualquier otro y la realización misma de la persona. Argumentó que, desde 1917, la vida estuvo protegida en el artículo 14 constitucional. Recordó que a partir de la reforma constitucional publicada el 9 de diciembre de 2005, el más fundamental de los derechos fue ampliado y protegido absolutamente con la prohibición total de aplicar la pena de muerte. Y citó el dictamen en el que se fundamentó esta ampliación: "La protección de la vida de un ser humano es considerada como la más elemental de las defensas, puesto que de la vida deriva todo el potencial de desarrollo y realización de la persona". El Procurador también recordó la exposición de motivos que dio origen a la reforma, la cual dice literalmente que "es la vida el patrimonio más valioso que tiene la humanidad. El grado de civilización de las sociedades es directamente proporcional al respeto que en ellas se tiene por la vida".
Por su parte, José Luis Soberanes, Ombudsman nacional, argumentó también jurídicamente, y se apoyó en un dato científico: “El hecho de que su hijo se encuentre dentro de su vientre (de la madre) no le otorga (a ella) el derecho a disponer de él, pues no se trata de su cuerpo, sino de un ser humano genéticamente distinto a ella. La existencia de un ADN diferenciado lleva a concluir que se trata de dos seres distintos, sin que uno pueda legítimamente disponer de otro”. Entonces, si el Derecho y la ciencia están a favor de la vida, ¿el aborto en que se fundamenta? Se basa en la ideología, en la imposición de un punto de vista de modo arbitrario y, a veces, violento. ¿Podrá más la presión de algunos grupos de interés que el derecho y la ciencia?
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 6 de abril de 2008

La herencia social de Juan Pablo II

Luis-Fernando Valdés

Se cumplieron ya tres años de la marcha del añorado Papa polaco a la Casa del Padre. Su recuerdo, por una parte, trae bastante nostalgia al corazón: ¿cómo no extrañar a un Pontífice tan cercano?. Y, por otra, su memoria nos llena de gozo, pues fue un Pastor que supo dar luces a los problemas más urgentes de la sociedad. Este tercer aniversario de la muerte de Juan Pablo II es buena ocasión para exponer brevemente algunas de sus enseñanzas sobre el trabajo, que es el centro de la cuestión social de cada País.
Karol Woytila tuvo la oportunidad de ser trabajador manual en su juventud, cuando Polonia fue invadida por los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Picando piedra en una cantera, pudo compartir hombro con hombro, la vida dura de los mineros; sufrió con ellos las carestías, y la mala remuneración. A diferencia de Marx y de Lenin, que buscaron remediar la injusticia laboral mediante revoluciones del proletariado, el joven Lolek (como lo llamaban sus amigos) hizo una lectura de esta experiencia desde el Evangelio.
Primero como Arzobispo de Cracovia, en los años del dominio soviético sobre Europa oriental y, más tarde, como Romano Pontífice, Juan Pablo II predicó con constancia el “Evangelio del Trabajo”, que es una respuesta viva, tomada del mensaje bíblico de Jesús, a los problemas actuales de los trabajadores. El Papa estaba convencido que en la vida y predicación de Jesucristo se encuentra una gran luz para entender el trabajo, pues Cristo siendo Dios se hizo ser humano, y trabajó con sus propias manos.
El 14 de septiembre de 1981, fue publicada la encíclica “Laborem exercens”, en la que el Papa eslavo aportó su propia experiencia como trabajador manual al análisis del sentido moral del trabajo humano. Entre las muchas enseñanzas de esta encíclica, todas ellas aún válidas para los hombres de hoy, destaca el análisis de los “derechos de los trabajadores”. Juan Pablo II defiende el derecho al empleo, el derecho a un salario justo y a unos beneficios adecuados y el derecho a crear asociaciones libres de trabajadores, lo cual incluye el derecho a la huelga (n. 16 y sig.).
Pero, además, el Papa Woytila toca temas que son herencia de una visión cristiana del trabajo y de la familia (cfr. n. 19). Por eso, defendió el “salario familiar”, que consiste en la cantidad suficiente para mantener a una familia sin que trabajen los dos padres a la vez. Y le dio un giro moderno a esta idea, proponiendo como alternativa determinadas prestaciones sociales, como “ayudas a la familia o subvenciones a las madres que se dedican en exclusiva a sus familias”. Y explica que la experiencia confirma que hay que esforzarse “por la revalorización social de las funciones maternas”, y así “será un honor para la sociedad hacer posible a la madre dedicarse –sin obstaculizar su libertad, sin discriminación psicológica o práctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras– al cuidado y a la educación de los hijos” (ibid.).
Esto fue una muestra de la actualidad de la enseñanza social de este recordado Pontífice, que está enraizada en la experiencia real del mundo del trabajo, e irrigada por la fuerza siempre joven del Evangelio. Ojalá que junto a los recuerdos tan gratos de Juan Pablo el Grande paseando entre las calles de nuestro País, también convivan los deseos de aplicar sus enseñanzas –que no son recetas políticas ni de “management”– a los problemas social de nuestra Nación. Y así la mermoria de Juan Pablo II será no sólo entrañable sino también fecunda.

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 30 de marzo de 2008

Los “emos”, alerta social

Luis-Fernando Valdés

La cultura “emo” ha sido noticia en lo que va del mes. Por una parte, hay que mencionar las agresiones sufridas por algunos jóvenes “emotivos”, y por otra, cabe destacar un reciente boletín de la Dirección General de Ciencias Sociales de la UNAM, en el que se describe el perfil psicológico de estos muchachos. Ante estos episodios violentos ¿basta con dar una mera descripción sociológica? ¿es suficiente exhortar a la tolerancia? ¿No deberíamos ir a la causa más profunda y esencial?
Aunque en el citado boletín, el Prof. Héctor Castillo Berthier explica que los “emos” no son una “tribu social”, las agresiones recibidas por estos jóvenes han sido obra de “tribus”, como los “punks”. Y la presencia de estos grupos sociales es una muestra de que algo no va bien en nuestra sociedad y en nuestro sistema educativo, hasta el punto de que un grupo muy numeroso de adolescentes deja a sus familias para asumir este estilo de vida, como protesta hacia los valores sociales establecidos. ¿Cómo pedirles a estos grupos urbanos que vivan la tolerancia, cuando su modo de vida se caracteriza precisamente por no seguir los valores de la mayoría?
En el estudio mencionado, el investigador Andrés Alcántara Camacho describe muy bien las características de los “emos”. Algunas de ellas nos invitan a la reflexión. Por ejemplo, el 40 por ciento de los adolescentes que se dicen ser “emos” presentan tendencias suicidas debido a su perfil psicológico depresivo; la vestimenta no permite a veces distinguir su género, pues igual se visten hombres y mujeres, y además son extremadamente delgados y se cortan cara y brazos con navajas para cubrirlas con el cabello y adornos, como una manera de rebelión ante sus padres o el mundo.
Un moviento cultural –aunque no esté establecido formalmente– que invita a no controlar las emociones o la tristeza, nos indica que posiblemente nuestra sociedad ha perdido de vista que la educación no es la mera transmisión de datos, sino una auténtica formación de la personalidad, que forja el carácter de modo que el educando sea capaz de dominar sus impulsos. Cuando un movimiento de estas características fomenta –o, al menos, solapa– el daño al propio cuerpo, o cuando no valora la diferencia entre lo masculino y lo femenino, observamos que la visión que tiene del ser humano es muy pobre. Por eso, la pregunta es urgente ¿nos debemos limitar a describir a los “emos”? ¿no será el momento de aceptar que hay un problema de fondo?
El núcleo de la cuestión radica en dos factores: la familia como formadora de valores y la educación pública como guía hacia la verdad. Al ver a tantos jóvenes que viven en “tribu”, no es difícil darse cuenta de que hay familias desintegradas o, al menos, disfuncionales. La familia es una realidad natural que, cuando se intenta “reinventarla” por medio de la legislación, deja de dar frutos de estabilidad y de sana convivencia. ¿Cómo pedir tolerancia a las personas que no han tenido un hogar donde aprender los valores fundamentales?
También la educación pública tiene un papel clave. Muchas problemas con estos grupos urbanos tienen su origen en el relativismo. Si desde niños se nos inculca que no existe la verdad, que nadie tiene la razón, lejos de hacernos tolerantes, lo que se fomenta es la pérdida de los valores. Algo falla en la educación cuando no se enseña la verdad sobre el hombre y sobre la familia. No basta describir a los “emos”, no es suficiente pregonar la tolerancia: hace falta redescubrir y proteger a la familia.

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 23 de marzo de 2008

Los “Coliseos” de hoy

Luis-Fernando Valdés

Celebramos hoy la fiesta más solemne de la Iglesia Católica: la Resurrección del Señor. Así se concluye la Semana Santa. Me gustaría destacar un evento importante de estos días: el Vía Crucis celebrado el Viernes Santo, en el Coliseo de Roma. Como cada año, esta ceremonia fue presidida por el Santo Padre, quien pidió al Cardenal de Hong Kong que prepara el texto que ahí se leería. ¿Por qué un obispo chino? ¿Hay algún mensaje de la Santa Sede para China, por los conflictos en el Tibet, además justo en el año de las Olimpiadas de Beijing?
El Autor de la versión 2008 del Vía Crucis es el Cardenal Joseph Zen Ze-Kiun, Obispo de Hong Kong, que nació en 1932 en China continental. Tuvo que huir de Shangai a Hong Kong, cuando los comunistas bombardearon el convento donde vivía. Fue ordenado sacerdote en 1961. En 1996 fue nombrado obispo coadjutor de Hong Kong, por Juan Pablo II, y en septiembre de 2003 quedó al frente de esa diócesis. Es conocido por hacer frente al gobierno comunista chino, para defender la libertad de la Santa Sede para canonizar a los mártires de aquel país, para expresar sus reservas a la ley “anti-subversión”, que facilita la violación de los derechos civiles y políticos de los ciudadanos chinos, y para presionar que sea respetado el derecho a la educación católica. Fue creado cardenal por Benedicto XVI, en marzo de 2006.
La costumbre de meditar y rezar el Via Crucis hace presente las 14 “estaciones” o momentos del camino de Jesús hacia el Calvario y hasta su sepultura. Este año, en cada estación se leyeron los textos bíblicos que relatan la Pasión, comentados por el Cardenal Ze-Kiun. El prelado centró sus meditaciones en los "mártires vivientes” del siglo XXI, y señaló que “probablemente ellos, más que nosotros hoy, han vivido en su cuerpo la Pasión de Jesús”, porque en ellos “Jesús ha sido de nuevo arrestado, calumniado, torturado, escarnecido, arrastrado, aplastado bajo el peso de la cruz y clavado en aquel madero como un criminal”.
Estas reflexiones fueron leídas en el Coliseo de Roma, “que nos recuerda tantos siervos y siervas (de Cristo), que hace siglos, entre el rugido de los leones hambrientos y los gritos de la muchedumbre que se divertía, se dejaron desmembrar y golpear hasta la muerte” por su fidelidad a Jesucristo. En este Vía Crucis, que fue rezado ante el Papa Benedicto XVI y transmitido por televisión a millones de espectadores en el mundo, el Cardenal chino se refirió a los modos actuales de opresión: la multitud de inocentes han sido condenados a sufrimientos atroces; los que detentan la autoridad como instrumento de poder y no se preocupan de la justicia; las torturas de tipo psíquico “que no son un tormento menor que las corporales”; la Iglesia perseguida y el sufrimiento de las madres de tantos jóvenes perseguidos y hechos prisioneros por causa de Cristo.
En el núcleo de estas reflexiones, Mons. Ze-Kiun destacó el laicismo de tantas revoluciones, que prometen una redención humana como si fueran una religión sin Dios. Y puso en guardia sobre la ilusión de sacrificar la propia vida, cuando no se cuenta con Dios. “Existen ateos llenos de valor dispuestos a sacrificarse por la revolución: están dispuestos a abrazar la cruz, pero sin Jesús”, pero “sin Jesús la cruz resulta insoportable”. Una vez más, la Iglesia se convirtió en la voz de los que no tienen voz, de los que sufren en los Coliseos de la falta de libertad religiosa, no sólo en China, sino en todo lugar donde hablar de Dios resulta peligroso.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 16 de marzo de 2008

Los “nuevos” pecados

Luis-Fernando Valdés

Corrió tan rápido como el fuego que se propaga en un cañaveral, la noticia de que ahora ya existen nuevos pecados. Se trata de una entrevista a Monseñor Gianfranco Girotti, obispo regente del tribunal de la Penitenciaría Apostólica, publicada en la edición italiana de “L'Osservatore Romano”, del pasado 9 de marzo. Entonces, ¿la Santa Sede puede decidir o inventar cuáles acciones son pecado?
Es muy provocador afirmar que ahora hay nuevos pecados. Equivale a decir que antes se realizaban determinadas acciones con normalidad y, que –de repente– unos funcionarios en el Vaticano deciden que –desde este momento– tales actos ya son malos. Si así fuera, eso querría decir que las acciones humanas en sí mismas nunca serían malas, sino que lo serían sólo porque unos líderes religiosos les habrían puesto una etiqueta denominada “pecado”.
Pero, en realidad, esto no es así. Ni unos clérigos romanos se dedican a inventar pecados nuevos, ni algunas acciones son malas sólo porque así lo dispongan las autoridades religiosas. En efecto, todo ser humano, de cualquier época y cualquier cultura, se da cuenta de que algunos de sus actos le producen remordimiento y lo hacen sentir culpable, porque él mismo se da cuenta de que con esas palabras, pensamientos, deseos o acciones ha ofendido a otro o a sí mismo, y también intuye que con esas malas acciones ha roto su armonía con Dios. Este drama de la ruptura interior causada por una mala acción ha sido explicada por el Cristianismo mediante la noción de “pecado”. De modo que los pecados son una invención religiosa; más bien, la religión da una explicación de esta experiencia interior que todos sentimos.
La tradición judeo-cristiana han condensado todos las posibles malas acciones en diez grandes rubros, denominados los “Diez Mandamientos”. Más adelante la tradición moral católica los ha agrupado en los llamados “Pecados capitales”, que son siete grandes conjuntos en los que se pueden agrupar los actos malos. (No se llaman “capitales” por ser los más malos, sino porque son las “cabezas” –del latín “caput”, “capitis– de cada uno de esos grupos). Por eso, cuando en cada época surgen nuevos aspectos de los vicios antiguos, la Iglesia no “inventa” nuevos pecados, sino que únicamente aclara que son nuevas manifestaciones de las ya conocidas malas acciones.
Y como nuestra civilización está experimentando un cambio de época –tan drástico como la transición de la Edad Media al Renacimiento– es muy interesante escuchar la explicación sobre los “nuevos” pecados de nuestros tiempos, que Mons. Girotti daba en la entrevista realizada por Nicola Gori. El periodista le preguntó “¿Cuáles son, según usted, los nuevos pecados?”. En su respuesta, el obispo regente del tribunal de la Penitenciaría Apostólica se refirió a “actitudes pecaminosas en relación con los derechos individuales y sociales”. Y luego especificó cuatro áreas: la bioética, donde hay experimentos, manipulaciones genéticas que violan los derechos humanos; la social, en la que la droga, “debilita la psique y se oscurece la inteligencia”; y el área de las desigualdades sociales y económicas, y el área de la ecología.
Sería una pena si de esta entrevista nos quedáramos sólo en la discusión de si se trata de pecados “nuevos”. Lo importante es darnos cuenta de que en esas nuevas áreas se están desarrollando los vicios de antaño, y que necesitamos liberarnos de ellos, aunque ahora se revistan con un rostro nuevo.

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 9 de marzo de 2008

“Secuestro” y liberación de la mujer

Luis-Fernando Valdés

Con alegría profunda celebramos ayer el Día Internacional de la Mujer. Pero el júbilo no se debió sólo al hecho de tener una fecha asignada para expresar reconocimiento a las mujeres. Es verdaderamente profundo el gozo de festejarlas: es una manera de manifestar la gratitud que la humanidad les debe. Constatamos que se han dado pasos importantes en la valoración del género femenino, pero éste aún sigue atrapado entre dos extremos en pugna. La verdadera liberación femenina todavía no se ha consolidado.
Desde 1977, la Organización de la Naciones Unidas (ONU) ha promovido la celebración del Día Internacional de la Mujer. Para el correspondiente a este año, la ONU propuso el tema “Invertir en las mujeres y en las niñas”, cuyo objetivo es llamar la atención sobre las distancias que aún se deben salvar en la financiación del “empoderamiento” de la mujer (www.un.org).
Pero las inversiones económicas, publicitarias y legislativas que se realicen en beneficio de las mujeres se quedaran cortas, si no se hace una “inversión” a fondo para sacar a la mujer de la prisión de las ideologías. Actualmente, se sigue “forzando” a las mujeres a que se alineen en un extremo u otro de las corrientes de pensamiento que sostienen que no caben sino dos opciones: o una igualdad radicalizada del varón y la mujer, o un sometimiento total a los “roles tradicionales” (esposa, madre).
La mujer debe ser liberada de esta dicotomía. La verdad sobre ella consiste en la “simultaneidad” de ambas situaciones en su vida: su real igualdad respecto al varón es simultánea a su profunda diferencia respecto a los hombres. Quizá, desde el punto de vista ideológico, ésta es la gran barrera que hace falta superar. Hace falta fomentar un verdadero humanismo que contribuya notablemente a afirmar que la mujer puede ser simultáneamente actriz de la vida social, económica, política, etc. y esposa, madre de familia, columna del hogar.
La discriminación contemporánea hacia la mujer ya no consiste en negarle la igualdad de oportunidades. Al menos, a nivel de ideas y leyes, varón y mujer tienen derecho a ejercitarse en las misma ocupaciones. La segregación hacia ellas consiste hoy en que no se favorece que una dama pueda vivir “al mismo tiempo” sus dos dimensión: aquella en la que es igual al varón (p.ej. trabajar), y en la que es distinta a él (p.ej. maternidad, asistencia a otros, etc.)
Se necesita de un discurso nuevo al hablar de la mujer. Optar por el extremo “liberacionista” es tan obsoleto como insistir en que la mujer es sólo para el hogar. Lo que se requiere hoy es una filosofía –más que una ideología– que hable de la mujer en su integridad: igualdad y diferencia. Y mientras este pensamiento no empape las legislaciones y las políticas laborales, la mujer seguirá discriminada, atrás de la cortina de humo de una igualdad radicalizada.
Los logros de los movimientos feministas del siglo XX son dignos de reconocimiento. Gracias a ellos, las mujeres han podido demostrar su capacidad para participar activamente en la política, la empresa, la universidad, etc. El problema ha sido que estas causas se han politizado, y se han utilizado como banderas ideológicas. El resultado ha sido triste: el secuestro político e ideológico de la mujer. que La auténtica liberación llegará cuando se afirme y se fomente la simultaneidad: la mujer es igual al varón y –a la vez– diferente.

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.bolgspot.com

domingo, 2 de marzo de 2008

Día de la familia ¿de cuál?

Luis-Fernando Valdés

Celebramos hoy el día internacional de la familia. Nos unimos con júbilo a tantos millones que comparten este valor fundamental. La familia es la “célula de la sociedad”, por lo que cuidar la familia es asegurar el bien de todo el País. Sin embargo, hoy mismo surgen muchas voces que proclaman otros modelos de “familia”. ¿Cuál es la familia que hoy festejamos? ¿La llamada “tradicional”? ¿o también se incluyen uniones de otro tipo?
La familia se funda sobre la base del matrimonio de un hombre con una mujer, que establecen una alianza de amor para toda la vida. Y, a partir de esa unidad permanente, vienen los hijos, que son fin de ese matrimonio y la expresión del amor de los esposos. Este modelo ha sido el sostén de la cultura de occidente. Pero hoy día se ha puesto en duda la validez de este paradigma.
En efecto, en la últimas décadas se ha promovido en la legislación de varios países un modelo jurídico de familia, que pudiera englobar a varios tipos de uniones, y que las equiparara a la familia tradicional. De esta manera, se han intentado que se llamen también familias a las uniones entre personas del mismo sexo, las cuales tendrían derecho a adoptar niños. ¿Estos otros modelos son realmente familia?
La respuesta a esta pregunta hace unas pocas décadas no presentaba ningún problema. En nuestros días, contestarla es una verdadera hazaña. El fondo de la cuestión es que hoy se considera “discriminatorio” afirmar que hay modelos de familia que no son válidos. Nuestra cultura ha llegado muy alto al proteger a todo ciudadano de cualquier discriminación. Pero ¿es un ataque a la igualdad afirmar que no todo modelo de familia es verdadero?
Se nota aquí el relativismo que impera en nuestra sociedad. No es fácil afirmar que el paradigma de familia es definitivo, porque hoy es un valor común sostener que no se puede conocer la verdad o, al menos, no se podría alcanzarla con certeza. La consecuencia es lógica: si no es posible acceder al modelo familiar verdadero, cualquier paradigma sería válido. Y, si todos los modelos son igualmente válidos, la ley no tendría más remedio que reconocerlos a todos por igual.
El callejón parece no tener salida. Sin embargo, sí es posible explicar que este paradigma es válido en todo tiempo y lugar. Primero, es falso que la razón humana esté imposibilitada para conocer la verdad más íntima del hombre. Y, después, es necesario recordar que la razón misma ha descubierto que el hombre está regido por una serie de “principios naturales”, no establecidos por él. En otras palabras, la inteligencia puede conocer y aceptar la “naturaleza” de la familia, y reconocer que ese modelo es connatural al ser humano, pues no es producto de una convención social. Y, por eso, el hombre puede comprender que ese “modelo natural” se convierte en una “tarea”, en la que debe empeñar su libertad y sus fuerzas.
De igual manera, por las consecuencias que conlleva cada modelo, el ser humano puede conocer si su ideal de familia es verdadero o no. Esto es análogo al caso de la ecología. Hace unas décadas, a nombre del progreso –que era un valor de moda y, por tanto, intocable– se justificaba la explotación irracional de las selvas y ríos. El paso de los años ha hecho ver el daño que conllevó esta postura. De igual manera, aceptar modelos familiares no naturales –a nombre de la no discriminación– traerá consecuencias sociales importantes. ¿Vamos a esperar a que la sociedad colapse para reconocer el verdadero modelo de familia?

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 24 de febrero de 2008

Aborto y salud pública: una contradicción

Luis-Fernando Valdés

Falleció Vianney P., una adolescente de 15 años, durante un aborto “legal” en el Hospital General de Balbuena de la Ciudad de México, el pasado 15 de febrero. La versión oficial indica que el médico que la atendió no verificó con un ultrasonido el tiempo de gestación, de modo que el no-nato tenía 16 semanas y no 12, y que eso produjo una hemorragia que conllevó la muerte de la jovencita. Algunos funcionarios del Gobierno del DF minimizaron el caso: un solo deceso en más de 5,800 abortos “legales”. ¿La muerte de Vianney fue un mero “efecto colateral”? Esta consecuencia no deseada “trae cola”, que es importante destacar.
Para centrar la cuestión, en primer lugar hablemos de que hay situaciones médicas muy delicadas que afectan a un número muy importante de habitantes. Se les conoce como “problemas de salud pública”. Cuando una enfermedad es denominada así, el gobierno del País tiene que tomar medidas claras y oportunas para combatirla. Declarar a un padecimiento como problema de salud pública tiene repercusiones, que afectan desde la legislación hasta el presupuesto, pasando por la publicidad en los medios de comunicación.
La legalización del aborto en la Ciudad de México, en parte, se ha presentado como una cuestión de salud pública. ¿No recuerda Usted cuánto se mencionaban cifras de mortandad de la madre, causada por recurrir a abortos “clandestinos”? (Como siempre había en esto una gran simplificación, pues si eran clandestinos ¿cómo obtenían las cifras?). Algunos argumentos a favor del aborto esgrimían que esas muertes por legrados “ilegales” se solucionarían, si se legalizaba la “interrupción del embarazo”.
Ahora bien, los efectos que produce el aborto voluntario son también un verdadero problema de salud publica, que no se ha querido reconocer. Holanda, donde se practican 30 mil abortos “legales” anuales, es el primer país en el que la opinión pública apenas comienza ha hablar de los efectos psicológicos del aborto. La edición de Amsterdam de “Metro” (25 enero 2008) publicó “La otra cara del aborto”, con un amplio reportaje con testimonios algunas mujeres sufren ataques de ansiedad, depresión y remordimientos. Se trata del síndrome “post aborto”.
No es un asunto cómodo para el gobierno holandés. Según Laura van Lee, investigadora de la fundación Rutger Nisso Group (que, curiosamente, es una organización a favor del aborto), se trata de un tema tabú porque que el actual gobierno de los Países Bajos no quiere reformar la legislación sobre el aborto. “Médicos y partidarios del aborto temen que los testimonios sobre efectos negativos del aborto puedan llevar a limitarlo e incluso a prohibirlo”, reconoce Lee.
El síndrome “post aborto” es una verdadera enfermedad, que afecta a muchos mexicanos. Prácticamente no hay cifras de las mujeres –y de los varones– que tienen padecimientos psicológicos causados por “interrumpir” el embarazo. Y es que la Autoridades sanitarias no las van a recabar, pues al momento en que se vea la gran cantidad de personas afectadas, no tendrán más remedio que declarar al aborto voluntario como “problema de salud pública”, y deberá tomar medidas legislativas y económicas para remediarlo. Y la única solución eficaz será… prohibir el aborto. Ojalá que la muerte de Vianney, conciudadana nuestra, por la cual rezamos para que descanse en paz, sirva para tomar conciencia de que algo no va bien en la legalización del aborto, y para aceptar que el aborto es problema y no solución.

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 17 de febrero de 2008

SIDA, “enfermedad gay”

Luis-Fernando Valdés

“El VIH es una enfermedad homosexual”. Palabras duras, quizá políticamente incorrectas. Si las hubiera dicho un eclesiástico, hubieran dado la vuelta al mundo, anunciado que ha vuelto la Inquisición. Pero fue Matt Foreman, director de una influyente asociación gay de Estados Unidos, el que las pronunció, el pasado viernes 15 de febrero, en Detroit (EUA), ante un numeroso grupo de simpatizantes. Y la noticia pasó muy desapercibida, aunque se trata de una verdadera revolución, pues nunca antes el movimiento gay lo había reconocido. ¿Acaso esta declaración implicará que las organizaciones homosexuales deban reconocer que existe un aspecto ético en la sexualidad?
Foreman, el director ejecutivo saliente de la “National Gay and Lesbian Task Force” (NGLTF), quizá la organización de presión homosexual más influyente y aguerrida de Estados Unidos, reconoció que “siendo homosexual o bisexual el 70 por ciento de las personas en este país que viven con el VIH, no podemos negar que el VIH es una enfermedad homosexual. Tenemos que aceptar y darle la cara a este hecho” (www.cnsnews.com).
Se trata de un verdadero cambio de paradigma en la política de las organizaciones gays del país vecino. Durante décadas, estas asociaciones reaccionaron duramente contra quien se atrevía a afirmar que los homosexuales eran los más afectados por el SIDA. Gary Glenn, presidente de la “American Family Association of Michigan”, comentó que las palabras de Foreman son una cambio dramático en la estrategia y en la retórica usada durante años por la ortodoxia del movimiento por los “derechos” homosexuales.
Al comentar las alarmantes estadísticas del Gobierno norteamericano sobre esta enfermedad, Foreman reconoció que “cuando se publican estos números, la comunidad homosexual establecida parece encogerse de hombros colectivamente, como si éste no fuera nuestro problema”. Es una manera de reconocer que el comportamiento homosexual es causa de este incremento en el número de personas infectadas. Es una muestra más del cambio de rumbo del movimiento gay, pues en 2003 algunas organizaciones homosexuales había criticado a Jerry Thacker, Presidente del Consejo de VIH/SIDA de la Administración de George W. Bush, por haber afirmado que el SIDA “es una enfermedad del comportamiento”. Con bastante razón Matt Barber, directivo del “Concerned Women for America”, al conocer las declaraciones de Foreman, comentó que quién sabe que cuántas vidas se habrían podido salvar si los activistas homosexuales hubieran sido honestos para advertir sobre los peligros de la forma de vida que promueven.
Aunque los factores para adquirir el VIH son variados y no todos están vinculados directamente a la conducta sexual, es verdad que la mayoría han sido infectados por el ejercicio de prácticas homosexuales o bisexuales. De este modo, queda vinculada la conducta personal con un problema de salud pública. Por esta razón, ya no tiene sentido decir que es indiferente promover o no ciertos comportamientos respecto al ejercicio de la sexualidad. Queda en entredicho la política de promover el uso del condón como solución al problema.
Me parece muy loable por parte del Sr. Foreman, que haya dejado de lado los motivos ideológicos y haya aceptado que hay un problema de conducta en el incremento de los enfermos de SIDA. Por fin, se empieza a abrir la puerta para discutir la conducta sexual como un problema ético, cuya solución será un replanteamiento ético de la sexualidad. Castidad o sexo libre, ya no son una mera opción: vuelven a ser una cuestión moral.

Correo: lfvaldes@gmail.com

domingo, 10 de febrero de 2008

Ceniza, ¿superstición católica?

Luis-Fernando Valdés

El “Miércoles de ceniza” siempre es noticia. Hace unos días todos los medios de comunicación le dedicaron una amplia cobertura. Se difundieron noticias sobre el número de fieles que abarrotaron los templos, se transmitieron las declaraciones de obispos y se publicaron reportajes sobre el significado de esta ceremonia. Fue llamativo que bastantes de los que fueron entrevistados al salir de las iglesias, tenían una noción muy vaga del significado de este rito. Parecía que le daban un sentido supersticioso. ¿Qué significa en realidad el rito de la imposición de la ceniza?
El origen de este rito se remonta a tiempos muy antiguos. En los inicios del cristianismo, los pecadores públicos que se sometían a “penitencia canónica”, se cubrían con ceniza como señal de aceptación de su propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios.
La Iglesia ha conservado esta costumbre en su liturgia. Pero lejos de mantenerla como un gesto meramente exterior, lo ha sostiene como signo de la actitud del corazón penitente, que cada católico está llamado a asumir en el itinerario de su acercamiento a Dios. Lo importante de recibir la ceniza (o, como dicen algunos, “tomar ceniza”) es captar el significado interior que tiene este rito: el que cubre su frente con la ceniza manifiesta públicamente que está abierto a la “conversión” y a la renovación.
Hoy día esta señal sigue teniendo mucho sentido. A pesar de la secularización de la sociedad en la que vivimos, los creyentes se dan cuenta de que deben dirigir su espíritu hacia las realidades que son verdaderamente importantes. Notan que, para acceder a esas realidades, hace falta un esfuerzo religioso y una coherencia de vida, que se traduzca en buenas obras. Y así, la ceniza viene a representar el compromiso personal tanto de renunciar a lo superficial y suntuoso, como de abrirse a la solidaridad con los que sufren y con los necesitados.
Recibir la ceniza tiene un sentido religioso, que quizá hace falta destacar más. Con este rito se inicia el tiempo de “Cuaresma”, que son cuarenta días de preparación para celebrar la fiesta católica más importante: la Resurrección de Jesucristo. Con el gesto de la ceniza, cada católico está reconociendo ante Dios, que debe mejorar su vida de creyente, de manera que su conducta refleje su fe y su amor a Dios y, en consecuencia, su amor al prójimo.
Este tiempo litúrgico sólo tiene sentido si sirve realmente para un cambio espiritual en los creyentes. Quedarse en las manifestaciones exteriores (sacrificios voluntarios, limosnas, etc.), si una referencia expresa a dejar que Dios tenga que ver con nuestra propia vida, sería algo más cercano a la superstición que a la fe. De igual manera, cumplir con las prácticas del ayuno y la abstinencia (también conocidas como “vigilias”), sin perdonar de corazón al que nos ha ofendido, sin dejar las prácticas de corrupción, sin abandonar los vicios, también sería caer en la superstición.
Por lo tanto, la ceniza no tiene ningún sentido supersticioso. No le sucede nada paranormal ni se le retiran las bendiciones del Cielo a la persona que no la reciba en Miércoles de ceniza. No son “polvos mágicos” que garantizaran el bienestar material o la salud de los que lo reciben. Son una señal de la conversión religiosa del corazón, son el signo de que aceptamos nuestra propia debilidad y manifiestan que necesitamos abrirnos a Dios para encontrar el sentido de nuestra vida.

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 3 de febrero de 2008

Genoma artificial ¿queda Dios fuera?

Luis-Fernando Valdés

Hace menos de diez días, dio la vuelta al mundo la noticia de que algunos científicos norteamericanos había logrado crear artificialmente la vida. Impactante a primera vista. ¿El hombre está jugando a ser Dios? ¿Dios ya perdió su rol de creador?
Primero veamos el suceso. En Estados Unidos, el grupo de investigación del Instituto J. Craig Venter de Maryland (EUA) hizo publico recientemente que logró crear el genoma completo de un organismo vivo, y espera sea un paso importante para crear vida artificial. Ya en octubre de 2007, Craig Venter había anunciado la creación de un cromosoma artificial a partir de elementos químicos, como paso previo a la creación de la primera forma de vida artificial de la Tierra.
Esta investigación indagó las características genéticas mínimas que debe contener un organismo para tener vida. Se trataba de encontrar el tipo de genes o funciones mínimas necesarias para soportar una vida celular, o dicho en términos técnicos, se buscaba cuál es el “genoma mínimo” que debe contener un ser vivo. La idea se polarizó hacia los micoplasmas que son los microorganismos más sencillos que se conocen. Se trata de una bacteria llamada Mycoplasma genitalium, que “parasita” en algunos tipos de células. El 24 de enero de 2008 se anunció la culminación de la síntesis química completa, el ensamblado y la clonación de un genoma idéntico al de esta bacteria, sintetizado artificialmente (D. A. Gibson, en www.sciencexpress.org).
A pesar del gran logro conseguido no es posible afirmar, como decía algún titular de prensa, que este logro del Instituto J. Craig Venter demuestre que se puede “crear vida” en el laboratorio. El científico español, Nicolás Jouve de la Barreda, explica que “lo cierto es que hasta ahora, lo único que se ha hecho es producir un genoma sintético de imitación”. Explica que la creación sintética del genoma de una bacteria está muy lejos de la creación de un organismo vivo, y más aún de la creación de un organismo superior a una bacteria, porque el genoma humano es como mínimo 6.000 veces más grande y contiene cerca de 60 veces más genes que el genoma sintético producido a imitación del Mycoplasma genitalium (www.bioeticaweb.com).
Jouve de la Barreda, experto en genética y catedrático de bioética, sostiene que este paso biotecnológico no representa la aventura de jugar a ser Dios. Y señala con optimismo, que la producción de un genoma mínimo sintético de esta naturaleza permitirá la obtención de productos útiles para el hombre, sustancias químicas o fármacos de interés terapéutico como la insulina, los factores de coagulación de la sangre, vacunas, etc.
Lejos de competir con el Creador, la biotecnología bien llevada es una vía para encontrar a Dios. Francis Collins, importante investigador del Genoma Humano, en su reciente libro “Cómo habla Dios” (Madrid 2008), confiesa que fue agnóstico hasta los 27 años y señala cómo el descubrimiento del genoma humano le ha llevado a vislumbrar el trabajo de Dios en la naturaleza. Afirma que “cada paso adelante en el avance científico, es un momento de especial alegría intelectual, pero también un momento donde siente la cercanía del Creador, en el sentido de estar percibiendo algo que ningún humano sabía antes, pero que Dios sí conocía desde siempre”. Y eso le mueve a Collins a concluir que hay bases racionales para un Creador y que los descubrimientos científicos, lejos de alejarlo, llevan al hombre más cerca de Dios.

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://www.columnafeyrazón.blogspot.com

domingo, 27 de enero de 2008

Hacia la “info-ética”

Luis-Fernando Valdés

El papel que desempeñan los medios de comunicación es asombroso. Es un reflejo de la grandeza de la capacidad humana, que ha podido superar los límites del tiempo y el espacio, y ha conseguido que la comunicación sea instantánea y global. Todo este potencial puede contribuir al bienestar de la familia humana, o bien, puede ser utilizado contra el hombre. Por eso, se requiere una reflexión serena que ayude a desarrollar el aspecto ético de la comunicación.
No es novedad que los medios de comunicación emplean “códigos de ética”. Prácticamente desde su inicio, estos medios han reflexionado sobre su papel en la sociedad y el impacto que producen en su audiencia. Y en base a esta experiencia, ellos mismo se han impuesto unas normas de actuación. Sin embargo, el rápido desarrollo de nuevas tecnologías ha dado lugar a nuevas situaciones que quizá no se habían contemplado antes, y que requieren de una valoración moral.
Sucede un fenómeno similar al ocurrido durante el desarrollo tecnológico de la medicina. El rápido adelanto de la medicina trajo consigo algunas situaciones nuevas, referentes al respeto o a la manipulación de la vida humana. De repente los médicos tuvieron en sus manos el poder de acortar la vida, o de generarla sin necesidad de progenitores. Y así surgió la “bioética”, que conjunta la ciencia médica, la ética, la teología moral y el derecho. La finalidad de esta reciente disciplina es proteger la dignidad humana, ante los avances tecnológicos que pueden atropellarla.
El desarrollo tecnológico de los medios de comunicación ha traído grandes beneficios a la humanidad, como la alfabetización, el desarrollo de la democracia, el diálogo entre los pueblos y la libre circulación del pensamiento. Sin embargo, este crecimiento mediático ha tenido efectos que no son tan favorables, como el riesgo de que los medios sean usados para fines ideológicos o para la venta de bienes de consumo mediante una publicidad obsesiva. En ocasiones, con el pretexto de representar la realidad, se tiende de hecho a legitimar e imponer modelos distorsionados de vida personal, familiar o social. O bien, para ampliar la audiencia, a veces no se duda en recurrir a la trasgresión, la vulgaridad y la violencia.
Cuando la comunicación pierde las raíces éticas, termina por olvidar la centralidad y la dignidad inviolable del ser humano. Y entonces se corre el riesgo de incidir negativamente sobre las conciencia y de condicionar la libertad y la vida misma de las personas. Precisamente por eso, es indispensable que los medios defiendan celosamente a la persona y respeten plenamente su dignidad.
Benedicto XVI se presenta a sí mismo como un interlocutor válido en el debate intelectual, pues es el “representante de una comunidad que custodia en sí un tesoro de conocimiento y de experiencias éticas, que resulta importante para toda la humanidad: en este sentido, habla como representante de una razón ética”. Y desde esta postura de diálogo, no de la imposición, el Papa sugiere que así como el desarrollo de la medicina necesitó de la bioética para custodiar la dignidad de las personas, también hoy la comunicación social requiere que de una “info-ética”.
Los medios de comunicación tienen grandes retos éticos. El más grande, sin duda, es a dar a conocer la verdad sobre el hombre, defendiéndola ante los que tienden a negarla o destruirla. Se puede decir incluso que la búsqueda y la presentación de la verdad sobre el hombre son la más alta vocación de la comunicación social.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 20 de enero de 2008

Sensibilidad por la verdad

Luis-Fernando Valdés

El pasado jueves ocurrió un hecho sin precedentes. Benedicto XVI suspendió su participación en la inauguración del año académico de la Universidad “La Sapienza” de Roma, movido por la petición de 67 profesores al Rector Magnífico de revocar la invitación al Papa, y por las protestas de grupos de estudiantes. ¿Qué tenía que decir el Romano Pontífice a una universidad laica?
A pesar de no acudir al evento, el Papa Ratzinger envió el discurso que iba a pronunciar. En ese texto, el Romano Pontífice justifica su presencia en una institución no católica, explicando que él es el representante de una comunidad que custodia en sí un tesoro de experiencias éticas, importantes para toda la humanidad. Se presenta como un interlocutor válido, ya que habla como “representante de una razón ética”.
Y, aunque esa institución ya no es una universidad católica, como lo fue en su origen, puede entablar un diálogo con el Papa, porque la autonomía que siempre ha formado parte de la naturaleza de una universidad, debe estar ligada exclusivamente a la autoridad de la verdad.
Benedicto XVI se pregunta a continuación: “¿Qué es la universidad? ¿Cuál es su tarea?”, y responde: “El verdadero, íntimo origen de la universidad es el deseo de conocimiento que es propio del ser humano. Quiere saber qué es todo lo que le rodea. Quiere verdad”. Luego el Santo Padre aborda el polémico tema del aspecto moral de la verdad. Afirma que la verdad no es sólo teórica. Y explica que la “verdad es más que saber: el conocimiento de la verdad tiene como fin el conocimiento del bien”.
Entonces, la “verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera: este es el optimismo que vive en la fe cristiana, porque a ella se le ha concedido la visión del Logos, de la Razón creadora, que en la Encarnación de Dios, se ha revelado como el Bien, como la misma Bondad”. En este contexto, el Papa pone el ejemplo de las universidades medievales, donde convivían las facultades de Filosofía y Teología que se ocupaban de la búsqueda “del ser humano en su totalidad y de la tarea de mantener la sensibilidad por la verdad”.
Precisamente, todos podemos constatar, en nuestra experiencia diaria, que el interés por la verdad está cada vez más difuminado, que ahora mismo son pocos los profesores universitarios que afirman con seguridad que es posible alcanzar la verdad. Y es evidente para todos el costo de no buscar la verdad: hoy vivimos en medio de un relativismo moral, en el que cada uno se erige como ley suprema de sí mismo.
Al final del discurso, Benedicto XVI se pregunta: “¿Qué tiene que hacer o que decir el Papa en la Universidad?”. Aclara que “no debe tratar de imponer a los demás la fe de forma autoritaria”, y luego afirma que su misión pastoral consiste en “mantener despierta la sensibilidad por la verdad”. Y para revitalizar esa sensibilidad el Papa debe “invitar siempre nuevamente a la razón a ponerse en búsqueda de lo verdadero, del bien, de Dios”.
Este discurso despertará inquietudes en las comunidades académicas. Ha llegado la hora de replantearse la naturaleza y la misión de la institución universitaria. El enfoque pragmático de los estudios superiores, que enseñan a transformar la naturaleza, no resuelve las inquietudes profundas del ser humano. Si el conocimiento no está guiado por la verdad, la ciencia se volverá contra el hombre. La solución es retomar el enfoque original: la razón de ser de la universidad está en la búsqueda de la verdad, aunque ésta sea difícil de encontrar.

Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
http:// columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 13 de enero de 2008

Evangelización ¿expansión de poder?

Luis-Fernando Valdés

Cuando la Iglesia propone a sus fieles que enseñen el Evangelio a nuevas personas, surgen bastantes confusiones tanto en los propios como en los extraños. En el ambiente cultural de hoy, proponer a alguien que haga suyas las convicciones religiosas de otro suena como un atentado contra la libertad. Ante esta situación, que ha desembocado en una actitud pasiva por parte de los católicos para promover su fe, la Iglesia publicó una nota alentando al apostolado. ¿Será un intento de hegemonía religiosa?
El 14 de diciembre pasado, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una “Nota Doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización”. El Cardenal Levada, Prefecto de ese dicasterio, explicó que el tema de este documento, la evangelización, responde “al análisis de una cierta confusión concerniente al interrogante de si los católicos deben dar testimonio de la propia fe en Cristo”. Y más específicamente se trata del examen de “algunos puntos específicos que parecen socavar la realización del mandato misionero de Cristo”.
Un aspecto capital que genera la confusión sobre la misión apostólica de la Iglesia, es la opinión de algunos, que consideran que cualquier intento de convencer a otras personas en cuestiones religiosas sea un límite a la libertad. Además, sugieren también que es suficiente invitar a las personas a actuar según su conciencia, pero sin necesidad de creer en Dios. O bien, señalan que bastaría con ayudar a los seres humanos a ser más humanos o más fieles a la propia religión, para construir comunidades capaces de obrar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad, pero sin apuntar a la conversión a Cristo y a la fe católica.
Esta opinión es tan generalizada, que a muchas personas –creyentes o no– les parece legítima. En su raíz, este modo de pensar tiene una profundas implicaciones antropológicas, que el documento pone de relieve. Se trata de algunas formas de agnosticismo y relativismo que niegan la capacidad humana de conocer la verdad, y que tienen como consecuencia el desvincular la libertad humana de su referencia a la verdad. Si no existiera la verdad, la libertad no podría escoger una religión sin ser violentada.
Luego la Nota doctrinal explica que “no nos podemos dedicar a la búsqueda de la verdad contando sólo con nuestras fuerzas, ya que esa búsqueda implica inevitablemente la ayuda de los demás y la confianza en el conocimiento que han recibido. Así, la enseñanza y el diálogo con que se pide a una persona, en plena libertad, que conozca y ame a Cristo, no es una ‘intromisión indebida’ en la libertad humana, sino una oferta legítima y un servicio que puede hacer más fecundas las relaciones entre los seres humanos”.
El diálogo sobre las propias convicciones religiosas va de la mano de la verdad y del respeto, ajena a cualquier coacción, la cual sería irrespetuosa de la dignidad y de la libertad religiosa. Y, en ese clima de respeto, se entiende que “para la evangelización cristiana “la incorporación de nuevos miembros a la Iglesia no es la extensión de un grupo de poder, sino la entrada en la amistad con Cristo, que une el cielo y la tierra, continentes y épocas diferentes”.
Como se puede observar, la invitación a hablar de Dios y a creer en la fe católica, no es un intento de ganar poder temporal. Los católicos debemos ganar confianza en el mensaje que poseemos, convencidos de que no herimos la libertad de nadie, sino que les ayudamos a perfeccionarla.

Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
http:// columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 6 de enero de 2008

¿Es posible la paz?

Luis-Fernando Valdés

Al comenzar el nuevo Año, mientras brindábamos seguramente todos formulamos un deseo de paz: que haya verdadera paz en el 2008. Pero quizá nos vino a la mente que hace un año hacíamos el mismo augurio… y no se nos concedió. ¿Por qué falta paz en nuestro País? ¿Acaso no puede Dios traer la paz a este mundo? Ante estos grandes interrogantes, me ha dado bastante luz la reciente Encíclica “Spe Salvi” de Benedicto XVI, y deseo compartirles algunas de esas reflexiones del Papa.
Ante estas preguntas tan fuertes, el Romano Pontífice explica que el ateísmo de los siglos XIX y XX, por sus raíces y finalidad, es una protesta contra las injusticias del mundo. Un mundo en el que hay tanta injusticia, tanto sufrimiento de los inocentes y tanto cinismo del poder, no puede ser obra de un Dios bueno. El Dios que tuviera la responsabilidad de un mundo así no sería un Dios justo y menos aún un Dios bueno. Por eso, la modernidad niega a este Dios precisamente en nombre de la moral. Y si no hay un Dios que pueda hacer justicia, ahora es el hombre mismo quien está llamado a establecer la justicia y a traer la paz (cfr. n. 42).
También explica el Santo Padre que la época moderna ha desarrollado la esperanza de la instauración de un mundo perfecto, que se conseguiría tanto por los conocimientos de la ciencia como por una política fundada científicamente. Así, la esperanza bíblica del reino de Dios fue reemplazada por la esperanza del reino del hombre, por la esperanza de un mundo mejor que sería el verdadero “reino de Dios” (cfr. n. 30).
Luego el Papa Ratzinger llega al núcleo: cuando el hombre cree que es él el que debe hacer justicia universal, termina realizando las más grandes crueldades y violaciones de la justicia. Porque “esa pretensión de que la humanidad pueda y deba hacer lo que ningún Dios hace ni es capaz de hacer, es presuntuosa e intrínsecamente falsa”. En efecto, ni siquiera Dios en nombre la justicia atropella la libertad ni destruye al hombre. Por eso, “un mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es un mundo sin esperanza” (n. 42), a merced de los abusos del más fuerte. Pero “la protesta contra Dios en nombre de la justicia no vale. (…) Sólo Dios puede crear justicia. Y la fe nos da esta certeza: Él lo hace” (n. 44).
Es actual la tentación de buscar de un mundo sin Dios, de un reino del hombre, en el que gracias a los esfuerzos humanos consigamos la justicia y la paz. Pero la clave de ese mundo perfecto radica en la libertad humana, que puede fallar y volverse contra el hombre mismo. Entonces, “puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado” (n. 24b).
Benedicto XVI nos previene de una esperanza falsa. “Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez. La libre adhesión al bien nunca existe simplemente por sí misma” (ibid.).
Ante esta realidad pueden darse dos actitudes: o una profunda desesperanza, o una apertura a la fe. Lo que cada generación necesita es aprender a emplear su la libertad, mediante “la apertura de la razón a las fuerzas salvadoras de la fe, al discernimiento entre el bien y el mal” (n. 23). Entonces sí tenemos motivos de esperanza: la paz sí es posible, si cada persona se abre a a la fe, si cada uno aprende a guiar su libertad hacia el bien.

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 30 de diciembre de 2007

Año Nuevo, ¿nueva historia de México?

Luis-Fernando Valdés

“Año Nuevo, vida nueva”, reza un conocido refrán. La Secretaría de Educación del Distrito Federal anunció que repartirá libros de historia gratuitos, durante el mes de enero del 2008, además de otros textos sobre cuidado ambiental y sobre el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Parece que al “nuevo Año” le corresponderá “historia nueva”. Reescribir la historia patria es un tema muy delicado, que puede favorecer la identidad nacional, o dividir el País. ¿Adónde queremos llegar?
Estos libros son un proyecto de la Secretaría de Educación del DF, en conjunto con el Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, que es una asociación civil constituida el 19 de febrero de este año, y presidida por Guillermo Tovar de Teresa. Desde el siglo XVI hasta 1987, el cargo de cronista de la ciudad era asignado por las autoridades de gobierno. Desde hace unos meses se trata de un Consejo de la Crónica ciudadano, lo cual puede garantizar cierta independencia.
El nuevo texto está dividido en 16 capítulos, uno por Delegación política, y en ellos se aborda la vida de los barrios, las calles y los monumentos históricos; y destina un capítulo a la construcción de la sociedad civil en la ciudad, escrito por Carlos Monsiváis. El tiraje será de un millón de ejemplares, que se distribuirán entre estudiantes de preparatoria, bibliotecas públicas y otros organismos.
Hasta aquí todo va muy bien. Pero en su conferencia de prensa, Axel Didriksson, encargado del sector educativo en el gobierno capitalino, hizo una declaración que levanta sospechas. Afirmó que para llevar este libro a las secundarias públicas, se esperará a tener el consenso con la SEP, pero si esta dependencia federal considera que el libro es inadecuado para los niños a pesar de hablar sobre la identidad e historia de la ciudad, “nosotros lo vamos a distribuir aparte”. ¿Una versión de la historia que será “impuesta” a las nuevas generaciones? ¿Por qué no entablar un diálogo en caso de que el libro se considerado inadecuado?
Escribir la historia es un tema de gran importancia. Es una de las claves para construir la identidad nacional. Desde 1823, cuando se consumó el movimiento de Independencia, la historia de México se ha escrito varias veces. En no pocos casos, el hilo conductor de los episodios patrios ha sido justificar a los diversos regímenes e ideologías. Todavía hoy la identidad de México está en disputa ideológica y partidista, en vez de dar lugar a un serio debate académico. Y esa declaración de Didriksson parece sugerir que este nuevo texto será un hito más en la “reescritura” partidista de la historia nacional. Ya lo veremos dentro de poco.
Al reelaborar la historia se requiere, por una parte, de auténticos profesionales del estudio de la historia, que den cuenta exhaustiva de las fuentes y que reconozcan abiertamente los puntos de vista ideológicos de los que ellos mismos parten. Y, por otra, se necesita un sentido muy grande de la justicia, que sepa aceptar que todos somos mexicanos, porque en los textos en los que se divide dialécticamente a México bandos (criollos e indígenas, conservadores y liberales, revolucionarios y reaccionarios, etc.) siempre hay un grupo de ciudadanos que quedan segregados, convertidos en mexicanos de segunda categoría. Hace falta repensar la identidad nacional, reescribir nuestra historia, en la que se haga justicia y se busque la unidad: aunque pensemos diferente, todos somos hijos de esta gran Patria.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
http://columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 23 de diciembre de 2007

Rescatar la verdadera Navidad

Luis-Fernando Valdés

Con frecuencia, en estos días de festejos previos al 25 de diciembre, se proyectan en el cine o en la televisión películas alusivas a la Navidad, que últimamente han tenido como argumento el rescate de esta fiesta de manos los incrédulos o de los aguafiestas. En la vida real sí que hace falta salvar la Navidad, porque el nacimiento de Dios es la única fuente de una esperanza verdadera.
No es casualidad que la disminución del conocimiento del verdadero sentido de la Navidad, esté en relación directa con el aumento de la violencia y la injusticia en nuestro País. Además, la mentira parece haber tomado posesión de bastantes aspectos de la pública, del mundo laboral y hasta del núcleo familiar. Es tristemente lógico: cuando se desconoce la presencia de Dios en el mundo, la vida pública y privada quedan vacías de la verdad y de la justicia. El proyecto del hombre moderno, que buscaba armonía y fraternidad sin necesidad de acudir a Dios, ha fracasado. Y, a cambio, nos ha dejado una sociedad sin Dios, en la que prevalecen la corrupción, el miedo y la desesperanza.
Cuando los creyentes aguardamos con fe la llegada de la Navidad, nos hacemos intérpretes de las esperanzas de toda la humanidad, la cual anhela la justicia e, incluso, de una manera inconsciente, espera la salvación que sólo Dios puede darnos. Cuando los hombres intentamos arreglar el mundo según nuestras posibilidades, nos quedamos cortos, y así el mundo resulta cada vez más caótico e incluso violento: sin Dios, la vida se vuelve oscura y sin brújula.
La Navidad nos hace conmemorar el prodigio increíble del nacimiento del Hijo unigénito de Dios de la Virgen María en la cueva de Belén. Dios se ha hecho ser humano, sin abandonar su condición divina, para enseñarnos el camino del amor, de la justicia y de la paz. Esa vía no es una lección abstracta de ética, sino que la encontramos en la vida y el mensaje de Jesús de Nazaret. Solamente cuando las enseñanzas de Jesucristo se toman en cuenta para organizar la vida social y la existencia personal advienen la armonía y la alegría verdaderas.
Ya se entiende porqué en épocas pasadas, en esta fecha se establecían treguas en las guerras, se incrementaba la ayuda a los pobres y se visitaba a los enfermos. Era la consecuencia inmediata de reconocer la fuerza y la validez de las palabras del Dios encarnado: “ama a tu próximo como a ti mismo”, “reza por tu enemigos”, “quien visita a un enfermo a mi me visita”.
Por eso, como afirmó recientemente el Santo Padre: “si no se reconoce que Dios se hizo hombre, ¿qué sentido tiene festejar la Navidad? La celebración se vacía” (Audiencia, 19.XII.2007). Y esto es tristemente lo que encontramos en bastantes ambientes: una fiesta navideña hueca, llena de mercantilismo, de celebraciones sin referencia directa al compromiso de un cambio personal.
Termino hoy deseándoles una auténtica Navidad, y compartiendo con ustedes los buenos augurios del Papa Benedicto XVI: “Pidamos a Dios que la violencia sea vencida con la fuerza del amor, que los enfrentamientos cedan el paso a la reconciliación, que la prepotencia se transforme en deseo de perdón, de justicia y de paz. Que los deseos de bondad y de amor que nos intercambiamos en estos días lleguen a todos los ambientes de nuestra vida cotidiana. Que la paz esté en nuestros corazones, para que se abran a la acción de la gracia de Dios. Que la paz reine en las familias, para que pasen la Navidad unidas ante el belén y el árbol lleno de luces”.

Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
http:// columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 16 de diciembre de 2007

El costo político de la coherencia

Luis-Fernando Valdés

Hace un par de semanas, en España ocurrió un suceso que removió a tanto a la clase política como a los ciudadanos de a pie. Mercedes Aroz la Senadora más votada en la historia de la cámara alta española, de filiación socialista, anunció su conversión al cristianismo y el abandono de su escaño, por incompatibilidad con la actual política de su partido. Curiosamente este hecho no tuvo tanto despliegue mediático. Ahora le damos espacio, porque vale la pena resaltar la coherencia de vida que exigimos a los políticos.
Este caso es digno de ser contado con cierto detalle. La Senadora Aroz fue marxista ortodoxa durante décadas, se afilió al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en 1976, y provenía de una formación de ultraizquierda, la Liga Comunista Revolucionaria. En el Partido Socialista de Cataluña (PSC) formó parte de la dirección política 18 años y del Comité Federal del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). En otros palabras, la Sra. Aroz era un exponente serio de una ideología que no solamente es atea, sino abiertamente anticatólica. Es muy fuerte que una persona tan metida en el socialismo declare abiertamente que cambia su ideología, y se hace católica.
Ha sido una gran sorpresa. Algunos se han preguntado qué la llevó a dejar una posición cómoda. Un diario digital español declaraba: “¿Cuántos pensarán que Mercedes Aroz es una ‘pirada’ [loca]? ¿Dejar un puesto de poder y sueldo en un partido que gobierna Barcelona, Cataluña, España? ¿A cambio de qué?” (www.forumlibertas.com). Son preguntas fuertes, pues en la política actual, parece que los intereses personales y de grupo, como el dinero, el poder, la ideología, pesan más que las necesidades del espíritu y que los reclamos de la conciencia.
La misma Mercedes Aroz explica que las razones para su conversión religiosa fueron la búsqueda del sentido profundo de la existencia, el deseo de encontrar la verdad sobre el ser humano, que ni la ciencia experimental ni la ideología alcanzan a explicar. Aroz lo explicó así en sus declaraciones a Europa Press: “He querido hacer pública mi conversión para subrayar la convicción de la Iglesia católica de que el cristianismo tiene mucho que decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, porque hay algo más que la razón y la ciencia. A través de la fe cristiana se alcanza a comprender plenamente la propia identidad como ser humano y el sentido de la vida”.
La conversión de esta conocida Senadora española tuvo un “costo político”: el final de su carrera parlamentaria. Es muy admirable que ella pone en primer lugar sus convicciones y su conciencia a su propia carrera. “Mi actual compromiso cristiano me ha llevado a discrepar con determinadas leyes del Gobierno que chocan frontalmente con la ética cristiana, como la regulación dada a la unión homosexual o la investigación con embriones, y que en conciencia no he podido apoyar. En consecuencia se imponía la decisión que he tomado”, afirmó en un comunicado de prensa.
El caso de Mercedes Aroz trae al foro de la reflexión política un factor presente en los clásicos griegos y ausente en nuestros días: que la actividad gubernamental y legislativa debe estar en contacto directo con las necesidades espirituales del hombre, y no limitarse sólo al desarrollo económico. Nuestro País requiere hoy mismo hombres y mujeres de altos ideales espirituales y humanos, que no abdiquen de sus principios en el cabildeo parlamentario, ni que vendan sus conciencias en las negociaciones legislativas.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
www.columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 9 de diciembre de 2007

Voluntad anticipada: ventajas y riesgos

Luis-Fernando Valdés

El pasado martes 4 de este mes, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó, por unanimidad, la Ley de Voluntad Anticipada, que reconoce el derecho de los enfermos terminales y desahuciados a decidir si quieren ser sometidos a tratamientos médicos para mantenerse con vida. Desde el punto de vista ético, esta nueva Ley tiene ventajas. Pero no es la hora de lanzar las campanas al vuelo, porque también esta ley conlleva ciertos riesgos.
La equivocidad es un serio problema al hablar de este tema. Porque, mientras “eutanasia” para algunos significa no prolongar la agonía, para otros quiere decir adelantar la muerte. Por evitar la confusión han surgido nuevos vocablos como “eutanasia activa” (que consiste en producir la muerte del paciente terminal), “eutanasia pasiva” (omitir un tratamiento, lo cual producirá directamente el deceso del enfermo) y “ortotanasia” (no aplicar medios desproporcionados para alargar la vida más allá del tiempo debido).
En el caso concreto de esta nueva Ley, se está protegiendo al enfermo del llamado “ensañamiento terapéutico”, que consiste en aplicar tratamientos que lejos de recuperar la salud, sólo prolongan el momento de la muerte natural. Es conforme a la ética evitar el ensañamiento terapéutico. La Encíclica “Evangelio Vitae” (n. 65) de Juan Pablo II explica que “cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en conciencia renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia”. Y añade que no se deben interrumpir las atenciones normales para un paciente. Luego el Papa polaco aclara que “la renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante la muerte” (ibidem).
Hasta aquí esta Ley va muy bien. Pero quedan aspectos que deben quedar claros en la reglamentación de la Voluntad Anticipada, para que no se dé pie a la eutanasia ni activa ni pasiva. Por ejemplo, esta Ley prevé que una persona puede manifestar su voluntad de no ser sometido a tratamientos que prolonguen innecesariamente su vida, y que, en el caso de un enfermo inconsciente, lo pueden hacer sus familiares. Aquí cabe el riesgo de que una persona pida que se le adelante la muerte (eutanasia activa), o que sus familiares pidan que se le retiren los tratamientos normales antes de tiempo (eutanasia pasiva). Debe quedar muy claro de que la Ley le a las personas da derecho de evitar el ensañamiento terapéutico, pero no les autoriza adelantar el momento de morir.
Un riesgo más es el de que no queden bien reglamentados los tratamientos ordinarios que se le deben aplicar al paciente terminal, que ha manifestado su deseo de que no se prolongue su agonía. En concreto, se le deben ofrecer al paciente todos los medios que alivien la etapa final de su vida: alimentación, hidratación, oxigenación, sedación, etc. No se le pueden negar los auxilios para que llegue con el menor sufrimiento al fin natural de su vida.
Es muy positivo que los legisladores se ocupen de un tema capital como el derecho a una muerte digna, y protejan a los enfermos terminales del ensañamiento terapéutico. Pero es necesario estar atentos para que la reglamentación de esta Ley no introduzca la posibilidad del suicidio asistido, y que garantice la asistencia sanitaria de los agonizantes. Deseamos que la Ley de Voluntad Anticipada favorezca la cultura de una muerte digna, pero que no sea el primer paso para legalizar la eutanasia.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
www.columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 2 de diciembre de 2007

La Encíclica de la Esperanza

Luis-Fernando Valdés

Cuando hacemos un análisis de los problemas de nuestra época, desde el punto de vista intelectual, irremediablemente nos encontramos con el relativismo. Mucha gente ya no cree en la capacidad de la razón para conocer la verdad, y piensan que nadie puede imponer ninguna regla de conducta. Además, la razón se muestra impotente para explicar la presencia del mal y la injusticia en el mundo. El hombre aparece como abandonado en un destino trágico y ciego. Ante este panorama desolador, Benedicto XVI propone una salida real: volver a la esperanza cristiana.
El pasado viernes 30 de noviembre, el Papa firmó su segunda Encíclica, titulada “Spe salvi”, tomando las palabras de un pasaje de la Epístola a los Romanos: “En esperanza fuimos salvados” (Rom 8, 24). En ella, el Romano Pontífice explica que “se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente”, porque podemos estar seguros de que el presente lleva a una meta tan grande que justifica el esfuerzo del camino. El cristiano sabe que “su vida no acaba en el vacío" (n. 1).
El documento pontificio consta de dos partes. En la primera, Benedicto XVI concluye que todos “tenemos necesidad de las esperanzas, pequeñas y grandes, que día a día nos mantienen en el camino de la vida. Pero sin la gran esperanza, que debe superarlo todo, éstas no bastan”. La gran esperanza es Dios. “Dios es el fundamento de la esperanza. No cualquier Dios, sino aquel Dios con rostro humano que nos ha amado hasta el final. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día sin perder el ánimo de la esperanza” (n. 31).
Pero el Santo Padre no se queda sólo en una exposición teórica de esta virtud cristiana. En la segunda parte de la Encíclica, propone unos “lugares” para aprendizaje y el ejercicio de la esperanza. El primero es la oración: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios” (n. 32). Recuerda el testimonio del cardenal Nguyen Van Thuan, quien durante trece años estuvo en las cárceles vietnamitas, nueve de ellos en aislamiento: «en una situación de desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza” (ibid.).
El sufrimiento es otro lugar de aprendizaje: “Conviene ciertamente hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento”, sin embargo, “lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (nn. 36-39).
 Un “lugar” más es el Juicio de Dios. La modernidad niega que exista Dios porque no es razonable un Dios que sea responsable de un mundo en el que hay tanta injusticia y tanto sufrimiento de los inocentes. Y si Dios no establece la justicia, entonces el hombre es el que se siente llamado a crear esa justicia. Pero “un mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es un mundo que se queda sin esperanza”, contesta el Papa (n. 42). “Sólo Dios puede crear justicia”, y eso lo hará en el Juicio final, lo cual nos llena de esperanza (n. 44).
Así el Papa nos ofrece una vía para recuperar el sentido de la vida, porque ni crear unas condiciones económicas favorables, ni la ciencia redimen al hombre. Es el amor de Dios lo que redime al hombre y en este amor sí se puede apoyar nuestra esperanza.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx

domingo, 25 de noviembre de 2007

Catedral profanada, Dios ignorado

Luis-Fernando Valdés

Ayer se reabrió al culto la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Al parecer así termina un tenso episodio entre la Iglesia y los simpatizantes de un partido político. Aquel ingreso violento a la Santa Iglesia Catedral puso de manifiesto dos tristes realidades: que la Iglesia es tratada con intolerancia y que incluso muchos católicos no entienden el alcance y el sentido de esta profanación. Como este segundo hecho está pasando casi desapercibido, veámoslo con más detenimiento.
En sentido estricto, la Catedral fue profanada. El término “profanación” admite varios sentidos, como el jurídico (una irrupción violenta en una propiedad privada dedicada al culto religioso). Si nos quedamos sólo en este plano, corremos el riesgo de pensar que en este episodio sólo hubo un local invadido y un mobiliario dañado. Pero no fue “sólo” eso. Hubo algo más grave, porque fue agredida una realidad sagrada.
Para entender el sentido religioso de una “profanación”, hay que hablar primero de lo “sagrado”. Sagrado es todo lo que se relaciona con el culto divino. De ahí que cuando un objeto, o un lugar, está dedicado al culto de Dios, se hace de algún modo divino. Por eso, el respeto que se les debe a esos objetos o lugares recae, en última instancia, sobre Dios. Es decir, cuando se respetan los objetos y los lugares sagrados, en último termino se está respetando a Dios mismo. De igual manera, todo lo que implica irreverencia para los objetos y lugares sagrados es también una injuria para Dios.
Durante la semana se habló mucho del aspecto legal de la profanación a la Catedral —que es muy importante, si queremos que México sea un verdadero Estado de derecho—, pero quizá se ha mencionado muy poco el ámbito divino que fue ultrajado. El fondo de esta cuestión es que se cometió una ofensa a Dios. Que los no creyentes no lo entiendan es, en cierto modo, comprensible; pero que los católicos mismos no lo perciban es preocupante.
Existe un verdadero tabú de hablar de las realidades sagradas. Para los oídos de muchos resulta fuerte que afirmemos que en toda celebración litúrgica, especialmente en la Misa, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo que es la Iglesia, Dios está verdaderamente presente entre nosotros. Y es un tabú mayor todavía, hablar de que profanar un acto de culto es una ofensa directa a Dios (quizá para muchos sería más aceptable que dijéramos que es una ofensa a esa comunidad que celebraba un evento religioso).
Este episodio en la Catedral pone al descubierto una situación difícil: que bastantes de los propios creyentes desconocen la realidad sagrada que hay en los lugares sagrados y en los actos de culto. Pero más duro aún es admitir que somos víctimas de una gran corriente de “secularización”, que nos impide reconocer la presencia real de Dios entre nosotros, cuando realizamos los actos de culto.
Esta corriente desacralizadora, en un afán, quizá inicialmente noble, de defender la autonomía del orden temporal, acabó por borrar los ámbitos sagrados, de manera que, para algunos autores, ya no existen ni tiempos, ni lugares, ni objeto, ni personas sagradas. Ante el hecho de una desacralización generalizada, es preciso recuperar el ámbito de lo sagrado allí donde se encuentre, pues para un cristiano nada del mundo le es absolutamente profano, pues descubre en todo la mano de Dios creadora de Dios y la acción redentora de Cristo, el cual vivió en una familia, trabajó con sus manos, y experimentó la alegría y el dolor.

Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
www.columnafeyrazón.blogspot.com

domingo, 18 de noviembre de 2007

Solidaridad: ¿filantropía o caridad?

Luis-Fernando Valdés

Esta semana trancurrió lenta para nuestros hermanos de Tabasco y Chiapas. Conforme las aguas empezaron a bajar, se desvelo el rostro de la tragedia: miles de animales muertos, casas totalmente destruidas. Pero también quedó al descubierto, por contraste, la grandeza de la solidaridad, que pues los mexicanos no hemos dejado de enviar ayuda material y de rezar por los damnificados. Ante estas manifestaciones de fraternidad, nos viene de modo muy natural reflexionar sobre la solidaridad.
Es importante dedicar un espacio para meditar sobre la solidaridad, porque se trata de una auténtica virtud cristiana, de un valor genuinamente católico, que —sin embargo— ha ido perdiendo su conotación religiosa, y poco a poco se ha reducido a un mero valor cívico. Por una parte, es muy bueno que sea un valor aceptado por toda la sociedad, pero por otra, esta virtud pierde bastante fuerza y sentido cuando se desvincula de su dimensión espiritual.
En efecto, según el enfoque desde el que se considere la solidaridad, será la actitud ante la desgracia ajena. Cuando se le concibe como mera filantropía, como fruto de la iniciativa personal, que se compadece ante el dolor del otro, pero desligada de su aspecto espiritual, la solidaridad deja de ser una acción que obliga a todo ser humano a salir de sí mismo, para ocuparse de ayudar al próximo. Y vuelve entonces un mero “valor”, una simple aspiración a realizar algo bueno, pero que no vincula la conciencia, ni el sentido del deber moral. Una solidaridad enfocada así es muy loable, pero cae inevitablemente en las garras del subjetivismo (“si tú quieres ayudar, allá tú; si yo no lo deseo, no pasa nada”).
Este modo de ver la solidaridad no se queda corto, porque el gran reto que los seres humanos tenemos para encontrar la propia realización, es salir de nuestra interioridad para darnos a los demás. Se trata de salir del “yo” para ir al encuentro del “tú”. Se trata de trascendernos a nosotros mismos hasta llegar primero a los “otros” y luego al “Otro”. Una solidaridad tomada sólo como un valor, que cada quien puede escoger o rechazar, se arriesga o a perder la oportunidad de buscar lo espiritual y trascendente, o a dejar encerrada a la persona en su propio egoísmo.
En cambio, la solidaridad, en su sentido más profundo, es una virtud que ha germinado y se ha consolidado en el cristianismo, como un hábito personal que lleva a buscar a Dios mediante la atención al necesitado. La solidaridad no es una cuestión política, ni un “optional” para cuando nos nazca ayudar. Por el contrario, Juan Pablo II enseñaba que la solidaridad es también una verdadera y propia virtud moral, no “un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Sollicitudo rei socialis, 38).
Nuestra época está marcada por un materialismo que sofoca al espíritu. Muchas personas están buscando alguna oportunidad para elevarse a un plano más alto, que les dé ocasión de conectar sus vidas con Dios y lo espiritual. Pero no saben cómo conseguirlo. Estas jornadas de continua solidaridad con los perjudicados por las inundaciones son una magnífica ocasión para que muchos redescubran el sentido espiritual y religioso de ayudar a los demás, para que vuelvan a encontrar a Dios.

Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
www.columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 11 de noviembre de 2007

Inundaciones ¿sólo faltó previsión?

Luis-Fernando Valdés

Parafraseando a un político europeo, podemos decir que hoy mismo “todos somos Tabasco”, “todos somos Chiapas”. La solidaridad —humana y espiritual— nos hace sentir muy cercanos a nuestros compatriotas que sufren la desgracia. Durante la semana escuchamos en los medios, que estas tragedias se pudieron prever. Pero ¿por qué no arraiga en nuestro País una cultura de la previsión? ¿será sólo cuestión de planes gubernamentales?
Aunque suene duro decirlo, no será posible que en nuestra Nación se instaure una cultura de previsión, porque para conseguirlo hace falta que haya una cultura de la “primacía de la persona humana”. En efecto, mientras que no exista en cada ciudadano —y, por tanto, en cada gobernante, en cada legislador, en cada juez— una convicción profunda de que el ser humano es el fin último de la sociedad, siempre se interpondrán otros intereses y otros criterios, que sugerirán que es mejor invertir el capital en otros rubros, menos en el de prevención de riesgos.
En toda decisión política y económica, siempre subyace una noción del ser humano. De modo implícito se considera al hombre de una manera (por ej., como si fuera sólo una pieza intercambiable en la vida social), y se toman decisiones consecuentes con esa imagen (por ej., sale más caro invertir en una obra civil millonaria para prevenir inundaciones, que indemnizar a los posibles afectados). Por esa razón, toda sociedad tiene necesidad de que se le proporcione un norte claro sobre quién es el hombre, para que las medidas que se tomen estén de acuerdo a la gran dignidad de cada persona.
De ahí que no está de más recordar las palabras del Concilio Vaticano II sobre la naturaleza de la sociedad, que —por estar basadas en la naturaleza humana— son válidas tanto para los creyentes como para los que no profesan alguna creencia religiosa. Dice el Concilio que “el orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al contrario” (Gaudium et spes, 26). Por eso, es necesario que todos los programas sociales, científicos y culturales estén presididos por la conciencia del primado de cada ser humano.
En otras palabras, la persona no puede estar sometida a proyectos de carácter económico, social o político, impuestos por autoridad alguna, ni siquiera en nombre del presunto progreso económico de la comunidad civil en su conjunto, en el presente o en el futuro. Y esto se funda en la condición espiritual del hombre, creado a imagen de Dios. Si el ser humano concreto no es el centro de las decisiones políticas o económicas, ¿cuándo se tomarán medidas de previsión? Tristemente, sólo cuando haya un factor electoral en juego. En cambio, los intereses personales o la corrupción serán los posibles protagonistas.
Contemplar estas tragedia, observar a las familias sufrir la perdida total de sus bienes, nos debe llevar a pensar que los conceptos de la Doctrina Social de la Iglesia no son meras teorías, sino que son las herramientas que nos ayudan a comprender que el ser humano es el personaje central de la sociedad. Mientras esta realidad de la condición central del hombre no se haga parte de la cultura de nuestro País, será muy difícil que se elaboren estrategias para protegernos de posibles desastres naturales. Para instaurar la cultura de la previsión hace falta un cambio de enfoque: pasar del paradigma del beneficio electoral y de la ganancia económica a un esquema centrado en la dignidad de cada persona.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
www.columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 4 de noviembre de 2007

El otro cambio climático

Luis-Fernando Valdés

En esta semana nos hemos conmovido por las terribles inundaciones que han dejado sin hogar a miles de tabasqueños. Todos los mexicanos nos hemos solidarizado con ayuda económica, víveres y nuestras oraciones. Ante estos fenómenos atmosféricos que tanto nos apenan, algunos intentan dar una respuesta a la tragedia: “fue por el cambio climático”. Puede ser. Pero en nuestros días se está gestando un cambio de otro orden: se está dando un cambio en nuestro clima moral y cultural, y sus efectos pueden ser, en ocasiones, tan devastadores como las inundaciones.
En la vida humana hay principios naturales que rigen la conducta humana, que encausan la libertad, que protegen el amor, que sostienen nuestra identidad familiar y nacional. Estos aspectos de la vida humana con frecuencia son atropellados, a nombre de la libertad, de la democracia o de la tolerancia. Pero ¿qué ocurre cuando no se respetan estos principios naturales de la vida ética del hombre? Al igual que como sucede con los ecosistemas, puede venir una catástrofe moral.
Cuando no se siguen los principios que sustentan el amor humano, sobreviene una de las peores tragedias de la “ecología humana”. El amor tiene diversas manifestaciones, como la relación esponsal, el cariño entre los padres y sus hijos, la amistad, el afecto de los novios, el respeto por la Patria y sus tradiciones. Cada tipo de amor se expresa de una manera propia, y las costumbres morales tienen como finalidad que cada una de esas manifestaciones conserve su autenticidad.
Hoy vemos que esas manifestaciones están perdiendo claridad, y lejos de hacernos más humanos, nos están llenando de confusión. Sí: de confusión. Y como prueba de ello, tenemos que ya casi nadie se atreve a decir de alguna expresión de amor desviada está mal. Por ejemplo, el maravilloso amor de los cónyuges reclama fidelidad, pero lejos de favorecer un clima de lealtad, nuestras telenovelas y nuestras canciones alaban la ruptura matrimonial, porque “se acabó el amor”. ¿No será más bien que deberíamos fomentar la “tarea” diaria de la fidelidad en el amor?
El amor de los esposos es el ámbito natural de la transmisión de la vida. Pero el cambio climático aquí es más acentuado. Se ha establecido un consenso amplio que aprueba que desligar la sexualidad de la fecundidad. En un principio se justificaba esta situación argumentando que era en beneficio de los propios hijos: si eran menos hijos les tocarían más recursos económicos, educativos y afectivos. Pero el costo fue más alto de lo esperado, pues conllevó separar el amor y la sexualidad.
Entonces nos encontramos que cada vez más personas llevan una vida sexual activa, pero sin importarles la dimensión afectiva. Fue un cambio muy gradual en el clima moral, como si se derritieran los polos de la tierra sin darnos cuenta. En las lenguas clásicas, ejercitar la capacidad sexual sin amor tiene un nombre “porneias” (en griego), “prostitutio” (latín). Pero hoy las sustituimos como si fueran un servicio comercial: “sexoservicio”, “sexoservidores”. Más aún, se habla del “turismo sexual” como si fuera un rubro de la economía. De modo que la economía de un lugar puede depender de que el sexo y el amor no tengan nada que ver. Y para rematar, ya se empieza a ver bien que el sexo se ejercite entre amigos (¿para qué contratar a alguien? ¿para qué hacer el trámite de un noviazgo?). ¿No será el momento propicio para considerar que hay cambio climático en la moralidad, que no nos favorecerá? Sólo la ética nos librará de la tragedia ecológica humana.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx

domingo, 28 de octubre de 2007

Clérigos y cargos públicos, ¿poder o libertad?

Luis-Fernando Valdés

En esta semana, ha sonado en los medios que la Iglesia reclama el derecho de los sacerdotes a aspirar a cargos públicos. Esta afirmación, sin ningún matiz, causa sorpresa y cierto recelo, pues nuestro País es un Estado laico. Pero si examinamos con un poco de profundidad, vemos que no se trata de una petición de poder para la Iglesia, sino de una exigencia legítima de verdadera libertad religiosa.
¿Por qué la Iglesia pide que la Constitución reconozca que los clérigos tienen derecho a los cargos públicos? Esto los explicó hace tres días el Card. Norberto Rivera. Afirmó que hace falta una legislación en la materia que se adecue a la Carta Magna, la cual brinda a todos los ciudadanos garantías inherentes a sus derechos humanos, entre ellos, los de expresión y reunión. El Arzobispo Primado expuso que a ningún ciudadano se le puede negar el derecho de ser votado; y como los ministros de cultos son ciudadanos, no hay razón para que se les prive de este derecho.
¿La Iglesia está buscando poder político o cargos de elección popular? El mismo Arzobispo Rivera declaró que “la Iglesia católica no tiene interés alguno en llevar a la práctica este derecho por no convenir ni a la Iglesia ni a la sociedad, y por otra parte, la ley canónica prohíbe estrictamente a todos los sacerdotes postularse para puestos de elección”. En efecto, el Código de Derecho Canónico establece que “les está prohibido a los clérigos aceptar aquellos cargos públicos, que llevan consigo un participación en el ejercicio de la potestad civil” (canon, n. 285 § 3).
¿Por qué se ve afectada la libertad religiosa, si no se reconoce a los ministros de culto el derecho a ocupar cargos públicos? La libertad de elegir la propia religión y vivirla es un derecho de todo ciudadano, pero si por el hecho de ocupar un puesto como ministro de culto, la Ley te quita un derecho, resulta que esa misma Ley está limitando tu libertad religiosa. ¿Acaso no es una restricción a la libertad de elegir el modo de vivir la religión, el hecho de que, por ser ministro, se te reduzcan tus derechos?
Si la Iglesia no busca poder, ¿por qué pide que se reconozca este derecho de los ministros de culto? Hay que entender que la libertad religiosa no se limita a que un ciudadano pueda escoger una confesión y a que pueda ejercer los actos de culto. Implica algo más. Esta libertad requiere que los creyentes –ministros o no– no pierdan los derechos que le corresponden por el hecho de ser ciudadanos mexicanos, como el derecho a ser votados, el derecho a la educación religiosa, etc. Mientras este ejercicio pleno de los derechos no quede garantizado a los ministros de culto, hay una discriminación por motivos religiosos.
En el fondo hay una incongruencia en la Constitución, ya que por una parte reconoce la igualdad de los ciudadanos, mientras que por otra, niega a los ministros de culto un derecho que les corresponde como ciudadanos. Por avatares de nuestra Historia nacional, la Carta Magna implícitamente establece que hay ciudadanos de segunda categoría, con menos derechos que el resto. Ha llegado el momento histórico de replantear el tema, quitando el enfoque decimonónico de la dialéctica de poder entre la Iglesia y el Estado. Esta es la oportunidad de buscar una solución pacífica, armónica con el derecho inherente de cada ciudadano, abordada no desde el poder, sino desde el ángulo de la libertad religiosa y de la igualdad. Es por México, es para consolidar nuestro Estado de derecho.

Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
www.columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 21 de octubre de 2007

La “Voluntad Anticipada” y sus sofismas

Luis-Fernando Valdés

El diputados del PRD y del partido Alternativa Socialdemócrata presentaron hace unos días un iniciativa denominada “Ley de Voluntad Anticipada” para el Distrito Federal, que incluye reformas y adiciones al Código Penal. Este proyecto permitiría a enfermos en fase terminal renunciar a todo tratamiento médico, o en caso de no estar en condiciones de decidir, que un pariente en primer grado lo haga por ellos, para evitar una prolongada agonía. Esta voluntad del paciente de someterse o no a algún método de “ortotanasia” quedaría expresada en un documento notariado. Aunque en un primer momento parece que esta ley defendería al enfermo, un estudio más detenido nos indica que la iniciativa maneja una falsa filantropía que, en el fondo, es una tiranía encubierta.
Se propone que sea legal la “muerte asistida” cuando la petición sea formulada por un paciente en estado consciente; además deberá contar con el aval de un Consejo Técnico de Ética, el cual deberá crearse bajo la tutela de la Secretaría de Salud del DF. Incluso, esa muerte sería legal cuando sea autorizada por los familiares, en el caso de pacientes en etapa terminal, pero sin conciencia para tomar una decisión.
Primero aclaremos los términos que intervienen en esta discusión. Según los promotores de esta iniciativa legislativa, “eutanasia activa” significa que al enfermo terminal se le aplican medicamentos que producen directamente su muerte, y “eutanasia pasiva” quiere decir omitir los tratamientos que prolonguen la agonía. En el proyecto sólo se contempla la segunda.
Como respuesta, primero veamos que la ciencia médica, en relación a la muerte, ha progresado de modo que puede tanto alargar la vida más de lo debido, como adelantarla antes del deceso natural. En ambos casos se pueden violar los derechos del enfermo: el derecho a morir con la dignidad que le corresponde y el derecho a vivir el tiempo que Dios haya dispuesto para cada hombre. Para respetar la dignidad de la persona en su momentos finales, se habla de “ortotanasia”, que es cuando los médicos aceptan que un paciente está en fase terminal, y no se le aplican medios “desproporcionados” (es decir, muy caros, muy dañinos, o que dan pocas esperanzas de curación, etc.) para alagar la vida más allá del tiempo debido.
Si la Ley de Voluntad Anticipada se limitara a regular la “ortotanasia” sería una ley buena. Pero el proyecto va más allá de eso. Para apoyar la iniciativa de ley, el diputado priísta, Tonatiuh González señaló que “debe existir una ley que le permita a los enfermos terminales elegir entre la suspensión de los medicamentos y la aceleración de su muerte a través de métodos asistidos”. A esto hay que decir que esa “suspensión de medicamentos” es ética sólo si se refiere a la aplicación de medios desproporcionados, pero es inmoral si incluye el retiro de los medios básicos de atención a un paciente, como son la hidratación, alimentación, sedantes, etc. Además, la “aceleración de la muerte” no es otra cosa que un “suicidio asistido” (si lo pidió el enfermo) o un “homicidio” (si se aplica sin que lo pida el paciente terminal).
Bajo la máscara de la filantropía se oculta una auténtica tiranía. ¿Quién va a decidir quién debe seguir viviendo y quién debe morir? El peligro de abuso por parte de las autoridades es real. La autoridad civil nunca puede decidir la vida de sus ciudadanos. El Estado nunca puede decir que la vida de un ciudadano “no tiene sentido”.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
http:// www.columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 14 de octubre de 2007

Libertad religiosa en déficit

Luis-Fernando Valdés

Hace ya quince años se establecieron las relaciones diplomáticas entre el Estado Mexicano y la Iglesia Católica. Para celebrar este importante aniversario, la Secretaría de Relaciones Exteriores organizó, a inicios del presente mes, un Seminario en el que participaron importantes personalidades tanto mexicanas como extranjeras. Aunque se alabó el avance en cuestión de libertad religiosa, el balance no fue tan favorable, porque aún no se reconoce plenamente este derecho humano.
Es importante notar que cuando se habla de la libertad religiosa se trata de un derecho humano fundamental. Es decir, no es un derecho que la Iglesia pida sólo para los católicos mexicanos, sino que se trata de un derecho que posee de modo natural cualquier ciudadano, en cualquier país del mundo, con independencia del credo que profese. Por esta razón, el fundamento de las relaciones de la Iglesia con un Estado se apoya en una exigencia de la naturaleza humana. No se trata, por tanto, ni de un pacto entre ambas entidades, en el que se negocian y establecen algunos ámbitos de libertad, ni de una concesión de derechos por parte de un Estado hacia la Iglesia.
En los Pactos Internacionales firmados por México, que por tanto tienen rango constitucional, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, se define la libertad religiosa así: “toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión, o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, por la práctica, el culto y la observancia” (art. 18).
Pero en nuestro País este derecho fundamental es restringido por las propias leyes. Por ejemplo, el artículo 24 de nuestra Carta Magna reconoce el derecho a profesar la creencia religiosa que cada uno desee, pero niega que la religión se pueda manifestar en público, pues dice que “los actos de culto público deberán realizarse en los templos y sólo de manera extraordinaria fuera de ellos”. Con independencia de la relación del Estado con la Iglesia Católica o cualquier otra Confesión religiosa, hace falta coherencia constitucional con los tratados internacionales que reconocen la manifestación pública de la religión.
Para algunos, resulta un poco extraño que la Iglesia reclame que se amplíe el derecho a la libertad religiosa, hasta que abarque todos los aspectos que naturalmente conlleva. Parecería que quisieran decirle a la Iglesia que se conforme con lo que ya ha obtenido. Pero es necesario explicar, una vez más, que la Iglesia no está pidiendo algo que no le corresponda, sino que está exigiendo que se garantice un derecho humano fundamental, que incluye no sólo la libertad de culto, sino también la libertad de difusión de los credos, ideas u opiniones religiosas, el derecho a la educación religiosa y el reconocimiento de la objeción de conciencia.
El hecho de que aún no estén reconocidos esos otros ámbitos de libertad religiosa afecta a todos los mexicanos, no sólo a los católicos, porque a todos nos perjudica un sistema jurídico que limita el ejercicio pleno de un derecho inherente a la condición humana. El verdadero amor a nuestra Patria nos debe llevar a buscar que nuestra País sea un Estado de derecho pleno, para cualquier ciudadano sin importar su credo.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
http:// www.columnafeyrazon.blogspot.com

domingo, 7 de octubre de 2007

Ciudadano y cristiano, hacia una nueva armonía

Por Luis-Fernando Valdés
Publicado el 7 de octubre de 2007

En nuestra sociedad mexicana, pervive una separación entre el cristianismo y la vida civil. Esta situación ya centenaria presenta como una situación incompatible el vivir armónicamente como ciudadano y como cristiano. Sin embargo, en el santoral católico ayer celebrábamos a Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, que con su vida y sus enseñanzas ha mostrado una tercera vía, donde se armonizan la fe y la legítima autonomía de las realidades seculares.
La dialéctica en las relaciones de la Iglesia con el Estado es un drama de más de siglo y medio, en el que se pueden distinguir tres fases. La primera es la llamada “cuestión romana”. Pío IX, ante el intento de Víctor Manuel de unificar Italia, defendió los Estados Pontificios como un territorios del Papado. Defendía el poder temporal del papado, porque este Papa buscaba el indispensable soporte temporal para el libre ejercicio del poder espiritual. Por eso, para Pío IX era necesario defender los territorios pontificios de la invasión del naciente Reino de Italia, para garantizar la libertad de la Iglesia. Los liberales italianos sostenía, por el contrario, que la Iglesia debía ser una institución libre, pero “dentro” del Estado Italiano, es decir, como una institución más regida por las leyes civiles de la sociedad italiana.
En una segunda etapa, Pío XI –que también defendía que la Iglesia necesitaba “la plena libertad e independencia del poder civil en el ejercicio de su divina misión”– resolvió la “cuestión romana”. Comprendió que basta contar con un mini-Estado (la actual Ciudad del Vaticano), y así quedó establecido en los Pactos Lateranenses que la Santa Sede firmó con el Estado Italiano. De esta manera consiguió para el Vaticano la consistencia de un Estado, para no depender de otro.
En esta segunda fase, Pío XI buscó asegurar no sólo la libertad de la Iglesia, sino también la “presencia cristiana” en la sociedad civil, que facilitara la salvación de las almas. Para defender la dignidad de la persona, del matrimonio y de la familia, este Papa comprendió que no bastaba con dar documentos doctrinales, sino que los católicos debían asociarse para promover los valores cristianos, frente a las ideas laicistas o anticlericales de algunos gobiernos. Así nacieron algunos partidos políticos en diversos países, se crearon universidades católicas, etc.
Sin embargo, hay un tercer nivel en el que se explica que la relación entre los ámbitos espiritual y temporal está, no ya en un Estado temporal, político, con fronteras y ejército; ni siquiera sola o preferentemente en unas instituciones de catolicismo social –como partidos, sindicatos, etc.–, sino en el corazón mismo del hombre, en la toma de conciencia personal de la responsabilidad apostólica y social del cristiano.
Sin oponerse a las soluciones de la segunda fase, San Josemaría Escrivá fue el pionero del tercer nivel. En una celebre homilía, pronunciada hace exactamente cuarenta años menos un día, explicó esta armonía entre lo espiritual y la vida cotidiana, que había predicado desde 1928: “En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria”. Esta es una gran aportación del Fundador del Opus Dei, que permite que cada ciudadano armonice su condición de “fiel” y de “ciudadano”, de hombre leal a la sociedad civil a la que igualmente pertenece y donde se mueve.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
http: columnafeyrazon.blogspot.com