Luis-Fernando Valdés
La tolerancia se ha convertido en un valor cívico de las sociedades democráticas. Sin embargo, el precio pagado para que una sociedad sea tolerante es muy caro. ¿Usted ha pensado, alguna vez, en el costo moral de ser tolerante?
Aunque actualmente este vocablo tiene una acepción positiva, originalmente tiene un sentido negativo. El Diccionario de la Real Academia Española (Madrid, 2001) define “tolerar” como “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”, y sólo en una cuarta acepción explica que consiste en “respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.
De modo que al inicio “tolerar” es sinónimo de “sufrir, llevar con paciencia”. Es un tener que aguantar una situación incómoda, para evitar un conflicto más grande. Nos ha tocado vivir juntos a tantos ciudadanos, que si no nos ponemos de acuerdo, será muy difícil que esa convivencia no acabe en una guerra civil. En el fondo de esta visión se encuentra la famosa concepción del ser humano promovida por la Ilustración francesa: el hombre es el lobo del hombre. “Por naturaleza” el hombre viviría individualmente, y sólo en un segundo momento, “mediante un pacto social” los seres humanos se pondrían de acuerdo para vivir juntos sin agredirse.
Este visión subsiste hasta nuestros días, pero ha dado un giro no pequeño. La cultura contemporánea rechaza como una utopía la pretención de alcanzar a conocer la verdad con certeza. En el fondo, se niega que el hombre puede conocer la verdad. De modo que cada uno tendría su propia verdad, sin que existiera una verdad común para todos. Y se considera una agresión decir que alguna opinión es falsa. Y se tiene por fanatismo pretender que la verdad de uno sea válida para otro que no está de acuerdo con ese punto de vista.
¿Ya se fijó en lo cara que sale la tolerancia? Hasta ahora hemos pagado el precio de negar que el hombre sea social por naturaleza, o sea, hemos rechazao la convicción de que los seres humanos nos podemos poner de acuerdo para buscar un fin común, porque el fondo todos estamos diseñados alcanzarlo juntos. Esto se manifiesta, en la práctica, en el rechazo “a priori” de la postura de los otros, sin poner atención a la razonabilidad de sus propuestas.
El precio de ser tolerantes no se queda sólo en perder la capacidad de ponernos de acuerdo. El costo añadido consiste en negar la capacidad humana de conocer la verdad. Afirmar que todas las posturas son igualmente válidas, aunque sean contradictorias entre sí, es lo mismo que decir que ninguna es verdadera. Y entonces el hombre ya no se guía por la verdad que ve en el fondo de su conciencia, sino que se orienta por un principio práctico: no armar conflictos.
Hoy, cuando nuestro mundo es una “aldea global”, la tolerancia es más necesaria que nunca. Pero nuestra concepción de tolencia debe ser revisada para que no paguemos un precio tan elevado: el costo de negar dos valores plenamente humanos, como lo son la sociabilidad y la capacidad de conocer la verdad.
Hace falta un nuevo paradigma de la tolencia, basado en que todos los seres humanos somos iguales, porque tenemos las mismas inclinaciones al bien y a la verdad. Se trata de un concepto de hombre que parta del hecho de que, por naturaleza no somos enemigos sino aliados, que tenemos una capacidad de buscar juntos el bien común, a pesar de tantas diferencias, precisamente porque podemos buscar juntos la verdad del hombre, sin caer en la mezquindad de definir qué es el hombre según nuestras conveniencias.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Luis-Fernando Valdés López, sacerdote y teólogo, comenta noticias destacadas de la semana, con un enfoque humanista, desde la razón creyente.
domingo, 30 de abril de 2006
domingo, 23 de abril de 2006
Poner límites al mal
Luis-Fernando Valdés
Muchas veces tenemos la impresión de que el mal es todopoderoso y domina este mundo de manera absoluta. Basta pensar en las grandes tragedias de este inicio de siglo: el atentado de las Torres Gemelas, el genocidio de los tutsis en África, las injusticias a los inmigrantes, la violencia del narcotráfico. Ante este panorama, le preguntaron a Juan Pablo II si existía un límite infranqueable para el mal.
En su respuesta, el fallecido Romano Pontífice evocó sus vivencias de la crueldad de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y de la posterior invasión soviética a Polonia. Explicaba que era difícil de prever cuánto duraría el dominio comunista. Y afirmaba que «lo que se podía pensar es que también este mal era en cierto sentido necesario para el mundo y para el hombre» (cfr. Memoria e identidad, 27-36).
¿A qué se refería Juan Pablo II con que el mal era “necesario” para el mundo? No quería decir que el mal era algo bueno, sino que «tras la experiencia punzante del mal, se llega a practicar un bien más grande». ¿Cuál bien puede ser más grande que todas las experiencias crueles de una guerra? Ese bien es el perdón, pues «en todo caso, no se olvida fácilmente el mal que se ha experimentado directamente. Sólo se puede perdonar. Y, ¿qué significa perdonar sino recurrir al bien, que es mayor que cualquier mal? Un bien que, en definitiva, tiene su fuente únicamente en Dios».
Por eso, el bien es el «límite impuesto al mal», al mal que se da en la historia. Pero también para el mal hay otro límite, de tipo teológico. Se trata de Dios, que ha puesto un límite definitivo al mal, mediante la Redención, es decir, mediante la liberación del pecado y del demonio. Este otro límite es la Misericordia Divina, que fue revelada a la religiosa polaca, llamada Faustina Kowalska (1905-1938).
Juan Pablo II explica que en el siglo XX hubo dos grandes «ideologías del mal»: el nazismo y el comunismo. Y hace ver que, simultáneamente, «Sor Faustina se convirtió en pregonera del mensaje, según el cual la única verdad capaz de contrarrestar el mal de esta ideologías es que Dios es Misericordia, la verdad del Cristo Misericordioso» (ibid., 17).
El Papa polaco atestigua que la devoción a la Misericordia Divina se extendió durante la Guerra en Polonia, y que esta espiritualidad tuvo «una gran importancia para la resistencia contra el mal practicado en aquellos sistemas inhumanos de entonces». «Es como si Cristo hubiera querido revelar que el límite impuesto al mal, cuyo causante y víctima resulta ser el hombre, es en definitiva la Divina Misericordia» (cfr. Ibid., 74-75).
El Papa Woityla quiso que esta experiencia de la victoria sobre el mal no se redujera sólo a Polonia y, por eso, instituyó la fiesta de la Divina Misericordia para toda la Iglesia. Esta es la fiesta que celebramos precisamente hoy domingo. Y el sentido de esta celebración es que «¡el mal nunca consigue la victoria definitiva!». El Misterio de la Redención confirma que, a la postre, vence el bien; que la vida prevalece sobre la muerte y el amor triunfa sobre el odio. Y como para rubricar estas consideraciones, Juan Pablo II falleció precisamente la víspera del Domingo de la Misericordia del año pasado.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Muchas veces tenemos la impresión de que el mal es todopoderoso y domina este mundo de manera absoluta. Basta pensar en las grandes tragedias de este inicio de siglo: el atentado de las Torres Gemelas, el genocidio de los tutsis en África, las injusticias a los inmigrantes, la violencia del narcotráfico. Ante este panorama, le preguntaron a Juan Pablo II si existía un límite infranqueable para el mal.
En su respuesta, el fallecido Romano Pontífice evocó sus vivencias de la crueldad de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y de la posterior invasión soviética a Polonia. Explicaba que era difícil de prever cuánto duraría el dominio comunista. Y afirmaba que «lo que se podía pensar es que también este mal era en cierto sentido necesario para el mundo y para el hombre» (cfr. Memoria e identidad, 27-36).
¿A qué se refería Juan Pablo II con que el mal era “necesario” para el mundo? No quería decir que el mal era algo bueno, sino que «tras la experiencia punzante del mal, se llega a practicar un bien más grande». ¿Cuál bien puede ser más grande que todas las experiencias crueles de una guerra? Ese bien es el perdón, pues «en todo caso, no se olvida fácilmente el mal que se ha experimentado directamente. Sólo se puede perdonar. Y, ¿qué significa perdonar sino recurrir al bien, que es mayor que cualquier mal? Un bien que, en definitiva, tiene su fuente únicamente en Dios».
Por eso, el bien es el «límite impuesto al mal», al mal que se da en la historia. Pero también para el mal hay otro límite, de tipo teológico. Se trata de Dios, que ha puesto un límite definitivo al mal, mediante la Redención, es decir, mediante la liberación del pecado y del demonio. Este otro límite es la Misericordia Divina, que fue revelada a la religiosa polaca, llamada Faustina Kowalska (1905-1938).
Juan Pablo II explica que en el siglo XX hubo dos grandes «ideologías del mal»: el nazismo y el comunismo. Y hace ver que, simultáneamente, «Sor Faustina se convirtió en pregonera del mensaje, según el cual la única verdad capaz de contrarrestar el mal de esta ideologías es que Dios es Misericordia, la verdad del Cristo Misericordioso» (ibid., 17).
El Papa polaco atestigua que la devoción a la Misericordia Divina se extendió durante la Guerra en Polonia, y que esta espiritualidad tuvo «una gran importancia para la resistencia contra el mal practicado en aquellos sistemas inhumanos de entonces». «Es como si Cristo hubiera querido revelar que el límite impuesto al mal, cuyo causante y víctima resulta ser el hombre, es en definitiva la Divina Misericordia» (cfr. Ibid., 74-75).
El Papa Woityla quiso que esta experiencia de la victoria sobre el mal no se redujera sólo a Polonia y, por eso, instituyó la fiesta de la Divina Misericordia para toda la Iglesia. Esta es la fiesta que celebramos precisamente hoy domingo. Y el sentido de esta celebración es que «¡el mal nunca consigue la victoria definitiva!». El Misterio de la Redención confirma que, a la postre, vence el bien; que la vida prevalece sobre la muerte y el amor triunfa sobre el odio. Y como para rubricar estas consideraciones, Juan Pablo II falleció precisamente la víspera del Domingo de la Misericordia del año pasado.
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domingo, 16 de abril de 2006
Pascua: entre la historia y la fe
Luis-Fernando Valdés
Hoy la Iglesia católica celebra su festividad más importante: la resurrección de Jesucristo. Si observamos despacio, esta fiesta es un reto grande a nuestra mente. ¿Es verdad que aquél al que mataron en una cruz volvió a la vida? ¿La resurreción de Cristo es un «hecho» histórico o es una mera «creencia»?
La clave de este tema se encuentra en que intervienen dos factores, que actualmente se nos presentan como contrapuestos: la historia y la fe. La historia es considerada por bastantes académicos como el único fundamento de lo real, de manera que sólo sería verdadero un suceso del que se pueden comprobar los datos y del que se puede hacer una reconstrucción material. Pero esta visión prescinde del signficado profundo de los hechos y se limita a una simple representación intelectual de una realidad que es mucho más densa y rica.
En otra palabras, esta concepción reduce los hechos reales a los hechos medibles, y deja de lado el significado y el sentido humano que contienen. Y como la fe aporta básicamente el significado humano y divino de los hechos que cuenta la Biblia, no entra en los parámetros «científicos» de la historia.
Como ejemplo de este conflicto entre la historia y la fe tenemos a Rudolf Bultmann, un importante biblista protestante alemán del siglo XX. Este Autor negaba el carácter histórico de la resurrección, porque negaba el hecho de la resurrección. Para él, este suceso pertenecería exclusivamente a la fe (y una fe luterana, que no se apoya en la razón), de modo que no tendría sentido tratar de encontrar a nivel histórico, ningún vestigio del Resucitado.
Pero la fe católica nunca ha renunciado a los datos históricos a nombre de la fe. Siempre ha buscado un equilibrio entre los hechos históricos y su interpretación sobrenatural. En la base de la doctrina cristiana está la realidad del Resucitado. No ha sido la predicación de la Iglesia la que lo ha vuelto a la vida. En consecuencia, Cristo vive en toda su realidad personal: alma y cuerpo. El acto de fe se apoya en un hecho histórico: el sepulcro vacío y las apariciones de Jesús a sus discípulos.
El problema de la credibilidad de la resurrección de Jesús no está en el orden de los hechos verificables, más bien se sitúa en el plano de la interpretación de la historia. Es necesario ampliar el alcance de lo histórico y aceptar que hay otras vías de acceso a la realidad. Por ejemplo, puedo documentar las fechas exactas de nacimiento de mi papá y de mi mamá, y tener testimonios orales y gráficos de su boda, pero lo importante de la historia de mis padres no son esos datos, sino su amor mútuo y el cariño que me han tenido. Y ese amor es tan real y tan histórico como los hechos de sus nacimientos y su boda.
De igual manera, al anunciar la resurrección de Jesús, los cristianos no prentendemos sólo transmitir unos datos, sino dar a conocer su significado profundo y vital. Es un anuncio que compromente la existencia tanto de los que lo predican como de los que lo escuchan. En concreto, aceptar que Cristo resucitó, conlleva sostener que Jesucristo es Dios, y por eso pudo regresar de la muerte a la vida. También implica que todo lo que que Jesús dijo sobre Dios y el hombre, y toda su exigente moral son enseñazas verdaderas. Por eso, en ocasiones, cuando una persona no quiere aceptar esas exigencias de la «fe», empieza por negar la realidad de los datos de la «historia». De ahí que San Pablo afirme que «si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana» (1 Corintios 15, 14).
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Hoy la Iglesia católica celebra su festividad más importante: la resurrección de Jesucristo. Si observamos despacio, esta fiesta es un reto grande a nuestra mente. ¿Es verdad que aquél al que mataron en una cruz volvió a la vida? ¿La resurreción de Cristo es un «hecho» histórico o es una mera «creencia»?
La clave de este tema se encuentra en que intervienen dos factores, que actualmente se nos presentan como contrapuestos: la historia y la fe. La historia es considerada por bastantes académicos como el único fundamento de lo real, de manera que sólo sería verdadero un suceso del que se pueden comprobar los datos y del que se puede hacer una reconstrucción material. Pero esta visión prescinde del signficado profundo de los hechos y se limita a una simple representación intelectual de una realidad que es mucho más densa y rica.
En otra palabras, esta concepción reduce los hechos reales a los hechos medibles, y deja de lado el significado y el sentido humano que contienen. Y como la fe aporta básicamente el significado humano y divino de los hechos que cuenta la Biblia, no entra en los parámetros «científicos» de la historia.
Como ejemplo de este conflicto entre la historia y la fe tenemos a Rudolf Bultmann, un importante biblista protestante alemán del siglo XX. Este Autor negaba el carácter histórico de la resurrección, porque negaba el hecho de la resurrección. Para él, este suceso pertenecería exclusivamente a la fe (y una fe luterana, que no se apoya en la razón), de modo que no tendría sentido tratar de encontrar a nivel histórico, ningún vestigio del Resucitado.
Pero la fe católica nunca ha renunciado a los datos históricos a nombre de la fe. Siempre ha buscado un equilibrio entre los hechos históricos y su interpretación sobrenatural. En la base de la doctrina cristiana está la realidad del Resucitado. No ha sido la predicación de la Iglesia la que lo ha vuelto a la vida. En consecuencia, Cristo vive en toda su realidad personal: alma y cuerpo. El acto de fe se apoya en un hecho histórico: el sepulcro vacío y las apariciones de Jesús a sus discípulos.
El problema de la credibilidad de la resurrección de Jesús no está en el orden de los hechos verificables, más bien se sitúa en el plano de la interpretación de la historia. Es necesario ampliar el alcance de lo histórico y aceptar que hay otras vías de acceso a la realidad. Por ejemplo, puedo documentar las fechas exactas de nacimiento de mi papá y de mi mamá, y tener testimonios orales y gráficos de su boda, pero lo importante de la historia de mis padres no son esos datos, sino su amor mútuo y el cariño que me han tenido. Y ese amor es tan real y tan histórico como los hechos de sus nacimientos y su boda.
De igual manera, al anunciar la resurrección de Jesús, los cristianos no prentendemos sólo transmitir unos datos, sino dar a conocer su significado profundo y vital. Es un anuncio que compromente la existencia tanto de los que lo predican como de los que lo escuchan. En concreto, aceptar que Cristo resucitó, conlleva sostener que Jesucristo es Dios, y por eso pudo regresar de la muerte a la vida. También implica que todo lo que que Jesús dijo sobre Dios y el hombre, y toda su exigente moral son enseñazas verdaderas. Por eso, en ocasiones, cuando una persona no quiere aceptar esas exigencias de la «fe», empieza por negar la realidad de los datos de la «historia». De ahí que San Pablo afirme que «si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana» (1 Corintios 15, 14).
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domingo, 9 de abril de 2006
El Evangelio de Judas
Luis-Fernando Valdés
Hoy a las 22:00, el canal de la National Geographic hará el estreno mundial de un documental titulado «El Evangelio prohibido de Judas». Este programa ha causado curiosidad desde que el miércoles pasado se anunció su transmisión. La cuestión clave consiste en saber si este hallazgo paleográfico modificará o no la doctrina de la Iglesia Católica. Pero antes de dar una respuesta, veamos de qué se trata este escrito.
El llamado «Evangelio según Judas», un frágil papiro de 31 hojas, dataría de alguna fecha del siglo III ó IV y sería una copia de un original escrito en el año 150 d.C. El documento fue descubierto en Beni Masar, Egipto, en 1978 y está escrito originalmente en cóptico, un antiguo idioma egipcio. Según la National Geographic, los análisis de carbono 14, la tinta, el estilo de escritura y el contenido han hecho llegar a la conclusión de que fue escrito alrededor del año 300.
Rodolphe Kasser, de la Universidad de Ginebra (Suiza), líder del grupo que tradujo el documento con apoyo de National Geographic, explicó que el manuscrito muestra una versión distinta a la que se tenía sobre el papel que jugó el apóstol Judas en la crucifixión de Jesús. En efecto, según este papiro Judas era "el único discípulo que conoce la identidad verdadera de Jesús". Y a él, Jesús fue quien le pidió a Judas que lo entregara a los romanos, cuando le dijo: "tú superarás a todos ellos. Tú sacrificarás al hombre que me recubre". De modo que Judas ya no sería un traidor sino un discípulo que cumple con un encargo de su Maestro.
¿Es verdad lo que narra este «Evangelio»? Si queremos ser fieles a la historia, tendremos que admitir que el contenido de este papiro no es verdadero. ¿Por qué? Porque este documento fue escrito en el año 300 D. C., y se trataría de una copia de un original del año 150, cuando más temprano. Es decir, fue escrito 150 años después de que sucedieron los acontecimientos que narra.
Este escrito pertenece a los gnósticos que son partidarios de la rehabilitación de figuras del Antiguo Testamento como Caín, que mató a su hermano Abel. Los gnósticos se enfrentaban al cristianismo, además de mostrar su rechazo en contra de la carne y el cuerpo. Además sostenían que Jesús era un Dios disfrazado de hombre lo cual se opone a la fe católica que afirma que Jesucristo es Dios y hombre verdadero. Jorge Traslosheros, investigador de la UNAM y especialista en religiones, explica que para el año 300, “ya estaba establecido el cuerpo doctrinal de la Iglesia y estos grupos tratan de desteñir las ideas de la Iglesia con estos escritos”. Y en esto coincide con la teología católica, que afirma que desde la muerte del Apóstol Juan, a finales del siglo I, quedo fija la doctrina de la Iglesia.
Este tipo de escritos gnósticos son de sobra conocidos, desde la antigüedad cristiana. Circulaban libremente junto con otros textos denominados por las comunidades cristiana como «evangelios apócrifos». Se les llamaba así para distinguirlos de los «Evangelios canónicos», es decir, los aceptados oficialmente por la Iglesia primitiva, como libros inspirados por Dios. Desde el principio, la comunidad cristiana rechazó estos documentos gnósticos por su incompatibilidad con la fe cristiana.
El «Evangelio de Judas» puede tener gran valor histórico, ya que contribuye a conocer mejor el gnosticismo, pero no supone ningún desafío para el cristianismo, porque no tiene elementos para negar que Jesucristo sea el verdadero Dios hecho ser humano.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Hoy a las 22:00, el canal de la National Geographic hará el estreno mundial de un documental titulado «El Evangelio prohibido de Judas». Este programa ha causado curiosidad desde que el miércoles pasado se anunció su transmisión. La cuestión clave consiste en saber si este hallazgo paleográfico modificará o no la doctrina de la Iglesia Católica. Pero antes de dar una respuesta, veamos de qué se trata este escrito.
El llamado «Evangelio según Judas», un frágil papiro de 31 hojas, dataría de alguna fecha del siglo III ó IV y sería una copia de un original escrito en el año 150 d.C. El documento fue descubierto en Beni Masar, Egipto, en 1978 y está escrito originalmente en cóptico, un antiguo idioma egipcio. Según la National Geographic, los análisis de carbono 14, la tinta, el estilo de escritura y el contenido han hecho llegar a la conclusión de que fue escrito alrededor del año 300.
Rodolphe Kasser, de la Universidad de Ginebra (Suiza), líder del grupo que tradujo el documento con apoyo de National Geographic, explicó que el manuscrito muestra una versión distinta a la que se tenía sobre el papel que jugó el apóstol Judas en la crucifixión de Jesús. En efecto, según este papiro Judas era "el único discípulo que conoce la identidad verdadera de Jesús". Y a él, Jesús fue quien le pidió a Judas que lo entregara a los romanos, cuando le dijo: "tú superarás a todos ellos. Tú sacrificarás al hombre que me recubre". De modo que Judas ya no sería un traidor sino un discípulo que cumple con un encargo de su Maestro.
¿Es verdad lo que narra este «Evangelio»? Si queremos ser fieles a la historia, tendremos que admitir que el contenido de este papiro no es verdadero. ¿Por qué? Porque este documento fue escrito en el año 300 D. C., y se trataría de una copia de un original del año 150, cuando más temprano. Es decir, fue escrito 150 años después de que sucedieron los acontecimientos que narra.
Este escrito pertenece a los gnósticos que son partidarios de la rehabilitación de figuras del Antiguo Testamento como Caín, que mató a su hermano Abel. Los gnósticos se enfrentaban al cristianismo, además de mostrar su rechazo en contra de la carne y el cuerpo. Además sostenían que Jesús era un Dios disfrazado de hombre lo cual se opone a la fe católica que afirma que Jesucristo es Dios y hombre verdadero. Jorge Traslosheros, investigador de la UNAM y especialista en religiones, explica que para el año 300, “ya estaba establecido el cuerpo doctrinal de la Iglesia y estos grupos tratan de desteñir las ideas de la Iglesia con estos escritos”. Y en esto coincide con la teología católica, que afirma que desde la muerte del Apóstol Juan, a finales del siglo I, quedo fija la doctrina de la Iglesia.
Este tipo de escritos gnósticos son de sobra conocidos, desde la antigüedad cristiana. Circulaban libremente junto con otros textos denominados por las comunidades cristiana como «evangelios apócrifos». Se les llamaba así para distinguirlos de los «Evangelios canónicos», es decir, los aceptados oficialmente por la Iglesia primitiva, como libros inspirados por Dios. Desde el principio, la comunidad cristiana rechazó estos documentos gnósticos por su incompatibilidad con la fe cristiana.
El «Evangelio de Judas» puede tener gran valor histórico, ya que contribuye a conocer mejor el gnosticismo, pero no supone ningún desafío para el cristianismo, porque no tiene elementos para negar que Jesucristo sea el verdadero Dios hecho ser humano.
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domingo, 2 de abril de 2006
Juan Pablo II, el Grande
Luis-Fernando Valdés
Hoy hace un año, el Santo Padre que nos había acompañado durante más de 26 años, se fue a la Casa del Padre celestial. Sentimos un hueco grande en el corazón y en la mente, pues este Romano Pontífice marcó una nueva época en el Papado. Fue el Papa cercano a todos, el Papa alegre, pero sobre todo, un hombre que nos habló de Dios, y nos expuso sin titubeos las exigencias de la fe. Nos hizo recuperar el valor de ser católicos.
A las pocas horas de su fallecimiento, las Autoridades vaticanas ya se refirieron a este Pontífice como Juan Pablo II «el Grande». Este título sólo lo ostentan San León Magno († 461) y San Gregorio Magno (540-604), que tuvieron un papel trascendental para la Iglesia. Merecidamente se le aplica al Papa Woytila, por su gran santidad de vida, por su preclara inteligencia, por su abundante Magisterio, por su gran capacidad de conciliación y sus esfuerzos ecuménicos, por ser un infatigable defensor de la paz, por estar siempre cerca de los fieles católicos, entre otros rasgos.
Juan Pablo II el Grande supo entender el drama humano de nuestra época. Vivió en carne propia los horrores de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto; sufrió la dictadura del totalitarismo nazi y luego la del comunismo; experimentó los estragos del relativismo cultural y del nihilismo. Lejos de caer en el odio y el rencor, Karol Woytila encontró motivos para tener una esperanza segura en un escenario tan obscuro.
¿Cuál es esta esperanza que nos supo contagiar? Juan Pablo II nos enseñó que hay esperanza porque Dios está presente en el mundo, y lo ha redimido: lo ha salvado del mal. El 22 de octubre de 1978, en la Plaza de San Pedro, en su primer intervención como Papa, con fuerte voz hizo esta invitación: «¡No tengáis miedo! »
Él mismo comentaría años después que se trataba de «una exhortación dirigida a todos los hombres, una exhortación a vencer el miedo a la situación mundial, sea en Oriente, sea en Occidente, tanto en el Norte como el Sur» (Cruzando el umbral de la esperanza, pp. 241-215). En efecto, el hombre ha convertido el mundo en un peligro para el propio hombre: violencia, muerte, discriminación, tortura, hombre, dolor, soledad.
E insistía el Gran Papa que no tuvieramos miedo de lo que nosotros mismos habíamos creado, ni tampoco tuviéramos miedo de nosotros mismos. ¿Por qué no debemos tener miedo? Y la respuesta de Juan Pablo II es de orden sobrenatural, y está más allá de las ideologías contemporáneas (comunismo, humanismo ateo, capitalismo, relativismo), que han fracasado en su intento de liberar al hombre.
Explicaba que no debíamos tener miedo «porque el hombre ha sido redimido por Dios. ¡Dios ha amado al mundo! Lo ha amado tanto que le ha entregado a su Hijo unigénito. Este Hijo permanece en la historia de la humanidad como el Redentor. La Redención impregna toda la historia del hombre (…). El poder de la Cruz de Cristo y de su Resurrección es más grande que todo el mal del que el hombre podría y debería tener miedo» (ibid, p. 214).
Éste es el Papa valiente, que no tuvo miedo de anunciar, a una época marcada por la increencia, que la solución a sus temores es volver a creer en Dios, en Dios hecho hombre: Jesucristo. «Es necesario que en la conciencia [del hombre de hoy] resurja con fuerza la certeza de que existe Alguien que tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa (…). Y este alguien es Amor: amor hecho hombre, Amor crucificado y resucitado, Amor continuamente presente entre los hombres (…). Él es el único que puede dar plena garantía de las palabras “¡no tengáis miedo!”» (ibid, p. 216).
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Hoy hace un año, el Santo Padre que nos había acompañado durante más de 26 años, se fue a la Casa del Padre celestial. Sentimos un hueco grande en el corazón y en la mente, pues este Romano Pontífice marcó una nueva época en el Papado. Fue el Papa cercano a todos, el Papa alegre, pero sobre todo, un hombre que nos habló de Dios, y nos expuso sin titubeos las exigencias de la fe. Nos hizo recuperar el valor de ser católicos.
A las pocas horas de su fallecimiento, las Autoridades vaticanas ya se refirieron a este Pontífice como Juan Pablo II «el Grande». Este título sólo lo ostentan San León Magno († 461) y San Gregorio Magno (540-604), que tuvieron un papel trascendental para la Iglesia. Merecidamente se le aplica al Papa Woytila, por su gran santidad de vida, por su preclara inteligencia, por su abundante Magisterio, por su gran capacidad de conciliación y sus esfuerzos ecuménicos, por ser un infatigable defensor de la paz, por estar siempre cerca de los fieles católicos, entre otros rasgos.
Juan Pablo II el Grande supo entender el drama humano de nuestra época. Vivió en carne propia los horrores de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto; sufrió la dictadura del totalitarismo nazi y luego la del comunismo; experimentó los estragos del relativismo cultural y del nihilismo. Lejos de caer en el odio y el rencor, Karol Woytila encontró motivos para tener una esperanza segura en un escenario tan obscuro.
¿Cuál es esta esperanza que nos supo contagiar? Juan Pablo II nos enseñó que hay esperanza porque Dios está presente en el mundo, y lo ha redimido: lo ha salvado del mal. El 22 de octubre de 1978, en la Plaza de San Pedro, en su primer intervención como Papa, con fuerte voz hizo esta invitación: «¡No tengáis miedo! »
Él mismo comentaría años después que se trataba de «una exhortación dirigida a todos los hombres, una exhortación a vencer el miedo a la situación mundial, sea en Oriente, sea en Occidente, tanto en el Norte como el Sur» (Cruzando el umbral de la esperanza, pp. 241-215). En efecto, el hombre ha convertido el mundo en un peligro para el propio hombre: violencia, muerte, discriminación, tortura, hombre, dolor, soledad.
E insistía el Gran Papa que no tuvieramos miedo de lo que nosotros mismos habíamos creado, ni tampoco tuviéramos miedo de nosotros mismos. ¿Por qué no debemos tener miedo? Y la respuesta de Juan Pablo II es de orden sobrenatural, y está más allá de las ideologías contemporáneas (comunismo, humanismo ateo, capitalismo, relativismo), que han fracasado en su intento de liberar al hombre.
Explicaba que no debíamos tener miedo «porque el hombre ha sido redimido por Dios. ¡Dios ha amado al mundo! Lo ha amado tanto que le ha entregado a su Hijo unigénito. Este Hijo permanece en la historia de la humanidad como el Redentor. La Redención impregna toda la historia del hombre (…). El poder de la Cruz de Cristo y de su Resurrección es más grande que todo el mal del que el hombre podría y debería tener miedo» (ibid, p. 214).
Éste es el Papa valiente, que no tuvo miedo de anunciar, a una época marcada por la increencia, que la solución a sus temores es volver a creer en Dios, en Dios hecho hombre: Jesucristo. «Es necesario que en la conciencia [del hombre de hoy] resurja con fuerza la certeza de que existe Alguien que tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa (…). Y este alguien es Amor: amor hecho hombre, Amor crucificado y resucitado, Amor continuamente presente entre los hombres (…). Él es el único que puede dar plena garantía de las palabras “¡no tengáis miedo!”» (ibid, p. 216).
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domingo, 26 de marzo de 2006
Sabiduría para salvar familias
Luis-Fernando Valdés
Nuestra época ha avanzado mucho en el tema de la familia. Tenemos valores muy buenos, que quizá antes no se apreciaban tanto, como el papel activo del padre en la educación de los hijos, y la participación de la madre en la economía familiar. Sin embargo, también hay algunas sombras, que ponen en peligro la existencia de la familias.
Los riesgos a los que se enfrentan las familias de hoy tienen su origen en algunas teorías y fenómenos culturales. Por eso, las posibles soluciones no sólo deben ser de carácter práctico, sino también de índole intelectual.
En efecto, notamos que ciertos valores fundamentales se han degradado, cuando vemos una equivocada independencia de los cónyuges entre sí, cuando observamos ambigüedades en la autoridad de los padres y en la autonomía de los hijos, cuando cada vez más matrimonios cercanos a nosotros pasan por procesos de divorcio, cuando tener hijos ya no es un motivo de gozo, sino una “dificultad” o un “obstáculo”.
En el fondo de estos problemas prácticos de la vida diaria de las familias, hay una base teórica. Aunque las teorías parecen ser muy “abstractas” y despegadas de la realidad, los planteamientos filosóficos terminan por dirigir la vida cotidiana, sin que la gente se dé mucha cuenta.
Así, por ejemplo, en las dificultades de independencia de los esposos, y en las faltas de respeto de los hijos hacia los padres, muchas veces hay una “idea” no del todo verdadera sobre la libertad, que se concibe no como la capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el hombre y la familia, sino como una fuerza de autoafirmación egoísta.
Ya se puede ver que las ideas influyen más de lo que parece en la vida práctica. Por este motivo, la solución para salvar a las familias de los riesgos actuales es doble. Por una parte, debe ser práctica y concreta, porque el amor que funda un hogar siempre se manifiesta en los detalles.
Pero, por otra, necesariamente ha de ser “teórica”. Y es que las teorías son el punto de referencia al que acudimos cuando nos desorientados, son el modelo al que miramos cuando debemos tomar una decisión. Se requiere de un concepto de familia que sea verdadero, que sea utilizado como brújula cuando los cónyuges tienen diferencias, cuando los hijos se sienten incomprendidos por sus padre, pues sólo así no naufragarán las familias.
Juan Pablo II, ante situación, propuso la construcción de un auténtico «humanismo familiar» (Familiaris consortio, n. 7). Por humanismo se debe entender no sólo una construcción conceptual, sino la armonía entre la experiencia vivida y el desarrollo teórico acerca de la familia.
El recordado Papa señalaba que, en la elaboración de este «nuevo humanismo», es necesario que todos cobremos conciencia de la primacía de los valores morales, que no son distintos de los valores de la persona humana en cuanto tal, con independencia de sus creencia religiosas. Se trata de volver a comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales, que permitan la promoción de la persona humana en toda su verdad, en su libertad y dignidad.
Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos conocimientos científicos y los nuevos avances técnicos de la humanidad. El destino futuro de la familia corre peligro sino se forman hombres y mujeres más instruidos en esta sabiduría.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Nuestra época ha avanzado mucho en el tema de la familia. Tenemos valores muy buenos, que quizá antes no se apreciaban tanto, como el papel activo del padre en la educación de los hijos, y la participación de la madre en la economía familiar. Sin embargo, también hay algunas sombras, que ponen en peligro la existencia de la familias.
Los riesgos a los que se enfrentan las familias de hoy tienen su origen en algunas teorías y fenómenos culturales. Por eso, las posibles soluciones no sólo deben ser de carácter práctico, sino también de índole intelectual.
En efecto, notamos que ciertos valores fundamentales se han degradado, cuando vemos una equivocada independencia de los cónyuges entre sí, cuando observamos ambigüedades en la autoridad de los padres y en la autonomía de los hijos, cuando cada vez más matrimonios cercanos a nosotros pasan por procesos de divorcio, cuando tener hijos ya no es un motivo de gozo, sino una “dificultad” o un “obstáculo”.
En el fondo de estos problemas prácticos de la vida diaria de las familias, hay una base teórica. Aunque las teorías parecen ser muy “abstractas” y despegadas de la realidad, los planteamientos filosóficos terminan por dirigir la vida cotidiana, sin que la gente se dé mucha cuenta.
Así, por ejemplo, en las dificultades de independencia de los esposos, y en las faltas de respeto de los hijos hacia los padres, muchas veces hay una “idea” no del todo verdadera sobre la libertad, que se concibe no como la capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el hombre y la familia, sino como una fuerza de autoafirmación egoísta.
Ya se puede ver que las ideas influyen más de lo que parece en la vida práctica. Por este motivo, la solución para salvar a las familias de los riesgos actuales es doble. Por una parte, debe ser práctica y concreta, porque el amor que funda un hogar siempre se manifiesta en los detalles.
Pero, por otra, necesariamente ha de ser “teórica”. Y es que las teorías son el punto de referencia al que acudimos cuando nos desorientados, son el modelo al que miramos cuando debemos tomar una decisión. Se requiere de un concepto de familia que sea verdadero, que sea utilizado como brújula cuando los cónyuges tienen diferencias, cuando los hijos se sienten incomprendidos por sus padre, pues sólo así no naufragarán las familias.
Juan Pablo II, ante situación, propuso la construcción de un auténtico «humanismo familiar» (Familiaris consortio, n. 7). Por humanismo se debe entender no sólo una construcción conceptual, sino la armonía entre la experiencia vivida y el desarrollo teórico acerca de la familia.
El recordado Papa señalaba que, en la elaboración de este «nuevo humanismo», es necesario que todos cobremos conciencia de la primacía de los valores morales, que no son distintos de los valores de la persona humana en cuanto tal, con independencia de sus creencia religiosas. Se trata de volver a comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales, que permitan la promoción de la persona humana en toda su verdad, en su libertad y dignidad.
Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos conocimientos científicos y los nuevos avances técnicos de la humanidad. El destino futuro de la familia corre peligro sino se forman hombres y mujeres más instruidos en esta sabiduría.
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domingo, 19 de marzo de 2006
El mito de la libertad absoluta
Luis-Fernando Valdés
Hay una bandera que engloba a todo el mundo occidental. Por ella, todos las personas estamos dispuestos a dar la vida... o al menos, a protestar con fuerza contra los que intenten impedir su ejercicio. Más aún, defender la libertad y proclamarla nos hace sentir que somos verdaderos ciudadanos.
Pero sucede, con más frecuencia de la que debería, que no todos saben exactamente en qué consiste esa libertad tan amada. Peor aún, la palabra «libertad» es una fuente de equívocos, de modo que aunque todos la empleamos, no siempre nos referimos a lo mismo.
Los invito a analizar una de esas confusiones. Un sentido muy básico de la libertad es la llamada «libertad de coacción», que es la condición de una persona que no tiene impedimentos externos para actuar. No tienen esta libertad los esclavos, los prisioneros y aquellos a los que una ley o la fuerza de otros les impide expresarse o hacer lo que querrían.
Los griegos anteriores a Aristóteles definían la libertad en contraposición a lo que la limitaba. Y así se formulaba una noción de libertad fundamentalmente política: es libre el ciudadano que no es ni esclavo ni prisionero de guerra.
La libertad de coacción es una primera fase, que se debe complementar con la libertad de elección, y con la libertad como perfección moral. Sin embargo, se ha generalizado la creencia de que la libertad se reduce sólo a ese primer sentido. Y entonces algunos piensan que, para ser verdaderamente libres, deben romper toda atadura no sólo exterior, sino también interior (o sea, afectiva, emocional, de dedicación de tiempo). En la práctica, buscan no tener vínculos definitivos ni con las personas, ni con las instituciones, ni con algo que implique un compromiso estable.
Pero creer que la libertad consiste en esa “desvinculación” de todo, en no tener límites, es poco razonable, porque en realidad la nuestra no es una libertad absoluta. Hay muchas circunstancias tanto personales como externas a nosotros, que nos limitan. Cuando vinimos al mundo, éste ya llevaba hecho mucho tiempo, y ya tenía sus leyes. Nuestro planeta ya estaba lleno de cosas y de personas, y nosotros sólo hemos venido a ocupar unn lugar entre ellas. Por eso, no tenemos una libertad absoluta, sino que está fuertemente condicionada por todo lo que estaba antes que nosotros, como las leyes de la naturaleza, la cultura en la que nacimos y la lengua que hablamos .
Antes que nada estamos limitados por nuestra propia naturaleza humana. Somos hombres, y no aves. No podemos volar aunque agitemos los brazos. Esta realidad de que tenemos una naturaleza que nos condiciona nuestro modo de ser, es muy importante a la hora de plantearnos lo que queremos hacer con nuestra libertad. No podemos vivir como si no fueramos hombres: personas que necesitan comer y dormir; personas que tienen tiempo y energías limitadas; personas que se enferman, envejecen y se mueren.
Estas limitaciones no son una tragedia. En realidad, son los trazos que definen nuestro perfil como personas. “Si no los tuviéramos seríamos seres amorfos, sin contornos. Hay que admitirlos como admitimos los rasgos de nuestra cara” (J.L. Lorda). Por eso, los compromisos que limitan la libertad no nos hacen daño, sino que nos dan verdadera personalidad y forman el marco de nuestra felicidad.
Es un mito pensar en una libertad sin condiciones. No hay hombre que nos las tenga, ni se puede vivir sin asumirlas. Pero estos límites son las reglas del juego, y hacen que la vida sea emocionante. Este juego es, la mayor parte de las veces, un gustoso deber y es bonito vivirlo así. Gracias a esas reglas, tenemos patria, ciudad, padres, hermanos y amigos.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Hay una bandera que engloba a todo el mundo occidental. Por ella, todos las personas estamos dispuestos a dar la vida... o al menos, a protestar con fuerza contra los que intenten impedir su ejercicio. Más aún, defender la libertad y proclamarla nos hace sentir que somos verdaderos ciudadanos.
Pero sucede, con más frecuencia de la que debería, que no todos saben exactamente en qué consiste esa libertad tan amada. Peor aún, la palabra «libertad» es una fuente de equívocos, de modo que aunque todos la empleamos, no siempre nos referimos a lo mismo.
Los invito a analizar una de esas confusiones. Un sentido muy básico de la libertad es la llamada «libertad de coacción», que es la condición de una persona que no tiene impedimentos externos para actuar. No tienen esta libertad los esclavos, los prisioneros y aquellos a los que una ley o la fuerza de otros les impide expresarse o hacer lo que querrían.
Los griegos anteriores a Aristóteles definían la libertad en contraposición a lo que la limitaba. Y así se formulaba una noción de libertad fundamentalmente política: es libre el ciudadano que no es ni esclavo ni prisionero de guerra.
La libertad de coacción es una primera fase, que se debe complementar con la libertad de elección, y con la libertad como perfección moral. Sin embargo, se ha generalizado la creencia de que la libertad se reduce sólo a ese primer sentido. Y entonces algunos piensan que, para ser verdaderamente libres, deben romper toda atadura no sólo exterior, sino también interior (o sea, afectiva, emocional, de dedicación de tiempo). En la práctica, buscan no tener vínculos definitivos ni con las personas, ni con las instituciones, ni con algo que implique un compromiso estable.
Pero creer que la libertad consiste en esa “desvinculación” de todo, en no tener límites, es poco razonable, porque en realidad la nuestra no es una libertad absoluta. Hay muchas circunstancias tanto personales como externas a nosotros, que nos limitan. Cuando vinimos al mundo, éste ya llevaba hecho mucho tiempo, y ya tenía sus leyes. Nuestro planeta ya estaba lleno de cosas y de personas, y nosotros sólo hemos venido a ocupar unn lugar entre ellas. Por eso, no tenemos una libertad absoluta, sino que está fuertemente condicionada por todo lo que estaba antes que nosotros, como las leyes de la naturaleza, la cultura en la que nacimos y la lengua que hablamos .
Antes que nada estamos limitados por nuestra propia naturaleza humana. Somos hombres, y no aves. No podemos volar aunque agitemos los brazos. Esta realidad de que tenemos una naturaleza que nos condiciona nuestro modo de ser, es muy importante a la hora de plantearnos lo que queremos hacer con nuestra libertad. No podemos vivir como si no fueramos hombres: personas que necesitan comer y dormir; personas que tienen tiempo y energías limitadas; personas que se enferman, envejecen y se mueren.
Estas limitaciones no son una tragedia. En realidad, son los trazos que definen nuestro perfil como personas. “Si no los tuviéramos seríamos seres amorfos, sin contornos. Hay que admitirlos como admitimos los rasgos de nuestra cara” (J.L. Lorda). Por eso, los compromisos que limitan la libertad no nos hacen daño, sino que nos dan verdadera personalidad y forman el marco de nuestra felicidad.
Es un mito pensar en una libertad sin condiciones. No hay hombre que nos las tenga, ni se puede vivir sin asumirlas. Pero estos límites son las reglas del juego, y hacen que la vida sea emocionante. Este juego es, la mayor parte de las veces, un gustoso deber y es bonito vivirlo así. Gracias a esas reglas, tenemos patria, ciudad, padres, hermanos y amigos.
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domingo, 12 de marzo de 2006
Una universidad católica en Querétaro
Luis-Fernando Valdés
El pasado miércoles 8 de marzo fue oficialmente inaugurado el plantel Querétaro de la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA). Se trata de la apertura de una universidad católica en nuestra ciudad. Este suceso tiene un significado que merece una reflexión.
En primer lugar este acontecimiento, quizá para algunos, parecería como una provocación. En la ceremonia inaugural estaban presentes autoridades civiles, académicas, militares y eclesiásticas. Es la señal de los nuevos tiempos de nuestro país, en los que la Iglesia puede convivir y colaborar con las diversas instituciones. Parece que ya quedaron atrás los años de oposición del Estado a la Iglesia en materia de educación superior.
A más de un lector espabilado le habrá llamado la atención la frase «universidad católica». Parecería una contradicción. Por una parte, «universidad» hace referencia a la ciencia, a la racionalidad. Por otra, hoy día «religión» suena lo no racional, a lo meramente emotivo, a lo que está solamente en la conciencia de cada quién.
Sin embargo, la erección de esta nueva universidad viene a significar justo lo contrario. Es el símbolo de que el cristianismo busca siempre la armonía con la razón. Por eso, la universidad católica busca "unificar existencialmente en el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad" (Juan Pablo II, Const. Ex corde ecclesiae).
Explicaba Juan Pablo II que una institución de este tipo realiza en sí misma la síntesis entre la fe y la razón en fidelidad a su doble identidad: universidad y católica. No se trata de dos conceptos extraños, ni mucho menos incompatibles, como si sólo forzadamente pudieran darse juntos.
Y este gran Papa añadía que basta mirar a la historia para apercibirse de que la Universidad, tal y como la conocemos hoy, ha nacido «ex corde Ecclesiae», del corazón de la Iglesia. En efecto, la existencia de la universidad católica debe su origen último al ejercicio de la misión de enseñar que la Iglesia ha recibido de Cristo mismo: vayan y hagan discípulos, enseñando a guardar cuanto yo les he mandado (Cf. Mt 28, 19-20).
La universidad católica desarrolla su misión en una tensión armónica entre dos polos que podrían parecer antitéticos: la búsqueda del saber —universidad— y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad —católica—. Como universidad se vincula a la comunidad internacional del saber, el gremio de hombres y mujeres de todo el mundo que han hecho del saber su profesión de vida. Como católica, en cambio, muestra su explícita vinculación a la Iglesia, local y universal, sin avergonzarse del Evangelio ni renegar su origen ante la comunidad universitaria.
Estas dos vocaciones, aunque podrían parecer difícilmente conciliables, nunca pueden oponerse como antitéticas. Más aún: su relación no puede ser extrínseca, como si la fe viniera a ser simplemente un complemento que viene a añadirse desde fuera a una realidad que ya está completa en sí misma, y que podría perfectamente prescindir de la fe. No: si Jesucristo es la plenitud de la revelación, si es verdad, como afirma el Concilio Vaticano II, que «Cristo nuestro Señor manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et Spes, 22), entonces el modelo auténtico de lo humano, en todas sus dimensiones, se halla en la fe. La visión que ofrece la fe será siempre la culminación del saber, el conocimiento superior que desborda, mas no anula, el conocimiento humano.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
El pasado miércoles 8 de marzo fue oficialmente inaugurado el plantel Querétaro de la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA). Se trata de la apertura de una universidad católica en nuestra ciudad. Este suceso tiene un significado que merece una reflexión.
En primer lugar este acontecimiento, quizá para algunos, parecería como una provocación. En la ceremonia inaugural estaban presentes autoridades civiles, académicas, militares y eclesiásticas. Es la señal de los nuevos tiempos de nuestro país, en los que la Iglesia puede convivir y colaborar con las diversas instituciones. Parece que ya quedaron atrás los años de oposición del Estado a la Iglesia en materia de educación superior.
A más de un lector espabilado le habrá llamado la atención la frase «universidad católica». Parecería una contradicción. Por una parte, «universidad» hace referencia a la ciencia, a la racionalidad. Por otra, hoy día «religión» suena lo no racional, a lo meramente emotivo, a lo que está solamente en la conciencia de cada quién.
Sin embargo, la erección de esta nueva universidad viene a significar justo lo contrario. Es el símbolo de que el cristianismo busca siempre la armonía con la razón. Por eso, la universidad católica busca "unificar existencialmente en el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad" (Juan Pablo II, Const. Ex corde ecclesiae).
Explicaba Juan Pablo II que una institución de este tipo realiza en sí misma la síntesis entre la fe y la razón en fidelidad a su doble identidad: universidad y católica. No se trata de dos conceptos extraños, ni mucho menos incompatibles, como si sólo forzadamente pudieran darse juntos.
Y este gran Papa añadía que basta mirar a la historia para apercibirse de que la Universidad, tal y como la conocemos hoy, ha nacido «ex corde Ecclesiae», del corazón de la Iglesia. En efecto, la existencia de la universidad católica debe su origen último al ejercicio de la misión de enseñar que la Iglesia ha recibido de Cristo mismo: vayan y hagan discípulos, enseñando a guardar cuanto yo les he mandado (Cf. Mt 28, 19-20).
La universidad católica desarrolla su misión en una tensión armónica entre dos polos que podrían parecer antitéticos: la búsqueda del saber —universidad— y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad —católica—. Como universidad se vincula a la comunidad internacional del saber, el gremio de hombres y mujeres de todo el mundo que han hecho del saber su profesión de vida. Como católica, en cambio, muestra su explícita vinculación a la Iglesia, local y universal, sin avergonzarse del Evangelio ni renegar su origen ante la comunidad universitaria.
Estas dos vocaciones, aunque podrían parecer difícilmente conciliables, nunca pueden oponerse como antitéticas. Más aún: su relación no puede ser extrínseca, como si la fe viniera a ser simplemente un complemento que viene a añadirse desde fuera a una realidad que ya está completa en sí misma, y que podría perfectamente prescindir de la fe. No: si Jesucristo es la plenitud de la revelación, si es verdad, como afirma el Concilio Vaticano II, que «Cristo nuestro Señor manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et Spes, 22), entonces el modelo auténtico de lo humano, en todas sus dimensiones, se halla en la fe. La visión que ofrece la fe será siempre la culminación del saber, el conocimiento superior que desborda, mas no anula, el conocimiento humano.
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domingo, 5 de marzo de 2006
Sepultados en la injusticia
Luis-Fernando Valdés
Desde aquel no tan lejano 19 de febrero pasado, cuando escuchamos la noticia de los 65 mineros atrapados en Pasta de Conchos, todos los mexicanos experimentamos un sentimiento de solidaridad, y seguramente muchos elevamos una plegaria a Dios, desde lo profundo el corazón.
Y, aunque mantuvimos la esperanza de que esos hermanos nuestros salieran vivos de las entrañas de la tierra, una vez que fueron declarados muertos, nuestro interior sufrió un duro choque. Hemos sido testigos de una injusticia y de una dura negligencia que acabó con la vida de estos mineros. Tenemos sentimientos de dolor, pero también de protesta, de deseos de denunciar el mal.
Queretano de corazón, nací en Coahuila, en un municipio vecino a San Juan de Sabinas. Conozco de primera mano la vida y las esperanzas de muchas familias que viven —sobreviven, más bien— de la minería. Hoy deseo expresarles mi condolencia, y levantar una voz que grita deseosa de justicia.
La justicia laboral no consiste solamente en una serie de prestaciones, que los patrones les conceden a sus trabajadores. Esta relación de justicia en el trabajo no procede de un «pacto» entre los empresarios y sus empleados.
La justicia laboral surge como una verdadera exigencia de la naturaleza humana. Todo trabajador es, ante todo, un ser humano, creado a imagen de Dios. Y por eso goza de una dignidad inalienable.
Por eso, con independencia de su raza, de su educación y preparación técnica, de sus creencias, los trabajadores tienen derecho «a ambientes de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral» (Juan Pablo II, Laborem exercens, 19).
Sin embargo, la pobreza y la falta de oportunidades han obligado a nuestros mineros a aceptar trabajos que tienen muy bajas condiciones de seguridad, a pesar de los altos riesgos que se corren dentro de ese tipo de minas.
La injusticia principal que han sufrido estos mineros consiste en que se les ha puesto en una disyuntiva: o morir de hambre o arriesgar sus vidas en las galerías de las minas. Es totalmente injusto que un patrón ofrezca un trabajo riesgoso, aprovechándose de la necesidad de una persona de conseguir un empleo.
Es una grave falta contra la justicia ofrecer una baja remuneración, y luego afirmar: «el minero aceptó el trabajo porque quiso». En realidad, más que quererlo o no quererlo, estos obreros de las minas se vieron obligados por la falta de oportunidades de empleo. Y los patrones se aprovecharon de su indigencia.
Recordemos que el «simple acuerdo» entre el trabajador y el patrono acerca de la remuneración, no basta para calificar de «justo» el sueldo acordado, porque el salario «no debe ser en manera alguna insuficiente» para el sustento del trabajador (Cfr. León XIII, Rerum novarum).
Pero ante todo, quien comete una injusticia hacia sus trabajadores, se hará reo del juicio de Dios. Dice la Biblia: «Mirad, el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Santiago 5, 4).
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Desde aquel no tan lejano 19 de febrero pasado, cuando escuchamos la noticia de los 65 mineros atrapados en Pasta de Conchos, todos los mexicanos experimentamos un sentimiento de solidaridad, y seguramente muchos elevamos una plegaria a Dios, desde lo profundo el corazón.
Y, aunque mantuvimos la esperanza de que esos hermanos nuestros salieran vivos de las entrañas de la tierra, una vez que fueron declarados muertos, nuestro interior sufrió un duro choque. Hemos sido testigos de una injusticia y de una dura negligencia que acabó con la vida de estos mineros. Tenemos sentimientos de dolor, pero también de protesta, de deseos de denunciar el mal.
Queretano de corazón, nací en Coahuila, en un municipio vecino a San Juan de Sabinas. Conozco de primera mano la vida y las esperanzas de muchas familias que viven —sobreviven, más bien— de la minería. Hoy deseo expresarles mi condolencia, y levantar una voz que grita deseosa de justicia.
La justicia laboral no consiste solamente en una serie de prestaciones, que los patrones les conceden a sus trabajadores. Esta relación de justicia en el trabajo no procede de un «pacto» entre los empresarios y sus empleados.
La justicia laboral surge como una verdadera exigencia de la naturaleza humana. Todo trabajador es, ante todo, un ser humano, creado a imagen de Dios. Y por eso goza de una dignidad inalienable.
Por eso, con independencia de su raza, de su educación y preparación técnica, de sus creencias, los trabajadores tienen derecho «a ambientes de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral» (Juan Pablo II, Laborem exercens, 19).
Sin embargo, la pobreza y la falta de oportunidades han obligado a nuestros mineros a aceptar trabajos que tienen muy bajas condiciones de seguridad, a pesar de los altos riesgos que se corren dentro de ese tipo de minas.
La injusticia principal que han sufrido estos mineros consiste en que se les ha puesto en una disyuntiva: o morir de hambre o arriesgar sus vidas en las galerías de las minas. Es totalmente injusto que un patrón ofrezca un trabajo riesgoso, aprovechándose de la necesidad de una persona de conseguir un empleo.
Es una grave falta contra la justicia ofrecer una baja remuneración, y luego afirmar: «el minero aceptó el trabajo porque quiso». En realidad, más que quererlo o no quererlo, estos obreros de las minas se vieron obligados por la falta de oportunidades de empleo. Y los patrones se aprovecharon de su indigencia.
Recordemos que el «simple acuerdo» entre el trabajador y el patrono acerca de la remuneración, no basta para calificar de «justo» el sueldo acordado, porque el salario «no debe ser en manera alguna insuficiente» para el sustento del trabajador (Cfr. León XIII, Rerum novarum).
Pero ante todo, quien comete una injusticia hacia sus trabajadores, se hará reo del juicio de Dios. Dice la Biblia: «Mirad, el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Santiago 5, 4).
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domingo, 26 de febrero de 2006
Ceniza y ayuno ¿para qué?
Luis-Fernando Valdés
Dentro de tres días, comenzará la Cuaresma con un símbolo muy conocido: la imposición de ceniza. Pero ¿tiene sentido para el hombre de hoy este gesto de la liturgia católica? ¿es una mera tradición anual? El «Miércoles de ceniza» todavía tiene algo que decirnos, porque responde a una necesidad vital: reconocer las propias culpas, para abrirnos al perdón de Dios.
El Antiguo Testamento nos narra un episodio de la historia del Rey David, que ilustra muy bien esa necesidad interior (2 Samuel, capítulos 11 y 12). Este Rey de Israel se enamoró de Betsabé, la esposa de Urías, uno de sus soldados más fieles, y engendró con ella un hijo. Para esconder este adulterio, mandó matar Urías y, al poco tiempo, se casó con la viuda.
Envío Dios al Profeta Natán ante David. El Profeta le contó que una ciudad de Israel había dos hombres. Uno era rico y poseía mucho ganado, y otro era muy pobre y tenía una única oveja, a la que cuidaba como si fuera una hija. Un día, el rico recibió a un invitado y, para darle de comer, tomó la oveja del pobre.
David se enfureció, y exclamó: “merece la muerte el hombre que hizo tal cosa”. Y añadió: “pagará cuatro veces la oveja por haber hecho semejante cosa, y por no haber tenido compasión”. Entonces Natán le dijo: “tú eres ese hombre”. El Rey cayó en la cuenta de su crimen, y por eso dijo con dolor: “pequé contra Dios”.
Entonces, David inició un largo ayuno, y durmió durante una temporada en el suelo. Además compuso un Salmo, para implorar el perdón de Dios: “Ten misericordia de mí, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito. Lávame a fondo de mi culpa, y purifícame de mi pecado. Pues reconozco mi delito, mi pecado sin cesar está delante de ti” (Salmo 50, 1-3). Y Dios lo perdonó, y le concedió un hijo, que fue Salomón, su sucesor en el trono.
El sentido de la imposición de ceniza, del ayuno, de la abstinencia de carnes consiste en que sean señales de una verdadera conversión del corazón. Los pasos que recorrió el alma del Rey David son un camino para que estas prácticas tengan un verdadero sentido espiritual, y no se queden en un mero formalismo ritual.
Primero David reconoció que su acción ofendió a Dios. No se limitó a reconocer que provocó la infidelidad de Betsabé, ni que abusó de su autoridad para eliminar a Urías. Antes que nada, el Rey se aceptó en su corazón, que su comportamiento constituyó un pecado contra Dios.
Nuestra mentalidad contemporánea no acepta que una acción humana pueda ofender a Dios. ¿Por qué, si Betsabé y David estaban de acuerdo y se querían, agraviaron a Dios? Cuando una persona, voluntariamente —aunque sea por debilidad—, viola la ley moral, le falta al respeto al Sumo Legislador.
Luego, el llamado Rey Profeta le pidió perdón a Dios: “Ten misericordia de mí, oh Dios”. Y sólo después, David empleó unos signos exteriores para expresar una imperiosa necesidad vital: manifestar su sentimiento de culpa y su deseo de ser perdonado. Esos símbolos fueron el ayuno y la penitencia corporal, que tuvieron sentido porque eran declaración de su cambio interior.
Al acudir a la Iglesia, el próximo miércoles, para cubrir con ceniza nuestra cabeza, no nos quedemos sólo en el rito exterior. Busquemos su sentido verdadero, y a través de esos signos reconozcamos que hemos ofendido a Dios, y que tenemos una enorme necesidad de expresarle nuestro dolor de haberle fallado. Así encontraremos la paz, como David.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Dentro de tres días, comenzará la Cuaresma con un símbolo muy conocido: la imposición de ceniza. Pero ¿tiene sentido para el hombre de hoy este gesto de la liturgia católica? ¿es una mera tradición anual? El «Miércoles de ceniza» todavía tiene algo que decirnos, porque responde a una necesidad vital: reconocer las propias culpas, para abrirnos al perdón de Dios.
El Antiguo Testamento nos narra un episodio de la historia del Rey David, que ilustra muy bien esa necesidad interior (2 Samuel, capítulos 11 y 12). Este Rey de Israel se enamoró de Betsabé, la esposa de Urías, uno de sus soldados más fieles, y engendró con ella un hijo. Para esconder este adulterio, mandó matar Urías y, al poco tiempo, se casó con la viuda.
Envío Dios al Profeta Natán ante David. El Profeta le contó que una ciudad de Israel había dos hombres. Uno era rico y poseía mucho ganado, y otro era muy pobre y tenía una única oveja, a la que cuidaba como si fuera una hija. Un día, el rico recibió a un invitado y, para darle de comer, tomó la oveja del pobre.
David se enfureció, y exclamó: “merece la muerte el hombre que hizo tal cosa”. Y añadió: “pagará cuatro veces la oveja por haber hecho semejante cosa, y por no haber tenido compasión”. Entonces Natán le dijo: “tú eres ese hombre”. El Rey cayó en la cuenta de su crimen, y por eso dijo con dolor: “pequé contra Dios”.
Entonces, David inició un largo ayuno, y durmió durante una temporada en el suelo. Además compuso un Salmo, para implorar el perdón de Dios: “Ten misericordia de mí, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito. Lávame a fondo de mi culpa, y purifícame de mi pecado. Pues reconozco mi delito, mi pecado sin cesar está delante de ti” (Salmo 50, 1-3). Y Dios lo perdonó, y le concedió un hijo, que fue Salomón, su sucesor en el trono.
El sentido de la imposición de ceniza, del ayuno, de la abstinencia de carnes consiste en que sean señales de una verdadera conversión del corazón. Los pasos que recorrió el alma del Rey David son un camino para que estas prácticas tengan un verdadero sentido espiritual, y no se queden en un mero formalismo ritual.
Primero David reconoció que su acción ofendió a Dios. No se limitó a reconocer que provocó la infidelidad de Betsabé, ni que abusó de su autoridad para eliminar a Urías. Antes que nada, el Rey se aceptó en su corazón, que su comportamiento constituyó un pecado contra Dios.
Nuestra mentalidad contemporánea no acepta que una acción humana pueda ofender a Dios. ¿Por qué, si Betsabé y David estaban de acuerdo y se querían, agraviaron a Dios? Cuando una persona, voluntariamente —aunque sea por debilidad—, viola la ley moral, le falta al respeto al Sumo Legislador.
Luego, el llamado Rey Profeta le pidió perdón a Dios: “Ten misericordia de mí, oh Dios”. Y sólo después, David empleó unos signos exteriores para expresar una imperiosa necesidad vital: manifestar su sentimiento de culpa y su deseo de ser perdonado. Esos símbolos fueron el ayuno y la penitencia corporal, que tuvieron sentido porque eran declaración de su cambio interior.
Al acudir a la Iglesia, el próximo miércoles, para cubrir con ceniza nuestra cabeza, no nos quedemos sólo en el rito exterior. Busquemos su sentido verdadero, y a través de esos signos reconozcamos que hemos ofendido a Dios, y que tenemos una enorme necesidad de expresarle nuestro dolor de haberle fallado. Así encontraremos la paz, como David.
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domingo, 19 de febrero de 2006
Ciudadano y creyente: ¿es posible?
Luis-Fernando Valdés
El famoso escritor inglés G. K. Chesterton, pone en boca de Miguel, protagonista de «La esfera y la cruz», una parábola que viene muy bien a propósito del laicismo mexicano. Se trata de la historia de un hombre que opinaba que la cruz —símbolo del cristianismo— era un símbolo de barbarie y de sinrazón.
En la alegoría, el personaje primero quitó todos los crucifijos de su casa, incluido el del collar de su mujer. Luego quitó las cruces que encontró en los caminos. Finalmente, en un acceso de furor trepó al campanario de la iglesia parroquial y arrancó la cruz, blandiéndola en el aire, y profiriendo improperios.
Una tarde, se dirigía a su casa por un caminito vallado. Se detuvo un momento, para fumar, delante de una empalizada interminable, y en eso sus ojos sufrieron una alucinación, y creyó que empalizada era un ejército innumerable de cruces ligadas unas a otras, de la colina al valle. Enarboló un garrote y se fue contra ellas, como contra un ejército.
Cuando llegó a su casa estaba completamente loco. Se dejó caer en una silla, y pero se levantó de inmediato porque los travesaños del respaldo repetían la imagen de la cruz. Y rompió los muebles, porque estaban hechos de cruces. Pegó fuego a la casa, porque estaba hecha de cruces. Al amanecer lo encontraron, sin vida, en el río.
El interlocutor de Miguel se sorprendió: “y ¿esta historia es verdadera?” —“No. Es una parábola”, respondió aquél. “Es la parábola de todos los racionalistas como usted. Empiezan ustedes rompiendo la cruz, y concluyen destrozando el mundo habitable. Parten ustedes odiando lo racional y llegan a odiarlo todo, diciendo todo es irracional”.
El mensaje de Chesterton sigue siendo actual. Parece que todo lo que se parezca a la cruz, es decir, todo lo que suene a discurso religioso no debe aparecer en la vida pública de nuestro País. Llama la atención la polémica levantada en días pasados por un importante literato y un secretario de estado. El mensaje es claro: la religión debería estar confinada a la propia conciencia, sin aparecer en público.
Y esta situación será el cuento de nunca acabar. Mientras se consideren antagónicos la Iglesia y el Estado, no habrá solución a estas polémicas. Porque si gana aquélla, éste pierde, y viceversa. Pero esta dialéctica por el poder no es el enfoque correcto.
La verdad es que el hombre es un ser social, que nace con unos derechos fundamentales, previos a cualquier jurisdicción estatal. Por eso, cada persona es, al mismo tiempo, ciudadano (del país que sea) y creyente (de la religión o convicción que quiera). Ambos aspectos está inscritos en la naturaleza misma de la persona humana. Ejercitarlos simultáneamente es un derecho humano, no un triunfo de la Iglesia, no una derrota del estado.
Por esa razón, es poco humano, o más bien inhumano, poner a una persona en las siguientes disyuntivas: “o eres creyente o eres mexicano”, “o eres creyente o ejerces un cargo público”. ¿Cuál es la razón para que un mismo ser humano no pueda simultáneamente tener una creencia y, a la vez, participar en la vida pública? ¿No será que vemos cruces donde no las hay?
Hago mía la invitación de Benedicto XVI para trabajar por una renovación cultural y espiritual, «para que la laicidad no se interprete como hostilidad contra la religión, sino por el contrario, como un compromiso para garantizar a todos, individuos y grupos, en el respeto de las exigencias del bien común, la posibilidad de vivir y manifestar las propias convicciones religiosas» (Mensaje, 11-X-2005).
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
El famoso escritor inglés G. K. Chesterton, pone en boca de Miguel, protagonista de «La esfera y la cruz», una parábola que viene muy bien a propósito del laicismo mexicano. Se trata de la historia de un hombre que opinaba que la cruz —símbolo del cristianismo— era un símbolo de barbarie y de sinrazón.
En la alegoría, el personaje primero quitó todos los crucifijos de su casa, incluido el del collar de su mujer. Luego quitó las cruces que encontró en los caminos. Finalmente, en un acceso de furor trepó al campanario de la iglesia parroquial y arrancó la cruz, blandiéndola en el aire, y profiriendo improperios.
Una tarde, se dirigía a su casa por un caminito vallado. Se detuvo un momento, para fumar, delante de una empalizada interminable, y en eso sus ojos sufrieron una alucinación, y creyó que empalizada era un ejército innumerable de cruces ligadas unas a otras, de la colina al valle. Enarboló un garrote y se fue contra ellas, como contra un ejército.
Cuando llegó a su casa estaba completamente loco. Se dejó caer en una silla, y pero se levantó de inmediato porque los travesaños del respaldo repetían la imagen de la cruz. Y rompió los muebles, porque estaban hechos de cruces. Pegó fuego a la casa, porque estaba hecha de cruces. Al amanecer lo encontraron, sin vida, en el río.
El interlocutor de Miguel se sorprendió: “y ¿esta historia es verdadera?” —“No. Es una parábola”, respondió aquél. “Es la parábola de todos los racionalistas como usted. Empiezan ustedes rompiendo la cruz, y concluyen destrozando el mundo habitable. Parten ustedes odiando lo racional y llegan a odiarlo todo, diciendo todo es irracional”.
El mensaje de Chesterton sigue siendo actual. Parece que todo lo que se parezca a la cruz, es decir, todo lo que suene a discurso religioso no debe aparecer en la vida pública de nuestro País. Llama la atención la polémica levantada en días pasados por un importante literato y un secretario de estado. El mensaje es claro: la religión debería estar confinada a la propia conciencia, sin aparecer en público.
Y esta situación será el cuento de nunca acabar. Mientras se consideren antagónicos la Iglesia y el Estado, no habrá solución a estas polémicas. Porque si gana aquélla, éste pierde, y viceversa. Pero esta dialéctica por el poder no es el enfoque correcto.
La verdad es que el hombre es un ser social, que nace con unos derechos fundamentales, previos a cualquier jurisdicción estatal. Por eso, cada persona es, al mismo tiempo, ciudadano (del país que sea) y creyente (de la religión o convicción que quiera). Ambos aspectos está inscritos en la naturaleza misma de la persona humana. Ejercitarlos simultáneamente es un derecho humano, no un triunfo de la Iglesia, no una derrota del estado.
Por esa razón, es poco humano, o más bien inhumano, poner a una persona en las siguientes disyuntivas: “o eres creyente o eres mexicano”, “o eres creyente o ejerces un cargo público”. ¿Cuál es la razón para que un mismo ser humano no pueda simultáneamente tener una creencia y, a la vez, participar en la vida pública? ¿No será que vemos cruces donde no las hay?
Hago mía la invitación de Benedicto XVI para trabajar por una renovación cultural y espiritual, «para que la laicidad no se interprete como hostilidad contra la religión, sino por el contrario, como un compromiso para garantizar a todos, individuos y grupos, en el respeto de las exigencias del bien común, la posibilidad de vivir y manifestar las propias convicciones religiosas» (Mensaje, 11-X-2005).
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 12 de febrero de 2006
La libertad interior
Luis-Fernando Valdés
Nacimos libres. Y la libertad es la característica más esencial de nuestra dignidad humana. Es lo último que un hombre desea perder. El psiquiatra austriaco, Víctor Frankl, que estuvo preso en Auschwitz, dejó constancia de que aun en medio de las torturas y del encarcelamiento más inhumano, el ser humano «puede» conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental.
¿Por qué pudo un prisionero maltratado por los nazis sentirse verdaderamente libre? Porque en el hombre hay una libertad que se ve y otra que no es visible. Como es lógico, la que se ve es la más fácil de descubrir y de describir. Llamamos libres a la persona que puede hacer lo que quiere sin que nadie la coacciones o se lo impida. Es libre el que puede ir y venir, viajar, opinar, reunirse. Pero todo esto sólo es una parte de ella. Es su aspecto visible. Pero la libertad más importante es la que no se ve. Se trata de la «libertad interior», que es la de nuestra conciencia.
Esta libertad depende enteramente de cada persona. Incluso en la situaciones exteriores más duras, como las de un campo de concentración, el hombre tiene capacidad de elegir cómo reaccionar ante las pruebas más adversas: si se dejará abatir o no por los problemas.
Frankl recordaba a los hombres que iban de un barracón a otro consolando a los demás prisioneros, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: «la última de las libertades —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino».
Pero la libertad interior también tiene obstáculos, que son difíciles de percibir. Estos impedimentos no están fuera sino dentro de nosotros mismos. Y ¿cuáles son esos obstáculos que ahogan la libertad interior? Son la ignorancia y la debilidad.
La «ignorancia» impide la libertad porque el que no sabe lo que tiene que hacer, sólo tiene la libertad de equivocarse, pero no la de acertar. Y la «debilidad» también es una dificultad, porque una persona débil deja que el desorden de sus sentimientos o la coacción externa del que dirán le disminuyan su libertad.
Gracias a Dios, hoy no tenemos el problema de los campos de concentración en nuestro país. Es difícil que nos veamos impedidos de nuestra «libertad exterior». En cambio, si estamos muy expuestos a la ignorancia y a la debilidad, que entorpecen nuestra «libertad interior».
Pero eliminar estos obstáculos no es nada fácil, porque ambos tienen una apariencia de libertad exterior. Es curioso que, a nombre de la libertad, muchas personas se llenen de ignorancia. Esto ocurre, cuando en vez de buscar la verdad y seguirla, eligen la opción de inventar su propia verdad.
De igual manera, hoy la debilidad se presenta como el ejercicio más alto de la libertad. Escuchamos por todos lados que se exalta en no tener freno ante las propias pasiones. Y se considera como represión todo intento de ordenar esas tendencias humanas. Pero ¿consideramos verdaderamente «libres» al bebedor o al perezoso, que se dejan arrastrar por su debilidad?
Para ser libre interiormente hay que vencer la ignorancia y las distintas manifestaciones de debilidad. Un ser humano que convence a otro de que no existe la verdad o lo invita a vivir sin límites sus pasiones, es peor que un carcelero de Auschwitz, porque le quita la libertad interior.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Nacimos libres. Y la libertad es la característica más esencial de nuestra dignidad humana. Es lo último que un hombre desea perder. El psiquiatra austriaco, Víctor Frankl, que estuvo preso en Auschwitz, dejó constancia de que aun en medio de las torturas y del encarcelamiento más inhumano, el ser humano «puede» conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental.
¿Por qué pudo un prisionero maltratado por los nazis sentirse verdaderamente libre? Porque en el hombre hay una libertad que se ve y otra que no es visible. Como es lógico, la que se ve es la más fácil de descubrir y de describir. Llamamos libres a la persona que puede hacer lo que quiere sin que nadie la coacciones o se lo impida. Es libre el que puede ir y venir, viajar, opinar, reunirse. Pero todo esto sólo es una parte de ella. Es su aspecto visible. Pero la libertad más importante es la que no se ve. Se trata de la «libertad interior», que es la de nuestra conciencia.
Esta libertad depende enteramente de cada persona. Incluso en la situaciones exteriores más duras, como las de un campo de concentración, el hombre tiene capacidad de elegir cómo reaccionar ante las pruebas más adversas: si se dejará abatir o no por los problemas.
Frankl recordaba a los hombres que iban de un barracón a otro consolando a los demás prisioneros, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: «la última de las libertades —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino».
Pero la libertad interior también tiene obstáculos, que son difíciles de percibir. Estos impedimentos no están fuera sino dentro de nosotros mismos. Y ¿cuáles son esos obstáculos que ahogan la libertad interior? Son la ignorancia y la debilidad.
La «ignorancia» impide la libertad porque el que no sabe lo que tiene que hacer, sólo tiene la libertad de equivocarse, pero no la de acertar. Y la «debilidad» también es una dificultad, porque una persona débil deja que el desorden de sus sentimientos o la coacción externa del que dirán le disminuyan su libertad.
Gracias a Dios, hoy no tenemos el problema de los campos de concentración en nuestro país. Es difícil que nos veamos impedidos de nuestra «libertad exterior». En cambio, si estamos muy expuestos a la ignorancia y a la debilidad, que entorpecen nuestra «libertad interior».
Pero eliminar estos obstáculos no es nada fácil, porque ambos tienen una apariencia de libertad exterior. Es curioso que, a nombre de la libertad, muchas personas se llenen de ignorancia. Esto ocurre, cuando en vez de buscar la verdad y seguirla, eligen la opción de inventar su propia verdad.
De igual manera, hoy la debilidad se presenta como el ejercicio más alto de la libertad. Escuchamos por todos lados que se exalta en no tener freno ante las propias pasiones. Y se considera como represión todo intento de ordenar esas tendencias humanas. Pero ¿consideramos verdaderamente «libres» al bebedor o al perezoso, que se dejan arrastrar por su debilidad?
Para ser libre interiormente hay que vencer la ignorancia y las distintas manifestaciones de debilidad. Un ser humano que convence a otro de que no existe la verdad o lo invita a vivir sin límites sus pasiones, es peor que un carcelero de Auschwitz, porque le quita la libertad interior.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 5 de febrero de 2006
Un contraveneno para el amor
Luis-Fernando Valdés
En la mitología griega encontramos una fina descripción de la psicología humana. Los dioses griegos eran una representación muy apegada de las virtudes y los vicios humanos. Uno de los más dioses más conocidos es «Eros» («Cupido» para los romanos).
En la iconografía, Eros aparece como un niño alado, con una venda en los ojos, y con un arco en las manos. A ciegas, lanza la flecha del amor. De modo que el herido por esa flecha se enamora de la persona que tenga más cerca, con independencia de que sea guapa o inteligente. El amor es ciego.
Los antiguos dieron el nombre «eros» al amor entre varón y mujer, que no nace del pensamiento o por la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano. Los griegos —al igual que otras culturas— consideraban el «eros» como un arrebato, como una «locura divina» que prevalece sobre la razón, ya que tiene la capacidad de arrancar al hombre de la limitación de su existencia, y así experimentar una dicha muy alta.
En cierto modo, al estudiar el amor humano como «eros», vemos que está ligado a la espontaneidad y a la libertad. Por eso, en nuestra cultura es mal visto poner límites al amor erótico. Y se considera poco humano, o tal vez se le ve como enemigo, al que se atreve a hablar de un amor con límites.
Y esa es la visión muy difundida que tienen muchos sobre la religión católica. Consideran que la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, convierte en amargo lo más hermoso de la vida. La crítica es profunda: si Dios nos ha creado con la capacidad de amar eróticamente, ¿por qué la Iglesia poner prohibiciones precisamente ahí donde la alegría nos ofrece una felicidad que pregusta algo de los divino?
En el fondo, estos comentarios son un eco de la crítica de Frederich Nietzsche al cristianismo. Según este pensador alemán, la religión cristiana, al considerar el amor como donación, habría dado de beber un veneno al «eros» que, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio. Es decir, el ser humano no dejo de sentir la atracción por el otro sexo, pero ahora lo haría con remordimiento.
Sin duda, cuando el cristianismo no le dio un papel central al «eros» y al expresar el amor con otra palabra, «agapé», estaba introduciendo una nueva concepción del amor. Pero no se trata de un rechazo del «eros», sino de evitar su desviación destructora. Cuando el amor erótico se degrada a puro sexo, priva al ser humano de su dignidad divina y lo deshumaniza, porque lo convierte en un mero objeto, como mercancía que se puede comprar y vender.
Resulta bastante razonable considerar que el «eros» necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino llevarlo a pregustar en cierto modo la felicidad.
¿Cómo se purifica el «eros»? El amor erótico adquiere su verdadero significado sólo cuando el hombre toma conciencia de que él mismo es la unidad íntima de cuerpo y alma. Porque ni la carne («eros») ni el espíritu («agapé») aman: es el hombre, la persona, la que ama en cuerpo y alma. Se requiere un antídoto, que es el combate contra el instinto ciego de amar sólo con el cuerpo.
El cristianismo no ha dado cicuta al amor. Al contrario, al enseñar a amar en la unidad de cuerpo y alma, la Iglesia le ha dado un contraveneno al intoxicado amor de nuestra cultura occidental.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
En la mitología griega encontramos una fina descripción de la psicología humana. Los dioses griegos eran una representación muy apegada de las virtudes y los vicios humanos. Uno de los más dioses más conocidos es «Eros» («Cupido» para los romanos).
En la iconografía, Eros aparece como un niño alado, con una venda en los ojos, y con un arco en las manos. A ciegas, lanza la flecha del amor. De modo que el herido por esa flecha se enamora de la persona que tenga más cerca, con independencia de que sea guapa o inteligente. El amor es ciego.
Los antiguos dieron el nombre «eros» al amor entre varón y mujer, que no nace del pensamiento o por la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano. Los griegos —al igual que otras culturas— consideraban el «eros» como un arrebato, como una «locura divina» que prevalece sobre la razón, ya que tiene la capacidad de arrancar al hombre de la limitación de su existencia, y así experimentar una dicha muy alta.
En cierto modo, al estudiar el amor humano como «eros», vemos que está ligado a la espontaneidad y a la libertad. Por eso, en nuestra cultura es mal visto poner límites al amor erótico. Y se considera poco humano, o tal vez se le ve como enemigo, al que se atreve a hablar de un amor con límites.
Y esa es la visión muy difundida que tienen muchos sobre la religión católica. Consideran que la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, convierte en amargo lo más hermoso de la vida. La crítica es profunda: si Dios nos ha creado con la capacidad de amar eróticamente, ¿por qué la Iglesia poner prohibiciones precisamente ahí donde la alegría nos ofrece una felicidad que pregusta algo de los divino?
En el fondo, estos comentarios son un eco de la crítica de Frederich Nietzsche al cristianismo. Según este pensador alemán, la religión cristiana, al considerar el amor como donación, habría dado de beber un veneno al «eros» que, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio. Es decir, el ser humano no dejo de sentir la atracción por el otro sexo, pero ahora lo haría con remordimiento.
Sin duda, cuando el cristianismo no le dio un papel central al «eros» y al expresar el amor con otra palabra, «agapé», estaba introduciendo una nueva concepción del amor. Pero no se trata de un rechazo del «eros», sino de evitar su desviación destructora. Cuando el amor erótico se degrada a puro sexo, priva al ser humano de su dignidad divina y lo deshumaniza, porque lo convierte en un mero objeto, como mercancía que se puede comprar y vender.
Resulta bastante razonable considerar que el «eros» necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino llevarlo a pregustar en cierto modo la felicidad.
¿Cómo se purifica el «eros»? El amor erótico adquiere su verdadero significado sólo cuando el hombre toma conciencia de que él mismo es la unidad íntima de cuerpo y alma. Porque ni la carne («eros») ni el espíritu («agapé») aman: es el hombre, la persona, la que ama en cuerpo y alma. Se requiere un antídoto, que es el combate contra el instinto ciego de amar sólo con el cuerpo.
El cristianismo no ha dado cicuta al amor. Al contrario, al enseñar a amar en la unidad de cuerpo y alma, la Iglesia le ha dado un contraveneno al intoxicado amor de nuestra cultura occidental.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 29 de enero de 2006
Benedicto XVI y el amor
Luis-Fernando Valdés
Por fin, el pasado día 25 de este mes, se publicó la esperada primera Encíclica del Papa Benedicto. Desde que se anunció a los medios, el tema de este documento nos llenó de gusto, pues no dejó de ser una grata sorpresa que se tratara del amor. «Hemos creído, nos dice el Papa, en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida» (n. 1)
Titulada Deus caritas est (Dios es amor), la Encíclica aborda un aspecto de la máxima importancia tanto para cada persona como para toda comunidad, ya que el amor «siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor» (n. 28, b).
Este escrito ofrece una visión optimista del cristianismo, porque nos recuerda que el centro de la enseñanza y la praxis de la fe católica es el amor. Con realismo, el Santo Padre se enfrenta a una de las objeciones más comunes presentadas a la Iglesia. El Papa se pregunta si la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida.
Y el Pontífice responde que la Iglesia no condena el amor, sino que lo custodia para que no se desvirtúe y siga siendo auténtico. Con este documento magisterial, Benedicto XVI sale al rescate del amor, y explica cuál es el verdadero amor y enseña también los aspectos sociales del amor auténtico.
El amor personal tiene dos aspectos. Uno es la atracción, llamada por los griegos «eros», y el otro es la entrega desinteresada, conocida como «ágape». Actualmente, algunas personas suelen reducir el «eros» al mero impulso sexual. Pero esa visión, enseña el Papa, implica «una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico» (n. 5).
En cambio, el desarrollo del amor «hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza», explica el Santo Padre, conlleva el que «aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad —sólo esta persona—, y en el sentido del “para siempre” » (ibid).
Por otra parte, la sociedad tiene necesidad del amor y, por eso, Benedicto XIV exhorta al «ejercicio del amor, por parte de la Iglesia», pues ésta es una «comunidad de amor» (cfr. n. 19).
El Papa describe en tres rasgos la manera como los católicos deben vivir esa dimensión social del amor. En primer lugar, no se trata sólo de «profesionalizar» los servicios asistenciales, sino de retomar la dimensión religiosa del servicio a los demás. Se trata de un encuentro personal con Cristo, cuyo amor ha tocado el corazón del creyente suscitando en él el amor por el prójimo (cfr. n. 31,a).
En segundo lugar, el Obispo de Roma nos recuerda que el amor no es un medio, sino un fin. Por eso, «la actividad caritativa cristiana ha de ser independiente de partidos e ideologías. No es un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está al servicio de estrategias mundanas» (n. 31,b).
Y, finalmente, el Santo Padre señala que el amor es gratuito. «La caridad no ha de ser un medio en función de lo que hoy se considera proselitismo. El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos» (n. 31,c).
Benedicto XVI no deja de sorprendernos. Sigue derribando los prejuicios. Dejará de ser considerado el «panzerkardinal», para ser conocido como el «Papa del amor». Y es lógico: quien custodia con firmeza la doctrina debe ser fiel al mensaje central del cristianismo: que «Dios es amor» (1 Juan 4, 16).
Por fin, el pasado día 25 de este mes, se publicó la esperada primera Encíclica del Papa Benedicto. Desde que se anunció a los medios, el tema de este documento nos llenó de gusto, pues no dejó de ser una grata sorpresa que se tratara del amor. «Hemos creído, nos dice el Papa, en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida» (n. 1)
Titulada Deus caritas est (Dios es amor), la Encíclica aborda un aspecto de la máxima importancia tanto para cada persona como para toda comunidad, ya que el amor «siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor» (n. 28, b).
Este escrito ofrece una visión optimista del cristianismo, porque nos recuerda que el centro de la enseñanza y la praxis de la fe católica es el amor. Con realismo, el Santo Padre se enfrenta a una de las objeciones más comunes presentadas a la Iglesia. El Papa se pregunta si la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida.
Y el Pontífice responde que la Iglesia no condena el amor, sino que lo custodia para que no se desvirtúe y siga siendo auténtico. Con este documento magisterial, Benedicto XVI sale al rescate del amor, y explica cuál es el verdadero amor y enseña también los aspectos sociales del amor auténtico.
El amor personal tiene dos aspectos. Uno es la atracción, llamada por los griegos «eros», y el otro es la entrega desinteresada, conocida como «ágape». Actualmente, algunas personas suelen reducir el «eros» al mero impulso sexual. Pero esa visión, enseña el Papa, implica «una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico» (n. 5).
En cambio, el desarrollo del amor «hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza», explica el Santo Padre, conlleva el que «aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad —sólo esta persona—, y en el sentido del “para siempre” » (ibid).
Por otra parte, la sociedad tiene necesidad del amor y, por eso, Benedicto XIV exhorta al «ejercicio del amor, por parte de la Iglesia», pues ésta es una «comunidad de amor» (cfr. n. 19).
El Papa describe en tres rasgos la manera como los católicos deben vivir esa dimensión social del amor. En primer lugar, no se trata sólo de «profesionalizar» los servicios asistenciales, sino de retomar la dimensión religiosa del servicio a los demás. Se trata de un encuentro personal con Cristo, cuyo amor ha tocado el corazón del creyente suscitando en él el amor por el prójimo (cfr. n. 31,a).
En segundo lugar, el Obispo de Roma nos recuerda que el amor no es un medio, sino un fin. Por eso, «la actividad caritativa cristiana ha de ser independiente de partidos e ideologías. No es un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está al servicio de estrategias mundanas» (n. 31,b).
Y, finalmente, el Santo Padre señala que el amor es gratuito. «La caridad no ha de ser un medio en función de lo que hoy se considera proselitismo. El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos» (n. 31,c).
Benedicto XVI no deja de sorprendernos. Sigue derribando los prejuicios. Dejará de ser considerado el «panzerkardinal», para ser conocido como el «Papa del amor». Y es lógico: quien custodia con firmeza la doctrina debe ser fiel al mensaje central del cristianismo: que «Dios es amor» (1 Juan 4, 16).
domingo, 22 de enero de 2006
El arte de poseer
Luis-Fernando Valdés
Estamos remontando la «cuesta de enero». Entre festejos, regalos y viajes, probablemente nuestra economía familiar se ha visto un poco afectada. Y, entre un gasto y otro, quizá ha aparecido fugazmente en nuestra mente, el pensamiento de que lo importante de la vida no consiste en tener cosas.
Ciertamente, lo esencial para el hombre es su vida espiritual. Pero, incluso lo más espiritual del ser humano está hondamente enraizado en el mundo material. No podemos caer en un dualismo, en el que la carne y el espíritu se vean como antagonistas.
Como los seres humanos somos alma y cuerpo, vivimos rodeados de «cosas» y necesitamos utilizarlas para vivir; las almacenamos para garantizar el futuro; nos rodeamos de cosas amables y cómodas para construir nuestro hogar, e incluso requerimos de ellas para cultivar la vida espiritual. Por esa razón, debemos aprender a relacionarnos con las cosas.
Aunque toda la vida hemos estado rodeados por ellas, a veces no tenemos tan claro cómo debe ser esa convivencia. Caben, al menos, tres relaciones con las cosas que poseemos. Hay un modo de poseer que desprecia las cosas, otro que las aprecia y uno más, que consiste en ser poseído por ellas.
La primera de esas modalidades se caracteriza por no atender a la individualidad de las cosas. Se trata de una persona a la que le da lo mismo usar un coche que otro, con tal de que sea coche, y así le sucede con todo: con un reloj, con un casa, con un árbol... y como si todos fueran fabricados en serie.
Como consecuencia, una persona así no se preocupa por las cosas, y no le importa si se estropean, porque las puede sustituir por otras semejantes que hacen el mismo papel. Esa mentalidad trae como consecuencia el descuido y el despilfarro. Así, las cosas no se cuidan, no se protegen, no se reparan a tiempo; se maltratan, se decomponen, hasta convertirse en basura.
Cuando se tiene un cierto nivel de vida, el despilfarro suele ser un velo que encubre la negligencia, porque se sustituyen pronto las cosas que se estropearon por no saberlas cuidar. Incluso se da una mentalidad consumista, que cambia las cosas sin llegar a aprovecharlas ni a gastarlas, por el simple afán de usar artículos nuevos.
La segunda actitud ante las cosas consiste en respetarlas. Para esto se requiere saber contemplarlas, para superar la mirada puramente utilitarista, y descubrir que son cosas antes que instrumentos a mi servicio, p. ej. a un árbol, hay que saber admirarlo, antes que considerarlo como madera o materia prima para producir papel.
Respetar las cosas quiere decir tratarlas de acuerdo con lo que son, ya sea como seres creados, ya sea como artículos elaborados por el hombre para su servicio. Y en este caso, el respeto consiste en utilizar los instrumentos para lo que sirven, y en cuidar las cosas que se usan: procurar que las casa, los coches, la ropa, los muebles, etcétera, estén en buen estado y con una apariencia digna.
Hay un tercer modo de relacionarse con las cosas, que más bien consiste en ser poseído por ellas. Se trata de la avaricia, que es un afán desordenado de tener por tener, sin que se sepa para qué. Cuando desaparece la actitud de contemplar las cosas, y sólo hay deseo de poseerlas, resulta que el hombre deja de ser poseedor de ellas, y las cosas pasan a dominarlo. Se desean más cosas de las que se pueden disfrutar, o se acumulan más cosas de las que se pueden usar.
Esta triple actitud hacia las cosas, nos plantea la necesidad de aprender el «arte de poseer», que nos permita usar las cosas para vivir con dignidad, que nos ayude a apreciar la naturaleza y a respetar los objetos construidos por el hombre y —sobretodo— que nos libre de la avaricia.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Estamos remontando la «cuesta de enero». Entre festejos, regalos y viajes, probablemente nuestra economía familiar se ha visto un poco afectada. Y, entre un gasto y otro, quizá ha aparecido fugazmente en nuestra mente, el pensamiento de que lo importante de la vida no consiste en tener cosas.
Ciertamente, lo esencial para el hombre es su vida espiritual. Pero, incluso lo más espiritual del ser humano está hondamente enraizado en el mundo material. No podemos caer en un dualismo, en el que la carne y el espíritu se vean como antagonistas.
Como los seres humanos somos alma y cuerpo, vivimos rodeados de «cosas» y necesitamos utilizarlas para vivir; las almacenamos para garantizar el futuro; nos rodeamos de cosas amables y cómodas para construir nuestro hogar, e incluso requerimos de ellas para cultivar la vida espiritual. Por esa razón, debemos aprender a relacionarnos con las cosas.
Aunque toda la vida hemos estado rodeados por ellas, a veces no tenemos tan claro cómo debe ser esa convivencia. Caben, al menos, tres relaciones con las cosas que poseemos. Hay un modo de poseer que desprecia las cosas, otro que las aprecia y uno más, que consiste en ser poseído por ellas.
La primera de esas modalidades se caracteriza por no atender a la individualidad de las cosas. Se trata de una persona a la que le da lo mismo usar un coche que otro, con tal de que sea coche, y así le sucede con todo: con un reloj, con un casa, con un árbol... y como si todos fueran fabricados en serie.
Como consecuencia, una persona así no se preocupa por las cosas, y no le importa si se estropean, porque las puede sustituir por otras semejantes que hacen el mismo papel. Esa mentalidad trae como consecuencia el descuido y el despilfarro. Así, las cosas no se cuidan, no se protegen, no se reparan a tiempo; se maltratan, se decomponen, hasta convertirse en basura.
Cuando se tiene un cierto nivel de vida, el despilfarro suele ser un velo que encubre la negligencia, porque se sustituyen pronto las cosas que se estropearon por no saberlas cuidar. Incluso se da una mentalidad consumista, que cambia las cosas sin llegar a aprovecharlas ni a gastarlas, por el simple afán de usar artículos nuevos.
La segunda actitud ante las cosas consiste en respetarlas. Para esto se requiere saber contemplarlas, para superar la mirada puramente utilitarista, y descubrir que son cosas antes que instrumentos a mi servicio, p. ej. a un árbol, hay que saber admirarlo, antes que considerarlo como madera o materia prima para producir papel.
Respetar las cosas quiere decir tratarlas de acuerdo con lo que son, ya sea como seres creados, ya sea como artículos elaborados por el hombre para su servicio. Y en este caso, el respeto consiste en utilizar los instrumentos para lo que sirven, y en cuidar las cosas que se usan: procurar que las casa, los coches, la ropa, los muebles, etcétera, estén en buen estado y con una apariencia digna.
Hay un tercer modo de relacionarse con las cosas, que más bien consiste en ser poseído por ellas. Se trata de la avaricia, que es un afán desordenado de tener por tener, sin que se sepa para qué. Cuando desaparece la actitud de contemplar las cosas, y sólo hay deseo de poseerlas, resulta que el hombre deja de ser poseedor de ellas, y las cosas pasan a dominarlo. Se desean más cosas de las que se pueden disfrutar, o se acumulan más cosas de las que se pueden usar.
Esta triple actitud hacia las cosas, nos plantea la necesidad de aprender el «arte de poseer», que nos permita usar las cosas para vivir con dignidad, que nos ayude a apreciar la naturaleza y a respetar los objetos construidos por el hombre y —sobretodo— que nos libre de la avaricia.
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domingo, 15 de enero de 2006
¿Cuánto dura el matrimonio?
Luis-Fernando Valdés
Las cifras de divorcios en nuestro Estado nos invitan a reflexionar. Es un hecho que van en aumento. Y son reflejo de que el «matrimonio para siempre» ya no es un valor universal de nuestra sociedad. Al contrario, es un punto de discusión.
Y estas disputas parecen dejarnos a todos en un dilema: o defender la verdad o ser comprensivos y tolerantes. Y, en realidad, no debe haber oposición entre la exposición clara de la verdad sobre el matrimonio, y la comprensión hacia quienes enfrentan una rotura matrimonial. Hoy hablaremos sobre la verdad de la indisolubilidad del matrimonio, con el sincero deseo de ser muy respetuosos con los que piensen de una manera diferente.
Jesucristo nos enseñó que la verdad nos hace libres (cfr. Juan 8, 32). Aunque la verdad es exigente, y vivir de acuerdo con ella muchas veces requiere heroísmo, es la condición para obtener la paz y la felicidad. Pero la verdad no tiene porque agredir a nadie. San Pablo, al explicar la doctrina de Cristo a los habitantes de Éfeso, les indicaba que debían exponer la verdad con caridad, con comprensión (cfr. Efesios 4, 15).
La enseñanza de la Biblia es muy clara sobre la indisolubilidad del matrimonio (ver Mateo 19, 3-9). Cuando le preguntan si es lícito el divorcio, sorprende que Jesús da un argumento racional, que consiste en aclarar que hay un «diseño original» sobre el matrimonio, y que lo previsto en ese plan es que sea para siempre.
Ese modelo original creado por Dios es el punto de referencia para aceptar o no el divorcio. Y lo más sorprendente es que la Iglesia siempre ha sostenido que este diseño originario es conocible a través de la razón y que, por eso, es válido para todo ser humano. Por eso, tanto la argumentación a favor del matrimonio como las razones para no aceptar el divorcio son racionales, no arbitrarias ni fideístas.
Defender la indisolubilidad del matrimonio no es una postura confesional, propia y exclusiva de los católicos, ni religiosa, como no lo es defender una opción ecológica de defensa del medio ambiente. Lo que está en juego no es la fe, sino el reconocimiento de que existe un modelo natural de matrimonio válido para todos.
Lo que se discute no es si uno cree o no en la indisolubilidad del matrimonio por la fe católica recibida, sino si le parece un bien razonable, necesario y defendible para la sociedad. No se reflexiona sobre un dato religioso, sino sobre un hecho social.
Lo que está en juego no es el dogma católico, sino el «diseño», la naturaleza del matrimonio mismo. En las leyes sobre el divorcio no se discute sobre el divorcio, sino sobre el propio concepto de matrimonio. Si se afirma que ese modelo original del matrimonio consiste en un vínculo disoluble, y que esa unión puede romperse, entonces se está cambiando el contenido mismo del matrimonio.
Esto significa declarar que todo matrimonio es disoluble. También supone admitir que una persona podría divorciarse varias veces, y eso es equivalente a negar que exista vínculo alguno. En el fondo, se aceptaría que el amor «para siempre» no existe.
La naturaleza indisoluble del matrimonio es razonable y lógica. La demostración está en que todos consideramos como amor verdadero el deseo de permanecer «para siempre» con las personas que amamos. Y cuando un novio le dice a su prometida: «te quiero, pero sólo por un tiempo», o «eres casi la única mujer que amo», pensamos que la está engañando. ¿Esto no le parece a Usted que es una prueba de que el divorcio va en contra de la lógica y del amor? El plan original del matrimonio es un amor exclusivo y para siempre... y esto es razonable.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Las cifras de divorcios en nuestro Estado nos invitan a reflexionar. Es un hecho que van en aumento. Y son reflejo de que el «matrimonio para siempre» ya no es un valor universal de nuestra sociedad. Al contrario, es un punto de discusión.
Y estas disputas parecen dejarnos a todos en un dilema: o defender la verdad o ser comprensivos y tolerantes. Y, en realidad, no debe haber oposición entre la exposición clara de la verdad sobre el matrimonio, y la comprensión hacia quienes enfrentan una rotura matrimonial. Hoy hablaremos sobre la verdad de la indisolubilidad del matrimonio, con el sincero deseo de ser muy respetuosos con los que piensen de una manera diferente.
Jesucristo nos enseñó que la verdad nos hace libres (cfr. Juan 8, 32). Aunque la verdad es exigente, y vivir de acuerdo con ella muchas veces requiere heroísmo, es la condición para obtener la paz y la felicidad. Pero la verdad no tiene porque agredir a nadie. San Pablo, al explicar la doctrina de Cristo a los habitantes de Éfeso, les indicaba que debían exponer la verdad con caridad, con comprensión (cfr. Efesios 4, 15).
La enseñanza de la Biblia es muy clara sobre la indisolubilidad del matrimonio (ver Mateo 19, 3-9). Cuando le preguntan si es lícito el divorcio, sorprende que Jesús da un argumento racional, que consiste en aclarar que hay un «diseño original» sobre el matrimonio, y que lo previsto en ese plan es que sea para siempre.
Ese modelo original creado por Dios es el punto de referencia para aceptar o no el divorcio. Y lo más sorprendente es que la Iglesia siempre ha sostenido que este diseño originario es conocible a través de la razón y que, por eso, es válido para todo ser humano. Por eso, tanto la argumentación a favor del matrimonio como las razones para no aceptar el divorcio son racionales, no arbitrarias ni fideístas.
Defender la indisolubilidad del matrimonio no es una postura confesional, propia y exclusiva de los católicos, ni religiosa, como no lo es defender una opción ecológica de defensa del medio ambiente. Lo que está en juego no es la fe, sino el reconocimiento de que existe un modelo natural de matrimonio válido para todos.
Lo que se discute no es si uno cree o no en la indisolubilidad del matrimonio por la fe católica recibida, sino si le parece un bien razonable, necesario y defendible para la sociedad. No se reflexiona sobre un dato religioso, sino sobre un hecho social.
Lo que está en juego no es el dogma católico, sino el «diseño», la naturaleza del matrimonio mismo. En las leyes sobre el divorcio no se discute sobre el divorcio, sino sobre el propio concepto de matrimonio. Si se afirma que ese modelo original del matrimonio consiste en un vínculo disoluble, y que esa unión puede romperse, entonces se está cambiando el contenido mismo del matrimonio.
Esto significa declarar que todo matrimonio es disoluble. También supone admitir que una persona podría divorciarse varias veces, y eso es equivalente a negar que exista vínculo alguno. En el fondo, se aceptaría que el amor «para siempre» no existe.
La naturaleza indisoluble del matrimonio es razonable y lógica. La demostración está en que todos consideramos como amor verdadero el deseo de permanecer «para siempre» con las personas que amamos. Y cuando un novio le dice a su prometida: «te quiero, pero sólo por un tiempo», o «eres casi la única mujer que amo», pensamos que la está engañando. ¿Esto no le parece a Usted que es una prueba de que el divorcio va en contra de la lógica y del amor? El plan original del matrimonio es un amor exclusivo y para siempre... y esto es razonable.
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domingo, 8 de enero de 2006
La paz ¿utopía o praxis?
Luis-Fernando Valdés
Iniciamos el nuevo año con deseos de paz. Qué entrañables deseos de armonía hemos recibido en las felicitaciones de estos primeros días del 2006. Sin embargo, la dura realidad vuelve a imponerse y, junto a estos anhelos, seguimos recibiendo noticias de violencia en nuestro país. ¿Por qué no viene la paz, si somos tantos millones los que la estamos aguardando?
Esta expectación me recuerda un cuento de García Márquez. El protagonista era un coronel retirado, que cada día acudía a la oficina de correos con la ilusión de recibir una carta, que le diera noticias sobre su pensión. Y pasaron más de diez años. El militar sabía que esa misiva nunca llegaría, porque en realidad no existía tal pensión... pero se aferraba a esa ilusión.
Quizá nos pasa un poco lo mismo con el tema de la paz. Cada nuevo mes de enero, esperamos que se firmen las treguas, que se depongan las armas, que cesen los conflictos ¡por arte de magia!
La concordia no vendrá por el hecho de arrancar la última página del calendario, sino cuando entendamos qué la paz es un valor y un deber de todo ser humano (y no sólo de los diplomáticos). Esta paz no es un mero sentimiento, sino que tiene su fundamento en la orden racional y moral de la sociedad.
En efecto, el hombre fue creado por Dios para vivir en sociedad. Y la comunidad humana se rige por el bien común, que es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible que los grupos y cada uno de sus miembros logren de su propia perfección.
Cuando se respeta y se fomenta este bien común, adviene la paz, que es la búsqueda del respeto y el desarrollo de la vida humana; no es la simple ausencia de guerra o de equilibrio de fuerzas contrarias. Por eso es célebre la definición de San Agustín: la paz es la tranquilidad en el orden.
Quizá no viene la paz, porque la estamos esperando en vez de irla a buscar. Esa deseada concordia no llegará sola, por eso cada uno debemos ser constructores de la paz. La tarea que se nos impone consiste en conservar y fomentar el bien común, ya que ese orden social es la única tierra donde se puede sembrar la semilla de la paz.
Esta encomienda para alcanzar la armonía tiene diversos aspectos. Empecemos por nosotros mismos. Cada uno tiene experiencia de su propia fragilidad, y nota que su voluntad tiende a la discordia, a buscar primero los intereses personales, y a dejar para después las necesidades de los demás. Por eso, el cuidado de la paz reclama de cada persona un constante dominio de sí mismo.
Pero esto no basta. Para cuidar el bien común —condición indispensable de la paz— se requiere asegurar el bien de las personas y que los seres humanos compartan entre ellos sus riquezas de tipo intelectual y espiritual.
De ahí que parte de esta tarea de construir la paz tenga como condición poner al alcance de todos los bienes culturales y también los valores religiosos y morales. Mientras la cultura no sea un bien común, y la religión y la virtud sigan encerradas para unos pocos, no tendremos cimientos para la paz.
No podemos hablar de bien común, mientras no consideremos a los demás como hermanos. Nadie pondrá sus bienes espirituales y materiales a la disposición de otras personas, mientras no las vea como un ser cercano, como a uno de su propia familia. Por eso, la fraternidad es parte central de la misión de construir la concordia. Así, la paz es fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia pueda realizar.
La paz no es una utopía, sino una tarea. La paz no es una mercancía sino el fruto de cultivar el bien común. La paz tiene un precio: la lucha personal para fomentar la concordia, para ser solidarios con los demás. La paz tiene un parámetro: considerar al otro como a un hermano.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Iniciamos el nuevo año con deseos de paz. Qué entrañables deseos de armonía hemos recibido en las felicitaciones de estos primeros días del 2006. Sin embargo, la dura realidad vuelve a imponerse y, junto a estos anhelos, seguimos recibiendo noticias de violencia en nuestro país. ¿Por qué no viene la paz, si somos tantos millones los que la estamos aguardando?
Esta expectación me recuerda un cuento de García Márquez. El protagonista era un coronel retirado, que cada día acudía a la oficina de correos con la ilusión de recibir una carta, que le diera noticias sobre su pensión. Y pasaron más de diez años. El militar sabía que esa misiva nunca llegaría, porque en realidad no existía tal pensión... pero se aferraba a esa ilusión.
Quizá nos pasa un poco lo mismo con el tema de la paz. Cada nuevo mes de enero, esperamos que se firmen las treguas, que se depongan las armas, que cesen los conflictos ¡por arte de magia!
La concordia no vendrá por el hecho de arrancar la última página del calendario, sino cuando entendamos qué la paz es un valor y un deber de todo ser humano (y no sólo de los diplomáticos). Esta paz no es un mero sentimiento, sino que tiene su fundamento en la orden racional y moral de la sociedad.
En efecto, el hombre fue creado por Dios para vivir en sociedad. Y la comunidad humana se rige por el bien común, que es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible que los grupos y cada uno de sus miembros logren de su propia perfección.
Cuando se respeta y se fomenta este bien común, adviene la paz, que es la búsqueda del respeto y el desarrollo de la vida humana; no es la simple ausencia de guerra o de equilibrio de fuerzas contrarias. Por eso es célebre la definición de San Agustín: la paz es la tranquilidad en el orden.
Quizá no viene la paz, porque la estamos esperando en vez de irla a buscar. Esa deseada concordia no llegará sola, por eso cada uno debemos ser constructores de la paz. La tarea que se nos impone consiste en conservar y fomentar el bien común, ya que ese orden social es la única tierra donde se puede sembrar la semilla de la paz.
Esta encomienda para alcanzar la armonía tiene diversos aspectos. Empecemos por nosotros mismos. Cada uno tiene experiencia de su propia fragilidad, y nota que su voluntad tiende a la discordia, a buscar primero los intereses personales, y a dejar para después las necesidades de los demás. Por eso, el cuidado de la paz reclama de cada persona un constante dominio de sí mismo.
Pero esto no basta. Para cuidar el bien común —condición indispensable de la paz— se requiere asegurar el bien de las personas y que los seres humanos compartan entre ellos sus riquezas de tipo intelectual y espiritual.
De ahí que parte de esta tarea de construir la paz tenga como condición poner al alcance de todos los bienes culturales y también los valores religiosos y morales. Mientras la cultura no sea un bien común, y la religión y la virtud sigan encerradas para unos pocos, no tendremos cimientos para la paz.
No podemos hablar de bien común, mientras no consideremos a los demás como hermanos. Nadie pondrá sus bienes espirituales y materiales a la disposición de otras personas, mientras no las vea como un ser cercano, como a uno de su propia familia. Por eso, la fraternidad es parte central de la misión de construir la concordia. Así, la paz es fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia pueda realizar.
La paz no es una utopía, sino una tarea. La paz no es una mercancía sino el fruto de cultivar el bien común. La paz tiene un precio: la lucha personal para fomentar la concordia, para ser solidarios con los demás. La paz tiene un parámetro: considerar al otro como a un hermano.
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domingo, 30 de octubre de 2005
La Navidad, ¿mito o realidad?
Luis-Fernando Valdés
Cada vez que llega la Navidad, nos sorprende constatar la buena acogida que tiene esta celebración. Y se festeja en innumerables países de los cinco continentes, ya sea con sentido religioso, ya sea con un afán meramente conmemorativo. Pero ¿cuál es la razón de esta aceptación cordial de la Navidad, por parte de tantos millones de personas?
Seguramente, la Navidad fascina porque todos sospechamos, de alguna manera, que el nacimiento de ese Niño tiene algo que ver con los más profundos anhelos y esperanzas humanas, como el amor, la esperanza, la paz, la concordia y la salvación del mal que aflige a la humanidad.
Todas las personas tenemos esos deseos y sentimientos en lo profundo del corazón. Y los cristianos afirmamos que Jesús, cuyo nacimiento celebramos, es quien colma esas aspiraciones, porque es Dios hecho ser humano, como nosotros. ¿No es muy pretencioso afirmar que la respuesta para todos la posee sólo un grupo de creyentes?
Sí, lo es. Más aún, es casi una falta de respeto a nuestra sociedad, que ha adquirido el pluralismo al costo de renunciar a hablar de la verdad, de una verdad válida para todos.
Es fácil admitir que son comunes a todos los sentimientos y las esperanzas, de los que nos habla la Navidad. Y, desde el siglo XIX, han querido descubrir en la Navidad cristiana el resumen de los mitos de culturas más antiguas, que también buscan colmar sus anhelos en la encarnación de un dios. Esto equivale a decir que la Navidad es muy popular, porque es un mito común a todas las culturas.
En el siglo XX, se superó parcialmente esta visión del cristianismo como recopilación de mitos de otras religiones. Y se llegó a la conclusión de que el único origen del cristianismo se encuentra en el judaísmo. Pero la objeción prevaleció: el cristianismo seguiría siendo un mito, y por lo tanto, no sería válido para todos.
También se descubrió que el mito es un género literario, que sirve para transmitir un mensaje especial o importante. El mito emplea imágenes y narraciones para destacar la importancia de ciertos personajes y sus proezas. Sin embargo, esas metáforas no tendrían nada que ver con la realidad.
La Navidad cristiana utiliza, pues, el género mítico para celebrar que Dios «bajó del cielo», «se encarnó de María Virgen, por obra del Espíritu Santo», y «se hizo hombre». Y todos están de acuerdo que este «mito» resume las aspiraciones de muchas personas. Pero ¿es posible que este mito sea verdadero, de modo que sea válido para todos?
Algunos consideran que todo mito sólo expresan posturas subjetivas y sentimentales. Pero no es así, porque la expresión mediante símbolos también hace referencia a la realidad, pero de una manera distinta a las descripciones científicas o matemáticas.
Los mitos no son falsos por el hecho de mitos. Son falsos, cuando lo que narran no se verificó en la historia. A diferencia de los mitos paganos, el cristianismo se presenta como mito que es, a la vez, un hecho histórico. El Evangelio de San Lucas afirma que el nacimiento de Jesús ocurrió en el tiempo y en el espacio: en Belén, cuando César Augusto era el emperador romano, y Quirino el gobernador de Siria (Lc 2,1-2).
Como afirma C. S. Lewis, la historia de Cristo es más bien «el más alto mito», porque en ella el mito se hace realidad. Por eso, la Navidad antes que ser una celebración mundial es un pregunta para cada uno: ¿Y si fuera verdad...? ¿Y si se ha hecho realidad lo que, como eco de un ansia inmensa y de una expectativa todavía confusa, se dice en tantos mitos?
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Cada vez que llega la Navidad, nos sorprende constatar la buena acogida que tiene esta celebración. Y se festeja en innumerables países de los cinco continentes, ya sea con sentido religioso, ya sea con un afán meramente conmemorativo. Pero ¿cuál es la razón de esta aceptación cordial de la Navidad, por parte de tantos millones de personas?
Seguramente, la Navidad fascina porque todos sospechamos, de alguna manera, que el nacimiento de ese Niño tiene algo que ver con los más profundos anhelos y esperanzas humanas, como el amor, la esperanza, la paz, la concordia y la salvación del mal que aflige a la humanidad.
Todas las personas tenemos esos deseos y sentimientos en lo profundo del corazón. Y los cristianos afirmamos que Jesús, cuyo nacimiento celebramos, es quien colma esas aspiraciones, porque es Dios hecho ser humano, como nosotros. ¿No es muy pretencioso afirmar que la respuesta para todos la posee sólo un grupo de creyentes?
Sí, lo es. Más aún, es casi una falta de respeto a nuestra sociedad, que ha adquirido el pluralismo al costo de renunciar a hablar de la verdad, de una verdad válida para todos.
Es fácil admitir que son comunes a todos los sentimientos y las esperanzas, de los que nos habla la Navidad. Y, desde el siglo XIX, han querido descubrir en la Navidad cristiana el resumen de los mitos de culturas más antiguas, que también buscan colmar sus anhelos en la encarnación de un dios. Esto equivale a decir que la Navidad es muy popular, porque es un mito común a todas las culturas.
En el siglo XX, se superó parcialmente esta visión del cristianismo como recopilación de mitos de otras religiones. Y se llegó a la conclusión de que el único origen del cristianismo se encuentra en el judaísmo. Pero la objeción prevaleció: el cristianismo seguiría siendo un mito, y por lo tanto, no sería válido para todos.
También se descubrió que el mito es un género literario, que sirve para transmitir un mensaje especial o importante. El mito emplea imágenes y narraciones para destacar la importancia de ciertos personajes y sus proezas. Sin embargo, esas metáforas no tendrían nada que ver con la realidad.
La Navidad cristiana utiliza, pues, el género mítico para celebrar que Dios «bajó del cielo», «se encarnó de María Virgen, por obra del Espíritu Santo», y «se hizo hombre». Y todos están de acuerdo que este «mito» resume las aspiraciones de muchas personas. Pero ¿es posible que este mito sea verdadero, de modo que sea válido para todos?
Algunos consideran que todo mito sólo expresan posturas subjetivas y sentimentales. Pero no es así, porque la expresión mediante símbolos también hace referencia a la realidad, pero de una manera distinta a las descripciones científicas o matemáticas.
Los mitos no son falsos por el hecho de mitos. Son falsos, cuando lo que narran no se verificó en la historia. A diferencia de los mitos paganos, el cristianismo se presenta como mito que es, a la vez, un hecho histórico. El Evangelio de San Lucas afirma que el nacimiento de Jesús ocurrió en el tiempo y en el espacio: en Belén, cuando César Augusto era el emperador romano, y Quirino el gobernador de Siria (Lc 2,1-2).
Como afirma C. S. Lewis, la historia de Cristo es más bien «el más alto mito», porque en ella el mito se hace realidad. Por eso, la Navidad antes que ser una celebración mundial es un pregunta para cada uno: ¿Y si fuera verdad...? ¿Y si se ha hecho realidad lo que, como eco de un ansia inmensa y de una expectativa todavía confusa, se dice en tantos mitos?
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El Vaticano II, 40 años después
Luis-Fernando Valdés
El pasado 8 de diciembre se cumplieron 40 años de la solemne clausura del Concilio Vaticano II. Fue una reunión del Romano Pontífice con casi todos los obispos del mundo, y tenía como objetivo reflexionar sobre la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo.
El Concilio debía responder a una pregunta fundamental: ¿Tiene algo que decir la Iglesia al hombre de hoy? La cuestión es profunda, porque hoy día la ciencia y la tecnología parecen liberar al ser humano de todo dolor y le hacen más cómoda y llevadera la vida. También hoy el gobierno y las instituciones privadas llevan el peso de los hospitales, asilos y orfanatos, tareas que antes desarrollaba la Iglesia.
¿Qué aporta la Iglesia al hombre de hoy, que aparentemente no necesita de Dios? La contribución de esta institución no es de orden material, ni tampoco de tipo académico, aunque siga fiel a su vocación a la solidaridad y a la enseñanza.
La aportación de la Iglesia es tipo espiritual. Le enseña al hombre cuál es el sentido de su vida. Cuando el ser humano se olvida de que tiene un destino trascendente, de que está llamado a encontrarse con Dios, invariablemente su vida cae en el absurdo. Y pierde la razón profunda de todo lo que realiza.
Todos nos preguntamos para qué nacimos, qué finalidad tiene nuestra vida. A todos nos sobrecoge la realidad de que un día moriremos, y nos cuestionamos si todo los bienes que hayamos podido acumular durante la vida nos servirán en aquel momento. Estos interrogantes nos hacen ver que el hombre busca esas respuestas en lo espiritual.
Una de las enseñanzas centrales del Concilio es anunciar a todo el mundo que el sentido de la vida se encuentra en Jesucristo. Él es el Dios hecho ser humano. Tomó nuestra naturaleza racional y corporal para enseñarnos cómo ser auténticamente humanos.
Así lo enseña la Constitución Gaudium et spes, uno de los documentos capitales del Concilio: «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22).
A cuarenta años de su finalización, ¿sigue vigente este planteamiento sobre el sentido de la vida humana? ¿Hoy, cuando nuestra cultura nos propone que no existe una verdad absoluta? ¿Hoy, cuando el escepticismo parece haber ganado la batalla?
Esta respuesta del Vaticano II sigue vigente también en nuestros días. Está dirigida solamente a los católicos, sino a todos los seres humanos. Todavía hoy, todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, y se sigue preguntando el porqué de su existencia. Y a este problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta (cfr. ibid, 21).
Mientras los humanos nos preguntemos por el sentido de nuestra vida, el mensaje del Concilio seguirá vigente. Es tarea de cada uno aceptar la invitación a encontrar la respuesta en Jesucristo. Por eso, la invitación de Juan Pablo II, al inicio de su pontificado (1978), es actual: «No tengáis miedo. Abrid las puertas de Cristo de par en par. No tengáis miedo. Cristo sabe “lo que hay dentro del hombre”. Sólo él lo sabe».
La propuesta es válida también hoy. El Papa Benedicto XVI comenzó así su tarea pastoral, en abril de este año: «¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida!».
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El pasado 8 de diciembre se cumplieron 40 años de la solemne clausura del Concilio Vaticano II. Fue una reunión del Romano Pontífice con casi todos los obispos del mundo, y tenía como objetivo reflexionar sobre la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo.
El Concilio debía responder a una pregunta fundamental: ¿Tiene algo que decir la Iglesia al hombre de hoy? La cuestión es profunda, porque hoy día la ciencia y la tecnología parecen liberar al ser humano de todo dolor y le hacen más cómoda y llevadera la vida. También hoy el gobierno y las instituciones privadas llevan el peso de los hospitales, asilos y orfanatos, tareas que antes desarrollaba la Iglesia.
¿Qué aporta la Iglesia al hombre de hoy, que aparentemente no necesita de Dios? La contribución de esta institución no es de orden material, ni tampoco de tipo académico, aunque siga fiel a su vocación a la solidaridad y a la enseñanza.
La aportación de la Iglesia es tipo espiritual. Le enseña al hombre cuál es el sentido de su vida. Cuando el ser humano se olvida de que tiene un destino trascendente, de que está llamado a encontrarse con Dios, invariablemente su vida cae en el absurdo. Y pierde la razón profunda de todo lo que realiza.
Todos nos preguntamos para qué nacimos, qué finalidad tiene nuestra vida. A todos nos sobrecoge la realidad de que un día moriremos, y nos cuestionamos si todo los bienes que hayamos podido acumular durante la vida nos servirán en aquel momento. Estos interrogantes nos hacen ver que el hombre busca esas respuestas en lo espiritual.
Una de las enseñanzas centrales del Concilio es anunciar a todo el mundo que el sentido de la vida se encuentra en Jesucristo. Él es el Dios hecho ser humano. Tomó nuestra naturaleza racional y corporal para enseñarnos cómo ser auténticamente humanos.
Así lo enseña la Constitución Gaudium et spes, uno de los documentos capitales del Concilio: «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22).
A cuarenta años de su finalización, ¿sigue vigente este planteamiento sobre el sentido de la vida humana? ¿Hoy, cuando nuestra cultura nos propone que no existe una verdad absoluta? ¿Hoy, cuando el escepticismo parece haber ganado la batalla?
Esta respuesta del Vaticano II sigue vigente también en nuestros días. Está dirigida solamente a los católicos, sino a todos los seres humanos. Todavía hoy, todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, y se sigue preguntando el porqué de su existencia. Y a este problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta (cfr. ibid, 21).
Mientras los humanos nos preguntemos por el sentido de nuestra vida, el mensaje del Concilio seguirá vigente. Es tarea de cada uno aceptar la invitación a encontrar la respuesta en Jesucristo. Por eso, la invitación de Juan Pablo II, al inicio de su pontificado (1978), es actual: «No tengáis miedo. Abrid las puertas de Cristo de par en par. No tengáis miedo. Cristo sabe “lo que hay dentro del hombre”. Sólo él lo sabe».
La propuesta es válida también hoy. El Papa Benedicto XVI comenzó así su tarea pastoral, en abril de este año: «¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida!».
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domingo, 23 de octubre de 2005
SIDA, ética y esperanza
Luis-Fernando Valdés
La ONU instituyó en 1988 la Jornada Mundial del SIDA, que se celebra el 1 de diciembre de cada año. Este día constituye una oportunidad para una reflexión sobre diversos aspectos de esta epidemia: médicos, éticos y religiosos.
Desde el punto de vista médico, las estadísticas son alarmantes. En 2004, la ONU declaró que, desde la aparición del SIDA, más de 22 millones de personas han muerto por causa de esta enfermedad.
Pero no basta con dar cifras, lo importante es que se pongan al alcance de todos los medicamentos que, en la actualidad, sirven para controlar y paliar este padecimiento. Los esfuerzos de una nación para combatir el SIDA no se pueden limitar a dar información preventiva, sino que también deben subsidiar los fármacos que los afectados necesitan.
La ética es otro aspecto importante en el combate del SIDA. Esta enfermedad sólo se transmite por tres vías: la sangre, la transmisión materno-infantil y por contacto sexual. En ellas hay implicaciones éticas. Por ejemplo, los donadores de sangre tienen el grave deber moral de que su sangre esté exenta de ese virus; las madres portadoras del VIH no pueden abortar, aunque sepan que su bebé nacerá infectado.
La vía del contacto sexual tiene más implicaciones éticas aún. Juan Pablo II afirmó que el drama del Sida se presenta como una «patología del espíritu». Para combatir este tipo de contagio se requiere aumentar la prevención con educación en el valor sagrado de la vida y con formación en la práctica correcta de la sexualidad.
En 1994, Juan Pablo II recomendaba a los obispos de África, continente flagelado por el SIDA: «debemos presentar continuamente a los fieles, sobre todo a los jóvenes, el afecto, el gozo, la felicidad y la paz que procura el matrimonio cristiano y la fidelidad, así como la seguridad proporcionada por la castidad».
El SIDA también tiene implicaciones religiosas. Los que padecen esta enfermedad no son un mero dato para las estadísticas. Estos enfermos son, ante todo, seres humanos. Y como todo humano tienen una historia, que se ve trastocada, incluso interrumpida. Tienen temor y desean una esperanza. Y ése es el aspecto religioso de esta epidemia.
Junto con el derecho a acceder a los medicamentos y tratamientos necesarios, los enfermos de SIDA necesitan de apoyo espiritual. Esta enfermedad los pone frente al drama del sufrimiento y de la muerte. Y es ahí cuando necesitan de un mensaje de esperanza.
Juan Pablo II explicaba que «es precisamente en el momento de la enfermedad cuando se plantea con mayor urgencia la necesidad de encontrar respuestas adecuadas a las cuestiones últimas referentes a la vida del hombre: las cuestiones sobre el sentido del dolor, del sufrimiento y de la misma muerte, considerada no sólo como un enigma con el cual confrontarse fatigosamente, sino como misterio en el que Cristo se incorpora en nuestra existencia, abriéndola a un nuevo y definitivo nacimiento para la vida que nunca acabará» (Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 2005, n. 6).
Atender a los que padecen esta enfermedad es tarea de todos. Por eso, Benedicto XVI expresó su apoyo a «las numerosas iniciativas promovidas, de modo especial las de las comunidades eclesiales, para eliminar esta enfermedad, y aseguro mi apoyo a los enfermos de SIDA y a sus familias, invocando para ellos la ayuda y el consuelo del Señor" (Discurso, 30.XI.05)
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La ONU instituyó en 1988 la Jornada Mundial del SIDA, que se celebra el 1 de diciembre de cada año. Este día constituye una oportunidad para una reflexión sobre diversos aspectos de esta epidemia: médicos, éticos y religiosos.
Desde el punto de vista médico, las estadísticas son alarmantes. En 2004, la ONU declaró que, desde la aparición del SIDA, más de 22 millones de personas han muerto por causa de esta enfermedad.
Pero no basta con dar cifras, lo importante es que se pongan al alcance de todos los medicamentos que, en la actualidad, sirven para controlar y paliar este padecimiento. Los esfuerzos de una nación para combatir el SIDA no se pueden limitar a dar información preventiva, sino que también deben subsidiar los fármacos que los afectados necesitan.
La ética es otro aspecto importante en el combate del SIDA. Esta enfermedad sólo se transmite por tres vías: la sangre, la transmisión materno-infantil y por contacto sexual. En ellas hay implicaciones éticas. Por ejemplo, los donadores de sangre tienen el grave deber moral de que su sangre esté exenta de ese virus; las madres portadoras del VIH no pueden abortar, aunque sepan que su bebé nacerá infectado.
La vía del contacto sexual tiene más implicaciones éticas aún. Juan Pablo II afirmó que el drama del Sida se presenta como una «patología del espíritu». Para combatir este tipo de contagio se requiere aumentar la prevención con educación en el valor sagrado de la vida y con formación en la práctica correcta de la sexualidad.
En 1994, Juan Pablo II recomendaba a los obispos de África, continente flagelado por el SIDA: «debemos presentar continuamente a los fieles, sobre todo a los jóvenes, el afecto, el gozo, la felicidad y la paz que procura el matrimonio cristiano y la fidelidad, así como la seguridad proporcionada por la castidad».
El SIDA también tiene implicaciones religiosas. Los que padecen esta enfermedad no son un mero dato para las estadísticas. Estos enfermos son, ante todo, seres humanos. Y como todo humano tienen una historia, que se ve trastocada, incluso interrumpida. Tienen temor y desean una esperanza. Y ése es el aspecto religioso de esta epidemia.
Junto con el derecho a acceder a los medicamentos y tratamientos necesarios, los enfermos de SIDA necesitan de apoyo espiritual. Esta enfermedad los pone frente al drama del sufrimiento y de la muerte. Y es ahí cuando necesitan de un mensaje de esperanza.
Juan Pablo II explicaba que «es precisamente en el momento de la enfermedad cuando se plantea con mayor urgencia la necesidad de encontrar respuestas adecuadas a las cuestiones últimas referentes a la vida del hombre: las cuestiones sobre el sentido del dolor, del sufrimiento y de la misma muerte, considerada no sólo como un enigma con el cual confrontarse fatigosamente, sino como misterio en el que Cristo se incorpora en nuestra existencia, abriéndola a un nuevo y definitivo nacimiento para la vida que nunca acabará» (Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 2005, n. 6).
Atender a los que padecen esta enfermedad es tarea de todos. Por eso, Benedicto XVI expresó su apoyo a «las numerosas iniciativas promovidas, de modo especial las de las comunidades eclesiales, para eliminar esta enfermedad, y aseguro mi apoyo a los enfermos de SIDA y a sus familias, invocando para ellos la ayuda y el consuelo del Señor" (Discurso, 30.XI.05)
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com.
domingo, 16 de octubre de 2005
Ilegales pero con derechos
Luis-Fernando Valdés
Seguimos preocupados por los mexicanos que, cada vez con mayor dificultad, cruzan la frontera a los Estados Unidos. La línea fronteriza está mejor custodiada cada día, y se van consolidando los grupos civiles que «cazan» migrantes ilegales.
Las palabras con las que se designan las personas que emigran hacia el norte hacen un efecto curioso en la opinión pública. Llamarlos «indocumentados» o «ilegales» implica aceptar que son «culpables» de un delito. Y, acostumbrados a ciertos esquemas cinematográficos, a los delincuentes se les puede perseguir y maltratar.
Si observamos con atención, las películas más taquilleras generalmente muestran un combate entre los buenos y los malos. Y casi siempre el bueno tiene justificación para eliminar totalmente al malo, aunque emplee medios violentos y poco éticos. Los malos no tienen derechos y deben ser eliminados. Y quien se deshace de ellos es un héroe.
Uno de los peligros más grandes a los que se enfrenta una persona que cruza clandestinamente la frontera norte consiste en recibir la etiqueta de «malo» o de «criminal». Porque a los malos se les puede maltratar y nadie los va a defender.
Ciertamente, los que cruzan ilegalmente una frontera cometen un delito contra el país al que ingresan. Y ese país tiene derecho a controlar el acceso a su interior, y a vigilar mediante cuerpos policiacos o el ejército. El país afectado puede también arrestar y deportar a los que ingresan sin documentos.
Pero el hecho de que los migrantes ilegales carezcan de documentación y cometan un delito por entrar así en otro país, no justifica de ningún modo que se violen sus derechos. Antes que ser migrantes, son seres humanos. Y por lo tanto son sujetos de derechos humanos, que deben ser respetados por todos... también por los que vigilan las fronteras.
La raíz de los derechos del hombre, de los que gozan también los «culpables», se deben buscar en la dignidad que pertenece a todo ser humano. Esta dignidad es connatural a la vida humana, es decir, todos los humanos nacemos con ella. Se trata de nuestra naturaleza espiritual (nuestra capacidad de conocer, de amar y de autodeterminarnos), que es imagen y semejanza de Dios.
Por esta razón, los derechos humanos no surgen de la voluntad de las personas, ni del Estado, ni de los poderes públicos. No son las personas ni las instituciones las que «asignan» derechos a los seres humanos. Más bien lo que deben hacer es «reconocer» esos derechos y custodiarlos.
No son la patrulla fronteriza de un país ni las organizaciones civiles de caza-migrantes quienes pueden decidir cuáles derechos gozan los migrantes ilegales. Los «espaldas mojadas» gozan de todos los derechos, y por lo tanto merecen un trato humanitario.
Una corporación policiaca o un grupo civil tampoco puede establecer según criterios arbitrarios el modo de detener a los que cruzan su frontera. La detención debe ser oficial, no clandestina. Sin violencia innecesaria. Sin agresiones verbales, ni discriminaciones por motivos económicos o raciales.
Los migrantes ilegales no son los malos de la película. Cruzan la frontera por la falta de oportunidades laborales en su propio país, por el hambre y la pobreza. Nunca tienen en su mente la intención de invadir o saquear a la otra nación. Lejos de considerarlos agresores, se debe ver en los migrantes unos seres humanos a los que hay que ayudar y a los que hay que defender.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Seguimos preocupados por los mexicanos que, cada vez con mayor dificultad, cruzan la frontera a los Estados Unidos. La línea fronteriza está mejor custodiada cada día, y se van consolidando los grupos civiles que «cazan» migrantes ilegales.
Las palabras con las que se designan las personas que emigran hacia el norte hacen un efecto curioso en la opinión pública. Llamarlos «indocumentados» o «ilegales» implica aceptar que son «culpables» de un delito. Y, acostumbrados a ciertos esquemas cinematográficos, a los delincuentes se les puede perseguir y maltratar.
Si observamos con atención, las películas más taquilleras generalmente muestran un combate entre los buenos y los malos. Y casi siempre el bueno tiene justificación para eliminar totalmente al malo, aunque emplee medios violentos y poco éticos. Los malos no tienen derechos y deben ser eliminados. Y quien se deshace de ellos es un héroe.
Uno de los peligros más grandes a los que se enfrenta una persona que cruza clandestinamente la frontera norte consiste en recibir la etiqueta de «malo» o de «criminal». Porque a los malos se les puede maltratar y nadie los va a defender.
Ciertamente, los que cruzan ilegalmente una frontera cometen un delito contra el país al que ingresan. Y ese país tiene derecho a controlar el acceso a su interior, y a vigilar mediante cuerpos policiacos o el ejército. El país afectado puede también arrestar y deportar a los que ingresan sin documentos.
Pero el hecho de que los migrantes ilegales carezcan de documentación y cometan un delito por entrar así en otro país, no justifica de ningún modo que se violen sus derechos. Antes que ser migrantes, son seres humanos. Y por lo tanto son sujetos de derechos humanos, que deben ser respetados por todos... también por los que vigilan las fronteras.
La raíz de los derechos del hombre, de los que gozan también los «culpables», se deben buscar en la dignidad que pertenece a todo ser humano. Esta dignidad es connatural a la vida humana, es decir, todos los humanos nacemos con ella. Se trata de nuestra naturaleza espiritual (nuestra capacidad de conocer, de amar y de autodeterminarnos), que es imagen y semejanza de Dios.
Por esta razón, los derechos humanos no surgen de la voluntad de las personas, ni del Estado, ni de los poderes públicos. No son las personas ni las instituciones las que «asignan» derechos a los seres humanos. Más bien lo que deben hacer es «reconocer» esos derechos y custodiarlos.
No son la patrulla fronteriza de un país ni las organizaciones civiles de caza-migrantes quienes pueden decidir cuáles derechos gozan los migrantes ilegales. Los «espaldas mojadas» gozan de todos los derechos, y por lo tanto merecen un trato humanitario.
Una corporación policiaca o un grupo civil tampoco puede establecer según criterios arbitrarios el modo de detener a los que cruzan su frontera. La detención debe ser oficial, no clandestina. Sin violencia innecesaria. Sin agresiones verbales, ni discriminaciones por motivos económicos o raciales.
Los migrantes ilegales no son los malos de la película. Cruzan la frontera por la falta de oportunidades laborales en su propio país, por el hambre y la pobreza. Nunca tienen en su mente la intención de invadir o saquear a la otra nación. Lejos de considerarlos agresores, se debe ver en los migrantes unos seres humanos a los que hay que ayudar y a los que hay que defender.
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domingo, 9 de octubre de 2005
México y Venezuela ¿países hermanos?
Luis-Fernando Valdés
Terminamos la semana con la triste situación diplomática entre Venezuela y México. Quizá la primera reacción haya sido la indignación. Pero al pasar los días, el sentimiento es de tristeza. Sí, tristeza, porque hemos visto que la fraternidad que predicamos entre los países latinoamericanos no es tan sólida como creíamos.
Esta situación recuerda a lo que pasa en algunos matrimonios. Hacia fuera son un modelo de familia integrada, de esposos enamorados y de papás cariñosos, de hijos respetuosos. Pero un buen día, nos llega por sorpresa la noticia de que se divorciaron. Y nos preguntamos ¿no que se querían tanto? ¿qué falló?
A veces, cuando ocurre un caso así, la causa del fracaso consiste en que la unidad familiar no se fundaba en principios verdaderos, sino en apariencias. Había grandes heridas emocionales y, en vez de enfrentarlas, de curarlas mediante la cirugía de la comunicación y de pedir perdón, tomaban aspirinas, pastillas para ignorar los problemas: «aquí no pasa nada». No buscaban arreglar sus problemas, sino sólo maquillarlos. Daban la apariencia de estar bien, pero por dentro las diferencias se hacían más grandes, hasta que reventaron.
Quizá sucede lo mismo entre las naciones latinoamericanas. A pesar de que tenemos un pasado histórico común, que hablamos la misma lengua y que compartimos muchos valores religiosos, morales y familiares, no hemos puesto el fundamento de nuestra fraternidad en principios verdaderos, sino sólo en cuestiones secundarias.
¿Cuáles son esos principios sólidos, que establecen la verdadera hermandad entre los países? La convivencia entre las naciones se funda en los mismos valores que deben orientar la concordia de los seres humanos entre sí: la verdad, la justicia, la solidaridad y la libertad.
Basados en esos cuatro pilares, los diversos países pueden establecer relaciones, que encuentren su justa regulación en la razón, la equidad, el derecho y la negociación. Y, al mismo tiempo, estas relaciones basadas en principios verdaderos excluyen el recurso a la violencia y a la guerra, a formas de discriminación, de intimidación y de engaño.
En cuanto a la justicia como principio de convivencia, quizá el primer error consiste en reducir el concepto de «relaciones internacionales» a los pactos diplomáticos entre los gobernantes de dos o más países. En ese caso, el problema no sería «nuestro», de los ciudadanos de a pie, sino «suyo», de los mandatarios. Y no es así. Las relaciones entre naciones deben ser el resultado de las disposiciones de los ciudadanos de un país hacia los habitantes de otro estado.
La solidaridad y la justicia hacia otra nación inician entre los ciudadanos de un país. Y luego son ellos mismos los que las exigen a sus gobernantes y diplomáticos. Por eso, la verdadera concordia entre los pueblos latinoamericanos está primero en nuestras manos, y quizá nos desentendemos de esta responsabilidad.
¿Qué podemos hacer los ciudadanos mexicanos ante la presente crisis diplomática? Ser justos, y no reclamar a los ciudadanos de Venezuela, las declaraciones poco afortunadas —o si se quiere provocadoras— de sus gobernantes. Atribuir a todo un pueblo los errores de sus gobernantes es una injusticia. Como lo sería afirmar que los excesos de Hitler son responsabilidad de todos y cada uno de los alemanes.
Hagamos examen. Si después de las declaraciones del Presidente Chávez, Usted sintió que Venezuela ya le cayó mal, probablemente su fraternidad hacia ese país no estaba basada en principios verdaderos, como la justicia, sino sólo en un sentimiento vago de pertenecer al mismo continente. Es tiempo de cambiar.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Terminamos la semana con la triste situación diplomática entre Venezuela y México. Quizá la primera reacción haya sido la indignación. Pero al pasar los días, el sentimiento es de tristeza. Sí, tristeza, porque hemos visto que la fraternidad que predicamos entre los países latinoamericanos no es tan sólida como creíamos.
Esta situación recuerda a lo que pasa en algunos matrimonios. Hacia fuera son un modelo de familia integrada, de esposos enamorados y de papás cariñosos, de hijos respetuosos. Pero un buen día, nos llega por sorpresa la noticia de que se divorciaron. Y nos preguntamos ¿no que se querían tanto? ¿qué falló?
A veces, cuando ocurre un caso así, la causa del fracaso consiste en que la unidad familiar no se fundaba en principios verdaderos, sino en apariencias. Había grandes heridas emocionales y, en vez de enfrentarlas, de curarlas mediante la cirugía de la comunicación y de pedir perdón, tomaban aspirinas, pastillas para ignorar los problemas: «aquí no pasa nada». No buscaban arreglar sus problemas, sino sólo maquillarlos. Daban la apariencia de estar bien, pero por dentro las diferencias se hacían más grandes, hasta que reventaron.
Quizá sucede lo mismo entre las naciones latinoamericanas. A pesar de que tenemos un pasado histórico común, que hablamos la misma lengua y que compartimos muchos valores religiosos, morales y familiares, no hemos puesto el fundamento de nuestra fraternidad en principios verdaderos, sino sólo en cuestiones secundarias.
¿Cuáles son esos principios sólidos, que establecen la verdadera hermandad entre los países? La convivencia entre las naciones se funda en los mismos valores que deben orientar la concordia de los seres humanos entre sí: la verdad, la justicia, la solidaridad y la libertad.
Basados en esos cuatro pilares, los diversos países pueden establecer relaciones, que encuentren su justa regulación en la razón, la equidad, el derecho y la negociación. Y, al mismo tiempo, estas relaciones basadas en principios verdaderos excluyen el recurso a la violencia y a la guerra, a formas de discriminación, de intimidación y de engaño.
En cuanto a la justicia como principio de convivencia, quizá el primer error consiste en reducir el concepto de «relaciones internacionales» a los pactos diplomáticos entre los gobernantes de dos o más países. En ese caso, el problema no sería «nuestro», de los ciudadanos de a pie, sino «suyo», de los mandatarios. Y no es así. Las relaciones entre naciones deben ser el resultado de las disposiciones de los ciudadanos de un país hacia los habitantes de otro estado.
La solidaridad y la justicia hacia otra nación inician entre los ciudadanos de un país. Y luego son ellos mismos los que las exigen a sus gobernantes y diplomáticos. Por eso, la verdadera concordia entre los pueblos latinoamericanos está primero en nuestras manos, y quizá nos desentendemos de esta responsabilidad.
¿Qué podemos hacer los ciudadanos mexicanos ante la presente crisis diplomática? Ser justos, y no reclamar a los ciudadanos de Venezuela, las declaraciones poco afortunadas —o si se quiere provocadoras— de sus gobernantes. Atribuir a todo un pueblo los errores de sus gobernantes es una injusticia. Como lo sería afirmar que los excesos de Hitler son responsabilidad de todos y cada uno de los alemanes.
Hagamos examen. Si después de las declaraciones del Presidente Chávez, Usted sintió que Venezuela ya le cayó mal, probablemente su fraternidad hacia ese país no estaba basada en principios verdaderos, como la justicia, sino sólo en un sentimiento vago de pertenecer al mismo continente. Es tiempo de cambiar.
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domingo, 2 de octubre de 2005
Mujeres migrantes
Luis-Fernando Valdés
Tuve la oportunidad de atender a una comunidad de la sierra de Puebla, hace casi cinco años. Y, además de la gratitud de esas personas, me llamó la atención que en esa población no había jóvenes mayores de quince años.
Me explicaron que los muchachos y muchachas, nada más terminar la secundaria, dejaban el pueblo, para ir a buscar mejores oportunidades de trabajo. Algunos se había ido a la Ciudad de México, pero la mayoría estaba en los Estados Unidos.
Los mexicanos ya nos acostumbramos a convivir con la «migración». Se trata de un fenómeno que a lo largo del siglo pasado se convirtió en una estructura que ha configurado la sociedad, y ha llegado a ser una característica importante del mercado del trabajo a nivel mundial, como consecuencia, entre otras cosas, del fuerte impulso ejercido por la globalización
El fenómeno de la migración es complejo, pues en su explicación confluyen diversos componentes. Entre otros factores se encuentran las migraciones internas y las internacionales, las forzadas y las voluntarias, las legales y las irregulares, también sujetas a la plaga del tráfico de seres humanos. Y además los estudiantes extranjeros, cuyo número aumenta cada año en el mundo, forman ya una categoría en la clasificación de los migrantes.
Una causa muy importante de la migración es la pobreza. Entre las personas que, por motivos económicos, cambian de país o región dentro de su propia patria, cabe destacar el reciente hecho de la "feminización" del fenómeno migratorio, es decir, la creciente presencia en él de la mujer.
Antes, quienes emigraban eran sobre todo los hombres, aunque no faltaban nunca las mujeres. Sin embargo, entonces ellas emigraban sobre todo para acompañar a sus respectivos maridos o padres, o para reunirse con ellos. Pero ahora, la mujer sale de su patria en busca de un empleo en otro país. Más aún, en ocasiones, la mujer emigrante se ha convertido en la principal fuente de ingresos para su familia.
Aunque no faltan buenas oportunidades de trabajo para muchas migrantes, es un hecho que la migración femenina es víctima frecuente del tráfico de mujeres, que prospera donde son escasas las oportunidades de mejorar la propia condición de vida, o simplemente de sobrevivir. En algunos casos, hay mujeres y muchachas que son destinadas a ser explotadas, en el trabajo, casi como esclavas, y a veces incluso en la industria del sexo.
Sin embargo, estas situaciones de explotación son pocas veces denunciadas. Y es una gran incoherencia de nuestra sociedad democrática. Todos estamos de acuerdo que la esclavitud es mala y que atenta contra la libertad, pero toleramos y callamos ante este otro tipo de esclavitud, como son los horarios excesivos de trabajo y la explotación sexual.
¿Quién hace algo por estas mujeres, que lejos de su hogar y de los suyos, son forzadas a realizar prácticas contrarias a su dignidad? Recientemente, Benedicto XVI reiteró la condena de Juan Pablo II contra la difundida cultura hedonista y comercial que promueve la explotación sistemática de la sexualidad (Mensaje, 18.X.05).
El Santo Padre manifestó que el tema de la esclavitud sexual de las migrantes presenta «todo un programa de redención y liberación, del que los cristianos no pueden desentenderse». Todos debemos participar en ese rescate de la mujer explotada.
Le propongo uno modo de hacerlo: fomentar que nuestros familiares y nuestras amistades no asistan a los lugares donde se realiza esta explotación. Nadie tiene derecho a divertirse a costa de la esclavitud de nadie.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Tuve la oportunidad de atender a una comunidad de la sierra de Puebla, hace casi cinco años. Y, además de la gratitud de esas personas, me llamó la atención que en esa población no había jóvenes mayores de quince años.
Me explicaron que los muchachos y muchachas, nada más terminar la secundaria, dejaban el pueblo, para ir a buscar mejores oportunidades de trabajo. Algunos se había ido a la Ciudad de México, pero la mayoría estaba en los Estados Unidos.
Los mexicanos ya nos acostumbramos a convivir con la «migración». Se trata de un fenómeno que a lo largo del siglo pasado se convirtió en una estructura que ha configurado la sociedad, y ha llegado a ser una característica importante del mercado del trabajo a nivel mundial, como consecuencia, entre otras cosas, del fuerte impulso ejercido por la globalización
El fenómeno de la migración es complejo, pues en su explicación confluyen diversos componentes. Entre otros factores se encuentran las migraciones internas y las internacionales, las forzadas y las voluntarias, las legales y las irregulares, también sujetas a la plaga del tráfico de seres humanos. Y además los estudiantes extranjeros, cuyo número aumenta cada año en el mundo, forman ya una categoría en la clasificación de los migrantes.
Una causa muy importante de la migración es la pobreza. Entre las personas que, por motivos económicos, cambian de país o región dentro de su propia patria, cabe destacar el reciente hecho de la "feminización" del fenómeno migratorio, es decir, la creciente presencia en él de la mujer.
Antes, quienes emigraban eran sobre todo los hombres, aunque no faltaban nunca las mujeres. Sin embargo, entonces ellas emigraban sobre todo para acompañar a sus respectivos maridos o padres, o para reunirse con ellos. Pero ahora, la mujer sale de su patria en busca de un empleo en otro país. Más aún, en ocasiones, la mujer emigrante se ha convertido en la principal fuente de ingresos para su familia.
Aunque no faltan buenas oportunidades de trabajo para muchas migrantes, es un hecho que la migración femenina es víctima frecuente del tráfico de mujeres, que prospera donde son escasas las oportunidades de mejorar la propia condición de vida, o simplemente de sobrevivir. En algunos casos, hay mujeres y muchachas que son destinadas a ser explotadas, en el trabajo, casi como esclavas, y a veces incluso en la industria del sexo.
Sin embargo, estas situaciones de explotación son pocas veces denunciadas. Y es una gran incoherencia de nuestra sociedad democrática. Todos estamos de acuerdo que la esclavitud es mala y que atenta contra la libertad, pero toleramos y callamos ante este otro tipo de esclavitud, como son los horarios excesivos de trabajo y la explotación sexual.
¿Quién hace algo por estas mujeres, que lejos de su hogar y de los suyos, son forzadas a realizar prácticas contrarias a su dignidad? Recientemente, Benedicto XVI reiteró la condena de Juan Pablo II contra la difundida cultura hedonista y comercial que promueve la explotación sistemática de la sexualidad (Mensaje, 18.X.05).
El Santo Padre manifestó que el tema de la esclavitud sexual de las migrantes presenta «todo un programa de redención y liberación, del que los cristianos no pueden desentenderse». Todos debemos participar en ese rescate de la mujer explotada.
Le propongo uno modo de hacerlo: fomentar que nuestros familiares y nuestras amistades no asistan a los lugares donde se realiza esta explotación. Nadie tiene derecho a divertirse a costa de la esclavitud de nadie.
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domingo, 25 de septiembre de 2005
Familia, verdad y felicidad
Luis-Fernando Valdés
Hemos naufragado en un mar de opiniones, y ya no nos sentimos con fuerza para decir que algo es verdadero y que su contrario es falso. Nuestra sociedad democrática nos ha enseñado que, para no pelear, lo mejor es no hablar de «verdades» sino sólo de «opiniones válidas».
En temas como el fútbol o la música, eso de las «opiniones válidas» es muy bueno. Pero en los temas centrales de la vida de las personas resulta insuficiente. Pensemos en una institución tan importante como es la familia. La experiencia nos dice que no todas las «opiniones válidas» sobre la familia llevan a la felicidad, ni hacen que sus hijos crezcan seguros de sí mismos, ni aseguran la paz y la armonía. Por eso, necesitamos saber la «verdad» sobre la familia.
La familia tiene unas leyes internas, que son independientes de las opiniones que tengamos sobre ella. Cuando se respetan y se fomentan estos principios internos de la familia, el resultado es que las personas que componen ese hogar son felices, respiran paz y se quieren mucho entre ellas.
Sucede lo mismo que en la naturaleza. La fauna tiene leyes internas, que están ahí, con independencia de nuestras opiniones. Cuando una persona opina que se puede acercar a un león, y dice que no corre peligro, porque ya venció la idea antigua de que los leones son salvajes, seguramente se llevará la sorpresa de ser atacada por el felino.
Tener la opinión de que los leones no atacan es falsa. Y lo prueba la experiencia. De igual manera, no toda opinión sobre la familia es verdadera. Y en este caso, también lo prueba la experiencia. Cuando se sigue un modelo erróneo de familia, no se forman hogares luminosos.
¿Cómo saber cuál es el modelo de familia por naturaleza? ¿Cómo no perderse en un océano de opiniones? ¿Cómo saber cuál es la verdad, en una sociedad donde todas los juicios tienen el mismo valor? La respuesta empírica está en oír a los niños.
Cuando un chiquillo, por la causa que sea, ha nacido fuera de un hogar, o carece de padre o de madre, siente que tiene una carencia. Ese pequeño sabe que tiene un defecto espiritual que hay que lamentar, como también habría que lamentar haber nacido sin un brazo.
Aunque esta carencia no lo hace menos digno o menos valioso que los demás y aunque no es su culpa, este niño siente que está privado de algo necesario. Y nadie lo convencerá de lo contrario. Ya le podrán decir que «ahora ya no se estila tener papá», o que «mamá tiene derecho a rehacer su vida», o que «somos una familia moderna», pero el chiquillo seguirá sintiendo que algo muy importante le falta. Siempre echará de menos no haber tenido a un padre y a una madre viviendo juntos.
De igual manera, no basta que bajo un mismo techo vivan un hombre y una mujer, casados con todas las de la ley. Para que sean familia de verdad, en la práctica tiene que haber verdadera comunicación, diálogo y manifestaciones de cariño.
En un hogar donde hay pleitos, o donde el padre está ausente «porque trabaja mucho, para darnos todo», o donde uno de los cónyuges es alcohólico, tampoco se da la alegría y la felicidad que todos anhelamos encontrar en la familia. Porque no es suficiente que un hombre y una mujer vivan juntos para formar hijos virtuosos, seguros de sí mismos.
Con independencia de nuestras creencias religiosas, de nuestra preferencias políticas y de nuestras opiniones personales, la familia que de verdad lleva a la auténtica felicidad, es aquella en la que un hombre y una mujer, se comprometen a amarse siempre, y por amor transmiten la vida, y educan a sus hijos en el amor, la comprensión, el respeto y la libertad.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Hemos naufragado en un mar de opiniones, y ya no nos sentimos con fuerza para decir que algo es verdadero y que su contrario es falso. Nuestra sociedad democrática nos ha enseñado que, para no pelear, lo mejor es no hablar de «verdades» sino sólo de «opiniones válidas».
En temas como el fútbol o la música, eso de las «opiniones válidas» es muy bueno. Pero en los temas centrales de la vida de las personas resulta insuficiente. Pensemos en una institución tan importante como es la familia. La experiencia nos dice que no todas las «opiniones válidas» sobre la familia llevan a la felicidad, ni hacen que sus hijos crezcan seguros de sí mismos, ni aseguran la paz y la armonía. Por eso, necesitamos saber la «verdad» sobre la familia.
La familia tiene unas leyes internas, que son independientes de las opiniones que tengamos sobre ella. Cuando se respetan y se fomentan estos principios internos de la familia, el resultado es que las personas que componen ese hogar son felices, respiran paz y se quieren mucho entre ellas.
Sucede lo mismo que en la naturaleza. La fauna tiene leyes internas, que están ahí, con independencia de nuestras opiniones. Cuando una persona opina que se puede acercar a un león, y dice que no corre peligro, porque ya venció la idea antigua de que los leones son salvajes, seguramente se llevará la sorpresa de ser atacada por el felino.
Tener la opinión de que los leones no atacan es falsa. Y lo prueba la experiencia. De igual manera, no toda opinión sobre la familia es verdadera. Y en este caso, también lo prueba la experiencia. Cuando se sigue un modelo erróneo de familia, no se forman hogares luminosos.
¿Cómo saber cuál es el modelo de familia por naturaleza? ¿Cómo no perderse en un océano de opiniones? ¿Cómo saber cuál es la verdad, en una sociedad donde todas los juicios tienen el mismo valor? La respuesta empírica está en oír a los niños.
Cuando un chiquillo, por la causa que sea, ha nacido fuera de un hogar, o carece de padre o de madre, siente que tiene una carencia. Ese pequeño sabe que tiene un defecto espiritual que hay que lamentar, como también habría que lamentar haber nacido sin un brazo.
Aunque esta carencia no lo hace menos digno o menos valioso que los demás y aunque no es su culpa, este niño siente que está privado de algo necesario. Y nadie lo convencerá de lo contrario. Ya le podrán decir que «ahora ya no se estila tener papá», o que «mamá tiene derecho a rehacer su vida», o que «somos una familia moderna», pero el chiquillo seguirá sintiendo que algo muy importante le falta. Siempre echará de menos no haber tenido a un padre y a una madre viviendo juntos.
De igual manera, no basta que bajo un mismo techo vivan un hombre y una mujer, casados con todas las de la ley. Para que sean familia de verdad, en la práctica tiene que haber verdadera comunicación, diálogo y manifestaciones de cariño.
En un hogar donde hay pleitos, o donde el padre está ausente «porque trabaja mucho, para darnos todo», o donde uno de los cónyuges es alcohólico, tampoco se da la alegría y la felicidad que todos anhelamos encontrar en la familia. Porque no es suficiente que un hombre y una mujer vivan juntos para formar hijos virtuosos, seguros de sí mismos.
Con independencia de nuestras creencias religiosas, de nuestra preferencias políticas y de nuestras opiniones personales, la familia que de verdad lleva a la auténtica felicidad, es aquella en la que un hombre y una mujer, se comprometen a amarse siempre, y por amor transmiten la vida, y educan a sus hijos en el amor, la comprensión, el respeto y la libertad.
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Solidaridad a prueba de Huracanes
Luis-Fernando Valdés
La época de huracanes en el sur de nuestro País nos ha hecho ver que hay un gran vínculo de interdependencia entre todos los mexicanos. En «tiempo real» fuimos testigos de los efectos devastadores de los fenómenos atmosféricos.
Sin duda, la reacción de todos fue de tristeza ante el dolor ajeno. ¿Quién puede dormir tranquilo, después de haber sido testigo de la perdida de casas, coches, ropa y alimentos, que dejaron a miles de compatriotas totalmente indigentes?
Y, seguramente, todos hemos colaborado con víveres, medicinas, dinero y oraciones por las víctimas. Quizá hemos colaborado en campañas de ayuda realizadas por las escuelas. Pero surge una pregunta de fondo: ¿somos realmente solidarios?
Este cuestionamiento tiene más profundidad de lo que parece. De entrada casi todos contestaríamos que sí somos solidarios, porque colaboramos con ayuda para los damnificados. Y éste es el punto: ¿nos podemos llamar solidarios por el hecho de cooperar solamente cuando ocurren catástrofes?
Un gran pensador griego acuñó la conocida frase «una golondrina no hace primavera». Aristóteles quería expresar así que un hecho aislado no forma un hábito. Enseñaba que, para conseguir una virtud, se requiere de una disposición estable que lleve a repetir una acción buena una vez y otra.
De igual modo sucede con la solidaridad. Colaborar de un modo aislado, sólo cuando ocurren tragedias, es señal de buena voluntad, y para los cristianos es un signo de caridad. Pero la solidaridad no es un mero sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Se trata más bien de una verdadera y propia virtud moral.
Juan Pablo II predicaba que la solidaridad «es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» (Sollicitudo rei sociales, 38).
Esto quiere decir que, para ser realmente solidarios, se requiere que nos limitemos a ayudar sólo en situaciones extraordinarias. Se necesita que en la vida cotidiana ejercitemos la costumbre diaria de pensar en los demás, de ayudar a los que están cerca, de ser serviciales con los que nos rodean.
Así como se ha hecho una reducción muy grande del concepto de «caridad», cuando se ha reducido a dar limosnas, hoy día estamos en peligro de empequeñecer la solidaridad, limitándola a la colaboración en caso de tragedias naturales.
Nuestra solidaridad no se puede extinguir cuando acaba la época de huracanes. Debemos manifestarla establemente en nuestra vida cotidiana, hasta adquirir el hábito de pensar en los demás. Cuando unos padres de familia hace el esfuerzo diario de trabajar mucho y bien para conseguir el sustento de su familia, es solidario. Cuando papá y mamá dedican tiempo a escuchar a sus hijos, son solidarios. Cuando los profesores no buscan poder, sino educar en la verdad y el bien, son solidarios. Cuando el policía busca defender el orden y no extorsionar, es solidario. Cuando el comerciante busca ayudar al cliente y no engañarlo, es solidario.
Como se puede ver, todos soñamos con un país solidario, donde todos busquen el bien de los demás. Pero vivimos a diario lo contrario: corrupción, violencia, mentira. Y seguiremos así, mientras no nos decidamos a hacer de la solidaridad, una virtud diaria. No esperemos al siguiente huracán. Seamos solidarios en la vida cotidiana.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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La época de huracanes en el sur de nuestro País nos ha hecho ver que hay un gran vínculo de interdependencia entre todos los mexicanos. En «tiempo real» fuimos testigos de los efectos devastadores de los fenómenos atmosféricos.
Sin duda, la reacción de todos fue de tristeza ante el dolor ajeno. ¿Quién puede dormir tranquilo, después de haber sido testigo de la perdida de casas, coches, ropa y alimentos, que dejaron a miles de compatriotas totalmente indigentes?
Y, seguramente, todos hemos colaborado con víveres, medicinas, dinero y oraciones por las víctimas. Quizá hemos colaborado en campañas de ayuda realizadas por las escuelas. Pero surge una pregunta de fondo: ¿somos realmente solidarios?
Este cuestionamiento tiene más profundidad de lo que parece. De entrada casi todos contestaríamos que sí somos solidarios, porque colaboramos con ayuda para los damnificados. Y éste es el punto: ¿nos podemos llamar solidarios por el hecho de cooperar solamente cuando ocurren catástrofes?
Un gran pensador griego acuñó la conocida frase «una golondrina no hace primavera». Aristóteles quería expresar así que un hecho aislado no forma un hábito. Enseñaba que, para conseguir una virtud, se requiere de una disposición estable que lleve a repetir una acción buena una vez y otra.
De igual modo sucede con la solidaridad. Colaborar de un modo aislado, sólo cuando ocurren tragedias, es señal de buena voluntad, y para los cristianos es un signo de caridad. Pero la solidaridad no es un mero sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Se trata más bien de una verdadera y propia virtud moral.
Juan Pablo II predicaba que la solidaridad «es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» (Sollicitudo rei sociales, 38).
Esto quiere decir que, para ser realmente solidarios, se requiere que nos limitemos a ayudar sólo en situaciones extraordinarias. Se necesita que en la vida cotidiana ejercitemos la costumbre diaria de pensar en los demás, de ayudar a los que están cerca, de ser serviciales con los que nos rodean.
Así como se ha hecho una reducción muy grande del concepto de «caridad», cuando se ha reducido a dar limosnas, hoy día estamos en peligro de empequeñecer la solidaridad, limitándola a la colaboración en caso de tragedias naturales.
Nuestra solidaridad no se puede extinguir cuando acaba la época de huracanes. Debemos manifestarla establemente en nuestra vida cotidiana, hasta adquirir el hábito de pensar en los demás. Cuando unos padres de familia hace el esfuerzo diario de trabajar mucho y bien para conseguir el sustento de su familia, es solidario. Cuando papá y mamá dedican tiempo a escuchar a sus hijos, son solidarios. Cuando los profesores no buscan poder, sino educar en la verdad y el bien, son solidarios. Cuando el policía busca defender el orden y no extorsionar, es solidario. Cuando el comerciante busca ayudar al cliente y no engañarlo, es solidario.
Como se puede ver, todos soñamos con un país solidario, donde todos busquen el bien de los demás. Pero vivimos a diario lo contrario: corrupción, violencia, mentira. Y seguiremos así, mientras no nos decidamos a hacer de la solidaridad, una virtud diaria. No esperemos al siguiente huracán. Seamos solidarios en la vida cotidiana.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
domingo, 18 de septiembre de 2005
Por una muerte digna
Luis-Fernando Valdés
Los mexicanos somos un pueblo que sabe convivir con la muerte, y hasta hacemos bromas y chistes sobre ella. Sin embargo, es apenas ahora cuando se ha empezado a tratar sobre el «momento de morir». Es decir, es reciente que los «tanatólogos» y los juristas se han planteado el debate sobre el bien morir.
Es muy importante en la vida de cada uno plantearse que llegará el momento final de nuestra existencia. A veces, por el temor a lo desconocido, por miedo al más allá, o por la falta de esperanza en el Premio eterno, no nos atrevemos a pensar en nuestra propia muerte. Ha llegado el momento de abordar con seriedad la realidad del momento de nuestra propia muerte y la de nuestros seres queridos. Lejos de toda morbosidad, pensar en este tema nos permitirá desarrollar, como nación, la cultura de una «muerte digna».
Por muerte digna nos referimos al derecho a una atención médica, psicológica y espiritual de las personas que están cercanas a su desenlace final, debido a una enfermedad terminal o a la vejez. En efecto, los agonizantes tienen derecho a una ayuda para morir con menos dolor, rodeados de la comprensión de sus familiares y de sus médicos, y animados con la esperanza de la Vida eterna.
Pero no va a ser fácil llegar a una cultura que permita establecer las condiciones de atención hospitalaria, de apoyo psicológico y, en muchos casos, de subsidio económico, necesarios para que cada uno pueda tener una muerte digna. Hay un gran obstáculo que lo va a impedir. Se trata de la confusión de términos y conceptos, que va a generar un debate ético, que retrasará esa cultura más humana.
La confusión proviene de que usamos una misma palabra —«eutanasia»— para designar hechos diferentes. En primer lugar, «eutanasia» significa provocar o adelantar la muerte, con el fin de suprimir el dolor de un paciente terminal o de una persona totalmente paralítica. Se trata de un verdadero homicidio, porque consiste en quitarle la vida antes de tiempo a una persona. Es un acto homicida, aunque se haga de buena fe. En sentido estricto, la palabra «eutanasia» se debería reservar sólo para este caso
Hay un segundo significado, que señala la interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados por obtener. Es lógico y legítimo negarse a tratamientos que, en realidad, sólo prolongan la agonía, y que constituyen un «encarnizamiento terapéutico». Con esta interrupción no se pretende provocar la muerte; más bien, se acepta no poder impedirla. En este segundo caso, en realidad no se debería hablar de «eutanasia» sino de «respetar el límite natural de la vida».
Y en tercer lugar, se entiende el uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, sin buscar la muerte del paciente, ni como fin ni como medio, sino solamente se acepta como prevista y se tolera como inevitable. A esta situación tampoco se le debería llamar «eutanasia», sino «cuidados paliativos». Para los cristianos, estos cuidados constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Y por esta razón deben ser alentados.
Entonces, para facilitar una muerte digna, es necesario no prolongar la vida más allá de su límite natural y, en cambio, hace falta dar mucha información sobre los cuidados paliativos, ya por temor a ser sometidos a sufrimientos innecesarios, algunos piden la «eutanasia». Si muchos supieran que se puede evitar tanto dolor, seguramente no hablarían de eutanasia.
Es lícito pedir morir dignamente, pero no solicitar que se adelante nuestra muerte.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Los mexicanos somos un pueblo que sabe convivir con la muerte, y hasta hacemos bromas y chistes sobre ella. Sin embargo, es apenas ahora cuando se ha empezado a tratar sobre el «momento de morir». Es decir, es reciente que los «tanatólogos» y los juristas se han planteado el debate sobre el bien morir.
Es muy importante en la vida de cada uno plantearse que llegará el momento final de nuestra existencia. A veces, por el temor a lo desconocido, por miedo al más allá, o por la falta de esperanza en el Premio eterno, no nos atrevemos a pensar en nuestra propia muerte. Ha llegado el momento de abordar con seriedad la realidad del momento de nuestra propia muerte y la de nuestros seres queridos. Lejos de toda morbosidad, pensar en este tema nos permitirá desarrollar, como nación, la cultura de una «muerte digna».
Por muerte digna nos referimos al derecho a una atención médica, psicológica y espiritual de las personas que están cercanas a su desenlace final, debido a una enfermedad terminal o a la vejez. En efecto, los agonizantes tienen derecho a una ayuda para morir con menos dolor, rodeados de la comprensión de sus familiares y de sus médicos, y animados con la esperanza de la Vida eterna.
Pero no va a ser fácil llegar a una cultura que permita establecer las condiciones de atención hospitalaria, de apoyo psicológico y, en muchos casos, de subsidio económico, necesarios para que cada uno pueda tener una muerte digna. Hay un gran obstáculo que lo va a impedir. Se trata de la confusión de términos y conceptos, que va a generar un debate ético, que retrasará esa cultura más humana.
La confusión proviene de que usamos una misma palabra —«eutanasia»— para designar hechos diferentes. En primer lugar, «eutanasia» significa provocar o adelantar la muerte, con el fin de suprimir el dolor de un paciente terminal o de una persona totalmente paralítica. Se trata de un verdadero homicidio, porque consiste en quitarle la vida antes de tiempo a una persona. Es un acto homicida, aunque se haga de buena fe. En sentido estricto, la palabra «eutanasia» se debería reservar sólo para este caso
Hay un segundo significado, que señala la interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados por obtener. Es lógico y legítimo negarse a tratamientos que, en realidad, sólo prolongan la agonía, y que constituyen un «encarnizamiento terapéutico». Con esta interrupción no se pretende provocar la muerte; más bien, se acepta no poder impedirla. En este segundo caso, en realidad no se debería hablar de «eutanasia» sino de «respetar el límite natural de la vida».
Y en tercer lugar, se entiende el uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, sin buscar la muerte del paciente, ni como fin ni como medio, sino solamente se acepta como prevista y se tolera como inevitable. A esta situación tampoco se le debería llamar «eutanasia», sino «cuidados paliativos». Para los cristianos, estos cuidados constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Y por esta razón deben ser alentados.
Entonces, para facilitar una muerte digna, es necesario no prolongar la vida más allá de su límite natural y, en cambio, hace falta dar mucha información sobre los cuidados paliativos, ya por temor a ser sometidos a sufrimientos innecesarios, algunos piden la «eutanasia». Si muchos supieran que se puede evitar tanto dolor, seguramente no hablarían de eutanasia.
Es lícito pedir morir dignamente, pero no solicitar que se adelante nuestra muerte.
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¿Libres de verdad?
Luis-Fernando Valdés
Hemos llegado a la madurez de la historia humana. Al menos eso nos quieren dar a entender muchos intelectuales. Y esta plenitud se manifestaría en que el hombre ya no está limitado por nada. Ni por reglas morales, pues cada uno escoge las que guste. Ni por la verdad, porque cada quien decide qué es lo verdadero. Así la libertad humana no tendría límites: ni el bien ni la verdad podrán impedir que cada uno haga lo que quiera.
Estamos como borrachos de libertad. Pero ¿esta libertad nos ha hecho más humanos? ¿Al vivir sin límites, somos más felices? ¿Sin reglas, somos más solidarios unos con otros?
Hay algo que no va bien.
Ya es parte de la mentalidad nuestra ser relativistas. Ya no aceptamos que alguien tenga la verdad, ni admitimos que alguien nos dicte criterios de comportamiento. Y, sin embargo, nuestra sociedad no es mejor, ni nuestras familias están bien, ni personalmente somos más felices. ¿Qué ha fallado?
Desde el siglo XVIII se nos ha insistido que creer en la verdad y aceptar reglas morales son límites a nuestra libertad. Bastantes pensadores nos dijeron que la verdad y la moral impedían el desarrollo personal y el progreso social. Y como nos urgía ser mejores y vivir muy bien, les hicimos caso.
Queríamos desarrollo personal, vivir sin traumas ni complejos. Y nos deshicimos de la ética, de las virtudes y de los reglas morales. Más todavía, armamos la guerra contra las instituciones que nos propusieran esos límites. Optamos por una educación totalmente laica, es decir, sin Dios, sin Iglesia, sin religión, sin tabúes, sin moralismos.
¿Qué obtuvimos a cambio? No conseguimos cónyuges fieles, ni hijos respetuosos, ni ciudadanos comprometidos, ni comerciantes justos, ni políticos honestos. Tampoco respetamos la vida humana, ni la que está por nacer ni la que está por terminar.
Deseábamos progreso social, y pagamos el precio de no tener límites, con la ilusión de salir de pobres. Y aceptamos que no existen reglas morales para la economía, y nos negamos a admitir que se pueda hablar de la verdad en política.
¿Qué obtuvimos a cambio? Vivimos sin límites: compramos mercancía robada, tenemos mercados de productos piratas, nos guiamos por el principio de que “el que no tranza no avanza”. Los alumnos copian los exámenes y las tareas. Para conseguir una victoria deportiva, nos podemos dopar. Ya decimos mentiras sin remordimientos, y tal vez no nos importa ya que nos engañen. Y llegamos a la conclusión de que la corrupción somos todos: “que no levante la mano, el que no quiera decir que nunca ha dado una mordida”. (Si usted alzó su mano, lo felicito).
Con esta liberación no nos hicimos más humanos, ni más ricos. Nos importa poco el sufrimiento de los otros. Nos quejamos de las guerras, pero no nos produce miedo ver homicidios en el cine. Al contrario, entre mayor sea el sadismo más disfrutamos. Ya superamos el tabú de la fidelidad: nos causan adicción las novelas que manejan triángulos amorosos: “si se aman, ¿qué tiene de malo?”. Además, sólo se enriquecieron unos cuantos, pero los demás no.
Hay algo que no va bien. Como se puede ver, para ser mejores personas y para conseguir el progreso social, la vía no es renunciar a la verdad ni eliminar la moral. Más bien, buscar la verdad y cultivar la virtud son un camino por explorar: probablemente por ahí consigamos vivir mejor y ser de verdad justos y solidarios.
Pero, ¿estamos dispuestos a pagar el precio? El costo de este cambio consiste en aceptar que es la verdad las que nos rige, y que no somos nosotros los que la construimos. ¿Qué prefiere usted: aceptar la verdad y nuestros límites, o seguir viviendo de la mentira y de la corrupción?
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Hemos llegado a la madurez de la historia humana. Al menos eso nos quieren dar a entender muchos intelectuales. Y esta plenitud se manifestaría en que el hombre ya no está limitado por nada. Ni por reglas morales, pues cada uno escoge las que guste. Ni por la verdad, porque cada quien decide qué es lo verdadero. Así la libertad humana no tendría límites: ni el bien ni la verdad podrán impedir que cada uno haga lo que quiera.
Estamos como borrachos de libertad. Pero ¿esta libertad nos ha hecho más humanos? ¿Al vivir sin límites, somos más felices? ¿Sin reglas, somos más solidarios unos con otros?
Hay algo que no va bien.
Ya es parte de la mentalidad nuestra ser relativistas. Ya no aceptamos que alguien tenga la verdad, ni admitimos que alguien nos dicte criterios de comportamiento. Y, sin embargo, nuestra sociedad no es mejor, ni nuestras familias están bien, ni personalmente somos más felices. ¿Qué ha fallado?
Desde el siglo XVIII se nos ha insistido que creer en la verdad y aceptar reglas morales son límites a nuestra libertad. Bastantes pensadores nos dijeron que la verdad y la moral impedían el desarrollo personal y el progreso social. Y como nos urgía ser mejores y vivir muy bien, les hicimos caso.
Queríamos desarrollo personal, vivir sin traumas ni complejos. Y nos deshicimos de la ética, de las virtudes y de los reglas morales. Más todavía, armamos la guerra contra las instituciones que nos propusieran esos límites. Optamos por una educación totalmente laica, es decir, sin Dios, sin Iglesia, sin religión, sin tabúes, sin moralismos.
¿Qué obtuvimos a cambio? No conseguimos cónyuges fieles, ni hijos respetuosos, ni ciudadanos comprometidos, ni comerciantes justos, ni políticos honestos. Tampoco respetamos la vida humana, ni la que está por nacer ni la que está por terminar.
Deseábamos progreso social, y pagamos el precio de no tener límites, con la ilusión de salir de pobres. Y aceptamos que no existen reglas morales para la economía, y nos negamos a admitir que se pueda hablar de la verdad en política.
¿Qué obtuvimos a cambio? Vivimos sin límites: compramos mercancía robada, tenemos mercados de productos piratas, nos guiamos por el principio de que “el que no tranza no avanza”. Los alumnos copian los exámenes y las tareas. Para conseguir una victoria deportiva, nos podemos dopar. Ya decimos mentiras sin remordimientos, y tal vez no nos importa ya que nos engañen. Y llegamos a la conclusión de que la corrupción somos todos: “que no levante la mano, el que no quiera decir que nunca ha dado una mordida”. (Si usted alzó su mano, lo felicito).
Con esta liberación no nos hicimos más humanos, ni más ricos. Nos importa poco el sufrimiento de los otros. Nos quejamos de las guerras, pero no nos produce miedo ver homicidios en el cine. Al contrario, entre mayor sea el sadismo más disfrutamos. Ya superamos el tabú de la fidelidad: nos causan adicción las novelas que manejan triángulos amorosos: “si se aman, ¿qué tiene de malo?”. Además, sólo se enriquecieron unos cuantos, pero los demás no.
Hay algo que no va bien. Como se puede ver, para ser mejores personas y para conseguir el progreso social, la vía no es renunciar a la verdad ni eliminar la moral. Más bien, buscar la verdad y cultivar la virtud son un camino por explorar: probablemente por ahí consigamos vivir mejor y ser de verdad justos y solidarios.
Pero, ¿estamos dispuestos a pagar el precio? El costo de este cambio consiste en aceptar que es la verdad las que nos rige, y que no somos nosotros los que la construimos. ¿Qué prefiere usted: aceptar la verdad y nuestros límites, o seguir viviendo de la mentira y de la corrupción?
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domingo, 11 de septiembre de 2005
Porque la familia importa
Luis-Fernando Valdés
Finaliza hoy un Congreso sobre la familia, celebrado en nuestra ciudad. Ha sido muy llamativa la asistencia de varios cientos de jóvenes, que desde el viernes pasado han participado en el evento. Y es lógico que sean los jóvenes los principales interesados, porque son ellos los que dentro de pocos años fundarán una familia.
La nueva generación necesita un modelo de familia, que sea su punto de referencia para formar un hogar. La verdad sobre la familia consiste en que un hombre y una mujer establezcan para siempre una alianza de amor, desde la que transmitan la vida y eduquen a sus hijos en el amor y la libertad.
Pero los jóvenes de hoy se enfrentan a una grave dificultad. Lejos de recibir un modelo claro y estable de familia, se ven atrapados ante debates y propuestas sobre lo que debe ser una familia. Y por si fuera poco, son inundados por encuestas, cuyos resultados nunca son unánimes sobre qué es la familia.
Vayamos al núcleo de este problema. Hoy no se busca ya cuál es la «verdad» sobre la familia, porque vivimos en un escepticismo cultural. Está muy arraigado en la mentalidad contemporánea que la verdad no se puede conocer. Y, por lo tanto, tampoco se puede saber cuál es el «modelo verdadero» de familia.
Y entonces el método que se nos propone es el de aceptar lo que sucede en la práctica. Si hay familias desunidas, o monoparentales, o niños abandonados, no se podría afirmar que están bien o que van mal, sino únicamente se podría decir: existen, de hecho se dan. Y la respuesta a qué es la familia, consistiría en afirmar que hay muchos modelos familiares.
Y ante esta multiplicidad de esquemas de familia sólo queda una vía: la del «consenso». Se trataría de ponernos de acuerdo y decidir qué queremos que sea la familia. A nombre del consenso, se ha aceptado que todos pueden aportar su propio concepto de familia, y que todas esas propuestas son igualmente válidas.
Quedan al descubierto los dos modos de pensar sobre este tema. Por una parte, tenemos a los que buscan un modelo, un ideal de familia, Y por otra, están los que proponen definir que es la familia en base a un consenso. ¿Cuál de las dos tiene razón?
Como siempre, en los clásicos encontramos luces para nuestra época. Los griegos tenían un modelo que apuntaba al ideal, a la excelencia sobre el hombre. Lo llamaban «paideia», y tenía como objetivo la «areté», es decir, buscar la acción más excelente.
Aunque los griegos fueron pioneros de la democracia, no establecieron el destino de la «polis» (la sociedad), en el consenso de la mayoría, sino en la «paideia», en un modelo elevado sobre el ser humano. Pusieron un ideal alto e intentaron alcanzarlo. Sin esta «paideia», no hubieran llegado a ser «los clásicos» de la humanidad.
Retomemos la pregunta, ¿cuál de los dos modelos de familia que se presentan ante los jóvenes de hoy tiene razón? La tiene el primero, porque cree en los jóvenes, que tienen la capacidad de alcanzar grandes metas, a pesar de las dificultades. En cambio, el segundo da por supuesto que los jóvenes no pueden conseguir un ideal, sino sólo resignarse a aceptar su débil condición humana sin buscar superarla.
Porque la familia importa, creamos en los jóvenes. Busquemos la «paideia». Y pongamos la familia basada en el matrimonio estable como una alta meta por alcanzar.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Finaliza hoy un Congreso sobre la familia, celebrado en nuestra ciudad. Ha sido muy llamativa la asistencia de varios cientos de jóvenes, que desde el viernes pasado han participado en el evento. Y es lógico que sean los jóvenes los principales interesados, porque son ellos los que dentro de pocos años fundarán una familia.
La nueva generación necesita un modelo de familia, que sea su punto de referencia para formar un hogar. La verdad sobre la familia consiste en que un hombre y una mujer establezcan para siempre una alianza de amor, desde la que transmitan la vida y eduquen a sus hijos en el amor y la libertad.
Pero los jóvenes de hoy se enfrentan a una grave dificultad. Lejos de recibir un modelo claro y estable de familia, se ven atrapados ante debates y propuestas sobre lo que debe ser una familia. Y por si fuera poco, son inundados por encuestas, cuyos resultados nunca son unánimes sobre qué es la familia.
Vayamos al núcleo de este problema. Hoy no se busca ya cuál es la «verdad» sobre la familia, porque vivimos en un escepticismo cultural. Está muy arraigado en la mentalidad contemporánea que la verdad no se puede conocer. Y, por lo tanto, tampoco se puede saber cuál es el «modelo verdadero» de familia.
Y entonces el método que se nos propone es el de aceptar lo que sucede en la práctica. Si hay familias desunidas, o monoparentales, o niños abandonados, no se podría afirmar que están bien o que van mal, sino únicamente se podría decir: existen, de hecho se dan. Y la respuesta a qué es la familia, consistiría en afirmar que hay muchos modelos familiares.
Y ante esta multiplicidad de esquemas de familia sólo queda una vía: la del «consenso». Se trataría de ponernos de acuerdo y decidir qué queremos que sea la familia. A nombre del consenso, se ha aceptado que todos pueden aportar su propio concepto de familia, y que todas esas propuestas son igualmente válidas.
Quedan al descubierto los dos modos de pensar sobre este tema. Por una parte, tenemos a los que buscan un modelo, un ideal de familia, Y por otra, están los que proponen definir que es la familia en base a un consenso. ¿Cuál de las dos tiene razón?
Como siempre, en los clásicos encontramos luces para nuestra época. Los griegos tenían un modelo que apuntaba al ideal, a la excelencia sobre el hombre. Lo llamaban «paideia», y tenía como objetivo la «areté», es decir, buscar la acción más excelente.
Aunque los griegos fueron pioneros de la democracia, no establecieron el destino de la «polis» (la sociedad), en el consenso de la mayoría, sino en la «paideia», en un modelo elevado sobre el ser humano. Pusieron un ideal alto e intentaron alcanzarlo. Sin esta «paideia», no hubieran llegado a ser «los clásicos» de la humanidad.
Retomemos la pregunta, ¿cuál de los dos modelos de familia que se presentan ante los jóvenes de hoy tiene razón? La tiene el primero, porque cree en los jóvenes, que tienen la capacidad de alcanzar grandes metas, a pesar de las dificultades. En cambio, el segundo da por supuesto que los jóvenes no pueden conseguir un ideal, sino sólo resignarse a aceptar su débil condición humana sin buscar superarla.
Porque la familia importa, creamos en los jóvenes. Busquemos la «paideia». Y pongamos la familia basada en el matrimonio estable como una alta meta por alcanzar.
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