jueves, 22 de marzo de 2012

Al combate de la pederastia


Conoce al Papa, n. 22
Luis-Fernando Valdés

La Iglesia católica ha tenido que enfrentar en la últimas décadas una dura crisis, provocada por la conducta de algunos clérigos que abusaron de menores y que fueron encubiertos por las autoridades eclesiásticas y –en ocasiones– también por las civiles. El Papa Benedicto ha tenido la valentía de enfrentar este grave problema, sin ocultar la verdad.

Benedicto XVI reunió a todos lo obispos de Irlanda,
para poner remedio al encubrimiento de abusos.
La crisis de los sacerdotes pederastas requiere de un enfoque ponderado, porque los eclesiásticos que han cometido este grave delito son una pequeña parte del clero mundial, y porque la Iglesia sí ha tomado muchas medidas tanto para buscar la erradicación de este problema, como para atender a la víctimas. [Ver dossier del Vaticano: “La respuesta de la Iglesia”]

La actual normativa de la Iglesia sobre el tema de los abusos sexuales a menores por parte de clérigos es muy estricta y está diseñada para ayudar a las víctimas. Pero es poco conocido que en la elaboración de estas normas el Card. Ratzinger tuvo un papel muy relevante.

El primer paso consistió en que el entonces Prefecto para la Doctrina de la Fe envió una carta, fechada el 19 de febrero de 1988, en la que alertaba que el sistema penal establecido apenas cinco años antes, en 1983, –debido a la complejidad de procedimientos requeridos– no facilitaba expulsar a los sacerdotes que fueran “culpables de graves y escandalosos comportamientos”.

A esta carta siguió una reforma en la Curia romana, el 28 de junio de 1988, en la que  establece claramente la jurisdicción penal exclusiva de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), respecto de los “delitos más graves cometidos contra la moral”, procediendo “a declarar o imponer sanciones canónicas a tenor del derecho”.

Luego el Card. Ratzinger tuvo otras dos intervenciones importantes. Una fue la preparación, hacia finales de los años noventa, de las Normas sobre los denominados “delicta graviora”, que tipificaron cuáles son los delitos contra la moral “particularmente graves”, y así se estableció que los casos de abusos a menores por parte de sacerdotes fueran de la exclusiva competencia de la CDF.

Y la segunda iniciativa del entonces Prefecto modificó el modo de la aplicación del derecho penal en la Iglesia, ya que solicitó del Papa facultades especiales que le permitieran intervenir por vía administrativa en este situaciones penales, ahorrándose así los largos procesos. [Ver: Juan Carlos Arrieta, Un papel determinante, 2.XII.2010]

Y ya como Pontífice, el Papa Ratzinger siguió esta misma línea de enfrentar directamente los abusos cometidos. Son muy significativas la suspensión del Padre Maciel, y la petición de la renuncia a varios obispos irlandeses, que se habían limitado a cambiar de parroquia a los clérigos pederastas, sin suspenderlos de sus funciones. [Ver mi dossier sobre la cobertura mediática del Papa y la pederastia]

Benedicto XVI ha tenido el valor de reconocer que esta crisis “no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, de una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia” (11.V.2010).

Ante esta claridad, las reacciones no se hicieron esperar y confirmaron la gran valentía del Papa. El vaticanista español, Miguel Mora, conocido por anticlerical, escribió que “cuando el escándalo de la ocultación de la pederastia clerical ha generado la peor crisis de la Iglesia católica en décadas, Ratzinger ha dado lo mejor de sí mismo y ha liderado, con un coraje y una ferocidad de gladiador solitario, impropios en un hombre de 83 años” (“El gladiador solitario”, 12.V.2010).

miércoles, 21 de marzo de 2012

Benedicto XVI y China: entre la persecución y el cisma


Conoce al Papa, n. 21.
Luis-Fernando Valdés


Benedicto XVI con algunos fieles chinos
en la plaza de San Pedro (5.V.2005).
China ha sido quizá el problema más duro para el Papa Benedicto. Perseguida desde 1952 por el régimen comunista, la Iglesia en China ha sufrido ataques continuos hasta el día de hoy. Esta cuestión ha sido una dura corona de espinas para el Santo Padre, porque la situación de los católicos chinos se mueve entre la represión a los católicos fieles a Roma y la formación de una Iglesia cismática.

Esta problemática es muy compleja, pero podría resumirse en que la Iglesia en China están dividida: por un lado, hay unas comunidades unidas al Papa, que son duramente perseguidas e incluso martirizadas hasta hoy; y, por otro, está la llamada “Iglesia Patriótica China”, promovida por el Gobierno chino.

En los años 50, fueron expulsado los Obispos y misioneros extranjeros, encarcelados casi todos los eclesiásticos chinos y muchos laicos, y cerradas las iglesias. Se creó la “Oficina para los Asuntos Religiosos y la Asociación Patriótica de los Católicos Chinos”, con el fin de controlar todas las actividades religiosas. En 1958, tuvieron lugar las dos primeras ordenaciones episcopales sin el mandato papal, dando lugar a un cisma “de facto”.

En el decenio 1966-1976, la Revolución Cultural, afectó violentamente a la comunidad católica. En los años 80, con Deng Xiaoping, comenzó un periodo de tolerancia religiosa con algunas posibilidades de movimiento y de diálogo, que permitieron la reapertura de algunas iglesias, de seminarios y de casas religiosas. [Ver: Nota explicativa de la Santa Sede, 27.V.2007].

A esto hay que añadir un complicada relación diplomática, pues el Vaticano no reconoce oficialmente a China desde 1951 y, en cambio, sí reconoce a Taiwán. El Partido comunista ha querido que se piense que el gran obstáculo entre China y el Vaticano es el reconocimiento de Taiwán; sin embargo, el gran problema es la ordenación de obispos sin el consentimiento de la Santa Sede. [Ver: Inma Álvarez, en “Alfa y Omega”, 6.I.2000].

El Papa Benedicto XVI envío una Carta a los católicos de China, el 27 de mayo de 2007. La misiva buscaba resolver el complejísimo problema la unidad entre los católicos clandestinos y los obispos patrióticos que recibieron la ordenación episcopal sin mandato pontificio y luego han buscado la comunión con Roma (n. 8). El Santo Padre les pedía a los primeros aceptar a estos segundos, lo cual no estuvo exento de incomprensiones.

Además, en ella Benedicto XVI manifestó su deseo sincero de diálogo entre la Santa Sede y el Gobierno chino para llegar a un acuerdo sobre el nombramiento de Obispos, el respeto de una auténtica libertad religiosa, y la normalización de las relaciones entre la Santa Sede y China. [Cfr. Nota explicativa, C].

En diciembre de 2010, la gubernamental Asociación Patriótica Católica China, se reunió para elegir sus representantes, y varios obispos fieles a Roma fueron forzados a asistir. Este episodio generó un nuevo distanciamiento entre el Vaticano y China.

La reacción del Papa fue muy pastoral, pues expresó su cercanía tanto a los obispos, a los sacerdotes y a todos los católicos “que experimentan dificultades en la libre profesión de su fe”, y les recordó a todos los católicos del mundo que “los fieles de allí tienen derecho a nuestras oraciones, necesitan nuestras oraciones” (Audiencia, 18.V.2011).

La cuestión Iglesia en China nos permite conocer la caridad pastoral del Papa, que busca –en medio de una batalla diplomática– tanto el reconocimiento de los católicos perseguidos, como la incorporación a la comunión eclesial de los obispos cismáticos que piden la reconciliación.

lfvaldes@gmail.com
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martes, 20 de marzo de 2012

Benedicto XVI, en diálogo con el Islam


Conoce al Papa, n. 20.
Luis-Fernando Valdés

Benedicto XVI rezando en la Mezquita Azul,
durante su viaje a Turquía en 2007.
En continuidad con Juan Pablo II, el Papa alemán ha puesto en práctica las orientaciones del Concilio Vaticano II sobre el diálogo con las religiones no cristianas. Respecto al Islam, este Concilio afirma que “la Iglesia mira también con aprecio y los musulmanes que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todo poderoso” e invita a que “olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres” (Nostrae Aetate, n. 3).

Y esta ha sido la tarea de Benedicto XVI, que ha tenido diversos encuentros con las comunidades musulmanes de Colonia, Alemania, Roma y Amman (Jordania), entre otras. Además que se ha reunido con los principales líderes religiosos islámicos en la diversas Jornadas Mundiales de la Paz, en Asis (Italia).

Sin embargo, a pesar de tantas muestras te concordia, ante la opinión pública se magnificó un triste malentendido, conocido como el “Discurso de Ratisbona”, ocurrido durante el viaje de Benedicto XVI a su natal Baviera, cuando el Papa pronunció una lección magistral en su antigua Universidad (12.IX.2006).

El texto académico tocaba el tema de la religión y la razón. Y el Papa utilizó una cita del emperador Manuel II, en la que éste reclama a un interlocutor musulmán, que el Islam era impuesto por medio de la espada.

Pero esta cita fue malinterpreta en el mundo musulmán, en donde se llevaron a cabo numerosas manifestaciones de protesta. Por eso, días después, Benedicto XVI aclaró que “lamentablemente, esta cita ha sido considerada en el mundo musulmán como expresión de mi posición personal, suscitando así una comprensible indignación”. Y manifestó su deseo de “que el lector de mi texto comprenda inmediatamente que esta frase no expresa mi valoración personal con respecto al Corán, hacia el cual siento el respeto que se debe al libro sagrado de una gran religión”. (Cfr. Discurso, 12.IX.06, nota 3).

Y un tres meses después, el Santo Padre visitó Turquía y  ahí mostró con hechos este respeto hacia el Islam. En la Mezquita Azul, uno de los principales lugares de culto musulmán en ese país, Benedicto XVI meditó con los ojos cerrados y las manos juntas durante un minuto, mirando hacia la Meca. Esta señal fue tomada como muestra de reconciliación. El New York Times calificó este viaja como exitoso. Y el periódico Hurriyet, el mismo que criticó duramente aquel discurso, aseguró que el Pontífice es un personaje simpático a los ojos de la población turca.

A pesar de todo, el Discurso de Ratisbona fue escuchado con sinceridad por muchos intelectuales musulmanes, que deseaban dialogar con el cristianismo. Exactamente un año después, el 13 de octubre de 2007, 138 musulmanes firmaron una carta titulada Una palabra común entre nosotros y ustedes, en la que exponían que el amor es el principio común entre ambas religiones.

El Papa respondió a este mensaje durante un discurso en la Mezquita de Amman, en 2009, donde explicó que “la reciente carta ‘Una palabra común’, […] se hacía eco de un tema similar al que afronté en mi primera encíclica: el vínculo inquebrantable entre el amor a Dios y el amor al prójimo, así como la contradicción fundamental de recurrir a la violencia o a la exclusión en nombre de Dios” (Discurso, 9.V.2009).

Así podemos ver una vez más, el exquisito respeto del Benedicto XVI por las creencias de los musulmanes, que ellos mismos han sabido valorar; y también constatamos su facilidad de diálogo para tender puentes con la religión islámica.

lunes, 19 de marzo de 2012

El difícil caso de los lefebvrianos


Conoce al Papa, n. 19.
Luis-Fernando Valdés


Benedicto XVI ha mostrado que es un Pastor con gran decisión para abordar los problemas más espinosos que aquejan a la Iglesia. Pero ya desde su época como Prefecto de la Doctrina de la Fe, el Card. Ratzinger había recibido de Juan Pablo II encargos muy complicados, como el diálogo con los lefebvrianos.

Esta historia comienzó en 1969, cuando el obispo francés Marcel Lefebvre fundó la Fraternidad sacerdotal San Pío X. Se trata de una asociación tradicionalista de sacerdotes que pone en duda que sea obligatorio aceptar algunos puntos del Concilio Vaticano II, especialmente la reforma litúrgica y el ecumenismo (cfr. Rome Reports, 6.X.2011).

La relación entre esa Fraternidad y la Santa Sede siempre fue tensa. Pero empeoró cuando en 1988, Mons. Lefebvre ordenó a 4 obispos sin el permiso pontificio, lo cual es castigado con excomunión “latae sententia” (por el hecho mismo de cometer ese delito). Y así se produjo un cisma, pues los nuevos obispos ya no estaban en comunión con el Papa.

De inmediato, Juan Pablo II designó al Card. Joseph Ratzinger para dialogar con Mons. Lefebvre, pero no se logró devolverlo a la unidad. Después, el Papa polaco creó la Comisión “Eclesia Dei” para dialogar con esta Fraternidad cismática, y algunos de ellos volvieron a la unidad con el Romano Pontífice.

Desde su elección en 2005, Benedicto XVI ha tenido, como un tema importante de su Pontificado, facilitar la vuelta de los lefebvrianos. Con tal de lograr esta unidad, el Santo Padre ha tenido muchos gestos de complacencia con ellos, los cuales, en la mayoría de los casos, no han sido devueltos por los lefebvrianos (cfr. Pablo Blanco, El Papa alemán, p. 457).

En 2007, se reanudaron las conversaciones entre la Comisión “Ecclesia Dei” y los lefebvrianos, y se elaboró un documento conjunto para establecer las condiciones, bajo las cuales la Fraternidad volvería a ser aceptada en la Iglesia, y que ponía el 30 de junio de 2008 como límite para que los lefebvrianos dieran su respuesta… la cual nunca llegó.

Mons. Richard Williamson era anglicano,
y pasó directamente a lefebvriano,
sin ser nunca católico romano.
Benedicto XVI buscó tener un gesto más de amabilidad y levantó la excomunión de aquellos cuatro Obispos, el 21 de enero de 2009. Pero ese mismo día, la televisión sueca transmitió por primera vez una entrevista con Richard Williamson, filmada en diciembre de 2008, en la que este obispo lefebvriano minimizaba el Holocausto (cfr. Peter Seewald, La luz del mundo, p. 135 nota 1). La reacción de la prensa fue inmediata. Y el Gran Rabinato de Israel rompió relaciones con el Vaticano; aunque esta tensión se arreglaría con el viaje del Papa a Tierra Santa en mayo de ese año.

Respecto a las declaraciones negacionistas o reduccionistas de la Shoah, por parte Williamson, el Vaticano emitió un comunicado que las calificaba como “absolutamente inaceptables y firmemente rechazadas por el Santo Padre”, y aclaraba que eran “desconocidas por el Papa en el momento de la remisión de la excomunión” (cfr. El Papa alemán, p. 459).

A pesar de las continuas negativas de la Fraternidad San Pío X, el Santo Padre sigue buscando la unidad, y les ha ofrecido generosamente volver a la Iglesia católica si aceptan una lista de puntos doctrinales. Su futuro dependerá de si ellos lo aceptan o no.

Este cisma nos ha permitido observar la profunda caridad pastoral de Benedicto XVI, pues el Papa ha buscado este diálogo pensando siempre en el bien espiritual –en la vuelta a Casa– de las más de 500 mil personas que, de buena voluntad, pertenecen a este movimiento.

domingo, 18 de marzo de 2012

La “República laica” a debate


Año 8, número 358

Luis-Fernando Valdés

Se acaban de aprobar dos reformas a la Constitución mexicana, en materia religiosa. Los artículos 24 y 40 ha sido modificados para garantizar el Estado laico y la libertad religiosa. Las reacciones no se han hecho esperar: algunos dicen que se traicionó el laicidad del País, y otros afirman que la libertad de religión no quedó plenamente garantizada. Pero, ¿exactamente en qué consisten realmente estos cambios en la Ley fundamental?

Las Comisiones que aprobaron la propuesta de modificación
a los artículos 24 y 40 de nuestra Constitución.
Primero las Comisiones de Puntos Constitucionales y Estudios Legislativos aprobaron la reforma del art. 40 y, una vez aprobada esta modificación al dictamen de reforma, los senadores iniciaron la discusión de la reforma al art. 24, que habla sobre las libertades religiosas. [Noticia]

La reforma del art. 40 añade la palabra “laico” como una de las características del concepto de República mexicana. Actualmente, este artículo dice literalmente: “es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa, democrática, federal, compuesta de estados libres y soberanos […] pero unidos en una federación […]”. La modificación establece que ahora México es también una “República laica”.

Hoy día la separación entre Iglesias –en plural– y Estado mexicano es capital para garantizar la libertad religiosa de todos los ciudadanos: tanto los creyentes como los no creyentes. Sin embargo, todavía no es común entender la laicidad del Estado como garantía para libertad de las conciencias.

Esta falta de comprensión del Estado garante de todas libertades personales se puede apreciar en la exposición de motivos para esta reforma constitucional, como la minuta presentada el 24 de abril de 2008, en la que se lee lo siguiente:

“El orden político debe tener la libertad para elaborar normas colectivas sin que alguna religión o convicción particular domine el poder civil y las instituciones públicas. La autonomía del Estado implica entonces la disociación entre la ley civil y las normas religiosas o filosóficas particulares”.

En otras palabras, el término “laico” significaría que las Iglesias o grupos civiles no pueden interferir con el proceso legislativo de la Cámaras, cuando no estén de acuerdo con una ley. Pero esto es antidemocrático, pues en una Democracia todos pueden expresar sus convicciones y pedir que sean incluidas en la ley.

En esa misma minuta del 2008, se propone que “el principio de la laicidad debe ser en consecuencia rector en los debates en torno a diferentes cuestiones que ponen en juego la representación de la identidad nacional, las reglas de salud pública […]”.

Si esto fuera el principio interpretativo del adjetivo “laico”, la ley estaría diciendo que la religión no puede ser un elemento de identidad nacional; pero no es lo mismo “católico” que “religioso”. Seguramente muchos fieles de otras confesiones se alegrarían de que la Constitución reconozca que la mayoría de los mexicanos creen en un Ser superior.

Además, menciona explícitamente la “salud pública”, con lo cual excluiría la voz de las grupos de creyentes en los temas de aborto, eutanasia, células madre, etcétera. Y esto se opone a la libertad opinión y de expresión.

Nos alegramos con la denominación “república laica”, siempre y cuando esta definición quiera decir que el Estado no adopta una religión o una ideología, con la finalidad de que cada ciudadano pueda escoger y ejercer su propia creencia, sin ser presionado por nadie. Sin embargo, debemos seguir pendientes para que “estado laico” no signifique una exclusión de la esfera religiosa en el ámbito social y público.