Año 10, número 471
Luis-Fernando Valdés
La prestigiosa
Universidad de Harvard permitió la celebración de una misa negra
en su campus. Aunque finalmente ésta no se llevó a cabo, queda flotando una
pregunta: ¿la tolerancia cultural da derecho a atropellar la sensibilidad
religiosa?
Drew Gilpin Faust |
Un grupo satánico,
llamado el “El Templo Satánico”, iba a celebrar una misa negra el pasado 12 de
mayo en el Club de Estudios Culturales de Havard, como parte de una serie de
exploraciones de las diversas culturas religiosas. (Mundo
Cristiano, 9 mayo 2014)
La noticia causó
mucho revuelo, porque una misa negra ofende a los católicos. En efecto, se
trata de una ceremonia que, emulando la Misa Católica y denigrando los
elementos que esta contiene, rinde culto a Satanás y a los demonios.
Las misas negras
–relacionadas con el ocultismo, el esoterismo y la magia negra– con frecuencia involucran la profanación de la
Eucaristía, pisoteada, mezclada con drogas o incluso usada en actos sexuales.
En otros casos, presentan sacrificios rituales de animales o de bebés. (Aciprensa,
9 mayo 2014)
La reacción del
Obispo de Boston, Mons. Sean Patrick O’Malley, consistió tanto en llamar a los creyentes y personas de buena
voluntad a orar por los involucrados en ese evento como en pedir a la
universidad que se desvinculara de la actividad.
Por su parte, la
Presidenta de Harvard, Drew Faust, prefirió mantenerse en la ambigüedad. Pues,
aunque reconoció que ese evento era una agresión “aborrecible” contra los
católicos, no prohibió el evento a nombre de respetar la libertad de expresión
de los alumnos.
Así, Ms. Faust
–que no es católica– mientras anunció que participaría en la Hora Santa que los
católicos organizaron como desagravio, a la vez expresó que: “la libertad de expresión (…)
protege no solo la libertad de pensamiento de aquellos con los que están de
acuerdo con nosotros sino también el pensamiento que odiamos”. (Aciprensa, 12 mayo 2104)
La postura de la
Presidenta da mucho que pensar. Para ella, la libertad de expresión es un valor
supremo, superior a todos, incluidos el respeto de las religiones y de la
sensibilidad de las personas: en otra palabras, esta libertad está incluso por
encima de la dignidad de las personas.
La dignidad humana
–ese principio real por el cual todo ser humano merece respeto– es la base de
todas las libertades. Y por esa razón, toda libertad tiene un límite, pues no
puede pasar por encima del respeto a las personas que es la base de las
libertades.
Para ilustrar que
la dignidad de las personas es el punto de referencia primero (y no la
libertad, como señala Drew Faust), resultan interesantes los argumentos esgrimidos
por Mark Tooley, el
presidente del Instituto de Religión y Democracia (IRD).
Tooley, cuestionó
irónicamente si el grupo organizador, el Club de Estudios Culturales de Harvard
“¿acaso recrearía un sacrificio humano ritual azteca en su exploración
expansiva de distintas culturas? ¿O de repente podrían presentar a algunos sati
quemando viva a una viuda reciente en homenaje a una diosa hindú? ¿Por qué no
sacrificar niños a Moloch para comprender mejor las costumbres cananeas?”
(Ibidem).
Como apunta el
periodista Michael Cook, la postura de Harvard no se sostiene, pues con toda
seguridad Ms. Faust no permitiría de ningún modo la quema de ejemplares del
Corán, ni la lectura pública de “Mi lucha” de Hitler, ni un desfile del
“orgullo homofóbico” (cfr. MercatorNet.com
13 mayo 2014).
Esto muestra que
la dignidad de las personas y de su sensibilidad religiosa son un valor
objetivo y universal. Por eso, a nombre del diálogo o de la tolerancia no se
puede atropellar a las religiones.
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