viernes, 6 de octubre de 2017

Solidaridad momentánea

Año 13, número 648
Luis-Fernando Valdés

Después de las grandes muestras de apoyo humanitario por los recientes cataclismos, la solidaridad tenderá a disminuir. ¿Qué necesitamos para que la solidaridad sea, de modo constante, parte de nuestra vida diaria? 

Solidaridad: la ayuda médica y asistencial en un
albergue de la Ciudad de México.
1. Una necesidad actual.  Las sismos y huracanes de México y el Caribe nos han mostrado el rostro de la solidaridad, pues observamos a millares de personas dando su tiempo y compartiendo sus bienes, para rescatar y ayudar a las víctimas. Sin embargo, esos momentos especiales no hacen que desaparezca la realidad de la crisis social contemporánea, llena de dificultades económicas, financieras y laborales.
Además, la política, la democracia y la participación ciudadana no viven su mejor momento, y tampoco han sido capaces de solucionar la migración forzada, el tráfico de personas, las hambrunas y las guerras. Por eso, la solidaridad realmente está lejos de ser un elemento central de nuestra civilización.

2. Un aniversario importante.  En este año se cumplieron 50 años de la encíclica “Populorum Progressio” (1967) de Pablo VI, quien se adelantaba a su tiempo pues proponía un modelo de ética social para un mundo que estaba a punto de convertirse –en palabras de Marshall McLuhan– en una “aldea global”. Ese documento proponía una renovada formulación del principio de interdependencia planetaria y del destino común de todos los pueblos de la Tierra.
Para continuar el impulso de esta encíclica profética, la Congregación para la Educación Católica acaba de publicar un documento titulado “Educar en el humanismo solidario” (22 sept. 2017), que ofrece un programa “al servicio de un nuevo humanismo, donde la persona social se encuentra dispuesta a dialogar y a trabajar para la realización del bien común” (n. 7).

3. ¿Por qué hay que educar hoy en la solidaridad?  Como señala el documento, resulta paradójico que el hombre contemporáneo “haya alcanzado metas importantes” en el conocimiento de la naturaleza, la ciencia y la técnica, pero, a la vez, carezca de una “programación para una convivencia pública adecuada, que haga posible una existencia aceptable y digna para cada uno y para todos” (cfr. n. 6).
Y, si añadimos el amplio panorama de injusticias sociales, vemos que es necesario un modelo educativo que no sólo desarrolle habilidades intelectuales y físicas, sino que permita que el “humanismo solidario” se arraigue en el modo de ver la vida y de actuar de toda una sociedad, que hoy está marcada por el individualismo.

4. ¿En qué consiste el humanismo solidario?  En la presentación del documento,  Mons. Angelo Vincenzo Zani, secretario de esa Congregación vaticana expuso los resultados que buscan obtener. El primero es la “inclusión”, que permita a cada ciudadano –y no sólo a algunos­– se sienta partícipe activo en la construcción de la nueva cultura solidaria.
El segundo es conseguir una “ética inter-generacional”, es decir que la generación actual comprenda que “construir el bien común, que no sólo involucra a los contemporáneos”, sino también a los ciudadanos de las futuras generaciones. Y el tercero consiste en proponer a las universidades que añadan a su función de enseñanza e investigación, la dimensión de la apertura a la sociedad y a sus problemáticas.

Epílogo. Es maravilloso que prácticamente todos seamos solidarios en los momentos de catástrofes naturales, pero también deberíamos serlo ante las imperceptibles crisis sociales, económicas y morales.
Necesitamos pasar de la “solidaridad de emergencia” a la “cultura de la solidaridad”. Pero este cambio sólo vendrá si hay un cambio de modelo educativo basado en el “humanismo solidario”, que forje una nueva mentalidad, ya que “las formas de pensar influyen en las formas de actuar” (Francisco).



sábado, 30 de septiembre de 2017

Epidemia de “noticias falsas”

Año 13, número 647
Luis-Fernando Valdés

Cada vez circulan más “noticias falsas”, que afectan a todo: desde política hasta los recientes los sismos. ¿Se pueden evitar? ¿Qué podemos hacer los lectores?

La solución a las noticias falsas ('fake news')
consiste en que aprendamos a ser lectores exigentes.
(Foto: entrepreneur.com)
1. Redes sociales, un nuevo medio de información.  La consolidación de las redes sociales ha cambiado nuestro modo de acceder a la información, porque hoy cualquier persona puede ser la fuente noticiosa.
Este nuevo paradigma ha contribuido a tener noticias de cualquier parte del mundo o de una misma ciudad, de cualquier situación: desde un premio escolar hasta una persona bajo los escombros de un sismo.

2. Las “noticias falsas” afectan la vida pública.  Las “noticias falsas” no tienen nada que ver con las bromas que circulan por las redes; más bien, se trata de “una deformación instrumental de los hechos, que puede repercutir en las conductas individuales y colectivas”, según las describe un boletín reciente del Vaticano. (News.va, 29 sep. 2017)
Un ejemplo claro y reciente de esa deformación de los hechos sucedió durante la campaña previa las elecciones presidenciales en Estados Unidos. En su momento, New York Times publicó que dos jóvenes (uno en Canadá y el otro la Rep. de Georgia) descubrieron que la “tendencia voraz” por las noticias políticas tendenciosas era una fuente para disparar las ventas de publicidad.
Las noticias falsas generadas por ellos –y por otros más– fueron recogidas por algunos medios, como un reportaje falso titulado “Ya basta, liberales… Hillary perdió el voto popular por varios millones. Aquí les diremos por qué”. (NYT, 30 nov. 2016)

3. El terremoto en México y las falsas noticias. Durante los días siguientes al sismo que afectó gravemente a la Ciudad de México, dio la vuelta al mundo la supuesta noticia de una niña llamada Frida Sofía, que seguía viva debajo de los escombros de su escuela. Después de 24 horas de cobertura noticiosa, se supo que esa niña nunca existió. (Milenio, 21 sep. 2017)
De igual manera, en las horas posteriores al terremoto circularon noticias de que la ONU anunciaba que estaba por ocurrir un sismo mucho mayor, de que el gobierno había dado indicaciones de utilizar maquinaria pesada en los derrumbes donde todavía había personas vivas. (Milenio, 22 sep. 2017)

4. Lectores exigentes.  Hasta ahora los usuarios de las redes sociales estamos felices de la facilidad para transmitir una noticia por nosotros mismos, pero sin reparar que no todo lo que se difunde en las redes corresponde completamente con los hechos.
Sin embargo, ante la facilidad de difusión de noticias, la gran mayoría de los receptores han reaccionado con mucha credulidad. Por eso, el gran remedio contra las noticias falsas es que cada uno nos propongamos ser lectores más críticos.
Debemos contribuir a que se forme una nueva cultura de lectores exigentes. Así, antes de dar por buena una noticia y de difundirla (“retuitiarla”, “compartirla”, “hacerla viral”), primero debemos verificar la fuente: si proviene de un testigo real o “lo escuche en la calle”; segundo, confirmar la noticia, utilizando los buscadores de internet, y tercero, tener el sentido común de dudar de las noticias alarmantes, como: “ya viene el fin del mundo”, “está a punto de iniciar una guerra mundial”, etc.

Epílogo.  Las redes sociales han democratizado la información, porque cualquier persona puede generarla y difundirla; también han contribuido a que se conozcan los hechos con rapidez y con un gran alcance. Como reverso de la moneda, siempre circularán noticias falsas con apariencia de ser verdaderas.
Por eso, no podemos delegar en otros nuestra responsabilidad de ser lectores exigentes, ni podemos quedarnos tranquilos con culpar a los medios de difundir información falsa, porque en esta nueva época de la comunicación instantánea todos tenemos la oportunidad de verificar las fuentes, confirmar las noticias y utilizar nuestro sentido común.


viernes, 22 de septiembre de 2017

Sismo en México, ¿dónde estaba Dios?

Año 13, número 646
Luis-Fernando Valdés

#FuerzaMéxico. Gracias a todos, en México y el Mundo, por su solidaridad ante esta tragedia.

Ante la gran tragedia del sismo en México, viene la gran pregunta: si Dios cuida o no a la gente. Para los creyentes, la cercanía de Dios fue perceptible mediante diversos signos de los que fui testigo.


1. Una misma fecha, diferentes efectos.  Vivo en la Ciudad de México y me tocó sentir el impresionante sismo del pasado 19 de septiembre, aniversario de aquel otro terremoto de 1985. Pero ahora la situación fue diferente, pues estábamos mejor preparados para una emergencia de esta magnitud.
A las 11:00 horas hubo un gran simulacro, como se hace cada 19 de septiembre; pero dos horas después vino el temblor real. Los simulacros realizados cada año, la señalación tanto de salidas de emergencia como de puntos de reunión seguros, realmente ayudaron a mitigar el caos generado por el movimiento de suelos y edificios.
Además, las normativas de construcción que se implementaron desde 1985, también jugaron un papel importante. La BBC estima que en aquella tragedia murieron unas 10 mil personas, unas 68 mil resultaron heridas y 30 mil edificios fueron afectados. Ahora, murieron 148 personas en la ciudad de México (y otras 138 en los estados de Morelos y Puebla), se colapsaron 40 edificios, y el Excelsior calcula que 2,400 edificios quedaron severamente dañados. Las cifras son altas, pero la diferencia entre ambos sismos es enorme.

2.  Una solidaridad trepidante.  En todo el mundo se han transmitido imágenes de la ayuda humanitaria que por toneladas se han enviado a las zonas afectadas por el sismo: agua, comida, ropa, herramientas. Además, el gobierno local ha facilitado el transporte público y el acceso a los hospitales públicos.
Miles de personas, especialmente los jóvenes, espontáneamente ha acudido a prestar ayuda en las labores de rescate y de atención a los damnificados. Yo mismo he visto acudir a centenares de alumnos de la Universidad Panamericana, de la cual soy capellán y profesor, como voluntarios a diversos puntos de la Ciudad de México y del estado de Morelos. También soy testigo de la enorme red de ayuda de la Iglesia Católica que, mediante las parroquias y decanatos, ha facilitado víveres y albergues.

3. La cercanía de todo el mundo.  La solidaridad no se redujo a la ayuda económica, sino que también se manifestó en los sentimientos de apoyo y de cercanía, junto con las miles y miles de plegarias por los difuntos y por los necesitados.
Los mensajes de grandes personajes, como el Papa Francisco, de presidentes y primeros ministros, de artistas y empresarios, nos dieron el consuelo de saber que no estamos solos en esta tragedia, y nos ayudaron a ver que todavía hay mucha bondad en nuestro mundo.

Epílogo.  Los cataclismos son fenómenos que responden a leyes naturales, no a castigos divinos. En esas tragedias, Dios cuida ordinariamente a los hombres mediante nuestro propio ingenio y responsabilidad, que –en este caso– nos permitieron desarrollar una cultura de prevención que evitó una tragedia más grande.
 Pero Dios nos atiende especialmente mediante el sentimiento de solidaridad que Jesucristo, Dios hecho hombre, ha sembrado en los corazones con su ejemplo y sus enseñanzas: “ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22,39), “trata a los demás como quieres que ellos te traten a ti” (Mateo 7,22), y dale dar de comer al hambriento y techo al desamparado (cfr. Mateo 25, 31-46). Por la fe, sé que Dios estuvo presente durante el sismo, en el rostro y las manos de quienes prestaron ayuda.