domingo, 25 de abril de 2010

Colaborar con la verdad

Luis-Fernando Valdés

Hace cinco años, contemplaba emocionado la Misa del Solemne Inicio del Pontificado de Benedicto XVI. Era de madrugada en el tiempo de nuestro País. Salió el sol y, en el ejemplar del periódico "a.m." de esa mañana, pude contemplar impreso un artículo mío sobre el sobre el recién elegido Pontífice. Que lejos estaba de pensar que cinco años después, el Papa Ratzinger iba a estar en el ojo del huracán.

Recién fallecido Juan Pablo II, un amigo me invitó a un programa de radio en Querétaro, dónde yo vivía en ese momento, para hablar de la figura y mensaje del Papa polaco. Mi participación se repitió con motivo del Cónclave, y como yo había saludado alguna vez al entonces Card. Ratzinger, en la universidad española en la que yo estudiaba el doctorado en Teología, me convertí en el “experto” sobre el tema.

He de decir que durante los dos años previos a estos episodios, había estado leyendo de modo sistemático varios libros de Joseph Ratzinger: en cierto modo, se justificaba mi calidad de “experto” en el tema.

Por estos dos factores y una buena casualidad, fui invitado a para escribir, en un periódico de Querétaro, un artículo en el que explicara quién era el nuevo Pontífice. En esa colaboración, salí al paso de los “mitos” sobre el recién elegido, como su supuesto pasado nazi.

Y a esta entrega siguieron cuatro o cinco más, explicando el pensamiento del Papa alemán. Y a partir de entonces, gracias a los lectores, ese espacio se convirtió en la columna “Fe y razón”. Confieso que llegue a pensar que pronto ya no tendría temas para escribir sobre el Papa… pero, semana a semana, no han faltado noticias sobre el Pontífice, ni oportunidades para comentar aspectos de su pensamiento.

Después de cinco años de presentar a los lectores sus viajes, de comentar sus encíclicas y discursos, y de analizar con detalle las polémicas, se confirmó en mí la percepción inicial que tuve de aquel Cardenal con el que conversé en castellano.

Cuando terminó aquella breve presentación, al contemplar la sencillez y afabilidad del quizá mejor teólogo de la segunda parte del siglo XX, al sentir su mirada amable y escuchar su voz suave y pausada, pensé: “yo quisiera ser su amigo”. Y hoy sigo deseándolo, quizá con mayor ilusión.

Hay un pasaje de sus memorias que me impresionó mucho, y que ha sido uno de mis puntos de inspiración en mi labor como docente universitario de Teología. Ahí el Profesor Ratzinger cuenta que escogió como lema episcopal una palabras de la tercera epístola de San Juan: “colaborador de la verdad”. Y su trayectoria intelectual y vital confirman que así ha vivido.

Benedicto XVI ha resultado un Papa “incómodo” porque no ha dudado en denunciar que “en el mundo de hoy el argumento de la ‘verdad’ ha casi desaparecido”, pero “si no existe la verdad todo se hunde”. Y, con una gran talla intelectual, ha explicado una vez y otra que la mente humana sí puede conocer la verdad, y que por eso el hombre puede y debe orientar su vida hacia esa verdad.

Han pasado cinco años, en una continua apología por el Papa, que nunca ha sido artificiosa, sino que ha surgido con naturalidad, pues sólo he expuesto los hechos, que por sí solos muestran su gran talla moral e intelectual. Ojalá también esta columna mía amerite ser llamada “colaboradora de la verdad”.

Después de haber seguido de cerca su pontificado, he visto a un Papa que no ha tenido miedo de la verdad sobre los errores de la Iglesia; he contemplado a un Pontífice que no se ha desmoralizado ante una opinión pública hostil. Habemus Papam!

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domingo, 18 de abril de 2010

Dictadura sutil

Luis-Fernando Valdés

El Papa celebró su cumpleaños 83 entre el acogimiento de los católicos y la dura campaña de desprestigio de algunos medios. Este fin de semana, Benedicto XVI inició un viaje apostólico a la Isla de Malta, y no faltaron protestas y manifestaciones de algunos lugareños. ¿Qué hay en el fondo de esta crisis mediática?

Atravesamos por una “histeria mediática” (Diego Contreras), que consiste en sacar en la prensa únicamente los casos de pederastia atribuidos a sacerdotes, de modo que se relacione en la mente del lector o espectador a la Iglesia con los abusos sexuales a menores.

Los sociólogos llaman “pánico moral” a la presentación de problemas sociales existentes desde hace decenios como si fueran nuevos, con datos exagerados que se repiten sistemáticamente (Massimo Introvigne).

Estos fenómenos de comunicación de masas producen un efecto casi invisible: la desconfianza en la religión, la cual es la principal fuente de esperanza de los seres humanos. Los causantes de esta crisis están –consciente o inconscientemente– reproduciendo lo que la Alemania nazi o la Rusia comunista intentaron por todos los medios: eliminar a Dios.

Estos sistemas totalitarios persiguieron a la religión para que el hombre se olvidara de Dios, y pusiera su esperanza en el Tercer Reich o en el Paraíso del proletariado. Hoy sucede lo mismo, pero con una nueva versión: que la esperanza se ponga en la ciencia, en la riqueza, en una vida placentera…

En una homilía reciente, el Santo Padre puso de relieve que las dictaduras siempre han sido contrarias a la obediencia a Dios. “La dictadura nazi, así como la marxista, –dijo– no pueden aceptar a un Dios por encima del poder ideológico”.

Y explicó que hoy existen formas sutiles de dictaduras: “Un conformismo, por lo que se vuelve obligatorio pensar como piensan todos, actuar como actúan todos, y las agresiones sutiles o menos sutiles contra la Iglesia, demuestran cómo ese conformismo puede realmente ser una verdadera dictadura”.

El Papa explicó que la causa de estas dictaduras consiste en que el hombre toma el lugar de Dios y termina por eliminar al hombre. Recordó que se habla a menudo de la plena autonomía del hombre y, por tanto, de liberarse de Dios. “Pero esta autonomía –afirmó– es una mentira. Una mentira ontológica, porque el hombre no existe por sí mismo y para sí mismo. Es una mentira política y práctica, porque la colaboración y el compartir libertades son necesarios y si Dios no existe, si Dios no es una instancia accesible al hombre, queda como suprema instancia sólo el consenso de la mayoría”.

Pero esa opinión mayoritaria se convierte en un instrumento contra el hombre. El Pontífice advirtió que entonces “el consenso de la mayoría se vuelve la última palabra a la que debemos obedecer y este consenso –lo sabemos por la historia del siglo pasado– puede ser también un consenso del mal. Así vemos que la denominada autonomía no libera al hombre”.

Esta crisis mediática busca desprestigiar a la Iglesia, para que su peso moral no siga denunciando los grandes crímenes de nuestra civilización: aborto, eutanasia, corrupción, hedonismo… Como lo intentó Hitler, como lo buscó Stalin.

La lección de la Historia es importante. Cuando el ser humano pone su esperanza de plenitud, de felicidad, de superar el mal y de encontrar sentido, únicamente en un sistema intramundano, el resultado siempre es el mismo: el hombre atropella al hombre. La esperanza que no falla es la fe sobrenatural, pues es la única que libera al hombre al unirlo a Dios.


Correo: lfvaldes@gmail.com

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Para entender la crisis mediática de la Iglesia

Como material adicional a mi columna de hoy domingo, 18 de abril de 2010, les sugiero que vean los siguientes artículos:


domingo, 11 de abril de 2010

El Papa en la mira



Luis-Fernando Valdés

La agencia “Associated Press” (AP) acaba de publicar una carta del entonces Card. Ratzinger en la que supuestamente postergaba la remoción del ministerio al pederasta Stephen Kiesle. Esta nota dio la vuelta al mundo ayer, y ha dejado un halo de sospecha sobre Benedicto XVI. Pero ¿el actual Papa defendió realmente a un pedófilo?

Veamos primero la historia de este suceso. La diócesis de Oackland pidió a la Santa Sede la dimisión de Kiesle, en 1981; fue hasta finales de ese año que el Card. Ratzinger inició su gestión como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), organismo encargado también de seguir este tipo de casos. Fue hasta 1985 que el Prefecto Ratzinger envió al obispo de Oackland, una carta en latín, explicando que convenía considerar el caso teniendo en cuenta el bien de la Iglesia universal y anunciando que se requería una evaluación minuciosa que llevaría tiempo. En 1987, Kiesle fue reducido al estado laical.


Ahora veamos la explicación del Vaticano que, salvo que pensemos que la Santa Sede miente, reconstruye mejor que la AP el proceso que fue seguido contra Kiesle. El entonces Prefecto no ordenó que este sacerdote fuera readmitido, sino que sugirió prudencia en su dimisión. También aconsejaba “tener el máximo cuidado paternal”, pero no para el agresor sino para las víctimas.

El Card. Ratzinger definía como “muy significativos” (de mucho peso) los argumentos presentados para remover al sacerdote de su ministerio, pero sugería prudencia al obispo diocesano, pidiéndole que considerara “el bien de la Iglesia universal” y el “daño que conceder la dispensa (del ministerio) puede provocar en la comunidad” sobre todo por la joven edad del sacerdote.

En otras palabras, era una invitación a la prudencia y no una orden para readmitir a Kiesle a sus encargos pastorales, y además esta readmisión no estaba en la jurisdicción de la CDF sino en la del obispo local. La confusión proviene de confundir “remoción del encargo pastoral” (no poder ejercer el ministerio) con “reducción al estado laical” (dejar de ser sacerdote). El futuro Papa no rechazó que Kiesle fuera removido del ministerio, sino que pidió prudencia para dar el segundo paso.

En realidad, este hecho no muestra ningún encubrimiento por parte del Card. Ratzinger, sino más bien mucha prudencia para una decisión que, en el contexto de hoy, se nos antoja que debe ser inmediata. Prudencia no es complicidad, pero esta demora sirve para sembrar la sospecha.

Y la sospecha es el objetivo de fondo. En la nota original de la AP (www.ap.org), el autor, Gillian Flaccus, en su interpretación del suceso, muestra este afán de salpicar al Papa con la duda de si fue cómplice de ocultar estos casos de pederastia.

Esta carta, escribe Flaccus, “constituye un desafío aún mayor a la insistencia del Vaticano de que Benedicto no desempeñó ningún papel en el bloqueo de la remoción de sacerdotes pedófilos durante sus años como jefe de la oficina de vigilancia doctrinal de la Iglesia Católica”.

Entonces, según este periodista, el Vaticano tiene el desafío de probar que el Santo Padre no obstaculizó los castigos a los ministros pederastas; o sea, que el Papa protegió a un pedófilo y ahora el Vaticano tiene que probar que no fue así.

A pesar de estos comentarios, son los hechos los que acreditan la valiente actuación de Benedicto XVI que, por una parte, ha mostrado mano firme con los sacerdotes abusivos; y, por otra, ha expresado un deseo grande de volver a reunirse con las víctimas.

[La carta se puede leer en: http://www.corriere.it/Primo_Piano/Cronache/2010/04/09/pop_lettera.shtml]

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domingo, 4 de abril de 2010

Defienden ateos al Papa

Luis-Fernando Valdés

Con motivo de los escándalos de pederastia por parte de algunos clérigos en Estados Unidos y Alemania, una activista de izquierda afirmó que la legitimidad de la Iglesia como garante de la educación de los más pequeños se ha visto minada. Duras palabras, pero ¿qué hay en el fondo de esta tendenciosa afirmación?

La respuesta nos la proporciona Marcello Pera, filósofo y senador italiano, que no es creyente. En forma de carta abierta al “Corriere della Sera” (Milán,17.III.2010), titulada “Una agresión al Papa y a la democracia”, este pensador ofrece un fino análisis de la campaña mediática en la que se ha visto envuelta la Iglesia católica.


El Prof. Pera afirma que el laicismo ha declarado la guerra al cristianismo en el mundo occidental. No se trata de una batalla aislada sino de una guerra total, extendida en todos los frentes. El laicismo cambiado de táctica pero el objetivo sigue siendo el mismo: destruir la religión católica.

El ex Presidente del Senado italiano señala que esta guerra no es “propiamente contra la persona del Papa, porque, en este terreno, es imposible. Benedicto XVI es inexpugnable en su imagen, su serenidad, su limpidez, su firmeza y doctrina. Basta su leve sonrisa para desbaratar un ejército de adversarios. No, la guerra es entre el laicismo y el cristianismo”.

El coautor también, junto con Benedicto XVI, de un libro de ética y política, (“Sin raíces”, 2009), explica que esta campaña mediática ataca al Papa, porque “los laicistas saben bien que, si algo de fango llega a la sotana blanca, la Iglesia se ensuciaría, y si ella está sucia, también lo estaría la religión cristiana”.

Según Marcello Pera, éste sería el trasfondo de las preguntas que esta campaña está empleando para desprestigiar a la Iglesia, como “¿quién mandará a sus hijos a una escuela católica?”

Este pensador compara la situación actual con el nazismo y el comunismo. Si en tiempos de estas ideologías, «la destrucción de la religión comportó la destrucción de la razón, el triunfo del laicismo hoy no comportaría el triunfo de la razón laicista, sino otra barbarie».

E inmediatamente, Pera señala las consecuencias de este laicismo, que ya son bien visibles: “en el plano ético, es la barbarie de quien asesina a un feto porque su vida dañaría la ‘salud psíquica’ de la madre. De quien dice que un embrión es un ‘grumo de células’ bueno para experimentos. De quien asesina a un anciano porque ya no tiene una familia que lo cuide. De quien acelera el final de un hijo porque ya no está consciente y es incurable”.

Por otra parte, Giuliano Ferrara, ex-comunista, agnóstico y liberal, director del diario italiano “Il Foglio”, también defendió a Benedicto XVI de las acusaciones. Después de alabar las medidas del Papa para combatir los abusos en la Iglesia, explica que ésta “nunca podrá renunciar a tratar el pecado como pecado, y al arrepentimiento como puerta abierta al perdón y a la expiación cristiana, para transformarse en máquinas de burocracia penal al servicio de los tribunales”.


Al final, la sotana del Santo Padre sí está salpicada, pero no del barro de los malos clérigos, sino de la sangre de tanto inocente al que el Papa ha intentando defender desde el seno materno, de las lágrimas de los ancianos y enfermos terminales, cuya dignidad el Pontífice se empeñado en proclamar. Por eso, tanto los fieles cristianos como los pensadores no creyentes apoyan a Benedicto XVI, que hoy por hoy es el ancla verdaderamente firme ante el maremoto moral de occidente.

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domingo, 28 de marzo de 2010

Pederastia y opinión pública

Luis-Fernando Valdés

El tema de los abusos sexuales por parte de clérigos sigue muy presente en los medios de comunicación. Recientemente, Benedicto XVI envió a los católicos irlandeses una carta sobre esta crisis (21.III.2010), y el “New York Times” (25.III.2010) ha buscado involucrar al Papa mismo en la cadena de complicidad. Parecería que algunos han encontrado la oportunidad dorada para señalar el lado oscuro de la Iglesia; pero el resultado que han conseguido es la perdida de objetividad en su juicio sobre los sacerdotes. ¿Cuál es la justa valoración de estos abusos?

Para un juicio ponderado, lo primero es entender las proporciones de los datos. Luigi Accattoli, un prestigiado vaticanista, aporta este importante análisis: desde 1995 se han denunciado en Alemania 210,000 casos de abusos sexuales; de ellos, sólo 94 afectan a personas o instituciones de la Iglesia católica (“Liberal”, 9-03-2010). Es decir, los clérigos sólo están relacionados con el 0.044 por ciento de las denuncias.

Pero, ¿por qué no se ventilan en la opinión pública el 99.9 por ciento restante de los casos? ¿Sólo si se trata de la Iglesia es noticia? El problema es que se ha creado una imagen falsa: como si sólo en la Iglesia pasara esto.

Ahora veamos los datos proporcionados por la Santa Sede. Mons. Scicluna, que es el “fiscal” del Vaticano para estos casos, explicó que en los últimos nueve años (2001-2010) se han analizado las acusaciones relativas a unos 3,000 casos de sacerdotes diocesanos y religiosos, por delitos cometidos en los últimos cincuenta años. De ellos, sólo el 10 por ciento eran actos de pederastia verdadera y propia, esto es, por atracción sexual hacia niños impúberes. De modo que son trescientos clérigos acusados en nueve años.

Y añadió el Prelado que trescientos “son siempre demasiados, desde luego, pero hay que reconocer que el fenómeno no está tan difundido como se dice”. En efecto, actualmente la Iglesia cuenta con 400,000 sacerdotes, de modo que los acusados representan el 0.075 por ciento de los clérigos. De nuevo, se proyecta ante la opinión pública una falsa imagen, que parece sugerir que una “gran cantidad” de clérigos fueran depredadores.

Para formarse una opinión objetiva también hay que darse cuenta que sí hay una campaña difamatoria contra la Iglesia. Para muestra un botón: El “Times” (13.III.2010) se hizo eco de una acusación hecha por el “Süddeutsche Zeitung”, que afirmó que un sacerdote de la diócesis de Essen, Peter Hullermann, acusado de abusos sexuales a un muchacho de 11 años, fue recibido en la diócesis de Münich y Frisinga, cuando el Card. Ratzinger era el Arzobispo.

En realidad, el Cardenal sólo autorizó que viviera en una residencia de sacerdotes de Münich mientras recibía una terapia. En diciembre de 1981, Ratzinger fue nombrado colaborador de Juan Pablo II, y se fue a vivir definitivamente a Roma. Fue hasta diciembre de 1982, cuando el vicario general de Münich, Gerhard Gruber, decidió asignar a Hullermann a una parroquia. En un comunicado reciente, Gruber reconoce su error y asume “toda la responsabilidad”. Como se puede observar la intención de estos medios era acusar al Papa de haber cometido lo mismo que él condenó de los obispos irlandeses: encubrir a los culpables.

No puede ser ponderada una valoración que, en vez de buscar justicia hacia las víctimas, pretende el descrédito de la Iglesia, sin reconocer que se trata de un problema no generalizado, y sin reconocer el gran bien que la Iglesia ha aportado a millones de personas.

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domingo, 21 de marzo de 2010

La clave del ecumenismo

Luis-Fernando Valdés

Las Iglesia católica es una gran fuente de noticias. Y no sólo por la actual crisis de escándalos, sino también por el fenómeno llamado “ecumenismo”, que es la búsqueda de la unidad de los cristianos de las diversas confesiones. Este tema es sensacional porque pone a la razón en el límite: ¿es humanamente posible la unidad entre las diversas ramas del cristianismo? ¿o hay que buscar un factor no-humano, divino, que la haga posible?

En este primer trimestre del año han ocurrido varios eventos con amplia repercusión ecuménica. Parece más cerca que nunca la superación de la división producida hace casi 500 años, con la llamada Reforma protestante, en la que Martín Lutero (1483-1546) propuso una doctrina sobre la justificación no aceptada por Roma, y Enrique VIII (1491-1547) se autonombró cabeza de la Iglesia católica de Inglaterra.

Benedicto XVI ha tenido varios encuentros con comunidades luteranas, en los que se han limado asperezas y se ha confirmado la voluntad de ambas religiones por el diálogo. El 18 de enero, el Papa recibió a una delegación ecuménica la Iglesia luterana de Finlandia.

Afirmó que las iglesias cristianas presentes en Finlandia, “comparten una comunión auténtica, aunque aún imperfecta” y expreso que eso “es seguramente también un motivo que nos empuja a mayores esfuerzos de comprensión y de reconciliación”, para llegar a “una unidad visible y perfecta en Cristo Jesús”.

El 10 de febrero, el Pontífice recibió a una delegación de la Iglesia Evangélica Luterana en América. El Papa citó la Encíclica de Juan Pablo II “Ut unum sint”, en la que su predecesor definía la relación entre católicos y luteranos como una “fraternidad reencontrada”.

Y el 14 de marzo, el Sucesor de Pedro visitó la iglesia evangélico-luterana de Roma, y fue acogido con un prolongado aplauso en la “Christuskirche” de la Vía Sicilia. Jens-Martin Kruse, pastor de la comunidad, dijo en su homilía que esta visita del Papa “para nosotros es verdaderamente un día de alegría”, e invitó a avanzar por el camino de Cristo, “pero no caminando los unos junto a los otros, sino juntos”.

Y respecto a la relación con los anglicanos, el Santo Padre anunció oficialmente que visitará Inglaterra, del 16 al 19 de septiembre próximos. Durante ese viaje, Benedicto XVI canonizará al Card. John Henry Newman (1801-1890), quien fuera presbítero y prestigiado teólogo anglicano, antes de su conversión al catolicismo. Esta es una clara señal de la relación pacífica entre el Vaticano y Canterbury.

Estos hechos muestran con objetividad que van quedado lejos las guerras de religión y la intolerancia entre confesiones. Sin duda, la cultura contemporánea que está más abierta al diálogo ha influido en este ecumenismo, pero no puede ser el único factor, porque esta misma cultura no ha podido reconciliar diferencias en los nacionalismo (Irlanda del Norte, País Vasco, países bolivarianos, etc.), ni ha apaciguado las guerra en el Medio Oriente, ni en África.

Entonces, resulta necesario preguntarnos por ese “otro” factor, capaz de conseguir la unidad, superando las dificultades humanas. Y en este punto, Benedicto XVI expone la clave del ecumenismo: “La unidad no puede ser fruto de los hombres, [sino que] tenemos que encomendarnos al Señor, pues Él es el único que puede darnos la unidad. Esperamos que Él nos lleve a esta unidad”. Por eso, la unidad de los cristianos es –para los creyentes– cuestión de fe en la acción de Dios, y piedra de escándalo para los que no aceptan que Dios puede actuar en este mundo.

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domingo, 14 de marzo de 2010

Feminismo incluyente

Luis-Fernando Valdés

El mes de marzo siempre nos trae una festividades muy entrañables. El primer domingo de este mes fue el “Día de la familia”, y el día 8 fue el “Día de la mujer”. Ambas celebraciones nos hablan de la vida y de la familia, que son las bases sólidas de nuestra civilización. Sin embargo, hay quienes confrontan la maternidad con la condición femenina. ¿Será verdad que la maternidad se convierte en una cadena para las mujeres?

Hoy día las mujeres gozan de un mejor reconocimiento a su especial condición, por parte de la sociedad, y esto se ha visto reflejado en la legislación de muchos países. La historia de esta valoración ha sido larga, y aún hay mucho que camino por andar.

La condición femenina es muy rica, e incluye dos aspectos que no son fáciles de integrar: la gran capacidad para realizar cualquier labor (académica, profesional, política, etc.) y la maternidad. Esta complicada integración ha dado lugar una situación polémica.

Por una parte, los grupos feministas radicales consideran que la mujer no puede ser plenamente libre, mientras no se desligue la maternidad de la condición femenina. Mientras la mujer sea la que tiene el rol de gestar y dar a luz, dicen estas facciones, siempre estará subordinada al varón y sometida a las labores del hogar.

Por otra parte, esta visión no es compartida por todos. Al contrario, la vida diaria nos muestra que la gran mayoría pensamos que, hoy día, la mujer tiene un papel muy importante en todos los ámbitos de la vida, y que la mujer puede destacar en la esfera pública sin confrontarse con la maternidad.

Pero equilibrio es un reto, pues la experiencia nos enseña que hoy día no existen las condiciones suficientes para que una mujer pueda desarrollar plenamente sus talentos laborales y cívicos, al mismo tiempo que viva su maternidad.

En la práctica, una mujer que tiene que trabajar para poder mantener a su familia, se enfrenta hoy al duro problema de una menor dedicación de tiempo a sus hijos. Pero estas circunstancias no se deben a una supuesta subordinación al varón, sino que son el resultado de algunas deficiencias de las leyes laborales actuales.

Una de las voces más destacadas a favor de la mujer fue, sin duda, Juan Pablo II. Este recordado Pontífice apoyó tanto la participación de las damas en el ámbito social y político, como la valoración de la maternidad. Y denunció que los mecanismo de las actividades económicas no siempre toman en cuenta las peculiares exigencias de la mujer.

Este gran Papa también exigía “respetar el derecho y el deber de la mujer-madre a realizar sus tareas específicas en la familia, sin estar obligada por la necesidad de un trabajo adicional”. Y cuestionaba a fondo el sistema económico actual: “¿Qué ganancia real tendría la sociedad –incluso en el plano económico–, si una imprudente política del trabajo perjudicara la solidez y las funciones de la familia?” (Alocución, 20.VIII.1995).

El Papa Wojtyla buscó la solución a la dialéctica “mujer o maternidad”, y por eso insistía en que la tutela de la maternidad “no puede servir de coartada respecto al principio de igualdad de oportunidades de los hombres y de las mujeres, también en el trabajo extra familiar” (íbidem).

La sociedad de hoy necesita superar el feminismo radical (que opta por una sola dimensión de la mujer), y requerimos de un “feminismo incluyente”, que sepa reconocer y favorecer a quienes han escogido ser “mujer-madre-trabajadora”, y que luche por insertar este rol en el esquema social, laboral y legislativo del País.

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domingo, 7 de marzo de 2010

Manipulación religiosa

Luis-Fernando Valdés

Las noticias sobre religión han ocupado, una semana más, bastante espacio en los medios. Las más comentadas fueron las referentes a las reprobables conductas de algunos clérigos. Pero una nota que pasó silenciosa fue la histórica declaración conjunta de católicos y musulmanes para evitar que la religión sea empleada para la violencia.

Se trata de una declaración emitida, el 1 de marzo pasado, conjuntamente por las autoridades vaticanas y la más prestigiosa institución académica de los musulmanes sunníes, en la que ambas partes se comprometen a fomentar el respeto a las diferencias entre el cristianismo y el islam.

El documento recoge las conclusiones de la reunión anual, celebrada los días 23 y 24 de febrero en El Cairo (Egipto), del Comité conjunto para el diálogo del “Comité Permanente de Al-Azhar (universidad fundada en el s. X) para el Diálogo entre las Religiones Monoteístas” y el “Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso”.

El Comité analizó el fenómeno de la violencia confesional, con la finalidad de comprender sus causas y proponer las soluciones que le corresponde implementar a las religiones.

Son muy interesantes las recomendaciones emitidas al final de la reunión, pues exhortan a “prestar mayor atención al hecho de que la manipulación de la religión con fines políticos o de otra naturaleza puede ser fuente de violencia”. Es muy positivo que dos confesiones que hace siglos protagonizaron las Cruzadas, hoy pidan que a nombre de Dios no se emplee la violencia.

Un hecho muy significativo fue que el gran imán de Al-Azhar, el profesor y jeque Muhammad Sayyed Tantawi, condenó los actos de violencia en los que murieron seis cristianos y un policía musulmán en Naga Hamadi (Egipto), en la pasada Navidad ortodoxa, expresó solidaridad a las familias de las víctimas, y reafirmó la igualdad de derechos y deberes para todos los ciudadanos, sin importar su religión. Además, Tantawi declaró que sólo hizo lo que consideraba que era su deber ante esos trágicos eventos.

Aunque esta Declaración fue poco mencionada en los medios, tiene una gran importancia porque viene a cambiar el paradigma de que las religiones serían malas, ya que dividirían a las personas y provocarían violencia. Ahora se dice que las religiones deben convivir a pesar de sus diferencias.

Por eso, este documento concreta las reglas para esa sana convivencia religiosa, y propone “evitar la discriminación basada en la identidad religiosa”, e invita a “abrir el corazón a la reconciliación y al perdón recíprocos, condiciones necesarias para una convivencia pacífica y fecunda”.

Finalmente, la Declaración propone que se evite toda predicación, toda enseñanza escolar y todo texto que –al interpretar los hechos pasados– “puedan suscitar una actitud violenta entre los seguidores de las diferentes religiones”. En otras palabras, es un verdadero “borrón y cuenta nueva” en las relaciones católico-musulmanas.

Si bien los lamentables sucesos de violencia provocada por el fundamentalismo religioso y los de pederastia hoy obscurecen el horizonte religioso, esta Declaración hace ver que no todo es sombrío. Ambos sucesos producen enojo, ya que toda la gente tiene sed de paz y de pureza, y que ve en la religión un medio importante para alcanzarlas.

Por eso, cuando a nombre de Dios, algunos matan o abusan sexualmente, la protesta está más que justificada… porque no se vale que nadie ensucie un importante camino que el ser humano tiene, para colmar su sed de paz y de amor limpio.

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domingo, 28 de febrero de 2010

¿Hay futuro para la religión?

Luis-Fernando Valdés

Es notorio que en las últimas semanas, las noticias religiosas de interés nacional e internacional han estado presentes en la opinión pública. Esas notas manifiestan diversas tendencias, pues mientras unas hablan del crecimiento religioso, otras pronostican su paulatina desaparición de la esfera pública. ¿Cuál es el futuro de la religión en el mundo?

Empecemos por las noticias que tocan el tema de la restricción de las religiones en la vida pública. Hace pocas semanas en nuestro País, se reformó el artículo 40 constitucional, y desde ahora México es un Estado laico. Esto significa que la religión, por ley, no debe intervenir en la vida pública de nuestra Nación.

Además, el 3 de noviembre de 2009, el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo dictó una sentencia que afirma que “los crucifijos en las aulas son una violación de los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones y de la libertad de religión de los alumnos”. Este Tribunal pidió que las escuelas italianas retiraran ese símbolo cristiano de las escuelas, pero Italia se negó a acatar esa resolución, pues interfería en su autonomía.

Por otra parte, hay noticias que hacen ver que la religión cristiana ha ganado cierto impulso. Así, después de la Constitución apostólica “Anglorum coetibus” (4.XI.09) de Benedicto XVI, que admite a los anglicanos en la Iglesia católica, varias comunidades ha iniciado el proceso de retorno a Roma, como la “Foward in Faith”, influyente grupo anglicano presente en Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia (18.II.10).

Además, el recientemente elegido Patriarca serbio (22.I.10), Su Beatitud Irinej, propuso a Benedicto XVI que en 2013 visite la ciudad de Nis, en Serbia sudoriental, lugar de nacimiento del emperador Constantino el Grande, con motivo de los 1700 años del edicto de Milán (a. 313). El Vaticano acogió “con alegría” esta invitación del Patriarca ortodoxo.

Y también el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, exhortó a sus fieles a no tener miedo del diálogo ecuménico con la Iglesia católica, en su Mensaje con motivo del Domingo de la Ortodoxia (21.II.10). Explicó que la unidad entre los cristianos es “voluntad del propio Cristo”, y “condición necesaria” para el diálogo con el mundo. Y afirmó que “quien cree que la Ortodoxia tiene la verdad no teme el diálogo, porque la verdad nunca ha estado en peligro por el diálogo”.

Las dos posturas reseñadas reflejan los dos sentimientos del corazón humano: sed y añoranza de Dios, de una parte; y rebeldía y deseos de una autonomía total, por otra. Ése es el gran drama interior del hombre, que se refleja en la vida pública. Por eso, no es fácil afirmar ni que el mundo hoy sea más creyente, ni que las religiones estén a punto a desaparecer.

Pero lo que sí se puede afirmar es que este conflicto interno de cada persona hoy se ha desplazado al ámbito social. Se enfocado desde el ámbito público, como si el problema consistiera en saber si ahora crece o disminuye el número creyentes, o si las confesiones tienen peso en la vida pública.

Sin embargo, el verdadero lugar del problema es la conciencia de cada persona, en la que se da el conflicto de aceptar o rechazar a Dios (o a un Ser supremo). El futuro de la religión no es estadístico, sino que radica en que cada uno vuelva a escuchar su propia interioridad. Entonces, más allá de las polémicas, todos intuimos que se cumplen las palabras del Obispo de Hipona (s. IV): “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti”.

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domingo, 21 de febrero de 2010

Roma ante el “caso irlandés”




Luis-Fernando Valdés

Benedicto XVI reunió recientemente a todos los obispos irlandeses, para una asamblea extraordinaria, en el Vaticano (15-16.II.10). El motivo era resolver la crisis suscitada por el “Informe Murphy”, en el que salen a la luz casos de pederastia atribuidos a sacerdotes, que fueron encubiertos por obispos. ¿Qué puede esperar la Iglesia tras este escándalo?

Como es sabido, el 26 de noviembre de 2009, la juez irlandesa Ivonne Murphy dio a conocer un informe de 700 páginas, en el que documenta que las acusaciones de 450 personas presentadas contra 46 sacerdotes por hechos ocurridos entre 1975 y 2004. El documento además presenta la connivencia entre la jerarquía eclesiástica y las autoridades del Estado, como la policía y la Fiscalía, para encubrir los esfuerzos de cuatro obispos dublineses por mantener ocultos estos casos.

Después de la reunión del Papa y los obispos irlandeses, se difundió un comunicado en el que se afirma que “todos los presentes han reconocido que esa grave crisis ha desembocado en el desmoronamiento de la confianza en la jerarquía eclesiástica y ha perjudicado su testimonio del Evangelio y sus enseñanzas morales” (Vatican Information Service, 16.II.10).

Por su parte, el Santo Padre observó que los abusos sexuales de niños y jóvenes no son sólo un crimen atroz, sino también un pecado grave que ofende a Dios y que hiere la dignidad de la persona creada a su imagen; y exhortó a los obispos a afrontar los problemas del pasado con determinación y a hacer frente a las crisis con honradez y valentía (Íbidem).

El Pontífice anunció medidas duras contra los sacerdotes que abusen de menores (la llamada “tolerancia cero”), junto con una gran apertura a las peticiones de las víctimas, un mayor empeño en la prevención, como una mejor selección para ingresar a los seminarios.

Sin duda, estas declaraciones no solucionan los duros momentos que han tenido las víctimas, ni tampoco sirven para dar por cerrado el episodio. Pero qué duda cabe que reconocer esta tragedia ayudará a disminuir los caso de abusos por parte de sacerdotes. Además, los afectados agradecerán seguramente la solidaridad que les mostramos desde muchos puntos del globo terráqueo.


El reconocimiento de esta pesada culpa también ha beneficiado a la propia iglesia. El vaticanista Diego Contreras resalta tres aspectos positivos: 1) la radicalidad con la que el Papa ha abordado el tema, sin ocultar que se trata de crímenes; 2) el sentido de responsabilidad de los obispos irlandeses, que se asumen la culpa del fracaso para atajar eficazmente esos abusos; 3) la abundante cobertura informativa que se ha ofrecido de la reunión y la plena apertura de la Iglesia para colaborar con la justicia civil.

El conocido periodista italiano, Luigi Accattoli, comentó que era positivo que la Iglesia estuviera reaccionando, y resaltó que, ante el desolador panorama moral, la única institución que hace autocrítica es la Iglesia católica.

Por nuestra parte, nos parece que la autoridad moral de Benedicto XVI ha crecido con el manejo de esta crisis, porque ha demostrado que es un hombre que no negocia con los criminales, y que su amor a la verdad es más fuerte que el miedo a los escándalos. Bajo esta guía es predecible que, por una parte, saldrán a la luz más casos que permanecían ocultos; y por otra, que esas prácticas execrables se reducirán, porque desde ahora serán duramente penadas al interior de la Iglesia misma.

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domingo, 14 de febrero de 2010

Repensar el Estado laico

Luis-Fernando Valdés

El pasado 11 de febrero, la Cámara de Diputados aprobó la modificación del Artículo 40 constitucional, para afirmar que México es oficialmente un Estado laico. Esta noticia es difícil de valorar, porque cada quien interpreta el término “laico” de muy diversas maneras. Entonces, ¿qué se debe entender por “Estado laico”?

El artículo modificado decía: “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una república representativa, democrática, federal, …”; y la reforma simplemente la ha añadido la palabra “laica”, de modo que diga que “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una república…laica…”. Pero, ¿es realmente ése el querer de “todos” los mexicanos? ¿todos los mexicanos piensan lo mismo al decir “laico”?

Los autores de la iniciativa dicen que esta modificación servirá, principalmente, para asegurar la independencia del Estado respecto de las iglesias y para evitar que el poder político se use para privilegiar alguna confesión religiosa. Sin embargo, estos dos puntos ya están asegurados por el texto constitucional actual (arts. 24, 39, 41 y 130, principalmente), y es difícil pensar que alguien quiera modificarlos.

Entonces, ¿qué pensar sobre el Estado laico? Como no se ha definido lo que significa para nuestra Constitución, cada quien interpretará esta laicidad según su ideología política. Así, para algunos significará evitar tanto un estado confesional como uno ateo; para otros, será la separación del Estado y de la Iglesia, con respeto a las culturas del país; y quizá para otros sea un modo de evitar que las religiones opinen sobre temas debatidos en las Cámaras.

Sin embargo, ésta es una inmejorable oportunidad para repensar la laicidad del Estado. La clave para este intento es sacar la discusión del terreno de las dialécticas entre izquierdas y derechas. Mientras se considere la religión como un asunto de derechas, será difícil resolver el conflicto, pues cualquier concesión al ámbito religioso se consideraría como una derrota para la izquierda; y viceversa: sería un logro para la izquierda reducir los ámbitos de libertad religiosa.

En realidad, la cuestión religiosa no es de izquierdas o derechas, sino que se trata de un derecho humano. Todo ser humano tiene derecho a profesar una religión, con independencia de que los demás la consideren verdadera o no. Se trata de un verdadero derecho de la persona, no de una concesión de un gobierno, ni de la imposición de un grupo parlamentario.

Ante todo, cualquier Estado debe garantizar la libertad religiosa de sus ciudadanos, como lo hace el nuestro en el artículo 1 de la Carta magna: “Queda prohibida toda discriminación motivada por … la religión”. Y esta garantía está en plena sintonía con la Declaración universal de los Derechos humanos, que incluye la libertad de manifestar la propia religión, “individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia” (art. 18).

De modo que la laicidad del Estado no consistirá ni en menoscabar ni en promover la religiosidad del Pueblo (pues no es materia de su incumbencia), sino para garantizar que cualquier ciudadano pueda ejercitar su fe, sin ser disturbado.

En otras palabras, el nuevo paradigma radica en que el Estado debe permanecer ajeno a cualquier confesión, para así poder dar garantías de ejercicio y respeto a todas las confesiones; el Estado deber ser laico para poder asegurar el derecho de libertad religiosa, que es un derecho humano, no una conquista de la derecha ni un atentado contra la izquierda.

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domingo, 7 de febrero de 2010

El Rabino que habló con Jesús


Luis-Fernando Valdés

Un día después de que visitará la Sinagoga de Roma, Benedicto XVI recibió en audiencia al rabino Jacob Neusner (18.I.10), conocido en los círculos intelectuales católicos por su libro “Un rabino habla con Jesús” (1993). Este encuentro nos da pie para dos reflexiones: una sobre el diálogo interreligioso y otra sobre la personalidad del Papa.

Neusner es un prestigioso intelectual judío norteamericano, que ha estudiado en Harvard y Columbia, ha escrito o editado más de 900 libros. En su famosa obra, Neusner, judío ortodoxo, se pone imaginariamente en el lugar de un rabino contemporáneo a Jesús e intenta dialogar con él, desde sus enseñanzas transmitidas por San Mateo. Sin renunciar a sus convicciones hebreas, este rabino manifiesta claramente que no puede aceptar el mensaje de Jesús, porque éste se presenta como Dios y se pone en el lugar de la Torá.

Benedicto XVI, en su obra “Jesús de Nazaret” (2007), lleno de respeto retoma la postura de este intelectual, y dialoga con él a lo largo de 20 páginas. Joseph Ratzinger definió este libro, entre otras cosas, como el ensayo “más importante que se había publicado en la última década para el diálogo judeo-cristiano”, y añadió que “la absoluta honestidad intelectual, la precisión del análisis, el respeto hacia la otra parte unida a una radical lealtad hacia la propia postura caracterizan el libro y lo convierten en un desafío, especialmente para los cristianos, que tendrán que reflexionar bien sobre el encuentro entre Moisés y Jesús”.

Neusner nos da un gran ejemplo de diálogo entre religiones, porque se toma totalmente en serio la propuesta cristina y la entiende desde dentro. Sólo cuando ha asimilado el mensaje de Jesús, el rabino norteamericano manifiesta su discordancia. Su actitud es encomiable: “la vida en un país cristiano, me ha hecho sentir orgulloso del judaísmo, pero también alegre de tener como hermanos y vecinos una religión que fomenta la benevolencia y las buenas relaciones con los que disienten”, escribió.

Luego de su encuentro con el Pontífice, Jacob Neusner declaró a “L’Osservatore Romano”, periódico oficial del Vaticano, que “siempre he estimado al estudioso Joseph Ratzinger por su honestidad y lucidez, y estaba muy interesado encontrar y conocer al hombre. Ahora que he venido a Roma para el histórico encuentro en la sinagoga y (…) he recibido el gran don de encontrarme con el Papa”.

Sobre el Santo Padre, Neusner dice que “lo que más me ha impresionado han sido sus ojos penetrantes. Te mira dentro. Y además sus modales de caballero, lleno de gentileza y humildad”. Es el mismo rasgo que vio el rabino durante la visita de Benedicto XVI a la Sinagoga romana: “Un evento grandioso, con una participación enorme, extendida y conmovida por parte de todos, que me permite esperar bien del futuro”.

Esta breve entrevista está repleta de significado. Dos líderes religiosos de gran talla intelectual muestran que es posible sentir aprecio por otro que piensa distinto, y que la profunda fe religiosa en las propias tradiciones conlleva la convivencia sincera y respetuosa.

Además, los elogios sobre Benedicto XVI por parte de un hombre serio que no es católico, ni tiene el compromiso de quedar bien, nos ayudan a seguir descubriendo la rica personalidad del Santo Padre, echando abajo los prejuicios sobre una supuesta dureza doctrinal y un carácter rígido.

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domingo, 31 de enero de 2010

El “Papa emérito”


Luis-Fernando Valdés

Acaba de aparecer al público el libro “¿Por qué un santo?”, escrito por Mons. Slawomir Oder, postulador de la causa de Juan Pablo II, que se basó en las versiones de 114 testigos y en documentos sobre la vida del Papa que fueron compilados para apoyar su canonización. En este escrito se relata que el Papa polaco practicaba la mortificación corporal y que tenía previsto renunciar si su salud le hubiera impedido gobernar la Iglesia.

La noticia de ambos temas ha dado pie a cierto amarillismo: un “Papa asceta”, un “Papa emérito” (o sea, “jubilado” en términos eclesiásticos). Sin embargo, para los creyentes estos dos hechos tienen un significado muy profundo, que deseo compartir con los lectores.

Sobre la renuncia del Pontífice, la obra de Mons. Oder saca a la luz que el Papa Wojtila, el 15 de febrero de 1989, cuando su salud empezó a fallar preparó un documento para sus ayudantes en el que afirmaba que renunciaría al Pontificado romano, “en el caso de una enfermedad que se presuma incurable, duradera y que me impida ejercer las funciones de mi ministerio apostólico”.

Esto no es nuevo, pues en su momento ya había hecho Pablo VI (el 2.II.1965). En 1994, Juan Pablo II confirmó este deseo suyo, pero después de varias consultas, decidió continuar al frente de la Iglesia hasta su muerte. Él mismo llegó a la conclusión de que no había lugar en la Iglesia para un ‘Papa emérito’.

Lejos de mostrar a un papa temeroso, o acobardado ante la falta de salud, esta disposición a renunciar nos enseña a un gobernante que no está apegado al poder tanto humano como espiritual de su cargo, nos revela que el corazón de Karol Wojtila amaba tanto a la Iglesia, que prefería renunciar a hacerle daño, (lo cual hubiera sucedido si hubiera seguido en el cargo, sin las capacidades mentales para dirigir al nuevo Pueblo de Dios).

Sobre la mortificación practicada por el Papa polaco, Mons. Oder escribió que con frecuencia Juan Pablo II no ingería alimentos, sobre todo durante la Cuaresma. También “con frecuencia dormía durante la noche en el simple piso”, para practicar el sacrificio, y destendía su cama por la mañana para no llamar la atención. Además, según testifican sus colaboradores cercanos, el fallecido Pontífice se auto-flagelaba.

El tema del sacrificio corporal no es nuevo en la historia de la humanidad, y tampoco hoy resulta extraño. Lo que resulta escandaloso es el motivo. A nadie le parece raro que una persona, por razones estéticas se someta a tratamientos y dietas, que implican mucho esfuerzo. Y lo mismo se puede decir de quienes reciben tratamientos médicos para curar enfermedades complicadas, o siguen un plan de entrenamiento exhaustivo.

En cambio, el Papa Wojtila vivió esa mortificación por un sentido religioso: identificarse con Cristo, que sufrió la Pasión y murió por la salvación de los hombres. Así este gran Obispo de Roma alcanzó el ideal de los cristianos, que consiste en identificarse con Cristo doliente. Los grandes santos de la Iglesia siempre han recurrido a este tipo de sacrificios, para alcanzar a Cristo y sacar adelante su misión.

Juan Pablo II, aun después de su muerte, nos sigue dando un gran ejemplo y nos sigue alentado, pues con estos dos episodios, nos muestra que vivió entregado a su misión y nos confirma que no nos equivocamos al confiar en él. Este nuevo libro viene a mostrar una vez más la coherencia y la autenticidad de un Papa que se ganó el respeto y la estima de millones de personas tanto creyentes como no creyentes.

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domingo, 24 de enero de 2010

El Papa en la Sinagoga



Luis-Fernando Valdés

El 17 de enero pasado, Benedicto XVI visitó la Sinagoga de Roma. Este importante acontecimiento no tuvo tanto eco en los medios, seguramente desbordados por las noticias del terremoto de Haití, ocurrido unos días antes de esta visita. Pero el significado de este evento sigue vigente.


No era ya una novedad que un Papa acudiera a una sinagoga, pues Juan Pablo II lo había hecho en 1986, y el Benedicto XVI en Colonia (2005) y New York (2008). Sin embargo, esta visita tuvo un gran interés de diálogo interreligioso, porque al acto asistió una delegación musulmana de la mezquita de Roma.

El Papa invitó en su discurso a trabajar juntos a partir de las raíces comunes de los Diez Mandamientos. Mientras que el rabino jefe de Roma, Riccardo di Segni, se refirió a esas “visiones compartidas” en defensa del ambiente, de la santidad de la vida, de la libertad y de la paz; y añadió que se trata de un empeño que debe implicar a hebreos, cristianos y musulmanes.

El tono de la visita fue amable y cordial, con numerosos aplausos y momentos emotivos, como el saludo del Papa al ex rabino Elio Toaff, de 95 años, quien recibió a Juan Pablo II en 1986; el homenaje a la lápida que recuerda a los 1.021 judíos romanos deportados a los campos de exterminio; y el homenaje a las víctimas de un atentado a la sinagoga ocurrido en 1982.

Las referencias a los puntos conflictivos fueron más o menos explícitas, pero no determinaron el carácter del encuentro. El Papa subrayó que “la Iglesia no ha dejado de lamentar las faltas de sus hijos e hijas, pidiendo perdón por todo lo que ha podido favorecer en cualquier manera las plagas del anti-semitismo y del anti-judaísmo”.

Las intervenciones del presidente de la comunidad judía de Roma, Riccardo Pacifici, y del presidente de las Comunidades judías de Italia, Renzo Gattegna, marcan una nueva época en la relación entre judíos y católicos.

Pacifici expresó que el diálogo entre judíos y católicos “puede y debe continuar” y, por su parte, Gattegna auguró que “las diversidades no sean nunca más causas de conflictos ideológicos o religiosos, sino de recíproco enriquecimiento cultural y moral”.

Los efectos positivos no se hicieron esperar. Ya antes de la visita, Mons. Vincenzo Paglia, presidente de la comisión ecumenismo y diálogo de la Conferencia Episcopal Italiana, calificó la amistad entre judíos y cristianos como “intensa” y explicó que se trata de “una especie de obligación teológica”, porque “la fraternidad entre estos dos pueblos es parte integrante de sus respectivos credos”.

Cuatro días después del evento, el embajador de Israel ante la Santa Sede, Mordechay Lewy, publicó un par de artículos en la revista mensual judía italiana “Pagine Ebraiche”, en los que pide a sus connacionales una mayor apertura al diálogo con la Iglesia católica. Afirmó que “los católicos nos tienden la mano”, y por eso “sería insensato no aferrarla, a menos que queramos hipotecar nuestro futuro con una animosidad constante con el mundo católico”.

Los hechos se imponen a las críticas. Los esfuerzos de las autoridades católicas y judías muestran un gran deseo de diálogo, y cada vez son menos los que se niegan a esta convivencia interreligiosa. Este acercamiento entre católicos y judíos viene a cambiar una paradigma muy antiguo, que sostenía que las diferencias religiosas provocan guerras y división. Hoy ya no es así. Más aún, el diálogo entre religiones puede ser el gran motor para conseguir la anhelada paz entre los pueblos.

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domingo, 17 de enero de 2010

Haití: solidaridad a fondo


Luis-Fernando Valdés

El 12 de enero de 2010 ha marcado la historia. Un devastador terremoto destruyó Haití, dejando decenas de miles de muertos y centenares de miles sin hogar. Inmediatamente la comunidad internacional manifestó su apoyo, y voces autorizadas como Benedicto XVI pidieron ayuda para los damnificados. Inició la hora de la solidaridad.

Junto con la generosidad de miles y miles de personas, que desde diversos puntos del mundo han enviado ayuda en comida, medicina y ropa, está el esfuerzo admirable de centenares de rescatistas de diversas naciones, que intentan buscar sobrevivientes entre los escombros.

Toda esta ayuda es digna de alabanza, especialmente porque Haití es el país más pobre de todo el continente. Pero el hecho de que hayamos tenido que esperar a que ocurriera un gran desastre natural, para mostrar apoyo hacia esa afligida nación, nos lleva a la reflexión: ¿la solidaridad consiste únicamente prestar auxilio material o sanitario en las desgracias

Además de seguir promoviendo la asistencia médica y alimenticia, y de pedir oraciones por las víctimas y los sobrevivientes, la tragedia de Haití nos invita a comprender mejor la solidaridad, que es una virtud de cuño claramente cristiano.

Juan Pablo II explicaba que esta virtud no es “un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Encíclica “Sollicitudo rei sociales”, 38).

La solidaridad así entendida lleva a considerar que los seres humanos estamos en profunda relación, no sólo por pertenecer a una misma comunidad, sino por el hecho mismo de poseer una naturaleza común. De este modo, ningún grupo humano y ninguna nación se pueden considerar al margen de las necesidades de los otros grupos o países.

Pero hoy tenemos que cuestionar si el modo como se desarrolla la política internacional es solidario. El aumento cultural, educativo, económico y tecnológico es una llamada a las naciones desarrolladas a compartir sus riquezas y avances, con los países más necesitados, para que por ellos mismos puedan salir adelante.

Hace falta también promover un modelo cultural que entienda que el desarrollo nunca puede tener un enfoque individualista. El progreso personal no puede desentenderse del avance familiar, y éste a su vez no debe ignorar la superación de la propia comunidad. De igual manera, el crecimiento económico, social y cultural de un país no puede desatender a su compromiso de ayudar a las naciones necesitadas.

La solidaridad no estaría completa si se dejara de lado la dimensión espiritual y religiosa. La sana laicidad del Estado no significa que no exista en cada persona una necesidad de tipo sobrenatural. Una parte importante de la solidaridad que ahora mismo Haití necesita es que recemos por sus habitantes, como nos gustaría que nos encomendaran si estuviéramos en una necesidad similar.

Por eso, los escombros que ahora cubren la superficie de Haití ponen al descubierto la falta de esa otra solidaridad, pues este país ha sido casi abandonado al subdesarrollo y a la ignorancia, durante décadas. Que las toneladas de medicinas y alimentos no se conviertan en una “tapadera”, que oculte la falta de atención internacional a los otros problemas sociales, económicos y culturales de esta abatida nación.

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domingo, 10 de enero de 2010

El “Papa verde”



Luis-Fernando Valdés

Un hecho muy sonado en 2009 fue el fracaso de la Cumbre de Copenhague sobre el medio ambiente, organizada por las Naciones Unidas. Los países ahí reunidos no fueron capaces de aportar una solución viable a los problemas ecológicos mundiales, como el calentamiento global. En cambio, Benedicto XVI recibió el apelativo de “Papa verde” por parte de los medios de comunicación. ¿Cuál es la revolución ecológica del Pontífice?


El año que a penas terminó consolidó el prestigio del Santo Padre como defensor de la creación. La revista norteamericana de geopolítica “Foreign Policy” (FP) clasificó a Benedicto XVI en el lugar número 17 entre los “100 mayores pensadores globales” del año, entre aquellos que con sus “grandes ideas han modelado nuestro mundo en el 2009”.

Entre los méritos que “FP” reconoce al Papa Benedicto está el de “haber colocado a la Iglesia de manera inesperada a la cabeza en la defensa del ambiente y en la denuncia de los peligros del cambio climático” (www.foreignpolicy.com, del 30.XI.2009).

Esta nominación no resulta extraña porque el Obispo de Roma ha enviado bastantes mensajes sobre el tema de la ecología. Uno de los más significativos está contenido en su última encíclica, “Cáritas in veritate” (29.VI.2009), en la que el Papa ofrece pautas de solución a temas candentes como la explotación de los recursos no renovables y la justicia hacia los pueblos más pobres, la cuestión de los consumos energéticos, la responsabilidad ante las generaciones futuras, la relación entre ecología y respeto de la vida.

El 10 de septiembre del año pasado, el Pontífice expresó que se debe “ver en la creación algo más que la simple fuente de riqueza o explotación por la mano del hombre”. El regalo de la creación debe ser usado “responsablemente y con respeto, haciéndolo fructífero”. Ya que al final, debemos ver la creación como “la expresión de un plan de amor y verdad que nos habla del Creador y de su amor por la humanidad que encontrará su plenitud en Cristo, al final de los tiempos”.

Hace unos días, el 1 de enero, Benedicto XVI publicó un importante mensaje sobre el cuidado de la creación, titulado “Si quieres promover la paz, protege la creación”, que es como un resumen de sus propuestas anteriores. El Papa recuerda el mandato divino de cultivar y custodiar la tierra. “Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Por el contrario, cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza” (n. 6).

También el Santo Padre alienta “la educación de una responsabilidad ecológica” que salvaguarde una auténtica “ecología humana” y, por tanto, afirme con renovada convicción “la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia” (n. 12).

Pero el Papa no sólo envía mensajes “verdes”, sino que ha emprendido acciones ecológicas. Hizo instalar paneles solares para la generación de electricidad en los techos del Vaticano y en los de su casa en Alemania.

El Pontífice también ha hecho del Vaticano el primer estado neutral en emisiones de bióxido de carbono, a través de la reforestación de bosques en Hungría, que compensan las emisiones de C02 producidas en esa Ciudad Estado. Por todo esto, es acertado calificar a Benedicto XVI como el “Papa de la ecología”, y a sus mensajes como una “revolución verde”.

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domingo, 3 de enero de 2010

Homosexualidad y adopción

Luis-Fernando Valdés

La Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó una ley, que equipara las uniones entre personas homosexuales con el matrimonio entre un varón y una mujer. Además, esta ley contempla la posibilidad de que esas parejas homosexuales puedan adoptar niños. La reacción ha sido un enfrentamiento de posiciones, entre algunos legisladores locales del PRD y la Arquidiócesis de México. Al margen de la polémica, necesitamos una argumentación seria que permita el diálogo.

En primer lugar, quienes manifiestan tendencias homosexuales son –ante todo– personas y ciudadanos como los demás, por lo que merecen respeto y un trato cordial. Pero respetarlos, no excluye que la homosexualidad sea puesta a crítica, pues es un fenómeno que requiere reflexión y revisión. Una cosa es el respeto y otra el dogmatismo.
Se suele confundir el respeto a los sentimientos de las personas homosexuales, con concederles derechos. Pero no es lo mismo. Como le pasa a cualquier adulto, en los homosexuales existe una inclinación afectiva natural a la paternidad y maternidad: entendemos que tengan el deseo de ser padres o madres. Sin embargo, aunque esa tendencia exista, es obvio que estas parejas están imposibilitadas para tener un hijo. Entonces, ¿se les debe conceder un derecho a la adopción, para vencer el impedimento biológico?

Llegamos al punto central. Parecería una discriminación no otorgarles el derecho a adoptar, pues “se les privaría” del derecho a realizar el deseo de paternidad o maternidad. Hay que observar como la parte subjetiva de esas personas (su deseo de ser padre o madre), se impone sobre la parte objetiva: el menor mismo que es adoptado.
Lo fundamental en la adopción no son los padres que desean tener un hijo, sino el menor de edad. La finalidad de la adopción es custodiar el derecho inalienable del menor a ser educado y formado dentro de la sociedad. Se trata de un derecho del menor, que ordinariamente es ejercido en el seno de una familia. Cuando ésta falta, el Estado puede otorgar la tutela, la custodia y la educación de un menor, para que alcance la adecuada instrucción y logre insertarse en la sociedad.
La identidad de género es esencial para cada persona, y se alcanza mediante la educación familiar. El niño necesita de estímulos –que encuentra originalmente en la familia– para realizarse como un adulto normal: estímulos cognitivos, para aumentar su inteligencia; afectivos, para sentirse seguro; perceptivos, para saber interpretar el significado de lo que capta a través de los sentidos; sociales, para descubrir el valor del otro; y morales, para formarse una conciencia ética. De igual manera, el niño aprenderá la identidad de género, de quienes lo rodeen en su infancia.
El Estado debe tutelar que sólo puedan adoptar a un menor, quienes reúnan un mínimo de cualidades para que el menor crezca adecuadamente, en todos los sentidos. Al adoptar a un menor, lo primero es respetar su condición de ser, su identidad.
Entonces, otorgarles el derecho de adopción a las parejas homosexuales constituye un atropello sobre los menores, pues se pone por encima de su educación el deseo de paternidad o maternidad, aunque tal deseo los pueda lastimar en su identidad de género. En el fondo, aunque no es fácil percibirlo cuando hay apasionamiento, se toma al menor como un “objeto”, que es “usado” para satisfacer un deseo, por más sublime que éste sea. Pero una persona no puede ser usada, pues, como afirmó Emmanuel Kant, el ser humano nunca es un medio sino que siempre es un fin.

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domingo, 27 de diciembre de 2009

Década de conversos

Luis-Fernando Valdés

Terminó la primera década del siglo XXI, que iniciamos con tantas ilusiones, y que en la realidad ha sido muy compleja. Se pueden hacer diversos balances (económico, político, militar, etc.), pero hay un indicador poco utilizado, que nos revela que el ser humano vive de esperanza religiosa, a pesar de los pesares. Se trata de las conversiones al catolicismo.

Sería muy largo enunciarlas todas. Veamos hoy sólo algunas muy significativas. Empecemos por mencionar de pasada, las conversiones en masa de casi medio millón de anglicanos a la Iglesia católica, entre ellos casi 50 obispos, en octubre de este 2009. En este contexto, fue muy notoria la conversión del ex Primer Ministro británico, Tony Blair, en diciembre de 2007.


Una conversión especialmente importante fue la del musulmán Magdi Allam, un egipcio de 55, en la Pascua de 2008. Se trata del sub-editor del conocido diario italiano “Corriere della Sera”. En su trayectoria, este periodista defendió en 2006 al Papa cuando pronunció discurso en Ratisbona (Alemania), que muchos musulmanes interpretaron como un ataque al Islam. Además, sus críticas a las bombas suicidas en Palestina en 2003, le valieron varias amenazas de muerte por lo cual el gobierno italiano le proporcionó protección policial.
Allam explicó que el factor más decisivo fue un encuentro con el Papa “a quien he admirado y defendido, como musulmán, por su brillantez al presentar el indisoluble lazo entre fe y razón como el cimiento de la religión verdadera”. Afirmó que cuando fue bautizado, “fue el día más hermoso de mi vida, cuando escogí el nombre más simple y más explícito. Desde ayer mi nombre es Magdi Christian Allam”.


Una conversión muy sonada fue la del actor y cantante mexicano Eduardo Verástegui, en 2003. Inició su carrera a los 17 años como vocalista. En poco tiempo grabó varias telenovelas, y empezó a cantar como solista. A los 28 años, la “Century Fox” lo contrató para filmar en Hollywood.
Verástegui cuenta que “después de doce años de carrera, de lograr todos esos sueños que pensé me iban a dar la felicidad, de haber llegado de un pueblo chiquito a Hollywood, de hacer una película en inglés, de tener doce managers, publicistas, agentes, abogados, todo tipo de personas trabajando para mí para lanzar el próximo ‘latin lover, Don Juan, casanova’; y de pronto ¡confundido porque no era feliz!” Al descubrir que con sus películas ofendía a Dios y hacía daño a la gente, decidió cambiar de vida. Ahora se dedica a producir películas que defienden la vida del nascituro.

Contemplar las conversiones al catolicismo de líderes religiosos, políticos, periodistas y artistas, nos lleva a reflexionar sobre el papel de la religión en la vida de cada persona. ¿Qué hay en el interior del ser humano, que lo mueve a una búsqueda tan intensa, que es capaz de dejar atrás un modo de vida, para abrazar otro nuevo y muy exigente?
Sin duda, siguen vivas las palabras de un converso del siglo V, Agustín de Hipona, que después de haber experimentado bastantes desórdenes morales y de haber probado varios sistemas de pensamiento pudo afirmar: “nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti” (Confesiones 1,1,1).
Estas conversiones son hechos que tienen un profundo significado. Aunque aumenten los avances de la ciencia y de la tecnología, el ser humano sólo encuentra una explicación sobre su propia existencia en la fe religiosa. Aunque la revolución sexual se ha impuesto, el corazón humano sólo se llena con el amor a Dios.

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domingo, 20 de diciembre de 2009

Pío XII y Juan Pablo II ¡a los altares!

Luis-Fernando Valdés

Ayer mismo, la Santa Sede anunció el reconocimiento de las “virtudes heroicas” de los Papas Pío XII y Juan Pablo II. Este es un paso importante para la canonización de ambos pontífices. ¿Qué significado tiene este acontecimiento?
Con fecha del 19 de noviembre de 2009, la Congregación para las Causas de los Santos, que es el organismo vaticano que estudia la vida de los candidatos a ser reconocidos como santos, promulgó los decretos en los que se reconocen las virtudes heroicas de ambos papas.
Es un hito muy importante en el proceso de canonización, cuyo primer paso es estudiar la vida de un católico que muere con fama de santidad; el siguiente consiste en determinar si el siervo de Dios ejercitó con constancia y ejemplaridad todas las virtudes cristianas, hasta el grado heroico.
El siguiente paso es probar la intervención de Dios, mediante un milagro atribuido a la intercesión de ese siervo. Cuando se certifica el milagro, el Papa procede a beatificarlo; y con otro milagro posterior a esa beatificación, el Romano Pontífice lo canoniza, es decir, le da el título de “santo”, lo pone como modelo de vida cristiana para toda la Iglesia, y autoriza su culto público en todo el mundo.
Con el decreto recién publicado, la Iglesia católica afirma oficialmente que Pío XII y Juan Pablo II son un modelo para todos los cristianos, y reconoce que sus vidas tanto públicas como privadas son ejemplo de vida totalmente entregada a Jesucristo. Además, este hecho está cargado de significado. Respecto a Juan Pablo II, esa significación es notoria; en cambio, sobre Pío XII es poco conocida. Veamos hoy sólo la trascendencia de las virtudes heroicas de este otro pontífice.
Eugenio Pascelli (1876-1958) tuvo importantes cargos en el servicio diplomático vaticano en Alemania antes de ser elegido Papa (10.II.1939). Antes y durante la Segunda Guerra Mundial (SGM) fue un comprometido promotor de la paz, y supo advertir del riesgo de una conflagración de grandes dimensiones, antes de que el conflicto bélico se extendiera.
Con gran ingenio, supo aprovechar del gran medio de comunicación de su época: la radio. Pío XII fue famoso por sus radio mensajes. El más célebre de ellos fue el que pronunció la Navidad de 1942, condenando al nazismo. El 29 de noviembre de 1945, ochenta delegados de los sobrevivientes de los campos de concentración alemanes le otorgaron un reconocimiento “por la generosidad mostrada hacia nosotros, los perseguidos durante el nazifascismo”.
Israel Anton Zolli (1904-1956) que fue el gran Rabino de Roma durante la SGM, cuenta que el 27 de septiembre de 1943, el jefe de la Gestapo exigió a la comunidad judía que le entregara 50 kilos de oro en tan sólo 24 horas, o los deportaría a Alemania. Zolli pudo juntar sólo 35 kilos. Acudió a Pío XII, y el Papa aportó el resto. Pero de nada sirvió el oro, pues el 16 de octubre comenzaron las deportaciones, que sólo se detuvieron por intervención de Pío XII. Al finalizar esa conflagración mundial, Zolli pidió ser bautizado, y adoptó como nombre cristiano el de Eugenio Pío, en honor del Papa.
El reconocimiento a Pío XII y su próxima beatificación (aún sin fecha) subraya la firme oposición de la Iglesia contra el totalitarismo nazi, y la solidaridad del Papado hacia a los judíos. Además, este decreto reafirma la continuidad doctrinal y pastoral de la Iglesia, porque Pío XII es el último Papa antes del Concilio Vaticano II.

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domingo, 13 de diciembre de 2009

Juan Diego, ¿mito o realidad?

Año 5, número 241
Luis-Fernando Valdés

Ayer millones de peregrinos llegados de todo el País se congregaron en la Basílica de Guadalupe; además, en las iglesias de cada localidad de nuestra Patria también hubo celebraciones en honor de la Virgen Morena. Es un evento que cada año reaviva la fe de los católicos mexicanos. Pero, ¿en qué se funda este culto mariano: en un hecho histórico o en una piadosa leyenda?

Las claves para dar una sólida respuesta son dos: la imagen misma de la Virgen de Guadalupe y la persona de Juan Diego, el indígena vidente de la Señora del Cielo. Detengámonos en este segundo aspecto.

La existencia histórica de Juan Diego es importante para dilucidar el “hecho guadalupano”. Si él realmente existió, y se pueden conocer los rasgos de su vida que lo acrediten como un hombre de bien, entonces se puede afirmar que es un testigo de excepción, digno de ser creído.

Durante siglos, nunca se puso en duda ni la realidad de las apariciones de la Virgen, ni de la persona de Juan Diego. Fue hasta el siglo pasado que hubo ciertos movimientos –más ideológicos que populares– que negaron la historicidad de nuestro personaje. En realidad, fueron intentos de reducir el fenómeno guadalupano a un mito religioso usado para representar las antiguas tradiciones religiosas mexicanas, que luego habrían sido asumidas en forma sincretista por el catolicismo; o como un mero instrumento pedagógico de la catequesis misionera a favor de los indígenas; o como una invención del criollismo nacido en el siglo XVII, para darle fuerza al naciente nacionalismo mexicano.

Con motivo del proceso de beatificación de Juan Diego, se instituyó una Comisión histórica que realizó una profunda investigación. Sus resultados señalan que, en diversas épocas, se ha documentado la historicidad del vidente del Tepeyac.

Juan Diego pertenecía a la etnia de los chichimecas, y nació en torno al año 1474, en Cuauhtitlán, en el barrio de Tlayácac, en el reino de Texcoco. Fue bautizado por los primeros misioneros franciscanos, en torno al año de 1524. Su esposa, María Lucía, murió en 1529.

Después de las Apariciones (1531), pidió permiso al Obispo Zumárraga para vivir junto al Templo recién erigido, para atender a los peregrinos, y murió con fama de santidad en 1548. Desde entonces comenzó su culto de veneración. Pero, en 1634, el Papa Urbano VIII dio unas orientaciones sobre culto a los santos, y como Juan Diego no era aún un santo canonizado, su devoción fue suspendida oficialmente. Sin embargo, el decreto no logró erradicarla de la mentalidad popular.

En 1666, se abrió un proceso jurídico para reconocer la historicidad del Acontecimiento Guadalupano y de Juan Diego. Los resultados de este proceso se conocen como “Informaciones Jurídicas de 1666”, y fueron enviados a Roma. En 1720, el entonces arzobispo de México, José de Lanciego y Aguilar, aprobó que se realizara una nueva investigación, que originó las llamadas “Informaciones de 1723”, en las que se confirmó nuevamente la tradición de la milagrosa imagen.

La existencia de Juan Diego es real, como también lo es la imagen del ayate. Ambos sucesos no “demuestran” la existencia de Dios; pero, cuando el corazón busca sinceramente la verdad, el “hecho guadalupano” le da motivos a la razón para rendirse y para abrirse a lo sobrenatural. Juan Diego existió y es testigo fidedigno de las Apariciones: la fe no se apoya en el vacío, sino una tradición bien atestiguada. Es razonable creerlo.