domingo, 28 de febrero de 2010

¿Hay futuro para la religión?

Luis-Fernando Valdés

Es notorio que en las últimas semanas, las noticias religiosas de interés nacional e internacional han estado presentes en la opinión pública. Esas notas manifiestan diversas tendencias, pues mientras unas hablan del crecimiento religioso, otras pronostican su paulatina desaparición de la esfera pública. ¿Cuál es el futuro de la religión en el mundo?

Empecemos por las noticias que tocan el tema de la restricción de las religiones en la vida pública. Hace pocas semanas en nuestro País, se reformó el artículo 40 constitucional, y desde ahora México es un Estado laico. Esto significa que la religión, por ley, no debe intervenir en la vida pública de nuestra Nación.

Además, el 3 de noviembre de 2009, el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo dictó una sentencia que afirma que “los crucifijos en las aulas son una violación de los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones y de la libertad de religión de los alumnos”. Este Tribunal pidió que las escuelas italianas retiraran ese símbolo cristiano de las escuelas, pero Italia se negó a acatar esa resolución, pues interfería en su autonomía.

Por otra parte, hay noticias que hacen ver que la religión cristiana ha ganado cierto impulso. Así, después de la Constitución apostólica “Anglorum coetibus” (4.XI.09) de Benedicto XVI, que admite a los anglicanos en la Iglesia católica, varias comunidades ha iniciado el proceso de retorno a Roma, como la “Foward in Faith”, influyente grupo anglicano presente en Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia (18.II.10).

Además, el recientemente elegido Patriarca serbio (22.I.10), Su Beatitud Irinej, propuso a Benedicto XVI que en 2013 visite la ciudad de Nis, en Serbia sudoriental, lugar de nacimiento del emperador Constantino el Grande, con motivo de los 1700 años del edicto de Milán (a. 313). El Vaticano acogió “con alegría” esta invitación del Patriarca ortodoxo.

Y también el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, exhortó a sus fieles a no tener miedo del diálogo ecuménico con la Iglesia católica, en su Mensaje con motivo del Domingo de la Ortodoxia (21.II.10). Explicó que la unidad entre los cristianos es “voluntad del propio Cristo”, y “condición necesaria” para el diálogo con el mundo. Y afirmó que “quien cree que la Ortodoxia tiene la verdad no teme el diálogo, porque la verdad nunca ha estado en peligro por el diálogo”.

Las dos posturas reseñadas reflejan los dos sentimientos del corazón humano: sed y añoranza de Dios, de una parte; y rebeldía y deseos de una autonomía total, por otra. Ése es el gran drama interior del hombre, que se refleja en la vida pública. Por eso, no es fácil afirmar ni que el mundo hoy sea más creyente, ni que las religiones estén a punto a desaparecer.

Pero lo que sí se puede afirmar es que este conflicto interno de cada persona hoy se ha desplazado al ámbito social. Se enfocado desde el ámbito público, como si el problema consistiera en saber si ahora crece o disminuye el número creyentes, o si las confesiones tienen peso en la vida pública.

Sin embargo, el verdadero lugar del problema es la conciencia de cada persona, en la que se da el conflicto de aceptar o rechazar a Dios (o a un Ser supremo). El futuro de la religión no es estadístico, sino que radica en que cada uno vuelva a escuchar su propia interioridad. Entonces, más allá de las polémicas, todos intuimos que se cumplen las palabras del Obispo de Hipona (s. IV): “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti”.

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domingo, 21 de febrero de 2010

Roma ante el “caso irlandés”




Luis-Fernando Valdés

Benedicto XVI reunió recientemente a todos los obispos irlandeses, para una asamblea extraordinaria, en el Vaticano (15-16.II.10). El motivo era resolver la crisis suscitada por el “Informe Murphy”, en el que salen a la luz casos de pederastia atribuidos a sacerdotes, que fueron encubiertos por obispos. ¿Qué puede esperar la Iglesia tras este escándalo?

Como es sabido, el 26 de noviembre de 2009, la juez irlandesa Ivonne Murphy dio a conocer un informe de 700 páginas, en el que documenta que las acusaciones de 450 personas presentadas contra 46 sacerdotes por hechos ocurridos entre 1975 y 2004. El documento además presenta la connivencia entre la jerarquía eclesiástica y las autoridades del Estado, como la policía y la Fiscalía, para encubrir los esfuerzos de cuatro obispos dublineses por mantener ocultos estos casos.

Después de la reunión del Papa y los obispos irlandeses, se difundió un comunicado en el que se afirma que “todos los presentes han reconocido que esa grave crisis ha desembocado en el desmoronamiento de la confianza en la jerarquía eclesiástica y ha perjudicado su testimonio del Evangelio y sus enseñanzas morales” (Vatican Information Service, 16.II.10).

Por su parte, el Santo Padre observó que los abusos sexuales de niños y jóvenes no son sólo un crimen atroz, sino también un pecado grave que ofende a Dios y que hiere la dignidad de la persona creada a su imagen; y exhortó a los obispos a afrontar los problemas del pasado con determinación y a hacer frente a las crisis con honradez y valentía (Íbidem).

El Pontífice anunció medidas duras contra los sacerdotes que abusen de menores (la llamada “tolerancia cero”), junto con una gran apertura a las peticiones de las víctimas, un mayor empeño en la prevención, como una mejor selección para ingresar a los seminarios.

Sin duda, estas declaraciones no solucionan los duros momentos que han tenido las víctimas, ni tampoco sirven para dar por cerrado el episodio. Pero qué duda cabe que reconocer esta tragedia ayudará a disminuir los caso de abusos por parte de sacerdotes. Además, los afectados agradecerán seguramente la solidaridad que les mostramos desde muchos puntos del globo terráqueo.


El reconocimiento de esta pesada culpa también ha beneficiado a la propia iglesia. El vaticanista Diego Contreras resalta tres aspectos positivos: 1) la radicalidad con la que el Papa ha abordado el tema, sin ocultar que se trata de crímenes; 2) el sentido de responsabilidad de los obispos irlandeses, que se asumen la culpa del fracaso para atajar eficazmente esos abusos; 3) la abundante cobertura informativa que se ha ofrecido de la reunión y la plena apertura de la Iglesia para colaborar con la justicia civil.

El conocido periodista italiano, Luigi Accattoli, comentó que era positivo que la Iglesia estuviera reaccionando, y resaltó que, ante el desolador panorama moral, la única institución que hace autocrítica es la Iglesia católica.

Por nuestra parte, nos parece que la autoridad moral de Benedicto XVI ha crecido con el manejo de esta crisis, porque ha demostrado que es un hombre que no negocia con los criminales, y que su amor a la verdad es más fuerte que el miedo a los escándalos. Bajo esta guía es predecible que, por una parte, saldrán a la luz más casos que permanecían ocultos; y por otra, que esas prácticas execrables se reducirán, porque desde ahora serán duramente penadas al interior de la Iglesia misma.

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domingo, 14 de febrero de 2010

Repensar el Estado laico

Luis-Fernando Valdés

El pasado 11 de febrero, la Cámara de Diputados aprobó la modificación del Artículo 40 constitucional, para afirmar que México es oficialmente un Estado laico. Esta noticia es difícil de valorar, porque cada quien interpreta el término “laico” de muy diversas maneras. Entonces, ¿qué se debe entender por “Estado laico”?

El artículo modificado decía: “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una república representativa, democrática, federal, …”; y la reforma simplemente la ha añadido la palabra “laica”, de modo que diga que “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una república…laica…”. Pero, ¿es realmente ése el querer de “todos” los mexicanos? ¿todos los mexicanos piensan lo mismo al decir “laico”?

Los autores de la iniciativa dicen que esta modificación servirá, principalmente, para asegurar la independencia del Estado respecto de las iglesias y para evitar que el poder político se use para privilegiar alguna confesión religiosa. Sin embargo, estos dos puntos ya están asegurados por el texto constitucional actual (arts. 24, 39, 41 y 130, principalmente), y es difícil pensar que alguien quiera modificarlos.

Entonces, ¿qué pensar sobre el Estado laico? Como no se ha definido lo que significa para nuestra Constitución, cada quien interpretará esta laicidad según su ideología política. Así, para algunos significará evitar tanto un estado confesional como uno ateo; para otros, será la separación del Estado y de la Iglesia, con respeto a las culturas del país; y quizá para otros sea un modo de evitar que las religiones opinen sobre temas debatidos en las Cámaras.

Sin embargo, ésta es una inmejorable oportunidad para repensar la laicidad del Estado. La clave para este intento es sacar la discusión del terreno de las dialécticas entre izquierdas y derechas. Mientras se considere la religión como un asunto de derechas, será difícil resolver el conflicto, pues cualquier concesión al ámbito religioso se consideraría como una derrota para la izquierda; y viceversa: sería un logro para la izquierda reducir los ámbitos de libertad religiosa.

En realidad, la cuestión religiosa no es de izquierdas o derechas, sino que se trata de un derecho humano. Todo ser humano tiene derecho a profesar una religión, con independencia de que los demás la consideren verdadera o no. Se trata de un verdadero derecho de la persona, no de una concesión de un gobierno, ni de la imposición de un grupo parlamentario.

Ante todo, cualquier Estado debe garantizar la libertad religiosa de sus ciudadanos, como lo hace el nuestro en el artículo 1 de la Carta magna: “Queda prohibida toda discriminación motivada por … la religión”. Y esta garantía está en plena sintonía con la Declaración universal de los Derechos humanos, que incluye la libertad de manifestar la propia religión, “individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia” (art. 18).

De modo que la laicidad del Estado no consistirá ni en menoscabar ni en promover la religiosidad del Pueblo (pues no es materia de su incumbencia), sino para garantizar que cualquier ciudadano pueda ejercitar su fe, sin ser disturbado.

En otras palabras, el nuevo paradigma radica en que el Estado debe permanecer ajeno a cualquier confesión, para así poder dar garantías de ejercicio y respeto a todas las confesiones; el Estado deber ser laico para poder asegurar el derecho de libertad religiosa, que es un derecho humano, no una conquista de la derecha ni un atentado contra la izquierda.

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domingo, 7 de febrero de 2010

El Rabino que habló con Jesús


Luis-Fernando Valdés

Un día después de que visitará la Sinagoga de Roma, Benedicto XVI recibió en audiencia al rabino Jacob Neusner (18.I.10), conocido en los círculos intelectuales católicos por su libro “Un rabino habla con Jesús” (1993). Este encuentro nos da pie para dos reflexiones: una sobre el diálogo interreligioso y otra sobre la personalidad del Papa.

Neusner es un prestigioso intelectual judío norteamericano, que ha estudiado en Harvard y Columbia, ha escrito o editado más de 900 libros. En su famosa obra, Neusner, judío ortodoxo, se pone imaginariamente en el lugar de un rabino contemporáneo a Jesús e intenta dialogar con él, desde sus enseñanzas transmitidas por San Mateo. Sin renunciar a sus convicciones hebreas, este rabino manifiesta claramente que no puede aceptar el mensaje de Jesús, porque éste se presenta como Dios y se pone en el lugar de la Torá.

Benedicto XVI, en su obra “Jesús de Nazaret” (2007), lleno de respeto retoma la postura de este intelectual, y dialoga con él a lo largo de 20 páginas. Joseph Ratzinger definió este libro, entre otras cosas, como el ensayo “más importante que se había publicado en la última década para el diálogo judeo-cristiano”, y añadió que “la absoluta honestidad intelectual, la precisión del análisis, el respeto hacia la otra parte unida a una radical lealtad hacia la propia postura caracterizan el libro y lo convierten en un desafío, especialmente para los cristianos, que tendrán que reflexionar bien sobre el encuentro entre Moisés y Jesús”.

Neusner nos da un gran ejemplo de diálogo entre religiones, porque se toma totalmente en serio la propuesta cristina y la entiende desde dentro. Sólo cuando ha asimilado el mensaje de Jesús, el rabino norteamericano manifiesta su discordancia. Su actitud es encomiable: “la vida en un país cristiano, me ha hecho sentir orgulloso del judaísmo, pero también alegre de tener como hermanos y vecinos una religión que fomenta la benevolencia y las buenas relaciones con los que disienten”, escribió.

Luego de su encuentro con el Pontífice, Jacob Neusner declaró a “L’Osservatore Romano”, periódico oficial del Vaticano, que “siempre he estimado al estudioso Joseph Ratzinger por su honestidad y lucidez, y estaba muy interesado encontrar y conocer al hombre. Ahora que he venido a Roma para el histórico encuentro en la sinagoga y (…) he recibido el gran don de encontrarme con el Papa”.

Sobre el Santo Padre, Neusner dice que “lo que más me ha impresionado han sido sus ojos penetrantes. Te mira dentro. Y además sus modales de caballero, lleno de gentileza y humildad”. Es el mismo rasgo que vio el rabino durante la visita de Benedicto XVI a la Sinagoga romana: “Un evento grandioso, con una participación enorme, extendida y conmovida por parte de todos, que me permite esperar bien del futuro”.

Esta breve entrevista está repleta de significado. Dos líderes religiosos de gran talla intelectual muestran que es posible sentir aprecio por otro que piensa distinto, y que la profunda fe religiosa en las propias tradiciones conlleva la convivencia sincera y respetuosa.

Además, los elogios sobre Benedicto XVI por parte de un hombre serio que no es católico, ni tiene el compromiso de quedar bien, nos ayudan a seguir descubriendo la rica personalidad del Santo Padre, echando abajo los prejuicios sobre una supuesta dureza doctrinal y un carácter rígido.

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domingo, 31 de enero de 2010

El “Papa emérito”


Luis-Fernando Valdés

Acaba de aparecer al público el libro “¿Por qué un santo?”, escrito por Mons. Slawomir Oder, postulador de la causa de Juan Pablo II, que se basó en las versiones de 114 testigos y en documentos sobre la vida del Papa que fueron compilados para apoyar su canonización. En este escrito se relata que el Papa polaco practicaba la mortificación corporal y que tenía previsto renunciar si su salud le hubiera impedido gobernar la Iglesia.

La noticia de ambos temas ha dado pie a cierto amarillismo: un “Papa asceta”, un “Papa emérito” (o sea, “jubilado” en términos eclesiásticos). Sin embargo, para los creyentes estos dos hechos tienen un significado muy profundo, que deseo compartir con los lectores.

Sobre la renuncia del Pontífice, la obra de Mons. Oder saca a la luz que el Papa Wojtila, el 15 de febrero de 1989, cuando su salud empezó a fallar preparó un documento para sus ayudantes en el que afirmaba que renunciaría al Pontificado romano, “en el caso de una enfermedad que se presuma incurable, duradera y que me impida ejercer las funciones de mi ministerio apostólico”.

Esto no es nuevo, pues en su momento ya había hecho Pablo VI (el 2.II.1965). En 1994, Juan Pablo II confirmó este deseo suyo, pero después de varias consultas, decidió continuar al frente de la Iglesia hasta su muerte. Él mismo llegó a la conclusión de que no había lugar en la Iglesia para un ‘Papa emérito’.

Lejos de mostrar a un papa temeroso, o acobardado ante la falta de salud, esta disposición a renunciar nos enseña a un gobernante que no está apegado al poder tanto humano como espiritual de su cargo, nos revela que el corazón de Karol Wojtila amaba tanto a la Iglesia, que prefería renunciar a hacerle daño, (lo cual hubiera sucedido si hubiera seguido en el cargo, sin las capacidades mentales para dirigir al nuevo Pueblo de Dios).

Sobre la mortificación practicada por el Papa polaco, Mons. Oder escribió que con frecuencia Juan Pablo II no ingería alimentos, sobre todo durante la Cuaresma. También “con frecuencia dormía durante la noche en el simple piso”, para practicar el sacrificio, y destendía su cama por la mañana para no llamar la atención. Además, según testifican sus colaboradores cercanos, el fallecido Pontífice se auto-flagelaba.

El tema del sacrificio corporal no es nuevo en la historia de la humanidad, y tampoco hoy resulta extraño. Lo que resulta escandaloso es el motivo. A nadie le parece raro que una persona, por razones estéticas se someta a tratamientos y dietas, que implican mucho esfuerzo. Y lo mismo se puede decir de quienes reciben tratamientos médicos para curar enfermedades complicadas, o siguen un plan de entrenamiento exhaustivo.

En cambio, el Papa Wojtila vivió esa mortificación por un sentido religioso: identificarse con Cristo, que sufrió la Pasión y murió por la salvación de los hombres. Así este gran Obispo de Roma alcanzó el ideal de los cristianos, que consiste en identificarse con Cristo doliente. Los grandes santos de la Iglesia siempre han recurrido a este tipo de sacrificios, para alcanzar a Cristo y sacar adelante su misión.

Juan Pablo II, aun después de su muerte, nos sigue dando un gran ejemplo y nos sigue alentado, pues con estos dos episodios, nos muestra que vivió entregado a su misión y nos confirma que no nos equivocamos al confiar en él. Este nuevo libro viene a mostrar una vez más la coherencia y la autenticidad de un Papa que se ganó el respeto y la estima de millones de personas tanto creyentes como no creyentes.

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domingo, 24 de enero de 2010

El Papa en la Sinagoga



Luis-Fernando Valdés

El 17 de enero pasado, Benedicto XVI visitó la Sinagoga de Roma. Este importante acontecimiento no tuvo tanto eco en los medios, seguramente desbordados por las noticias del terremoto de Haití, ocurrido unos días antes de esta visita. Pero el significado de este evento sigue vigente.


No era ya una novedad que un Papa acudiera a una sinagoga, pues Juan Pablo II lo había hecho en 1986, y el Benedicto XVI en Colonia (2005) y New York (2008). Sin embargo, esta visita tuvo un gran interés de diálogo interreligioso, porque al acto asistió una delegación musulmana de la mezquita de Roma.

El Papa invitó en su discurso a trabajar juntos a partir de las raíces comunes de los Diez Mandamientos. Mientras que el rabino jefe de Roma, Riccardo di Segni, se refirió a esas “visiones compartidas” en defensa del ambiente, de la santidad de la vida, de la libertad y de la paz; y añadió que se trata de un empeño que debe implicar a hebreos, cristianos y musulmanes.

El tono de la visita fue amable y cordial, con numerosos aplausos y momentos emotivos, como el saludo del Papa al ex rabino Elio Toaff, de 95 años, quien recibió a Juan Pablo II en 1986; el homenaje a la lápida que recuerda a los 1.021 judíos romanos deportados a los campos de exterminio; y el homenaje a las víctimas de un atentado a la sinagoga ocurrido en 1982.

Las referencias a los puntos conflictivos fueron más o menos explícitas, pero no determinaron el carácter del encuentro. El Papa subrayó que “la Iglesia no ha dejado de lamentar las faltas de sus hijos e hijas, pidiendo perdón por todo lo que ha podido favorecer en cualquier manera las plagas del anti-semitismo y del anti-judaísmo”.

Las intervenciones del presidente de la comunidad judía de Roma, Riccardo Pacifici, y del presidente de las Comunidades judías de Italia, Renzo Gattegna, marcan una nueva época en la relación entre judíos y católicos.

Pacifici expresó que el diálogo entre judíos y católicos “puede y debe continuar” y, por su parte, Gattegna auguró que “las diversidades no sean nunca más causas de conflictos ideológicos o religiosos, sino de recíproco enriquecimiento cultural y moral”.

Los efectos positivos no se hicieron esperar. Ya antes de la visita, Mons. Vincenzo Paglia, presidente de la comisión ecumenismo y diálogo de la Conferencia Episcopal Italiana, calificó la amistad entre judíos y cristianos como “intensa” y explicó que se trata de “una especie de obligación teológica”, porque “la fraternidad entre estos dos pueblos es parte integrante de sus respectivos credos”.

Cuatro días después del evento, el embajador de Israel ante la Santa Sede, Mordechay Lewy, publicó un par de artículos en la revista mensual judía italiana “Pagine Ebraiche”, en los que pide a sus connacionales una mayor apertura al diálogo con la Iglesia católica. Afirmó que “los católicos nos tienden la mano”, y por eso “sería insensato no aferrarla, a menos que queramos hipotecar nuestro futuro con una animosidad constante con el mundo católico”.

Los hechos se imponen a las críticas. Los esfuerzos de las autoridades católicas y judías muestran un gran deseo de diálogo, y cada vez son menos los que se niegan a esta convivencia interreligiosa. Este acercamiento entre católicos y judíos viene a cambiar una paradigma muy antiguo, que sostenía que las diferencias religiosas provocan guerras y división. Hoy ya no es así. Más aún, el diálogo entre religiones puede ser el gran motor para conseguir la anhelada paz entre los pueblos.

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domingo, 17 de enero de 2010

Haití: solidaridad a fondo


Luis-Fernando Valdés

El 12 de enero de 2010 ha marcado la historia. Un devastador terremoto destruyó Haití, dejando decenas de miles de muertos y centenares de miles sin hogar. Inmediatamente la comunidad internacional manifestó su apoyo, y voces autorizadas como Benedicto XVI pidieron ayuda para los damnificados. Inició la hora de la solidaridad.

Junto con la generosidad de miles y miles de personas, que desde diversos puntos del mundo han enviado ayuda en comida, medicina y ropa, está el esfuerzo admirable de centenares de rescatistas de diversas naciones, que intentan buscar sobrevivientes entre los escombros.

Toda esta ayuda es digna de alabanza, especialmente porque Haití es el país más pobre de todo el continente. Pero el hecho de que hayamos tenido que esperar a que ocurriera un gran desastre natural, para mostrar apoyo hacia esa afligida nación, nos lleva a la reflexión: ¿la solidaridad consiste únicamente prestar auxilio material o sanitario en las desgracias

Además de seguir promoviendo la asistencia médica y alimenticia, y de pedir oraciones por las víctimas y los sobrevivientes, la tragedia de Haití nos invita a comprender mejor la solidaridad, que es una virtud de cuño claramente cristiano.

Juan Pablo II explicaba que esta virtud no es “un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Encíclica “Sollicitudo rei sociales”, 38).

La solidaridad así entendida lleva a considerar que los seres humanos estamos en profunda relación, no sólo por pertenecer a una misma comunidad, sino por el hecho mismo de poseer una naturaleza común. De este modo, ningún grupo humano y ninguna nación se pueden considerar al margen de las necesidades de los otros grupos o países.

Pero hoy tenemos que cuestionar si el modo como se desarrolla la política internacional es solidario. El aumento cultural, educativo, económico y tecnológico es una llamada a las naciones desarrolladas a compartir sus riquezas y avances, con los países más necesitados, para que por ellos mismos puedan salir adelante.

Hace falta también promover un modelo cultural que entienda que el desarrollo nunca puede tener un enfoque individualista. El progreso personal no puede desentenderse del avance familiar, y éste a su vez no debe ignorar la superación de la propia comunidad. De igual manera, el crecimiento económico, social y cultural de un país no puede desatender a su compromiso de ayudar a las naciones necesitadas.

La solidaridad no estaría completa si se dejara de lado la dimensión espiritual y religiosa. La sana laicidad del Estado no significa que no exista en cada persona una necesidad de tipo sobrenatural. Una parte importante de la solidaridad que ahora mismo Haití necesita es que recemos por sus habitantes, como nos gustaría que nos encomendaran si estuviéramos en una necesidad similar.

Por eso, los escombros que ahora cubren la superficie de Haití ponen al descubierto la falta de esa otra solidaridad, pues este país ha sido casi abandonado al subdesarrollo y a la ignorancia, durante décadas. Que las toneladas de medicinas y alimentos no se conviertan en una “tapadera”, que oculte la falta de atención internacional a los otros problemas sociales, económicos y culturales de esta abatida nación.

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domingo, 10 de enero de 2010

El “Papa verde”



Luis-Fernando Valdés

Un hecho muy sonado en 2009 fue el fracaso de la Cumbre de Copenhague sobre el medio ambiente, organizada por las Naciones Unidas. Los países ahí reunidos no fueron capaces de aportar una solución viable a los problemas ecológicos mundiales, como el calentamiento global. En cambio, Benedicto XVI recibió el apelativo de “Papa verde” por parte de los medios de comunicación. ¿Cuál es la revolución ecológica del Pontífice?


El año que a penas terminó consolidó el prestigio del Santo Padre como defensor de la creación. La revista norteamericana de geopolítica “Foreign Policy” (FP) clasificó a Benedicto XVI en el lugar número 17 entre los “100 mayores pensadores globales” del año, entre aquellos que con sus “grandes ideas han modelado nuestro mundo en el 2009”.

Entre los méritos que “FP” reconoce al Papa Benedicto está el de “haber colocado a la Iglesia de manera inesperada a la cabeza en la defensa del ambiente y en la denuncia de los peligros del cambio climático” (www.foreignpolicy.com, del 30.XI.2009).

Esta nominación no resulta extraña porque el Obispo de Roma ha enviado bastantes mensajes sobre el tema de la ecología. Uno de los más significativos está contenido en su última encíclica, “Cáritas in veritate” (29.VI.2009), en la que el Papa ofrece pautas de solución a temas candentes como la explotación de los recursos no renovables y la justicia hacia los pueblos más pobres, la cuestión de los consumos energéticos, la responsabilidad ante las generaciones futuras, la relación entre ecología y respeto de la vida.

El 10 de septiembre del año pasado, el Pontífice expresó que se debe “ver en la creación algo más que la simple fuente de riqueza o explotación por la mano del hombre”. El regalo de la creación debe ser usado “responsablemente y con respeto, haciéndolo fructífero”. Ya que al final, debemos ver la creación como “la expresión de un plan de amor y verdad que nos habla del Creador y de su amor por la humanidad que encontrará su plenitud en Cristo, al final de los tiempos”.

Hace unos días, el 1 de enero, Benedicto XVI publicó un importante mensaje sobre el cuidado de la creación, titulado “Si quieres promover la paz, protege la creación”, que es como un resumen de sus propuestas anteriores. El Papa recuerda el mandato divino de cultivar y custodiar la tierra. “Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Por el contrario, cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza” (n. 6).

También el Santo Padre alienta “la educación de una responsabilidad ecológica” que salvaguarde una auténtica “ecología humana” y, por tanto, afirme con renovada convicción “la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia” (n. 12).

Pero el Papa no sólo envía mensajes “verdes”, sino que ha emprendido acciones ecológicas. Hizo instalar paneles solares para la generación de electricidad en los techos del Vaticano y en los de su casa en Alemania.

El Pontífice también ha hecho del Vaticano el primer estado neutral en emisiones de bióxido de carbono, a través de la reforestación de bosques en Hungría, que compensan las emisiones de C02 producidas en esa Ciudad Estado. Por todo esto, es acertado calificar a Benedicto XVI como el “Papa de la ecología”, y a sus mensajes como una “revolución verde”.

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domingo, 3 de enero de 2010

Homosexualidad y adopción

Luis-Fernando Valdés

La Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó una ley, que equipara las uniones entre personas homosexuales con el matrimonio entre un varón y una mujer. Además, esta ley contempla la posibilidad de que esas parejas homosexuales puedan adoptar niños. La reacción ha sido un enfrentamiento de posiciones, entre algunos legisladores locales del PRD y la Arquidiócesis de México. Al margen de la polémica, necesitamos una argumentación seria que permita el diálogo.

En primer lugar, quienes manifiestan tendencias homosexuales son –ante todo– personas y ciudadanos como los demás, por lo que merecen respeto y un trato cordial. Pero respetarlos, no excluye que la homosexualidad sea puesta a crítica, pues es un fenómeno que requiere reflexión y revisión. Una cosa es el respeto y otra el dogmatismo.
Se suele confundir el respeto a los sentimientos de las personas homosexuales, con concederles derechos. Pero no es lo mismo. Como le pasa a cualquier adulto, en los homosexuales existe una inclinación afectiva natural a la paternidad y maternidad: entendemos que tengan el deseo de ser padres o madres. Sin embargo, aunque esa tendencia exista, es obvio que estas parejas están imposibilitadas para tener un hijo. Entonces, ¿se les debe conceder un derecho a la adopción, para vencer el impedimento biológico?

Llegamos al punto central. Parecería una discriminación no otorgarles el derecho a adoptar, pues “se les privaría” del derecho a realizar el deseo de paternidad o maternidad. Hay que observar como la parte subjetiva de esas personas (su deseo de ser padre o madre), se impone sobre la parte objetiva: el menor mismo que es adoptado.
Lo fundamental en la adopción no son los padres que desean tener un hijo, sino el menor de edad. La finalidad de la adopción es custodiar el derecho inalienable del menor a ser educado y formado dentro de la sociedad. Se trata de un derecho del menor, que ordinariamente es ejercido en el seno de una familia. Cuando ésta falta, el Estado puede otorgar la tutela, la custodia y la educación de un menor, para que alcance la adecuada instrucción y logre insertarse en la sociedad.
La identidad de género es esencial para cada persona, y se alcanza mediante la educación familiar. El niño necesita de estímulos –que encuentra originalmente en la familia– para realizarse como un adulto normal: estímulos cognitivos, para aumentar su inteligencia; afectivos, para sentirse seguro; perceptivos, para saber interpretar el significado de lo que capta a través de los sentidos; sociales, para descubrir el valor del otro; y morales, para formarse una conciencia ética. De igual manera, el niño aprenderá la identidad de género, de quienes lo rodeen en su infancia.
El Estado debe tutelar que sólo puedan adoptar a un menor, quienes reúnan un mínimo de cualidades para que el menor crezca adecuadamente, en todos los sentidos. Al adoptar a un menor, lo primero es respetar su condición de ser, su identidad.
Entonces, otorgarles el derecho de adopción a las parejas homosexuales constituye un atropello sobre los menores, pues se pone por encima de su educación el deseo de paternidad o maternidad, aunque tal deseo los pueda lastimar en su identidad de género. En el fondo, aunque no es fácil percibirlo cuando hay apasionamiento, se toma al menor como un “objeto”, que es “usado” para satisfacer un deseo, por más sublime que éste sea. Pero una persona no puede ser usada, pues, como afirmó Emmanuel Kant, el ser humano nunca es un medio sino que siempre es un fin.

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domingo, 27 de diciembre de 2009

Década de conversos

Luis-Fernando Valdés

Terminó la primera década del siglo XXI, que iniciamos con tantas ilusiones, y que en la realidad ha sido muy compleja. Se pueden hacer diversos balances (económico, político, militar, etc.), pero hay un indicador poco utilizado, que nos revela que el ser humano vive de esperanza religiosa, a pesar de los pesares. Se trata de las conversiones al catolicismo.

Sería muy largo enunciarlas todas. Veamos hoy sólo algunas muy significativas. Empecemos por mencionar de pasada, las conversiones en masa de casi medio millón de anglicanos a la Iglesia católica, entre ellos casi 50 obispos, en octubre de este 2009. En este contexto, fue muy notoria la conversión del ex Primer Ministro británico, Tony Blair, en diciembre de 2007.


Una conversión especialmente importante fue la del musulmán Magdi Allam, un egipcio de 55, en la Pascua de 2008. Se trata del sub-editor del conocido diario italiano “Corriere della Sera”. En su trayectoria, este periodista defendió en 2006 al Papa cuando pronunció discurso en Ratisbona (Alemania), que muchos musulmanes interpretaron como un ataque al Islam. Además, sus críticas a las bombas suicidas en Palestina en 2003, le valieron varias amenazas de muerte por lo cual el gobierno italiano le proporcionó protección policial.
Allam explicó que el factor más decisivo fue un encuentro con el Papa “a quien he admirado y defendido, como musulmán, por su brillantez al presentar el indisoluble lazo entre fe y razón como el cimiento de la religión verdadera”. Afirmó que cuando fue bautizado, “fue el día más hermoso de mi vida, cuando escogí el nombre más simple y más explícito. Desde ayer mi nombre es Magdi Christian Allam”.


Una conversión muy sonada fue la del actor y cantante mexicano Eduardo Verástegui, en 2003. Inició su carrera a los 17 años como vocalista. En poco tiempo grabó varias telenovelas, y empezó a cantar como solista. A los 28 años, la “Century Fox” lo contrató para filmar en Hollywood.
Verástegui cuenta que “después de doce años de carrera, de lograr todos esos sueños que pensé me iban a dar la felicidad, de haber llegado de un pueblo chiquito a Hollywood, de hacer una película en inglés, de tener doce managers, publicistas, agentes, abogados, todo tipo de personas trabajando para mí para lanzar el próximo ‘latin lover, Don Juan, casanova’; y de pronto ¡confundido porque no era feliz!” Al descubrir que con sus películas ofendía a Dios y hacía daño a la gente, decidió cambiar de vida. Ahora se dedica a producir películas que defienden la vida del nascituro.

Contemplar las conversiones al catolicismo de líderes religiosos, políticos, periodistas y artistas, nos lleva a reflexionar sobre el papel de la religión en la vida de cada persona. ¿Qué hay en el interior del ser humano, que lo mueve a una búsqueda tan intensa, que es capaz de dejar atrás un modo de vida, para abrazar otro nuevo y muy exigente?
Sin duda, siguen vivas las palabras de un converso del siglo V, Agustín de Hipona, que después de haber experimentado bastantes desórdenes morales y de haber probado varios sistemas de pensamiento pudo afirmar: “nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti” (Confesiones 1,1,1).
Estas conversiones son hechos que tienen un profundo significado. Aunque aumenten los avances de la ciencia y de la tecnología, el ser humano sólo encuentra una explicación sobre su propia existencia en la fe religiosa. Aunque la revolución sexual se ha impuesto, el corazón humano sólo se llena con el amor a Dios.

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domingo, 20 de diciembre de 2009

Pío XII y Juan Pablo II ¡a los altares!

Luis-Fernando Valdés

Ayer mismo, la Santa Sede anunció el reconocimiento de las “virtudes heroicas” de los Papas Pío XII y Juan Pablo II. Este es un paso importante para la canonización de ambos pontífices. ¿Qué significado tiene este acontecimiento?
Con fecha del 19 de noviembre de 2009, la Congregación para las Causas de los Santos, que es el organismo vaticano que estudia la vida de los candidatos a ser reconocidos como santos, promulgó los decretos en los que se reconocen las virtudes heroicas de ambos papas.
Es un hito muy importante en el proceso de canonización, cuyo primer paso es estudiar la vida de un católico que muere con fama de santidad; el siguiente consiste en determinar si el siervo de Dios ejercitó con constancia y ejemplaridad todas las virtudes cristianas, hasta el grado heroico.
El siguiente paso es probar la intervención de Dios, mediante un milagro atribuido a la intercesión de ese siervo. Cuando se certifica el milagro, el Papa procede a beatificarlo; y con otro milagro posterior a esa beatificación, el Romano Pontífice lo canoniza, es decir, le da el título de “santo”, lo pone como modelo de vida cristiana para toda la Iglesia, y autoriza su culto público en todo el mundo.
Con el decreto recién publicado, la Iglesia católica afirma oficialmente que Pío XII y Juan Pablo II son un modelo para todos los cristianos, y reconoce que sus vidas tanto públicas como privadas son ejemplo de vida totalmente entregada a Jesucristo. Además, este hecho está cargado de significado. Respecto a Juan Pablo II, esa significación es notoria; en cambio, sobre Pío XII es poco conocida. Veamos hoy sólo la trascendencia de las virtudes heroicas de este otro pontífice.
Eugenio Pascelli (1876-1958) tuvo importantes cargos en el servicio diplomático vaticano en Alemania antes de ser elegido Papa (10.II.1939). Antes y durante la Segunda Guerra Mundial (SGM) fue un comprometido promotor de la paz, y supo advertir del riesgo de una conflagración de grandes dimensiones, antes de que el conflicto bélico se extendiera.
Con gran ingenio, supo aprovechar del gran medio de comunicación de su época: la radio. Pío XII fue famoso por sus radio mensajes. El más célebre de ellos fue el que pronunció la Navidad de 1942, condenando al nazismo. El 29 de noviembre de 1945, ochenta delegados de los sobrevivientes de los campos de concentración alemanes le otorgaron un reconocimiento “por la generosidad mostrada hacia nosotros, los perseguidos durante el nazifascismo”.
Israel Anton Zolli (1904-1956) que fue el gran Rabino de Roma durante la SGM, cuenta que el 27 de septiembre de 1943, el jefe de la Gestapo exigió a la comunidad judía que le entregara 50 kilos de oro en tan sólo 24 horas, o los deportaría a Alemania. Zolli pudo juntar sólo 35 kilos. Acudió a Pío XII, y el Papa aportó el resto. Pero de nada sirvió el oro, pues el 16 de octubre comenzaron las deportaciones, que sólo se detuvieron por intervención de Pío XII. Al finalizar esa conflagración mundial, Zolli pidió ser bautizado, y adoptó como nombre cristiano el de Eugenio Pío, en honor del Papa.
El reconocimiento a Pío XII y su próxima beatificación (aún sin fecha) subraya la firme oposición de la Iglesia contra el totalitarismo nazi, y la solidaridad del Papado hacia a los judíos. Además, este decreto reafirma la continuidad doctrinal y pastoral de la Iglesia, porque Pío XII es el último Papa antes del Concilio Vaticano II.

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domingo, 13 de diciembre de 2009

Juan Diego, ¿mito o realidad?

Año 5, número 241
Luis-Fernando Valdés

Ayer millones de peregrinos llegados de todo el País se congregaron en la Basílica de Guadalupe; además, en las iglesias de cada localidad de nuestra Patria también hubo celebraciones en honor de la Virgen Morena. Es un evento que cada año reaviva la fe de los católicos mexicanos. Pero, ¿en qué se funda este culto mariano: en un hecho histórico o en una piadosa leyenda?

Las claves para dar una sólida respuesta son dos: la imagen misma de la Virgen de Guadalupe y la persona de Juan Diego, el indígena vidente de la Señora del Cielo. Detengámonos en este segundo aspecto.

La existencia histórica de Juan Diego es importante para dilucidar el “hecho guadalupano”. Si él realmente existió, y se pueden conocer los rasgos de su vida que lo acrediten como un hombre de bien, entonces se puede afirmar que es un testigo de excepción, digno de ser creído.

Durante siglos, nunca se puso en duda ni la realidad de las apariciones de la Virgen, ni de la persona de Juan Diego. Fue hasta el siglo pasado que hubo ciertos movimientos –más ideológicos que populares– que negaron la historicidad de nuestro personaje. En realidad, fueron intentos de reducir el fenómeno guadalupano a un mito religioso usado para representar las antiguas tradiciones religiosas mexicanas, que luego habrían sido asumidas en forma sincretista por el catolicismo; o como un mero instrumento pedagógico de la catequesis misionera a favor de los indígenas; o como una invención del criollismo nacido en el siglo XVII, para darle fuerza al naciente nacionalismo mexicano.

Con motivo del proceso de beatificación de Juan Diego, se instituyó una Comisión histórica que realizó una profunda investigación. Sus resultados señalan que, en diversas épocas, se ha documentado la historicidad del vidente del Tepeyac.

Juan Diego pertenecía a la etnia de los chichimecas, y nació en torno al año 1474, en Cuauhtitlán, en el barrio de Tlayácac, en el reino de Texcoco. Fue bautizado por los primeros misioneros franciscanos, en torno al año de 1524. Su esposa, María Lucía, murió en 1529.

Después de las Apariciones (1531), pidió permiso al Obispo Zumárraga para vivir junto al Templo recién erigido, para atender a los peregrinos, y murió con fama de santidad en 1548. Desde entonces comenzó su culto de veneración. Pero, en 1634, el Papa Urbano VIII dio unas orientaciones sobre culto a los santos, y como Juan Diego no era aún un santo canonizado, su devoción fue suspendida oficialmente. Sin embargo, el decreto no logró erradicarla de la mentalidad popular.

En 1666, se abrió un proceso jurídico para reconocer la historicidad del Acontecimiento Guadalupano y de Juan Diego. Los resultados de este proceso se conocen como “Informaciones Jurídicas de 1666”, y fueron enviados a Roma. En 1720, el entonces arzobispo de México, José de Lanciego y Aguilar, aprobó que se realizara una nueva investigación, que originó las llamadas “Informaciones de 1723”, en las que se confirmó nuevamente la tradición de la milagrosa imagen.

La existencia de Juan Diego es real, como también lo es la imagen del ayate. Ambos sucesos no “demuestran” la existencia de Dios; pero, cuando el corazón busca sinceramente la verdad, el “hecho guadalupano” le da motivos a la razón para rendirse y para abrirse a lo sobrenatural. Juan Diego existió y es testigo fidedigno de las Apariciones: la fe no se apoya en el vacío, sino una tradición bien atestiguada. Es razonable creerlo.

domingo, 6 de diciembre de 2009

El Vaticano y la Astronomía

Luis-Fernando Valdés

Está por concluir el “Año Internacional de la Astronomía” (AIA2009), propuesto por la Unión Astronómica Internacional (UAI) y apoyada por la UNESCO, con motivo del 400 aniversario de las primeras observaciones astronómicas hechas con telescopio, por el célebre físico y astrónomo italiano Galileo Galilei. Durante el año hubo múltiples eventos en nuestro País y en el Mundo. ¿Cómo reaccionó el Vaticano?
Hay una sombra sobre el tema de Galileo y la Iglesia. En la visión popular actual, muchas personas tienen la falsa idea de que la Santa Sede condenó en 1633 injustamente al célebre astrónomo, “porque la Iglesia se opone a la ciencia”. Sin pretender exponer el “Caso Galileo”, solamente mencionaré que la Iglesia siempre ha defendido la armonía entre la fe y la razón, entre la religión y la ciencia.
Una muestra de esto, aunque quizá es poco conocida, es que el Vaticano patrocina un observatorio astronómico desde 1578 (55 años antes que el conflicto con Galileo), en el que actualmente investigan –entre otros– algunos sacerdotes que son también doctores en astrofísica.
Esta postura de armonía es muy clara hoy día, como se puede ver en las declaraciones de Benedicto XVI y del Secretario de Estado Vaticano. El pasado 30 de octubre, el Santo Padre dirigió un discurso a los participantes de un coloquio organizado por el observatorio espacial vaticano, con motivo del AIA2009.
El Papa mencionó que es importante el método científico –atenta observación, juicio crítica, paciencia y disciplina– para poder respetar la naturaleza y el mundo que nos rodea. ¿Acaso no contrastan esta palabras con el prejuicio de que la Iglesia rechaza la ciencia?
Luego, el Romano Pontífice recordó la actitud de los pioneros de la astronomía, que supieron armonizar sus conocimientos particulares con el resto del saber: “los grandes científicos de la época de los descubrimientos también nos recuerdan que el conocimiento auténtico siempre se dirige a la verdadera sabiduría, y en lugar de restringir los ojos de la mente, nos invita a elevar nuestra mirada a un plano superior del espíritu”.
Benedicto XVI apuntó al núcleo de la cuestión, al señalar que la contemplación de los fenómenos astronómicos, que nos causan tanta admiración, nos deben llevar “a la contemplación del Creador y del amor que es la razón detrás de su creación”.
Por su parte, el Card. Tarcisio Bertone al inaugurar la muestra “Astrum 2009”, organizada por los Museos Vaticanos (15.X.2009), recordó que hoy “la ciencia corre el riesgo de ser reducida a una herramienta de la tecnología”. Y sugirió que la racionalidad humana, que sin duda necesita herramientas como el telescopio, para investigar y medir, debe mantenerse abierta. “Lo importante –concluyó el purpurado– es que el hombre no pierda la capacidad de mirar el cielo, para sentirse parte de un movimiento que los supera y, al mismo tiempo lo atraviesa, pero que lo hace protagonista, junto con el Creador”.
Ojalá se haya cumplido a fondo el objetivo de este AIA2009: “señalar que la Astronomía es una actividad (…) para encontrar respuestas a algunas de las preguntas más fundamentales que se ha planteado la humanidad”. Y que esas grandes cuestiones sobre el cosmos, lleven a muchas personas a formularse las grandes interrogantes de la vida humana: ¿qué sentido tiene todo este orden del universo? ¿de dónde vengo?¿qué sentido tiene mi vida, aunque yo sea sólo un ser más en el conjunto de las galaxias? Y así la razón científica dará paso a la filosofía… y ésta, a la religión.

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domingo, 29 de noviembre de 2009

El Código de Nuremberg

Luis-Fernando Valdés

El pasado 25 de noviembre se clausuró la reunión del Consejo Internacional de Bioética de la UNESCO. En ese marco, la Secretaria de Relaciones Exteriores, Patricia Espinosa, advirtió que los derechos y libertades de las personas están en riesgo frente al acelerado crecimiento científico que no tiene un control ético. Y ésta es la gran cuestión: ¿son incompatibles el progreso científico y la ética?
La experimentación sobre humanos no es reciente, pues se remonta hasta Atenas y Alejandría (siglos III y IV a. C.). Pero las implicaciones éticas de estas investigaciones han sido un tema muy importante desde el final de la Segunda Guerra Mundial (1945). Desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial se realizaron, en Alemania y en los países ocupados por los nazis, experimentos médicos criminales en gran escala sobre ciudadanos no alemanes, tanto prisioneros de guerra como civiles, incluidos judíos y personas consideradas “asociales”.
Estos experimentos no fueron realizados por científicos que trabajaran aislados, sino que fueron el resultado de una normativa y una planeación coordinadas al más alto nivel del gobierno, del ejército y del partido nazi, y “justificados” a nombre de la guerra total.
Esas prácticas pseudo-médicas fueron aberrantes, como la castración y esterilización, la inoculación de enfermedades, la introducción de las personas en una bañera llena de hielo para controlar los efectos fisiológicos del frío, entre otras.
Al finalizar la Guerra Mundial, este tipo de “experimentos” impulsaron la redacción de una serie de códigos internacionales para regular la investigación en humanos. El primero de ellos fue el llamado “Código de Nuremberg” (1947), que establece por primera vez la obligatoriedad del “consentimiento informado”, que es un derecho humano.
Este principio consiste en que el paciente, antes de dar su consentimiento para participar en un experimento, debe recibir la oportuna información sobre lo que se hará sobre él y de las consecuencias que eso tendrá. Los códigos actuales enfatizan que no basta proporcionar información, sino que es muy importante que el paciente la comprenda.
Nadie puede ser sometido a experimentación, sin su consentimiento y, menos, contra su voluntad. Por eso, estas codificaciones previenen que ni los menores de edad, ni los que sufren alguna incapacidad, puedan ser utilizados como “conejillos de indias”.
Sin embargo, el avance de la ciencia actual es capaz de experimentar sobre embriones, y en este punto los códigos tienen que ser actualizados. Esos embriones son plenamente seres humanos, aunque no hayan llegado a un estado de desarrollo, que haga visible su corporeidad. Éste es un punto muy vivo en el debate contemporáneo. ¿Se puede investigar sobre embriones? ¿Se pueden producir en laboratorio con fines de experimentación?
En un reciente documento pontificio, se recuerda que la experimentación con embriones “constituye un delito en consideración a su dignidad de seres humanos, que tienen derecho al mismo respeto debido al niño ya nacido y a toda persona (...). Estas formas de experimentación constituyen siempre un desorden moral grave” (Dignitatis personae, n. 34).
Qué bien que la Canciller mexicana haya apelado a la ética en el uso de la ciencia, para evitar nuevos campos de concentración –ahora de embriones–, y no tener que repetir la triste historia del Juicio de Nuremberg, para condenar a los médicos que experimenten sin ética sobre los humanos no nacidos.

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domingo, 22 de noviembre de 2009

Eutanasia activa: ¿matar por compasión?

Luis-Fernando Valdés

De nuevo la Asamblea Legislativa del Distrito Federal nos da pie para tratar temas de bioética. En días pasados, el Diputado local del PRI, Israel Betanzos, propuso la ampliación de la Ley de Voluntad anticipada, de manera que sea aprobada la “eutanasia activa”. ¿Se trata de un derecho o de un homicidio?
Un causa importante de las polémicas de la eutanasia es la ambigüedad semántica. ¿Qué quiere decir “eutanasia activa”? Se refiere a adelantar la muerte del paciente terminal. Se trata de un suicidio, si es el paciente quien lo solicita, o de un homicidio si son sus parientes quienes lo piden.
Por eso, se comprende que el Secretario de Salud Pública del Distrito Federal, Armando Ahued, haya afirmado que, si se aprobara esa medida, él personalmente no la aplicaría a un paciente, pues se trataría de provocarle directamente la muerte. En términos similares se expresó el Manuel Mondragón, titular de Seguridad Pública del DF, que es médico de profesión: “nosotros, como médicos, estaríamos imposibilitados para hacerlo”, afirmó.
De esta manera, llegamos a un punto central de las discusiones sobre la eutanasia. Se trata de la contraposición entre los argumentos médicos y las propuestas políticas. Para los primeros, la eutanasia activa se rechaza porque quita la vida. Para algunos políticos, en cambio, la eutanasia activa defendería un supuesto derecho de los pacientes o sus familiares, para decidir cuándo dejar de vivir.
Pero, ¿se trata de un verdadero derecho? No lo es, y por eso degrada al ser humano. Veamos: Betanzos afirmó que la propuesta no legaliza el asesinato (sic), sino evita que se prolongue la vida de alguien que está condenado a morir. Y añadió que el método para llevar a cabo la eutanasia activa sería la inyección. En ambas afirmaciones, el enfermo terminal es considerado como un “condenado a muerte”. La propuesta legislativa consiste en matarlo “de una vez”, y hacerlo con una inyección, como a los reos condenados a la pena capital. Ésta es una falsa compasión.
Además, Betanzos indicó que el objetivo de la propuesta es “acabar con el sufrimiento de los pacientes”. Y para eso propone la inyección letal. Pero, como aseguró Ahued Ortega, es no es necesario, pues los pacientes que se acogen a la Ley de voluntad anticipada reciben cuidados paliativos que incluyen el control del dolor, apoyo psicológico y tanatológico al enfermo y su familia.
Por otra parte, algunos opinan que la eutanasia activa garantizaría la voluntad de los pacientes sobre la última etapa de su vida. De modo que, si alguno no quisiera quedar en estado vegetativo, o ser una carga económica para su familia, o simplemente no deseara vivir más, se respetaría esa decisión.
Pero esta postura también es incoherente: se argumenta que si una persona se quiere suicidar, y no lo puede hacer por sí misma, los médicos tienen la “obligación” de hacerlo por él, y con recursos del Estado. En tal caso, también tendrían la obligación de ayudar a quitarse la vida a quien pasara por un momento de profunda depresión y pidiera morir.
No es humano eliminar al que sufre. Lo verdaderamente humano es ayudarlo a sobrellevar el sufrimiento. Por eso, no se puede aceptar una ley que invite a desentenderse del enfermo. No existe un derecho a considerar al enfermo terminal como una carga inútil.

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sábado, 21 de noviembre de 2009

Matrimonio Gay ¿para qué?

Luis-Fernando Valdés

Está en la agenda de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal la creación de una ley para equiparar las uniones homosexuales al matrimonio. El Diputado del PRD, David Razú, ha promovido esta reforma al Código civil local, y ha afirmado que antes de diciembre será aprobada la nueva legislación sobre “matrimonios homosexuales”. ¿Qué implicaciones tendrá está ley?
Antes que nada, es importante mencionar que existe un “Programa de Derechos Humanos del Distrito Federal” (Prodehuma), que el Jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, calificó como “obligatorio”. La encargada del comité coordinador del Prodehuma, Jacqueline L’Hoist afirmó que esta modificación al Código civil es la primera acción de este programa. De modo que se trata de una acción bien orquestada.
El miércoles 11 de noviembre pasado, representantes de 87 organizaciones de la sociedad civil exigieron conseguir la “igualdad de derechos” que las sociedades de convivencia, aprobadas en 2006, no lograron adquirir. “No queremos más leyes especiales, queremos todos los derechos”, afirmaron. Además, sostuvieron que el reconocimiento legal les beneficia al tener acceso a la seguridad social, los derechos de tutela, de alimentación, entre otros, y que actualmente la Ley de Sociedades de Convivencia no garantiza. (www.jornada.unam.mx).
Sin embargo, estos planteamientos requieren una seria reflexión. En primer lugar, la finalidad del Derecho civil consiste en asegurar el recto desarrollo de la sociedad humana. Y como la sociedad debe su supervivencia a la familia fundada sobre el matrimonio, es necesario que la unión estable de un hombre y una mujer con el fin de la procreación, sea tutelada por las leyes. Si no se reconoce y se protege esta institución matrimonial, la sociedad misma se pone en riesgo.
Ahora bien, la unión entre personas del mismo sexo no juega ningún papel en la supervivencia de una sociedad, porque esas uniones nunca conllevan la fecundidad. De ahí que no sea necesario que la legislación deba tutelar una situación “de facto”, como la relación sostenida por personas de tendencia homosexual.
Una cosa es reconocer el hecho de la homosexualidad, pero otra muy distinta equiparar las uniones homosexuales al matrimonio. La consecuencia inevitable del reconocimiento legal de tales uniones es la redefinición del matrimonio. Si se cambia la noción de matrimonio, terminarán por ser redefinidos los elementos ligados a él: la procreación y la educación. Y, en ese otro cambio, son los niños los que resultarán atropellados.
Además, las citadas organizaciones invocan el reconocimiento de un derecho y exigen eliminar la discriminación. Pero se comete una injusticia sólo cuando se le niega un reconocimiento legal o un servicio social a quien tiene derecho a ello. Por eso, no se lesiona la justicia cuando no atribuye el estatus social y jurídico de matrimonio a formas de vida que no son matrimoniales, ni lo pueden ser.
Por otra parte, tampoco tiene sentido afirmar que los convivientes homosexuales dejan de recibir los beneficios que la ley da a los cónyuges. Tales beneficios son otorgados por la ley precisamente para favorecer el cuidado de la prole, la cual está ausente en las uniones homosexuales.
No hace falta dar un estatuto jurídico a ese tipo de uniones, puesto que no reconocerlas no pone en peligro el bien común de la sociedad, ni se falta a la justicia. En cambio, legalizarlas distorsionará el sentido del matrimonio, lo cual tendrá duras consecuencias sociales.

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domingo, 8 de noviembre de 2009

El Muro de Berlín, 20 años después

Luis-Fernando Valdés

Mañana se cumplirán dos décadas de la caída del Muro de Berlín (9.XI.1989), que fue el emblema de los totalitarismos que dividieron a Europa y al Mundo. Durante la noche del 12 al 13 de agosto de 1961, las autoridades de la entonces República Democrática Alemana levantaron de un golpe los 45 km de pared, que aislaron física, moral y espiritualmente a los países de ideología comunista. Fueron duros años para los berlineses y para toda Europa oriental, pero corremos el riesgo de olvidar esta importante lección.
Veinte años no son pocos. Son suficientes para perder de la memoria histórica, y corremos el riesgo de olvidar las grandes lecciones de la Historia. El Muro era el símbolo de la división de la humanidad, tal como quedó el planeta al terminar la Segunda Guerra Mundial. Esa separación era de tipo intelectual y moral, antes que económica o política.
El comunismo, impuesto por la entonces Unión Soviética a sus países satélites, era una doctrina política basada en una antropología que negaba la dignidad de cada persona, su libertad de conciencia y que atropellaba el resto de las libertades, que quedaban sometidas a los planes del Partido Comunista. En este sistema ateo, la práctica religiosa era abiertamente combatida.
La apertura del Muro fue el símbolo de la caída del sistema comunista. Uno de los artífices de este cambio fue Juan Pablo II, que provenía de Polonia, país también dominado por la Unión Soviética. El Papa Wojtyla supo canalizar las energías humanas y espirituales para crear un movimiento religioso y social, que desembocó en la rotura de esa cruel frontera.
Este gran Pontífice supo captar el problema de fondo del sistema comunista, y por eso pudo vencerlo. La crueldad de la Segunda Guerra Mundial y del posterior totalismo soviético procedían –en termino último– de haber olvidado a Dios, o peor, de haber buscado acabar con Él. Y, cuando Dios no está presente en las conciencias personales y en la vida de una nación, el ser humano se vuelve contra el propio hombre, atropellando sus libertades y sus aspiraciones.
Juan Pablo II explicaba que “la caída del muro así como el derrumbamiento de simulacros peligrosos y de una ideología opresora, han demostrado que las libertades fundamentales que dan significado a la vida humana no pueden ser reprimidas y sofocadas por mucho tiempo” (Discurso, 23.V.1990).
Y esas libertades fundamentales, que durante la llamada “Guerra fría” eran atropelladas abierta y violentamente, hoy también son asediadas, pero por enemigos invisibles de corte ideológico o económico, que intentan asfixiar la dimensión espiritual de las personas. Cuando se niega la posibilidad de conocer la verdad, cuando se reduce la conciencia moral al subjetivismo, cuando la libertad se exalta por encima de los derechos de los demás, cuando los criterios económicos son la guía principal del comercio y de las políticas laborales, entonces la dimensión espiritual de las personas se ve encadenada.
Cayó el Muro de Berlín, pero se han levantado nuevas barreras para limitar la libertad. Los escombros del Muro son la señal de la victoria: la sed de verdad y la libertad de conciencia para profesar la fe no pueden ser acalladas por una imposición violenta. Pero la nueva generación, que ni siquiera había nacido cuando desapareció la Unión Soviética, no está exenta de ser atrapada dentro de nuevas murallas invisibles: las ideologías ateas, el relativismo moral, el escepticismo. No podemos olvidar la lección de Berlín.

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domingo, 1 de noviembre de 2009

Aporías de la Cartilla de salud

Luis-Fernando Valdés
Recientemente se inició la distribución de la nueva “Cartilla nacional de salud”. Se trata de un instrumento que seguramente ayudar a mejorar la calidad de vida de los mexicanos. Este documento incluye un apartado de “salud reproductiva”, que ha generado polémica. ¿Cuál es realmente el conflicto?
Desde el primer día de este año, se modificó el formato de la cartilla de salud, y durante el mes de octubre se inició su distribución. El nuevo documento presenta notables avances, pues ahora se incluyen también los rubros de nutrición, detección y control de enfermedades infecto-contagiosas y crónico-degenerativas.
La nueva cartilla en realidad consta de una serie de cinco documentos, distribuidos por edades. La que ha causado revuelo es la que se entregará al público entre los 10 y los 19 años. Aquí empiezan las confusiones, porque este documento se titula “Cartilla nacional de salud para adolescentes”. ¿Son adolescentes los niños de 10 años? Por supuesto que no, pero en la práctica serán asimilados a los verdaderos jóvenes de 15 o 19 años.
En la presentación oficial distribuida por la Secretaría de Salud, se explica que el objetivo del apartado de la salud reproductiva es “promover entre la población (…) el conocimiento de los derechos sexuales y reproductivos para el libre ejercicio de su sexualidad (…), así como el otorgamiento de métodos anticonceptivos a los usuarios que lo soliciten”.
Precisamente, éste es el punto polémico. Ciertamente, el Estado tiene que garantizar la salud sexual a un público muy amplio, dentro del que hay numerosas formas morales de conducta, y en el cual de hecho se dan enfermedades de transmisión venérea, embarazos no deseados, etc. Pero, para atender esa problemática, el Estado no puede pasar por encima del derecho de los padres a educar a sus hijos, sancionado por nuestra Carta Magna.
Como es sabido el artículo 133 constitucional señala que los tratados internacionales son parte de la Ley Suprema de la Unión, lo que los ubica por encima de cualquier ley general, federal o estatal.
Y de acuerdo con el “Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales” (artículo 13.3) y con el “Protocolo Adicional a la Convención Americana sobre los Derechos Humanos en materia de Derechos Económicos, Sociales y Culturales” (artículo 13.4), el Estado mexicano ha reconocido el derecho de los padres y tutores legales de hacer que sus hijos o pupilos reciban la educación religiosa o moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.
Como en la educación sexual y reproductiva se encuentran implicados contenidos morales y/o religiosos (por ej. uso del condón, aborto, relaciones sexuales, etc.), la educación sexual impartida por el Estado puede llegar a contravenir el derecho de los padres que deseen una educación sexual basada en valores morales y/o religiosos.
Si el Estado imparte educación sexual sin contar con los padres de familia puede contravenir –entre otros– el principio de no discriminación (Art. 1° constitucional) debido a que no permitiría ejercer el derecho de los padres a educar a sus hijos religiosa o moralmente en el terreno de la educación sexual, sólo por el hecho de que tienen cierta ideología o cierta religión.
El Estado debe intervenir en educación y salud sexual, pero sólo si cuenta con el consentimiento expreso de los padres, de modo que la educación sexual que imparta el Estado no sea la antítesis de los valores que los menores reciban en el seno familiar.
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domingo, 25 de octubre de 2009

Anglicanos vuelven al catolicismo

Luis-Fernando Valdés

Este semana, la Santa Sede anunció la promulgación de una figura jurídica, que permitirá que cerca de medio millón de miembros de la Iglesia Anglicana, incluidos obispos y sacerdotes, puedan ser recibidos en la Iglesia Católica. Se trata de un hecho sumamente importante, porque muestra la vitalidad de la fe católica, que es capaz de volver a unir en una misma confesión de fe a millones de personas de culturas muy diversas.
Desde el s. XVI los cristianos ingleses se habían separado de Roma. El Rey Enrique VIII decidió romper con el Papa, y se impuso a sí mismo como cabeza de la Iglesia Católica en Inglaterra. Esto dio lugar a un cisma, dividiendo a los fieles en dos: los que seguían unidos al Pontífice (los católicos romanos) y los que tomaron al Rey por jefe religioso (anglicanos).
En años recientes, miles de anglicanos han reconsiderado su posición, y han visto que la unidad con el Romano Pontífice es fundamental para ser fieles al mensaje cristiano. Por eso, han pedido a la Santa Sede ser admitidos de nuevo en la Comunión de la Iglesia Católica.
Esta solicitud implicaba una serie de dificultades que la nueva estructura canónica, llamada “ordinariato personal”, han quedado resueltas. La primera de estas complicaciones es de tipo cultural y ritual. Como es lógico, en el transcurso de más cuatro siglos, la Comunión Anglicana fue forjando sus propias tradiciones litúrgicas, devocionales y espirituales. ¿Tendrían que renunciar a ellas para volver a la Iglesia? O sea, ¿deberían “uniformarse” con las tradiciones y ritos romanos?
La reciente declaración de la Curia romana reconoce el valor de esas tradiciones anglicanas, que “son preciosas para ellos y conformes con la fe católica”. También son llamadas “un don”, porque permiten profesar de un modo distinto una misma fe . “La unión con la Iglesia no exige la uniformidad que ignora las diversidades culturales”, afirma el documento del Vaticano.
Los “ordinariatos personales” resuelven también la complicada cuestión de los clérigos anglicanos. El ritual anglicano cambió la parte esencial de la fórmula de Ordenación de obispos y presbíteros, de modo que con el paso de los siglos, los nuevos clérigos en realidad no habían recibido válidamente el sacramento del Orden sacerdotal.
Por eso, los clérigos anglicanos actuales ya no tienen el verdadero sacerdocio. Entonces, sus Misas no tienen verdadero valor sacramental. La nueva figura canónica permite que los clérigos anglicanos reciban el sacerdocio católico, para que puedan celebrar verdaderamente los sacramentos. Además, también prevé que los obispos que estarán al frente de estos anglicanos recibidos en la Iglesia, procedan de los mismos clérigos anglicanos conversos.
Y una solución más. Actualmente, entre los clérigos anglicanos conversos hay muchos que están casados. Los “ordinariatos personales” permitirán que estos ministros puedan seguir casados y recibir el sacerdocio católico.
Pero esto se debe entender bien. No se trata de que los sacerdotes célibes ahora sí se pueden casar. Más bien, se aplica la praxis de las Iglesias católicas orientales: que los varones ya casados pueden luego ser ordenados sacerdotes.
Esta iniciativa promovida por Benedicto XVI genera motivos de optimismo. Si durante siglos las diferencias entre estas confesiones dieron lugar a sangrientos conflictos, hoy día el diálogo ecuménico ha triunfado. Comienza a desvanecerse el fantasma de la intolerancia.
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domingo, 18 de octubre de 2009

Lección irlandesa

Luis-Fernando Valdés

La Unión Europea (UE) se consolida. La implantación del euro como moneda única fue un paso importante, que le permitió la unidad económica. Ahora busca la unidad jurídica, mediante el “Tratado de Lisboa”, que incluye la “Carta de Derechos Fundamentales” de carácter vinculante para los países miembros. Pero Irlanda puso objeciones y retrasó la aprobación de este Tratado. ¿Por qué una pequeña nación ha puesto en riesgo la consolidación jurídica de Europa?
El “Tratado de Lisboa” fue firmado por todos los estados miembros de la UE (13.XII.2007), y sustituye a la “Constitución para Europa” tras el fracasado tratado constitucional de 2004. Si se ratifica este texto, la UE tendrá personalidad jurídica propia para firmar acuerdos internacionales a nivel comunitario.
Para entrar en vigor, este Tratado debe ser aprobado por todos los países socios. Aunque se preveía que para diciembre de 2008, ya habría sido aprobado por todos los miembros, Polonia, la República Checa e Irlanda no lo hicieron.
En un plebiscito anterior (12.VI.2008), los irlandeses votaron “no”, para garantizar la neutralidad de la isla, su ventajoso régimen fiscal, la prohibición del aborto, la protección de los derechos laborales o el mantenimiento de su comisario europeo (Agencia EFE, 25.IX.2009).
Como consecuencia de este rechazo al Tratado, la UE dio al Gobierno de Dublín unas garantías que tienen la forma de un “protocolo”, con la misma fuerza jurídica que el Tratado, que establecen que “lo referente a la libertad, la seguridad y la justicia” en el Tratado de Lisboa no “afecta en medida alguna el campo de aplicación del amparo del derecho a la vida” de la Carta Magna de Irlanda.
Quedan a salvo el derecho a la vida, la protección de la familia y el derecho de los padres a educar a sus hijos. De modo que, en estos temas, prevalecerá lo previsto por la Constitución irlandesa, que prohíbe el aborto y establece el matrimonio como la unión de un hombre con una mujer.
Con estas garantías, el pasado 2 de octubre, en un nuevo referéndum, el 67 por ciento de los electores irlandeses votaron a favor del tratado. Polonia también lo ha aprobado y queda pendiente la República Checa, que tiene en sus manos el destino del “Tratado de Lisboa”.
Es importante resaltar el ejemplo de Irlanda, que no puso en juego ni su autonomía ni el capital valor de la vida humana, ni cedió ante la presión internacional. Los países de América Latina, cuya población está mayoritariamente a favor de la vida y de la familia, sufren continuamente la imposición de políticas de población por parte de organismos internacionales, como la ONU y el Banco Mundial.
Es muy significativo que 16 Estados de nuestro País hayan modificado sus legislaciones, para defender la vida desde la concepción. En la entraña de nuestra identidad está este gran valor. Los primeros misioneros del s. XVI describían a los indígenas mexicanos como “el país que más ama a sus hijos”. Por eso, de la fusión entre esos valores y el cristianismo, ha surgido en los mexicanos, como una profunda raíz, el amor por la vida.
Es posible afirmar el gran valor de la vida humana y, a la vez, respetar a las minorías que piensen lo contrario y comprender con caridad a quienes han recurrido al aborto. Tutelar la vida frente a las presiones de grupos radicales o de organismos internacionales no significa que México sea una nación jurídicamente atrasada, sino que nos configura como un País maduro, fiel a sus raíces y comprometido con su presente.

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domingo, 11 de octubre de 2009

Lecciones de guerra

Luis-Fernando Valdés

El pasado 1 de septiembre se cumplieron 70 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial (SGM). Ha sido el más sangriento conflicto bélico de la historia, que dejó más de 60 millones de muertos, entre ellos unos 6 millones de judíos. Al final de esta contienda, todos afirmaron “no más guerras”, pero ¿por qué han continuado hasta hoy las guerras y los genocidios alrededor del mundo?
Las causas de toda conflagración militar son muy variadas, y entre ellas tienen especial peso los motivos geopolíticos y los económicos. Pero hay otros factores menos perceptibles, pero igualmente poderosos. Se trata de los sistemas de pensamientos, que alimentan la cosmovisión de las personas, y del ethos dominante (el sistema ético) que de hecho orienta la conducta de un pueblo.
Aunque los motivos filosóficos y éticos que propiciaron la SGM son muy complejos y no se pueden reducir a unos cuantos parámetros, estas siete décadas transcurridas sí permiten ver con claridad algunos de esos factores.
Un gran pensador francés del siglo pasado, Henri de Lubac, escribió en plena guerra “El drama del humanismo ateo” (1943), un ensayo penetrante y erudito, en el que muestra que la crueldad de esta Guerra fue reflejo de un movimiento que buscaba liberar al hombre de Dios.
Esa concepción propiciada por Feuerbach y Nietzsche plantea que el hombre no es libre mientras exista un Dios que lo tenga sometido con dogmas y leyes morales. De Lubac explica que en estas filosofías, “el hombre elimina a Dios para quedar de nuevo en posesión de la grandeza humana, que considera arrebatada indebidamente por otro. Con Dios derriba un obstáculo para conquistar su libertad” (p. 21). Pero de esa aparente liberación adviene un gran drama: el hombre sin Dios se vuelve contra el hombre. “El humanismo exclusivo (o sea, sin Dios) es un humanismo inhumano” (p. 11).
Mientras el hombre no reconozca la presencia de un Ser divino, que lo rige amorosamente con su Ley moral, siempre va a terminar sometiendo a las demás personas. Muchos hombres intentarán el rol que Nietzsche asignaba al “súper-hombre”: eliminar a los humanos más débiles.
Pero la lección tan cruel de la SGM parece no haber sido aprendida. A este conflicto mundial le han seguido conflagraciones en África, Asia, Europa central, además de las guerrillas en América Latina y Filipinas. Y las guerras del narcotráfico en Colombia y en nuestro País también se inscriben en esa triste lista.
Hoy día sigue una velada persecución contra Dios, a veces con los mismo argumentos del siglo pasado (p. ej, que su Ley impide que la libertad humana sea absoluta), a veces como prevención a una supuesta intolerancia religiosa. Sin embargo, el resultado de quitar a Dios han sido las guerras de los siglos XX y XXI.
En cambio, hoy día las religiones han purificado mucho su terminología y sus posturas, gracias al diálogo entre ellas, que se ha suscitado con motivo de la globalización. Si el encuentro inicial entre religiones fue áspero, actualmente la relación es de diálogo. ¿Acaso no fue Juan Pablo II quien reunión en varias ocasiones a todos los líderes religiosos del mundo, en Asís (Italia) para las jornadas de oración por la paz?
La lección espiritual más dura de la SGM es que el mundo sin Dios, se destruye a sí mismo. Y el gran aprendizaje es que sólo con fe en un Ser superior los humanos podemos respetarnos y amarnos entre nosotros. A diferencia de otras épocas, hoy la fe religiosa es condición ética para la paz.

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domingo, 4 de octubre de 2009

En las raíces de México

Luis-Fernando Valdés

Benedicto XVI terminó su viaje a la República Checa. El Pontífice escogió una nación en el corazón geográfico del viejo Mundo, para insistir en las raíces cristianas de Europa. ¿Qué está buscando el Papa? ¿Desea acaso de una manera desesperada evitar la desaparición del cristianismo en el antiguo Continente? O ¿realmente se trata de un mensaje sincero a favor de los europeos, y de toda la humanidad?
En su Mensaje a la autoridades políticas y civiles, en Praga, el Santo Padre explicó que, ahora que la civilización europea tiene dificultad para encontrar un consenso sobre los valores comunes que permitan vivir en un lugar más humano, debe volver a inspirarse en la “herencia viva”, que resulto del “encuentro creativo” de la tradición clásica con el Evangelio. De esta manera, Europa, “fiel a sus raíces cristianas”, podrá mantener una visión abierta a lo trascendente en sus iniciativas al servicio del bien común de personas, comunidades y naciones (Discurso, 26.IX.2009).
¿Por qué la continua llamada del Papa a recordar “las raíces”? Porque el hombre es “un ser enraizado” (J. L. Lorda, 1993). De la misma manera que las plantas echan raíces que las fijan al suelo y de las que se alimentan y crecen, los humanos nos encontramos injertados en la historia de un grupo humano y en una tradición cultural. La lengua que hablamos refleja la mentalidad y las aspiraciones de nuestro antepasados, nuestras tradiciones llevan la huella de sus intereses y de sus esfuerzos, nuestra religiosidad manifiesta su fe y sus convicciones…
Estas “raíces” permiten que una sociedad tenga una historia y un patrimonio espiritual vivo. Una sociedad sin raíces estaría condenada a reinventarse una y otra vez, y así nunca podría resolver los problemas éticos y sociales a los que se enfrenta en cada época.
Benedicto XVI apela continuamente al origen cristiano de Europa, como medio esencial para resolver la crisis de valores que enfrenta ese continente, que aunque ha conseguido un gran desarrollo económico, lleva a cuestas un gran conflicto moral.
Esta propuesta también es válida para nuestro País. México lleva en sus raíces una profunda impronta religiosa. Desde antes de la llegada de los españoles, los Pueblos que habitaban meso América tenía una visión religiosa de la vida. De modo que en las raíces mexicanas tanto autóctonas como coloniales hay una visión trascendente del ser humano, que busca a Dios como fin de su actuación moral.
Esta configuración tuvo como resultado una exquisito respeto a la vida, solidaridad con los necesitados, estabilidad familiar y valoración de los ancianos. Por contraste, los resultados “de facto” del abandono de las raíces religiosas son patentes: desintegración familiar, desencanto ante la vida, infravaloración del no-nato y del anciano, y un tremendo individualismo.
A diferencia de la sociedad mexicana de los siglos pasados, el hombre actual está herido por una visión utilitarista de la vida. Por eso, no tiene armonía con su entorno natural, pues lo considera como bodega de materias primeras; en el comercio, la ganancia lo hace pasar por encima de las personas. Además, en cuestiones políticas, el fin justifica el fraude y la mentira. Y para este hombre moderno, Dios se ha convertido en un enemigo, que pone límites morales al placer.
¿Es éste el México de nuestros antepasados? No: es otro México que no está unido a sus orígenes. ¿No valdría la pena entonces considerar de nuevo esta raíz cristiana, para recuperar nuestra identidad llena de valores?

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domingo, 27 de septiembre de 2009

En el corazón de Europa

Luis-Fernando Valdés

Este fin de semana, Benedicto XVI realiza un viaje pastoral a la República Checa, conocida como el “Corazón de Europa”, por ser un punto geográfico donde confluyen la cultura, el arte y diversas tradiciones de los diversos países europeos. Además, las raíces cristianas están profundamente plasmadas en esta nación, porque ahí los grandes evangelizadores, los santos Cirilio y Metodio, pusieron por primera vez, por escrito, la antigua lengua eslava. Al escoger este escenario tan característico de la cultura europea, ¿qué mensaje intenta transmitir el Santo Padre?
Ésta es la exhortación del Romano Pontífice a la vieja Europa: que así como el cristianismo fue capaz de dar raíces y plasmar la identidad y la herencia cultural europea siglos atrás, también hoy la fe cristiana tiene la fuerza para dar una visión trascendente y más humana a los países del viejo continente. Es decir, el Papa afirma que el cristianismo no sólo no está superado, sino que contiene una gran fuerza espiritual para renovar la sociedad.
El Obispo de Roma, en los diversos discursos que ha pronunciado en este viaje, ha hecho alusión a diversos momentos clave de la historia de esa República, y ha intentado ilustrar la manera cómo el cristianismo ha sido un factor importante tanto para consolidar la cultura, como para superar las dificultades.
Así, a veinte años de la llamada “Revolución del terciopelo”, movimiento cultural y político que consiguió la liberación de la antigua Checoslovaquia del poder del comunismo soviético, Benedicto XVI exhortó a que “una vez recuperada la libertad religiosa”, los checos “redescubran las tradiciones cristiana que han plasmado su cultura” y les recordó que “sin Dios, el hombre no sabe a dónde ir y no alcanza siquiera a comprender quién es él (el hombre)”.
El Papa expuso el rol de cristianismo en la sociedad contemporánea, en la cual convergen las diversas religiones. Se trata de un papel ético en la configuración de la Europa de hoy, pero no de un papel político ni de dominación religiosa. Afirmó que “en pleno respeto a la distinción entre la esfera política y la religiosa –distinción que garantiza la libertad de los ciudadanos para expresar su propio credo religioso e vivir en sintonía con él–, deseo remarcar el rol insustituible del cristianismo, para la formación de la conciencia de cada generación y para la promoción de un consenso ético de fondo, al servicio de cada persona”.
Esta tarea del cristianismo se concreta, por ejemplo, en la búsqueda de la verdadera libertad. Con motivo de la libertad política recuperada por los checos hace 20 años, el Pontífice les recordó que toda generación tiene el deber fundamental de reforzar las “estructuras de libertad”. Y eso, “presupone la búsqueda de la verdad –del verdadero bien– y, por tanto, encuentra su culmen en conocer y hacer lo que es recto y justo”.
En el gran escenario arquitectónico de la Bohemia, Benedicto XVI envía un mensaje que también puede ser válido para una nación multisecular como la nuestra, que aún continúa consolidando su rostro. Las raíces cristianas de nuestro País –que en su momento fueron factor de identidad y unidad nacional–, hoy tienen un nuevo papel –de orden ético– para la configuración de un México plural y multi-religioso. Nos une la conquista de la verdadera libertad, y el cristianismo tiene un empuje vital para esa búsqueda, y transmite un mensaje de amor que impulsa a la convivencia y a la comprensión.

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