Luis-Fernando Valdés
Recientemente se inició la distribución de la nueva “Cartilla nacional de salud”. Se trata de un instrumento que seguramente ayudar a mejorar la calidad de vida de los mexicanos. Este documento incluye un apartado de “salud reproductiva”, que ha generado polémica. ¿Cuál es realmente el conflicto?
Desde el primer día de este año, se modificó el formato de la cartilla de salud, y durante el mes de octubre se inició su distribución. El nuevo documento presenta notables avances, pues ahora se incluyen también los rubros de nutrición, detección y control de enfermedades infecto-contagiosas y crónico-degenerativas.
La nueva cartilla en realidad consta de una serie de cinco documentos, distribuidos por edades. La que ha causado revuelo es la que se entregará al público entre los 10 y los 19 años. Aquí empiezan las confusiones, porque este documento se titula “Cartilla nacional de salud para adolescentes”. ¿Son adolescentes los niños de 10 años? Por supuesto que no, pero en la práctica serán asimilados a los verdaderos jóvenes de 15 o 19 años.
En la presentación oficial distribuida por la Secretaría de Salud, se explica que el objetivo del apartado de la salud reproductiva es “promover entre la población (…) el conocimiento de los derechos sexuales y reproductivos para el libre ejercicio de su sexualidad (…), así como el otorgamiento de métodos anticonceptivos a los usuarios que lo soliciten”.
Precisamente, éste es el punto polémico. Ciertamente, el Estado tiene que garantizar la salud sexual a un público muy amplio, dentro del que hay numerosas formas morales de conducta, y en el cual de hecho se dan enfermedades de transmisión venérea, embarazos no deseados, etc. Pero, para atender esa problemática, el Estado no puede pasar por encima del derecho de los padres a educar a sus hijos, sancionado por nuestra Carta Magna.
Como es sabido el artículo 133 constitucional señala que los tratados internacionales son parte de la Ley Suprema de la Unión, lo que los ubica por encima de cualquier ley general, federal o estatal.
Y de acuerdo con el “Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales” (artículo 13.3) y con el “Protocolo Adicional a la Convención Americana sobre los Derechos Humanos en materia de Derechos Económicos, Sociales y Culturales” (artículo 13.4), el Estado mexicano ha reconocido el derecho de los padres y tutores legales de hacer que sus hijos o pupilos reciban la educación religiosa o moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.
Como en la educación sexual y reproductiva se encuentran implicados contenidos morales y/o religiosos (por ej. uso del condón, aborto, relaciones sexuales, etc.), la educación sexual impartida por el Estado puede llegar a contravenir el derecho de los padres que deseen una educación sexual basada en valores morales y/o religiosos.
Si el Estado imparte educación sexual sin contar con los padres de familia puede contravenir –entre otros– el principio de no discriminación (Art. 1° constitucional) debido a que no permitiría ejercer el derecho de los padres a educar a sus hijos religiosa o moralmente en el terreno de la educación sexual, sólo por el hecho de que tienen cierta ideología o cierta religión.
El Estado debe intervenir en educación y salud sexual, pero sólo si cuenta con el consentimiento expreso de los padres, de modo que la educación sexual que imparta el Estado no sea la antítesis de los valores que los menores reciban en el seno familiar.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Luis-Fernando Valdés López, sacerdote y teólogo, comenta noticias destacadas de la semana, con un enfoque humanista, desde la razón creyente.
domingo, 1 de noviembre de 2009
domingo, 25 de octubre de 2009
Anglicanos vuelven al catolicismo
Luis-Fernando Valdés
Este semana, la Santa Sede anunció la promulgación de una figura jurídica, que permitirá que cerca de medio millón de miembros de la Iglesia Anglicana, incluidos obispos y sacerdotes, puedan ser recibidos en la Iglesia Católica. Se trata de un hecho sumamente importante, porque muestra la vitalidad de la fe católica, que es capaz de volver a unir en una misma confesión de fe a millones de personas de culturas muy diversas.
Desde el s. XVI los cristianos ingleses se habían separado de Roma. El Rey Enrique VIII decidió romper con el Papa, y se impuso a sí mismo como cabeza de la Iglesia Católica en Inglaterra. Esto dio lugar a un cisma, dividiendo a los fieles en dos: los que seguían unidos al Pontífice (los católicos romanos) y los que tomaron al Rey por jefe religioso (anglicanos).
En años recientes, miles de anglicanos han reconsiderado su posición, y han visto que la unidad con el Romano Pontífice es fundamental para ser fieles al mensaje cristiano. Por eso, han pedido a la Santa Sede ser admitidos de nuevo en la Comunión de la Iglesia Católica.
Esta solicitud implicaba una serie de dificultades que la nueva estructura canónica, llamada “ordinariato personal”, han quedado resueltas. La primera de estas complicaciones es de tipo cultural y ritual. Como es lógico, en el transcurso de más cuatro siglos, la Comunión Anglicana fue forjando sus propias tradiciones litúrgicas, devocionales y espirituales. ¿Tendrían que renunciar a ellas para volver a la Iglesia? O sea, ¿deberían “uniformarse” con las tradiciones y ritos romanos?
La reciente declaración de la Curia romana reconoce el valor de esas tradiciones anglicanas, que “son preciosas para ellos y conformes con la fe católica”. También son llamadas “un don”, porque permiten profesar de un modo distinto una misma fe . “La unión con la Iglesia no exige la uniformidad que ignora las diversidades culturales”, afirma el documento del Vaticano.
Los “ordinariatos personales” resuelven también la complicada cuestión de los clérigos anglicanos. El ritual anglicano cambió la parte esencial de la fórmula de Ordenación de obispos y presbíteros, de modo que con el paso de los siglos, los nuevos clérigos en realidad no habían recibido válidamente el sacramento del Orden sacerdotal.
Por eso, los clérigos anglicanos actuales ya no tienen el verdadero sacerdocio. Entonces, sus Misas no tienen verdadero valor sacramental. La nueva figura canónica permite que los clérigos anglicanos reciban el sacerdocio católico, para que puedan celebrar verdaderamente los sacramentos. Además, también prevé que los obispos que estarán al frente de estos anglicanos recibidos en la Iglesia, procedan de los mismos clérigos anglicanos conversos.
Y una solución más. Actualmente, entre los clérigos anglicanos conversos hay muchos que están casados. Los “ordinariatos personales” permitirán que estos ministros puedan seguir casados y recibir el sacerdocio católico.
Pero esto se debe entender bien. No se trata de que los sacerdotes célibes ahora sí se pueden casar. Más bien, se aplica la praxis de las Iglesias católicas orientales: que los varones ya casados pueden luego ser ordenados sacerdotes.
Esta iniciativa promovida por Benedicto XVI genera motivos de optimismo. Si durante siglos las diferencias entre estas confesiones dieron lugar a sangrientos conflictos, hoy día el diálogo ecuménico ha triunfado. Comienza a desvanecerse el fantasma de la intolerancia.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Este semana, la Santa Sede anunció la promulgación de una figura jurídica, que permitirá que cerca de medio millón de miembros de la Iglesia Anglicana, incluidos obispos y sacerdotes, puedan ser recibidos en la Iglesia Católica. Se trata de un hecho sumamente importante, porque muestra la vitalidad de la fe católica, que es capaz de volver a unir en una misma confesión de fe a millones de personas de culturas muy diversas.
Desde el s. XVI los cristianos ingleses se habían separado de Roma. El Rey Enrique VIII decidió romper con el Papa, y se impuso a sí mismo como cabeza de la Iglesia Católica en Inglaterra. Esto dio lugar a un cisma, dividiendo a los fieles en dos: los que seguían unidos al Pontífice (los católicos romanos) y los que tomaron al Rey por jefe religioso (anglicanos).
En años recientes, miles de anglicanos han reconsiderado su posición, y han visto que la unidad con el Romano Pontífice es fundamental para ser fieles al mensaje cristiano. Por eso, han pedido a la Santa Sede ser admitidos de nuevo en la Comunión de la Iglesia Católica.
Esta solicitud implicaba una serie de dificultades que la nueva estructura canónica, llamada “ordinariato personal”, han quedado resueltas. La primera de estas complicaciones es de tipo cultural y ritual. Como es lógico, en el transcurso de más cuatro siglos, la Comunión Anglicana fue forjando sus propias tradiciones litúrgicas, devocionales y espirituales. ¿Tendrían que renunciar a ellas para volver a la Iglesia? O sea, ¿deberían “uniformarse” con las tradiciones y ritos romanos?
La reciente declaración de la Curia romana reconoce el valor de esas tradiciones anglicanas, que “son preciosas para ellos y conformes con la fe católica”. También son llamadas “un don”, porque permiten profesar de un modo distinto una misma fe . “La unión con la Iglesia no exige la uniformidad que ignora las diversidades culturales”, afirma el documento del Vaticano.
Los “ordinariatos personales” resuelven también la complicada cuestión de los clérigos anglicanos. El ritual anglicano cambió la parte esencial de la fórmula de Ordenación de obispos y presbíteros, de modo que con el paso de los siglos, los nuevos clérigos en realidad no habían recibido válidamente el sacramento del Orden sacerdotal.
Por eso, los clérigos anglicanos actuales ya no tienen el verdadero sacerdocio. Entonces, sus Misas no tienen verdadero valor sacramental. La nueva figura canónica permite que los clérigos anglicanos reciban el sacerdocio católico, para que puedan celebrar verdaderamente los sacramentos. Además, también prevé que los obispos que estarán al frente de estos anglicanos recibidos en la Iglesia, procedan de los mismos clérigos anglicanos conversos.
Y una solución más. Actualmente, entre los clérigos anglicanos conversos hay muchos que están casados. Los “ordinariatos personales” permitirán que estos ministros puedan seguir casados y recibir el sacerdocio católico.
Pero esto se debe entender bien. No se trata de que los sacerdotes célibes ahora sí se pueden casar. Más bien, se aplica la praxis de las Iglesias católicas orientales: que los varones ya casados pueden luego ser ordenados sacerdotes.
Esta iniciativa promovida por Benedicto XVI genera motivos de optimismo. Si durante siglos las diferencias entre estas confesiones dieron lugar a sangrientos conflictos, hoy día el diálogo ecuménico ha triunfado. Comienza a desvanecerse el fantasma de la intolerancia.
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domingo, 18 de octubre de 2009
Lección irlandesa
Luis-Fernando Valdés
La Unión Europea (UE) se consolida. La implantación del euro como moneda única fue un paso importante, que le permitió la unidad económica. Ahora busca la unidad jurídica, mediante el “Tratado de Lisboa”, que incluye la “Carta de Derechos Fundamentales” de carácter vinculante para los países miembros. Pero Irlanda puso objeciones y retrasó la aprobación de este Tratado. ¿Por qué una pequeña nación ha puesto en riesgo la consolidación jurídica de Europa?
El “Tratado de Lisboa” fue firmado por todos los estados miembros de la UE (13.XII.2007), y sustituye a la “Constitución para Europa” tras el fracasado tratado constitucional de 2004. Si se ratifica este texto, la UE tendrá personalidad jurídica propia para firmar acuerdos internacionales a nivel comunitario.
Para entrar en vigor, este Tratado debe ser aprobado por todos los países socios. Aunque se preveía que para diciembre de 2008, ya habría sido aprobado por todos los miembros, Polonia, la República Checa e Irlanda no lo hicieron.
En un plebiscito anterior (12.VI.2008), los irlandeses votaron “no”, para garantizar la neutralidad de la isla, su ventajoso régimen fiscal, la prohibición del aborto, la protección de los derechos laborales o el mantenimiento de su comisario europeo (Agencia EFE, 25.IX.2009).
Como consecuencia de este rechazo al Tratado, la UE dio al Gobierno de Dublín unas garantías que tienen la forma de un “protocolo”, con la misma fuerza jurídica que el Tratado, que establecen que “lo referente a la libertad, la seguridad y la justicia” en el Tratado de Lisboa no “afecta en medida alguna el campo de aplicación del amparo del derecho a la vida” de la Carta Magna de Irlanda.
Quedan a salvo el derecho a la vida, la protección de la familia y el derecho de los padres a educar a sus hijos. De modo que, en estos temas, prevalecerá lo previsto por la Constitución irlandesa, que prohíbe el aborto y establece el matrimonio como la unión de un hombre con una mujer.
Con estas garantías, el pasado 2 de octubre, en un nuevo referéndum, el 67 por ciento de los electores irlandeses votaron a favor del tratado. Polonia también lo ha aprobado y queda pendiente la República Checa, que tiene en sus manos el destino del “Tratado de Lisboa”.
Es importante resaltar el ejemplo de Irlanda, que no puso en juego ni su autonomía ni el capital valor de la vida humana, ni cedió ante la presión internacional. Los países de América Latina, cuya población está mayoritariamente a favor de la vida y de la familia, sufren continuamente la imposición de políticas de población por parte de organismos internacionales, como la ONU y el Banco Mundial.
Es muy significativo que 16 Estados de nuestro País hayan modificado sus legislaciones, para defender la vida desde la concepción. En la entraña de nuestra identidad está este gran valor. Los primeros misioneros del s. XVI describían a los indígenas mexicanos como “el país que más ama a sus hijos”. Por eso, de la fusión entre esos valores y el cristianismo, ha surgido en los mexicanos, como una profunda raíz, el amor por la vida.
Es posible afirmar el gran valor de la vida humana y, a la vez, respetar a las minorías que piensen lo contrario y comprender con caridad a quienes han recurrido al aborto. Tutelar la vida frente a las presiones de grupos radicales o de organismos internacionales no significa que México sea una nación jurídicamente atrasada, sino que nos configura como un País maduro, fiel a sus raíces y comprometido con su presente.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
La Unión Europea (UE) se consolida. La implantación del euro como moneda única fue un paso importante, que le permitió la unidad económica. Ahora busca la unidad jurídica, mediante el “Tratado de Lisboa”, que incluye la “Carta de Derechos Fundamentales” de carácter vinculante para los países miembros. Pero Irlanda puso objeciones y retrasó la aprobación de este Tratado. ¿Por qué una pequeña nación ha puesto en riesgo la consolidación jurídica de Europa?
El “Tratado de Lisboa” fue firmado por todos los estados miembros de la UE (13.XII.2007), y sustituye a la “Constitución para Europa” tras el fracasado tratado constitucional de 2004. Si se ratifica este texto, la UE tendrá personalidad jurídica propia para firmar acuerdos internacionales a nivel comunitario.
Para entrar en vigor, este Tratado debe ser aprobado por todos los países socios. Aunque se preveía que para diciembre de 2008, ya habría sido aprobado por todos los miembros, Polonia, la República Checa e Irlanda no lo hicieron.
En un plebiscito anterior (12.VI.2008), los irlandeses votaron “no”, para garantizar la neutralidad de la isla, su ventajoso régimen fiscal, la prohibición del aborto, la protección de los derechos laborales o el mantenimiento de su comisario europeo (Agencia EFE, 25.IX.2009).
Como consecuencia de este rechazo al Tratado, la UE dio al Gobierno de Dublín unas garantías que tienen la forma de un “protocolo”, con la misma fuerza jurídica que el Tratado, que establecen que “lo referente a la libertad, la seguridad y la justicia” en el Tratado de Lisboa no “afecta en medida alguna el campo de aplicación del amparo del derecho a la vida” de la Carta Magna de Irlanda.
Quedan a salvo el derecho a la vida, la protección de la familia y el derecho de los padres a educar a sus hijos. De modo que, en estos temas, prevalecerá lo previsto por la Constitución irlandesa, que prohíbe el aborto y establece el matrimonio como la unión de un hombre con una mujer.
Con estas garantías, el pasado 2 de octubre, en un nuevo referéndum, el 67 por ciento de los electores irlandeses votaron a favor del tratado. Polonia también lo ha aprobado y queda pendiente la República Checa, que tiene en sus manos el destino del “Tratado de Lisboa”.
Es importante resaltar el ejemplo de Irlanda, que no puso en juego ni su autonomía ni el capital valor de la vida humana, ni cedió ante la presión internacional. Los países de América Latina, cuya población está mayoritariamente a favor de la vida y de la familia, sufren continuamente la imposición de políticas de población por parte de organismos internacionales, como la ONU y el Banco Mundial.
Es muy significativo que 16 Estados de nuestro País hayan modificado sus legislaciones, para defender la vida desde la concepción. En la entraña de nuestra identidad está este gran valor. Los primeros misioneros del s. XVI describían a los indígenas mexicanos como “el país que más ama a sus hijos”. Por eso, de la fusión entre esos valores y el cristianismo, ha surgido en los mexicanos, como una profunda raíz, el amor por la vida.
Es posible afirmar el gran valor de la vida humana y, a la vez, respetar a las minorías que piensen lo contrario y comprender con caridad a quienes han recurrido al aborto. Tutelar la vida frente a las presiones de grupos radicales o de organismos internacionales no significa que México sea una nación jurídicamente atrasada, sino que nos configura como un País maduro, fiel a sus raíces y comprometido con su presente.
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domingo, 11 de octubre de 2009
Lecciones de guerra
Luis-Fernando Valdés
El pasado 1 de septiembre se cumplieron 70 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial (SGM). Ha sido el más sangriento conflicto bélico de la historia, que dejó más de 60 millones de muertos, entre ellos unos 6 millones de judíos. Al final de esta contienda, todos afirmaron “no más guerras”, pero ¿por qué han continuado hasta hoy las guerras y los genocidios alrededor del mundo?
Las causas de toda conflagración militar son muy variadas, y entre ellas tienen especial peso los motivos geopolíticos y los económicos. Pero hay otros factores menos perceptibles, pero igualmente poderosos. Se trata de los sistemas de pensamientos, que alimentan la cosmovisión de las personas, y del ethos dominante (el sistema ético) que de hecho orienta la conducta de un pueblo.
Aunque los motivos filosóficos y éticos que propiciaron la SGM son muy complejos y no se pueden reducir a unos cuantos parámetros, estas siete décadas transcurridas sí permiten ver con claridad algunos de esos factores.
Un gran pensador francés del siglo pasado, Henri de Lubac, escribió en plena guerra “El drama del humanismo ateo” (1943), un ensayo penetrante y erudito, en el que muestra que la crueldad de esta Guerra fue reflejo de un movimiento que buscaba liberar al hombre de Dios.
Esa concepción propiciada por Feuerbach y Nietzsche plantea que el hombre no es libre mientras exista un Dios que lo tenga sometido con dogmas y leyes morales. De Lubac explica que en estas filosofías, “el hombre elimina a Dios para quedar de nuevo en posesión de la grandeza humana, que considera arrebatada indebidamente por otro. Con Dios derriba un obstáculo para conquistar su libertad” (p. 21). Pero de esa aparente liberación adviene un gran drama: el hombre sin Dios se vuelve contra el hombre. “El humanismo exclusivo (o sea, sin Dios) es un humanismo inhumano” (p. 11).
Mientras el hombre no reconozca la presencia de un Ser divino, que lo rige amorosamente con su Ley moral, siempre va a terminar sometiendo a las demás personas. Muchos hombres intentarán el rol que Nietzsche asignaba al “súper-hombre”: eliminar a los humanos más débiles.
Pero la lección tan cruel de la SGM parece no haber sido aprendida. A este conflicto mundial le han seguido conflagraciones en África, Asia, Europa central, además de las guerrillas en América Latina y Filipinas. Y las guerras del narcotráfico en Colombia y en nuestro País también se inscriben en esa triste lista.
Hoy día sigue una velada persecución contra Dios, a veces con los mismo argumentos del siglo pasado (p. ej, que su Ley impide que la libertad humana sea absoluta), a veces como prevención a una supuesta intolerancia religiosa. Sin embargo, el resultado de quitar a Dios han sido las guerras de los siglos XX y XXI.
En cambio, hoy día las religiones han purificado mucho su terminología y sus posturas, gracias al diálogo entre ellas, que se ha suscitado con motivo de la globalización. Si el encuentro inicial entre religiones fue áspero, actualmente la relación es de diálogo. ¿Acaso no fue Juan Pablo II quien reunión en varias ocasiones a todos los líderes religiosos del mundo, en Asís (Italia) para las jornadas de oración por la paz?
La lección espiritual más dura de la SGM es que el mundo sin Dios, se destruye a sí mismo. Y el gran aprendizaje es que sólo con fe en un Ser superior los humanos podemos respetarnos y amarnos entre nosotros. A diferencia de otras épocas, hoy la fe religiosa es condición ética para la paz.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El pasado 1 de septiembre se cumplieron 70 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial (SGM). Ha sido el más sangriento conflicto bélico de la historia, que dejó más de 60 millones de muertos, entre ellos unos 6 millones de judíos. Al final de esta contienda, todos afirmaron “no más guerras”, pero ¿por qué han continuado hasta hoy las guerras y los genocidios alrededor del mundo?
Las causas de toda conflagración militar son muy variadas, y entre ellas tienen especial peso los motivos geopolíticos y los económicos. Pero hay otros factores menos perceptibles, pero igualmente poderosos. Se trata de los sistemas de pensamientos, que alimentan la cosmovisión de las personas, y del ethos dominante (el sistema ético) que de hecho orienta la conducta de un pueblo.
Aunque los motivos filosóficos y éticos que propiciaron la SGM son muy complejos y no se pueden reducir a unos cuantos parámetros, estas siete décadas transcurridas sí permiten ver con claridad algunos de esos factores.
Un gran pensador francés del siglo pasado, Henri de Lubac, escribió en plena guerra “El drama del humanismo ateo” (1943), un ensayo penetrante y erudito, en el que muestra que la crueldad de esta Guerra fue reflejo de un movimiento que buscaba liberar al hombre de Dios.
Esa concepción propiciada por Feuerbach y Nietzsche plantea que el hombre no es libre mientras exista un Dios que lo tenga sometido con dogmas y leyes morales. De Lubac explica que en estas filosofías, “el hombre elimina a Dios para quedar de nuevo en posesión de la grandeza humana, que considera arrebatada indebidamente por otro. Con Dios derriba un obstáculo para conquistar su libertad” (p. 21). Pero de esa aparente liberación adviene un gran drama: el hombre sin Dios se vuelve contra el hombre. “El humanismo exclusivo (o sea, sin Dios) es un humanismo inhumano” (p. 11).
Mientras el hombre no reconozca la presencia de un Ser divino, que lo rige amorosamente con su Ley moral, siempre va a terminar sometiendo a las demás personas. Muchos hombres intentarán el rol que Nietzsche asignaba al “súper-hombre”: eliminar a los humanos más débiles.
Pero la lección tan cruel de la SGM parece no haber sido aprendida. A este conflicto mundial le han seguido conflagraciones en África, Asia, Europa central, además de las guerrillas en América Latina y Filipinas. Y las guerras del narcotráfico en Colombia y en nuestro País también se inscriben en esa triste lista.
Hoy día sigue una velada persecución contra Dios, a veces con los mismo argumentos del siglo pasado (p. ej, que su Ley impide que la libertad humana sea absoluta), a veces como prevención a una supuesta intolerancia religiosa. Sin embargo, el resultado de quitar a Dios han sido las guerras de los siglos XX y XXI.
En cambio, hoy día las religiones han purificado mucho su terminología y sus posturas, gracias al diálogo entre ellas, que se ha suscitado con motivo de la globalización. Si el encuentro inicial entre religiones fue áspero, actualmente la relación es de diálogo. ¿Acaso no fue Juan Pablo II quien reunión en varias ocasiones a todos los líderes religiosos del mundo, en Asís (Italia) para las jornadas de oración por la paz?
La lección espiritual más dura de la SGM es que el mundo sin Dios, se destruye a sí mismo. Y el gran aprendizaje es que sólo con fe en un Ser superior los humanos podemos respetarnos y amarnos entre nosotros. A diferencia de otras épocas, hoy la fe religiosa es condición ética para la paz.
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domingo, 4 de octubre de 2009
En las raíces de México
Luis-Fernando Valdés
Benedicto XVI terminó su viaje a la República Checa. El Pontífice escogió una nación en el corazón geográfico del viejo Mundo, para insistir en las raíces cristianas de Europa. ¿Qué está buscando el Papa? ¿Desea acaso de una manera desesperada evitar la desaparición del cristianismo en el antiguo Continente? O ¿realmente se trata de un mensaje sincero a favor de los europeos, y de toda la humanidad?
En su Mensaje a la autoridades políticas y civiles, en Praga, el Santo Padre explicó que, ahora que la civilización europea tiene dificultad para encontrar un consenso sobre los valores comunes que permitan vivir en un lugar más humano, debe volver a inspirarse en la “herencia viva”, que resulto del “encuentro creativo” de la tradición clásica con el Evangelio. De esta manera, Europa, “fiel a sus raíces cristianas”, podrá mantener una visión abierta a lo trascendente en sus iniciativas al servicio del bien común de personas, comunidades y naciones (Discurso, 26.IX.2009).
¿Por qué la continua llamada del Papa a recordar “las raíces”? Porque el hombre es “un ser enraizado” (J. L. Lorda, 1993). De la misma manera que las plantas echan raíces que las fijan al suelo y de las que se alimentan y crecen, los humanos nos encontramos injertados en la historia de un grupo humano y en una tradición cultural. La lengua que hablamos refleja la mentalidad y las aspiraciones de nuestro antepasados, nuestras tradiciones llevan la huella de sus intereses y de sus esfuerzos, nuestra religiosidad manifiesta su fe y sus convicciones…
Estas “raíces” permiten que una sociedad tenga una historia y un patrimonio espiritual vivo. Una sociedad sin raíces estaría condenada a reinventarse una y otra vez, y así nunca podría resolver los problemas éticos y sociales a los que se enfrenta en cada época.
Benedicto XVI apela continuamente al origen cristiano de Europa, como medio esencial para resolver la crisis de valores que enfrenta ese continente, que aunque ha conseguido un gran desarrollo económico, lleva a cuestas un gran conflicto moral.
Esta propuesta también es válida para nuestro País. México lleva en sus raíces una profunda impronta religiosa. Desde antes de la llegada de los españoles, los Pueblos que habitaban meso América tenía una visión religiosa de la vida. De modo que en las raíces mexicanas tanto autóctonas como coloniales hay una visión trascendente del ser humano, que busca a Dios como fin de su actuación moral.
Esta configuración tuvo como resultado una exquisito respeto a la vida, solidaridad con los necesitados, estabilidad familiar y valoración de los ancianos. Por contraste, los resultados “de facto” del abandono de las raíces religiosas son patentes: desintegración familiar, desencanto ante la vida, infravaloración del no-nato y del anciano, y un tremendo individualismo.
A diferencia de la sociedad mexicana de los siglos pasados, el hombre actual está herido por una visión utilitarista de la vida. Por eso, no tiene armonía con su entorno natural, pues lo considera como bodega de materias primeras; en el comercio, la ganancia lo hace pasar por encima de las personas. Además, en cuestiones políticas, el fin justifica el fraude y la mentira. Y para este hombre moderno, Dios se ha convertido en un enemigo, que pone límites morales al placer.
¿Es éste el México de nuestros antepasados? No: es otro México que no está unido a sus orígenes. ¿No valdría la pena entonces considerar de nuevo esta raíz cristiana, para recuperar nuestra identidad llena de valores?
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Benedicto XVI terminó su viaje a la República Checa. El Pontífice escogió una nación en el corazón geográfico del viejo Mundo, para insistir en las raíces cristianas de Europa. ¿Qué está buscando el Papa? ¿Desea acaso de una manera desesperada evitar la desaparición del cristianismo en el antiguo Continente? O ¿realmente se trata de un mensaje sincero a favor de los europeos, y de toda la humanidad?
En su Mensaje a la autoridades políticas y civiles, en Praga, el Santo Padre explicó que, ahora que la civilización europea tiene dificultad para encontrar un consenso sobre los valores comunes que permitan vivir en un lugar más humano, debe volver a inspirarse en la “herencia viva”, que resulto del “encuentro creativo” de la tradición clásica con el Evangelio. De esta manera, Europa, “fiel a sus raíces cristianas”, podrá mantener una visión abierta a lo trascendente en sus iniciativas al servicio del bien común de personas, comunidades y naciones (Discurso, 26.IX.2009).
¿Por qué la continua llamada del Papa a recordar “las raíces”? Porque el hombre es “un ser enraizado” (J. L. Lorda, 1993). De la misma manera que las plantas echan raíces que las fijan al suelo y de las que se alimentan y crecen, los humanos nos encontramos injertados en la historia de un grupo humano y en una tradición cultural. La lengua que hablamos refleja la mentalidad y las aspiraciones de nuestro antepasados, nuestras tradiciones llevan la huella de sus intereses y de sus esfuerzos, nuestra religiosidad manifiesta su fe y sus convicciones…
Estas “raíces” permiten que una sociedad tenga una historia y un patrimonio espiritual vivo. Una sociedad sin raíces estaría condenada a reinventarse una y otra vez, y así nunca podría resolver los problemas éticos y sociales a los que se enfrenta en cada época.
Benedicto XVI apela continuamente al origen cristiano de Europa, como medio esencial para resolver la crisis de valores que enfrenta ese continente, que aunque ha conseguido un gran desarrollo económico, lleva a cuestas un gran conflicto moral.
Esta propuesta también es válida para nuestro País. México lleva en sus raíces una profunda impronta religiosa. Desde antes de la llegada de los españoles, los Pueblos que habitaban meso América tenía una visión religiosa de la vida. De modo que en las raíces mexicanas tanto autóctonas como coloniales hay una visión trascendente del ser humano, que busca a Dios como fin de su actuación moral.
Esta configuración tuvo como resultado una exquisito respeto a la vida, solidaridad con los necesitados, estabilidad familiar y valoración de los ancianos. Por contraste, los resultados “de facto” del abandono de las raíces religiosas son patentes: desintegración familiar, desencanto ante la vida, infravaloración del no-nato y del anciano, y un tremendo individualismo.
A diferencia de la sociedad mexicana de los siglos pasados, el hombre actual está herido por una visión utilitarista de la vida. Por eso, no tiene armonía con su entorno natural, pues lo considera como bodega de materias primeras; en el comercio, la ganancia lo hace pasar por encima de las personas. Además, en cuestiones políticas, el fin justifica el fraude y la mentira. Y para este hombre moderno, Dios se ha convertido en un enemigo, que pone límites morales al placer.
¿Es éste el México de nuestros antepasados? No: es otro México que no está unido a sus orígenes. ¿No valdría la pena entonces considerar de nuevo esta raíz cristiana, para recuperar nuestra identidad llena de valores?
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domingo, 27 de septiembre de 2009
En el corazón de Europa
Luis-Fernando Valdés
Este fin de semana, Benedicto XVI realiza un viaje pastoral a la República Checa, conocida como el “Corazón de Europa”, por ser un punto geográfico donde confluyen la cultura, el arte y diversas tradiciones de los diversos países europeos. Además, las raíces cristianas están profundamente plasmadas en esta nación, porque ahí los grandes evangelizadores, los santos Cirilio y Metodio, pusieron por primera vez, por escrito, la antigua lengua eslava. Al escoger este escenario tan característico de la cultura europea, ¿qué mensaje intenta transmitir el Santo Padre?
Ésta es la exhortación del Romano Pontífice a la vieja Europa: que así como el cristianismo fue capaz de dar raíces y plasmar la identidad y la herencia cultural europea siglos atrás, también hoy la fe cristiana tiene la fuerza para dar una visión trascendente y más humana a los países del viejo continente. Es decir, el Papa afirma que el cristianismo no sólo no está superado, sino que contiene una gran fuerza espiritual para renovar la sociedad.
El Obispo de Roma, en los diversos discursos que ha pronunciado en este viaje, ha hecho alusión a diversos momentos clave de la historia de esa República, y ha intentado ilustrar la manera cómo el cristianismo ha sido un factor importante tanto para consolidar la cultura, como para superar las dificultades.
Así, a veinte años de la llamada “Revolución del terciopelo”, movimiento cultural y político que consiguió la liberación de la antigua Checoslovaquia del poder del comunismo soviético, Benedicto XVI exhortó a que “una vez recuperada la libertad religiosa”, los checos “redescubran las tradiciones cristiana que han plasmado su cultura” y les recordó que “sin Dios, el hombre no sabe a dónde ir y no alcanza siquiera a comprender quién es él (el hombre)”.
El Papa expuso el rol de cristianismo en la sociedad contemporánea, en la cual convergen las diversas religiones. Se trata de un papel ético en la configuración de la Europa de hoy, pero no de un papel político ni de dominación religiosa. Afirmó que “en pleno respeto a la distinción entre la esfera política y la religiosa –distinción que garantiza la libertad de los ciudadanos para expresar su propio credo religioso e vivir en sintonía con él–, deseo remarcar el rol insustituible del cristianismo, para la formación de la conciencia de cada generación y para la promoción de un consenso ético de fondo, al servicio de cada persona”.
Esta tarea del cristianismo se concreta, por ejemplo, en la búsqueda de la verdadera libertad. Con motivo de la libertad política recuperada por los checos hace 20 años, el Pontífice les recordó que toda generación tiene el deber fundamental de reforzar las “estructuras de libertad”. Y eso, “presupone la búsqueda de la verdad –del verdadero bien– y, por tanto, encuentra su culmen en conocer y hacer lo que es recto y justo”.
En el gran escenario arquitectónico de la Bohemia, Benedicto XVI envía un mensaje que también puede ser válido para una nación multisecular como la nuestra, que aún continúa consolidando su rostro. Las raíces cristianas de nuestro País –que en su momento fueron factor de identidad y unidad nacional–, hoy tienen un nuevo papel –de orden ético– para la configuración de un México plural y multi-religioso. Nos une la conquista de la verdadera libertad, y el cristianismo tiene un empuje vital para esa búsqueda, y transmite un mensaje de amor que impulsa a la convivencia y a la comprensión.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Este fin de semana, Benedicto XVI realiza un viaje pastoral a la República Checa, conocida como el “Corazón de Europa”, por ser un punto geográfico donde confluyen la cultura, el arte y diversas tradiciones de los diversos países europeos. Además, las raíces cristianas están profundamente plasmadas en esta nación, porque ahí los grandes evangelizadores, los santos Cirilio y Metodio, pusieron por primera vez, por escrito, la antigua lengua eslava. Al escoger este escenario tan característico de la cultura europea, ¿qué mensaje intenta transmitir el Santo Padre?
Ésta es la exhortación del Romano Pontífice a la vieja Europa: que así como el cristianismo fue capaz de dar raíces y plasmar la identidad y la herencia cultural europea siglos atrás, también hoy la fe cristiana tiene la fuerza para dar una visión trascendente y más humana a los países del viejo continente. Es decir, el Papa afirma que el cristianismo no sólo no está superado, sino que contiene una gran fuerza espiritual para renovar la sociedad.
El Obispo de Roma, en los diversos discursos que ha pronunciado en este viaje, ha hecho alusión a diversos momentos clave de la historia de esa República, y ha intentado ilustrar la manera cómo el cristianismo ha sido un factor importante tanto para consolidar la cultura, como para superar las dificultades.
Así, a veinte años de la llamada “Revolución del terciopelo”, movimiento cultural y político que consiguió la liberación de la antigua Checoslovaquia del poder del comunismo soviético, Benedicto XVI exhortó a que “una vez recuperada la libertad religiosa”, los checos “redescubran las tradiciones cristiana que han plasmado su cultura” y les recordó que “sin Dios, el hombre no sabe a dónde ir y no alcanza siquiera a comprender quién es él (el hombre)”.
El Papa expuso el rol de cristianismo en la sociedad contemporánea, en la cual convergen las diversas religiones. Se trata de un papel ético en la configuración de la Europa de hoy, pero no de un papel político ni de dominación religiosa. Afirmó que “en pleno respeto a la distinción entre la esfera política y la religiosa –distinción que garantiza la libertad de los ciudadanos para expresar su propio credo religioso e vivir en sintonía con él–, deseo remarcar el rol insustituible del cristianismo, para la formación de la conciencia de cada generación y para la promoción de un consenso ético de fondo, al servicio de cada persona”.
Esta tarea del cristianismo se concreta, por ejemplo, en la búsqueda de la verdadera libertad. Con motivo de la libertad política recuperada por los checos hace 20 años, el Pontífice les recordó que toda generación tiene el deber fundamental de reforzar las “estructuras de libertad”. Y eso, “presupone la búsqueda de la verdad –del verdadero bien– y, por tanto, encuentra su culmen en conocer y hacer lo que es recto y justo”.
En el gran escenario arquitectónico de la Bohemia, Benedicto XVI envía un mensaje que también puede ser válido para una nación multisecular como la nuestra, que aún continúa consolidando su rostro. Las raíces cristianas de nuestro País –que en su momento fueron factor de identidad y unidad nacional–, hoy tienen un nuevo papel –de orden ético– para la configuración de un México plural y multi-religioso. Nos une la conquista de la verdadera libertad, y el cristianismo tiene un empuje vital para esa búsqueda, y transmite un mensaje de amor que impulsa a la convivencia y a la comprensión.
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domingo, 20 de septiembre de 2009
Bicentenario: ¿cabe la religión?
Luis-Fernando Valdés
Hemos celebrado con gusto y patriotismo el día de la Independencia. Iniciamos la cuenta regresiva para el Bicentenario. El año que deberá transcurrir hasta el 16 de septiembre de 2010 nos da tiempo para preparar los festejos, y también para reflexionar sobre nuestra identidad nacional. Ahí cabe esta pregunta: ¿qué papel debe tener la religión en la vida de nuestro País?
Sin duda el rol de la fe ha cambiado mucho desde 1810 a nuestros días. En aquella época, todos los ciudadanos eran católicos, y la religión era un factor de unidad del pueblo. Había una cierta simbiosis entre sociedad civil y sociedad eclesiástica, que tenías ventajas y también bastantes desventajas.
En el devenir del s. XIX, se dio una separación entre la Iglesia y el Estado, que en el s. XX se agudizó hasta llegar la Guerra Cristera. Así la religión dejó de formar parte de la vida civil del País. Además, durante la centuria pasada muchos ciudadanos mexicanos han abrazado otras confesiones distintas a la católica, de modo que la religión católica ya no puede ser factor de unidad de la nación, pues eso iría en detrimento de la libertad de culto de los demás.
Desde estos hechos, el papel de la Iglesia y de los católicos en la vida de México debe repensarse. Hay que dejar atrás tanto la visión del virreinato (Iglesia y Estado en simbiosis) como el jacobinismo anticlerical. Un punto de referencia reciente es la propuesta del Concilio Vaticano II, que consiste en un cambio de paradigma en la visión que la Iglesia tiene de sí misma. Lo hace con una imagen: la del peregrino. Se afirma que “la Iglesia peregrina en la historia”, para indicar que la misión de esta Institución no consiste en ganar poder temporal, aunque en otra época lo haya tenido. Su finalidad es ayudar a la “comunión” de los hombres con Dios y de los hombres entre sí (cfr. Constitución “Lumen Gentium”, nn. 8 y 1).
Esta comunión entre los hombres no significa uniformar a todos en un mismo credo, sino que es una labor de diálogo basado en el respeto a la dignidad de la persona. Fue precisamente este Concilio el que propuso que se respetará universalmente la libertad religiosa (incluso en los países de mayoría católica), porque esta libertad “se funda realmente en la dignidad misma de la persona humana” y pertenece al bien común y a los derechos inalienables del hombre (cfr. Declaración “Nostra Aetate”, nn. 1 y 6).
A doscientos años del inicio de la Independencia, la religión católica deja de ser un signo de identidad nacional, pero tiene la oportunidad histórica de ser –junto con las otras religiones– un factor moral que ayude a los ciudadanos a buscar la justicia, la armonía, la solidaridad y la paz que consoliden la unión entre ellos.
A la luz del Vaticano II, se puede proponer que las religiones –en plural– sean un factor ético que eleve el nivel moral del País. La identidad nacional no puede fundarse ya pertenecer a una religión concreta, sino en vivir valores humanos perennes, en los que además suelen coincidir las diversas religiones: el amor y respeto a Dios, a los propios padres, a la familia, al prójimo; el amor a la vida, a la verdad y a la libertad, etc.
Por aquí hay una buena vía para reconciliar la religiosidad de los mexicanos con la vida pública, sin interferir en la autonomía del Estado. La Iglesia católica y las demás confesiones tendrán un papel importante en el futuro de nuestro País, porque México siempre va a estar necesitado de ciudadanos de una elevada calidad ética.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Hemos celebrado con gusto y patriotismo el día de la Independencia. Iniciamos la cuenta regresiva para el Bicentenario. El año que deberá transcurrir hasta el 16 de septiembre de 2010 nos da tiempo para preparar los festejos, y también para reflexionar sobre nuestra identidad nacional. Ahí cabe esta pregunta: ¿qué papel debe tener la religión en la vida de nuestro País?
Sin duda el rol de la fe ha cambiado mucho desde 1810 a nuestros días. En aquella época, todos los ciudadanos eran católicos, y la religión era un factor de unidad del pueblo. Había una cierta simbiosis entre sociedad civil y sociedad eclesiástica, que tenías ventajas y también bastantes desventajas.
En el devenir del s. XIX, se dio una separación entre la Iglesia y el Estado, que en el s. XX se agudizó hasta llegar la Guerra Cristera. Así la religión dejó de formar parte de la vida civil del País. Además, durante la centuria pasada muchos ciudadanos mexicanos han abrazado otras confesiones distintas a la católica, de modo que la religión católica ya no puede ser factor de unidad de la nación, pues eso iría en detrimento de la libertad de culto de los demás.
Desde estos hechos, el papel de la Iglesia y de los católicos en la vida de México debe repensarse. Hay que dejar atrás tanto la visión del virreinato (Iglesia y Estado en simbiosis) como el jacobinismo anticlerical. Un punto de referencia reciente es la propuesta del Concilio Vaticano II, que consiste en un cambio de paradigma en la visión que la Iglesia tiene de sí misma. Lo hace con una imagen: la del peregrino. Se afirma que “la Iglesia peregrina en la historia”, para indicar que la misión de esta Institución no consiste en ganar poder temporal, aunque en otra época lo haya tenido. Su finalidad es ayudar a la “comunión” de los hombres con Dios y de los hombres entre sí (cfr. Constitución “Lumen Gentium”, nn. 8 y 1).
Esta comunión entre los hombres no significa uniformar a todos en un mismo credo, sino que es una labor de diálogo basado en el respeto a la dignidad de la persona. Fue precisamente este Concilio el que propuso que se respetará universalmente la libertad religiosa (incluso en los países de mayoría católica), porque esta libertad “se funda realmente en la dignidad misma de la persona humana” y pertenece al bien común y a los derechos inalienables del hombre (cfr. Declaración “Nostra Aetate”, nn. 1 y 6).
A doscientos años del inicio de la Independencia, la religión católica deja de ser un signo de identidad nacional, pero tiene la oportunidad histórica de ser –junto con las otras religiones– un factor moral que ayude a los ciudadanos a buscar la justicia, la armonía, la solidaridad y la paz que consoliden la unión entre ellos.
A la luz del Vaticano II, se puede proponer que las religiones –en plural– sean un factor ético que eleve el nivel moral del País. La identidad nacional no puede fundarse ya pertenecer a una religión concreta, sino en vivir valores humanos perennes, en los que además suelen coincidir las diversas religiones: el amor y respeto a Dios, a los propios padres, a la familia, al prójimo; el amor a la vida, a la verdad y a la libertad, etc.
Por aquí hay una buena vía para reconciliar la religiosidad de los mexicanos con la vida pública, sin interferir en la autonomía del Estado. La Iglesia católica y las demás confesiones tendrán un papel importante en el futuro de nuestro País, porque México siempre va a estar necesitado de ciudadanos de una elevada calidad ética.
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domingo, 13 de septiembre de 2009
Josmar y los fanatismos
Luis-Fernando Valdés
Era el día 9 del mes 9 del año 09. Era la fecha perfecta para dar un aviso profético. Y José Mar Flores Pereyra escogió el secuestro del vuelo 576 de Aeroméxico, que viajaba de Cancún a la Ciudad de México. El aeropirata resultó ser un pastor evangélico boliviano que, regenerado de las drogas, ahora se dedica anunciar su fe. Puso en jaque al Consejo de Seguridad Nacional, y logró un impacto mediático gigante. Pero a las que también secuestró y dañó fue a las religiones.
La actitud de “Josmar” fue más allá del proselitismo dominical, y de la disputa dialéctica con Biblia en mano. Se trató de una acción de fanatismo, en el sentido más fuerte del término. La Real Academia de la Lengua Española define “fanático” como el “que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas”.
En comparación con el atentado de las Torres Gemelas, cuyo octavo aniversario acabamos de rememorar, el secuestro perpetrado por Josmar parece una broma, como la versión cómica de una película de acción. Pero no lo es. Por eso, es importante resaltar el daño producido por este cantante religioso.
La primera falta –gravísima– de Flores Pereyra es la de privar ilegalmente de la libertad a 104 pasajeros y 7 tripulantes. Por más que los que aprecian a Josmar insistan en que es un hombre de bien, y aunque el detenido explique que su única pretensión era dar un mensaje religioso, objetivamente cometió un delito… y deberá ser juzgado por él.
La segunda falta de Josmar no es perseguible penalmente, pero también es muy seria. Ha atentado contra el buen nombre de las religiones. Desde las llamadas “Guerras de religión” en la Europa del siglo XVI, las iglesias y confesiones son consideradas como factor de conflicto en las sociedades occidentales. El paso del tiempo y las muchas mesas de diálogo han logrado poco a poco quitar ese estigma… pero la acción de Flores Pereyra ha venido a tirar esos esfuerzos. Le ha dado “argumentos” a quienes sostienen que las religiones desunen a los hombres.
El fanatismo es fruto de la ignorancia. Por eso, en las grandes confesiones cristianas, como la Iglesias católica, luterana, anglicana, etc., hay grandes centros de estudios teológicos, donde los candidatos pasan años de lectura y meditación, tanto en las capillas como en las bibliotecas. Así estas Iglesias buscan asegurar la seriedad de la predicación de sus futuros pastores.
Sin embargo, hoy día cualquier hombre de buena voluntad pero de escasa formación se siente con la misión de lanzarse a las calles a predicar. Lo considero tan peligroso como quien tomara un curso de primeros auxilios y luego pretendiera dar consultas médicas. Aunque suene a utopía, debe ser la gente común y corriente la que exija a sus pastores que realmente sean personas cualificadas, porque los charlatanes y los fanáticos (no son sinónimos) tienen su caldo de cultivo en la buena voluntad que de la gente que no se detiene a reflexionar.
Por cierto, Josmar anunció un cataclismo futuro. Sin embargo, en el capítulo 24 del Evangelio de San Mateo, la Escritura advierte que no faltarán pseudo-profetas: “Si alguien les dijera: ‘miren, el Cristo está aquí o allá’, no le crean. Porque surgirán falsos mesías y falsos profetas” (vv.23-24). Y ahí mismo, Jesús anuncia que “nadie sabe el día ni la hora” del final del mundo, “ni los ángeles del cielo” (v. 36). En fin, los verdaderos teólogos seguirán soportando las bien intencionadas malas acciones de los fanáticos religiosos.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Era el día 9 del mes 9 del año 09. Era la fecha perfecta para dar un aviso profético. Y José Mar Flores Pereyra escogió el secuestro del vuelo 576 de Aeroméxico, que viajaba de Cancún a la Ciudad de México. El aeropirata resultó ser un pastor evangélico boliviano que, regenerado de las drogas, ahora se dedica anunciar su fe. Puso en jaque al Consejo de Seguridad Nacional, y logró un impacto mediático gigante. Pero a las que también secuestró y dañó fue a las religiones.
La actitud de “Josmar” fue más allá del proselitismo dominical, y de la disputa dialéctica con Biblia en mano. Se trató de una acción de fanatismo, en el sentido más fuerte del término. La Real Academia de la Lengua Española define “fanático” como el “que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas”.
En comparación con el atentado de las Torres Gemelas, cuyo octavo aniversario acabamos de rememorar, el secuestro perpetrado por Josmar parece una broma, como la versión cómica de una película de acción. Pero no lo es. Por eso, es importante resaltar el daño producido por este cantante religioso.
La primera falta –gravísima– de Flores Pereyra es la de privar ilegalmente de la libertad a 104 pasajeros y 7 tripulantes. Por más que los que aprecian a Josmar insistan en que es un hombre de bien, y aunque el detenido explique que su única pretensión era dar un mensaje religioso, objetivamente cometió un delito… y deberá ser juzgado por él.
La segunda falta de Josmar no es perseguible penalmente, pero también es muy seria. Ha atentado contra el buen nombre de las religiones. Desde las llamadas “Guerras de religión” en la Europa del siglo XVI, las iglesias y confesiones son consideradas como factor de conflicto en las sociedades occidentales. El paso del tiempo y las muchas mesas de diálogo han logrado poco a poco quitar ese estigma… pero la acción de Flores Pereyra ha venido a tirar esos esfuerzos. Le ha dado “argumentos” a quienes sostienen que las religiones desunen a los hombres.
El fanatismo es fruto de la ignorancia. Por eso, en las grandes confesiones cristianas, como la Iglesias católica, luterana, anglicana, etc., hay grandes centros de estudios teológicos, donde los candidatos pasan años de lectura y meditación, tanto en las capillas como en las bibliotecas. Así estas Iglesias buscan asegurar la seriedad de la predicación de sus futuros pastores.
Sin embargo, hoy día cualquier hombre de buena voluntad pero de escasa formación se siente con la misión de lanzarse a las calles a predicar. Lo considero tan peligroso como quien tomara un curso de primeros auxilios y luego pretendiera dar consultas médicas. Aunque suene a utopía, debe ser la gente común y corriente la que exija a sus pastores que realmente sean personas cualificadas, porque los charlatanes y los fanáticos (no son sinónimos) tienen su caldo de cultivo en la buena voluntad que de la gente que no se detiene a reflexionar.
Por cierto, Josmar anunció un cataclismo futuro. Sin embargo, en el capítulo 24 del Evangelio de San Mateo, la Escritura advierte que no faltarán pseudo-profetas: “Si alguien les dijera: ‘miren, el Cristo está aquí o allá’, no le crean. Porque surgirán falsos mesías y falsos profetas” (vv.23-24). Y ahí mismo, Jesús anuncia que “nadie sabe el día ni la hora” del final del mundo, “ni los ángeles del cielo” (v. 36). En fin, los verdaderos teólogos seguirán soportando las bien intencionadas malas acciones de los fanáticos religiosos.
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domingo, 6 de septiembre de 2009
La vida o la fuerza
Luis-Fernando Valdés
El pasado 24 de agosto, el Congreso de Querétaro aprobó por mayoría absoluta la modificación al Artículo n. 2 de la Constitución de ese Estado. Desde entonces en esa entidad federativa se “reconoce, protege y garantiza el derecho a la vida de todo ser humano desde el momento de la fecundación como un bien jurídico tutelado, y se le reputa como nacido para todos los efectos legales correspondientes, hasta la muerte”. Se trata de un verdadero avance democrático y cívico, pero el oleaje de críticas puede impedir que se observe el gran bien para todos que se ha conseguido.
La nueva ley sancionada por los Diputados locales va más allá de simplemente evitar que se aprobara el aborto. En realidad, es un cambio de paradigma cívico, porque esta norma constitucional reconoce que el fundamento de la sociedad del Estado de Querétaro es la vida. Y este nuevo enfoque es una buena propuesta para otros Estados de la República.
El derecho a la vida es la base de todos los demás: a la libertad, a la salud, a la propiedad, etc. Esto garantiza que la base de la convivencia no será la “ley del más fuerte”, ni la del que tenga más dinero, etc. El cimiento es la vida humana. Este enfoque va más de acuerdo con la experiencia humana más primaria: “es bueno estar vivo”, “que gran don es vivir”. ¿Acaso no celebramos con júbilo el cumpleaños? “Feliz cumpleaños” es la manifestación festiva del profundo amor a la vida: “qué bueno que estás vivo”, “dichoso el día en que naciste”.
En cambio, cuando alguien afirma “qué malo es vivir”, suponemos que pasa por una crisis, y nunca pensamos que esa dura situación por la que atraviesa sea el ideal al que debe aspirar la sociedad en su conjunto.
Más impactante es el comentario “ojalá que no existieras”, pues en él la vida del otro se considera como algo malo. De hecho, la ley custodia que nadie pueda quitar la vida de otro ciudadano, aunque éste le sea molesto. Si una sociedad no tutelara este derecho a la vida de modo integral –desde el nacimiento hasta el fallecimiento natural–, en realidad, con esa omisión estaría avalando la “ley del más fuerte”.
En efecto, cuando no se reconoce el derecho a la vida en toda circunstancia, “de facto” se aprueba que las razones de un tercero son más valiosas que la vida misma. Con esa lógica, la consideración de que el nascituro es “inesperado”, “no deseado”, o un “trauma psicológico”, queda por encima de la vida. Entonces, la opinión ajena prevalece sobre la vida propia. ¿No es el mismo motivo que emplea un sicario cuando ejecuta a su víctima? ¿No esto la “ley del más fuerte”?
De modo que la nueva ley estatal tiene un profundo sentido cívico. Seguramente, el nubarrón de opiniones caldeará el ambiente por una temporada. Pero más allá de esto, ahora viene una gran tarea, la de implantar la cultura de la vida.
Este objetivo tiene la belleza de lo que es plenamente humano: amar la vida, celebrarla como un don y como el fundamento en el que se apoya la sociedad. Cada ciudadano, con independencia de su credo religioso y de su filiación política, deberá tener un valor arraigado en su interior: “qué bello es vivir”, “qué bueno es que tú vivas”.
Desafortunadamente, no hay término medio. O cultura de la vida, o cultura del más fuerte. Los miles de ejecutados a lo largo y ancho del País son mudos testigos de que la “ley del más fuerte” está cobrando fuerza, y se ha vuelto imparable. Sólo la custodia de la vida naciente, como fundamento social, podrá revertir los efectos de la guerra del narcotráfico, fruto amargo de la “ley del más fuerte”.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El pasado 24 de agosto, el Congreso de Querétaro aprobó por mayoría absoluta la modificación al Artículo n. 2 de la Constitución de ese Estado. Desde entonces en esa entidad federativa se “reconoce, protege y garantiza el derecho a la vida de todo ser humano desde el momento de la fecundación como un bien jurídico tutelado, y se le reputa como nacido para todos los efectos legales correspondientes, hasta la muerte”. Se trata de un verdadero avance democrático y cívico, pero el oleaje de críticas puede impedir que se observe el gran bien para todos que se ha conseguido.
La nueva ley sancionada por los Diputados locales va más allá de simplemente evitar que se aprobara el aborto. En realidad, es un cambio de paradigma cívico, porque esta norma constitucional reconoce que el fundamento de la sociedad del Estado de Querétaro es la vida. Y este nuevo enfoque es una buena propuesta para otros Estados de la República.
El derecho a la vida es la base de todos los demás: a la libertad, a la salud, a la propiedad, etc. Esto garantiza que la base de la convivencia no será la “ley del más fuerte”, ni la del que tenga más dinero, etc. El cimiento es la vida humana. Este enfoque va más de acuerdo con la experiencia humana más primaria: “es bueno estar vivo”, “que gran don es vivir”. ¿Acaso no celebramos con júbilo el cumpleaños? “Feliz cumpleaños” es la manifestación festiva del profundo amor a la vida: “qué bueno que estás vivo”, “dichoso el día en que naciste”.
En cambio, cuando alguien afirma “qué malo es vivir”, suponemos que pasa por una crisis, y nunca pensamos que esa dura situación por la que atraviesa sea el ideal al que debe aspirar la sociedad en su conjunto.
Más impactante es el comentario “ojalá que no existieras”, pues en él la vida del otro se considera como algo malo. De hecho, la ley custodia que nadie pueda quitar la vida de otro ciudadano, aunque éste le sea molesto. Si una sociedad no tutelara este derecho a la vida de modo integral –desde el nacimiento hasta el fallecimiento natural–, en realidad, con esa omisión estaría avalando la “ley del más fuerte”.
En efecto, cuando no se reconoce el derecho a la vida en toda circunstancia, “de facto” se aprueba que las razones de un tercero son más valiosas que la vida misma. Con esa lógica, la consideración de que el nascituro es “inesperado”, “no deseado”, o un “trauma psicológico”, queda por encima de la vida. Entonces, la opinión ajena prevalece sobre la vida propia. ¿No es el mismo motivo que emplea un sicario cuando ejecuta a su víctima? ¿No esto la “ley del más fuerte”?
De modo que la nueva ley estatal tiene un profundo sentido cívico. Seguramente, el nubarrón de opiniones caldeará el ambiente por una temporada. Pero más allá de esto, ahora viene una gran tarea, la de implantar la cultura de la vida.
Este objetivo tiene la belleza de lo que es plenamente humano: amar la vida, celebrarla como un don y como el fundamento en el que se apoya la sociedad. Cada ciudadano, con independencia de su credo religioso y de su filiación política, deberá tener un valor arraigado en su interior: “qué bello es vivir”, “qué bueno es que tú vivas”.
Desafortunadamente, no hay término medio. O cultura de la vida, o cultura del más fuerte. Los miles de ejecutados a lo largo y ancho del País son mudos testigos de que la “ley del más fuerte” está cobrando fuerza, y se ha vuelto imparable. Sólo la custodia de la vida naciente, como fundamento social, podrá revertir los efectos de la guerra del narcotráfico, fruto amargo de la “ley del más fuerte”.
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domingo, 30 de agosto de 2009
Ramadán
Luis-Fernando Valdés
El pasado 22 de agosto inició, para los musulmanes, un tiempo de ayuno llamado “ramadán”. Aunque en México esta celebración no nos resulta tan cercana, en los países de Europa occidental, cada vez es más frecuente que se tengan en cuenta los calendarios de las otras grandes confesiones. A nosotros aquí, ¿qué nos puede enseñar la convivencia de las diversas religiones?
En épocas anteriores, algunas no muy lejanas, el contacto entre religiones era fuente de grandes conflictos, incluso violentos. Se entendía que si “mi religión” es verdadera, “las otras” son falsas. Y el siguiente paso consistía en evitarlas o eliminarlas.
Aunque, por efectos de la propaganda anti-católica, pocos lo sepan, la verdad es que la Iglesia fue pionera en fomentar el diálogo pacífico entre religiones. El Concilio Vaticano II promulgó, el 28 de octubre de 1965, la Declaración “Nostra aetate”, en la que expone las líneas de acción en la relación del Catolicismo con las religiones no cristianas.
Ahí se declara que “la Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas, que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (n. 2).
Esta actitud de apertura y de respeto ha tomado fuerza universal, mediante las Jornadas Mundiales de la Paz, convocadas por Juan Pablo II en Asís (Italia). En estas reuniones, el Papa polaco logró reunir a los líderes religiosos de todo el mundo, para rezar por la paz, en el respeto a las diferencias entre ellos, pero con el afán común de la unidad.
El respeto y el aprecio entre los creyentes de las diversas religiones es muy importante. No es sólo para lograr una mera “coexistencia pacífica”. Ante todo, ese testimonio de convivencia ayudará a que muchas personas vuelvan a la creencia y a la práctica religiosas, pues hoy los pleitos por motivos religiosos son causa del alejamiento de la religión.
Si los creyentes de cualquier credo se tomaran en serio su fe, nos encontraríamos ante un mundo en el que se amaría a Dios y a su Ley santa, y por tanto se respetaría a las mujeres, se ayudaría a los enfermos y a los ancianos, se predicaría y se viviría la paz.
Por eso, sin caer en la tentación del sincretismo o de formar una religión universal, y sin ignorar tampoco las diferencias no tan sencillas de conciliar, es muy necesario ayudar a muchos a volver a la práctica religiosa, con la convicción de que un verdadero creyente necesariamente debe ser un buen ciudadano. Y este retorno será facilitado por la convivencia amistosa entre los fieles de las diversas confesiones.
En el mes llamado “ramadán”, los musulmanes celebran que fue el período del año, en el que Mahoma recapitulaba el conjunto de lo que se le había revelado. Durante este tiempo, quedaba prohibido –desde el anochecer hasta el amanecer– comer, beber, fumar y tener relaciones conyugales. Es un tiempo de purificación, en el que los islámicos resaltan la obediencia a Dios, dan gracias por el Corán, y en el que muchos de ellos retoman la práctica religiosa.
Con un afán sincero de verdadera convivencia y diálogo sincero, me uno a los deseos de Benedicto XVI: “En el momento en el que los musulmanes comienzan el itinerario espiritual del mes de Ramadán, formulo para todos mis votos más cordiales, deseando que el Todopoderoso les conceda una vida serena y tranquila”.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El pasado 22 de agosto inició, para los musulmanes, un tiempo de ayuno llamado “ramadán”. Aunque en México esta celebración no nos resulta tan cercana, en los países de Europa occidental, cada vez es más frecuente que se tengan en cuenta los calendarios de las otras grandes confesiones. A nosotros aquí, ¿qué nos puede enseñar la convivencia de las diversas religiones?
En épocas anteriores, algunas no muy lejanas, el contacto entre religiones era fuente de grandes conflictos, incluso violentos. Se entendía que si “mi religión” es verdadera, “las otras” son falsas. Y el siguiente paso consistía en evitarlas o eliminarlas.
Aunque, por efectos de la propaganda anti-católica, pocos lo sepan, la verdad es que la Iglesia fue pionera en fomentar el diálogo pacífico entre religiones. El Concilio Vaticano II promulgó, el 28 de octubre de 1965, la Declaración “Nostra aetate”, en la que expone las líneas de acción en la relación del Catolicismo con las religiones no cristianas.
Ahí se declara que “la Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas, que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (n. 2).
Esta actitud de apertura y de respeto ha tomado fuerza universal, mediante las Jornadas Mundiales de la Paz, convocadas por Juan Pablo II en Asís (Italia). En estas reuniones, el Papa polaco logró reunir a los líderes religiosos de todo el mundo, para rezar por la paz, en el respeto a las diferencias entre ellos, pero con el afán común de la unidad.
El respeto y el aprecio entre los creyentes de las diversas religiones es muy importante. No es sólo para lograr una mera “coexistencia pacífica”. Ante todo, ese testimonio de convivencia ayudará a que muchas personas vuelvan a la creencia y a la práctica religiosas, pues hoy los pleitos por motivos religiosos son causa del alejamiento de la religión.
Si los creyentes de cualquier credo se tomaran en serio su fe, nos encontraríamos ante un mundo en el que se amaría a Dios y a su Ley santa, y por tanto se respetaría a las mujeres, se ayudaría a los enfermos y a los ancianos, se predicaría y se viviría la paz.
Por eso, sin caer en la tentación del sincretismo o de formar una religión universal, y sin ignorar tampoco las diferencias no tan sencillas de conciliar, es muy necesario ayudar a muchos a volver a la práctica religiosa, con la convicción de que un verdadero creyente necesariamente debe ser un buen ciudadano. Y este retorno será facilitado por la convivencia amistosa entre los fieles de las diversas confesiones.
En el mes llamado “ramadán”, los musulmanes celebran que fue el período del año, en el que Mahoma recapitulaba el conjunto de lo que se le había revelado. Durante este tiempo, quedaba prohibido –desde el anochecer hasta el amanecer– comer, beber, fumar y tener relaciones conyugales. Es un tiempo de purificación, en el que los islámicos resaltan la obediencia a Dios, dan gracias por el Corán, y en el que muchos de ellos retoman la práctica religiosa.
Con un afán sincero de verdadera convivencia y diálogo sincero, me uno a los deseos de Benedicto XVI: “En el momento en el que los musulmanes comienzan el itinerario espiritual del mes de Ramadán, formulo para todos mis votos más cordiales, deseando que el Todopoderoso les conceda una vida serena y tranquila”.
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domingo, 23 de agosto de 2009
Pasados de moda
Luis-Fernando Valdés
Continuaron las comparencias en el Congreso de Querétaro, en la que se volvió a discutir sobre la llamada “ley antiaborto”. Entre los argumentos a favor de la despenalización de la interrupción del embarazo, que se expusieron a los legisladores, algunos incluían razones que parecen dirigidas a un “Querétaro virreinal”, al que instarían a modernizarse.
En alguna ponencia se aseguraba que negar a mujeres violadas el derecho a abortar, implicaría simplemente creer que las concepciones medievales regresan por la imposición de una minoría. También se aludió en varias exposiciones a “la derecha”, que sería la que estaría tratando de coaccionar a que todas la mujeres procedieran de la misma manera en caso de violación.
Con todo el respeto hacia esas posturas, diferimos en el enfoque. El esquema virreinal, en el que la Iglesia y la Corona estuvieron solidarizadas, no es el contexto actual de nuestra Patria. Parecería que lo que denominan “la derecha” es una repetición de ese paradigma, al que unos pocos tratarían de hacer volver al País.
Es una cuestión muy compleja, porque ni la Iglesia romana sostiene esa postura, ni la gran mayoría de los católicos desea retornar al pasado. Que haya algunos particulares que tengan esa aspiración, no justifica que todo creyente coherente con su fe sea incluido en esa categoría política.
Además, presentar un argumento sobre el aborto desde una categoría sociológica o política no es quizá el más adecuado, porque el resultado es un desplazamiento del foco del problema, y alejamiento del núcleo del tema. Lo central en la cuestión del aborto es el reconocimiento de la vida humana del recién concebido. Pero con el argumento de “la derecha”, el acento se pone en otro lado: el miedo al retroceso histórico.
Además, con la categoría de “la derecha” se insiste en que la Iglesia emplea el miedo y la coacción de las conciencias, para conseguir fines ideológicos. Pero si queremos ser intelectualmente honestos, con independencia de nuestras creencias, tenemos que aceptar que la Iglesia cambió su esquema argumentativo desde el Concilio Vaticano II (1962-1965), que los Papas recientes han seguido fielmente.
Si se presta atención al mensaje de la Constitución “Gaudium et spes” del citado Concilio, se descubre rápidamente que la Iglesia pasa de los “anatemas” a una explicación abierta de su misión, y que no amenaza con condenas, sino que ofrece propuestas de ayuda moral al mundo contemporáneo. También podría ver que la Declaración “Nostra Aetate” indica a los fieles católico tener un trato tolerante y respetuoso hacia las otras religiones y hacia los no creyentes.
Si toma en cuenta la Encíclica “Veritatis Splendor” de Juan Pablo II, resulta notorio que, en todo momento, la postura de la Iglesia respecto al aborto no es una negativa a la modernidad, sino una defensa de la vida; que no es un pleito ni una condena contra la mujer, y menos una búsqueda del retorno a los Estados pontificios.
Cuando se plantea la ley antiaborto como la imposición de una ideología trasnochada, la propuesta a favor de la despenalización del aborto no va al fondo de la cuestión actual sobre el estatuto ontológico del engendrado: en el estado actual de los descubrimientos científicos sobre embriología y genética ¿el nascituro es un ser humano o no? El debate pues no debe centrarse en categorías sociológicas ni religiosas, sino en la realidad y los derechos del ser concebido y en la ayuda a la mujer que ha sido embarazada por violación.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Continuaron las comparencias en el Congreso de Querétaro, en la que se volvió a discutir sobre la llamada “ley antiaborto”. Entre los argumentos a favor de la despenalización de la interrupción del embarazo, que se expusieron a los legisladores, algunos incluían razones que parecen dirigidas a un “Querétaro virreinal”, al que instarían a modernizarse.
En alguna ponencia se aseguraba que negar a mujeres violadas el derecho a abortar, implicaría simplemente creer que las concepciones medievales regresan por la imposición de una minoría. También se aludió en varias exposiciones a “la derecha”, que sería la que estaría tratando de coaccionar a que todas la mujeres procedieran de la misma manera en caso de violación.
Con todo el respeto hacia esas posturas, diferimos en el enfoque. El esquema virreinal, en el que la Iglesia y la Corona estuvieron solidarizadas, no es el contexto actual de nuestra Patria. Parecería que lo que denominan “la derecha” es una repetición de ese paradigma, al que unos pocos tratarían de hacer volver al País.
Es una cuestión muy compleja, porque ni la Iglesia romana sostiene esa postura, ni la gran mayoría de los católicos desea retornar al pasado. Que haya algunos particulares que tengan esa aspiración, no justifica que todo creyente coherente con su fe sea incluido en esa categoría política.
Además, presentar un argumento sobre el aborto desde una categoría sociológica o política no es quizá el más adecuado, porque el resultado es un desplazamiento del foco del problema, y alejamiento del núcleo del tema. Lo central en la cuestión del aborto es el reconocimiento de la vida humana del recién concebido. Pero con el argumento de “la derecha”, el acento se pone en otro lado: el miedo al retroceso histórico.
Además, con la categoría de “la derecha” se insiste en que la Iglesia emplea el miedo y la coacción de las conciencias, para conseguir fines ideológicos. Pero si queremos ser intelectualmente honestos, con independencia de nuestras creencias, tenemos que aceptar que la Iglesia cambió su esquema argumentativo desde el Concilio Vaticano II (1962-1965), que los Papas recientes han seguido fielmente.
Si se presta atención al mensaje de la Constitución “Gaudium et spes” del citado Concilio, se descubre rápidamente que la Iglesia pasa de los “anatemas” a una explicación abierta de su misión, y que no amenaza con condenas, sino que ofrece propuestas de ayuda moral al mundo contemporáneo. También podría ver que la Declaración “Nostra Aetate” indica a los fieles católico tener un trato tolerante y respetuoso hacia las otras religiones y hacia los no creyentes.
Si toma en cuenta la Encíclica “Veritatis Splendor” de Juan Pablo II, resulta notorio que, en todo momento, la postura de la Iglesia respecto al aborto no es una negativa a la modernidad, sino una defensa de la vida; que no es un pleito ni una condena contra la mujer, y menos una búsqueda del retorno a los Estados pontificios.
Cuando se plantea la ley antiaborto como la imposición de una ideología trasnochada, la propuesta a favor de la despenalización del aborto no va al fondo de la cuestión actual sobre el estatuto ontológico del engendrado: en el estado actual de los descubrimientos científicos sobre embriología y genética ¿el nascituro es un ser humano o no? El debate pues no debe centrarse en categorías sociológicas ni religiosas, sino en la realidad y los derechos del ser concebido y en la ayuda a la mujer que ha sido embarazada por violación.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 16 de agosto de 2009
Derecho al propio cuerpo
Luis-Fernando Valdés
En días anteriores, se llevaron a cabo numerosas comparecencias de grupos civiles sobre la llamada “ley antiaborto” en el Congreso del Estado Querétaro. Ahí diversas agrupaciones expresaron sus opiniones, tanto sobre el reconocimiento de la vida del concebido, como del derecho de la mujer a abortar. Magnífico ejercicio de democracia, escuchar las dos opiniones antes de legislar.
Hemos seguido con gran respeto las declaraciones de las personas que apoyan la legalización del aborto. Pensamos que –aunque la compartimos– su postura manifiesta inquietudes verdaderas, que merecen atención porque no son fáciles de resolver, y afectan a bastantes personas.
En su alegato, la directora de “Equidad de Género: Ciudadanía, Trabajo y Familia”, María Eugenia Romero Contreras, comentó que las modificaciones al Artículo 2 de la Constitución local imponen a las mujeres embarazos que pueden poner en riesgo su vida o que han sido producto de una violación.
En estas palabras, dignas de atención, subyace la visión de que la mujer tiene derecho sobre su propio cuerpo, y tiene derecho a decidir cuando embarazarse. Esta postura tiene –en parte– razón, pues cada persona tiene derecho sobre su cuerpo, que es un componente esencial de su propia personalidad, pues los humanos “somos” una única realidad, formada por cuerpo y espíritu.
Pero, el problema es cuando hay un “tercero”: el concebido es alguien distinto de la madre y del padre, porque una composición genética independiente de ambos; genéticamente es un ser nuevo, con un cuerpo diferente. Este nuevo ser no es parte del cuerpo de su mamá. Por eso, no se tiene la razón cuando el argumento para aprobar el aborto consiste en “ampliar” el derecho sobre el propio cuerpo, hasta “abarcar” el cuerpo de un tercero.
De igual manera, es una realidad que una mujer tiene derecho a decidir cuando engendrar. Pero hay un equívoco, que intentaremos explicar mediante una comparación (con todas sus limitaciones). Tengo el derecho a decidir qué comer y cuándo hacerlo, pues eso está en la esfera de mi libertad. Pero una vez que elijo comer, el proceso digestivo ya no está en mi ámbito de decisión, pues es autónomo. Debo decir antes de comer.
En el caso de la vida humana, la mujer –y su pareja con ella– deciden cómo vivir la sexualidad. Pero no está ya en su ámbito de libertad, el tomar una decisión sobre un óvulo ya fecundado. Si decidieron mal “antes”, ya no tienen derecho a decidir “después” sobre la vida de un tercero.
Ambos supuestos (el derecho sobre el propio cuerpo y el derecho a decidir cuando tener un hijo) generan una situación límite, en el caso de un embarazo por violación. La víctima de violencia sexual se enfrenta a unas circunstancias que le han pisado estos dos derechos. Y la pregunta entonces es pertinente: ¿por qué la mujer tiene que aceptar las consecuencias de un abuso a sus derechos?
Sin embargo, la “consecuencia” no es sólo un daño físico y psicológico, sino también un nuevo ser humano vivo, inocente, sujeto de derechos, al que también hay que defender. Por eso, es importante decir que, al pedir que se reconozca jurídicamente la vida de un tercero engendrado por violación, no se pretende afirmar que esa mujer no fue víctima, ni tampoco negar que sus derechos fueron conculcados.
Esta problemática merece atención, comprensión y una respuesta. Afirmamos la vida del recién concebido, y defendemos su derecho a la vida, pero es de justicia que exijamos también una solución al problema de la mujer.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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En días anteriores, se llevaron a cabo numerosas comparecencias de grupos civiles sobre la llamada “ley antiaborto” en el Congreso del Estado Querétaro. Ahí diversas agrupaciones expresaron sus opiniones, tanto sobre el reconocimiento de la vida del concebido, como del derecho de la mujer a abortar. Magnífico ejercicio de democracia, escuchar las dos opiniones antes de legislar.
Hemos seguido con gran respeto las declaraciones de las personas que apoyan la legalización del aborto. Pensamos que –aunque la compartimos– su postura manifiesta inquietudes verdaderas, que merecen atención porque no son fáciles de resolver, y afectan a bastantes personas.
En su alegato, la directora de “Equidad de Género: Ciudadanía, Trabajo y Familia”, María Eugenia Romero Contreras, comentó que las modificaciones al Artículo 2 de la Constitución local imponen a las mujeres embarazos que pueden poner en riesgo su vida o que han sido producto de una violación.
En estas palabras, dignas de atención, subyace la visión de que la mujer tiene derecho sobre su propio cuerpo, y tiene derecho a decidir cuando embarazarse. Esta postura tiene –en parte– razón, pues cada persona tiene derecho sobre su cuerpo, que es un componente esencial de su propia personalidad, pues los humanos “somos” una única realidad, formada por cuerpo y espíritu.
Pero, el problema es cuando hay un “tercero”: el concebido es alguien distinto de la madre y del padre, porque una composición genética independiente de ambos; genéticamente es un ser nuevo, con un cuerpo diferente. Este nuevo ser no es parte del cuerpo de su mamá. Por eso, no se tiene la razón cuando el argumento para aprobar el aborto consiste en “ampliar” el derecho sobre el propio cuerpo, hasta “abarcar” el cuerpo de un tercero.
De igual manera, es una realidad que una mujer tiene derecho a decidir cuando engendrar. Pero hay un equívoco, que intentaremos explicar mediante una comparación (con todas sus limitaciones). Tengo el derecho a decidir qué comer y cuándo hacerlo, pues eso está en la esfera de mi libertad. Pero una vez que elijo comer, el proceso digestivo ya no está en mi ámbito de decisión, pues es autónomo. Debo decir antes de comer.
En el caso de la vida humana, la mujer –y su pareja con ella– deciden cómo vivir la sexualidad. Pero no está ya en su ámbito de libertad, el tomar una decisión sobre un óvulo ya fecundado. Si decidieron mal “antes”, ya no tienen derecho a decidir “después” sobre la vida de un tercero.
Ambos supuestos (el derecho sobre el propio cuerpo y el derecho a decidir cuando tener un hijo) generan una situación límite, en el caso de un embarazo por violación. La víctima de violencia sexual se enfrenta a unas circunstancias que le han pisado estos dos derechos. Y la pregunta entonces es pertinente: ¿por qué la mujer tiene que aceptar las consecuencias de un abuso a sus derechos?
Sin embargo, la “consecuencia” no es sólo un daño físico y psicológico, sino también un nuevo ser humano vivo, inocente, sujeto de derechos, al que también hay que defender. Por eso, es importante decir que, al pedir que se reconozca jurídicamente la vida de un tercero engendrado por violación, no se pretende afirmar que esa mujer no fue víctima, ni tampoco negar que sus derechos fueron conculcados.
Esta problemática merece atención, comprensión y una respuesta. Afirmamos la vida del recién concebido, y defendemos su derecho a la vida, pero es de justicia que exijamos también una solución al problema de la mujer.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 9 de agosto de 2009
Lecciones de Acteal
Luis-Fernando Valdés
El pasado 5 de agosto, la Suprema Corte de Justicia de la Nación dictaminó que hubo irregularidades y fabricación de pruebas y de testigos, en el proceso seguido contra los presuntos responsables de la matanza de Acteal. Se trata de una doble injusticia: por una parte, el asesinato de 45 personas, entre ellas18 menores; y por otra, la injusticia a los inocentes, que llevan 11 años en prisión. ¿Cuáles son las enseñanzas que estos trágicos hechos encierran?
Una primera reflexión. En esta resolución de la SCJ, han jugado un papel muy importante los medios de comunicación y la participación de instituciones privadas, el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), el cual documentó las irregularidades en el juicio de los supuestos culpables, y propuso que la SCJ atrajera el caso.
Cuando estas tragedias no son seguidas por los ciudadanos de a pie, cuando no hay presión desde la opinión pública, estos sucesos pasan al olvido, y así los procesos judiciales son más vulnerables a intereses de grupos y pueden ser manipulados por intereses poderosos.
De ahí que la sangre inocente y los inculpados injustamente sean un verdadero reclamo al resto de los mexicanos. Todos debemos estar preocupados por evitar que estas causas caigan en el olvido, y lo podemos conseguir si seguimos con constancia las noticias nacionales, y si expresamos nuestra opinión en los foros que los medios de comunicación siempre tienen abiertos. De esta manera, los grandes sucesos siempre tendrán la suficiente cobertura, y esto representará una mínima garantía para que no sean ocultados o manipulados.
Una segunda meditación. Este doble crimen de Acteal pone al descubierto, un vez más, una mala raíz que origina las tragedias de nuestra Patria: la deficiente educación ciudadana. Que existan asesinos que disparan contra inocentes, que haya corrupción en la procuración de justicia, ¿no es suficiente prueba de que algo no funciona en la educación de los mexicanos?
El respeto a la vida humana, en cualquiera de sus fases, y la justicia son dos valores que se aprenden primero en la familia y luego en la escuela. Ante estos hechos, la realidad de que la familia y la educación están en serios problemas se impone.
¿Tendremos que esperar otro Acteal, otra guardería ABC para que los ciudadanos cobremos conciencia de que es tiempo de empezar a enseñar verdaderos valores, que contrarresten la corrupción? O ¿seguiremos hablando de “valores relativos”, de una moral de conveniencia?
Y, por último, estos duros acontecimientos no llevan a elevar nuestros pensamientos al plano espiritual. Cuando los inocentes son asesinados, lo primera pregunta suele cuestionar a Dios: si existe, ¿por qué permite que el sufrimiento de los inocentes?
Y lo que para algunos se convierte en ocasión de duda o de negación de la Providencia divina, también se erige como un gran motivo de credibilidad. Las aspiraciones profundas del ser humano apuntan a que el mal cometido en esta tierra no puede quedar impune. Dios debe existir, y debe ser quien haga justicia hacia los que ahora abusan de su libertad y atropellan a los demás.
En cambio, sin un Dios remunerador, la injusticia tendría la última palabra, y nos negamos a que la injusticia sea el núcleo de la existencia humana. Acteal sigue mirando al Cielo, las tumbas de los caídos continúan clamando por justicia, en esta vida… y en la venidera.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
El pasado 5 de agosto, la Suprema Corte de Justicia de la Nación dictaminó que hubo irregularidades y fabricación de pruebas y de testigos, en el proceso seguido contra los presuntos responsables de la matanza de Acteal. Se trata de una doble injusticia: por una parte, el asesinato de 45 personas, entre ellas18 menores; y por otra, la injusticia a los inocentes, que llevan 11 años en prisión. ¿Cuáles son las enseñanzas que estos trágicos hechos encierran?
Una primera reflexión. En esta resolución de la SCJ, han jugado un papel muy importante los medios de comunicación y la participación de instituciones privadas, el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), el cual documentó las irregularidades en el juicio de los supuestos culpables, y propuso que la SCJ atrajera el caso.
Cuando estas tragedias no son seguidas por los ciudadanos de a pie, cuando no hay presión desde la opinión pública, estos sucesos pasan al olvido, y así los procesos judiciales son más vulnerables a intereses de grupos y pueden ser manipulados por intereses poderosos.
De ahí que la sangre inocente y los inculpados injustamente sean un verdadero reclamo al resto de los mexicanos. Todos debemos estar preocupados por evitar que estas causas caigan en el olvido, y lo podemos conseguir si seguimos con constancia las noticias nacionales, y si expresamos nuestra opinión en los foros que los medios de comunicación siempre tienen abiertos. De esta manera, los grandes sucesos siempre tendrán la suficiente cobertura, y esto representará una mínima garantía para que no sean ocultados o manipulados.
Una segunda meditación. Este doble crimen de Acteal pone al descubierto, un vez más, una mala raíz que origina las tragedias de nuestra Patria: la deficiente educación ciudadana. Que existan asesinos que disparan contra inocentes, que haya corrupción en la procuración de justicia, ¿no es suficiente prueba de que algo no funciona en la educación de los mexicanos?
El respeto a la vida humana, en cualquiera de sus fases, y la justicia son dos valores que se aprenden primero en la familia y luego en la escuela. Ante estos hechos, la realidad de que la familia y la educación están en serios problemas se impone.
¿Tendremos que esperar otro Acteal, otra guardería ABC para que los ciudadanos cobremos conciencia de que es tiempo de empezar a enseñar verdaderos valores, que contrarresten la corrupción? O ¿seguiremos hablando de “valores relativos”, de una moral de conveniencia?
Y, por último, estos duros acontecimientos no llevan a elevar nuestros pensamientos al plano espiritual. Cuando los inocentes son asesinados, lo primera pregunta suele cuestionar a Dios: si existe, ¿por qué permite que el sufrimiento de los inocentes?
Y lo que para algunos se convierte en ocasión de duda o de negación de la Providencia divina, también se erige como un gran motivo de credibilidad. Las aspiraciones profundas del ser humano apuntan a que el mal cometido en esta tierra no puede quedar impune. Dios debe existir, y debe ser quien haga justicia hacia los que ahora abusan de su libertad y atropellan a los demás.
En cambio, sin un Dios remunerador, la injusticia tendría la última palabra, y nos negamos a que la injusticia sea el núcleo de la existencia humana. Acteal sigue mirando al Cielo, las tumbas de los caídos continúan clamando por justicia, en esta vida… y en la venidera.
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domingo, 2 de agosto de 2009
Verano “pro life”
Luis-Fernando Valdés
En los meses de verano, las noticias sobre bioética suelen escasear, pues las novedades sobre este argumento tienen lugar durante los meses lectivos, en que los gobernantes y también los académicos, suelen reunirse y debatir. Pero en estas vacaciones estivales, algunos políticos y bastantes ciudadanos de a pie han generado noticias “a favor de la vida”.
En Duala, Camerún, el pasado 15 de julio, más de 20 mil personas participaron en la marcha de protesta, guiada por el cardenal Christian Tumi, contra la legalización del aborto aprobada apenas el 11 de julio, siguiendo el Protocolo de Maputo (2003). Una delegación compuesta por representantes católicos, protestantes y musulmanes entregó al Gobernador una carta para el Presidente de la República y una petición, respaldada con unas 30.000 firmas.
En Roma, el 30 de julio, la subsecretaria del Ministerio de Salud, Eugenia Roccella, aseguró que 29 mujeres han muerto en el mundo por el consumo de la píldora RU486, más conocida como la “píldora del día siguiente”. Roncella explicó que las muertes han sido causadas por los efectos colaterales del fármaco. Este dato está contenido en la relación que la fábrica productora de la píldora, la Exelgyn, envió a ese Ministerio, que a su vez lo turnó a la Agencia Italiana del Fármaco (AIFA). Sin embargo, la AIFA autorizó que la RU486 se siga vendiendo “sólo en hospitales”.
Como reacción, el Presidente de la Pontificia Academia para la Vida, Mons. Rino Fisichella, lamentó esa decisión de las autoridades sanitarias italianas, porque “la RU486 es una técnica abortiva, porque tiende a suprimir el embrión anidado en el útero de la madre”.
Este Prelado alertó también, a quienes lo afirman, que “está totalmente por demostrarse que el uso de esta píldora sea menos traumático que someterse a la operación (para abortar). El primer trauma nace en el momento en el que no se quiere aceptar el embarazo y lo que ha de hacerse es intervenir para ayudar a la mujer para que comprenda el valor de la vida naciente”.
¿Por qué la Iglesia interviene tanto en esta cuestión? Explica Mons. Fisichella que “la Iglesia nunca puede asistir de manera pasiva a cuanto sucede en la sociedad. Está llamada a hacer siempre presente el anuncio de vida que le ha permitido ser, en el transcurso de los siglos, signo tangible del respeto por la dignidad de la persona”.
Y entonces ¿por qué tantos gobiernos intenta legalizar el aborto? La española Mercedes Aroz, la cofundadora del Partido Socialista Catalán, al que abandonó por apoyar el aborto, da una respuesta interesante. La ex-socialista explica que las legislaciones que aprueban el aborto “provienen del siglo pasado, cuando los conocimientos científicos no eran tan evidentes”, y por eso, esas legislaciones “no garantizan efectivamente este derecho del ser humano desde su concepción”.
Y sostiene Aroz que “a la luz de los actuales conocimientos científicos, que nos dicen que desde la concepción existe un ser humano con su identidad genética propia que mantendrá toda su vida, el aborto atenta contra el ser humano en el primer estadio de su vida”.
Con estas noticias, más bien parecería que es el aborto el que ha ganado la partida este verano. Pero no es así, porque ni el Protocolo de Maputo, ni la distribución de la RU486, han podido detener a miles de hombres y mujeres que saben que la vida humana inicia en la concepción. Se tambalea el mito de que es una mayoría la que está a favor del aborto.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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En los meses de verano, las noticias sobre bioética suelen escasear, pues las novedades sobre este argumento tienen lugar durante los meses lectivos, en que los gobernantes y también los académicos, suelen reunirse y debatir. Pero en estas vacaciones estivales, algunos políticos y bastantes ciudadanos de a pie han generado noticias “a favor de la vida”.
En Duala, Camerún, el pasado 15 de julio, más de 20 mil personas participaron en la marcha de protesta, guiada por el cardenal Christian Tumi, contra la legalización del aborto aprobada apenas el 11 de julio, siguiendo el Protocolo de Maputo (2003). Una delegación compuesta por representantes católicos, protestantes y musulmanes entregó al Gobernador una carta para el Presidente de la República y una petición, respaldada con unas 30.000 firmas.
En Roma, el 30 de julio, la subsecretaria del Ministerio de Salud, Eugenia Roccella, aseguró que 29 mujeres han muerto en el mundo por el consumo de la píldora RU486, más conocida como la “píldora del día siguiente”. Roncella explicó que las muertes han sido causadas por los efectos colaterales del fármaco. Este dato está contenido en la relación que la fábrica productora de la píldora, la Exelgyn, envió a ese Ministerio, que a su vez lo turnó a la Agencia Italiana del Fármaco (AIFA). Sin embargo, la AIFA autorizó que la RU486 se siga vendiendo “sólo en hospitales”.
Como reacción, el Presidente de la Pontificia Academia para la Vida, Mons. Rino Fisichella, lamentó esa decisión de las autoridades sanitarias italianas, porque “la RU486 es una técnica abortiva, porque tiende a suprimir el embrión anidado en el útero de la madre”.
Este Prelado alertó también, a quienes lo afirman, que “está totalmente por demostrarse que el uso de esta píldora sea menos traumático que someterse a la operación (para abortar). El primer trauma nace en el momento en el que no se quiere aceptar el embarazo y lo que ha de hacerse es intervenir para ayudar a la mujer para que comprenda el valor de la vida naciente”.
¿Por qué la Iglesia interviene tanto en esta cuestión? Explica Mons. Fisichella que “la Iglesia nunca puede asistir de manera pasiva a cuanto sucede en la sociedad. Está llamada a hacer siempre presente el anuncio de vida que le ha permitido ser, en el transcurso de los siglos, signo tangible del respeto por la dignidad de la persona”.
Y entonces ¿por qué tantos gobiernos intenta legalizar el aborto? La española Mercedes Aroz, la cofundadora del Partido Socialista Catalán, al que abandonó por apoyar el aborto, da una respuesta interesante. La ex-socialista explica que las legislaciones que aprueban el aborto “provienen del siglo pasado, cuando los conocimientos científicos no eran tan evidentes”, y por eso, esas legislaciones “no garantizan efectivamente este derecho del ser humano desde su concepción”.
Y sostiene Aroz que “a la luz de los actuales conocimientos científicos, que nos dicen que desde la concepción existe un ser humano con su identidad genética propia que mantendrá toda su vida, el aborto atenta contra el ser humano en el primer estadio de su vida”.
Con estas noticias, más bien parecería que es el aborto el que ha ganado la partida este verano. Pero no es así, porque ni el Protocolo de Maputo, ni la distribución de la RU486, han podido detener a miles de hombres y mujeres que saben que la vida humana inicia en la concepción. Se tambalea el mito de que es una mayoría la que está a favor del aborto.
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domingo, 26 de julio de 2009
Inesperadas soluciones para problemas globales
Luis-Fernando Valdés
Los servicios noticiosos –especialmente en Internet– han dado seguimiento a las reacciones, que ha suscitado la tercera Encíclica de Benedicto XVI, “Veritas in caritate” (29.VI.2009). ¿A qué responden las presentaciones y conferencias sobre este documento? ¿Son eventos de compromiso, dado que se trata de un escrito el Papa? O bien, ¿hay algo en ese escrito, que realmente justifica ser tomado en cuenta, incluso por los no católicos y los no creyentes?
Encuentro una explicación, que será una de tantas posibles. El Santo Padre ha decidido abordar los temas sociales y económicos que afectan al mundo de hoy, y les ha dado una respuesta insospechada. En efecto, el Papa no ofrece soluciones sociológicas, ni políticas, ni financieras, sino que hace una propuesta ¡religiosa!
En efecto, ya en el comienzo de esta Encíclica, el Santo Padre afirma que “la caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad” (n. 1).
Si nos detenemos a considerarlo, es muy audaz una respuesta de este tipo. Nos dice que en el cristianismo hay unos principios sobre el hombre y sobre el mundo, los cuales nos llevan a descubrir nuevas opciones ante los problemas que hoy pesan sobre hombres, mujeres y niños del mundo entero.
Además, el Pontífice menciona expresamente la influencia del elemento religioso, en la búsqueda de respuesta a las situaciones sociales conflictivas. La existencia de un Dios que es amor, la fe en Jesucristo que nos pide ocuparnos de las necesidades del prójimo, son un fuerte impulso que favorece a las personas y a las sociedades para encontrar soluciones.
Si leemos esta Encíclica desde la perspectiva de la Modernidad (siglos XVII al XX), Benedicto XVI hace una propuesta totalmente inversa a la mentalidad sembrada por la Ilustración. Si este movimiento consideraba que lo sobrenatural no debería influir nada en la vida social, política y económica, el Obispo de Roma invita a descubrir que la doctrina cristiana es una luz para entender la problemática actual, y para proponerle salidas.
Si la Ilustración propuso usar las ideas cristianas –libertad, igualdad, fraternidad– sin referencia a Dios, el Papa Ratzinger les devuelve su identidad religiosa –caridad: amor a Dios y al prójimo– para “humanizar” la globalización, para defender la vida humana y los recursos naturales del planeta.
No deja de sorprendernos la penetrante visión del Santo Padre sobre la realidad contemporánea, a la cual le ofrece una salida verdaderamente a favor del ser humano. Pero, a los que nos hemos criado en una cultura, que tiende a separar lo religioso de lo civil y de lo científico, y que suele olvidar la presencia de lo sagrado en la vida cotidiana, lo que quizá más nos asombra es que Benedicto XVI ofrece respuestas profundas, sin renunciar a su discurso religioso.
La aplicación del contenido de la “Veritas in caritate” no depende de la Iglesia, sino de los gobiernos y de los particulares. Corre el riesgo de quedar como una “utopía”, pero sólo el tiempo nos lo dirá. En cambio, el valor de este texto pontificio se ha hecho presente ya: nos muestra un cristianismo más dinámico, capaz de ofrecer principios verdaderos para orientar la vida social y económica de hoy. El cristianismo medieval y barroco construyó catedrales espléndidas; el cristianismo contemporáneo quiere construir una civilización del amor.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Los servicios noticiosos –especialmente en Internet– han dado seguimiento a las reacciones, que ha suscitado la tercera Encíclica de Benedicto XVI, “Veritas in caritate” (29.VI.2009). ¿A qué responden las presentaciones y conferencias sobre este documento? ¿Son eventos de compromiso, dado que se trata de un escrito el Papa? O bien, ¿hay algo en ese escrito, que realmente justifica ser tomado en cuenta, incluso por los no católicos y los no creyentes?
Encuentro una explicación, que será una de tantas posibles. El Santo Padre ha decidido abordar los temas sociales y económicos que afectan al mundo de hoy, y les ha dado una respuesta insospechada. En efecto, el Papa no ofrece soluciones sociológicas, ni políticas, ni financieras, sino que hace una propuesta ¡religiosa!
En efecto, ya en el comienzo de esta Encíclica, el Santo Padre afirma que “la caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad” (n. 1).
Si nos detenemos a considerarlo, es muy audaz una respuesta de este tipo. Nos dice que en el cristianismo hay unos principios sobre el hombre y sobre el mundo, los cuales nos llevan a descubrir nuevas opciones ante los problemas que hoy pesan sobre hombres, mujeres y niños del mundo entero.
Además, el Pontífice menciona expresamente la influencia del elemento religioso, en la búsqueda de respuesta a las situaciones sociales conflictivas. La existencia de un Dios que es amor, la fe en Jesucristo que nos pide ocuparnos de las necesidades del prójimo, son un fuerte impulso que favorece a las personas y a las sociedades para encontrar soluciones.
Si leemos esta Encíclica desde la perspectiva de la Modernidad (siglos XVII al XX), Benedicto XVI hace una propuesta totalmente inversa a la mentalidad sembrada por la Ilustración. Si este movimiento consideraba que lo sobrenatural no debería influir nada en la vida social, política y económica, el Obispo de Roma invita a descubrir que la doctrina cristiana es una luz para entender la problemática actual, y para proponerle salidas.
Si la Ilustración propuso usar las ideas cristianas –libertad, igualdad, fraternidad– sin referencia a Dios, el Papa Ratzinger les devuelve su identidad religiosa –caridad: amor a Dios y al prójimo– para “humanizar” la globalización, para defender la vida humana y los recursos naturales del planeta.
No deja de sorprendernos la penetrante visión del Santo Padre sobre la realidad contemporánea, a la cual le ofrece una salida verdaderamente a favor del ser humano. Pero, a los que nos hemos criado en una cultura, que tiende a separar lo religioso de lo civil y de lo científico, y que suele olvidar la presencia de lo sagrado en la vida cotidiana, lo que quizá más nos asombra es que Benedicto XVI ofrece respuestas profundas, sin renunciar a su discurso religioso.
La aplicación del contenido de la “Veritas in caritate” no depende de la Iglesia, sino de los gobiernos y de los particulares. Corre el riesgo de quedar como una “utopía”, pero sólo el tiempo nos lo dirá. En cambio, el valor de este texto pontificio se ha hecho presente ya: nos muestra un cristianismo más dinámico, capaz de ofrecer principios verdaderos para orientar la vida social y económica de hoy. El cristianismo medieval y barroco construyó catedrales espléndidas; el cristianismo contemporáneo quiere construir una civilización del amor.
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domingo, 19 de julio de 2009
El factor invisible del progreso
Luis-Fernando Valdés
Benedicto XVI ha sido nuevamente noticia. En su descanso estival en Val d’Aosta, al norte de Italia, sufrió una lesión en la muñeca derecha. Es lógico que el Papa de 82 años tenga una salud física más frágil. Por contraste, con su preclara inteligencia que nos sigue sorprendiendo con brillantes escritos. Hoy quisiera compartir unas pinceladas de su reciente encíclica, que nos muestra nuevos paradigmas para la vida económica.
Titulado “Cáritas in veritáte”, el documento manifiesta una de las grandes preocupaciones del Santo Padre: que “el amor en la verdad” es un gran desafío para la Iglesia ante la globalización, porque el riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia entre los hombres y los pueblos se maneje al margen de la ética, la cual es una condición para un desarrollo realmente humano (cfr. n. 9).
Para ilustrar esta dimensión moral del progreso, el Papa hace una glosa de una encíclica sobre temas sociales, publicada por Pablo VI en 1967, llamada “Populorum progressio” (El progreso de los pueblos). No se limita a repetir una enseñanza pasada, sino que la utiliza como plataforma para repensar las cuestiones económicas que afectan a la sociedad contemporánea.
Explica el Papa que la Iglesia, estando al servicio de Dios, está al servicio del mundo “en términos de amor y verdad”. Desde ahí se entienden una gran verdad, ya enunciada por Pablo VI: “el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones”. Es una frase muy audaz: sostiene que, para que el hombre pueda progresar económicamente, debe fijarse también en otros aspectos distintos a las finanzas, al mercado, etc. ¿No suena esto a utopía?
Para Benedicto XVI no se trata de adornar la praxis económica con destellos de caridad o con obras de beneficencia (cfr. n. 11). Eso sería algo totalmente extrínseco al sistema económico. Consiste, más bien, en tomar en cuenta el aspecto sobrenatural en la concepción misma de la actividad económica.
El Pontífice apoya su propuesta en datos fácticos: por ejemplo, cuando falta la perspectiva de una vida eterna, cuando falta la esperanza espiritual, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento. Recordemos que esa fue la situación que descubrió occidente, cuando cayó el Muro de Berlín en 1989: los ciudadanos de los países comunistas (y ateos) carecían de motivación en la vida, y el resultado fue catastrófico para la economía y para la política.
Con agudeza, el Papa Ratzinger observa que, por una parte, “el hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas”, pero por otra, “no se le puede dar sin más el desarrollo desde fuera”. Es una gran paradoja de la condición humana: un individuo aislado no puede progresar, y a la vez, necesita buscar libremente ser ayudado. En realidad, explica el Obispo de Roma, “las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos” (ibidem).
Y entonces Benedicto XVI hace una propuesta muy audaz: incluir a Dios en el concepto de progreso, porque sin Él los sistemas económicos terminan por explotar y destruir a los seres humanos. “Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado” (ibidem).
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Benedicto XVI ha sido nuevamente noticia. En su descanso estival en Val d’Aosta, al norte de Italia, sufrió una lesión en la muñeca derecha. Es lógico que el Papa de 82 años tenga una salud física más frágil. Por contraste, con su preclara inteligencia que nos sigue sorprendiendo con brillantes escritos. Hoy quisiera compartir unas pinceladas de su reciente encíclica, que nos muestra nuevos paradigmas para la vida económica.
Titulado “Cáritas in veritáte”, el documento manifiesta una de las grandes preocupaciones del Santo Padre: que “el amor en la verdad” es un gran desafío para la Iglesia ante la globalización, porque el riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia entre los hombres y los pueblos se maneje al margen de la ética, la cual es una condición para un desarrollo realmente humano (cfr. n. 9).
Para ilustrar esta dimensión moral del progreso, el Papa hace una glosa de una encíclica sobre temas sociales, publicada por Pablo VI en 1967, llamada “Populorum progressio” (El progreso de los pueblos). No se limita a repetir una enseñanza pasada, sino que la utiliza como plataforma para repensar las cuestiones económicas que afectan a la sociedad contemporánea.
Explica el Papa que la Iglesia, estando al servicio de Dios, está al servicio del mundo “en términos de amor y verdad”. Desde ahí se entienden una gran verdad, ya enunciada por Pablo VI: “el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones”. Es una frase muy audaz: sostiene que, para que el hombre pueda progresar económicamente, debe fijarse también en otros aspectos distintos a las finanzas, al mercado, etc. ¿No suena esto a utopía?
Para Benedicto XVI no se trata de adornar la praxis económica con destellos de caridad o con obras de beneficencia (cfr. n. 11). Eso sería algo totalmente extrínseco al sistema económico. Consiste, más bien, en tomar en cuenta el aspecto sobrenatural en la concepción misma de la actividad económica.
El Pontífice apoya su propuesta en datos fácticos: por ejemplo, cuando falta la perspectiva de una vida eterna, cuando falta la esperanza espiritual, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento. Recordemos que esa fue la situación que descubrió occidente, cuando cayó el Muro de Berlín en 1989: los ciudadanos de los países comunistas (y ateos) carecían de motivación en la vida, y el resultado fue catastrófico para la economía y para la política.
Con agudeza, el Papa Ratzinger observa que, por una parte, “el hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas”, pero por otra, “no se le puede dar sin más el desarrollo desde fuera”. Es una gran paradoja de la condición humana: un individuo aislado no puede progresar, y a la vez, necesita buscar libremente ser ayudado. En realidad, explica el Obispo de Roma, “las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos” (ibidem).
Y entonces Benedicto XVI hace una propuesta muy audaz: incluir a Dios en el concepto de progreso, porque sin Él los sistemas económicos terminan por explotar y destruir a los seres humanos. “Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado” (ibidem).
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
El factor invisible del progreso
Luis-Fernando Valdés
Benedicto XVI ha sido nuevamente noticia. En su descanso estival en Val d’Aosta, al norte de Italia, sufrió una lesión en la muñeca derecha. Es lógico que el Papa de 82 años tenga una salud física más frágil. Por contraste, con su preclara inteligencia que nos sigue sorprendiendo con brillantes escritos. Hoy quisiera compartir unas pinceladas de su reciente encíclica, que nos muestra nuevos paradigmas para la vida económica.
Titulado “Cáritas in veritáte”, el documento manifiesta una de las grandes preocupaciones del Santo Padre: que “el amor en la verdad” es un gran desafío para la Iglesia ante la globalización, porque el riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia entre los hombres y los pueblos se maneje al margen de la ética, la cual es una condición para un desarrollo realmente humano (cfr. n. 9).
Para ilustrar esta dimensión moral del progreso, el Papa hace una glosa de una encíclica sobre temas sociales, publicada por Pablo VI en 1967, llamada “Populorum progressio” (El progreso de los pueblos). No se limita a repetir una enseñanza pasada, sino que la utiliza como plataforma para repensar las cuestiones económicas que afectan a la sociedad contemporánea.
Explica el Papa que la Iglesia, estando al servicio de Dios, está al servicio del mundo “en términos de amor y verdad”. Desde ahí se entienden una gran verdad, ya enunciada por Pablo VI: “el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones”. Es una frase muy audaz: sostiene que, para que el hombre pueda progresar económicamente, debe fijarse también en otros aspectos distintos a las finanzas, al mercado, etc. ¿No suena esto a utopía?
Para Benedicto XVI no se trata de adornar la praxis económica con destellos de caridad o con obras de beneficencia (cfr. n. 11). Eso sería algo totalmente extrínseco al sistema económico. Consiste, más bien, en tomar en cuenta el aspecto sobrenatural en la concepción misma de la actividad económica.
El Pontífice apoya su propuesta en datos fácticos: por ejemplo, cuando falta la perspectiva de una vida eterna, cuando falta la esperanza espiritual, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento. Recordemos que esa fue la situación que descubrió occidente, cuando cayó el Muro de Berlín en 1989: los ciudadanos de los países comunistas (y ateos) carecían de motivación en la vida, y el resultado fue catastrófico para la economía y para la política.
Con agudeza, el Papa Ratzinger observa que, por una parte, “el hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas”, pero por otra, “no se le puede dar sin más el desarrollo desde fuera”. Es una gran paradoja de la condición humana: un individuo aislado no puede progresar, y a la vez, necesita buscar libremente ser ayudado. En realidad, explica el Obispo de Roma, “las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos” (ibidem).
Y entonces Benedicto XVI hace una propuesta muy audaz: incluir a Dios en el concepto de progreso, porque sin Él los sistemas económicos terminan por explotar y destruir a los seres humanos. “Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado” (ibidem).
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Benedicto XVI ha sido nuevamente noticia. En su descanso estival en Val d’Aosta, al norte de Italia, sufrió una lesión en la muñeca derecha. Es lógico que el Papa de 82 años tenga una salud física más frágil. Por contraste, con su preclara inteligencia que nos sigue sorprendiendo con brillantes escritos. Hoy quisiera compartir unas pinceladas de su reciente encíclica, que nos muestra nuevos paradigmas para la vida económica.
Titulado “Cáritas in veritáte”, el documento manifiesta una de las grandes preocupaciones del Santo Padre: que “el amor en la verdad” es un gran desafío para la Iglesia ante la globalización, porque el riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia entre los hombres y los pueblos se maneje al margen de la ética, la cual es una condición para un desarrollo realmente humano (cfr. n. 9).
Para ilustrar esta dimensión moral del progreso, el Papa hace una glosa de una encíclica sobre temas sociales, publicada por Pablo VI en 1967, llamada “Populorum progressio” (El progreso de los pueblos). No se limita a repetir una enseñanza pasada, sino que la utiliza como plataforma para repensar las cuestiones económicas que afectan a la sociedad contemporánea.
Explica el Papa que la Iglesia, estando al servicio de Dios, está al servicio del mundo “en términos de amor y verdad”. Desde ahí se entienden una gran verdad, ya enunciada por Pablo VI: “el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones”. Es una frase muy audaz: sostiene que, para que el hombre pueda progresar económicamente, debe fijarse también en otros aspectos distintos a las finanzas, al mercado, etc. ¿No suena esto a utopía?
Para Benedicto XVI no se trata de adornar la praxis económica con destellos de caridad o con obras de beneficencia (cfr. n. 11). Eso sería algo totalmente extrínseco al sistema económico. Consiste, más bien, en tomar en cuenta el aspecto sobrenatural en la concepción misma de la actividad económica.
El Pontífice apoya su propuesta en datos fácticos: por ejemplo, cuando falta la perspectiva de una vida eterna, cuando falta la esperanza espiritual, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento. Recordemos que esa fue la situación que descubrió occidente, cuando cayó el Muro de Berlín en 1989: los ciudadanos de los países comunistas (y ateos) carecían de motivación en la vida, y el resultado fue catastrófico para la economía y para la política.
Con agudeza, el Papa Ratzinger observa que, por una parte, “el hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas”, pero por otra, “no se le puede dar sin más el desarrollo desde fuera”. Es una gran paradoja de la condición humana: un individuo aislado no puede progresar, y a la vez, necesita buscar libremente ser ayudado. En realidad, explica el Obispo de Roma, “las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos” (ibidem).
Y entonces Benedicto XVI hace una propuesta muy audaz: incluir a Dios en el concepto de progreso, porque sin Él los sistemas económicos terminan por explotar y destruir a los seres humanos. “Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado” (ibidem).
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El factor invisible del progreso
Luis-Fernando Valdés
Benedicto XVI ha sido nuevamente noticia. En su descanso estival en Val d’Aosta, al norte de Italia, sufrió una lesión en la muñeca derecha. Es lógico que el Papa de 82 años tenga una salud física más frágil. Por contraste, con su preclara inteligencia que nos sigue sorprendiendo con brillantes escritos. Hoy quisiera compartir unas pinceladas de su reciente encíclica, que nos muestra nuevos paradigmas para la vida económica.
Titulado “Cáritas in veritáte”, el documento manifiesta una de las grandes preocupaciones del Santo Padre: que “el amor en la verdad” es un gran desafío para la Iglesia ante la globalización, porque el riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia entre los hombres y los pueblos se maneje al margen de la ética, la cual es una condición para un desarrollo realmente humano (cfr. n. 9).
Para ilustrar esta dimensión moral del progreso, el Papa hace una glosa de una encíclica sobre temas sociales, publicada por Pablo VI en 1967, llamada “Populorum progressio” (El progreso de los pueblos). No se limita a repetir una enseñanza pasada, sino que la utiliza como plataforma para repensar las cuestiones económicas que afectan a la sociedad contemporánea.
Explica el Papa que la Iglesia, estando al servicio de Dios, está al servicio del mundo “en términos de amor y verdad”. Desde ahí se entienden una gran verdad, ya enunciada por Pablo VI: “el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones”. Es una frase muy audaz: sostiene que, para que el hombre pueda progresar económicamente, debe fijarse también en otros aspectos distintos a las finanzas, al mercado, etc. ¿No suena esto a utopía?
Para Benedicto XVI no se trata de adornar la praxis económica con destellos de caridad o con obras de beneficencia (cfr. n. 11). Eso sería algo totalmente extrínseco al sistema económico. Consiste, más bien, en tomar en cuenta el aspecto sobrenatural en la concepción misma de la actividad económica.
El Pontífice apoya su propuesta en datos fácticos: por ejemplo, cuando falta la perspectiva de una vida eterna, cuando falta la esperanza espiritual, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento. Recordemos que esa fue la situación que descubrió occidente, cuando cayó el Muro de Berlín en 1989: los ciudadanos de los países comunistas (y ateos) carecían de motivación en la vida, y el resultado fue catastrófico para la economía y para la política.
Con agudeza, el Papa Ratzinger observa que, por una parte, “el hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas”, pero por otra, “no se le puede dar sin más el desarrollo desde fuera”. Es una gran paradoja de la condición humana: un individuo aislado no puede progresar, y a la vez, necesita buscar libremente ser ayudado. En realidad, explica el Obispo de Roma, “las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos” (ibidem).
Y entonces Benedicto XVI hace una propuesta muy audaz: incluir a Dios en el concepto de progreso, porque sin Él los sistemas económicos terminan por explotar y destruir a los seres humanos. “Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado” (ibidem).
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Benedicto XVI ha sido nuevamente noticia. En su descanso estival en Val d’Aosta, al norte de Italia, sufrió una lesión en la muñeca derecha. Es lógico que el Papa de 82 años tenga una salud física más frágil. Por contraste, con su preclara inteligencia que nos sigue sorprendiendo con brillantes escritos. Hoy quisiera compartir unas pinceladas de su reciente encíclica, que nos muestra nuevos paradigmas para la vida económica.
Titulado “Cáritas in veritáte”, el documento manifiesta una de las grandes preocupaciones del Santo Padre: que “el amor en la verdad” es un gran desafío para la Iglesia ante la globalización, porque el riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia entre los hombres y los pueblos se maneje al margen de la ética, la cual es una condición para un desarrollo realmente humano (cfr. n. 9).
Para ilustrar esta dimensión moral del progreso, el Papa hace una glosa de una encíclica sobre temas sociales, publicada por Pablo VI en 1967, llamada “Populorum progressio” (El progreso de los pueblos). No se limita a repetir una enseñanza pasada, sino que la utiliza como plataforma para repensar las cuestiones económicas que afectan a la sociedad contemporánea.
Explica el Papa que la Iglesia, estando al servicio de Dios, está al servicio del mundo “en términos de amor y verdad”. Desde ahí se entienden una gran verdad, ya enunciada por Pablo VI: “el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones”. Es una frase muy audaz: sostiene que, para que el hombre pueda progresar económicamente, debe fijarse también en otros aspectos distintos a las finanzas, al mercado, etc. ¿No suena esto a utopía?
Para Benedicto XVI no se trata de adornar la praxis económica con destellos de caridad o con obras de beneficencia (cfr. n. 11). Eso sería algo totalmente extrínseco al sistema económico. Consiste, más bien, en tomar en cuenta el aspecto sobrenatural en la concepción misma de la actividad económica.
El Pontífice apoya su propuesta en datos fácticos: por ejemplo, cuando falta la perspectiva de una vida eterna, cuando falta la esperanza espiritual, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento. Recordemos que esa fue la situación que descubrió occidente, cuando cayó el Muro de Berlín en 1989: los ciudadanos de los países comunistas (y ateos) carecían de motivación en la vida, y el resultado fue catastrófico para la economía y para la política.
Con agudeza, el Papa Ratzinger observa que, por una parte, “el hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas”, pero por otra, “no se le puede dar sin más el desarrollo desde fuera”. Es una gran paradoja de la condición humana: un individuo aislado no puede progresar, y a la vez, necesita buscar libremente ser ayudado. En realidad, explica el Obispo de Roma, “las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos” (ibidem).
Y entonces Benedicto XVI hace una propuesta muy audaz: incluir a Dios en el concepto de progreso, porque sin Él los sistemas económicos terminan por explotar y destruir a los seres humanos. “Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado” (ibidem).
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 12 de julio de 2009
Los desafíos éticos del progreso
Luis-Fernando Valdés
El pasado 7 de julio salió a la luz la tan anunciada “encíclica social” de Benedicto XVI, titulada “Cáritas in veritate” (La caridad en la verdad). Fechado el 29 de junio, este documento pontificio trata sobre temas de gran actualidad para la vida económica y social del mundo contemporáneo.
En esta tercera Encíclica de su pontificado, el Santo Padre pone de relieve que la caridad en la verdad es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de la persona y de la humanidad. Sólo con la caridad, iluminada por la razón y por la fe, es posible alcanzar objetivos de desarrollo dotados de valor humano.
La propuesta del Obispo de Roma consiste en un desarrollo integral, basado en la caridad y en la verdad. Si la caridad se desliga de la verdad sobre el hombre y la sociedad, no pasara de ser un buen sentimiento, pero quedará al margen de las soluciones que requiere el mundo actual.
El Santo Padre no desea ofrecer soluciones técnicas a los grandes problemas sociales del mundo actual, sino que su meta es exponer unos grandes principios, que son indispensables para construir el desarrollo humano en los próximos años.
El Papa propone –entre otros temas– un importante cambio de paradigma: pasar de la mentalidad de “progreso económico” al modelo de “desarrollo humano integral”. Y enumera algunas distorsiones del desarrollo, cuando no se toma en cuenta a la persona: una actividad financiera “en buena parte especulativa”, los flujos migratorios “frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente” o la “explotación sin reglas” de los recursos de la tierra.
Benedicto XVI vuelve a recordar la necesidad de la ética para que pueda surgir un recto orden económico. Explica que “son necesarios hombres rectos tanto en la política como en la economía, que estén sinceramente atentos al bien común”. También señala que la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, pero “no de cualquier ética sino de una ética amiga de la persona”. Además, propone que en la economía de mercado se recupere la contribución importante del “principio de gratuidad”, para que el “provecho” individualista no sea la única regla.
Resulta muy novedoso que una Encíclica aborde de modo sistemático la cuestión ecológica. El Papa sostiene que “es necesario un estilo de vida distinto por parte de toda la humanidad, en el que los deberes de cada uno con respecto al ambiente se entrelacen con los de la persona considerada en sí misma y en relación con los demás”.
No menos notable es la afirmación que “el desarrollo de los pueblos depende sobre todo del reconocimiento de ser una sola familia”. Por eso, afirma el Pontífice, la religión cristiana puede contribuir al desarrollo.
Pero más sorprendente aún es la propuesta que hace el Santo Padre para solucionar “los problemas enormes y profundos del mundo actual”. Sostiene que hace falta “una autoridad política mundial regulada por el derecho”, que respete los principios de subsidiariedad y solidaridad, y que se oriente al bien común, respetando las grandes tradiciones morales y religiosas de la humanidad.
Con su estilo tan sugerente, el Papa Ratzinger ofrece una posibles vías de solución para las cuestiones sociales y económicas. Deseamos que esta nueva Encíclica sea atendida por los principales actores de la vida social y económica: políticos, economistas, empresarios, académicos… y por todos los que deseamos un mundo verdaderamente mejor.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
El pasado 7 de julio salió a la luz la tan anunciada “encíclica social” de Benedicto XVI, titulada “Cáritas in veritate” (La caridad en la verdad). Fechado el 29 de junio, este documento pontificio trata sobre temas de gran actualidad para la vida económica y social del mundo contemporáneo.
En esta tercera Encíclica de su pontificado, el Santo Padre pone de relieve que la caridad en la verdad es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de la persona y de la humanidad. Sólo con la caridad, iluminada por la razón y por la fe, es posible alcanzar objetivos de desarrollo dotados de valor humano.
La propuesta del Obispo de Roma consiste en un desarrollo integral, basado en la caridad y en la verdad. Si la caridad se desliga de la verdad sobre el hombre y la sociedad, no pasara de ser un buen sentimiento, pero quedará al margen de las soluciones que requiere el mundo actual.
El Santo Padre no desea ofrecer soluciones técnicas a los grandes problemas sociales del mundo actual, sino que su meta es exponer unos grandes principios, que son indispensables para construir el desarrollo humano en los próximos años.
El Papa propone –entre otros temas– un importante cambio de paradigma: pasar de la mentalidad de “progreso económico” al modelo de “desarrollo humano integral”. Y enumera algunas distorsiones del desarrollo, cuando no se toma en cuenta a la persona: una actividad financiera “en buena parte especulativa”, los flujos migratorios “frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente” o la “explotación sin reglas” de los recursos de la tierra.
Benedicto XVI vuelve a recordar la necesidad de la ética para que pueda surgir un recto orden económico. Explica que “son necesarios hombres rectos tanto en la política como en la economía, que estén sinceramente atentos al bien común”. También señala que la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, pero “no de cualquier ética sino de una ética amiga de la persona”. Además, propone que en la economía de mercado se recupere la contribución importante del “principio de gratuidad”, para que el “provecho” individualista no sea la única regla.
Resulta muy novedoso que una Encíclica aborde de modo sistemático la cuestión ecológica. El Papa sostiene que “es necesario un estilo de vida distinto por parte de toda la humanidad, en el que los deberes de cada uno con respecto al ambiente se entrelacen con los de la persona considerada en sí misma y en relación con los demás”.
No menos notable es la afirmación que “el desarrollo de los pueblos depende sobre todo del reconocimiento de ser una sola familia”. Por eso, afirma el Pontífice, la religión cristiana puede contribuir al desarrollo.
Pero más sorprendente aún es la propuesta que hace el Santo Padre para solucionar “los problemas enormes y profundos del mundo actual”. Sostiene que hace falta “una autoridad política mundial regulada por el derecho”, que respete los principios de subsidiariedad y solidaridad, y que se oriente al bien común, respetando las grandes tradiciones morales y religiosas de la humanidad.
Con su estilo tan sugerente, el Papa Ratzinger ofrece una posibles vías de solución para las cuestiones sociales y económicas. Deseamos que esta nueva Encíclica sea atendida por los principales actores de la vida social y económica: políticos, economistas, empresarios, académicos… y por todos los que deseamos un mundo verdaderamente mejor.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 5 de julio de 2009
Iglesia de Austria contra el celibato
Luis-Fernando Valdés
A mitad de junio, los obispos austriacos acudieron en visita “ad limina” a Roma. Y resultó muy llamativo que el Cardenal Schöenborn, primado de Austria, presentara oficialmente a la Santa Sede una carta en la que se pide la supresión del celibato sacerdotal. ¿Es un signo de nuevos tiempos en la Iglesia?
Esa carta contenía una propuesta de un grupo de laicos, en la que se proponen una serie de reformas para remediar la escasez de clero cada vez más alarmante en Austria. El Arzobispo de Viena hizo de mensajero, “no compartiendo algunas de las conclusiones, como he dicho varias veces”, pues lo había prometido a los promotores.
El contenido de ese memorándum pide la abolición del celibato, la reincorporación al ministerio de los sacerdotes casados, la ordenación diaconal de mujeres y la sacerdotal de los llamados “viri probati”, es decir, de hombres casados de buena conducta cristina.
La cuestión es antigua. En Austria, al menos desde 1995, se repiten cíclicamente manifiestos populares de grupos que se han autoerigido en representantes de los laicos católicos, y cuyas peticiones se refieren siempre al celibato sacerdotal, la moral sexual y los divorciados vueltos a casar.
El Card. Schöenborn ha sido uno de los colaboradores más cercanos a Benedicto XVI, cuando éste era el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Fue el Secretario de la Comisión redactora del “Catecismo de la Iglesia Católica” (el Presidente era el Card. Ratizinger).
¿Acaso un Cardenal de probada fidelidad a la Doctrina ha cambiado de opinión? Como la situación de la Iglesia en Viena ha sido muy delicada, a veces al borde del rompimiento con Roma, Mons. Schöenborn consideró importante aceptar ser el portado de esa carta.
En una entrevista que concedió a la Radio Vaticana, el Prelado austriaco expresó que las razones de los firmantes eran la gran preocupación de 46 parroquias con muy escaso clero, y la poca atención sacerdotal a las familias. Y mencionó que había invitado a los promotores de la misiva a completar su iniciativa con una exhortación a los jóvenes para que escojan el sacerdocio tal como está establecido hoy.
El Cardenal de Viena también contó lo que el Papa les comentó a los obispos austriacos en una audiencia. “El Santo Padre ha dicho algo que nos ha llamado mucho la atención sobre la cuestión del celibato (…). Ha dicho que la cuestión, en el fondo, es si creemos que sea posible y que tenga sentido vivir una vida fundada sólo y exclusivamente sobre una cosa: Dios”.
Es una respuesta muy profunda. Benedicto XVI da a entender que el problema se está enfocando desde un paradigma en el que Dios no influye en la vida personal, como si Dios no diera su ayuda ante los retos que enfrenta una persona entregada a Él.
El celibato sacerdotal es un desafío, no tanto a la naturaleza sexuada del ser humano, sino ante todo a la fe en que existe una vida sobrenatural. Si es verdad que Jesús -que pidió ser seguido de cerca por algunos hombres, de modo que le entregaran su existencia entera, para ejercitar la función sacerdotal en la Iglesia-, si es verdad que Él es Dios, entonces tiene sentido el celibato.
Las vocaciones al sacerdocio católico aumentarán no cuando se les conceda la posibilidad de una vida matrimonial a los clérigos, sino cuando se les forme para tener una fe verdadera en que han sido llamados por Dios, para vivir una vida sobrenatural ya desde esta vida. Esos serán los verdaderos nuevos tiempos para la Iglesia.
A mitad de junio, los obispos austriacos acudieron en visita “ad limina” a Roma. Y resultó muy llamativo que el Cardenal Schöenborn, primado de Austria, presentara oficialmente a la Santa Sede una carta en la que se pide la supresión del celibato sacerdotal. ¿Es un signo de nuevos tiempos en la Iglesia?
Esa carta contenía una propuesta de un grupo de laicos, en la que se proponen una serie de reformas para remediar la escasez de clero cada vez más alarmante en Austria. El Arzobispo de Viena hizo de mensajero, “no compartiendo algunas de las conclusiones, como he dicho varias veces”, pues lo había prometido a los promotores.
El contenido de ese memorándum pide la abolición del celibato, la reincorporación al ministerio de los sacerdotes casados, la ordenación diaconal de mujeres y la sacerdotal de los llamados “viri probati”, es decir, de hombres casados de buena conducta cristina.
La cuestión es antigua. En Austria, al menos desde 1995, se repiten cíclicamente manifiestos populares de grupos que se han autoerigido en representantes de los laicos católicos, y cuyas peticiones se refieren siempre al celibato sacerdotal, la moral sexual y los divorciados vueltos a casar.
El Card. Schöenborn ha sido uno de los colaboradores más cercanos a Benedicto XVI, cuando éste era el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Fue el Secretario de la Comisión redactora del “Catecismo de la Iglesia Católica” (el Presidente era el Card. Ratizinger).
¿Acaso un Cardenal de probada fidelidad a la Doctrina ha cambiado de opinión? Como la situación de la Iglesia en Viena ha sido muy delicada, a veces al borde del rompimiento con Roma, Mons. Schöenborn consideró importante aceptar ser el portado de esa carta.
En una entrevista que concedió a la Radio Vaticana, el Prelado austriaco expresó que las razones de los firmantes eran la gran preocupación de 46 parroquias con muy escaso clero, y la poca atención sacerdotal a las familias. Y mencionó que había invitado a los promotores de la misiva a completar su iniciativa con una exhortación a los jóvenes para que escojan el sacerdocio tal como está establecido hoy.
El Cardenal de Viena también contó lo que el Papa les comentó a los obispos austriacos en una audiencia. “El Santo Padre ha dicho algo que nos ha llamado mucho la atención sobre la cuestión del celibato (…). Ha dicho que la cuestión, en el fondo, es si creemos que sea posible y que tenga sentido vivir una vida fundada sólo y exclusivamente sobre una cosa: Dios”.
Es una respuesta muy profunda. Benedicto XVI da a entender que el problema se está enfocando desde un paradigma en el que Dios no influye en la vida personal, como si Dios no diera su ayuda ante los retos que enfrenta una persona entregada a Él.
El celibato sacerdotal es un desafío, no tanto a la naturaleza sexuada del ser humano, sino ante todo a la fe en que existe una vida sobrenatural. Si es verdad que Jesús -que pidió ser seguido de cerca por algunos hombres, de modo que le entregaran su existencia entera, para ejercitar la función sacerdotal en la Iglesia-, si es verdad que Él es Dios, entonces tiene sentido el celibato.
Las vocaciones al sacerdocio católico aumentarán no cuando se les conceda la posibilidad de una vida matrimonial a los clérigos, sino cuando se les forme para tener una fe verdadera en que han sido llamados por Dios, para vivir una vida sobrenatural ya desde esta vida. Esos serán los verdaderos nuevos tiempos para la Iglesia.
domingo, 28 de junio de 2009
El precio de emigrar
Luis-Fernando Valdés
Se acumulan las noticias que denuncian algunas de las tragedias, que día a día ocurren a los emigrantes centro-americanos, que pasan por nuestro País buscando llegar a los Estados Unidos. Es bien sabido que estos viajes tienen un alto costo en dólares, pero ¿es el único precio que deben pagar los emigrantes?
En las últimas dos semanas, varios tristes sucesos han logrado tener un espacio en la cobertura informativa nacional. En nuestra frontera sur, por ejemplo, se descubrió una red de trata de blancas, que unas inmigrantes de Costa Rica –“contratadas” como modelos– tuvieron el valor de denunciar.
Es tiempo de mirar hacia el sur. La colindancia de nuestra Nación con los Estados Unidos nos ha convertido en un puente obligado, por donde tienen que pasar necesariamente los emigrantes de América Central y de algunas zonas de Sudamérica, que van en tránsito hacia el país del norte. Cruzar este “puente” es demasiado caro: los migrantes ponen en juego su dignidad humana y su libertad.
Los problemas de estos itinerantes son muy graves y nada fácil de resolver. Recientemente, Mons. Felipe Arizmendi, obispo de San Cristóbal de la Casas, Chiapas, denunció los abusos y secuestros contra los indocumentados centroamericanos que entran al País por el municipio de Palenque. El Prelado comentó que existe una red ligada al narcotráfico, que se dedica a pedir dinero a los parientes de los ilegales para liberarlos, luego de que los bajan del tren donde viajan con rumbo al “sueño americano”.
Este fenómeno migratorio nos sitúan ante un desafío nada fácil, porque tiene muchas implicaciones en diversas áreas de la vida pública: económica, social, política, sanitaria, cultural y de seguridad.
Ciertamente, existen ya iniciativas gubernamentales y organizaciones privadas que hacen grandes esfuerzos por ayudar a los migrantes. Pero los ciudadanos de a pie también tenemos un papel y una responsabilidad ante el desafío de la migración. Se trata de cobrar conciencia de este fenómeno social, y asumirlo como parte de nuestra visión del mundo, de manera que no despreciemos ni discriminemos a los extranjeros que llegan a nuestro País, buscando nuevas oportunidades para vivir.
Para este cambio de paradigma, podrían ayudar las siguientes consideraciones. Primero, la globalización ha abierto los mercados, pero no las fronteras; ha derrumbado las barreras a la libre circulación de la información y de los capitales, pero no lo ha quitado en la misma medida los muros que impiden la libre circulación de las personas.
Segundo, la migración no es un fenómeno malo en sí mismo. Pensemos que las naciones más prósperas se han forjado, en una buena medida, por el esfuerzo –tanto manual como intelectual– de sus inmigrantes, como ha sucedido en Estados Unidos y Canadá. Además, la presencia de migrantes en países ricos favorece el envío de remesas a las naciones menos desarrolladas.
Y tercero, debemos reconocer que hoy día vivimos –en palabras duras de la Santa Sede– un “nuevo capítulo de la esclavitud” (cfr. Instrucción “Erga Migrantes”, 3.V.2004, n. 5). Por eso, es importante que cada mexicano tenga la convicción de que los trabajadores migrantes no pueden ser considerados como una mercancía, o como mera fuerza de trabajo, y que, por tanto, no deben ser tratados como un factor de producción cualquiera. Todo emigrante goza de derechos fundamentales inalienables que deben ser respetados en cualquier situación.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Se acumulan las noticias que denuncian algunas de las tragedias, que día a día ocurren a los emigrantes centro-americanos, que pasan por nuestro País buscando llegar a los Estados Unidos. Es bien sabido que estos viajes tienen un alto costo en dólares, pero ¿es el único precio que deben pagar los emigrantes?
En las últimas dos semanas, varios tristes sucesos han logrado tener un espacio en la cobertura informativa nacional. En nuestra frontera sur, por ejemplo, se descubrió una red de trata de blancas, que unas inmigrantes de Costa Rica –“contratadas” como modelos– tuvieron el valor de denunciar.
Es tiempo de mirar hacia el sur. La colindancia de nuestra Nación con los Estados Unidos nos ha convertido en un puente obligado, por donde tienen que pasar necesariamente los emigrantes de América Central y de algunas zonas de Sudamérica, que van en tránsito hacia el país del norte. Cruzar este “puente” es demasiado caro: los migrantes ponen en juego su dignidad humana y su libertad.
Los problemas de estos itinerantes son muy graves y nada fácil de resolver. Recientemente, Mons. Felipe Arizmendi, obispo de San Cristóbal de la Casas, Chiapas, denunció los abusos y secuestros contra los indocumentados centroamericanos que entran al País por el municipio de Palenque. El Prelado comentó que existe una red ligada al narcotráfico, que se dedica a pedir dinero a los parientes de los ilegales para liberarlos, luego de que los bajan del tren donde viajan con rumbo al “sueño americano”.
Este fenómeno migratorio nos sitúan ante un desafío nada fácil, porque tiene muchas implicaciones en diversas áreas de la vida pública: económica, social, política, sanitaria, cultural y de seguridad.
Ciertamente, existen ya iniciativas gubernamentales y organizaciones privadas que hacen grandes esfuerzos por ayudar a los migrantes. Pero los ciudadanos de a pie también tenemos un papel y una responsabilidad ante el desafío de la migración. Se trata de cobrar conciencia de este fenómeno social, y asumirlo como parte de nuestra visión del mundo, de manera que no despreciemos ni discriminemos a los extranjeros que llegan a nuestro País, buscando nuevas oportunidades para vivir.
Para este cambio de paradigma, podrían ayudar las siguientes consideraciones. Primero, la globalización ha abierto los mercados, pero no las fronteras; ha derrumbado las barreras a la libre circulación de la información y de los capitales, pero no lo ha quitado en la misma medida los muros que impiden la libre circulación de las personas.
Segundo, la migración no es un fenómeno malo en sí mismo. Pensemos que las naciones más prósperas se han forjado, en una buena medida, por el esfuerzo –tanto manual como intelectual– de sus inmigrantes, como ha sucedido en Estados Unidos y Canadá. Además, la presencia de migrantes en países ricos favorece el envío de remesas a las naciones menos desarrolladas.
Y tercero, debemos reconocer que hoy día vivimos –en palabras duras de la Santa Sede– un “nuevo capítulo de la esclavitud” (cfr. Instrucción “Erga Migrantes”, 3.V.2004, n. 5). Por eso, es importante que cada mexicano tenga la convicción de que los trabajadores migrantes no pueden ser considerados como una mercancía, o como mera fuerza de trabajo, y que, por tanto, no deben ser tratados como un factor de producción cualquiera. Todo emigrante goza de derechos fundamentales inalienables que deben ser respetados en cualquier situación.
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domingo, 21 de junio de 2009
Sacerdocio en crisis
Luis-Fernando Valdés
Benedicto XVI se ha mostrado firme en el tema de la disciplina del clero. Su reacción, ante los casos de conductas desviadas por parte de sacerdotes, ha sido de enérgica condena. Ahora ha tomado una medida para intentar remediar estas situaciones: convoca a un “Año sacerdotal”. ¿Qué es? ¿Qué resultados se esperan?
Iniciado el pasado 19 de junio, y con duración hasta el 11 de junio del año próximo, este “Año sacerdotal” busca promover “la renovación interior de todos los sacerdotes”, para que su testimonio “sea más intenso e incisivo” (Benedicto XVI, Carta del 16.VI.2009).
La ocasión de este evento es el 150 aniversario del fallecimiento de San Juan María Vianney, el famoso “Cura de Ars”. Destaca este santo por su continua lucha interior para adecuar su vida como ministro con la santidad del ministerio que le fue confiado. Por esto, este párroco santo puede servir modelo y como motivación para los sacerdotes de hoy.
Con esta medida, el Papa busca atender la raíz del problema: la crisis de identidad de los presbíteros. La causa de la falta de disciplina del clero tiene su origen en el oscurecimiento del tipo de vida que debe llevar un sacerdote, para vivir a fondo su misión en la Iglesia y en el mundo. Con este año de estudio y oración, el Santo Padre intentará que el sacerdocio católico recupere su fisonomía.
La identidad propia del sacerdote es un desafío para la cultura contemporánea, porque su fundamento no se encuentra en un plano visible: no es natural, sino sobrenatural. La naturaleza propia del sacerdocio consiste en que la identificación del sacerdote con Cristo, para hacer presente las realidades espirituales, en un mundo dominado por una visión materialista y pragmática, donde la moral no es negocio.
Esto es un reto para el ministro mismo, pues su vida se configura de un modo totalmente distinto, mediante la aceptación de una vocación sobrenatural. El sacerdote basa toda su existencia en torno a una premisa: “Dios me ha llamado”. Esto es un escándalo para la razón, pero no para la fe. Por eso, es muy oportuna la convocatoria para que lo sacerdotes puedan reflexionar sobre la vida y la misión que se espera de ellos.
Si esta llamada sobrenatural se opaca, el tenor de vida de un presbítero se vacía de contenido, y aumenta el riesgo de que incurra en conductas inadecuadas: desde buscar ser un líder político, hasta caer en el alcoholismo o en desviaciones sexuales. El remedio para evitar futuros escándalos –que son un gran daño tanto a las víctimas directas y sus familia, como para toda la sociedad– apunta a que los presbíteros enfoquen habitualmente su vida desde la fe.
Cuando un sacerdote pierde la orientación espiritual de su vida, corre el riesgo de perder el sentido de su entrega. En cambio, cuando se mira desde la fe, el sacerdocio es un tesoro maravilloso: hace presente –de verdad– a Jesucristo en la vida de muchas personas. Y esto es lo que Benedicto XVI desea poner de relieve.
Hoy día, quizá por las sombras provocadas por algunos ministros, que se han comportado indignamente, una parte importante de la opinión pública tiende a ver a los clérigos como si fueran unos solterones o amargados. Pero la conducta diaria de muchos sacerdotes manifiesta la alegre ilusión por reflejar los sentimientos de Cristo y su entrega a los pobres, a los ignorantes, a los que sufren. Ojalá este Año sacerdotal ayude a que la figura sacerdotal vuelva a ser vista con ojos de fe, tanto por los ministros como por el resto de los fieles.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Benedicto XVI se ha mostrado firme en el tema de la disciplina del clero. Su reacción, ante los casos de conductas desviadas por parte de sacerdotes, ha sido de enérgica condena. Ahora ha tomado una medida para intentar remediar estas situaciones: convoca a un “Año sacerdotal”. ¿Qué es? ¿Qué resultados se esperan?
Iniciado el pasado 19 de junio, y con duración hasta el 11 de junio del año próximo, este “Año sacerdotal” busca promover “la renovación interior de todos los sacerdotes”, para que su testimonio “sea más intenso e incisivo” (Benedicto XVI, Carta del 16.VI.2009).
La ocasión de este evento es el 150 aniversario del fallecimiento de San Juan María Vianney, el famoso “Cura de Ars”. Destaca este santo por su continua lucha interior para adecuar su vida como ministro con la santidad del ministerio que le fue confiado. Por esto, este párroco santo puede servir modelo y como motivación para los sacerdotes de hoy.
Con esta medida, el Papa busca atender la raíz del problema: la crisis de identidad de los presbíteros. La causa de la falta de disciplina del clero tiene su origen en el oscurecimiento del tipo de vida que debe llevar un sacerdote, para vivir a fondo su misión en la Iglesia y en el mundo. Con este año de estudio y oración, el Santo Padre intentará que el sacerdocio católico recupere su fisonomía.
La identidad propia del sacerdote es un desafío para la cultura contemporánea, porque su fundamento no se encuentra en un plano visible: no es natural, sino sobrenatural. La naturaleza propia del sacerdocio consiste en que la identificación del sacerdote con Cristo, para hacer presente las realidades espirituales, en un mundo dominado por una visión materialista y pragmática, donde la moral no es negocio.
Esto es un reto para el ministro mismo, pues su vida se configura de un modo totalmente distinto, mediante la aceptación de una vocación sobrenatural. El sacerdote basa toda su existencia en torno a una premisa: “Dios me ha llamado”. Esto es un escándalo para la razón, pero no para la fe. Por eso, es muy oportuna la convocatoria para que lo sacerdotes puedan reflexionar sobre la vida y la misión que se espera de ellos.
Si esta llamada sobrenatural se opaca, el tenor de vida de un presbítero se vacía de contenido, y aumenta el riesgo de que incurra en conductas inadecuadas: desde buscar ser un líder político, hasta caer en el alcoholismo o en desviaciones sexuales. El remedio para evitar futuros escándalos –que son un gran daño tanto a las víctimas directas y sus familia, como para toda la sociedad– apunta a que los presbíteros enfoquen habitualmente su vida desde la fe.
Cuando un sacerdote pierde la orientación espiritual de su vida, corre el riesgo de perder el sentido de su entrega. En cambio, cuando se mira desde la fe, el sacerdocio es un tesoro maravilloso: hace presente –de verdad– a Jesucristo en la vida de muchas personas. Y esto es lo que Benedicto XVI desea poner de relieve.
Hoy día, quizá por las sombras provocadas por algunos ministros, que se han comportado indignamente, una parte importante de la opinión pública tiende a ver a los clérigos como si fueran unos solterones o amargados. Pero la conducta diaria de muchos sacerdotes manifiesta la alegre ilusión por reflejar los sentimientos de Cristo y su entrega a los pobres, a los ignorantes, a los que sufren. Ojalá este Año sacerdotal ayude a que la figura sacerdotal vuelva a ser vista con ojos de fe, tanto por los ministros como por el resto de los fieles.
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domingo, 14 de junio de 2009
Violencia sexual e ideología
Luis-Fernando Valdés
En la primera semana de junio, más de 400 médicos y enfermeras, así como instituciones de salud se ampararon contra la recién aprobada Norma Oficial Mexicana (NOM-046-SSA2-2005) relativa a la violencia familiar, sexual y contra las mujeres, que incluye la práctica del aborto en casos de violación. Se trata de un tema importante, ya que pone de manifiesto la pugna entre el derecho y la ideología, que surge cada vez que se discute el tema del aborto.
La NOM-046 tiene una larga historia, en la que se nota la intervención de una postura ideológica, que sostiene que el aborto es un derecho de la mujer (y que la vida no es un derecho del no-nato). Esta Norma fue creada para garantizar la adecuada atención a víctimas de violencia sexual, que incluye anticoncepción de emergencia, aborto, asesoría jurídica y atención psicológica, y fue aprobada el 21 de julio de 2008.
El 28 de enero pasado se aprobó una versión que establecía –entre otros aspectos– que “se deberá respetar la objeción de conciencia de los médicos y personal de salud”, y también que se informara a las menores de edad sobre los riesgo del aborto “a efecto de garantizar que la decisión de la víctima sea una decisión informada”.
Lo que más llamó la atención es que esta nueva versión, en lo que se refiere a la obligación de los hospitales para facilitar el aborto de la víctimas de una violación, cambiaba un “contarán” por un “podrán contar” con médicos capacitados en aborto y que no sean objetores de conciencia.
Sin embargo, por presiones de grupos feminista, esta versión fue cambiada el 27 de febrero, y fueron eliminados ambos aspectos: información sobre el aborto y objeción de conciencia. Y así se aprobó el 16 de abril de este año. La versión definitiva fue considerada como un éxito –aunque parcial–, por parte de la agrupación feminista CIMAC (www.cimacnoticias.com).
Y es que el tema del derecho a abortar es considerado por las asociaciones feministas como un logro, porque consideran que así se defiende el “derecho de la mujer” tanto sobre su cuerpo como sobre su maternidad.
Y este derecho de la mujer no es sometido a ninguna crítica, sino que se toma como un primer principio. Y desde esa base se juzgan los demás derechos, de manera que ninguno puede estar por encima de él. Como es un derecho impuesto, pero no razonado ni contrastado, cae más bien en el ámbito de la ideología.
Entonces, si la presencia de un recién concebido es considerada como no deseada, el principio ideológico del derecho de la mujer a decir sobre su cuerpo o sobre si desea ser madre, se impone al derecho a vivir que tiene el no-nato.
En el caso de esta Norma Oficial sobre la violencia sexual, está presente esta visión ideológica que privilegia el derecho de la mujer por encima de todo otro derecho, porque intenta obligar a todos los prestadores de los servicios de salud a prescribir la anticoncepción de emergencia, en caso de violación. Esta imposición va en contra del derecho a objetar que la Constitución que garantiza a todos los mexicanos, en su artículo 5º: “Nadie podrá ser obligado a prestar sus servicios sin la justa retribución y sin su pleno consentimiento”.
Se pueden hacer otras observaciones más a esta NOM. Pero sólo se trata de indicar que una postura ideológica está buscando legitimarse con apariencias de tutelar los derechos de la mujer. Esto es un abuso contra la noción misma del derecho, que ya no buscaría lo justo, sino lo que le dicta una ideología.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
En la primera semana de junio, más de 400 médicos y enfermeras, así como instituciones de salud se ampararon contra la recién aprobada Norma Oficial Mexicana (NOM-046-SSA2-2005) relativa a la violencia familiar, sexual y contra las mujeres, que incluye la práctica del aborto en casos de violación. Se trata de un tema importante, ya que pone de manifiesto la pugna entre el derecho y la ideología, que surge cada vez que se discute el tema del aborto.
La NOM-046 tiene una larga historia, en la que se nota la intervención de una postura ideológica, que sostiene que el aborto es un derecho de la mujer (y que la vida no es un derecho del no-nato). Esta Norma fue creada para garantizar la adecuada atención a víctimas de violencia sexual, que incluye anticoncepción de emergencia, aborto, asesoría jurídica y atención psicológica, y fue aprobada el 21 de julio de 2008.
El 28 de enero pasado se aprobó una versión que establecía –entre otros aspectos– que “se deberá respetar la objeción de conciencia de los médicos y personal de salud”, y también que se informara a las menores de edad sobre los riesgo del aborto “a efecto de garantizar que la decisión de la víctima sea una decisión informada”.
Lo que más llamó la atención es que esta nueva versión, en lo que se refiere a la obligación de los hospitales para facilitar el aborto de la víctimas de una violación, cambiaba un “contarán” por un “podrán contar” con médicos capacitados en aborto y que no sean objetores de conciencia.
Sin embargo, por presiones de grupos feminista, esta versión fue cambiada el 27 de febrero, y fueron eliminados ambos aspectos: información sobre el aborto y objeción de conciencia. Y así se aprobó el 16 de abril de este año. La versión definitiva fue considerada como un éxito –aunque parcial–, por parte de la agrupación feminista CIMAC (www.cimacnoticias.com).
Y es que el tema del derecho a abortar es considerado por las asociaciones feministas como un logro, porque consideran que así se defiende el “derecho de la mujer” tanto sobre su cuerpo como sobre su maternidad.
Y este derecho de la mujer no es sometido a ninguna crítica, sino que se toma como un primer principio. Y desde esa base se juzgan los demás derechos, de manera que ninguno puede estar por encima de él. Como es un derecho impuesto, pero no razonado ni contrastado, cae más bien en el ámbito de la ideología.
Entonces, si la presencia de un recién concebido es considerada como no deseada, el principio ideológico del derecho de la mujer a decir sobre su cuerpo o sobre si desea ser madre, se impone al derecho a vivir que tiene el no-nato.
En el caso de esta Norma Oficial sobre la violencia sexual, está presente esta visión ideológica que privilegia el derecho de la mujer por encima de todo otro derecho, porque intenta obligar a todos los prestadores de los servicios de salud a prescribir la anticoncepción de emergencia, en caso de violación. Esta imposición va en contra del derecho a objetar que la Constitución que garantiza a todos los mexicanos, en su artículo 5º: “Nadie podrá ser obligado a prestar sus servicios sin la justa retribución y sin su pleno consentimiento”.
Se pueden hacer otras observaciones más a esta NOM. Pero sólo se trata de indicar que una postura ideológica está buscando legitimarse con apariencias de tutelar los derechos de la mujer. Esto es un abuso contra la noción misma del derecho, que ya no buscaría lo justo, sino lo que le dicta una ideología.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 7 de junio de 2009
Humanizar las cárceles
Luis-Fernando Valdés
En las últimas semanas, ha sido recurrente en los medios de comunicación un tema muy especial: las cárceles. Desde el hacinamiento que registran los penales del País hasta la corrupción al interior de las penitenciarías, la cuestión de las prisiones merece una atenta reflexión.
Se trata de buscar una respuesta a los grandes problemas que imperan en los centros correccionales. Pero esto no es fácil, porque hay unas maneras de pensar que dificultan el diálogo. Entre ellas, la más compleja de ellas es la que entiende las reclusión carcelaria como una “venganza legal”, y que por eso se despreocupa de la dignidad de los reos.
De modo casi inconsciente, quienes comparten esta mentalidad suelen proponer que los encarcelados no merecen respeto ni atención, porque han cometido homicidios, violaciones, etc., con los que le ha destruido la vida a personas inocentes. Incluso les parecería una gran injusticia que aquéllos que no dudaron en maltratar y asesinar a sus víctimas, ahora sean tratados con el respeto que ellos mismo no supieron tener.
Por supuesto, que también nosotros estamos de parte de los inocentes, y nos solidarizamos con los familiares de las víctimas, que son los primeros que requieren de nuestra comprensión y atención, y también de cuidados profesionales, que el Estado debería asegurar que recibieran. Pero la venganza o la revancha no darán la solución a un problema cada día más grave en nuestro País: la verdadera reinserción de los encarcelados a la vida social.
Además, es importante considerar que no todos los que están recluidos en las cárceles han cometido este tipo de crímenes violentos. Muchos pobladores de las penitenciarias se encuentran ahí esperando que un juez dicte sentencia, o fueron condenados por delitos menores, y no se puede excluir que algunos de los reos hayan sido injustamente encarcelados. No se puede aplicar a todos los reclusos el mismo trato que a los criminales peligrosos.
Juan Pablo II hizo profundas reflexiones sobre este tema. Además, con su indiscutible autoridad moral, nos dejo signos elocuentes hacia a los encarcelados. Seguramente, uno de los recuerdos más impactantes de este Papa fue la entrevista con el sicario que intentó matarlo, al cual perdonó públicamente tan pronto como se recuperó de la intervención quirúrgica, tras el atentado ocurrido el 13 de mayo de 1981. Y, después, con motivo del Jubileo del Año 2000, este Pontífice pidió la liberación de su agresor, que salió de la prisión italiana ese mismo año, a pesar de había sido condenado a cadena perpetua.
Las propuestas del Papa Wojtyla sobre las cárceles comienzan con una exhortación a un “replanteamiento” y a un “cambio de mentalidad”, que supere la visión de que el prisionero carece de dignidad, y que busque “adecuar el sistema penal tanto a la dignidad de la persona humana como a la garantía efectiva del mantenimiento del orden público”.
Juan Pablo II explicaba que para hacer “más humana la vida en la cárcel”, es muy importante prever “actividades laborales” que saquen a los reos del “empobrecimiento del ocio” y faciliten su regreso al mundo laboral. Proponía también que “la cárcel no debe ser un lugar de deseducación, de ocio y tal vez de vicio, sino de redención”, para lo cual “será seguramente útil ofrecer a los reclusos la posibilidad de profundizar su relación con Dios”.
El problema carcelario actual es grave y multifactorial. Hemos nuestra reflexión sólo en un aspecto: la dignidad del prisionero, punto central y fundamento de los demás temas.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
En las últimas semanas, ha sido recurrente en los medios de comunicación un tema muy especial: las cárceles. Desde el hacinamiento que registran los penales del País hasta la corrupción al interior de las penitenciarías, la cuestión de las prisiones merece una atenta reflexión.
Se trata de buscar una respuesta a los grandes problemas que imperan en los centros correccionales. Pero esto no es fácil, porque hay unas maneras de pensar que dificultan el diálogo. Entre ellas, la más compleja de ellas es la que entiende las reclusión carcelaria como una “venganza legal”, y que por eso se despreocupa de la dignidad de los reos.
De modo casi inconsciente, quienes comparten esta mentalidad suelen proponer que los encarcelados no merecen respeto ni atención, porque han cometido homicidios, violaciones, etc., con los que le ha destruido la vida a personas inocentes. Incluso les parecería una gran injusticia que aquéllos que no dudaron en maltratar y asesinar a sus víctimas, ahora sean tratados con el respeto que ellos mismo no supieron tener.
Por supuesto, que también nosotros estamos de parte de los inocentes, y nos solidarizamos con los familiares de las víctimas, que son los primeros que requieren de nuestra comprensión y atención, y también de cuidados profesionales, que el Estado debería asegurar que recibieran. Pero la venganza o la revancha no darán la solución a un problema cada día más grave en nuestro País: la verdadera reinserción de los encarcelados a la vida social.
Además, es importante considerar que no todos los que están recluidos en las cárceles han cometido este tipo de crímenes violentos. Muchos pobladores de las penitenciarias se encuentran ahí esperando que un juez dicte sentencia, o fueron condenados por delitos menores, y no se puede excluir que algunos de los reos hayan sido injustamente encarcelados. No se puede aplicar a todos los reclusos el mismo trato que a los criminales peligrosos.
Juan Pablo II hizo profundas reflexiones sobre este tema. Además, con su indiscutible autoridad moral, nos dejo signos elocuentes hacia a los encarcelados. Seguramente, uno de los recuerdos más impactantes de este Papa fue la entrevista con el sicario que intentó matarlo, al cual perdonó públicamente tan pronto como se recuperó de la intervención quirúrgica, tras el atentado ocurrido el 13 de mayo de 1981. Y, después, con motivo del Jubileo del Año 2000, este Pontífice pidió la liberación de su agresor, que salió de la prisión italiana ese mismo año, a pesar de había sido condenado a cadena perpetua.
Las propuestas del Papa Wojtyla sobre las cárceles comienzan con una exhortación a un “replanteamiento” y a un “cambio de mentalidad”, que supere la visión de que el prisionero carece de dignidad, y que busque “adecuar el sistema penal tanto a la dignidad de la persona humana como a la garantía efectiva del mantenimiento del orden público”.
Juan Pablo II explicaba que para hacer “más humana la vida en la cárcel”, es muy importante prever “actividades laborales” que saquen a los reos del “empobrecimiento del ocio” y faciliten su regreso al mundo laboral. Proponía también que “la cárcel no debe ser un lugar de deseducación, de ocio y tal vez de vicio, sino de redención”, para lo cual “será seguramente útil ofrecer a los reclusos la posibilidad de profundizar su relación con Dios”.
El problema carcelario actual es grave y multifactorial. Hemos nuestra reflexión sólo en un aspecto: la dignidad del prisionero, punto central y fundamento de los demás temas.
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domingo, 31 de mayo de 2009
California rechaza matrimonios gays
Luis-Fernando Valdés
La Corte Suprema de California dictaminó, el pasado 26 de mayo, por seis votos a favor y uno en contra, que es válido un referéndum, realizado en noviembre pasado, que prohibió el matrimonio entre homosexuales.¿Por qué un estado de la Unión Americana considerado el paraíso de los homosexuales no acepta la legalización de este tipo de unión?
Lo primero que llama la atención es que se trata de una decisión democrática: fueron los electores los que rechazaron esta propuesta. En mayo de 2008, Tribunal Supremo de California reconoció, por una escasa mayoría, el derecho a casarse de los homosexuales. Luego en un referéndum, en noviembre pasado, el 52 por ciento de los ciudadanos dijo que “no” a los matrimonios entre personas del mismo sexo.
Y hace unos días, esta misma Corte superior determinó que el mencionado referéndum daba marcha atrás a la ley que había aprobado este tipo de uniones. Entre los diversos tecnicismos de la sentencia, plasmada en más de 180 cuartillas, los seis ministros señalaron que se respetaba la voluntad soberana del pueblo de California, que mayoritariamente negó el derecho a celebrar matrimonios gays.
Esto nos hace ver cuál es el plano donde se desarrolla el debate. Es una cuestión de respeto a la democracia. La mayoría de los californianos creen que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer, y el Tribunal Supremo dictamina que el principio de la democracia: la decisión de la mayoría.
Sin embargo, algunas voces han intentado llevar la discusión a otro plano: la ingerencia de grupos conservadores y de la Iglesia Católica. Se trata de una cortina de humo, para cubrir el hecho de que la mayoría no está de acuerdo en la homosexualidad como modelo de familia.
Además, cae el viejo mito de que identifica el “progreso” con el “liberalismo”. Curiosamente, mientras que hace poco se aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo en el conservador estado de Iowa, los jueces de la liberal California, cuna para muchos del movimiento gay internacional, dijeron que no.
Más allá de la propaganda que proclama la homosexualidad como signo de la evolución de una sociedad, el hecho de que una mayoría rechace la legalización de las bodas gays, muestra que en la población contemporánea hay una intuición sobre la verdadera naturaleza de la familia y de su importancia para el futuro de una nación.
El respeto a la auténtica relación matrimonial basada en la singular complementariedad del hombre y la mujer conlleva a reconocer el servicio irreemplazable, que el matrimonio presta al bien común de una nación. Además cuando se tiene el valor de defender la verdad y la belleza del matrimonio, se reconoce la dignidad intrínseca de cada persona humana.
Los intentos de cambiar la definición legal de matrimonio o de crear simulaciones del matrimonio, escudados con frecuencia bajo el pretexto de “igualdad”, “derechos civiles” y “lucha contra la discriminación”, no se adecuan a la verdad. Por el contrario, tales tentativas socavan la propia naturaleza del matrimonio y no consideran la importancia que éste tiene en la consolidación y supervivencia de la sociedad.
El Estado, por una parte, tiene la responsabilidad de proteger y promover el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer; y, por otra, debe también proteger y promover la dignidad intrínseca de cada persona humana, incluyendo las personas homosexuales. Encontrar el punto de equilibrio no es fácil, pero sacrificar el matrimonio no es la solución.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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La Corte Suprema de California dictaminó, el pasado 26 de mayo, por seis votos a favor y uno en contra, que es válido un referéndum, realizado en noviembre pasado, que prohibió el matrimonio entre homosexuales.¿Por qué un estado de la Unión Americana considerado el paraíso de los homosexuales no acepta la legalización de este tipo de unión?
Lo primero que llama la atención es que se trata de una decisión democrática: fueron los electores los que rechazaron esta propuesta. En mayo de 2008, Tribunal Supremo de California reconoció, por una escasa mayoría, el derecho a casarse de los homosexuales. Luego en un referéndum, en noviembre pasado, el 52 por ciento de los ciudadanos dijo que “no” a los matrimonios entre personas del mismo sexo.
Y hace unos días, esta misma Corte superior determinó que el mencionado referéndum daba marcha atrás a la ley que había aprobado este tipo de uniones. Entre los diversos tecnicismos de la sentencia, plasmada en más de 180 cuartillas, los seis ministros señalaron que se respetaba la voluntad soberana del pueblo de California, que mayoritariamente negó el derecho a celebrar matrimonios gays.
Esto nos hace ver cuál es el plano donde se desarrolla el debate. Es una cuestión de respeto a la democracia. La mayoría de los californianos creen que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer, y el Tribunal Supremo dictamina que el principio de la democracia: la decisión de la mayoría.
Sin embargo, algunas voces han intentado llevar la discusión a otro plano: la ingerencia de grupos conservadores y de la Iglesia Católica. Se trata de una cortina de humo, para cubrir el hecho de que la mayoría no está de acuerdo en la homosexualidad como modelo de familia.
Además, cae el viejo mito de que identifica el “progreso” con el “liberalismo”. Curiosamente, mientras que hace poco se aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo en el conservador estado de Iowa, los jueces de la liberal California, cuna para muchos del movimiento gay internacional, dijeron que no.
Más allá de la propaganda que proclama la homosexualidad como signo de la evolución de una sociedad, el hecho de que una mayoría rechace la legalización de las bodas gays, muestra que en la población contemporánea hay una intuición sobre la verdadera naturaleza de la familia y de su importancia para el futuro de una nación.
El respeto a la auténtica relación matrimonial basada en la singular complementariedad del hombre y la mujer conlleva a reconocer el servicio irreemplazable, que el matrimonio presta al bien común de una nación. Además cuando se tiene el valor de defender la verdad y la belleza del matrimonio, se reconoce la dignidad intrínseca de cada persona humana.
Los intentos de cambiar la definición legal de matrimonio o de crear simulaciones del matrimonio, escudados con frecuencia bajo el pretexto de “igualdad”, “derechos civiles” y “lucha contra la discriminación”, no se adecuan a la verdad. Por el contrario, tales tentativas socavan la propia naturaleza del matrimonio y no consideran la importancia que éste tiene en la consolidación y supervivencia de la sociedad.
El Estado, por una parte, tiene la responsabilidad de proteger y promover el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer; y, por otra, debe también proteger y promover la dignidad intrínseca de cada persona humana, incluyendo las personas homosexuales. Encontrar el punto de equilibrio no es fácil, pero sacrificar el matrimonio no es la solución.
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domingo, 24 de mayo de 2009
Identidad perdida
Luis-Fernando Valdés
La famosa Universidad de Notre Dame (Indiana, EUA) otorgó la “Laetare Medal” al Presidente de Estados Unidos, el pasado 17 de mayo. En esta ceremonia se dieron cita dos posturas opuestas. Por una parte, esta Casa de estudios es oficialmente católica; y, por otra, Obama apoya abiertamente el aborto. ¿Se trata de una apertura de las universidades de la Iglesia al mundo de hoy? ¿No será más una señal clara de la falta de identidad católica en estas instituciones?
El Presidente Obama recibió el doctorado “honoris causa” en Leyes. Desde el punto de vista técnico, significa que Notre Dame lo recibe en su Claustro de Profesores. Ahora ya es “doctor”, es decir, “enseñante” de esta Universidad. Con este acto, esta institución está afirmando que avala la postura de su nuevo Profesor, pues sólo se otorga este reconocimiento a quien una universidad considera que sostiene los valores académicos y morales, acordes a su ideario.
En este caso concreto, el problema de fondo no es que Obama en su vida política, antes y después de ser presidente, haya votado y aplicado políticas contra la vida humana, como es la promoción del aborto incluso en fases muy avanzadas de gestación, la investigación con células madres embrionarias y las fundaciones de programas de planificación familiar en Estados Unidos.
Más bien, el profundo inconveniente es que una universidad católica se manifiesta públicamente contraria a las enseñanzas de la Iglesia. Sin embargo, esta situación es recurrente en Notre Dame. A principios de 1960, este Centro universitario, con la ayuda de la Fundación Rockefeller, ayudó a impulsar la ideología del control de natalidad. En 1968, el Departamento de Teología de esta universidad encabezó la protesta contra la Encíclica “Humanae vitae” de Pablo VI, en la que se condena el uso de anticonceptivos.
Benedicto XVI explica qué se debe entender por identidad católica de las instituciones educativas. Precisamente, en su viaje a Estados Unidos, explicaba que tal identidad no depende del porcentaje de católicos inscritos, ni de la ortodoxia de los cursos impartidos, sino de que en cualquier actividad que ahí se organice refleje la fe vivida por la Iglesia (Discurso, 17.VII.2008).
El Papa expone que se trata contestar a la importante pregunta: ¿a quién pertenezco? Y una escuela católica pertenece a una comunidad que cree en Jesucristo y en su doctrina. Por eso “la identidad de una Universidad o de una Escuela católica no es simplemente una cuestión del número de los estudiantes católicos. Es una cuestión de convicción: ¿creemos realmente que sólo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece verdaderamente el misterio del hombre?” (Ibidem).
Y el Santo Padre apunta más lejos, cuando afirma que se puede reconocer que la “crisis de verdad” contemporánea está radicada en una “crisis de fe”. En efecto, cuando una institución educativa católica es ambigua en sus afirmaciones a favor de la vida, es señal de que ya no tiene la fe de la Iglesia en su base. Perdida la fe, se pierde no sólo la identidad católica, sino también la convicción de buscar la verdad.
Esta situación debería abrir un gran debate, para que las instituciones educativas católicas reflexionen sobre su propia identidad, no sólo en Estados Unidos, sino también en México. Es la oportunidad para que, con rigor académico, se hagan propuestas basadas en la doctrina católica, que iluminen los grandes retos de la sociedad actual, como la vida, la familia, la economía, la migración y la ecología
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
La famosa Universidad de Notre Dame (Indiana, EUA) otorgó la “Laetare Medal” al Presidente de Estados Unidos, el pasado 17 de mayo. En esta ceremonia se dieron cita dos posturas opuestas. Por una parte, esta Casa de estudios es oficialmente católica; y, por otra, Obama apoya abiertamente el aborto. ¿Se trata de una apertura de las universidades de la Iglesia al mundo de hoy? ¿No será más una señal clara de la falta de identidad católica en estas instituciones?
El Presidente Obama recibió el doctorado “honoris causa” en Leyes. Desde el punto de vista técnico, significa que Notre Dame lo recibe en su Claustro de Profesores. Ahora ya es “doctor”, es decir, “enseñante” de esta Universidad. Con este acto, esta institución está afirmando que avala la postura de su nuevo Profesor, pues sólo se otorga este reconocimiento a quien una universidad considera que sostiene los valores académicos y morales, acordes a su ideario.
En este caso concreto, el problema de fondo no es que Obama en su vida política, antes y después de ser presidente, haya votado y aplicado políticas contra la vida humana, como es la promoción del aborto incluso en fases muy avanzadas de gestación, la investigación con células madres embrionarias y las fundaciones de programas de planificación familiar en Estados Unidos.
Más bien, el profundo inconveniente es que una universidad católica se manifiesta públicamente contraria a las enseñanzas de la Iglesia. Sin embargo, esta situación es recurrente en Notre Dame. A principios de 1960, este Centro universitario, con la ayuda de la Fundación Rockefeller, ayudó a impulsar la ideología del control de natalidad. En 1968, el Departamento de Teología de esta universidad encabezó la protesta contra la Encíclica “Humanae vitae” de Pablo VI, en la que se condena el uso de anticonceptivos.
Benedicto XVI explica qué se debe entender por identidad católica de las instituciones educativas. Precisamente, en su viaje a Estados Unidos, explicaba que tal identidad no depende del porcentaje de católicos inscritos, ni de la ortodoxia de los cursos impartidos, sino de que en cualquier actividad que ahí se organice refleje la fe vivida por la Iglesia (Discurso, 17.VII.2008).
El Papa expone que se trata contestar a la importante pregunta: ¿a quién pertenezco? Y una escuela católica pertenece a una comunidad que cree en Jesucristo y en su doctrina. Por eso “la identidad de una Universidad o de una Escuela católica no es simplemente una cuestión del número de los estudiantes católicos. Es una cuestión de convicción: ¿creemos realmente que sólo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece verdaderamente el misterio del hombre?” (Ibidem).
Y el Santo Padre apunta más lejos, cuando afirma que se puede reconocer que la “crisis de verdad” contemporánea está radicada en una “crisis de fe”. En efecto, cuando una institución educativa católica es ambigua en sus afirmaciones a favor de la vida, es señal de que ya no tiene la fe de la Iglesia en su base. Perdida la fe, se pierde no sólo la identidad católica, sino también la convicción de buscar la verdad.
Esta situación debería abrir un gran debate, para que las instituciones educativas católicas reflexionen sobre su propia identidad, no sólo en Estados Unidos, sino también en México. Es la oportunidad para que, con rigor académico, se hagan propuestas basadas en la doctrina católica, que iluminen los grandes retos de la sociedad actual, como la vida, la familia, la economía, la migración y la ecología
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domingo, 17 de mayo de 2009
Un viaje por la paz
Luis-Fernando Valdés
El viernes pasado concluyó la visita pastoral de Benedicto XVI a Tierra Santa. El viaje estaba cargado de expectativas, especialmente en cuanto a la paz. ¿Cómo podría el Papa hablar de la paz tanto a Israelíes como a Palestinos, que llevan casi sesenta años en conflicto bélico?
Apenas arribó el lunes (11 de mayo) a Israel, el Santo Padre afrontó de inmediato temas más polémicos: primero la paz y la seguridad, luego la Shoah y el antisemitismo. Para muchos de sus críticos el Pontífice abordaría de modo superficial para no despertar polémicas. Pero Benedicto XVI se mostró sorprendentemente original, en un caso y en otro. Veamos sus mensajes referentes a la paz.
En primer lugar, el Papa habló de la paz, pero no desde la política sino desde la fe. La paz está ligada a “buscar a Dios”. Y también tocó el tema de la seguridad, tan necesario hoy mismo para Israel, y lo desarrolló a partir de la palabra bíblica “betah”, que significa “seguridad”, pero también “confianza”: una no puede estar sin la otra.
Días más tarde (14 de mayo), Benedicto XVI les recordó a los líderes religiosos de Galilea que “en el corazón de toda tradición religiosa se encuentra la convicción de que la paz misma es un don de Dios, aunque no se pueda alcanzar sin el esfuerzo humano”.
De aquí surgió una nueva explicación para el advenimiento de la paz. Se trata de reconocer que “el mundo no es nuestra propiedad, si no más bien el horizonte en el cual estamos invitados a participar del amor de Dios y a cooperar en guiar el mundo y la historia bajo su inspiración”. No habrá paz entre las naciones, mientras no se reconozca que las decisiones humanas se han de conformar a las leyes del Creador.
Y en su de despedida de Israel (15 de mayo), Benedicto XVI dio una gran lección de valentía, y de exquisita diplomacia. Se manifestó como amigo tanto de los israelíes como de los palestinos, y con gran claridad exhortó a la paz a ambos pueblos. Y, con gran convicción, dijo al Presidente de Israel: “Permítame lanzar este llamamiento a todas las personas de estas tierras: ¡Nunca más derramamiento de sangre! ¡Nunca más enfrentamientos! ¡Nunca más terrorismo! ¡Nunca más guerra!”
Luego el Papa abordó un tema, que es una herida sangrante: el derecho de ambos pueblos a ser reconocidos como países. Como es sabido, las naciones árabes no reconocen Israel. Por eso, el Pontífice exhortó a “que sea universalmente reconocido que el Estado de Israel tiene derecho a existir y a gozar de paz y seguridad en el interior de sus fronteras internacionalmente reconocidas”.
De igual manera, Palestina actualmente padece unas circunstancias que le impiden consolidarse como nación. Y por eso el Santo Padre pidió “que sea igualmente reconocido que el pueblo palestino tiene el derecho a una patria independiente, soberana, a vivir con dignidad y viajar libremente”.
El significado de este viaje papal y de los discursos sobre la paz es muy grande. Primero, nos enseñan que Dios es un punto obligado para hablar de la paz: hay que reconocer el plan de Dios según el cual los hombres fuimos creados para convivir. También nos muestra que la fe cristiana posee elementos válidos para contribuir a la paz. Y otra grata conclusión es constatar la talla intelectual, la altura moral y la experiencia diplomática de Benedicto XVI, que lo han llevado a sacar adelante el reto más grande de su pontificado: hablar de la paz a dos naciones en conflicto.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
El viernes pasado concluyó la visita pastoral de Benedicto XVI a Tierra Santa. El viaje estaba cargado de expectativas, especialmente en cuanto a la paz. ¿Cómo podría el Papa hablar de la paz tanto a Israelíes como a Palestinos, que llevan casi sesenta años en conflicto bélico?
Apenas arribó el lunes (11 de mayo) a Israel, el Santo Padre afrontó de inmediato temas más polémicos: primero la paz y la seguridad, luego la Shoah y el antisemitismo. Para muchos de sus críticos el Pontífice abordaría de modo superficial para no despertar polémicas. Pero Benedicto XVI se mostró sorprendentemente original, en un caso y en otro. Veamos sus mensajes referentes a la paz.
En primer lugar, el Papa habló de la paz, pero no desde la política sino desde la fe. La paz está ligada a “buscar a Dios”. Y también tocó el tema de la seguridad, tan necesario hoy mismo para Israel, y lo desarrolló a partir de la palabra bíblica “betah”, que significa “seguridad”, pero también “confianza”: una no puede estar sin la otra.
Días más tarde (14 de mayo), Benedicto XVI les recordó a los líderes religiosos de Galilea que “en el corazón de toda tradición religiosa se encuentra la convicción de que la paz misma es un don de Dios, aunque no se pueda alcanzar sin el esfuerzo humano”.
De aquí surgió una nueva explicación para el advenimiento de la paz. Se trata de reconocer que “el mundo no es nuestra propiedad, si no más bien el horizonte en el cual estamos invitados a participar del amor de Dios y a cooperar en guiar el mundo y la historia bajo su inspiración”. No habrá paz entre las naciones, mientras no se reconozca que las decisiones humanas se han de conformar a las leyes del Creador.
Y en su de despedida de Israel (15 de mayo), Benedicto XVI dio una gran lección de valentía, y de exquisita diplomacia. Se manifestó como amigo tanto de los israelíes como de los palestinos, y con gran claridad exhortó a la paz a ambos pueblos. Y, con gran convicción, dijo al Presidente de Israel: “Permítame lanzar este llamamiento a todas las personas de estas tierras: ¡Nunca más derramamiento de sangre! ¡Nunca más enfrentamientos! ¡Nunca más terrorismo! ¡Nunca más guerra!”
Luego el Papa abordó un tema, que es una herida sangrante: el derecho de ambos pueblos a ser reconocidos como países. Como es sabido, las naciones árabes no reconocen Israel. Por eso, el Pontífice exhortó a “que sea universalmente reconocido que el Estado de Israel tiene derecho a existir y a gozar de paz y seguridad en el interior de sus fronteras internacionalmente reconocidas”.
De igual manera, Palestina actualmente padece unas circunstancias que le impiden consolidarse como nación. Y por eso el Santo Padre pidió “que sea igualmente reconocido que el pueblo palestino tiene el derecho a una patria independiente, soberana, a vivir con dignidad y viajar libremente”.
El significado de este viaje papal y de los discursos sobre la paz es muy grande. Primero, nos enseñan que Dios es un punto obligado para hablar de la paz: hay que reconocer el plan de Dios según el cual los hombres fuimos creados para convivir. También nos muestra que la fe cristiana posee elementos válidos para contribuir a la paz. Y otra grata conclusión es constatar la talla intelectual, la altura moral y la experiencia diplomática de Benedicto XVI, que lo han llevado a sacar adelante el reto más grande de su pontificado: hablar de la paz a dos naciones en conflicto.
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domingo, 10 de mayo de 2009
Nuevo reto para Benedicto XVI
Luis-Fernando Valdés
Benedicto XVI ha mostrado una gran capacidad –inesperada para muchos que no conocían las habilidades diplomáticas de Joseph Ratzinger– para afrontar viajes pastorales complicados. En noviembre de 2006, visitó Turquía en medio de un gran malentendido respecto de la postura del Papa hacia los musulmanes; en abril de 2008, a pesar de voces discordantes, visitó los Estados Unidos; y, en septiembre de ese mismo año, estuvo en Francia, cuna del laicismo contemporáneo. En estas tres visita, el Santo Padre superó las expectativas, y se ganó la estima de sus anfitriones. Ahora peregrina a Jordania e Israel, el cual se encuentra en pleno conflicto político y militar: ¿podrá de nuevo obtener resultados “imprevisiblemente” favorables?
Benedicto XVI recorrerá Tierra Santa con tres objetivos: apoyar a las comunidades cristianas; promover el proceso de paz y el diálogo entres las partes en conflicto, e impulsar el diálogo interreligioso entre cristianos, judíos y musulmanes. Según el vaticanólogo Giaccomo Galeazzi del diario italiano “La Stampa”, este viaje será “probablemente el más complicado del pontificado”.
Será un viaje difícil tanto por los intereses históricos y religiosos de una tierra considerada como sagrada por tres religiones monoteístas, como por la contienda entre dos pueblos. Y todo esto se ha complicado por la reciente operación “plomo sólido”, mediante la cual Israel invadió y bombardeo la Franja de Gaza, con resultado de miles de víctimas. Además, muchos cristianos de esos lugares no han ocultado su preocupación de que Benedicto XVI sea instrumentalizado por cualquiera de las partes en conflicto.
¿Cuál podrá ser la “estrategia” del Papa Ratzinger? Primero, la búsqueda de la reconciliación. Según el sacerdote jesuita David Neuhaus, vicario del Patriarcado Latino de Jerusalén para los católicos de lengua hebrea, “tanto judíos como musulmanes esperan palabras y actos de reconciliación a la luz de las anteriores tensiones”, como el caso del Obispo lefevriano que negó el Holocausto o como los malentendidos con los musulmanes, con motivo del célebre discurso de Ratisbona.
Segundo, hablar de la paz, pero no desde la posición de un Jefe de Estado, pues tal caso se convertiría en una voz política. Se trata de exhortar a la paz, sin los compromisos del poder y los intereses políticos, de modo que pueda dar nuevas esperanzas desde la verdad y el amor. Esto es lo que ya adelantó Benedicto XVI en el vuelo de ida hacia Jordania. El Pontífice manifestó que pretende colaborar al proceso de paz, interpelando a la razón: “precisamente porque no somos parte política, podemos quizás más fácilmente, también a la luz de la fe, ver los verdaderos criterios, ayudar a entender lo que contribuye a la paz y hablar a la razón, apoyar las posturas realmente razonables”. Según el P. Neuhaus, el Papa debe simplemente abrir la imaginación de las partes en conflicto para miren lo que no pueden ver: que el otro es nuestro hermano en lugar de nuestro enemigo.
Sin intento alguno de vaticinar el futuro, y afirmar ingenuamente que el recorrido papal será un éxito sin precedentes, guardamos la firme esperanza de que la gran claridad intelectual y la fuerza moral de Benedicto XVI contribuyan a la paz de la Tierra, lugar donde los judíos establecieron la Alianza con Dios, donde Jesucristo murió y resucitó, y donde la tradición musulmana asegura que Mahoma realizó su milagroso viaje a Jerusalén.
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Benedicto XVI ha mostrado una gran capacidad –inesperada para muchos que no conocían las habilidades diplomáticas de Joseph Ratzinger– para afrontar viajes pastorales complicados. En noviembre de 2006, visitó Turquía en medio de un gran malentendido respecto de la postura del Papa hacia los musulmanes; en abril de 2008, a pesar de voces discordantes, visitó los Estados Unidos; y, en septiembre de ese mismo año, estuvo en Francia, cuna del laicismo contemporáneo. En estas tres visita, el Santo Padre superó las expectativas, y se ganó la estima de sus anfitriones. Ahora peregrina a Jordania e Israel, el cual se encuentra en pleno conflicto político y militar: ¿podrá de nuevo obtener resultados “imprevisiblemente” favorables?
Benedicto XVI recorrerá Tierra Santa con tres objetivos: apoyar a las comunidades cristianas; promover el proceso de paz y el diálogo entres las partes en conflicto, e impulsar el diálogo interreligioso entre cristianos, judíos y musulmanes. Según el vaticanólogo Giaccomo Galeazzi del diario italiano “La Stampa”, este viaje será “probablemente el más complicado del pontificado”.
Será un viaje difícil tanto por los intereses históricos y religiosos de una tierra considerada como sagrada por tres religiones monoteístas, como por la contienda entre dos pueblos. Y todo esto se ha complicado por la reciente operación “plomo sólido”, mediante la cual Israel invadió y bombardeo la Franja de Gaza, con resultado de miles de víctimas. Además, muchos cristianos de esos lugares no han ocultado su preocupación de que Benedicto XVI sea instrumentalizado por cualquiera de las partes en conflicto.
¿Cuál podrá ser la “estrategia” del Papa Ratzinger? Primero, la búsqueda de la reconciliación. Según el sacerdote jesuita David Neuhaus, vicario del Patriarcado Latino de Jerusalén para los católicos de lengua hebrea, “tanto judíos como musulmanes esperan palabras y actos de reconciliación a la luz de las anteriores tensiones”, como el caso del Obispo lefevriano que negó el Holocausto o como los malentendidos con los musulmanes, con motivo del célebre discurso de Ratisbona.
Segundo, hablar de la paz, pero no desde la posición de un Jefe de Estado, pues tal caso se convertiría en una voz política. Se trata de exhortar a la paz, sin los compromisos del poder y los intereses políticos, de modo que pueda dar nuevas esperanzas desde la verdad y el amor. Esto es lo que ya adelantó Benedicto XVI en el vuelo de ida hacia Jordania. El Pontífice manifestó que pretende colaborar al proceso de paz, interpelando a la razón: “precisamente porque no somos parte política, podemos quizás más fácilmente, también a la luz de la fe, ver los verdaderos criterios, ayudar a entender lo que contribuye a la paz y hablar a la razón, apoyar las posturas realmente razonables”. Según el P. Neuhaus, el Papa debe simplemente abrir la imaginación de las partes en conflicto para miren lo que no pueden ver: que el otro es nuestro hermano en lugar de nuestro enemigo.
Sin intento alguno de vaticinar el futuro, y afirmar ingenuamente que el recorrido papal será un éxito sin precedentes, guardamos la firme esperanza de que la gran claridad intelectual y la fuerza moral de Benedicto XVI contribuyan a la paz de la Tierra, lugar donde los judíos establecieron la Alianza con Dios, donde Jesucristo murió y resucitó, y donde la tradición musulmana asegura que Mahoma realizó su milagroso viaje a Jerusalén.
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