domingo, 28 de agosto de 2005

Benedicto XVI y los musulmanes

Luis-Fernando Valdés

Hoy día es frecuente constatar que muchas personas asocian el terrorismo a la religión islámica. Y además también es bastante usual considerar a los musulmanes como «fanáticos». Se trata de una generalización injusta. Este prejuicio quizá tardará tiempo en desaparecer.
¿Qué piensa Benedicto XVI sobre los islámicos? ¿Comparte este prejuicio? Lejos de tener una opinión peyorativa sobre esta religión, el Papa ha mostrada una actitud abierta. El pasado 20 de agosto, en Colonia, tuvo un encuentro con los representantes de las algunas comunidades musulmanes. En esta reunión el Papa mostró su apertura y comprensión hacia los creyentes del Islam. Esta actitud del Pontífice sirve de orientación para los que deseamos ser personas abiertas respecto a las creencias de los demás.
En primer lugar llama la atención que el Santo Padre los llama «queridos amigos». Y de inmediato les hace ver que no se trata de palabras huecas, de protocolo. Como es propio de los amigos, el Romano Pontífice les cuenta algunas de sus inquietudes. El Papa expresa que desea «compartir con vosotros mis esperanzas y haceros partícipes de mis preocupaciones, en estos momentos particularmente difíciles de la historia de nuestro tiempo».
Una de esas inquietudes es el terrorismo. En este tema, Benedicto XVI da muestra de tener un exquisito tacto hacia la sensibilidad de los musulmanes practicantes. Les comunica que el Papa reconoce que el terrorismo no se puede atribuir a la religión musulmana. Dirigiéndose a los líderes de las comunidades islámicas de Alemania, les dice: «sé que muchos de vosotros habéis rechazado con firmeza, y también públicamente, en particular cualquier conexión de vuestra fe con el terrorismo y lo habéis condenado claramente».
Es importante resaltar esta actitud de Benedicto XVI. El Papa manifiesta que el terrorismo no es un problema religioso. Es decir, no es la religión la que provoca la violencia. Son, más bien, algunos cuantos que, para su provecho personal o de pequeños grupos, usan la fe como tapadera de su fanatismo.
El Santo Padre se detiene en un aspecto que, pocas veces, se toma en cuenta: que los terrorista, lejos de desear un beneficio espiritual, en el fondo buscan destruir la convivencia entre las diferentes religiones. Su Santidad explica que «los que idean y programan estos atentados demuestran querer envenenar nuestras relaciones y destruir la confianza, recurriendo a todos los medios, incluso a la religión, para oponerse a los esfuerzos de convivencia pacífica y serena».
Pero Benedicto XVI no se conforma con manifestar su convicción de que el Islam no fomenta el terrorismo. Va más adelante. El Santo Padre desea fomentar la paz, tal como lo venía haciendo Juan Pablo II. Y en este esfuerzo el Papa Benedicto invita a los musulmanes, para que juntos busquen esa paz.
El punto de contacto propuesto por el Papa es el valor de la vida humana. Tanto la fe católica como las creencias islámicas profesan la convicción de que solamente Dios es el dueño de la vida. Sólo Dios puede otorgar la vida humana y, por lo tanto, sólo Él puede disponer de ella. Y a continuación hace una invitación a los musulmanes: «Si juntos conseguimos extirpar de los corazones el sentimiento de rencor, contrastar toda forma de intolerancia y oponernos a cada manifestación de violencia, frenaremos la oleada de fanatismo cruel, que pone en peligro la vida de tantas personas, obstaculizando el progreso de la paz en el mundo».
Qué gran ejemplo de apertura y concordia nos da Benedicto XVI. Podemos constatar que el nuevo Papa sigue de cerca el camino trazado por el gran Juan Pablo II.

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domingo, 21 de agosto de 2005

Benedicto XVI y los judíos

Luis-Fernando Valdés

Benedicto XVI sigue derribando con los hechos, los mitos que se le habían intentado atribuir. Una de esas invenciones afirmaba que durante su juventud, Joseph Ratzinger era antisemita. Hace dos semanas, durante la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa visitó la sinagoga de Colonia y mostró su aprecio y buena relación con el pueblo judío. Qué lejos de la realidad estaba aquel bulo.
El discurso que pronunció el Papa en esa ocasión, es un punto de referencia para entender cuál ha de ser la actitud de los católicos hacia los judíos. Esta actitud consiste en la solidaridad con el Pueblo de Israel ante el Holocausto sufrido durante la Segunda Guerra mundial, en reconocer la raíz judía del cristianismo, en la condena del antisemitismo y en la búsqueda del diálogo sincero entre católicos y judíos sobre cuestiones históricas aún discutidas.
Además, las palabras del Romano Pontífice señalan los motivos profundos de esa conducta amable y abierta de los católicos hacia el pueblo hebreo. Es muy importante subrayar este aspecto de su mensaje, porque aporta unas razones que son válidas para todo tiempo y lugar, de modo que garantizan que esa actitud favorable hacia los judíos no se interprete como una exigencia del momento actual o se limite sólo a lo que hoy se pudiera considerar «políticamente correcto». Se trata de argumentos que sirven tanto para releer el pasado como para tener en cuenta en el futuro.
Por razones de espacio, me limitaré a comentar sólo dos aspectos del discurso del Santo Padre: el Holocausto y el antisemitismo. Respecto a la Shoá, Benedicto XVI lamentó el intento, planeado y realizado sistemáticamente por el régimen nacionalsocialista, de exterminar el judaísmo europeo. Manifestó su profundo respeto por los «millones de judíos —hombres, mujeres y niños— [que] fueron llevados a la muerte en las cámaras de gas e incinerados en hornos crematorios» (Discurso, 19.VIII.2005).
Luego, el Papa expuso las razones profundas que guían la condena del Holocausto. El régimen nazi cometió este gran crimen porque era «una demencial ideología racista, de matriz neopagana». Este lamentable intento de exterminio del Pueblo judío tuvo su origen en el ateísmo. Cuando no se reconoce a Dios, inevitablemente se desconoce al hombre. Ésta es la dura enseñanza de la Shoá: «No se reconocía la santidad de Dios, y por eso se menospreció también el carácter sagrado de la vida humana» (ibidem).
Benedicto XVI continuó su discurso y —haciendo suyas las palabras del Concilio Vaticano II (Declaración Nostra aetate, n. 4)— deploró «los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona».
Esta actitud de respeto debe estar presente en la conducta de todo católico y de toda persona, porque todo ser humano ha sido creado a imagen de Dios (cfr. Génesis 1, 27). Ser imagen de Dios significa que todo hombre tiene una dignidad trascendente, que debe ser respetada por todos. Por ello, el Santo Padre afirma que «ante Dios, todos los hombres tienen la misma dignidad, independientemente del pueblo, cultura o la religión a que pertenezcan» (ibidem).
Con gran alegría hemos observado que Benedicto XVI guarda unas relaciones muy cordiales con el pueblo judío, y que con valentía denuncia las atrocidades perpetradas contra los hebreos. Y con admiración hemos visto que esta actitud del Papa es fruto de vivir coherentemente las enseñanzas del Evangelio y no un producto de la presión cultural.

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domingo, 14 de agosto de 2005

Necesitamos reformadores

Luis-Fernando Valdés

Nuestro País naufraga en el mar de la inseguridad y de la pobreza. Nuestra sociedad sufre continuamente frustraciones, y anhela nuevas esperanzas. Las compra al primero que las ofrece. Pero seguimos con los mismos problemas sociales y morales, junto con la pobreza y la inseguridad. Se necesita un cambio con urgencia. Necesitamos reformadores.
La historia del último siglo es un desfile de reformas fracasadas. ¿Acaso no les prometía Hitler a los alemanes una nación mejor, rica, con liderazgo? ¿Acaso no se comprometió Stalin a promover la libertad y a emancipar a los proletarios de su pobreza? Ni el nazismo ni el comunismo consiguieron la riqueza para su pueblo y, en cambio, llevaron a la esclavitud y a la muerte a millones de personas.
Ambas ideologías se presentaron como una esperanza, pero fallaron. Fracasaron porque pretendían constituirse como revoluciones verdaderas, pero en realidad eran sistemas totalitaristas. Benedicto XVI, con mucha agudeza, describe el fondo de todo totalitarismo, al explicar que éstos surgen cuando se toma un punto de vista humano y parcial como un criterio absoluto de orientación.
El Papa enseña que «la absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que le priva de su dignidad y lo esclaviza» (Discurso, 20.VIII.05). Ni la raza, ni la economía son absolutas, por eso fracasaron el nazismo y el comunismo.
¿Qué es lo que sí libera al hombre? «No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico», explica el Romano Pontífice.
Y añade: «La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos, si no es el amor?» (ibidem).
Dios libera al hombre. Pero estas palabras no deben ser interpretadas como un «teocratismo», que es otro totalitarismo. Cuando la religión se absolutiza también cae en un totalitarismo, y en vez de dar una esperanza al hombre, termina por destruirlo.
La religión libera sólo cuando conocemos el verdadero rostro de Dios. Debemos cambiar nuestra idea sobre Dios. Sólo así lo aceptaremos. En este mundo, Dios no le hace competencia a las formas terrenales de poder. Dios es diferente. Y esto significa que para aceptarlo cada uno debe cambiar, y aprender el estilo de Dios, que no busca poder temporal.
Y ¿cómo se lleva a la práctica este cambio? Esto se consigue cuando aprendemos a acomodarnos al modo divino de ejercer el poder: Jesús ejerce su poder divino sirviendo a los demás. Hemos de convertirnos en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia, de la solidaridad.
¿No será un poco pretenciosa esta propuesta para el ciudadano de a pie? No lo es. Y la señal de que es una proposición viable la tenemos en la vida de quienes han logrado llevar una vida del modo justo y verdaderamente libre, siguiendo ese estilo de Dios. Ellos nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas.
En todas las crisis de la historia, estas personas han sido los reformadores, que con su vida han ayudado a la humanidad a no caer en la desesperanza. Pensemos en Juan Pablo II. «Los santos son los verdaderos reformadores», afirma Benedicto XVI. Sólo de hombre y mujeres como ellos provendrá la verdadera revolución, porque sólo de Dios proviene el cambio decisivo del mundo.
Necesitamos reformadores, con urgencia.

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domingo, 7 de agosto de 2005

El Papa y los jóvenes

Luis-Fernando Valdés

Hoy concluye la Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Colonia. Nos ha dejado una grata impresión de Benedicto XVI, quien mostró una gran capacidad de penetrar tanto en las alegrías y esperanzas como en las preocupaciones e inquietudes de millares de jóvenes.
Quizá para algunos, este evento sería una prueba para el carisma del Papa. Deseaban comprobar si las cualidades de Benedicto XVI tendrían la misma capacidad de convocatoria que la personalidad de Juan Pablo II. Pero lo que hemos visto en la televisión y hemos leído en los medios impresos nos ha llevado a otra concepción de la Jornada de la Juventud. En efecto, hemos contemplado que los jóvenes han ido a Alemania, no a buscar un líder carismático, sino una respuesta para sus vidas.
El Papa es consciente de que hoy día la religión católica tiene una imagen deformada ante la juventud. Y lejos de ser un motivo de esperanza, para muchas personas la fe se presenta como una carga muy pesada. Por eso, el Romano Pontífice se propuso mostrar, durante estas Jornadas de la Juventud, el rostro amable del cristianismo.
Tres días antes de viajar a Alemania, Benedicto XVI declaró: «Quisiera mostrarles [a los jóvenes reunidos en Colonia] lo bonito que es ser cristianos, ya que existe la idea difundida de que los cristianos deben observar un inmenso número de mandamientos, prohibiciones, principios, etc., y que por lo tanto, el cristianismo es, según esta idea, algo que cansa y oprime la vida y que se es más libre sin todos esos lastres» (Entrevista, 15.VIII.05).
¿Cómo respondió el Santo Padre a esta inquietud profunda de los jóvenes? ¿Qué posibilidades ofreció para que cada joven pueda responder a los problemas profundos de su vida, sin sentir la religión como un peso difícil de llevar?
La respuesta de Benedicto XVI consistió en llamar al corazón de los jóvenes. Para acceder a ese centro íntimo de cada persona, el Romano Pontífice invitó a los participantes de la Jornada Mundial a plantearse las cuestiones fundamentales de sus vidas. El Papa les animó a preguntarse con valentía: «¿dónde encuentro los criterios para mi vida? ¿De quién puedo fiarme; a quién confiarme? ¿Dónde está aquél que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos de mi corazón?» (Mensaje, 18.VIII.05).
Una vez sembrada esta inquietud, les explicó que «hacerse estas preguntas significa buscar a Alguien que ni se engaña ni puede engañar, y que por eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella y, si fuera preciso, también morir por ella» (ibidem). Para dar una respuesta a las preguntas más importantes de nuestra vida, es necesario abrirnos a un Ser superior.
¿Y quién es ese Alguien, capaz de llenar las aspiraciones del corazón? El Papa respondió: «Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho a saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad» (ibidem).
Y de inmediato salió al paso del natural temor de abrir la propia vida a Dios. Nuestra época ve a Dios como a un intruso que nos quiere arrancar la propia personalidad. Y por eso, el Santo Padre añadió: «Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada —absolutamente nada— de lo que hace la vida libre, bella y grande. (...) Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo» (ibidem).

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domingo, 31 de julio de 2005

La moral ¿se aprende o se inventa?

Luis-Fernando Valdés

La moral es el arte de usar bien la libertad, como expusimos el domingo anterior. Un buen amigo me dijo que estaba de acuerdo con esa «teoría»: es razonable afirmar que cada uno debe aprender a vivir de la mejor manera. Pero disentía en que pueda haber un modo de vivir válido para todos, pues cada uno debe determinar qué es vivir bien.
La cuestión de fondo es que hay dos posibilidades. Una afirma que para vivir virtuosamente hay que aprender, y otra sostiene que cada uno inventa ese modo de vivir. La primera implica que ese modo de vida se puede aplicar a todos los seres humanos, y por eso todos tendrían que recibir educación moral: se trata de la moral clásica, iniciada por los antiguos griegos. La segunda conlleva la afirmación de que no existe una moral aplicable a todos, sino que cada uno debe construirla: es la moral relativista, de corte contemporáneo.
¿Cuál es la verdadera? Para descubrirlo, profundicemos en una experiencia cotidiana. Se trata del arte de aprender a tocar el piano. Para conseguirlo, se requiere de un profesor que nos enseñe a leer las partituras y las técnicas para colocar los dedos en el teclado. Y, a la vez, se requiere ensayar muchas horas. Para el piano son necesarios conocimientos y habilidades.
Supongo que coincidiremos en que nadie puede tocar una pieza, si no ha adquirido esos principios teóricos y esas habilidades. De igual manera, ante una persona que afirmara que no necesita aprender este arte musical, sino que ella lo va a inventar, consideraremos que muy probablemente fracasará, y que lo más seguro es que su piano, lejos de tocar música, sólo hará ruido.
Esta misma situación es válida también para la moral, independientemente de la religión que se profese o de la cultura en la que se viva. La moral es un arte: el arte de vivir. Por eso, la moral necesita conocimientos teóricos y habilidades prácticas. Los primeros los recibimos de nuestros padres y profesores, y las segundas las adquirimos mediante el ejercicio personal.
Para aprender a tocar el piano son necesarios tanto la teoría musical como la destreza en la ejecución. Esto mismo ocurre en el caso de la moral. Para aprender a vivir del modo más humano, se requieren unos conocimientos y unos hábitos. Si para tocar el piano, hacen falta conocimientos y destrezas, y nadie se queja con el argumento de que este arte «es relativo», «que cada quien le haga como le parezca mejor», entonces ¿por qué extrañarnos de que la moral no sea «relativa», sino que implique conocimientos y habilidades?
Así como no basta ponerse frente a un piano y oprimir teclas para que haya música, tampoco es suficiente tener uso de razón y ponerse a tomar decisiones libres para obtener la felicidad. Es preciso aprender de otros seres humanos cómo debe comportarse un hombre.
Y también son necesarios los hábitos para adquirir el arte de vivir plenamente. No basta saber teóricamente como comportarse. Hace falta, además, el hábito de portarse bien. Como en el caso del piano, aunque el estudiante haya escuchado durante horas grabaciones de Mozart, aunque sepa de memoria las notas y las técnicas, no sabrá tocar el piano mientras no adquiera el hábito de pulsar con maestría el teclado.
Como en cualquier arte, para vivir del modo más humano, más digno y más feliz, hace falta conocer los principios morales y desarrollar los hábitos para actuar correctamente. Así como un pianista «relativista» no llega a producir música, vivir «relativamente» tampoco consigue la felicidad en plenitud.

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domingo, 24 de julio de 2005

El arte de vivir

Luis-Fernando Valdés

Cuando se trata de hablar sobre temas científicos, todos respetan a los especialistas. Nadie, si no ha estudiado medicina, se atreve a opinar sobre el cáncer o el parkinson. Pero es muy curioso, que cuando se habla de ética, todos nos sentimos con autoridad para discutir y, además, consideramos nuestro punto de vista como el más acertado.
Así, dentro de ese mar de opiniones, es frecuente confundir la ética o moral con la religión. Algunos piensan que la ética sólo se aplica a los que practican una religión, mientras que los que no profesan una religión estarían exentos de seguir una moral.
Además, la moral parece cambiar según las personas, las culturas y las épocas. En esta situación parece que la ética es inestable y provisional. Hoy mismo la gente tiene la impresión de que estamos en una nueva época con respecto a la moral de nuestros abuelos... y de nuestros padres.
¿Hay algún valiente que pueda decir cuál es la verdad —no las opiniones— sobre la ética? Así como hay especialistas en medicina, también los hay en ética y en moral. Contrariamente a lo que se pudiera pensar, sí existe una verdad sobre la ética. Y, lo más interesante, es que está basada en el sentido común, más que en teorías abstractas.
Considero muy útil como primera definición de moral, la empleada por el Prof. Juan Luis Lorda, de la Universidad de Navarra (España). Explica que cuando se inventó la palabra moral, ésta significaba el arte de vivir.
Por arte se entiende el conjunto de conocimientos teóricos y técnicos, las destrezas necesarias para desempeñar con maestría una actividad. Para tocar con destreza el piano, se requiere arte: no sirve saber cómo se toca el piano si nunca se han puesto los dedos en el teclado; pero tampoco basta tener agilidad en los dedos, si no se saber leer el pentagrama.
En este sentido, la moral es un arte. No es la habilidad de tocar el piano, sino el arte de vivir bien. Así como la pintura es la maestría de pintar, la moral es el arte de vivir como ser humano. Llegados a este punto, algún lector podría protestar: ¿es necesario un arte para vivir como hombre, del mismo modo que es necesario un arte para pintar?
A primera vista, parece que no hace falta nada especial para vivir como un hombre. Bastaría ser hombre y dejarse llevar espontáneamente. Sin embargo, para vivir como le corresponde al ser humano, no basta. Para los animales está bien, pero es insuficiente para los seres humanos.
Los animales no necesitan que alguien los enseñe a vivir, simplemente viven espontáneamente, de acuerdo a sus instintos. No necesitan ningún arte. En cambio, el hombre es un ser diferente: es libre. Eso quiere decir que está mucho menos condicionado por sus instintos. Por eso mismo, necesita aprender muchas cosas que los animales saben por instinto (por ejemplo, caminar, qué comer) y muchas otras más, que son exclusivas de los humanos, como hablar, escribir, convivir.
Entre las capacidades humanas, la más importante y la más característica es la libertad. Educar a un hombre es, sobre todo, enseñarle a usar bien la libertad: emplearla como es propio de un hombre. Un niño tiene que aprender poco a poco lo que debe hacer y lo que debe evitar, al utilizarla.
Entonces ya se entiende porque el Prof. Lorda afirma que «la moral, que es el arte de vivir como hombre, se puede definir también como el arte de usar bien la libertad. Un arte que cada hombre necesita aprender para vivir dignamente».

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domingo, 17 de julio de 2005

Libertad, igualdad, fraternidad

Luis-Fernando Valdés

Escuché una narración, que me gustó mucho. Dos empresarios tuvieron gran éxito económico con la venta de aguas frescas, en locales con aire acondicionado. Decidieron probar suerte en otro país. Buscaron una nación con clima semejante al suyo y una ciudad parecida a la suya. Consiguieron proveedores de materias primas iguales a las que se usaban en su país.
Llegó el día de la inauguración. Había filas para entrar a tomar aguas frescas. Pero... los primeros clientes empezaron a poner cara de asco. Las aguas frescas sabían mal. ¿Por qué, si en el país original sabían muy bien? ¿Por qué, si utilizaron los mismos ingredientes?
Después de ese colosal fracaso, investigaron las causas. Después de mucho pensar sin encontrar una respuesta, uno de los empresarios fue a lavarse las manos. Y notó que el jabón no producía espuma. El agua corriente en ese otro país era «dura». Y esa dureza era incompatible con los ingredientes de sus refrescos. Moraleja: no basta copiar exteriormente las situaciones exitosas. El éxito empieza por cuidar los detalles esenciales, en este caso, el agua.
Hoy día padecemos un gran caos social que estamos viviendo en nuestro país y en tantos puntos del planeta. ¿Qué pasa? Sucede lo mismo que en aquella narración: nuestra sociedad tiene los ingredientes correctos —libertad, igualdad, fraternidad—, pero no tiene el agua que le dé verdadero sabor. ¿Cuál ingrediente está fallando?
En el siglo XVIII, la Ilustración y la Revolución francesa nos prometieron que habría libertad, igualdad y fraternidad, pero no han llegado. Tomaron valores propiamente cristianos, pero los secularizaron: quisieron vivirlos sin necesidad de recurrir a Dios. Proponían una ética fundada en la buena voluntad del ser humano, sin contar con la debilidad de esa voluntad.
Resulta que los valores de libertad, igualdad y fraternidad, son propios del Cristianismo. Y cuando se quieren poner por obra sin un sustrato de fe, sin una base religiosa, son como el agua fresca en un país donde el agua es distinta: no saben igual. Veamos.
La libertad cristiana es una libertad interior, que Cristo nos obtuvo (Gal 5, 1). Es la libertad interior de poder obrar conforme a la verdad, aunque exteriormente uno esté encadenado. «La verdad os hará libres», enseña Jesús (Jn 8, 32). Cuando la libertad pierde la referencia a la verdad, no tiene ningún límite, y es fácil que atropelle a los demás.
La igualdad cristiana se basa en que ya no existen diferencias de raza, género y religión porque Cristo nos salvó a todos. Así lo manifiesta San Pablo: «Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo ... ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, ya que todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús» (Gal 3, 27-28).
La fraternidad cristiana se fundamenta en que todos somos hijos del mismo Dios (cfr Jn 20, 17; Lc 6, 36; Lc 11, 13, etc). Sólo si tenemos un Padre común, podremos llamarnos con sinceridad «hermanos».
En la práctica, cuando el hombre no cuenta con Dios, vienen la tiranía, la injusticia, el fratricidio. Recordemos que esa misma Revolución pasó por la guillotina a los enemigos del régimen.
En la práctica no se pueden vivir los valores cristianos sin el fundamento religioso que los hace posibles. Cuando contemplamos a nuestro mundo sin libertad, sin igualdad, sin fraternidad, ¿no será una llamada para volver a las raíces religiosas de la conducta humana? En la práctica, sólo con una actitud espiritual, sólo estando junto a Dios se obtiene la única fuerza para vivir de verdad la libertad, para ser solidario con el prójimo, para tratarlo como un hermano.

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domingo, 10 de julio de 2005

La píldora del día siguiente

Luis-Fernando Valdés

Esta semana ha sido testigo de varios debates sobre la aprobación de la píldora del día siguiente. Lejos de dejar algo en claro, estas polémicas han tendido una cortina de humo. Hay confusión sobre este tema.
Como es lógico, antes de ser objeto de legislación, la píldora del día siguiente es una cuestión científica. Por eso, los representantes del gobierno han dicho que su decisión de aprobarla se basó en datos «técnicos». Es un modo de decir que ellos la aceptaron, porque los científicos sostienen que no es abortiva.
Pero, ¿es verdad que esta píldora no es abortiva? Recordemos primero un poco de biología. Cuando el óvulo es fecundado por un espermatozoide, se forma un embrión humano. Llegado al estadio de blastocito (5 o 6 días después de la fecundación), ése embrión se implanta en la pared uterina: es la llamada «anidación» o «implantación».
Prácticamente todo mundo está de acuerdo que «aborto» es la «interrupción del embarazo». Y entonces viene una primera confusión de tipo terminológico: qué se entiende por embarazo. Los promotores de la píldora del día siguiente sostienen que se trata de un medicamento «anticonceptivo», pero no «abortivo», porque la píldora tiene un efecto «antianidatorio». En otras palabras, nos están diciendo que el «embarazo» inicia en la anidación y no en la fecundación.
Preguntemos con valentía: ¿sí o no? ¿la vida humana comienza en la fecundación o en la anidación? Más aún, ¿sí o no? ¿el óvulo fecundado, antes de la anidación, es un ser humano?
La vida humana comienza en la fecundación. Así lo afirma la mayoría de los especialistas. Uno de ellos, afirma para empezar, que está nueva definición de embarazo no ha sido admitida por los libros de embriología humana, los diccionarios generales o los léxicos médicos. En cambio, esas fuentes «persisten en decir que concepción es fecundación, la reunión del óvulo y el espermatozoide; que embarazo o gravidez es el estado de la mujer durante el tiempo que transcurre entre la fecundación y el parto» (Miguel Ángel Monge, La píldora del día siguiente, n.1, en www. almudi.org. Cfr. también de este Autor, Medicina pastoral, Eunsa, Pamplona 2002, pp. 295-296).
Este mismo Autor señala que el diccionario médico Dorland’s, que aceptó la definición de concepción desde la anidación, paradójicamente afirma: «Embarazo: la condición de tener en el cuerpo un embrión o feto en desarrollo, después de la unión de un oocito y un espermatozoide» (cfr. ibid).
Podemos, pues, afirmar que, desde el punto de vista científico no se puede afirmar categórica y taxativamente que el embarazo inicia en la anidación. Por lo tanto, el argumento que sustenta la aprobación de la píldora del día siguiente como no abortiva, no tiene una base firme donde apoyarse. Más aún, las fuentes médicas afirman lo contrario, que la vida humana inicia en la concepción. Y, por lo tanto, evitar la anidación es interrumpir el embarazo: es realizar un aborto.
Como se puede ver, mediante una confusión terminológica sobre el «embarazo», se ha tendido un velo que impide conocer la verdad sobre los efectos de la píldora del día siguiente. Quisiera resaltar que hasta aquí hemos estado sólo en el plano biológico. Todavía no abordamos el aspecto moral y ni hemos pasado al campo del derecho. Ni muchos menos hemos hablado de política. El primer plano del debate es sobre la verdad del inicio de la vida humana. Si éste no queda claro, todo lo demás son palabras vacías, polémicas estériles, propias de personas con prejuicios.

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domingo, 3 de julio de 2005

Iglesia y cultura

Luis-Fernando Valdés

La relación entre la Iglesia y la sociedad no es fácil. Hoy día nuestra sociedad es pluralista, y nos puede resultar difícil pensar que una institución, que se presenta a sí misma como poseedora de la verdad, esté dispuesta a dialogar con quienes no comparten esa visión.
Es frecuente encontrar personas bien preparadas y de muy buena voluntad, que ven con cierta desconfianza, que la Iglesia aborde un tema muy especial: la cultura. En ocasiones, algunos pueden pensar que si la Iglesia habla de la cultura, será para imponer un modo de vida y para condenar a los que no lo sigan.
Pero, en realidad ¿qué dice la Iglesia sobre su participación en la cultura? ¿Por qué tiene interés en colaborar con el mundo cultural de nuestra época? En el fondo, ¿qué tipo de intereses hay detrás de esto?
Hoy día, la Iglesia se ha dado a la tarea de defender la dignidad del hombre. Hemos sido testigos de la defensa de los trabajadores, de los pobres y marginados, de los que padecen hambre, de los migrantes, de los que viven bajo la guerra, por parte de Juan Pablo II. Este gran Papa nos enseñó que defender la dignidad del ser humano, implica luchar por hacer valer sus derechos humanos. Para cumplir este cometido, la Iglesia busca entablar un diálogo con el mundo cultural.
Lejos de buscar someter a la cultura al servicio de una ideología religiosa, la Iglesia pretende poner al ser humano como fin primordial de la cultura. Cuando una cultura no valora al hombre por sí mismo, invariablemente termina utilizando a las personas como objetos, como productos.
El motivo de este diálogo, por parte de la Iglesia, es recordarle a cada cultura que el hombre tiene el lugar primordial, por encima de cualquier interés material, político o económico. Juan Pablo II declaró, hace veinticinco años, en la sede de la Unesco que, "en el campo de la cultura, el hombre es siempre el hecho primero: el hombre es el hecho primordial y fundamental de la cultura" (Discurso, 15.VI.1980, n. 8).
Cada cultura y cada fenómeno cultural siempre tiene, al menos de modo implícito, un concepto sobre el hombre. La Iglesia no busca imponer su concepto de hombre. Lo que pretende es colaborar a que esa noción cultural sobre el ser humano ayude realmente a las personas, y ayudar a que, en ningún caso, ese concepto lleve a atropellar los derechos de cada persona.
Por eso, el anterior Romano Pontífice pedía los miembros de la Unesco: «Construyan la paz empezando por su fundamento: el respeto de todos los derechos del hombre, los que están ligados a su dimensión material y económica, y los que están ligados a la dimensión espiritual e interior de su existencia en este mundo» (ibid., n. 22).
Recientemente, Benedicto XVI ha insistido en la misma idea: el hombre y su derechos deben ser el centro de la cultura. Y ha expresado que una tarea fundamental para respetar la dignidad del hombre es respetar el derecho a la vida:
«La Iglesia quiere dar su contribución al servicio de la comunidad humana, iluminando siempre profundamente la relación que une a cada hombre con el Creador de toda vida y que funda la dignidad inalienable de todo ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural» (Mensaje a un Congreso de la Unesco, 24.V.2005).
La Iglesia busca dialogar con la cultura de nuestra época. No busca imponer un modo de pensar o de vivir. Su objetivo es defender la dignidad de cada persona, de modo que la cultura dominante no atropelle los derechos fundamentales de cada ser humano. Y lo que pide a la cultura es que respete al ser humano por sí mismo, empezando por su vida.

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domingo, 26 de junio de 2005

Terrorismo y perdón

Pbro. Dr. Luis-Fernando Valdés

Hace tres días, mientras aún comentábamos la designación de Londres como sede olímpica, las imágenes de violencia y muerte en la Capital del Reino Unido nos dejaron conmocionados. Nuestra reacción se unió a la del resto del mundo: nos sentimos solidarios con las víctimas y con toda Inglaterra.
Ya estarán en curso las acciones de la justicia internacional y de las fuerzas antiterroristas. Ésa es la respuesta civil y militar. Pero ante el terrorismo hace falta también una respuesta de carácter religioso. ¿Qué palabras tiene la fe católica en esta situación, para un mundo con miedo y sin esperanza?
El mensaje nos lo da Juan Pablo II, en su Encíclica Dives in misericordia (sobre Dios Padre, «Rico en misericordia»). Se trata de un documento profético, que describe la situación actual, a pesar de haber sido publicado hace casi 25 años, el 30 de noviembre de 1980.
El anterior Papa plantea que una aportación específica de la Iglesia al hombre de hoy es «dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo», porque a pesar del progreso científico, técnico y social alcanzado, la sociedad de nuestros días está sometida a múltiples «amenazas»: la guerra, el atropello a los individuos y la privación de la libertad (cfr. nn. 10-11).
Juan Pablo II explica que en la sociedad de nuestros días «aumenta el temor existencial» por la amenaza de los conflictos armados. Este temor «exige resoluciones definitivas» (cfr. n. 11). Pero, ¿esa solución consiste en sola justicia? ¿Basta únicamente la justicia para solucionar la amenaza del terrorismo?
Explica el fallecido Pontífice que la Iglesia comparte con los hombres de nuestro tiempo un ardiente y profundo deseo de justicia. No obstante, la sola justicia no basta, porque «la experiencia demuestra que el rencor, el odio e incluso la crueldad han tomado la delantera a la justicia» (n. 12). Y en esos casos, «el ansia de aniquilar al enemigo, de limitar su libertad, se convierte en el motivo fundamental de la acción» (ibid.). La justicia por sí misma no lleva a la reconciliación y a la fraternidad. Por eso, la justicia a secas no es la solución.
La propuesta del Papa anterior consiste en una llamada a ejercitar el «amor misericordioso», que no tiene nada que ver con la lástima ni con una indulgencia tonta que soslaye la justicia. Se trata de un amor es capaz de asumir la justicia y llegar hasta el perdón, que es el único factor que hace posible la fraternidad.
De ahí que «un mundo, del que se eliminase el perdón, sería solamente un mundo de justicia fría e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios derechos a los demás». Y en consecuencia, el egoísmo podría «transformar la vida y la convivencia humana en un sistema de opresión de los más débiles por parte de los más fuertes» (cfr. n. 14).
En cambio, con el amor misericordioso se puede construir lo que Pablo VI llamó la «civilización del amor» (Discurso, 25.XII.1975), porque sólo este amor hace compatibles la justicia y el perdón. La exigencia de perdonar «no anula las objetivas exigencias de la justicia», y la justicia rectamente entendida «constituye la finalidad del perdón». Además, la reparación del mal es «condición del perdón» (cfr. Dives in misericordia, n. 14).
Ésta es la respuesta religiosa: cada hombre y cada nación debe amar con un amor más fuerte que la ofensa, con un amor que lleve al cumplimiento de la justicia sin destruir al próximo, con un amor que lleva a considerar al otro como un hermano. Sólo así se puede amar como Dios nos ha amado (cfr. Juan 13, 24).

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domingo, 19 de junio de 2005

Iglesia y laicidad

Luis-Fernando Valdés

Juan Pablo II fue elegido en una época difícil de las relaciones de la Iglesia con algunas naciones. En 1978, la Iglesia no tenía relaciones diplomáticas con los países comunistas, ni con otros de tradición laica, como el nuestro. El Papa polaco tuvo que abrir camino, y su carisma personal fue un medio muy importante para conseguir la apertura de esas relaciones.
Además del carisma personal del añorado Pontífice, ¿en qué se sustentan las sanas relaciones de la Iglesia con los Estados, de modo que hoy día sigan funcionando? Hablar de relaciones diplomáticas con la Iglesia ¿no es un poco poner en peligro la laicidad del Estado mexicano? ¿Cuál es la verdad sobre este tema?
En primer lugar, es necesario enfocar correctamente en qué consisten esas relaciones diplomáticas. La verdad consiste que la relación entre el Estado y la Iglesia debe ser de respeto mutuo y cooperación, porque tanto el Estado como la Iglesia tienen un ámbito propio e independiente.
Estas relaciones se entienden mal cuando se considera que el Estado y la Iglesia tienen un mismo ámbito de jurisdicción. El error consiste en pensar que la pertenencia a la Iglesia católica —o a cualquier religión— es como pertenecer a otro Estado. Así, erróneamente se pensaría que un católico es simultáneamente ciudadano mexicano y ciudadano del Estado vaticano.
Si así fuera, ambos Estados —el mexicano y el vaticano— entrarían en conflicto pues se estarían disputando el poder sobre los mismo ciudadanos. Y con este enfoque, cada negociación del Estado con la Iglesia equivaldría a perder su poder y soberanía sobre esos ciudadanos.
Las relaciones entre la Iglesia y el Estado están basadas en el principio enunciado por el Concilio Vaticano II, según el cual «la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre» (Gaudium et spes, 76).
Esta sana y necesaria independencia del Estado es lo que llama «laicidad». Un verdadero Estado laico no es ni «clerical» (favorecer a la Iglesia en detrimento de las otras religiones o del propio Estado) ni «laicista» (perseguir o discriminar a la Iglesia o a sus fieles, como si tuvieran menos derechos que el resto de los ciudadanos).
Juan Pablo II siguió este principio de independencia y autonomía para afianzar las relaciones de la Iglesia con los diversos Estados. Su carisma personal siempre estuvo al servicio de estas bases doctrinales. En este tema, la herencia de este gran Papa no es su carisma, sino sus fundamentos teóricos y prácticos.
El nuevo Papa ha dado continuidad a esos principios —con independencia de su carisma—, y recientemente ha afirmado que «es legítima una sana laicidad del Estado en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según sus propias normas» (Discurso, 24.VI.05).
La Iglesia no pretende gobernar los Estados, ni darles indicaciones políticas. No obstante, Benedicto XVI recuerda que la laicidad del Estado no excluye determinadas referencias éticas. Y explica que esas exigencias éticas encuentran su último fundamento en la religión. Por eso, «la autonomía de la esfera temporal no excluye una íntima armonía con las exigencias superiores y complejas que se derivan de una visión integral del hombre y de su eterno destino» (ibid). En este ámbito ético, la Iglesia y el Estado pueden sostener una gran colaboración, sin detrimento de la autonomía.

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domingo, 12 de junio de 2005

El Papa y el Opus Dei

Luis-Fernando Valdés

Se cumplen hoy treinta años de la marcha al Cielo del Fundador del Opus Dei. Su nombre aparece con frecuencia en los medios de comunicación. Canonizado por Juan Pablo II el 6 de octubre de 2002, es considerado un hombre de Dios por millones de personas que siguen sus enseñanzas y acuden a su intercesión. Por otra parte, algunos otros, no tan numerosos, se refieren a él como el creador de un grupo de poder dentro de la Iglesia. ¿Santo o radical de derechas? ¿Cuál es la verdad sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer?
Para resolver estas preguntas, primero recordemos que un principio básico de honestidad intelectual consiste en no observar la realidad con los lentes equivocados. Por ejemplo, analizar una película de ciencia ficción, como Star Wars, desde la teología llevaría a ver herejías y blasfemias por doquier. Lo correcto, en cambio, sería analizarla con los lentes adecuados de la literatura de ficción y de la cinematografía. De igual modo, las realidades religiosas no se deben estudiar con ojos de política, o de sociología, sino con las categorías propias de la fe. Lo contrario sería forzar los temas espirituales a entrar en moldes de «izquierdas-derechas», «progresistas-conservadores».
Por esta razón, la figura de este santo se debe apreciar desde la fe. La importancia de este personaje es de tipo religioso y no de carácter político. Comprender a San Josemaría como un Apóstol de la llamada universal a la santidad es el enfoque adecuado para conocerlo y para juzgarlo. Así es como Benedicto XVI valora el papel que el Fundador del Opus Dei desempeña en la Iglesia.
El entonces Card. Ratzinger escribió que muchos piensan que la santidad no es para ellos, pues sería un ideal demasiado grande, reservado para unos cuantos «gimnastas» de la santidad, que realizan unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Y continuaba: «esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que sido corregida (...) precisamente por Josemaría Escrivá» (L’Osservatore Romano, 6.X.2002).
En efecto, con su ejemplo y su predicación, San Josemaría enseñó un camino fácil y eficaz de vivir a fondo el Evangelio, en medio del mundo, en la vida ordinaria. Y explicó que todos los fieles de la Iglesia —y no sólo unos cuantos— están llamados a ser santos, es decir, a vivir muy cerca de Dios, a pesar de sus defectos y limitaciones.
El entonces Cardenal explicaba que el Fundador del Opus Dei consiguió ser santo no por realizar acciones extraordinarias, sino porque hablaba con Dios, porque era amigo de Dios. «Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas» (L’Osservatore Romano, 6.X.2002).
Este mensaje de santidad en medio del mundo es el atractivo del Fundador del Opus Dei, que con su ejemplo y su mensaje nos llena de esperanza, porque nos recuerda que es fácil buscar a Dios, en medio del mundo, sin desalentarnos por nuestras limitaciones.

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Benedicto XVI, la Iglesia y los Medios de Comunicación

Luis-Fernando Valdés


Juan Pablo II consolidó el ingreso del Papado en la época de las comunicaciones, porque poseía una carismática presencia ante los medios de comunicación. Al llegar Benedicto XVI, más reservado de temperamento, ¿finalizará esta buena relación de la Iglesia con los medios?
Para contestar a esta pregunta, demos una mirada a la historia reciente del Papado. Pío XII (1939-1958) fue famoso por sus mensajes por radio, dirigidos a una sociedad conmocionada por la Segunda Guerra Mundial.
Después, partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha promovido especialmente la colaboración con el mundo de la comunicación social. Este Concilio habló ampliamente de las grandes potencialidades de los medios de comunicación en el documento Inter mirifica (4-XII-1963), donde ve con agrado que estos medios «por su naturaleza, pueden llegar no sólo a los individuos, sino también a las multitudes y a toda la sociedad humana» (n, 1).
Juan XXIII y Juan Pablo I abrieron nuevos caminos en la relación de la Iglesia con los medios comunicación. Sus audiencias publicas fueron transmitidas no sólo por radio, sino además por la televisión.
Sin duda, Juan Pablo II ha sido un gran artífice de este diálogo abierto y sincero entre la Iglesia y los medios de comunicación. Durante más de 26 años de pontificado sostuvo relaciones constantes y fecundas con los periodistas. Es muy significativo que uno de sus últimos documentos está dirigido a los responsables de las comunicaciones sociales. En ese escrito, el añorado Papa recuerda que vivimos en la «época de comunicación global, en la que muchos momentos de la existencia humana se articulan a través de procesos mediáticos, o por lo menos, con ellos se deben confrontar» (Carta Apostólica, 24-I-2005, n. 3).
Y ahora, desde su elección como Romano Pontífice, Benedicto XVI se ha situado en la misma línea de sus antecesores. El nuevo Papa ha mostrado una actitud positiva ya desde su primer discurso a los periodistas. Refiriéndose a la cobertura del Funeral de Juan Pablo II y del Cónclave, el Santo Padre les manifestaba que «gracias a todos vosotros, estos acontecimientos eclesiales de importancia histórica han tenido también una cobertura mundial. Sé muy bien cuánto esfuerzo ha supuesto para vosotros, obligados a estar lejos de vuestra familia y de vuestros hogares, trabajando con horarios prolongados y en condiciones a veces difíciles. Soy consciente de la competencia y la dedicación con que habéis llevado a cabo esta exigente tarea» (Discurso, 23-IV-2005, n. 2).
¿Cuál es el rasgo que marcará la pauta de la relación del Papa Benedicto con los medios? En continuidad con uno de los ejes conductores de su pontificado, el Santo Padre les recuerda el compromiso con la verdad. De ahí que el compromiso ético de los medios será uno de los principales temas de este diálogo.
«Para que los medios de comunicación social puedan ofrecer un servicio positivo al bien común, (...) no se puede dejar de resaltar la necesidad de referirse claramente a la responsabilidad ética de los que trabajan en ese sector, especialmente en lo que respecta a la búsqueda sincera de la verdad y la salvaguardia de la centralidad y de la dignidad de la persona» (ibid, n. 4).
Benedicto XVI ya mostró cuál será su actitud ante las comunicaciones sociales. En continuidad con los Papas anteriores, buscará una franca apertura y será pregonero del compromiso ético de los medios.

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lunes, 6 de junio de 2005

Benedicto XVI Matrimonio y relativismo

Luis-Fernando Valdés


Actualmente es difícil encontrar un consenso social sobre qué es el matrimonio. Más que un concepto de matrimonio, lo que hallamos es una exposición de los diversos modelos que hoy día se dan de hecho: se le llama matrimonio a cualquier tipo de convivencia estable por cierto tiempo. No importa si los cónyuges planean vivir juntos hasta que la muerte los separe.
Esta situación parece políticamente correcta, pues hoy es común afirmar que todos tienen derecho a rehacer sus vidas. Pero en el fondo, se trata de una faceta más del relativismo. Si todos los modelos de matrimonio son válidos, en realidad, ninguno es verdadero.
Hace apenas unos días, Benedicto XVI pronunció un discurso sobre la naturaleza del matrimonio, partiendo de las enseñanzas de Juan Pablo II, para proteger esta institución de las dificultades y amenazas impuestas por el relativismo.
El núcleo de su mensaje consiste en que la indisolubilidad del matrimonio hunde sus raíces en la naturaleza humana. La postura del Papa se opone a la doctrina que afirma que el matrimonio «para siempre» es el resultado de diversas situaciones históricas y económicas.
Según el relativismo, para la sociedad medieval el modelo indisoluble era válido, porque era el arquetipo que la sociedad escogió o impuso. Pero ese paradigma era producto de un acuerdo de la mayoría, no fruto de un requerimiento interior del hombre.
El Papa Benedicto sostiene que el matrimonio indisoluble no es una imposición de la Iglesia, sino una exigencia de la condición humana. El hombre es un ser capaz de relacionarse con los demás, no sólo por motivos prácticos, sino también por amor. «La vocación al amor es lo que hace del hombre auténtica imagen de Dios: se hace semejante a Dios en la medida en que se convierte en alguien que ama» (Discurso, 6-VI-2005).
Varón y mujer pueden establecer una relación de amor, y de ese vínculo surge un nuevo «lazo»: el que se da entre la persona y el vínculo matrimonial que ella ha originado. Esta afirmación del Santo Padre es un desafío a lo que, con frecuencia, dicen que creen en el amor, pero no creen en el matrimonio. Afirman que no necesitan de un formalismo social para amarse o para continuar juntos.
Sin embargo, la persona sí puede formar un matrimonio, porque el hombre es capaz de abarcar la totalidad del tiempo de su vida, mediante su libertad. Cuando el hombre y la mujer se dicen «sí», establecen un pacto duradero. El «sí» del ser humano va más allá del momento presente: el «sí» significa «siempre». El «sí» constituye el espacio de la fidelidad, y también el espacio para el futuro, en el que puede tener lugar una nueva vida (cfr. ibidem).
Así surge el matrimonio como institución, porque este «sí» personal tiene que ser necesariamente un «sí» que es públicamente responsable, con el que los cónyuges asumen la responsabilidad pública de la fidelidad, que garantiza también el futuro para la sociedad.
Por eso, el matrimonio, como institución indisoluble, no es un producto inventado por la sociedad. Por el contrario, concluye el Papa, «es una exigencia intrínseca del pacto de amor conyugal y de la profundidad de la persona humana» (ibidem).
Nuevamente, Benedicto XVI da la batalla contra el relativismo, que amenaza a la institución fundamental de la sociedad. Al afirmar que el matrimonio es para siempre, el nuevo Papa se convierte, como Juan Pablo II, en un auténtico defensor de la persona y del verdadero amor humano.

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domingo, 29 de mayo de 2005

Benedicto XVI en defensa de los minusválidos

Luis-Fernando Valdés López

Benedicto XVI sigue insistiendo en que se puede conocer la verdad, y que el relativismo es el enemigo contemporáneo del hombre. Vayamos al fondo de la cuestión. ¿Se trata de una pretensión meramente académica, despegada de la vida real? ¿Es acaso el último intento de volver al pasado, cuando ingenuamente se creía en la verdad?
La insistencia del Papa sobre la verdad tiene un objetivo que no es meramente intelectual. El Pontífice sostiene que, en la práctica, cuando se niega la verdad sobre el hombre, invariablemente se termina atacando al propio ser humano.
Esta convicción no es producto un especulación hecha en una biblioteca, sino el resultado de una vivencia de su juventud. Narra el entonces Cardenal Ratzinger que, en 1941, el régimen nazi ordenó que un primo suyo con síndrome Down fuera llevado a un asilo para recibir una mejor asistencia. Y al poco tiempo les llegó la noticia que el niño murió de pulmonía y que fue incinerado. Más tarde, en otro pueblo donde él había vivido en su infancia, una viuda que se había quedado sin sus hijos perdió la razón. También el régimen la envío un asilo, donde al poco tiempo también murió de pulmonía. Y luego ocurrió lo mismo a sus vecinos de la finca de al lado.
Por eso, «ya no cabía tener dudas de cuanto estaba sucediendo: se trataba de una sistemática eliminación de cuantos no eran considerados productivos. El Estado se había arrogado el derecho de decidir quién merecía vivir y quién debía ser privado de la existencia» (Conferencia, 28-XI-1996).
Y luego el entonces Cardenal llega al fondo de la cuestión de estos trágicos episodios. Allí donde la dignidad intocable de cada hombre se deja de respetar, «no sólo se ve amenazado cada individuo, sino que es todo el género humano el que está en peligro» (ibidem).
El hombre es intocable y debe ser respetado por todos porque posee en sí mismo un principio inviolable. Ese principio consiste en que el hombre ha sido creado «a imagen y semejanza de Dios» (Génesis 1, 26). Y el Card. Ratzinger explica que «imagen de Dios es la creatura, precisamente por el hecho de que participa de la inmortalidad de Dios». Pero más aún, el hombre «llega a ser imagen de Dios, en la medida en que entra en comunión con Cristo, en que se conforma con él», porque «Cristo es la idea fundamental del Creador» y Dios crea al hombre a partir de esta idea fundamental (ibidem).
Llegamos al punto central: la imagen de Dios en el hombre, ¿puede ser destruida? ¿existen hombres que no son imagen de Dios? ¿está oscurecida la imagen de Dios en el inocente que sufre, en aquel que la racionalidad no llega a plenitud por una enfermedad cerebral? No. Las personas que sufren una minusvalía, son de un modo particular semejantes a Cristo crucificado y, por eso, «se han acercado en una particular comunidad con el único que es la imagen misma de Dios» (ibidem).
La verdad del hombre es ésta: el ser humano posee una dignidad inalienable, porque fue creado a imagen de Dios. La historia nos enseña que donde se niega esta verdad, el hombre es un objeto, que se puede comerciar o encerrar en cámaras de gas.
Cuando defiende la capacidad humana de conocer la verdad, Benedicto XVI no nos habla de teorías académicas, sino que sale en defensa del hombre más débil. Hoy día el Papa sigue siendo la voz de los desprotegidos, el auténtico defensor del hombre ante los ataques de los ilegítimos intereses políticos o comerciales.

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domingo, 22 de mayo de 2005

Benedicto XVI Cristianismo y alegría

Luis-Fernando Valdés López

Es frecuente escuchar, cuando se habla de religión, que el cristianismo es triste o, al menos, monótono y aburrido. Se trata de un prejuicio sobre el cristianismo, cada vez más arraigado en nuestra cultura, y que se remonta al mismo Frederich Nietzsche.
Según este pensador alemán, la religión cristiana considera que es mala la alegría. Y lo denunciaba de esta manera: «¿Cuál había sido hasta entonces el gran pecado sobre la tierra? ¿No había sido la palabra de aquel que dijo: “¡Ay de aquellos que ahora ríen!”?» (Así habló Zaratustra, p. 286). Nietzsche quería reír aquí en este mundo, no en el futuro, y por eso dijo: «queremos el reino de la tierra» (ibid, p. 459).
Más aún Albert Camus a la frase de Cristo: «mi Reino no es de este mundo», oponía esta afirmación: «nuestro reino es de este mundo» (Essais, 1965, p. 1225). ¿Acaso el cristianismo no nos ha sacado de este mundo, cuando nos prohibió el árbol en medio del Paraíso? ¿Acaso no nos ha prohibido todo?
En 1980, el entonces Card. Ratzinger abordó directamente esta acusación que pesa sobre el cristianismo. He aquí su respuesta.
Su primera observación consiste en que el hombre que se libera de los árboles prohibido, no consigue la alegría verdadera en la tierra. Es un hecho constatado que el asco y el aburrimiento son un mal que aflige hasta al más libertino. Entonces, tampoco la liberación de las prohibiciones hace feliz al hombre. Por eso, «tanto la disciplina como la indisciplina parecen esclavizar al hombre, dejarle triste y vacío» (Teoría de los principios teológicos, 1982, p. 90).
Luego entra a la cuestión de fondo. ¿Qué es lo que realmente da alegría al hombre? ¿Qué es lo que le quita la alegría? Para responder hace una observación de la vida cotidiana: de las personas que respiran tristeza o que dan una impresión penosa, se dice que no se aguantan a sí mismas. Y una persona triste queda cerrada a los demás, porque ¿cómo puede aguantarse a sí mismo o a otro, quien se encuentra desgarrado en sí mismo?. Lo que le quita a una persona la alegría es la incapacidad para abrirse a otro.
Después, llega a la cuestión que preocupaba a Nietzsche: si el cristianismo obliga a estar triste. El prelado alemán afirma que si se confunde egoísmo con aceptación de sí mismo, se puede caer una moral autodestructiva. El cristianismo no rechaza la afirmación de sí mismo. La aceptación de sí mismo no es egoísmo. Autoestima y egoísmo no son lo mismo.
Y entonces expone la solución. «La raíz de la alegría es que el hombre esté de acuerdo consigo mismo. Quien puede aceptarse a sí mismo, ha conseguido el sí decisivo. Vive en el sí, en la aceptación positiva. Y quien puede aceptarse, puede aceptar también el tú, puede aceptar el mundo. La razón de que un hombre no pueda aceptar el tú, es que no puede aguantar su yo» (ibid., p. 92).
Y para que el hombre pueda aceptarse, necesita experimentar primero ser aceptado, no con palabras sino con amor. «El hombre es ese extraño ser que no sólo necesita un nacimiento físico sino que tiene que ser bien aceptado y recibido para poder afirmarse y existir» (ibidem).
Y justamente esto es lo que ocurre en el cristianismo. Para Dios, el hombre es tan importante que ha llegado a morir por él. «Si Dios nos ama así, es que somos verdaderamente amados. Entonces la vida merece la pena». (ibid, p. 94). La Cruz es la señal de que Dios ha aceptado al hombre. Por eso el cristiano puede aguantarse a sí mismo, y puede estar alegre, aun en la adversidad misma.

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domingo, 15 de mayo de 2005

Benedicto XVI y Juan Pablo II

Luis-Fernando Valdés López

El carisma de Juan Pablo II ha marcado ya el estilo del papado para el tercer Milenio del cristianismo. Queda atrás la figura de un Papa-Rey, y está presente la imagen viva de un Papa-Amigo, cercano y cariñoso. Y al primero que le ha tocado recorrer este nueva vía es a Benedicto XVI.
Es en esta continuidad como hay que interpretar la sucesión de Juan Pablo II. En días pasados no han faltado quienes han querido sostener que no habrá continuidad en el papado, porque no hay «continuidad» entre la personalidad de Juan Pablo II y la de Benedicto XVI.
La permanencia y estabilidad del pontificado romano no se basa en los rasgos de temperamento y carácter de los papas, sino en una realidad sobrenatural. Se trata del querer de Jesucristo, que dijo a San Pedro: «tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mateo 16, 18).
Y desde este presupuesto espiritual, se construye la continuidad también desde el punto de vista humano. Y nos llena de emoción recordar que desde los primeros días de su ministerio petrino, Benedicto XVI ha manifestado su cariño por Juan Pablo II, y ha pedido su intercesión desde el Cielo.
Así, en la Misa de exequias de Juan Pablo II, en la Basílica de San Pedro, el entonces Cardenal Ratzinger recordaba que el Santo Padre solía asomarse por el balcón de su departamento para saludar a los peregrinos. Y luego afirmo que «podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo Padre», exclamó emocionado (Homilía, 8.IV.05).
Algunos especialistas afirmaron que el nuevo Papa alemán vendría a dar marchar atrás a los logros de Juan Pablo II. Pero la realidad ha sido otra. El Cardenal Ratzinger desde su elección tuvo conciencia de ser el continuador del papado del nuevo Milenio. Más aún se sabía espiritualmente escogido por el mismo Juan Pablo II. En su primera homilía como Romano Pontífice, Benedicto XVI afirmó que considera su elección «como una gracia especial que me ha concedido mi venerado predecesor, Juan Pablo II. Me parece sentir su mano fuerte que estrecha la mía, me parece ver sus ojos sonrientes y escuchar sus palabras que en este momento se dirigen particularmente hacia mí: “¡No tengas miedo!”» (Homilía, 20-IV-05).
El Cardenal alemán fue, durante 22 años, uno de los colaboradores más cercanos a Juan Pablo II. Fue testigo de la vida santa de aquel inolvidable Pontífice. Esta certeza de la santidad de Juan Pablo II, le llevó a afirmar en su Misa de inicio de Pontificado que el fallecido Papa estaba ya en el Cielo. Aseveró que en compañía de los santos llegó «hasta la gloria de Dios. Nosotros sabíamos que allí se esperaba su llegada. Ahora sabemos que él está entre los suyos y se encuentra realmente en su casa» (Homilía, 24.IV.04).
Ese día, en la Plaza de San Pedro se podía apreciar pancartas que, en italiano, decían: «santo subito», que significa «santo de inmediato». Esa es la convicción de millones de almas. Y de Benedicto XVI también. El pasado día 13 de mayo, anunció que ya había iniciado el proceso de canonización de Juan Pablo II. El Papa dispensó los cinco años reglamentarios que se deben esperar antes de iniciar un proceso de este tipo.
La diferencia de temperamento entre Juan Pablo II y Benedicto XVI no ha generado conflicto, ni ruptura en el papado. Hay una continuidad de origen divino, que se apoyada en el cariño y admiración del Papa actual por su antecesor, en la certeza su santidad y en la confianza de su protección. Esta base humana de empatía humana y espiritual de Benedicto XVI por Juan Pablo II nos proporciona la seguridad de una sólida continuación en el nuevo estilo del Pontificado Romano contemporáneo.

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Benedicto XVI y el ecumenismo

Luis-Fernando Valdés López

La elección del Papa Benedicto XVI representa la continuidad en el diálogo ecuménico. Se trata de una verdadera esperanza para la unidad de la Iglesia. Sin embargo, es frecuente que no todos alcancen a comprender que es lo que quiere decir «ecumenismo».
Además de las confusiones conceptuales, hoy día se suman las frases estereotipadas sobre el actual Romano Pontífice: duro, intransigente, conservador. Con un hombre así, el diálogo con las otras religiones cristianas estaría cerrado.
Por esta razón, quizá más de alguno interprete que «ecumenismo» signifique el deseo imperialista de la Iglesia Católica de erigirse como la única religión. Tal vez otros supongan que se trata de un cambio en el interior de la Iglesia: aceptar que todas las religiones tienen el mismo valor.
¿Qué significa ecumenismo? El ecumenismo es el esfuerzo de la Iglesia Católica para conseguir la unidad de todas las confesiones cristianas: ortodoxos, luteranos, calvinistas, anglicanos, etc. Se trata de buscar la unidad de todos los que confiesan que Jesucristo es Dios, que se hizo hombre para salvarnos. En cambio, el ecumenismo no se refiere al diálogo de la Iglesia con las religiones no cristianas: judíos, musulmanes, budistas, hinduistas, etc.
¿En qué se funda el ecumenismo? Es una pregunta urgente hoy día. La mentalidad moderna afirma que si los seguidores de las diversas religiones cristianas están contentos con sus respectivas Iglesias, y si pueden convivir pacíficamente unos con otros, ¿para qué buscar unirlos en una sola confesión?
El fundamento del ecumenismo no es de origen humano. No se basa en la opinión o en el acuerdo de una mayoría. Su origen es sobrenatural: procede del deseo de Jesús mismo, que en horas antes de sufrir la Pasión, rogó a Dios Padre «que todos sean uno, para que el mundo pueda creer» (Juan 17, 21). Este deseo de Dios se convierte en una tarea para todos los cristianos: buscar la unidad de todos los bautizados.
Benedicto XVI afirma de sí mismo «que sabe tiene que hacerse cargo de modo muy particular de este supremo deseo del divino Maestro». Y también que «asume como compromiso prioritario trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo. Ésta es su ambición, éste es su apremiante deber» (Homilía 20-IV-2005, n. 5).
En esta difícil tarea, el Romano Pontífice actual no es pionero, sino continuador. «Siguiendo las huellas de mis predecesores —afirmó Benedicto XVI—, en particular de Pablo VI y de Juan Pablo II, siento intensamente la necesidad de afirmar nuevamente el compromiso irreversible, asumido por el Concilio Vaticano II y continuado a través de los últimos años» (Discurso, 25-IV-2005).
El Papa actual ha propuesto dos medios para buscar esa unidad. Primero, continuar el diálogo teológico, que ya ha dado pasos firmes, como la Aclaración sobre la Profesión de Fe (1997), que facilitó el entendimiento doctrinal con los ortodoxos griegos, y como la Declaración conjunta católico-luterana sobre la Justificación, que resolvió la controversia central de Martín Lutero.
Y segundo, para Benedicto XVI «lo que más urge es esa “purificación de la memoria”, tantas veces evocada por Juan Pablo II, la única que es capaz de preparar los espíritus para acoger la verdad plena de Cristo». Ya que «es indispensable profundizar en los motivos históricos de decisiones tomadas en el pasado» y que han afectado la unidad (Homilía 20-IV-2005, n. 5).
Por lo tanto, este nuevo Papado se prevé como continuidad del esfuerzo ecuménico, que conducirá al entendimiento entre cristianos, lo que sin duda contribuirá a una mayor paz en el mundo. Esperamos que Benedicto XVI pase a la historia como el Papa de la Unidad y de la Paz.

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domingo, 8 de mayo de 2005

Benedicto XVI y las otras religiones

Luis-Fernando Valdés López

Fue muy llamativo que los vaticanistas mexicanos comentaran que la elección del Benedicto XVI sería un paso atrás, en el diálogo de la Iglesia Católica con las otras religiones. El motivo aducido consistía en que el entonces Cardenal Ratzinger había elaborado la Declaración «Dominus Iesus», fechada el 6 de agosto de 2000, y aprobada por Juan Pablo II.
Y, a partir de ese dato, esos vaticanistas sacaban dos conclusiones. La primera era que la Iglesia se mostraba intolerante respecto a las otras religiones, porque ese documento indicaba que sólo la fe católica es la religión verdadera. Y la segunda hacía referencia a la personalidad del Cardenal: se trataba de un hombre intransigente.
Para un lector exigente, esa conclusiones dejan mucho que desear. En primer lugar, vale la pena entender bien el contenido y el contexto de esa Declaración pontificia. Y a continuación interesa saber cuál el es pensamiento de Benedicto XVI sobre este tema, y en base a sus palabras juzgar si es un hombre abierto al diálogo o no.
La Declaración «Dominus Iesus» fue la respuesta a la postura de algunos teólogos que confiesan que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, pero piensan la revelación de Dios en Cristo no puede ser considerada completa y definitiva, sino que debe ser siempre considerada en relación con otras posibles revelaciones de Dios. De este modo, se introduce la idea errada de que las religiones del mundo son complementarias a la revelación cristiana.
Para el entonces Card. Ratzinger el «principio de la tolerancia y respeto de la libertad es hoy manipulado y superado indebidamente cuando se extiende al aprecio de los contenidos, como si todos los contenidos de las diversas religiones y de los conceptos no religiosos de la vida se tuviesen que situar al mismo nivel, y ya no existiese una verdad objetiva y universal, porque Dios o el Absoluto se revelarían con numerosos nombres, pero todos ellos serían verdaderos. Esta falsa idea de tolerancia está relacionada con la pérdida y la renuncia de la cuestión de la verdad, que hoy muchos consideran una cuestión irrelevante o de segunda clase».
Por eso, este documento pontificio viene a recordar que ciertamente, las diferentes tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad, pero con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los hombres. Y afirma que esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista «marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que una religión es tan buena como otra» (cfr. Cap. VI).
Como se puede apreciar, la Declaración «Dominus Iesus» no plantea la intolerancia, sino que sale al paso de un equívoco: que a nombre de la tolerancia se caiga en el relativismo. Y desde ahí no puede deducirse, como hicieron esos vaticanistas, que el Papa tenga una personalidad «dura e inflexible». Basta leer las primeras declaraciones de Benedicto XVI para ver su apertura hacia las otras religiones.
En su primera homilía como Papa tuvo unas palabras para «aquellos que siguen otras religiones». Se dirigió a ellos «con sencillez y cariño para asegurarles que la Iglesia quiere seguir manteniendo con ellos un diálogo abierto y sincero, en búsqueda del verdadero bien del ser humano y de la sociedad» (20-IV-2005).
Y el día anterior a la inauguración solemne de su Pontificado dirigió este mensaje a los representantes musulmanes que asistirían a ese evento. «Os aseguro que la Iglesia quiere seguir construyendo puentes de amistad con los seguidores de todas las religiones para buscara el bien verdadero de todas las personas y de la sociedad entera» (25-IV-2005).
El Papa Benedicto XVI ha mostrado su convicción de que Cristo ha revelado a la Iglesia la plenitud de la verdad sobre Dios, y que esa firmeza nada tiene que ver con la intolerancia ni con el relativismo. Y ha dado muestras de una actitud personal de apertura al diálogo con las otras religiones.

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domingo, 1 de mayo de 2005

Benedicto XVI ante la «dictadura del relativismo»

Luis-Fernando Valdés López

En la homilía de la Misa, con la que daba comienzo el pasado Cónclave, el Decano del Colegio cardenalicio, el entonces Card. Joseph Ratzinger, enunció algunos de los retos que enfrentaría el próximo Papa. En ese mensaje puso especial énfasis en un fenómeno de la cultura contemporánea, al que llamó la «dictadura del relativismo».
Estas palabras del Decano causaron revuelo. Para algunos analistas, esa homilía habría significado la descalificación del Card. Ratzinger como futuro Romano Pontífice, ya que esa postura era demasiado rígida y poco atenta a la sensibilidad del mundo de hoy.
¿Por qué esa afirmación causó tanta conmoción? Porque el relativismo está fuerte arraigado en nuestra mentalidad contemporánea. Esta postura cultural afirma que no existe una verdad absoluta, válida para todos los seres humanos. Más bien sostiene que la verdad se construye en cada época de la historia: no existe la verdad definitiva sobre el hombre, sino que el hombre es lo que cada uno opina, aquí y ahora.
En nuestro tiempo, enfrentarse al relativismo es equivalente a ser intransigente, porque nadie tendría derecho a imponer una verdad sobre el hombre, ya que se parte de que esa verdad no existe. Esa oposición al relativismo significaría también oponerse a la democracia, pues como no existiría una verdad común sobre la conducta humana, cada uno puede hacer lo que desee y nadie puede calificar esas acciones como malas o como incorrectas.
El descuerdo de Benedicto XVI con el relativismo suscitó controversia, porque hasta ahora las afirmaciones del nuevo Papa se han tomado como un deseo de imponer una idea, de someter las conciencias a un patrón fijo. Sin embargo, ¿es eso lo que quiso exactamente decir el Santo Padre?
Lejos de esclavizar las conciencias, Benedicto XVI pretende liberar al hombre de hoy. No intenta anclarse en el pasado, sino desatar las cadenas presentes que comprometen el futuro del ser humano. Si no existe una verdad sobre el hombre, no queda más remedio que recluirse en la cuestión de lo útil. Y desde el punto de vista de la utilidad, el ser humano no pasa de ser una estadística, un efecto colateral, una pieza reemplazable: se convierte en una cosa.
En un discurso pronunciado en Madrid, el 16 de febrero de 2000, el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, explicaba más a fondo los peligros del relativismo. El punto de referencia es la capacidad natural del hombre para conocer la verdad. Toda filosofía tiene como núcleo preguntarse «si el hombre puede conocer la verdad, las verdades fundamentales sobre sí mismo, sobre su origen y su futuro, o si vive en una penumbra que no es posible esclarecer». Sólo si el hombre es capaz de conocer la verdad, la propia existencia tiene sentido. Sólo si existe una verdad sobre el ser humano, se puede respetar la dignidad de cada persona.
En la cultura de nuestros días, la ciencia «ciertamente busca verdades pero descalifica como no científica la cuestión de la verdad». Lo importante es estudiar si las frases de un discurso intelectual tienen coherencia, pero no si esas afirmaciones corresponden con la realidad de las cosas. «Una cientificidad ejercida de este modo inmuniza frente a la verdad», advertía el entonces Card. Ratzinger. Pero «el hombre no está aprisionado en el cuarto de espejos de las interpretaciones; puede y debe buscar el acceso a lo real, que está tras las palabras y se le muestra en las palabras y a través de ellas».
Por esa razón, nuestra cultura ha caído en el pragmatismo. «La cuestión no es la verdad, sino la praxis, el dominio de las cosas para nuestro provecho». El relativismo se presenta como un liberador de todo dogmatismo, y se convierte en un tirano, que convierte al hombre en un objeto manipulable. El ser humano queda a merced de quien ejerce el poder —ya religioso, intelectual o político— y no hay ninguna verdad que pueda protegerlo: porque ni los derechos más básicos formarían parte de la verdad del hombre. De nuevo el pragmatismo: los derechos se conceden, si es para utilidad del que manda.
Como se puede observar, la actitud de Benedicto XVI no es oponerse al hombre contemporáneo, sino liberarlo los atropellos del relativismo. La propuesta del Papa, en continuidad con el mensaje de Juan Pablo II, consiste en «rehabilitar la cuestión de la verdad».
Aquí se refleja también el talante intelectual y moral del nuevo Pontífice. Es un hombre convencido de que la verdad libera al hombre. Cuando fue consagrado obispo el 28 de mayo de 1977, Joseph Ratzinger tomó como lema una palabras la tercera Carta de San Juan: «colaborador de la verdad». Y explicaba sus motivos: «en el mundo de hoy el argumento “verdad” ha casi desaparecido porque parece demasiado grande para el hombre, y sin embargo, si no existe la verdad todo se hunde», por eso, «este lema episcopal me pareció que era el que estaba más en línea con nuestro tiempo» (Mi vida. Ed. Encuentro, 1977, p. 130).

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domingo, 24 de abril de 2005

Mitos y realidades sobre Benedicto XVI

Luis-Fernando Valdés López



Habemus Papam! Y salió, por el balcón de la Basílica de San Pedro, Benedicto XVI, sonriente, saludando a los miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro. Se presentó a sí mismo, como un «humilde trabajador de la viña del Señor». Esa descripción coincidía perfectamente con el recuerdo que yo guardaba del entonces Cardenal Ratzinger, cuando tuve la oportunidad de conversar unos minutos con él, en enero de 1998, durante un evento académico de la Universidad de Navarra (Pamplona, España).
Y quizá por eso, me contrastaron mucho algunas opiniones bastante duras sobre su persona, que algunos medios de comunicación emitieron desde el momento de su elección como Romano Pontífice. Se le tildó —entre otras acusaciones— de nazi, de intransigente, de reprimir a los teólogos de la liberación. ¿Qué hay de cierto en todo eso? ¿Se trata de acusaciones fundadas en la realidad? ¿O estamos presenciando el nacimiento de los mitos en torno a Benedicto XVI?

¿Pasado nazi?
El primero de los mitos sobre Benedicto XVI es la acusación de que en su juventud militó con los nazis. ¿Qué hay de verdadero en esto? La respuesta la encontramos rápidamente el libro publicado por Joseph Ratzinger en 1997, titulado Mi vida. Recuerdos (1927-1977). Ahí cuenta que en 1943, cuando él tenía 16 años y era ya seminarista, el gobierno de Hitler realizó una leva, y así le tocó ingresar al ejército alemán.
Cuenta que en vista de la creciente carencia de personal militar, los hombres del régimen idearon que los estudiantes utilizaran su tiempo libre en servicio de defensa antiaérea. «Así, el pequeño grupo de seminarista de mi clase —de los nacidos entre 1926 y 1927— fue llamado a los servicios antiaéreos de Munich. Habitábamos en barracones como los soldados regulares, que eran obviamente una minoría, usábamos los mismo uniformes y, en lo esencial, debíamos llevar a cabo los mismos servicios, con la sola diferencia que a nosotros se nos permitía asistir a un número reducido de clases» (p. 43).
Más adelante en 1944, fue asignado a un campamento en Austria, en la frontera con Hungría y la entonces Checoslovaquia. Ahí los oficiales eran «nazis de los primeros tiempos ... fanáticos que nos tiranizaban con violencia» (p. 45). Y cuenta que una noche, ya muy tarde, pusieron a su pelotón en formación. Entonces, «un oficial de la SS nos llamó uno a uno fuera de la fila y trató de inducirnos como “voluntarios” en el cuerpo de la SS, aprovechándose de nuestro cansancio y comprometiéndonos delante del grupo reunido» (p. 46).
Cuando llegó su turno, el joven Ratzinger se negó. «Junto con algunos otros, yo tuve la fortuna de decir que tenía la intención de ser sacerdote católico». La reacción de los oficiales de la SS —ese «cuerpo criminal», lo llama— fue inmediata: «fuimos cubiertos de escarnio e insultos, pero aquellas humillaciones nos supieron a gloria», porque se habían librado de ese enrolamiento falsamente “voluntario” (p. 46).
Como se puede apreciar, lejos de ser un miembro del partido nazi, Joseph Ratzinger fue víctima del nazismo. Y nos ha dejado constancia de su clara oposición a formar parte de ese sistema.

¿Inquisidor de herejes?
En 1982, el Cardenal Ratzinger tomó posesión del cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF). Se trata del organismo vaticano encargado de tutelar la ortodoxia de la fe católica. Era un cargo por demás célebre: se trataba de la antigua Inquisición, del anterior Santo Oficio. Y las sombras de intolerancia se cernieron sobre él. Pero ¿en realidad el Cardenal Ratzinger fue un intolerante durante su gestión como Prefecto?
Todo lo contrario. Su espíritu sencillo y abierto queda reflejado en el giro que él mismo dio a la CDF. Este nuevo estilo, más abierto, más de diálogo se refleja en el Reglamento para el examen de las doctrinas (30-V-1997). Además, cuando un Autor es sometido a un proceso doctrinal ante la CDF, el interesado tiene derecho a dos abogados, uno de ellos se le asigna de oficio.
El caso del famoso teólogo moralista Marciano Vidal, redentorista, es representativo de este nuevo modo de proceder de la CDF. Después de un primer estudio del «Diccionario de ética teológica», y del libro «Moral de Actitudes», del P. Marciano Vidal, la CDF, a causa de los errores y de las ambigüedades encontrados, decidió emprender un estudio más profundo de esas obras. El 13 de diciembre de 1997 la CDF envió al autor, a través del Superior General de su Congregación, el texto de la «Contestatio», es decir el dictamen de la CDF.
El Autor envío una «Respuesta», redactada por él mismo y ayudado por el Consejero elegido por él, y acompañada por una carta de su Superior General. La CDF recibió esa «Respuesta», el 4 de junio de 1998. La examinó, y la consideró insatisfactoria. Por eso, decidió ofrecer al autor una nueva posibilidad de clarificar su pensamiento sobre los puntos en examen (20 de enero de 1999).
El nuevo texto de la CDF, acompañado de una carta, se entregó al Superior General de la Congregación del Santísimo Redentor en una reunión que tuvo lugar en la sede de la CDF (7 de junio de 1999). En esta reunión se comunicó el resultado del examen de la Respuesta, así como la decisión de la CDF, de carácter excepcional, de volver a formular los puntos en discusión, con objeto de facilitar una respuesta más puntual y precisa.
Se determinó que la respuesta del P. Vidal, redactada de forma personal, inequívoca y sucinta, debía llegar a la Congregación para la Doctrina de la Fe antes del próximo 30 de septiembre. Y esa respuesta llegó el 28 de septiembre. El texto de la segunda «Respuesta» fue sometido a examen. Y el 10 de noviembre de 1999 concluyó el proceso.
Aunque Vidal manifestó su disposición para corregir las ambigüedades referentes a la procreación artificial heteróloga, al aborto terapéutico y eugenésico y a las leyes sobre el aborto, este teólogo no proponía modificaciones concretas y sustanciales a las otras posiciones erróneas señaladas por la CDF. Y por eso, el Dicasterio romano decidió enviarle una «Notificación» (amonestación oficial).
El 2 de junio de 2000 se le comunicó formalmente la Notificación al P. Vidal, y después de un sereno diálogo, este Autor aceptó el juicio doctrinal formulado por la CDF, y se comprometió formalmente a reelaborar sus escritos, según los criterios establecidos.
Casi tres años de diálogo. Se llegó a un acuerdo. Nada de torturas, ni de hogueras. ¿Dónde está el Inquisidor? ¿Dónde está el intransigente?

¿Destructor de la Teología de la Liberación?
El mismo día de su elección como Sucesor de San Pedro, la televisión española entrevistaba a algunos de los llamados «Teólogos de la liberación». Estos afirmaban que el nuevo Papa, cuando había sido el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, los había condenado porque no tenía las categorías mentales necesarias para apoyarlos. El mensaje era claro: se trataba de un hombre cerrado a las nuevas formas de pensamiento.
Suena interesante la acusación. Pero seguramente hoy día pocos lectores saben qué es la «Teología de la Liberación». Seguramente les sonará como un movimiento cultural latinoamericano de los años sesentas y setentas, aunque quizá no acierten a entender qué proponían.
Se trata de un movimiento teológico que tenía la opinión de que la tradición teológica existente hasta entonces no resultaba aceptable. Y proponía hacer una nueva teología basada en la Escritura, pero interpretada desde la psicología, la sociología y la interpretación marxista de la historia. Su objetivo inmediato, muy loable, era enfrentar la pobreza y la opresión sufrida en América Latina.
Se trata de una Teología muy atractiva, pues dialogaba directamente con las ciencias humanas en boga, y buscaba dar una respuesta social. Pero en la práctica, se estaba causando un ruptura en el seno de la Iglesia. ¿Qué tenía esa doctrina que la hacía peligrosa para la fe? Algunos lo intuían, pero muy pocos lo sabían explicar.
El entonces Cardenal Ratzinger elaboró un dictamen que llega al núcleo de la «Teología de la Liberación», y que muestra su incompatibilidad con la fe. Según el Prefecto, esta teología vaciaba «seriamente la realidad global del cristianismo en un esquema de praxis sociopolítico de liberación».
Y esto era casi imperceptible porque «muchos teólogos de la liberación siguen usando gran parte del lenguaje ascético y dogmático de la Iglesia, pero en clave nueva; de tal manera que, quien la lee o la escucha partiendo del otro fundamento distinto [del tradicional], puede tener la impresión de encontrar el patrimonio tradicional; ciertamente con el añadido de algunas afirmaciones “un poco extrañas”, pero que, unidas a tanta religiosidad, no podrían ser peligrosas» (J. Ratzinger – V. Messori, Informe sobre la fe, BAC, 1985, p. 195).
Esta teología nueva «se presenta como una nueva hermeneútica de la fe cristiana», es decir, como una reinvención de todas la formas de la vida eclesial: la constitución eclesiática, la liturgia, la catequesis y las opciones morales (cfr. ibid. p. 194).
Este dictamen dio lugar a dos documentos de la CDF, Libertatis nuntius (6-VIII-1984) y Libertatis conscientiae (23-III-1986). Con estos textos se dio por zanjada la cuestión.
Ante este fino análisis intelectual elaborado por el Cardenal Ratzinger, cabe preguntar a esos Teólogos si captar el fondo de una cuestión tan difícil, si descubrir el cambio de doctrina que ellos proponían, es estar cerrado a las nuevas formas de pensamiento. Da la impresión de que etiquetan de cerrado a quien no piensa como ellos.

Hasta aquí la exposición de algunos de los mitos que empiezan a correr sobre Benedicto XVI. Al desenmascararlos, se puede ver por contraste la verdadera personalidad del nuevo Papa: es un hombre valiente que supo no ceder ante el nazismo, de un hombre que sabe dialogar pacientemente con los teólogos, de un hombre de exquisita finura intelectual y de un gran sentido de la verdadera fe.
Habemus Papam. Tenemos un Papa nuevo, dotado de una gran humildad, que se manifiesta en esa capacidad de escuchar y en esa valentía para llamar a los errores por su nombre, sin desear quedar bien ante los hombres, sino sólo ante Dios.

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