domingo, 22 de mayo de 2005

Benedicto XVI Cristianismo y alegría

Luis-Fernando Valdés López

Es frecuente escuchar, cuando se habla de religión, que el cristianismo es triste o, al menos, monótono y aburrido. Se trata de un prejuicio sobre el cristianismo, cada vez más arraigado en nuestra cultura, y que se remonta al mismo Frederich Nietzsche.
Según este pensador alemán, la religión cristiana considera que es mala la alegría. Y lo denunciaba de esta manera: «¿Cuál había sido hasta entonces el gran pecado sobre la tierra? ¿No había sido la palabra de aquel que dijo: “¡Ay de aquellos que ahora ríen!”?» (Así habló Zaratustra, p. 286). Nietzsche quería reír aquí en este mundo, no en el futuro, y por eso dijo: «queremos el reino de la tierra» (ibid, p. 459).
Más aún Albert Camus a la frase de Cristo: «mi Reino no es de este mundo», oponía esta afirmación: «nuestro reino es de este mundo» (Essais, 1965, p. 1225). ¿Acaso el cristianismo no nos ha sacado de este mundo, cuando nos prohibió el árbol en medio del Paraíso? ¿Acaso no nos ha prohibido todo?
En 1980, el entonces Card. Ratzinger abordó directamente esta acusación que pesa sobre el cristianismo. He aquí su respuesta.
Su primera observación consiste en que el hombre que se libera de los árboles prohibido, no consigue la alegría verdadera en la tierra. Es un hecho constatado que el asco y el aburrimiento son un mal que aflige hasta al más libertino. Entonces, tampoco la liberación de las prohibiciones hace feliz al hombre. Por eso, «tanto la disciplina como la indisciplina parecen esclavizar al hombre, dejarle triste y vacío» (Teoría de los principios teológicos, 1982, p. 90).
Luego entra a la cuestión de fondo. ¿Qué es lo que realmente da alegría al hombre? ¿Qué es lo que le quita la alegría? Para responder hace una observación de la vida cotidiana: de las personas que respiran tristeza o que dan una impresión penosa, se dice que no se aguantan a sí mismas. Y una persona triste queda cerrada a los demás, porque ¿cómo puede aguantarse a sí mismo o a otro, quien se encuentra desgarrado en sí mismo?. Lo que le quita a una persona la alegría es la incapacidad para abrirse a otro.
Después, llega a la cuestión que preocupaba a Nietzsche: si el cristianismo obliga a estar triste. El prelado alemán afirma que si se confunde egoísmo con aceptación de sí mismo, se puede caer una moral autodestructiva. El cristianismo no rechaza la afirmación de sí mismo. La aceptación de sí mismo no es egoísmo. Autoestima y egoísmo no son lo mismo.
Y entonces expone la solución. «La raíz de la alegría es que el hombre esté de acuerdo consigo mismo. Quien puede aceptarse a sí mismo, ha conseguido el sí decisivo. Vive en el sí, en la aceptación positiva. Y quien puede aceptarse, puede aceptar también el tú, puede aceptar el mundo. La razón de que un hombre no pueda aceptar el tú, es que no puede aguantar su yo» (ibid., p. 92).
Y para que el hombre pueda aceptarse, necesita experimentar primero ser aceptado, no con palabras sino con amor. «El hombre es ese extraño ser que no sólo necesita un nacimiento físico sino que tiene que ser bien aceptado y recibido para poder afirmarse y existir» (ibidem).
Y justamente esto es lo que ocurre en el cristianismo. Para Dios, el hombre es tan importante que ha llegado a morir por él. «Si Dios nos ama así, es que somos verdaderamente amados. Entonces la vida merece la pena». (ibid, p. 94). La Cruz es la señal de que Dios ha aceptado al hombre. Por eso el cristiano puede aguantarse a sí mismo, y puede estar alegre, aun en la adversidad misma.

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