domingo, 15 de mayo de 2005

Benedicto XVI y el ecumenismo

Luis-Fernando Valdés López

La elección del Papa Benedicto XVI representa la continuidad en el diálogo ecuménico. Se trata de una verdadera esperanza para la unidad de la Iglesia. Sin embargo, es frecuente que no todos alcancen a comprender que es lo que quiere decir «ecumenismo».
Además de las confusiones conceptuales, hoy día se suman las frases estereotipadas sobre el actual Romano Pontífice: duro, intransigente, conservador. Con un hombre así, el diálogo con las otras religiones cristianas estaría cerrado.
Por esta razón, quizá más de alguno interprete que «ecumenismo» signifique el deseo imperialista de la Iglesia Católica de erigirse como la única religión. Tal vez otros supongan que se trata de un cambio en el interior de la Iglesia: aceptar que todas las religiones tienen el mismo valor.
¿Qué significa ecumenismo? El ecumenismo es el esfuerzo de la Iglesia Católica para conseguir la unidad de todas las confesiones cristianas: ortodoxos, luteranos, calvinistas, anglicanos, etc. Se trata de buscar la unidad de todos los que confiesan que Jesucristo es Dios, que se hizo hombre para salvarnos. En cambio, el ecumenismo no se refiere al diálogo de la Iglesia con las religiones no cristianas: judíos, musulmanes, budistas, hinduistas, etc.
¿En qué se funda el ecumenismo? Es una pregunta urgente hoy día. La mentalidad moderna afirma que si los seguidores de las diversas religiones cristianas están contentos con sus respectivas Iglesias, y si pueden convivir pacíficamente unos con otros, ¿para qué buscar unirlos en una sola confesión?
El fundamento del ecumenismo no es de origen humano. No se basa en la opinión o en el acuerdo de una mayoría. Su origen es sobrenatural: procede del deseo de Jesús mismo, que en horas antes de sufrir la Pasión, rogó a Dios Padre «que todos sean uno, para que el mundo pueda creer» (Juan 17, 21). Este deseo de Dios se convierte en una tarea para todos los cristianos: buscar la unidad de todos los bautizados.
Benedicto XVI afirma de sí mismo «que sabe tiene que hacerse cargo de modo muy particular de este supremo deseo del divino Maestro». Y también que «asume como compromiso prioritario trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo. Ésta es su ambición, éste es su apremiante deber» (Homilía 20-IV-2005, n. 5).
En esta difícil tarea, el Romano Pontífice actual no es pionero, sino continuador. «Siguiendo las huellas de mis predecesores —afirmó Benedicto XVI—, en particular de Pablo VI y de Juan Pablo II, siento intensamente la necesidad de afirmar nuevamente el compromiso irreversible, asumido por el Concilio Vaticano II y continuado a través de los últimos años» (Discurso, 25-IV-2005).
El Papa actual ha propuesto dos medios para buscar esa unidad. Primero, continuar el diálogo teológico, que ya ha dado pasos firmes, como la Aclaración sobre la Profesión de Fe (1997), que facilitó el entendimiento doctrinal con los ortodoxos griegos, y como la Declaración conjunta católico-luterana sobre la Justificación, que resolvió la controversia central de Martín Lutero.
Y segundo, para Benedicto XVI «lo que más urge es esa “purificación de la memoria”, tantas veces evocada por Juan Pablo II, la única que es capaz de preparar los espíritus para acoger la verdad plena de Cristo». Ya que «es indispensable profundizar en los motivos históricos de decisiones tomadas en el pasado» y que han afectado la unidad (Homilía 20-IV-2005, n. 5).
Por lo tanto, este nuevo Papado se prevé como continuidad del esfuerzo ecuménico, que conducirá al entendimiento entre cristianos, lo que sin duda contribuirá a una mayor paz en el mundo. Esperamos que Benedicto XVI pase a la historia como el Papa de la Unidad y de la Paz.

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