domingo, 21 de agosto de 2005

Benedicto XVI y los judíos

Luis-Fernando Valdés

Benedicto XVI sigue derribando con los hechos, los mitos que se le habían intentado atribuir. Una de esas invenciones afirmaba que durante su juventud, Joseph Ratzinger era antisemita. Hace dos semanas, durante la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa visitó la sinagoga de Colonia y mostró su aprecio y buena relación con el pueblo judío. Qué lejos de la realidad estaba aquel bulo.
El discurso que pronunció el Papa en esa ocasión, es un punto de referencia para entender cuál ha de ser la actitud de los católicos hacia los judíos. Esta actitud consiste en la solidaridad con el Pueblo de Israel ante el Holocausto sufrido durante la Segunda Guerra mundial, en reconocer la raíz judía del cristianismo, en la condena del antisemitismo y en la búsqueda del diálogo sincero entre católicos y judíos sobre cuestiones históricas aún discutidas.
Además, las palabras del Romano Pontífice señalan los motivos profundos de esa conducta amable y abierta de los católicos hacia el pueblo hebreo. Es muy importante subrayar este aspecto de su mensaje, porque aporta unas razones que son válidas para todo tiempo y lugar, de modo que garantizan que esa actitud favorable hacia los judíos no se interprete como una exigencia del momento actual o se limite sólo a lo que hoy se pudiera considerar «políticamente correcto». Se trata de argumentos que sirven tanto para releer el pasado como para tener en cuenta en el futuro.
Por razones de espacio, me limitaré a comentar sólo dos aspectos del discurso del Santo Padre: el Holocausto y el antisemitismo. Respecto a la Shoá, Benedicto XVI lamentó el intento, planeado y realizado sistemáticamente por el régimen nacionalsocialista, de exterminar el judaísmo europeo. Manifestó su profundo respeto por los «millones de judíos —hombres, mujeres y niños— [que] fueron llevados a la muerte en las cámaras de gas e incinerados en hornos crematorios» (Discurso, 19.VIII.2005).
Luego, el Papa expuso las razones profundas que guían la condena del Holocausto. El régimen nazi cometió este gran crimen porque era «una demencial ideología racista, de matriz neopagana». Este lamentable intento de exterminio del Pueblo judío tuvo su origen en el ateísmo. Cuando no se reconoce a Dios, inevitablemente se desconoce al hombre. Ésta es la dura enseñanza de la Shoá: «No se reconocía la santidad de Dios, y por eso se menospreció también el carácter sagrado de la vida humana» (ibidem).
Benedicto XVI continuó su discurso y —haciendo suyas las palabras del Concilio Vaticano II (Declaración Nostra aetate, n. 4)— deploró «los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona».
Esta actitud de respeto debe estar presente en la conducta de todo católico y de toda persona, porque todo ser humano ha sido creado a imagen de Dios (cfr. Génesis 1, 27). Ser imagen de Dios significa que todo hombre tiene una dignidad trascendente, que debe ser respetada por todos. Por ello, el Santo Padre afirma que «ante Dios, todos los hombres tienen la misma dignidad, independientemente del pueblo, cultura o la religión a que pertenezcan» (ibidem).
Con gran alegría hemos observado que Benedicto XVI guarda unas relaciones muy cordiales con el pueblo judío, y que con valentía denuncia las atrocidades perpetradas contra los hebreos. Y con admiración hemos visto que esta actitud del Papa es fruto de vivir coherentemente las enseñanzas del Evangelio y no un producto de la presión cultural.

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