domingo, 29 de mayo de 2005

Benedicto XVI en defensa de los minusválidos

Luis-Fernando Valdés López

Benedicto XVI sigue insistiendo en que se puede conocer la verdad, y que el relativismo es el enemigo contemporáneo del hombre. Vayamos al fondo de la cuestión. ¿Se trata de una pretensión meramente académica, despegada de la vida real? ¿Es acaso el último intento de volver al pasado, cuando ingenuamente se creía en la verdad?
La insistencia del Papa sobre la verdad tiene un objetivo que no es meramente intelectual. El Pontífice sostiene que, en la práctica, cuando se niega la verdad sobre el hombre, invariablemente se termina atacando al propio ser humano.
Esta convicción no es producto un especulación hecha en una biblioteca, sino el resultado de una vivencia de su juventud. Narra el entonces Cardenal Ratzinger que, en 1941, el régimen nazi ordenó que un primo suyo con síndrome Down fuera llevado a un asilo para recibir una mejor asistencia. Y al poco tiempo les llegó la noticia que el niño murió de pulmonía y que fue incinerado. Más tarde, en otro pueblo donde él había vivido en su infancia, una viuda que se había quedado sin sus hijos perdió la razón. También el régimen la envío un asilo, donde al poco tiempo también murió de pulmonía. Y luego ocurrió lo mismo a sus vecinos de la finca de al lado.
Por eso, «ya no cabía tener dudas de cuanto estaba sucediendo: se trataba de una sistemática eliminación de cuantos no eran considerados productivos. El Estado se había arrogado el derecho de decidir quién merecía vivir y quién debía ser privado de la existencia» (Conferencia, 28-XI-1996).
Y luego el entonces Cardenal llega al fondo de la cuestión de estos trágicos episodios. Allí donde la dignidad intocable de cada hombre se deja de respetar, «no sólo se ve amenazado cada individuo, sino que es todo el género humano el que está en peligro» (ibidem).
El hombre es intocable y debe ser respetado por todos porque posee en sí mismo un principio inviolable. Ese principio consiste en que el hombre ha sido creado «a imagen y semejanza de Dios» (Génesis 1, 26). Y el Card. Ratzinger explica que «imagen de Dios es la creatura, precisamente por el hecho de que participa de la inmortalidad de Dios». Pero más aún, el hombre «llega a ser imagen de Dios, en la medida en que entra en comunión con Cristo, en que se conforma con él», porque «Cristo es la idea fundamental del Creador» y Dios crea al hombre a partir de esta idea fundamental (ibidem).
Llegamos al punto central: la imagen de Dios en el hombre, ¿puede ser destruida? ¿existen hombres que no son imagen de Dios? ¿está oscurecida la imagen de Dios en el inocente que sufre, en aquel que la racionalidad no llega a plenitud por una enfermedad cerebral? No. Las personas que sufren una minusvalía, son de un modo particular semejantes a Cristo crucificado y, por eso, «se han acercado en una particular comunidad con el único que es la imagen misma de Dios» (ibidem).
La verdad del hombre es ésta: el ser humano posee una dignidad inalienable, porque fue creado a imagen de Dios. La historia nos enseña que donde se niega esta verdad, el hombre es un objeto, que se puede comerciar o encerrar en cámaras de gas.
Cuando defiende la capacidad humana de conocer la verdad, Benedicto XVI no nos habla de teorías académicas, sino que sale en defensa del hombre más débil. Hoy día el Papa sigue siendo la voz de los desprotegidos, el auténtico defensor del hombre ante los ataques de los ilegítimos intereses políticos o comerciales.

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