domingo, 15 de mayo de 2005

Benedicto XVI y Juan Pablo II

Luis-Fernando Valdés López

El carisma de Juan Pablo II ha marcado ya el estilo del papado para el tercer Milenio del cristianismo. Queda atrás la figura de un Papa-Rey, y está presente la imagen viva de un Papa-Amigo, cercano y cariñoso. Y al primero que le ha tocado recorrer este nueva vía es a Benedicto XVI.
Es en esta continuidad como hay que interpretar la sucesión de Juan Pablo II. En días pasados no han faltado quienes han querido sostener que no habrá continuidad en el papado, porque no hay «continuidad» entre la personalidad de Juan Pablo II y la de Benedicto XVI.
La permanencia y estabilidad del pontificado romano no se basa en los rasgos de temperamento y carácter de los papas, sino en una realidad sobrenatural. Se trata del querer de Jesucristo, que dijo a San Pedro: «tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mateo 16, 18).
Y desde este presupuesto espiritual, se construye la continuidad también desde el punto de vista humano. Y nos llena de emoción recordar que desde los primeros días de su ministerio petrino, Benedicto XVI ha manifestado su cariño por Juan Pablo II, y ha pedido su intercesión desde el Cielo.
Así, en la Misa de exequias de Juan Pablo II, en la Basílica de San Pedro, el entonces Cardenal Ratzinger recordaba que el Santo Padre solía asomarse por el balcón de su departamento para saludar a los peregrinos. Y luego afirmo que «podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo Padre», exclamó emocionado (Homilía, 8.IV.05).
Algunos especialistas afirmaron que el nuevo Papa alemán vendría a dar marchar atrás a los logros de Juan Pablo II. Pero la realidad ha sido otra. El Cardenal Ratzinger desde su elección tuvo conciencia de ser el continuador del papado del nuevo Milenio. Más aún se sabía espiritualmente escogido por el mismo Juan Pablo II. En su primera homilía como Romano Pontífice, Benedicto XVI afirmó que considera su elección «como una gracia especial que me ha concedido mi venerado predecesor, Juan Pablo II. Me parece sentir su mano fuerte que estrecha la mía, me parece ver sus ojos sonrientes y escuchar sus palabras que en este momento se dirigen particularmente hacia mí: “¡No tengas miedo!”» (Homilía, 20-IV-05).
El Cardenal alemán fue, durante 22 años, uno de los colaboradores más cercanos a Juan Pablo II. Fue testigo de la vida santa de aquel inolvidable Pontífice. Esta certeza de la santidad de Juan Pablo II, le llevó a afirmar en su Misa de inicio de Pontificado que el fallecido Papa estaba ya en el Cielo. Aseveró que en compañía de los santos llegó «hasta la gloria de Dios. Nosotros sabíamos que allí se esperaba su llegada. Ahora sabemos que él está entre los suyos y se encuentra realmente en su casa» (Homilía, 24.IV.04).
Ese día, en la Plaza de San Pedro se podía apreciar pancartas que, en italiano, decían: «santo subito», que significa «santo de inmediato». Esa es la convicción de millones de almas. Y de Benedicto XVI también. El pasado día 13 de mayo, anunció que ya había iniciado el proceso de canonización de Juan Pablo II. El Papa dispensó los cinco años reglamentarios que se deben esperar antes de iniciar un proceso de este tipo.
La diferencia de temperamento entre Juan Pablo II y Benedicto XVI no ha generado conflicto, ni ruptura en el papado. Hay una continuidad de origen divino, que se apoyada en el cariño y admiración del Papa actual por su antecesor, en la certeza su santidad y en la confianza de su protección. Esta base humana de empatía humana y espiritual de Benedicto XVI por Juan Pablo II nos proporciona la seguridad de una sólida continuación en el nuevo estilo del Pontificado Romano contemporáneo.

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