domingo, 26 de junio de 2005

Terrorismo y perdón

Pbro. Dr. Luis-Fernando Valdés

Hace tres días, mientras aún comentábamos la designación de Londres como sede olímpica, las imágenes de violencia y muerte en la Capital del Reino Unido nos dejaron conmocionados. Nuestra reacción se unió a la del resto del mundo: nos sentimos solidarios con las víctimas y con toda Inglaterra.
Ya estarán en curso las acciones de la justicia internacional y de las fuerzas antiterroristas. Ésa es la respuesta civil y militar. Pero ante el terrorismo hace falta también una respuesta de carácter religioso. ¿Qué palabras tiene la fe católica en esta situación, para un mundo con miedo y sin esperanza?
El mensaje nos lo da Juan Pablo II, en su Encíclica Dives in misericordia (sobre Dios Padre, «Rico en misericordia»). Se trata de un documento profético, que describe la situación actual, a pesar de haber sido publicado hace casi 25 años, el 30 de noviembre de 1980.
El anterior Papa plantea que una aportación específica de la Iglesia al hombre de hoy es «dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo», porque a pesar del progreso científico, técnico y social alcanzado, la sociedad de nuestros días está sometida a múltiples «amenazas»: la guerra, el atropello a los individuos y la privación de la libertad (cfr. nn. 10-11).
Juan Pablo II explica que en la sociedad de nuestros días «aumenta el temor existencial» por la amenaza de los conflictos armados. Este temor «exige resoluciones definitivas» (cfr. n. 11). Pero, ¿esa solución consiste en sola justicia? ¿Basta únicamente la justicia para solucionar la amenaza del terrorismo?
Explica el fallecido Pontífice que la Iglesia comparte con los hombres de nuestro tiempo un ardiente y profundo deseo de justicia. No obstante, la sola justicia no basta, porque «la experiencia demuestra que el rencor, el odio e incluso la crueldad han tomado la delantera a la justicia» (n. 12). Y en esos casos, «el ansia de aniquilar al enemigo, de limitar su libertad, se convierte en el motivo fundamental de la acción» (ibid.). La justicia por sí misma no lleva a la reconciliación y a la fraternidad. Por eso, la justicia a secas no es la solución.
La propuesta del Papa anterior consiste en una llamada a ejercitar el «amor misericordioso», que no tiene nada que ver con la lástima ni con una indulgencia tonta que soslaye la justicia. Se trata de un amor es capaz de asumir la justicia y llegar hasta el perdón, que es el único factor que hace posible la fraternidad.
De ahí que «un mundo, del que se eliminase el perdón, sería solamente un mundo de justicia fría e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios derechos a los demás». Y en consecuencia, el egoísmo podría «transformar la vida y la convivencia humana en un sistema de opresión de los más débiles por parte de los más fuertes» (cfr. n. 14).
En cambio, con el amor misericordioso se puede construir lo que Pablo VI llamó la «civilización del amor» (Discurso, 25.XII.1975), porque sólo este amor hace compatibles la justicia y el perdón. La exigencia de perdonar «no anula las objetivas exigencias de la justicia», y la justicia rectamente entendida «constituye la finalidad del perdón». Además, la reparación del mal es «condición del perdón» (cfr. Dives in misericordia, n. 14).
Ésta es la respuesta religiosa: cada hombre y cada nación debe amar con un amor más fuerte que la ofensa, con un amor que lleve al cumplimiento de la justicia sin destruir al próximo, con un amor que lleva a considerar al otro como un hermano. Sólo así se puede amar como Dios nos ha amado (cfr. Juan 13, 24).

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