lunes, 6 de junio de 2005

Benedicto XVI Matrimonio y relativismo

Luis-Fernando Valdés


Actualmente es difícil encontrar un consenso social sobre qué es el matrimonio. Más que un concepto de matrimonio, lo que hallamos es una exposición de los diversos modelos que hoy día se dan de hecho: se le llama matrimonio a cualquier tipo de convivencia estable por cierto tiempo. No importa si los cónyuges planean vivir juntos hasta que la muerte los separe.
Esta situación parece políticamente correcta, pues hoy es común afirmar que todos tienen derecho a rehacer sus vidas. Pero en el fondo, se trata de una faceta más del relativismo. Si todos los modelos de matrimonio son válidos, en realidad, ninguno es verdadero.
Hace apenas unos días, Benedicto XVI pronunció un discurso sobre la naturaleza del matrimonio, partiendo de las enseñanzas de Juan Pablo II, para proteger esta institución de las dificultades y amenazas impuestas por el relativismo.
El núcleo de su mensaje consiste en que la indisolubilidad del matrimonio hunde sus raíces en la naturaleza humana. La postura del Papa se opone a la doctrina que afirma que el matrimonio «para siempre» es el resultado de diversas situaciones históricas y económicas.
Según el relativismo, para la sociedad medieval el modelo indisoluble era válido, porque era el arquetipo que la sociedad escogió o impuso. Pero ese paradigma era producto de un acuerdo de la mayoría, no fruto de un requerimiento interior del hombre.
El Papa Benedicto sostiene que el matrimonio indisoluble no es una imposición de la Iglesia, sino una exigencia de la condición humana. El hombre es un ser capaz de relacionarse con los demás, no sólo por motivos prácticos, sino también por amor. «La vocación al amor es lo que hace del hombre auténtica imagen de Dios: se hace semejante a Dios en la medida en que se convierte en alguien que ama» (Discurso, 6-VI-2005).
Varón y mujer pueden establecer una relación de amor, y de ese vínculo surge un nuevo «lazo»: el que se da entre la persona y el vínculo matrimonial que ella ha originado. Esta afirmación del Santo Padre es un desafío a lo que, con frecuencia, dicen que creen en el amor, pero no creen en el matrimonio. Afirman que no necesitan de un formalismo social para amarse o para continuar juntos.
Sin embargo, la persona sí puede formar un matrimonio, porque el hombre es capaz de abarcar la totalidad del tiempo de su vida, mediante su libertad. Cuando el hombre y la mujer se dicen «sí», establecen un pacto duradero. El «sí» del ser humano va más allá del momento presente: el «sí» significa «siempre». El «sí» constituye el espacio de la fidelidad, y también el espacio para el futuro, en el que puede tener lugar una nueva vida (cfr. ibidem).
Así surge el matrimonio como institución, porque este «sí» personal tiene que ser necesariamente un «sí» que es públicamente responsable, con el que los cónyuges asumen la responsabilidad pública de la fidelidad, que garantiza también el futuro para la sociedad.
Por eso, el matrimonio, como institución indisoluble, no es un producto inventado por la sociedad. Por el contrario, concluye el Papa, «es una exigencia intrínseca del pacto de amor conyugal y de la profundidad de la persona humana» (ibidem).
Nuevamente, Benedicto XVI da la batalla contra el relativismo, que amenaza a la institución fundamental de la sociedad. Al afirmar que el matrimonio es para siempre, el nuevo Papa se convierte, como Juan Pablo II, en un auténtico defensor de la persona y del verdadero amor humano.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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