miércoles, 14 de marzo de 2012

La Encíclica de la Esperanza


Conoce al Papa, n. 14
Luis-Fernando Valdés

Benedicto XVI, desde sus años de vida académica, conocía muy bien la encrucijada intelectual de occidente; y más tarde, en sus 23 años de Prefecto de la Doctrina de la Fe, tuvo la oportunidad de ver cómo la llamada Modernidad había dejado sin esperanza a millones de personas en Occidente.

Para dar una respuesta sólida este desolador panorama, el Papa publicó su segunda Encíclica, titulada “Spe salvi” (“En esperanza fuimos salvados”: Romanos 8, 24). En ella, el Romano Pontífice explica que “se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente”, porque podemos estar seguros de que el presente lleva a una meta tan grande que justifica el esfuerzo del camino. El cristiano sabe que “su vida no acaba en el vacío" (n. 1).

El Santo Padre, primero hace un diagnóstico acertado de la crisis de esperanza con que termina la modernidad. La ciencia y la técnica, que prometían un futuro mejor con su esperanza ciega en el progreso, y la libertad y la razón, que con la Revolución Francesa o el Marxismo prometieron un mundo de justicia, al final mostraron que no eran capaces de fundamentar una verdadera esperanza.

El documento pontificio consta de dos partes. En la primera, Benedicto XVI explica que todos tenemos necesidad de las esperanzas, pequeñas y grandes, en la vida diaria. Pero éstas no bastan, debe haber una “gran esperanza, que debe superarlo todo”. Y la gran esperanza es Dios. “Dios es el fundamento de la esperanza. No cualquier Dios, sino aquel Dios con rostro humano que nos ha amado hasta el final. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día sin perder el ánimo de la esperanza” (n. 31).

Pero el Santo Padre no se queda sólo en una exposición teórica de esta virtud cristiana. En la segunda parte de la Encíclica, propone unos “lugares” para aprendizaje y el ejercicio de la esperanza. El primero es la oración: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios” (n. 32). Y recuerda el testimonio del cardenal vietnamita, Nguyen Van Thuan, quien tuvo una larga prisión en campos de concentración: “en una situación de desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza” (ibid.).

El sufrimiento es otro lugar de aprendizaje: “Conviene ciertamente hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento”, sin embargo, “lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (nn. 36-39).

 Un “lugar” más es el Juicio de Dios. Ante el panorama de injusticia y sufrimiento de los inocentes, muchos piensan si Dios no establece la justicia, entonces el hombre es el que se la debe crear. Pero, responde el Papa, “un mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es un mundo que se queda sin esperanza” (n. 42). “Sólo Dios puede crear justicia”, y eso lo hará en el Juicio final, lo cual nos llena de esperanza (n. 44).

Así Benedicto XVI nos ofrece una vía para recuperar el sentido de la vida, porque ni unas condiciones económicas favorables, ni la ciencia son capaces de redimir al hombre. Es el amor de Dios lo que redime al hombre y en este amor sí se puede apoyar nuestra esperanza.

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