Luis-Fernando Valdés
A cuatro años del fallecimiento de Juan Pablo II, hay un rasgo inolvidable de este gran Papa: su sintonía con los jóvenes. Desde el inicio de su pontificado, hasta la noche en que murió, estuvo rodeado de la atención y del cariño de las nuevas generaciones. Y esta cercanía se ha convertido en un legado vivo para la Iglesia.
En la Solemne Misa de Inauguración de su Ministerio petrino, el Papa Woytila se dirigió con vibración a toda la Iglesia, pero que tuvo especial repercusión en los jóvenes: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. Y con énfasis reiteró: “¡No tengáis miedo! Cristo conoce ‘lo que hay dentro del hombre’. ¡Sólo Él lo conoce!”
La cercanía de Juan Pablo II con el mundo joven se concretó en las llamadas “Jornadas de la juventud” que mantuvo en cada viaje apostólico a las diversas naciones del Orbe, y también las “Jornadas mundiales de la juventud” organizadas en diversas ciudades: Buenos Aires, Santiago de Compostela, Czestochowa, Denver, Manila, París, Roma, Toronto. Todos estos eventos se caracterizaron por una gran afluencia. Como anécdota, en París (1997), el Gobierno estimó que, por ser un país laico, acudirían pocos participantes; sin embargo, el número real superó todas las previsiones de los organizadores.
¿Por qué este Papa reunía tanta gente? No eran sus palabras halagadoras, sino exigentes. Les hablaba de seguir a Jesucristo, de vivir la moral con todas sus exigencias, y manifestó un “no” rotundo a un cristianismo sin Cruz. Precisamente, ésa fue la clave de su capacidad de convocatoria: Juan Pablo II sabía bien que el corazón de los jóvenes no se llena con propuestas de una vida cómoda, sino sólo con grandes ideales, que exigen renuncia y esfuerzo; sabía bien que el corazón humano está diseñado para encontrarse con Dios.
Fue impactante que la Plaza de San Pedro se lleno de jóvenes, durante los días de la agonía de este amado Pontífice. Con cantos, veladoras y oraciones, lo acompañaron al pie de la ventana del apartamento papal. Horas antes de expirar, Juan Pablo II musitó un último mensaje para la juventud: “Os he buscado; habéis venido; os doy las gracias”. Esa espontánea multitud fue la señal de que los jóvenes buscan a quien les puede dar una esperanza verdadera –sobrenatural–, que ningún ideal intramundano es capaz de ofrecer.
Juan Pablo II ha dejado un gran legado: ha enseñado a los jóvenes a buscar al Papa, sea quien sea. Si no hubiera muerto en abril de 2005, el Papa polaco hubiera asistido a la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia, en junio de ese año. El nuevo Pontífice, Benedicto XVI presidió ese evento, con una grandiosa acogida, por parte de jóvenes de todo el mundo. El verano pasado, en Sydney, el Papa alemán reunió a una multitud que superó el número de visitantes, que este puerto australiano recibió con motivo de las Olimpiadas del 2000.
Y hace sólo una semana, el Santo Padre reunió de nuevo a un gran número de jóvenes africanos en Angola, a los que les dijo: “Yo os digo: ¡Ánimo! Atreveos a tomar decisiones definitivas, porque, en verdad, éstas son las únicas que no destruyen la libertad, sino que crean su correcta orientación, permitiendo avanzar y alcanzar algo grande en la vida”.
Ésta fue la gran herencia de Juan Pablo II para los jóvenes: enseñarlos a confiar en el Pastor supremo de la Iglesia, pues en él pueden encontrar la esperanza en Dios, la única que puede ayudarlos a vencer el miedo a los retos de esta vida y a buscar la futura.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Luis-Fernando Valdés López, sacerdote y teólogo, comenta noticias destacadas de la semana, con un enfoque humanista, desde la razón creyente.
domingo, 29 de marzo de 2009
domingo, 22 de marzo de 2009
Y Benedicto XVI tenía razón…
Luis-Fernando Valdés
Esta semana el Papa inició su decimoprimer viaje fuera de Italia, con destino a Camerún y Angola. A la usanza de su Antecesor, el Pontífice dio una conferencia de prensa a bordo del avión, justo antes de llegar a Camerún. Y salió el tema del SIDA y del condón. Y se desató una gran polémica internacional, en la que intervinieron las cancillerías de Francia y otras naciones. Pero, ¿qué dijo en realidad Benedicto XVI? ¿tiene o no razón?
En esa conferencia de prensa, un periodista le preguntó sobre el SIDA y la posición de la Iglesia católica, considerada por algunos poco realista y eficaz para afrontarlo. El Santo Padre literalmente contestó: “Yo creo que la realidad más eficaz y más presente en el frente de la lucha contra el SIDA sea precisamente la Iglesia católica, con sus movimientos. (...) Diría que este problema no se puede superar solo con eslóganes publicitarios. (...) Si los africanos no se ayudan entre ellos, no se puede resolver el problema con la distribución de preservativos. Al contrario, se corre el peligro de aumentar el problema. La solución solo se puede encontrar con un doble compromiso: el primero es humanizar la sexualidad, o sea, una renovación espiritual y humana que lleve aparejada una forma nueva de comportarse unos con otros y, en segundo lugar, una amistad verdadera también y sobre todo con las personas que sufren; la disponibilidad, aunque cueste sacrificios y renuncias personales, para estar con los que sufren”.
Como podemos observar, el Papa puso énfasis en el “doble compromiso” de considerar la sexualidad de un modo más humano, y de solidaridad con los que sufren. Y así se entiende que la solución al SIDA no puede ser la mera distribución de preservativos, la cual más bien puede ampliar el problema. Una crítica de fondo a la postura del Pontífice –y señal de honestidad intelectual, no de mero afán de polemizar – debería enfocarse a esos dos puntos, y no al rechazo del condón.
Y sobre esta propuesta, ¿qué dicen los especialistas? Edward C. Green, Profesor de la Universidad de Harvard, y Director del “AIDS Prevention Research Project at the Harvard Center for Population and Development Studies”, ha dicho (según puede leerse en la noticia escrita por John-Henry Westen, de Lifestilesnews.com) esto: “(...) la evidencia confirma que el Papa está en lo correcto cuando afirma que la distribución de condones exacerba el problema del Sida”
“El Papa tiene razón”, dijo Green en la “National Review Online” el pasado miércoles, “o, mejor dicho, las evidencias que tenemos confirman los comentarios del Papa”. La afirmación del experto de Harvard se basa en que una “consistente asociación” entre el aumento de la facilidad para adquirir condones y usarlos, y la elevación –no la disminución– de la tasa de infección de VIH. Esto se debe al fenómeno llamado “riesgo de compensación”, que consiste en que los que usan el preservativo toman la “compensación” de asumir riesgos, que no tomarían si no tuvieran al alcance un condón.
Acabamos pues de observar que en un tema tan candente como el SIDA en África –y en el mundo–, las propuestas desde la doctrina católica y la ciencia recorren vías similares. La clave del conflicto está en otro lugar: en la ideología, que es un afán de imponer un pensamiento único, cuya finalidad no es ayudar a los seres humanos, sino que esconde –muchas veces– afanes de poder y de lucro.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Esta semana el Papa inició su decimoprimer viaje fuera de Italia, con destino a Camerún y Angola. A la usanza de su Antecesor, el Pontífice dio una conferencia de prensa a bordo del avión, justo antes de llegar a Camerún. Y salió el tema del SIDA y del condón. Y se desató una gran polémica internacional, en la que intervinieron las cancillerías de Francia y otras naciones. Pero, ¿qué dijo en realidad Benedicto XVI? ¿tiene o no razón?
En esa conferencia de prensa, un periodista le preguntó sobre el SIDA y la posición de la Iglesia católica, considerada por algunos poco realista y eficaz para afrontarlo. El Santo Padre literalmente contestó: “Yo creo que la realidad más eficaz y más presente en el frente de la lucha contra el SIDA sea precisamente la Iglesia católica, con sus movimientos. (...) Diría que este problema no se puede superar solo con eslóganes publicitarios. (...) Si los africanos no se ayudan entre ellos, no se puede resolver el problema con la distribución de preservativos. Al contrario, se corre el peligro de aumentar el problema. La solución solo se puede encontrar con un doble compromiso: el primero es humanizar la sexualidad, o sea, una renovación espiritual y humana que lleve aparejada una forma nueva de comportarse unos con otros y, en segundo lugar, una amistad verdadera también y sobre todo con las personas que sufren; la disponibilidad, aunque cueste sacrificios y renuncias personales, para estar con los que sufren”.
Como podemos observar, el Papa puso énfasis en el “doble compromiso” de considerar la sexualidad de un modo más humano, y de solidaridad con los que sufren. Y así se entiende que la solución al SIDA no puede ser la mera distribución de preservativos, la cual más bien puede ampliar el problema. Una crítica de fondo a la postura del Pontífice –y señal de honestidad intelectual, no de mero afán de polemizar – debería enfocarse a esos dos puntos, y no al rechazo del condón.
Y sobre esta propuesta, ¿qué dicen los especialistas? Edward C. Green, Profesor de la Universidad de Harvard, y Director del “AIDS Prevention Research Project at the Harvard Center for Population and Development Studies”, ha dicho (según puede leerse en la noticia escrita por John-Henry Westen, de Lifestilesnews.com) esto: “(...) la evidencia confirma que el Papa está en lo correcto cuando afirma que la distribución de condones exacerba el problema del Sida”
“El Papa tiene razón”, dijo Green en la “National Review Online” el pasado miércoles, “o, mejor dicho, las evidencias que tenemos confirman los comentarios del Papa”. La afirmación del experto de Harvard se basa en que una “consistente asociación” entre el aumento de la facilidad para adquirir condones y usarlos, y la elevación –no la disminución– de la tasa de infección de VIH. Esto se debe al fenómeno llamado “riesgo de compensación”, que consiste en que los que usan el preservativo toman la “compensación” de asumir riesgos, que no tomarían si no tuvieran al alcance un condón.
Acabamos pues de observar que en un tema tan candente como el SIDA en África –y en el mundo–, las propuestas desde la doctrina católica y la ciencia recorren vías similares. La clave del conflicto está en otro lugar: en la ideología, que es un afán de imponer un pensamiento único, cuya finalidad no es ayudar a los seres humanos, sino que esconde –muchas veces– afanes de poder y de lucro.
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domingo, 15 de marzo de 2009
Errores y tristezas de Benedicto XVI
Luis-Fernando Valdés
Cuando el 21 de enero pasado, el Papa levanto la excomunión a los cuatro obispos lefebrianos, no se imaginaba el enorme revuelo que su decisión causaría en todo el mundo. El pasado jueves (12 de marzo), en un hecho sin precedentes, el Santo Padre da explicaciones a la opinión pública, mediante una carta abierta.
Este conflicto mediático se produjo cuando, simultáneamente al levantamiento de la excomunión, el obispo lefebriano Richard Williamson negó públicamente el Holocausto. Muchas personas entendieron que este prelado había sido excomulgado por negar esta gran tragedia, y que al retirar esa sanción eclesiástica la Iglesia estaría apoyando la negación de la Shoa.
En realidad, este obispo –junto con otros tres– fue excomulgado en 1988, por haber recibido la ordenación episcopal de manos de Mons. Marcel Lefebvre, sin el permiso de la Santa Sede, lo cual conlleva una excomunión “latae sententiae” (automática). Después de 20 años, con afán de reintegrar a la Iglesia universal a estos cuatro obispos y a sus seguidores, Benedicto XVI les quitó esa pena canónica.
En esta carta, el Santo Padre escribió: “El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro Obispos (…) apareció de manera inesperada como algo totalmente diverso: como la negación de la reconciliación entre cristianos y judíos y, por tanto, como la revocación de lo que en esta materia el Concilio había aclarado para el camino de la Iglesia”. Que haya sucedido esto “es algo que sólo puedo lamentar profundamente”.
Con una gran humildad, Benedicto XVI admite sus errores: si hubiera seguido “con atención las noticias accesibles por Internet [me] habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema”; y que “no se hayan ilustrado de modo suficientemente claro en el momento de su publicación”, lo que significaba el revocar la excomunión a estos obispos: en concreto, que habían sido absueltos de esa censura eclesiástica, pero que no habían sido restituidos como pastores de la Iglesia, y que no tienen ningún cargo en ella, mientras no se retracten de sus planteamientos doctrinales.
Luego el Pontífice hace un planteamiento a la opinión pública: “¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que ‘tiene quejas contra ti’ (cfr. Mateo 5,23s) y buscar la reconciliación? (…) ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto?”.
En otras palabras, el Papa ve que no es justo excluir a unos creyentes, sino que es necesario intentar reintegrarlos. Pero ese gesto de caridad le costó al Santo Padre ser tratado con desprecio. Así lo comenta él mismo: “A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa– también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas”.
Ante este gesto de humildad de un Papa que da explicaciones de sus decisiones, que lamenta sus errores, ¿quién podrá decir con seriedad que Benedicto XVI es un hombre rígido, un intolerante? Más bien su bondad ha sido el pretexto para criticarlo sin conocer sus motivaciones. Pero, ¿quién protestará ante esta intolerancia?
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Cuando el 21 de enero pasado, el Papa levanto la excomunión a los cuatro obispos lefebrianos, no se imaginaba el enorme revuelo que su decisión causaría en todo el mundo. El pasado jueves (12 de marzo), en un hecho sin precedentes, el Santo Padre da explicaciones a la opinión pública, mediante una carta abierta.
Este conflicto mediático se produjo cuando, simultáneamente al levantamiento de la excomunión, el obispo lefebriano Richard Williamson negó públicamente el Holocausto. Muchas personas entendieron que este prelado había sido excomulgado por negar esta gran tragedia, y que al retirar esa sanción eclesiástica la Iglesia estaría apoyando la negación de la Shoa.
En realidad, este obispo –junto con otros tres– fue excomulgado en 1988, por haber recibido la ordenación episcopal de manos de Mons. Marcel Lefebvre, sin el permiso de la Santa Sede, lo cual conlleva una excomunión “latae sententiae” (automática). Después de 20 años, con afán de reintegrar a la Iglesia universal a estos cuatro obispos y a sus seguidores, Benedicto XVI les quitó esa pena canónica.
En esta carta, el Santo Padre escribió: “El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro Obispos (…) apareció de manera inesperada como algo totalmente diverso: como la negación de la reconciliación entre cristianos y judíos y, por tanto, como la revocación de lo que en esta materia el Concilio había aclarado para el camino de la Iglesia”. Que haya sucedido esto “es algo que sólo puedo lamentar profundamente”.
Con una gran humildad, Benedicto XVI admite sus errores: si hubiera seguido “con atención las noticias accesibles por Internet [me] habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema”; y que “no se hayan ilustrado de modo suficientemente claro en el momento de su publicación”, lo que significaba el revocar la excomunión a estos obispos: en concreto, que habían sido absueltos de esa censura eclesiástica, pero que no habían sido restituidos como pastores de la Iglesia, y que no tienen ningún cargo en ella, mientras no se retracten de sus planteamientos doctrinales.
Luego el Pontífice hace un planteamiento a la opinión pública: “¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que ‘tiene quejas contra ti’ (cfr. Mateo 5,23s) y buscar la reconciliación? (…) ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto?”.
En otras palabras, el Papa ve que no es justo excluir a unos creyentes, sino que es necesario intentar reintegrarlos. Pero ese gesto de caridad le costó al Santo Padre ser tratado con desprecio. Así lo comenta él mismo: “A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa– también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas”.
Ante este gesto de humildad de un Papa que da explicaciones de sus decisiones, que lamenta sus errores, ¿quién podrá decir con seriedad que Benedicto XVI es un hombre rígido, un intolerante? Más bien su bondad ha sido el pretexto para criticarlo sin conocer sus motivaciones. Pero, ¿quién protestará ante esta intolerancia?
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domingo, 8 de marzo de 2009
¿Qué soluciona el ateísmo?
Luis-Fernando Valdés
Como para no creerlo. Ahora que todo mundo está ahorrando su dinero por la crisis financiera global, una campaña publicitaria ¡que no vende ningún producto! ha ganado miles de euros. Primero en Inglaterra, luego en España y recientemente en Argentina, ha aparecido en la publicidad del transporte público un slogan promoviendo el ateísmo. Pero ¿para qué sirve esta campaña, que ganó más de 150 mil euros en su primera semana?
En los primeros días de este año, 600 autobuses en Inglaterra aparecieron con un cartel que anunciaba “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida”. A mitad de enero esta misma publicidad llegó a España. Estas iniciativas contagiaron a Argentina, a principios de este mes, donde una veintena de ONG arrancaron una campaña para promover la renuncia a la Iglesia Católica bajo el lema “No en mi nombre”.
Sólo comentaremos la campaña europea. La iniciativa partió primero de Estados Unidos y más tarde de la “British Humanist Association” impulsada por el biólogo ateo Richard Dawkins, con el propósito de hacer “pensar a la gente, algo completamente contrario a la religión”.
Como es evidente esta campaña se refiere al Dios de los cristianos, pues en las naciones donde se ha implementado son de mayoría cristiana. De modo que la afirmación va dirigida directamente al Dios-Amor de la Biblia. ¿No es paradójico decirle a Jesús de Nazaret, –que murió perdonando, que enseñó el amor al prójimo y a disculpar al enemigo, que convivió con los pobres y los pecadores–, “ojalá no existas”?
Con una sutileza que cumple con los parámetros de los políticamente correcto, no se afirma que Dios no existe, sino sólo que es “probable”. Se siembra la duda, pero ¿para qué? Para no tener ya problemas de conciencia: “deja de preocuparte”.
Y es verdad, si Dios existe, al final de nuestra vida, cada uno le daremos cuentas de nuestras acciones. Que un Ser Supremo me pida cuentas y me pueda premiar o castigar, siempre será un freno para no cometer ciertas acciones. En cambio, si no existiera, afirmaríamos con Dostoievsky que “si no hay Dios, todo está permitido”.
Aparentemente, esta publicidad estaría liberando al hombre del yugo de la conciencia moral. Se trata de quitar aquello que complicaría las vidas de todos los que viven para el consumismo, el confort y el hedonismo. Sin embargo, este mensaje ateo, lejos de beneficiar a la sociedad, está confirmando que el mal puede tomar posesión de nuestro mundo. Recordarles al corrupto, al ladrón y al violento que, al final, el que la hace la paga, puede moverles a reflexionar sobre su conducta perversa, y posiblemente esto le cause una cierta preocupación. Pero si alguien les susurra al oído que “probablemente Dios no existe”, los torturadores, los traficantes de armas y de drogas, los terroristas, los dictadores, los abortistas, los pederastas, los servidores públicos corruptos y tantos otros se acomodarán más tranquilamente en sus sillones.
De igual manera, ¿qué pasará con los pobres, los marginados, los explotados, los secuestrados? La injusticia que recibieron quedaría impune para toda la eternidad. Entonces se podría pisar a los demás, pues no habría más castigo que el de la justicia humana, si es que llega. La razón misma se niega a aceptar que el mal pueda quedar sin castigo. Por eso, más bien, probablemente Dios sí existe. El ateísmo no resuelve nada.
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Como para no creerlo. Ahora que todo mundo está ahorrando su dinero por la crisis financiera global, una campaña publicitaria ¡que no vende ningún producto! ha ganado miles de euros. Primero en Inglaterra, luego en España y recientemente en Argentina, ha aparecido en la publicidad del transporte público un slogan promoviendo el ateísmo. Pero ¿para qué sirve esta campaña, que ganó más de 150 mil euros en su primera semana?
En los primeros días de este año, 600 autobuses en Inglaterra aparecieron con un cartel que anunciaba “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida”. A mitad de enero esta misma publicidad llegó a España. Estas iniciativas contagiaron a Argentina, a principios de este mes, donde una veintena de ONG arrancaron una campaña para promover la renuncia a la Iglesia Católica bajo el lema “No en mi nombre”.
Sólo comentaremos la campaña europea. La iniciativa partió primero de Estados Unidos y más tarde de la “British Humanist Association” impulsada por el biólogo ateo Richard Dawkins, con el propósito de hacer “pensar a la gente, algo completamente contrario a la religión”.
Como es evidente esta campaña se refiere al Dios de los cristianos, pues en las naciones donde se ha implementado son de mayoría cristiana. De modo que la afirmación va dirigida directamente al Dios-Amor de la Biblia. ¿No es paradójico decirle a Jesús de Nazaret, –que murió perdonando, que enseñó el amor al prójimo y a disculpar al enemigo, que convivió con los pobres y los pecadores–, “ojalá no existas”?
Con una sutileza que cumple con los parámetros de los políticamente correcto, no se afirma que Dios no existe, sino sólo que es “probable”. Se siembra la duda, pero ¿para qué? Para no tener ya problemas de conciencia: “deja de preocuparte”.
Y es verdad, si Dios existe, al final de nuestra vida, cada uno le daremos cuentas de nuestras acciones. Que un Ser Supremo me pida cuentas y me pueda premiar o castigar, siempre será un freno para no cometer ciertas acciones. En cambio, si no existiera, afirmaríamos con Dostoievsky que “si no hay Dios, todo está permitido”.
Aparentemente, esta publicidad estaría liberando al hombre del yugo de la conciencia moral. Se trata de quitar aquello que complicaría las vidas de todos los que viven para el consumismo, el confort y el hedonismo. Sin embargo, este mensaje ateo, lejos de beneficiar a la sociedad, está confirmando que el mal puede tomar posesión de nuestro mundo. Recordarles al corrupto, al ladrón y al violento que, al final, el que la hace la paga, puede moverles a reflexionar sobre su conducta perversa, y posiblemente esto le cause una cierta preocupación. Pero si alguien les susurra al oído que “probablemente Dios no existe”, los torturadores, los traficantes de armas y de drogas, los terroristas, los dictadores, los abortistas, los pederastas, los servidores públicos corruptos y tantos otros se acomodarán más tranquilamente en sus sillones.
De igual manera, ¿qué pasará con los pobres, los marginados, los explotados, los secuestrados? La injusticia que recibieron quedaría impune para toda la eternidad. Entonces se podría pisar a los demás, pues no habría más castigo que el de la justicia humana, si es que llega. La razón misma se niega a aceptar que el mal pueda quedar sin castigo. Por eso, más bien, probablemente Dios sí existe. El ateísmo no resuelve nada.
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domingo, 1 de marzo de 2009
Familias para la paz
Luis-Fernando Valdés
En este primer domingo de marzo, celebramos en todo el País el “Día de la Familia”. Es un acontecimiento gozoso, pues la inmensa mayoría de los mexicanos pensamos que la familia es uno de nuestros valores más importantes. Pero estos festejos están empañados de tragedia y de dolor. No podemos cerrar los ojos a la ola de violencia que nos asoló durante la semana. ¿Qué puede hacer la institución familiar ante esta amarga crisis social?
Hoy por hoy, nuestra Patria carece de justicia y, por eso mismo, la paz se ha ausentado. La familia es la institución más adecuada para recuperar estos dos grandes valores, porque en ellos se dan cita tanto la dimensión individual como la social de la persona humana,
Cuando describimos los problemas sociales de nuestra Nación –narcotráfico, desempleo, tráfico de personas, explotación de menores, por mencionar sólo algunos–, descubrimos un denominador común que es la injusticia, o sea, una falta o ausencia de derechos. En estas situaciones, los derechos humanos, que derivan de la propia naturaleza del ser personal –tanto en el aspecto individual como social–, son pisoteados o incluso eliminados.
No es posible esperar más, hasta que la violencia y el atropello hagan colapsar la sociedad. Hay que buscar un remedio y éste será fomentar y cuidar a la familia, porque –al ser ésta un comunidad de vida y amor– está en condiciones de regenerar la sociedad, a través de la justicia y la paz, porque en ella todo está presidido por el amor. Esta institución encuentra en el amor su origen y su fin. Y este amor recibido en el hogar es el que mejor puede educar en los valores.
La familia puede entonces dar y construir la justicia y la paz, que fundan el bien común que requiere la vida social. Pero es necesario pensar en la familia ya no en términos estáticos, como si el mero hecho de vivir juntos solucionara todo. Se requiere visualizarla en una armonía dinámica, en la que todos sus miembros se esfuerzan por vivir en el amor y los valores, para construir juntos la justicia y la paz domésticas. Sólo desde ahí pueden surgir la concordia y la tranquilidad para toda la sociedad.
Y es que en una vida familiar sana se experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los más débiles, a los ancianos y a los enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por eso, asumo la afirmación del Card. Bertone pronunciada en el reciente “Encuentro de las familias”: “la familia es la primera e insustituible educadora de la paz”.
Por encima de las amenazas y dificultades que hoy se presentan en nuestro suelo contra la convivencia pacífica y el orden social, la familia está llamada a ser “protagonista de la paz”. Pensemos que los valores cultivados en la familia son un elemento muy significativo en el desarrollo moral de las relaciones sociales que configuran el tejido de la sociedad. Si de la unidad, fidelidad y fecundidad de la familia, como fundamento de la sociedad, dependen la estabilidad de nuestro Pueblo, ¿por qué no fomentar más a fondo la institución familiar? ¿por qué no tutelarla con leyes que garanticen su estabilidad? Sin familia, no habrá valores, y sin valores nunca advendrá la paz.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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En este primer domingo de marzo, celebramos en todo el País el “Día de la Familia”. Es un acontecimiento gozoso, pues la inmensa mayoría de los mexicanos pensamos que la familia es uno de nuestros valores más importantes. Pero estos festejos están empañados de tragedia y de dolor. No podemos cerrar los ojos a la ola de violencia que nos asoló durante la semana. ¿Qué puede hacer la institución familiar ante esta amarga crisis social?
Hoy por hoy, nuestra Patria carece de justicia y, por eso mismo, la paz se ha ausentado. La familia es la institución más adecuada para recuperar estos dos grandes valores, porque en ellos se dan cita tanto la dimensión individual como la social de la persona humana,
Cuando describimos los problemas sociales de nuestra Nación –narcotráfico, desempleo, tráfico de personas, explotación de menores, por mencionar sólo algunos–, descubrimos un denominador común que es la injusticia, o sea, una falta o ausencia de derechos. En estas situaciones, los derechos humanos, que derivan de la propia naturaleza del ser personal –tanto en el aspecto individual como social–, son pisoteados o incluso eliminados.
No es posible esperar más, hasta que la violencia y el atropello hagan colapsar la sociedad. Hay que buscar un remedio y éste será fomentar y cuidar a la familia, porque –al ser ésta un comunidad de vida y amor– está en condiciones de regenerar la sociedad, a través de la justicia y la paz, porque en ella todo está presidido por el amor. Esta institución encuentra en el amor su origen y su fin. Y este amor recibido en el hogar es el que mejor puede educar en los valores.
La familia puede entonces dar y construir la justicia y la paz, que fundan el bien común que requiere la vida social. Pero es necesario pensar en la familia ya no en términos estáticos, como si el mero hecho de vivir juntos solucionara todo. Se requiere visualizarla en una armonía dinámica, en la que todos sus miembros se esfuerzan por vivir en el amor y los valores, para construir juntos la justicia y la paz domésticas. Sólo desde ahí pueden surgir la concordia y la tranquilidad para toda la sociedad.
Y es que en una vida familiar sana se experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los más débiles, a los ancianos y a los enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por eso, asumo la afirmación del Card. Bertone pronunciada en el reciente “Encuentro de las familias”: “la familia es la primera e insustituible educadora de la paz”.
Por encima de las amenazas y dificultades que hoy se presentan en nuestro suelo contra la convivencia pacífica y el orden social, la familia está llamada a ser “protagonista de la paz”. Pensemos que los valores cultivados en la familia son un elemento muy significativo en el desarrollo moral de las relaciones sociales que configuran el tejido de la sociedad. Si de la unidad, fidelidad y fecundidad de la familia, como fundamento de la sociedad, dependen la estabilidad de nuestro Pueblo, ¿por qué no fomentar más a fondo la institución familiar? ¿por qué no tutelarla con leyes que garanticen su estabilidad? Sin familia, no habrá valores, y sin valores nunca advendrá la paz.
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miércoles, 25 de febrero de 2009
Resurgir de las cenizas
Luis-Fernando Valdés
Inicia hoy, para los católicos, el tiempo de Cuaresma, con un rito muy popular: la imposición de la ceniza. Este gesto es común a muchas culturas desde la antigüedad, y siempre tiene un significado de invitación a la reflexión y al cambio. En nuestra época, ¿todavía tiene sentido hablar de conversión? ¿es válida todavía la noción de penitencia?
De modo natural, todo ser humano de cualquier época, ha sentido en su interior una desazón producida al realizar alguna acción inadecuada. Con independencia de lo que cada cultura considere como acto bueno o malo, toda persona siente un dolor en su mente y en sus afectos cuando con sus palabras, sus pensamientos o sus obras, ha trasgredido el límite de lo que creía como bueno y ha realizado algo que consideraba como malo.
A este estado interior de culpabilidad, se le ha llamado en nuestra tradición occidental “remordimiento de conciencia”. Y a las acciones, pensamiento u omisiones que se consideran como malas se les conoce como “pecados” o “faltas”.
Y en todas las culturas antiguas y en muchas actuales siempre se ha considerado que para salir de esa situación interior de culpa hace falta un proceso de “purificación”. Es una creencia universal que el hombre por sí mismo no puede salir del estado de culpabilidad, sino que necesita ser purificado. De modo casi universal, hay unas prácticas que simbolizan y realizan esa camino de vuelta, y se conocen como “penitencia”. Entre los actos de penitencia comunes a la mayoría de las culturas están el ayuno y la ceniza.
Cuando el cristianismo irrumpe en la historia, conserva las prácticas judías de penitencia, pero les da un sentido nuevo. La explicación cristiana de la interioridad manchada por la culpa es la siguiente: al realizar un acto malo (pecado), la persona ofende a Dios (en ocasiones también al prójimo), y rompe la armonía consigo mismo (pierde la gracia).
La manera de restablecer la amistad con Dios y el equilibrio interior es pedir perdón al Creador (y, en su caso, al prójimo). Pero como no se trata sólo de pronunciar unas fórmulas, sino de un cambio interior, la petición de disculpa debe ir acompañada de un gesto que muestre que el arrepentimiento es sincero.
Y ése es el papel de la penitencia: por una parte, las privaciones voluntarias predisponen a la reflexión para llegar al arrepentimiento; y por otra, son una manifestación visible del sentimiento y del deseo interior de cambiar verdaderamente.
Así como en la cultura griega el Ave Fénix renacía de sus propias cenizas, así también la penitencia cristiana es una invitación para que los humanos reconozcamos nuestras faltas y podamos resurgir de nuestras propia miseria, al abrirnos a Aquél que es el que nos puede realmente levantar.
Al contemplar la crisis económica mundial, causada en parte importante por la ambición desmedida de una minoría; al presenciar decenas de asesinatos diarios; al avistar la corrupción de funcionarios públicos y de ciudadanos particulares; al llorar las injusticias de la migración, ¿hará falta argumentar de que todos necesitamos un tiempo de reflexión y de reconocimiento de nuestras malas actuaciones? Ante este panorama, ¿podemos afirmar que los mexicanos somos tan buenos que no necesitamos purificarnos? Ojalá que este tiempo litúrgico cobre sentido en los creyentes, y suscite en todos –también en los no creyentes– un deseo de esa penitencia natural, necesaria para ser mejores personas, mejores ciudadanos.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Inicia hoy, para los católicos, el tiempo de Cuaresma, con un rito muy popular: la imposición de la ceniza. Este gesto es común a muchas culturas desde la antigüedad, y siempre tiene un significado de invitación a la reflexión y al cambio. En nuestra época, ¿todavía tiene sentido hablar de conversión? ¿es válida todavía la noción de penitencia?
De modo natural, todo ser humano de cualquier época, ha sentido en su interior una desazón producida al realizar alguna acción inadecuada. Con independencia de lo que cada cultura considere como acto bueno o malo, toda persona siente un dolor en su mente y en sus afectos cuando con sus palabras, sus pensamientos o sus obras, ha trasgredido el límite de lo que creía como bueno y ha realizado algo que consideraba como malo.
A este estado interior de culpabilidad, se le ha llamado en nuestra tradición occidental “remordimiento de conciencia”. Y a las acciones, pensamiento u omisiones que se consideran como malas se les conoce como “pecados” o “faltas”.
Y en todas las culturas antiguas y en muchas actuales siempre se ha considerado que para salir de esa situación interior de culpa hace falta un proceso de “purificación”. Es una creencia universal que el hombre por sí mismo no puede salir del estado de culpabilidad, sino que necesita ser purificado. De modo casi universal, hay unas prácticas que simbolizan y realizan esa camino de vuelta, y se conocen como “penitencia”. Entre los actos de penitencia comunes a la mayoría de las culturas están el ayuno y la ceniza.
Cuando el cristianismo irrumpe en la historia, conserva las prácticas judías de penitencia, pero les da un sentido nuevo. La explicación cristiana de la interioridad manchada por la culpa es la siguiente: al realizar un acto malo (pecado), la persona ofende a Dios (en ocasiones también al prójimo), y rompe la armonía consigo mismo (pierde la gracia).
La manera de restablecer la amistad con Dios y el equilibrio interior es pedir perdón al Creador (y, en su caso, al prójimo). Pero como no se trata sólo de pronunciar unas fórmulas, sino de un cambio interior, la petición de disculpa debe ir acompañada de un gesto que muestre que el arrepentimiento es sincero.
Y ése es el papel de la penitencia: por una parte, las privaciones voluntarias predisponen a la reflexión para llegar al arrepentimiento; y por otra, son una manifestación visible del sentimiento y del deseo interior de cambiar verdaderamente.
Así como en la cultura griega el Ave Fénix renacía de sus propias cenizas, así también la penitencia cristiana es una invitación para que los humanos reconozcamos nuestras faltas y podamos resurgir de nuestras propia miseria, al abrirnos a Aquél que es el que nos puede realmente levantar.
Al contemplar la crisis económica mundial, causada en parte importante por la ambición desmedida de una minoría; al presenciar decenas de asesinatos diarios; al avistar la corrupción de funcionarios públicos y de ciudadanos particulares; al llorar las injusticias de la migración, ¿hará falta argumentar de que todos necesitamos un tiempo de reflexión y de reconocimiento de nuestras malas actuaciones? Ante este panorama, ¿podemos afirmar que los mexicanos somos tan buenos que no necesitamos purificarnos? Ojalá que este tiempo litúrgico cobre sentido en los creyentes, y suscite en todos –también en los no creyentes– un deseo de esa penitencia natural, necesaria para ser mejores personas, mejores ciudadanos.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 22 de febrero de 2009
Violencia y opinión pública
Luis-Fernando Valdés
Durante la semana ocurrieron dos sucesos, que parecen opuestos, pero apuntan a una misma raíz. Por una parte, el Secretario de Turismo, Rodolfo Elizondo, afirmó el lunes pasado que los medios de comunicación tienen la culpa de que haya bajado el índice de turistas, pues las noticias que se transmiten dan una mala imagen de nuestro País. Por otra, el martes pasado fuimos testigos de varias manifestaciones de encapuchados pidiendo la retirada del Ejército del combate al narcotráfico. En ambos casos, se trató de manipular a la opinión pública.
Manipular es una palabra que tiene una acepción fea: la de mover a otros mediante engaños, para conseguir un fin con el que ellos mismos no están de acuerdo. En estos dos hechos, la manipulación es un intento de que los demás crean algo que no es verdad.
En el primer caso, seguramente involuntario, por parte del Secretario Elizondo, la manipulación consistió en atribuir a los medios la mala imagen que se puede tener de nuestra Patria en el extranjero. Ciertamente, quizá algunos informativos –no todos– dan preferencia a noticias violentas, pero hay una realidad innegable: en México estamos atravesando por una ola gigante de secuestros, torturas y ejecuciones. No se puede culpar a los medios de “inventar” un ambiente de inseguridad, cuando la violencia es un “hecho”.
Dos cuestiones saltan a nuestra consideración. Primero, si es ético o no hablar de la situación de inseguridad. Ocultar los problemas nunca ha sido solución de nada. Es importante para la vida democrática de un país que se fomente un clima de transparencia. Es duro, pero hay que decirlo: en México están siendo asesinadas decenas de personas cada semana. Si consideraríamos que es malo que nos oculten lo que sucede en los regímenes totalitarios, ¿por qué habría que ocultar lo que sucede en nuestra propia Nación?
El segundo punto consiste en la eticidad de la presentación de las noticias sobre violencia. Este aspecto merece atención, porque la difusión de un hecho siempre conlleva un juicio de aprobación o de reprobación. Se puede publicar un hecho violento para condenarlo, o para alabarlo. Se puede poner énfasis en los detalles morbosos, o en las consecuencias sociales. Por esta diversidad de enfoques, es necesario decir que toda presentación que busque exaltar lo que degrada al hombre no es ética. Y también es importante señalar que se pueden publicar las noticias sobre crímenes, si el enfoque es respetuoso para la sensibilidad general, y busca resaltar la trascendencia del hecho, no los detalles de crueldad.
El otro suceso, las protestas a favor de los narcos, son claramente un intento de manipulación de la opinión pública. El crimen organizado está buscando una manera de liberarse de la presión de la Policía y el Ejército, y ha recurrido a una estrategia maquiavélica: utilizar un medio de expresión propio de la democracia, como son las manifestaciones en las calles.
De esa manera, ante la opinión pública los cárteles pretenden legitimarse, como si fueran un sector de la población al que se le están violando sus derechos. Se pueden expresar los grupos sociales que son parte de la sociedad, pero estas bandas criminales se han auto-excluido de ella, porque la destruyen, porque atacan a sus instituciones y a sus ciudadanos, y porque no viven según las leyes. No permitamos la manipulación: que nadie nos oculte lo que sucede, y que nadie pretenda legitimar sus crímenes, confundiendo a la opinión pública.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Durante la semana ocurrieron dos sucesos, que parecen opuestos, pero apuntan a una misma raíz. Por una parte, el Secretario de Turismo, Rodolfo Elizondo, afirmó el lunes pasado que los medios de comunicación tienen la culpa de que haya bajado el índice de turistas, pues las noticias que se transmiten dan una mala imagen de nuestro País. Por otra, el martes pasado fuimos testigos de varias manifestaciones de encapuchados pidiendo la retirada del Ejército del combate al narcotráfico. En ambos casos, se trató de manipular a la opinión pública.
Manipular es una palabra que tiene una acepción fea: la de mover a otros mediante engaños, para conseguir un fin con el que ellos mismos no están de acuerdo. En estos dos hechos, la manipulación es un intento de que los demás crean algo que no es verdad.
En el primer caso, seguramente involuntario, por parte del Secretario Elizondo, la manipulación consistió en atribuir a los medios la mala imagen que se puede tener de nuestra Patria en el extranjero. Ciertamente, quizá algunos informativos –no todos– dan preferencia a noticias violentas, pero hay una realidad innegable: en México estamos atravesando por una ola gigante de secuestros, torturas y ejecuciones. No se puede culpar a los medios de “inventar” un ambiente de inseguridad, cuando la violencia es un “hecho”.
Dos cuestiones saltan a nuestra consideración. Primero, si es ético o no hablar de la situación de inseguridad. Ocultar los problemas nunca ha sido solución de nada. Es importante para la vida democrática de un país que se fomente un clima de transparencia. Es duro, pero hay que decirlo: en México están siendo asesinadas decenas de personas cada semana. Si consideraríamos que es malo que nos oculten lo que sucede en los regímenes totalitarios, ¿por qué habría que ocultar lo que sucede en nuestra propia Nación?
El segundo punto consiste en la eticidad de la presentación de las noticias sobre violencia. Este aspecto merece atención, porque la difusión de un hecho siempre conlleva un juicio de aprobación o de reprobación. Se puede publicar un hecho violento para condenarlo, o para alabarlo. Se puede poner énfasis en los detalles morbosos, o en las consecuencias sociales. Por esta diversidad de enfoques, es necesario decir que toda presentación que busque exaltar lo que degrada al hombre no es ética. Y también es importante señalar que se pueden publicar las noticias sobre crímenes, si el enfoque es respetuoso para la sensibilidad general, y busca resaltar la trascendencia del hecho, no los detalles de crueldad.
El otro suceso, las protestas a favor de los narcos, son claramente un intento de manipulación de la opinión pública. El crimen organizado está buscando una manera de liberarse de la presión de la Policía y el Ejército, y ha recurrido a una estrategia maquiavélica: utilizar un medio de expresión propio de la democracia, como son las manifestaciones en las calles.
De esa manera, ante la opinión pública los cárteles pretenden legitimarse, como si fueran un sector de la población al que se le están violando sus derechos. Se pueden expresar los grupos sociales que son parte de la sociedad, pero estas bandas criminales se han auto-excluido de ella, porque la destruyen, porque atacan a sus instituciones y a sus ciudadanos, y porque no viven según las leyes. No permitamos la manipulación: que nadie nos oculte lo que sucede, y que nadie pretenda legitimar sus crímenes, confundiendo a la opinión pública.
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domingo, 15 de febrero de 2009
Violencia ¿hay solución?
Luis-Fernando Valdés
Con tristeza y preocupación, fuimos testigos de una ola de violencia muy intensa durante la semana. El martes en un enfrentamiento entre soldados y narcos dio como resultado ¡21 muertos!, y los homicidios han seguido hasta hoy. Al contemplar este desolador panorama de muerte, de dolor, de injusticia, nos preguntamos: ¿tiene alguna explicación la violencia? ¿existirá una solución?
El origen de la violencia se puede buscar en diversos ámbitos de la existencia humana. Sin duda, las injusticias sociales son un detonador de acciones agresivas; de igual manera, los perfiles psicológicos también pueden ser una parte del esclarecimiento de la génesis de este problema. Sin embargo, tales factores no dan total razón de la violencia que cada uno sentimos en nuestro interior.
La violencia se presenta ante el hombre como un misterio profundo, porque aunque los individuos y la sociedad aspiran a la paz, es un hecho que la violencia ocurre, y enturbia o imposibilita la paz. Ante está paradoja –buscamos la paz, pero frecuentemente encontramos lo contrario–, cada persona descubre que la violencia está en el interior de sí misma. Y esta presencia de un germen de maldad en nuestro propio interior nos interroga con fuerza sobre el origen del mal, porque nuestro espíritu no se aquieta sólo con una respuesta sociológica o psicológica. Es entonces cuando nos damos cuenta de que es válido buscar una explicación en otro plano, y así podemos considerar la posibilidad de atender a las respuestas que propone la fe.
El origen de la violencia está en lo más íntimo de cada uno. Así lo reveló Jesucristo a la humanidad: “Del corazón del hombre proceden las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los asesinatos, los adulterios, las avaricias, las maldades, el fraude, el libertinaje, la envidia, la injuria, la insolencia, la altivez, la insensatez” (Mateo 7, 21-23).
Esto nos da una pista clara: el principal recurso contra la violencia es la lucha moral que permite a la persona dominar esos malos instintos procedentes del corazón. Cuando el hombre o la mujer se dejan llevar por esos vicios, producen un desorden que –con frecuencia– lleva a la violencia. Queda delineado entonces el núcleo del problema: las acciones violentas son originadas por la mujer y el hombre violentos.
Sin duda alguna, ante la ola de crímenes que vivimos se requieren acciones militares, policiales, penales y sociales urgentes y eficaces, pues los sicarios no se van a detener con exhortaciones, y mientras haya desigualdad seguirá en aumento la criminalidad. Pero estas medidas sólo atajarán algunos efectos negativos inmediatos, pero no irán a la raíz: el corazón humano.
Por eso, también los ciudadanos de a pie debemos buscar un cambio en nuestro interior. Es lo que la multisecular ascética cristiana recomendaba: perdonar de corazón, no guardar rencores, rechazar con prontitud la ira interior, no gozarse del mal ajeno y cultivar la “regla de oro”: tratar a los demás como quiero que ellos me traten a mí (cfr. Mateo 7, 12).
Esta profunda crisis de revueltas y sangre que hiere a nuestro País nos hace patente la carencia de valores. La fe cristiana tiene una respuesta válida, como una purificación del interior del hombre, donde se originan las malas acciones. Pero es importante entender que se trata de una respuesta y un compromiso personales con los valores, pero no de una imposición ideológica ni sociológica.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Con tristeza y preocupación, fuimos testigos de una ola de violencia muy intensa durante la semana. El martes en un enfrentamiento entre soldados y narcos dio como resultado ¡21 muertos!, y los homicidios han seguido hasta hoy. Al contemplar este desolador panorama de muerte, de dolor, de injusticia, nos preguntamos: ¿tiene alguna explicación la violencia? ¿existirá una solución?
El origen de la violencia se puede buscar en diversos ámbitos de la existencia humana. Sin duda, las injusticias sociales son un detonador de acciones agresivas; de igual manera, los perfiles psicológicos también pueden ser una parte del esclarecimiento de la génesis de este problema. Sin embargo, tales factores no dan total razón de la violencia que cada uno sentimos en nuestro interior.
La violencia se presenta ante el hombre como un misterio profundo, porque aunque los individuos y la sociedad aspiran a la paz, es un hecho que la violencia ocurre, y enturbia o imposibilita la paz. Ante está paradoja –buscamos la paz, pero frecuentemente encontramos lo contrario–, cada persona descubre que la violencia está en el interior de sí misma. Y esta presencia de un germen de maldad en nuestro propio interior nos interroga con fuerza sobre el origen del mal, porque nuestro espíritu no se aquieta sólo con una respuesta sociológica o psicológica. Es entonces cuando nos damos cuenta de que es válido buscar una explicación en otro plano, y así podemos considerar la posibilidad de atender a las respuestas que propone la fe.
El origen de la violencia está en lo más íntimo de cada uno. Así lo reveló Jesucristo a la humanidad: “Del corazón del hombre proceden las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los asesinatos, los adulterios, las avaricias, las maldades, el fraude, el libertinaje, la envidia, la injuria, la insolencia, la altivez, la insensatez” (Mateo 7, 21-23).
Esto nos da una pista clara: el principal recurso contra la violencia es la lucha moral que permite a la persona dominar esos malos instintos procedentes del corazón. Cuando el hombre o la mujer se dejan llevar por esos vicios, producen un desorden que –con frecuencia– lleva a la violencia. Queda delineado entonces el núcleo del problema: las acciones violentas son originadas por la mujer y el hombre violentos.
Sin duda alguna, ante la ola de crímenes que vivimos se requieren acciones militares, policiales, penales y sociales urgentes y eficaces, pues los sicarios no se van a detener con exhortaciones, y mientras haya desigualdad seguirá en aumento la criminalidad. Pero estas medidas sólo atajarán algunos efectos negativos inmediatos, pero no irán a la raíz: el corazón humano.
Por eso, también los ciudadanos de a pie debemos buscar un cambio en nuestro interior. Es lo que la multisecular ascética cristiana recomendaba: perdonar de corazón, no guardar rencores, rechazar con prontitud la ira interior, no gozarse del mal ajeno y cultivar la “regla de oro”: tratar a los demás como quiero que ellos me traten a mí (cfr. Mateo 7, 12).
Esta profunda crisis de revueltas y sangre que hiere a nuestro País nos hace patente la carencia de valores. La fe cristiana tiene una respuesta válida, como una purificación del interior del hombre, donde se originan las malas acciones. Pero es importante entender que se trata de una respuesta y un compromiso personales con los valores, pero no de una imposición ideológica ni sociológica.
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domingo, 8 de febrero de 2009
General asesinado, México pisoteado
Luis-Fernando Valdés
El pasado 3 de febrero fue salvajemente torturado y asesinado el General en retiro Mauro Enrique Tello Quiñones, en Cancún. El militar había sido apenas contratado como asesor del presidente municipal de Benito Juárez, Quinta Roo, cuando fue secuestrado y ultimado. Este suceso representa una grave afrenta a todo el País.
Sí, este homicidio tiene una relevancia especial. Ciertamente, todo asesinato siempre es una gran tragedia, aunque el occiso no sea un personaje público. Pero tampoco podemos dejar de lado, que el cargo que ocupa una persona representa y simboliza a su institución. De modo que este crimen ha sido un atropello no sólo para el General Tello Quiñones y sus acompañantes, sino también al Ejército mexicano al que su alto rango representaba.
Manifestamos nuestras condolencias a su viuda y a su familia, y también a los parientes de quienes murieron con él. Y con independencia de los méritos y los deméritos de este General, queremos destacar que su muerte nos afecta a todos los mexicanos, porque ha sido ofendida una institución que constituye uno de lo pilares de nuestro País.
Una nación se constituye como tal cuando se consolidan las diversas instituciones que la conforman: parlamento, corte de justicia, etc. Uno de los organismos claves de un país es su ejército, pues representa la garantía de paz, orden y seguridad dentro de sus fronteras. Cuando el ejército es atacado, hay un mensaje muy claro por parte del agresor: está desafiando a toda esa nación.
La violencia contra los militares mexicanos, por parte del crimen organizado, significa una lucha por establecer dos países: el que se ha consolidado legítimamente a lo largo de la historia, y otro nuevo, el que quisieran implantar los criminales, para mirar sólo por sus intereses.
Cuando se ataca a las instituciones que representan a un nuestra Patria, se manda una señal muy nítida: que los agresores no están dispuestos a seguir ni nuestras leyes ni nuestras costumbres. Por eso, ningún ciudadano puede permitir –o soportar pasivamente– que lo que representa a México sea atropellado.
No se trata de fomentar un falso nacionalismo militarista. Más bien, se requiere una reflexión serena, porque el apasionamiento tiende –con frecuencia– a fijarse sólo en la ofensa a la persona, dejando de lado la injuria a la institución y a lo que ella representa. Por eso, sin importar si estamos de acuerdo o no con la actuación del Ejército, del General Tello, o del Gobierno actual, debemos sentirnos ultrajados por este asesinato, porque representa un atentado contra nuestro País.
Cuando hablamos de la unidad de nuestra Nación, nunca se debe entender una “uniformidad” de modos de pensar o de actuar. La unidad tampoco significa que todos los ciudadanos debamos tener un misma preferencia política o apoyemos un mismo sistema económico. En cambio, la unidad nacional se apoya en el respeto y la defensa de lo que nos constituye como País: nuestro territorio y nuestras instituciones. Por eso, este tipo de crímenes, que atentan contra un pilar institucional de la República, son un verdadero peligro contra la unidad de México.
De ahí la importancia de que todos repudiemos estas acciones y presionemos para que se haga justicia –sin pretender una venganza por parte del gremio castrense–, porque está en juego la legitimidad y la permanencia de las instituciones que consolidan a nuestro México.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
El pasado 3 de febrero fue salvajemente torturado y asesinado el General en retiro Mauro Enrique Tello Quiñones, en Cancún. El militar había sido apenas contratado como asesor del presidente municipal de Benito Juárez, Quinta Roo, cuando fue secuestrado y ultimado. Este suceso representa una grave afrenta a todo el País.
Sí, este homicidio tiene una relevancia especial. Ciertamente, todo asesinato siempre es una gran tragedia, aunque el occiso no sea un personaje público. Pero tampoco podemos dejar de lado, que el cargo que ocupa una persona representa y simboliza a su institución. De modo que este crimen ha sido un atropello no sólo para el General Tello Quiñones y sus acompañantes, sino también al Ejército mexicano al que su alto rango representaba.
Manifestamos nuestras condolencias a su viuda y a su familia, y también a los parientes de quienes murieron con él. Y con independencia de los méritos y los deméritos de este General, queremos destacar que su muerte nos afecta a todos los mexicanos, porque ha sido ofendida una institución que constituye uno de lo pilares de nuestro País.
Una nación se constituye como tal cuando se consolidan las diversas instituciones que la conforman: parlamento, corte de justicia, etc. Uno de los organismos claves de un país es su ejército, pues representa la garantía de paz, orden y seguridad dentro de sus fronteras. Cuando el ejército es atacado, hay un mensaje muy claro por parte del agresor: está desafiando a toda esa nación.
La violencia contra los militares mexicanos, por parte del crimen organizado, significa una lucha por establecer dos países: el que se ha consolidado legítimamente a lo largo de la historia, y otro nuevo, el que quisieran implantar los criminales, para mirar sólo por sus intereses.
Cuando se ataca a las instituciones que representan a un nuestra Patria, se manda una señal muy nítida: que los agresores no están dispuestos a seguir ni nuestras leyes ni nuestras costumbres. Por eso, ningún ciudadano puede permitir –o soportar pasivamente– que lo que representa a México sea atropellado.
No se trata de fomentar un falso nacionalismo militarista. Más bien, se requiere una reflexión serena, porque el apasionamiento tiende –con frecuencia– a fijarse sólo en la ofensa a la persona, dejando de lado la injuria a la institución y a lo que ella representa. Por eso, sin importar si estamos de acuerdo o no con la actuación del Ejército, del General Tello, o del Gobierno actual, debemos sentirnos ultrajados por este asesinato, porque representa un atentado contra nuestro País.
Cuando hablamos de la unidad de nuestra Nación, nunca se debe entender una “uniformidad” de modos de pensar o de actuar. La unidad tampoco significa que todos los ciudadanos debamos tener un misma preferencia política o apoyemos un mismo sistema económico. En cambio, la unidad nacional se apoya en el respeto y la defensa de lo que nos constituye como País: nuestro territorio y nuestras instituciones. Por eso, este tipo de crímenes, que atentan contra un pilar institucional de la República, son un verdadero peligro contra la unidad de México.
De ahí la importancia de que todos repudiemos estas acciones y presionemos para que se haga justicia –sin pretender una venganza por parte del gremio castrense–, porque está en juego la legitimidad y la permanencia de las instituciones que consolidan a nuestro México.
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domingo, 1 de febrero de 2009
Juan Pablo II: hace ya 30 años
Luis-Fernando Valdés
Han pasado tan rápido, que quizá esta efemérides pase un poco desapercibida. Pero se han cumplido ya 30 años del primer viaje de Juan Pablo II a nuestro País. Del 26 de enero al 1 de febrero de 1979, ocurrió un increíble intercambio entre el Papa polaco y el Pueblo mexicano.
Aunque fueron en total cinco viajes apostólicos los que realizó a nuestra Patria, aquel primero fue decisivo en el Pontificado de este gran Papa. El mismo afirmaría que en este primer encuentro con los fieles, fuera de Italia, le había hecho comprender su vocación de “Papa Peregrino”. Así surgió esa característica, que se convirtió en parte de nuestra vida: el Santo Padre viajando por todas las naciones del orbe. Fue esto tan habitual, que las noticias de la periodista mexicana Valentina Alazraki, que lo acompañó en todos esos recorridos, también se hicieron parte de nuestra vida cotidiana.
También de México, Juan Pablo II recibió un gran regalo de cariño. En su libro “En nombre del amor”, esta misma corresponsal cuenta que, en ocasiones, cuando estaba muy cansado, el Papa Woityla se ponía a ver los videos de esta primera visita. Y, al recordar el amor del Pueblo mexicano, se volvía a animar mucho.
En este intercambio, también el añorado Papa nos dio mucho. Con generosidad, procuró estar cercano a la gente. A lo largo de los cinco viajes, estuvo en varias ciudades de la República, tuvo audiencias con diversos grupos étnicos, con el mundo del arte y la cultura, además de las ceremonias litúrgicas que ofició. Su compañía nos llenó de esperanza: vimos que el Vicario de Cristo era muy sensible a nuestros problemas, y no ofrecía soluciones (ninguna de ellas fácil, por cierto: señal de que había comprendido a fondo la cuestión).
Fuimos testigos de que su desvelo por los mexicanos no buscaba el aplauso simplón de unas muchedumbres enardecidas. Su objetivo era confirmarnos en la fe, y por eso fue conmovedor su último viaje, en el que cumplió un apretado programa, aunque ya casi no podía hablar ni caminar.
Todos recordamos ese ambiente festivo que traían sus visitas. Pero, ¿cuál es el legado espiritual que Juan Pablo II nos dejó? ¿qué esperaba de los creyentes mexicanos? Ante todo, nos pedía fidelidad: “el Papa quiere hablaros hoy de algo que es, y debe ser más, una esencia vuestra, cristiana y mariana: la fidelidad a la Iglesia” (Homilía, 26.I.1979). Explicaba entonces que “es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación”.
El Papa eslavo espera mucho de nuestro País. “De mi Patria se suele decir: ‘Polonia semper fidelis’. Yo quiero poder decir también: ¡‘Mexicum semper fidele’, siempre fiel!” Y concretó esa lealtad en los siguientes puntos: a) “un generoso y noble esfuerzo por conocer siempre mejor a la Iglesia”, b) “una leal aceptación de la Iglesia”,y c) “la plena coherencia de vuestra vida con vuestra pertenencia a la Iglesia”, es decir, “tener conciencia de la propia identidad de católicos y manifestarla, con total respeto, pero sin vacilaciones ni temores”. Ojalá que este aniversario nos sirva para recordar el afecto de este gran Papa, y también nos lleve a una seria reflexión personal, que nos lleve del entusiasmo a la coherencia, del recuerdo a la lealtad.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Han pasado tan rápido, que quizá esta efemérides pase un poco desapercibida. Pero se han cumplido ya 30 años del primer viaje de Juan Pablo II a nuestro País. Del 26 de enero al 1 de febrero de 1979, ocurrió un increíble intercambio entre el Papa polaco y el Pueblo mexicano.
Aunque fueron en total cinco viajes apostólicos los que realizó a nuestra Patria, aquel primero fue decisivo en el Pontificado de este gran Papa. El mismo afirmaría que en este primer encuentro con los fieles, fuera de Italia, le había hecho comprender su vocación de “Papa Peregrino”. Así surgió esa característica, que se convirtió en parte de nuestra vida: el Santo Padre viajando por todas las naciones del orbe. Fue esto tan habitual, que las noticias de la periodista mexicana Valentina Alazraki, que lo acompañó en todos esos recorridos, también se hicieron parte de nuestra vida cotidiana.
También de México, Juan Pablo II recibió un gran regalo de cariño. En su libro “En nombre del amor”, esta misma corresponsal cuenta que, en ocasiones, cuando estaba muy cansado, el Papa Woityla se ponía a ver los videos de esta primera visita. Y, al recordar el amor del Pueblo mexicano, se volvía a animar mucho.
En este intercambio, también el añorado Papa nos dio mucho. Con generosidad, procuró estar cercano a la gente. A lo largo de los cinco viajes, estuvo en varias ciudades de la República, tuvo audiencias con diversos grupos étnicos, con el mundo del arte y la cultura, además de las ceremonias litúrgicas que ofició. Su compañía nos llenó de esperanza: vimos que el Vicario de Cristo era muy sensible a nuestros problemas, y no ofrecía soluciones (ninguna de ellas fácil, por cierto: señal de que había comprendido a fondo la cuestión).
Fuimos testigos de que su desvelo por los mexicanos no buscaba el aplauso simplón de unas muchedumbres enardecidas. Su objetivo era confirmarnos en la fe, y por eso fue conmovedor su último viaje, en el que cumplió un apretado programa, aunque ya casi no podía hablar ni caminar.
Todos recordamos ese ambiente festivo que traían sus visitas. Pero, ¿cuál es el legado espiritual que Juan Pablo II nos dejó? ¿qué esperaba de los creyentes mexicanos? Ante todo, nos pedía fidelidad: “el Papa quiere hablaros hoy de algo que es, y debe ser más, una esencia vuestra, cristiana y mariana: la fidelidad a la Iglesia” (Homilía, 26.I.1979). Explicaba entonces que “es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación”.
El Papa eslavo espera mucho de nuestro País. “De mi Patria se suele decir: ‘Polonia semper fidelis’. Yo quiero poder decir también: ¡‘Mexicum semper fidele’, siempre fiel!” Y concretó esa lealtad en los siguientes puntos: a) “un generoso y noble esfuerzo por conocer siempre mejor a la Iglesia”, b) “una leal aceptación de la Iglesia”,y c) “la plena coherencia de vuestra vida con vuestra pertenencia a la Iglesia”, es decir, “tener conciencia de la propia identidad de católicos y manifestarla, con total respeto, pero sin vacilaciones ni temores”. Ojalá que este aniversario nos sirva para recordar el afecto de este gran Papa, y también nos lleve a una seria reflexión personal, que nos lleve del entusiasmo a la coherencia, del recuerdo a la lealtad.
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domingo, 25 de enero de 2009
Card. Bertone en Querétaro
Luis-Fernando Valdés
Hace justo 7 días, el Secretario de Estado del Vaticano pronunció un importante discurso en el Teatro de la República, lugar histórico del México contemporáneo. Durante la semana, diversos comentarios se han centrado en el aspecto dialéctico (que donde se sello el laicismo mexicano, hablara el número dos de la Iglesia Católica). Tales comentarios han dejado de lado el interesante diagnóstico y la propuesta cultural del Card. Tarcisio Bertone.
El Cardenal explica que la cultura de nuestro País, y de América Latina, se injerta en la cultura occidental. Por eso, para entenderla necesitamos conocer la transformación que ha tenido el Occidente: el encuentro entre la revelación bíblica y el genio filosófico griego. Así tuvo lugar una “paideia”, que es el ideal en que los griegos cifraban el desarrollo pleno del hombre y que Roma tradujo como “humanitas”.
De ahí el Card. Bertone pasa a tratar un punto capital de la cultura mexicana: el “ethos” barroco. “La paideia cristiana dio lugar en México a una nueva síntesis cultural, que ha marcado su identidad”. Esta síntesis es llamada “mestiza” o “barroca”, y es “como la aportación específica (de México) a la cultura universal”.
Aunque el mestizaje es un hecho innegable , afirma el purpurado que “no todos aceptan que se convierta en el rasgo esencial de la identidad nacional”. Unos lo evitan para preservar la identidad indígena, mientras que otros lo hacen para salvar el carácter europeo de la cultura iberoamericana. Pero lo mestizo es la novedad del encuentro entre ambas culturas, y es la señal de la transformación de ambas. El mestizaje debería ser una categoría “originaria y constitutiva, hasta el punto que cuando se le olvida, o explícitamente se le rechaza, con ella se abandona también el fundamento de la identidad (mexicana)”. Y, luego, el Cardenal explica que, por negar esta categoría, surge la “tendencia a vivir mirando hacia el pasado y discutiendo en permanente conflicto acerca de la propia identidad”. Entonces, se da “el gran divorcio” entre la cultura popular, que es mestiza y barroca, y la cultura de las élites y las minorías dirigentes.
Después de esto ha venido una especie de irrelevancia cultural de la Iglesia y los católicos en el mundo de la cultura. En parte propiciado por la persecución religiosa, pero también por la estrategia de aislamiento a la Iglesia, especialmente en el área educativa. Además –reconoce el Secretario de Estado– en los siglos XIX y XX, “los católicos no supieron integrarse adecuadamente en las vanguardias, ocupados como estaban en la defensa de su propia identidad”.
La vuelta de los católicos a la vida cultural del País no es un revanchismo, ni un afán de reconquista. Según Mons. Bertone, se trata de “trabajar para que la cultura mexicana ahonde en sus raíces, no necesariamente para imponer un canon moral o intelectual a los intelectuales y artistas, sino para complementar, enriquecer y acoger sus esfuerzos creativos”.
Como se puede apreciar, una lectura no política ni partidista del Discurso, permitirá entablar un verdadero diálogo entre Cristianismo y cultura. Las ideas del Jerarca también dan una pauta para estudiar serenamente el “gran trauma” (éstas son palabras mías) del México Independiente: cuál es nuestra identidad nacional. Quedan pues ahuyentados los fantasmas de que la Iglesia se quiere apoderar del País, utilizando como escenario tan significativo como el Teatro de la República.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Hace justo 7 días, el Secretario de Estado del Vaticano pronunció un importante discurso en el Teatro de la República, lugar histórico del México contemporáneo. Durante la semana, diversos comentarios se han centrado en el aspecto dialéctico (que donde se sello el laicismo mexicano, hablara el número dos de la Iglesia Católica). Tales comentarios han dejado de lado el interesante diagnóstico y la propuesta cultural del Card. Tarcisio Bertone.
El Cardenal explica que la cultura de nuestro País, y de América Latina, se injerta en la cultura occidental. Por eso, para entenderla necesitamos conocer la transformación que ha tenido el Occidente: el encuentro entre la revelación bíblica y el genio filosófico griego. Así tuvo lugar una “paideia”, que es el ideal en que los griegos cifraban el desarrollo pleno del hombre y que Roma tradujo como “humanitas”.
De ahí el Card. Bertone pasa a tratar un punto capital de la cultura mexicana: el “ethos” barroco. “La paideia cristiana dio lugar en México a una nueva síntesis cultural, que ha marcado su identidad”. Esta síntesis es llamada “mestiza” o “barroca”, y es “como la aportación específica (de México) a la cultura universal”.
Aunque el mestizaje es un hecho innegable , afirma el purpurado que “no todos aceptan que se convierta en el rasgo esencial de la identidad nacional”. Unos lo evitan para preservar la identidad indígena, mientras que otros lo hacen para salvar el carácter europeo de la cultura iberoamericana. Pero lo mestizo es la novedad del encuentro entre ambas culturas, y es la señal de la transformación de ambas. El mestizaje debería ser una categoría “originaria y constitutiva, hasta el punto que cuando se le olvida, o explícitamente se le rechaza, con ella se abandona también el fundamento de la identidad (mexicana)”. Y, luego, el Cardenal explica que, por negar esta categoría, surge la “tendencia a vivir mirando hacia el pasado y discutiendo en permanente conflicto acerca de la propia identidad”. Entonces, se da “el gran divorcio” entre la cultura popular, que es mestiza y barroca, y la cultura de las élites y las minorías dirigentes.
Después de esto ha venido una especie de irrelevancia cultural de la Iglesia y los católicos en el mundo de la cultura. En parte propiciado por la persecución religiosa, pero también por la estrategia de aislamiento a la Iglesia, especialmente en el área educativa. Además –reconoce el Secretario de Estado– en los siglos XIX y XX, “los católicos no supieron integrarse adecuadamente en las vanguardias, ocupados como estaban en la defensa de su propia identidad”.
La vuelta de los católicos a la vida cultural del País no es un revanchismo, ni un afán de reconquista. Según Mons. Bertone, se trata de “trabajar para que la cultura mexicana ahonde en sus raíces, no necesariamente para imponer un canon moral o intelectual a los intelectuales y artistas, sino para complementar, enriquecer y acoger sus esfuerzos creativos”.
Como se puede apreciar, una lectura no política ni partidista del Discurso, permitirá entablar un verdadero diálogo entre Cristianismo y cultura. Las ideas del Jerarca también dan una pauta para estudiar serenamente el “gran trauma” (éstas son palabras mías) del México Independiente: cuál es nuestra identidad nacional. Quedan pues ahuyentados los fantasmas de que la Iglesia se quiere apoderar del País, utilizando como escenario tan significativo como el Teatro de la República.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 18 de enero de 2009
Iglesia y familias alternativas
Luis-Fernando Valdés
Concluye hoy el VI Encuentro Mundial de las Familias, organizado por Santa Sede y la Arquidiócesis de México. Durante tres días, expertos en la materia expusieron, ante unas 10 mil personas, provenientes de 45 países, cuál es la identidad de la familia. Al mismo tiempo, aunque con escala mucho menor, diversos grupos han manifestado sus protestas, con un serio cuestionamiento: ¿hasta cuándo va a aceptar la Iglesia los nuevos modelos familiares?
Para intentar una respuesta, sin faltar al respeto a quienes de hecho viven esas otras realidades, conviene no discutir por los casos concretos, y, en cambio, acudir a los principios que están en el fondo de la cuestión. Como veremos, el núcleo de este tema es un asunto filosófico, del que se deriva una cuestión ideológica, la cual es la causa de las controversias que aparecen en los medios.
La pregunta clave es si existe una estructura común a todos los hombre, que establezca que es una familia. Para el pensamiento clásico –que el cristianismo ha asumido en gran parte– la familia consiste “por naturaleza” en un padre, una madre e hijos. En cambio, para algunos pensadores de la segunda mitad del siglo XX, la familia no existe por naturaleza, sino “por elección”: hombre con hombre, mujer con mujer, etc.
Quedan enfrentadas las dos posturas. La primera afirma que lo que es conforme a la naturaleza es bueno, y malo, lo que va contra ella. La segunda sostiene que no existe nada bueno ni malo, sino que cada uno debe escoger sin pretender afirmar la bondad o malicia de lo elegido.
Esta elección se ha convertido en una cuestión ideológica, que ha invertido los papeles. A nombre del respeto a la libertad, nadie podría afirmar si la elección del género familiar es buena o mala; para no faltar al respeto, nadie debería hablar de exigencias naturales. Ya no se puede decir que “lo natural” es lo bueno, sino sólo que es “tradicional”, y, al ser llamado tradicional, lo natural pasa a ser una “opción” más. En cambio, “la elección” se convierte en “lo natural” del ser humano, de modo que todos los que afirman un único modelo natural de familia se han convertido en malos, por atentar contra la capacidad de elección del hombre.
Por eso, en el debate público, cuando los católicos afirman el modelo familiar basado en la naturaleza, inmediatamente la Iglesia es reprobada por atentar contra las nuevas opciones. Y, en cambio, los que la atacan se sienten justificados, pues se consideran a sí mismos como los defensores de la nueva naturaleza humana, basada en la elección.
Entonces la pregunta inicial –¿hasta cuándo la Iglesia aceptará a las familias alternativas?– también se invierte: ¿hasta cuándo los defensores de la opción aceptarán que existe una naturaleza humana común? Así llegamos al fondo de la cuestión: o naturaleza o elección. Hasta hoy la respuesta a favor de la elección se ha basado en la ideología y la descalificación.
Para proteger la identidad de la familia, que es la base de la sociedad, hace falta no perder de vista que las ideologías se cierran al diálogo, y presentan las situaciones “de hecho” y los casos límite como “pruebas” contra la naturaleza. En cambio, es muy necesario argumentar sobre qué es la familia, y desde esa base dar respuestas a los retos de nuestra época. Por eso, qué oportuno ha sido el VI Encuentro Mundial de las Familias.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Concluye hoy el VI Encuentro Mundial de las Familias, organizado por Santa Sede y la Arquidiócesis de México. Durante tres días, expertos en la materia expusieron, ante unas 10 mil personas, provenientes de 45 países, cuál es la identidad de la familia. Al mismo tiempo, aunque con escala mucho menor, diversos grupos han manifestado sus protestas, con un serio cuestionamiento: ¿hasta cuándo va a aceptar la Iglesia los nuevos modelos familiares?
Para intentar una respuesta, sin faltar al respeto a quienes de hecho viven esas otras realidades, conviene no discutir por los casos concretos, y, en cambio, acudir a los principios que están en el fondo de la cuestión. Como veremos, el núcleo de este tema es un asunto filosófico, del que se deriva una cuestión ideológica, la cual es la causa de las controversias que aparecen en los medios.
La pregunta clave es si existe una estructura común a todos los hombre, que establezca que es una familia. Para el pensamiento clásico –que el cristianismo ha asumido en gran parte– la familia consiste “por naturaleza” en un padre, una madre e hijos. En cambio, para algunos pensadores de la segunda mitad del siglo XX, la familia no existe por naturaleza, sino “por elección”: hombre con hombre, mujer con mujer, etc.
Quedan enfrentadas las dos posturas. La primera afirma que lo que es conforme a la naturaleza es bueno, y malo, lo que va contra ella. La segunda sostiene que no existe nada bueno ni malo, sino que cada uno debe escoger sin pretender afirmar la bondad o malicia de lo elegido.
Esta elección se ha convertido en una cuestión ideológica, que ha invertido los papeles. A nombre del respeto a la libertad, nadie podría afirmar si la elección del género familiar es buena o mala; para no faltar al respeto, nadie debería hablar de exigencias naturales. Ya no se puede decir que “lo natural” es lo bueno, sino sólo que es “tradicional”, y, al ser llamado tradicional, lo natural pasa a ser una “opción” más. En cambio, “la elección” se convierte en “lo natural” del ser humano, de modo que todos los que afirman un único modelo natural de familia se han convertido en malos, por atentar contra la capacidad de elección del hombre.
Por eso, en el debate público, cuando los católicos afirman el modelo familiar basado en la naturaleza, inmediatamente la Iglesia es reprobada por atentar contra las nuevas opciones. Y, en cambio, los que la atacan se sienten justificados, pues se consideran a sí mismos como los defensores de la nueva naturaleza humana, basada en la elección.
Entonces la pregunta inicial –¿hasta cuándo la Iglesia aceptará a las familias alternativas?– también se invierte: ¿hasta cuándo los defensores de la opción aceptarán que existe una naturaleza humana común? Así llegamos al fondo de la cuestión: o naturaleza o elección. Hasta hoy la respuesta a favor de la elección se ha basado en la ideología y la descalificación.
Para proteger la identidad de la familia, que es la base de la sociedad, hace falta no perder de vista que las ideologías se cierran al diálogo, y presentan las situaciones “de hecho” y los casos límite como “pruebas” contra la naturaleza. En cambio, es muy necesario argumentar sobre qué es la familia, y desde esa base dar respuestas a los retos de nuestra época. Por eso, qué oportuno ha sido el VI Encuentro Mundial de las Familias.
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domingo, 11 de enero de 2009
Pobreza: reto para 2009
Luis-Fernando Valdés
Al inicio de cada año, como ya es tradicional, el Papa ofrece un discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. En su alocución de este año, Benedicto XVI hizo un recuento del estado del mundo durante el año anterior, y, en su diagnóstico, no sólo habló ampliamente sobre el grave problema de la pobreza, sino también propuso unas soluciones que desafían la mentalidad dominante.
El Papa analiza primero la relación entre violencia y pobreza, al comentar los duros sucesos de los atentados terroristas que han sembrado la muerte y la destrucción en países como Afganistán, India, Pakistán y Argelia. La violencia suele acaecer ahí donde hay problemas de falta de recursos materiales. Ante esta situación, el Santo Padre afirmó que “no se puede construir la paz cuando los gastos militares sustraen enormes recursos humanos y materiales a los proyectos de desarrollo, especialmente de los países más pobres”.
Entonces, explica el Obispo de Roma, “para construir la paz, conviene dar nuevamente esperanza a los pobres”. Además de la actual crisis financiera mundial que está afectando a millones de personas, la crisis alimenticia y el calentamiento climático dificultan todavía más el acceso a los alimentos y al agua a los habitantes de las regiones más pobres del planeta. Por eso, “es urgente adoptar una estrategia eficaz para combatir el hambre y favorecer el desarrollo agrícola local”.
Pero la propuesta del Pontífice no se ciñe al tema de la producción de alimentos, sino que va al fondo de la cuestión, y advierte que “para resanar la economía, es necesario crear una nueva confianza”. Este objetivo sólo se podrá alcanzar a través de una “ética fundada en la dignidad innata de la persona humana”.
Benedicto XVI manifiesta que, aunque esto es exigente, no es una utopía. Y recordó su discurso en la Sede de la Organización de las Naciones Unidas, en el que puso de relieve que la Declaración universal de los derechos humanos “se basa en la dignidad de la persona humana, y ésta a su vez en la naturaleza común a todos que trasciende las diversas culturas”. Una ética común para todos es el fundamento para una verdadera solución. Pero no es una moral a la que se llega por el consenso de la mayoría, sino que se basa en la estructura común a todo ser humanos, mejor conocida como naturaleza humana. Ésta ética natural permitirá ayudar a “la juventud, educándola en un ideal de auténtica fraternidad”, porque lo que “socava la paz no es sólo la pobreza material, sino también la pobreza moral”.
Pero la pobreza, según enseña el Papa, no se limita a quienes carecen de recursos materiales, ya que “los seres humanos más pobres son los niños no nacidos. No puedo dejar de mencionar, al concluir, a otros pobres, como los enfermos y las personas ancianas abandonadas, las familias divididas y sin puntos de referencia”. Por eso, es necesario inculcar ideales éticos, pues “la solidaridad fraterna entre todos los hombres es la vía maestra para combatir la pobreza y construir la paz”.
Combatir la pobreza mediante estrategias económicas globales y planes de desarrollo agropecuario está principalmente en manos de los gobernantes. Pero vivir y enseñar la solidaridad y cultivar los valores éticos es tarea de nosotros, los ciudadanos de a pie. El reto de la pobreza también es nuestro.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Al inicio de cada año, como ya es tradicional, el Papa ofrece un discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. En su alocución de este año, Benedicto XVI hizo un recuento del estado del mundo durante el año anterior, y, en su diagnóstico, no sólo habló ampliamente sobre el grave problema de la pobreza, sino también propuso unas soluciones que desafían la mentalidad dominante.
El Papa analiza primero la relación entre violencia y pobreza, al comentar los duros sucesos de los atentados terroristas que han sembrado la muerte y la destrucción en países como Afganistán, India, Pakistán y Argelia. La violencia suele acaecer ahí donde hay problemas de falta de recursos materiales. Ante esta situación, el Santo Padre afirmó que “no se puede construir la paz cuando los gastos militares sustraen enormes recursos humanos y materiales a los proyectos de desarrollo, especialmente de los países más pobres”.
Entonces, explica el Obispo de Roma, “para construir la paz, conviene dar nuevamente esperanza a los pobres”. Además de la actual crisis financiera mundial que está afectando a millones de personas, la crisis alimenticia y el calentamiento climático dificultan todavía más el acceso a los alimentos y al agua a los habitantes de las regiones más pobres del planeta. Por eso, “es urgente adoptar una estrategia eficaz para combatir el hambre y favorecer el desarrollo agrícola local”.
Pero la propuesta del Pontífice no se ciñe al tema de la producción de alimentos, sino que va al fondo de la cuestión, y advierte que “para resanar la economía, es necesario crear una nueva confianza”. Este objetivo sólo se podrá alcanzar a través de una “ética fundada en la dignidad innata de la persona humana”.
Benedicto XVI manifiesta que, aunque esto es exigente, no es una utopía. Y recordó su discurso en la Sede de la Organización de las Naciones Unidas, en el que puso de relieve que la Declaración universal de los derechos humanos “se basa en la dignidad de la persona humana, y ésta a su vez en la naturaleza común a todos que trasciende las diversas culturas”. Una ética común para todos es el fundamento para una verdadera solución. Pero no es una moral a la que se llega por el consenso de la mayoría, sino que se basa en la estructura común a todo ser humanos, mejor conocida como naturaleza humana. Ésta ética natural permitirá ayudar a “la juventud, educándola en un ideal de auténtica fraternidad”, porque lo que “socava la paz no es sólo la pobreza material, sino también la pobreza moral”.
Pero la pobreza, según enseña el Papa, no se limita a quienes carecen de recursos materiales, ya que “los seres humanos más pobres son los niños no nacidos. No puedo dejar de mencionar, al concluir, a otros pobres, como los enfermos y las personas ancianas abandonadas, las familias divididas y sin puntos de referencia”. Por eso, es necesario inculcar ideales éticos, pues “la solidaridad fraterna entre todos los hombres es la vía maestra para combatir la pobreza y construir la paz”.
Combatir la pobreza mediante estrategias económicas globales y planes de desarrollo agropecuario está principalmente en manos de los gobernantes. Pero vivir y enseñar la solidaridad y cultivar los valores éticos es tarea de nosotros, los ciudadanos de a pie. El reto de la pobreza también es nuestro.
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domingo, 4 de enero de 2009
El Duque y la eutanasia
Luis-Fernando Valdés
La eutanasia sigue presente como parte de la agenda legislativa de muchas naciones de occidente. En diciembre, le llegó el turno al Ducado de Luxemburgo, uno de los países más pequeños de Europa. En el Parlamento, ganó con poco margen la votación a favor de esta práctica terminal. Como formalidad, para ser promulgada, sólo faltaba la firma del Soberano de esa nación. Pero el Gran Duque ¡se negó a rubricar esa ley!
Uno de los grandes mitos de nuestro tiempo consiste en afirmar que una nación será verdadera democrática, sólo si sus leyes garantizan –de manera radical– la libertad de elección. De modo que, si en un país un ciudadano no tiene el apoyo legal para elegir morir, en caso de una enfermedad terminal, o en una situación de invalidez, se considera que la legislación de ese pueblo está retrasada, que no va conforme al sentir de nuestra época.
Sin embargo, este paradigma de modernidad y de democracia necesita ser criticado. Esta postura considera que la libertad está por encima de todo, incluso de la vida. ¿Acaso no es muy significativo que, quienes promueven el aborto, se presenten como “pro choice”, como a favor de una elección libre superior incluso a la vida? Pero no es así. La vida es anterior a la libertad, y es el fundamento de toda elección. Antes que exista democracia, lo primero que hay es la vida humana.
Por eso, en toda nación verdaderamente democrática existe el derecho a la objeción de conciencia, que garantiza que ninguna persona sea obligada a actuar contra sus convicciones íntimas. Ningún ciudadano está obligado a adherirse a leyes que van contra sus creencias legítimas, y nada más legítimo que defender la vida, desde su concepción hasta termino natural.
Y esto fue lo que hizo el Gran Duque Enrique I de Luxemburgo, quien se negó a firmar la ley que aprueba la eutanasia en su país. La negativa del Duque a su Parlamento no ha sido la única vez que un soberano europeo enfrenta a los legisladores. En 1990, Balduino, Rey de Bélgica, tío de Enrique I, se rehusó a sancionar la legalización del aborto. El soberano belga escribió a los parlamentarios una carta, en la que decía: “Comprenderán por qué no puedo asociarme a esta ley, pues firmándola asumiría inevitablemente una cierta corresponsabilidad (...). ¿Sería lógico que yo sea el único ciudadano belga que se ve forzado a actuar contra su conciencia en una materia esencial? ¿Acaso la libertad de conciencia vale para todos salvo para el rey?”.
Como en el caso de Balduino, la solución, todavía pendiente de ejecutarse, consistirá en una pirueta jurídica. En aquella ocasión se declaró una “incapacidad temporal para reinar” por un día: el trono quedó vacante el 5 de abril de 1990 y la ley del aborto en Bélgica se promulgó sin la firma de Balduino. En Luxemburgo, se cambiará el artículo 34 de la Constitución: el soberano ya no tendrá entre sus atribuciones “promulgar y sancionar” las leyes, sino solo promulgarlas.
La actitud de Enrique I es digna de elogio. Un gobernante debe ser fiel a su conciencia, aunque sus ideas a favor de la vida no sean las de moda, ni estén en conformidad con la ideología dominante. Se trata de una gran lección de valentía y coherencia, tan distante de la cobardía de decir “yo estoy a favor de la vida, pero no puedo oponerme a la mayoría”. Es también una gran enseñanza, tanto para los gobernantes, legisladores y jueces, como para el resto de los ciudadanos: es preferible ser destituidos –criticados o rechazados–, antes que permitir un atentado contra el término natural de la vida.
lfvaldes@gmail.com
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La eutanasia sigue presente como parte de la agenda legislativa de muchas naciones de occidente. En diciembre, le llegó el turno al Ducado de Luxemburgo, uno de los países más pequeños de Europa. En el Parlamento, ganó con poco margen la votación a favor de esta práctica terminal. Como formalidad, para ser promulgada, sólo faltaba la firma del Soberano de esa nación. Pero el Gran Duque ¡se negó a rubricar esa ley!
Uno de los grandes mitos de nuestro tiempo consiste en afirmar que una nación será verdadera democrática, sólo si sus leyes garantizan –de manera radical– la libertad de elección. De modo que, si en un país un ciudadano no tiene el apoyo legal para elegir morir, en caso de una enfermedad terminal, o en una situación de invalidez, se considera que la legislación de ese pueblo está retrasada, que no va conforme al sentir de nuestra época.
Sin embargo, este paradigma de modernidad y de democracia necesita ser criticado. Esta postura considera que la libertad está por encima de todo, incluso de la vida. ¿Acaso no es muy significativo que, quienes promueven el aborto, se presenten como “pro choice”, como a favor de una elección libre superior incluso a la vida? Pero no es así. La vida es anterior a la libertad, y es el fundamento de toda elección. Antes que exista democracia, lo primero que hay es la vida humana.
Por eso, en toda nación verdaderamente democrática existe el derecho a la objeción de conciencia, que garantiza que ninguna persona sea obligada a actuar contra sus convicciones íntimas. Ningún ciudadano está obligado a adherirse a leyes que van contra sus creencias legítimas, y nada más legítimo que defender la vida, desde su concepción hasta termino natural.
Y esto fue lo que hizo el Gran Duque Enrique I de Luxemburgo, quien se negó a firmar la ley que aprueba la eutanasia en su país. La negativa del Duque a su Parlamento no ha sido la única vez que un soberano europeo enfrenta a los legisladores. En 1990, Balduino, Rey de Bélgica, tío de Enrique I, se rehusó a sancionar la legalización del aborto. El soberano belga escribió a los parlamentarios una carta, en la que decía: “Comprenderán por qué no puedo asociarme a esta ley, pues firmándola asumiría inevitablemente una cierta corresponsabilidad (...). ¿Sería lógico que yo sea el único ciudadano belga que se ve forzado a actuar contra su conciencia en una materia esencial? ¿Acaso la libertad de conciencia vale para todos salvo para el rey?”.
Como en el caso de Balduino, la solución, todavía pendiente de ejecutarse, consistirá en una pirueta jurídica. En aquella ocasión se declaró una “incapacidad temporal para reinar” por un día: el trono quedó vacante el 5 de abril de 1990 y la ley del aborto en Bélgica se promulgó sin la firma de Balduino. En Luxemburgo, se cambiará el artículo 34 de la Constitución: el soberano ya no tendrá entre sus atribuciones “promulgar y sancionar” las leyes, sino solo promulgarlas.
La actitud de Enrique I es digna de elogio. Un gobernante debe ser fiel a su conciencia, aunque sus ideas a favor de la vida no sean las de moda, ni estén en conformidad con la ideología dominante. Se trata de una gran lección de valentía y coherencia, tan distante de la cobardía de decir “yo estoy a favor de la vida, pero no puedo oponerme a la mayoría”. Es también una gran enseñanza, tanto para los gobernantes, legisladores y jueces, como para el resto de los ciudadanos: es preferible ser destituidos –criticados o rechazados–, antes que permitir un atentado contra el término natural de la vida.
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domingo, 28 de diciembre de 2008
Dignidad humana y biociencia: ¿incompatibles?
Luis-Fernando Valdés
Terminamos el 2008 con muchos sinsabores y descalabros. Los más evidentes son el narcotráfico y la recesión económica. Pero este año fue también muy duro para el respeto a la dignidad humana, en el momento del inicio de la vida: la Suprema Corte estableció que nuestra Constitución política no defiende la vida desde la concepción; Ricky Martin obtuvo unos gemelos por “maternidad subrogada”, sólo por citar dos casos. ¿Hay alguna esperanza de que los avances de la ciencia sean compatibles con el respeto del origen de la vida humana?
Una clave para el respeto a la vida humana está en el sujeto que hace ciencia, pues es él quien debe tomar decisiones éticas. En la persona del investigador biomédico deben hacerse compatibles dos factores: uno científico y otro ético. En ocasiones, estos científicos poseen una gran preparación técnica, pero no siempre tienen un apoyo bioético claro o bien fundamentado. Por eso, es una gran noticia que la Santa Sede, a través de la Congregación de la Doctrina de la Fe, acaba de promulgar una Instrucción titulada “Dignitas personae”, fechada el 8 de septiembre de 2008, con la finalidad de dar respuesta a los interrogantes que han suscitado las nuevas perspectivas terapéuticas sobre la fertilidad asistida, las células madre, la clonación y la utilización de embriones para la investigación.
Este documento “se dirige a los fieles cristianos y a todos los que buscan la verdad” (n. 3). Cuando la Iglesia propone principios y valoraciones morales para la investigación biomédica sobre la vida humana, “se vale de la razón y de la fe” (ibid.). Por eso, esta Instrucción expone unos principios éticos, fruto de una profunda reflexión sobre las técnicas científicas y sus resultados, basada en la antropología cristiana (cfr. n. 2).
El texto pontificio se basa sobre dos principios fundamentales. El primero consiste en que “el ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción” (n. 4). Y el segundo explica que el origen de la vida humana “tiene su auténtico contexto en el matrimonio y la familia, donde es generada por medio de un acto que expresa el amor recíproco entre el hombre y la mujer” (n. 6).
Lejos de oponerse a que matrimonios con problemas de fecundidad reciban tratamientos adecuados, la Instrucción alienta a que se empleen todas las técnicas lícitas, que son las que respetan tanto “el derecho a la vida y a la integridad física de cada ser humano”, como “la unidad del matrimonio, que implica el respeto recíproco del derecho de los cónyuges a convertirse en padre y madre solamente el uno a través del otro” (n. 12).
La Santa Sede confirma el juicio ético negativo sobre la fecundación “in vitro” pues el número de embriones sacrificados es altísimo (el 80% en los centros más importantes, según dice la nota 27). Y lo mismo sobre la clonación humana, que es “intrínsecamente ilícita” ya que “se propone dar origen a un nuevo ser humano sin conexión con el acto de recíproca donación entre dos cónyuges y, más radicalmente, sin ningún vínculo con la sexualidad” (n. 28).
“Dignitas personae” viene a consolidar los esfuerzos de muchos especialistas en bioética que, desde la ciencia, la biología, el derecho, la filosofía y la teología, buscan un diálogo para defender la vida humana desde su concepción. 2009 será un año prometedor, si continuamos buscando nuevas formas de exponer la armonía entre la ciencia y la vida humana, que sólo puede dar la razón iluminada por la fe.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Terminamos el 2008 con muchos sinsabores y descalabros. Los más evidentes son el narcotráfico y la recesión económica. Pero este año fue también muy duro para el respeto a la dignidad humana, en el momento del inicio de la vida: la Suprema Corte estableció que nuestra Constitución política no defiende la vida desde la concepción; Ricky Martin obtuvo unos gemelos por “maternidad subrogada”, sólo por citar dos casos. ¿Hay alguna esperanza de que los avances de la ciencia sean compatibles con el respeto del origen de la vida humana?
Una clave para el respeto a la vida humana está en el sujeto que hace ciencia, pues es él quien debe tomar decisiones éticas. En la persona del investigador biomédico deben hacerse compatibles dos factores: uno científico y otro ético. En ocasiones, estos científicos poseen una gran preparación técnica, pero no siempre tienen un apoyo bioético claro o bien fundamentado. Por eso, es una gran noticia que la Santa Sede, a través de la Congregación de la Doctrina de la Fe, acaba de promulgar una Instrucción titulada “Dignitas personae”, fechada el 8 de septiembre de 2008, con la finalidad de dar respuesta a los interrogantes que han suscitado las nuevas perspectivas terapéuticas sobre la fertilidad asistida, las células madre, la clonación y la utilización de embriones para la investigación.
Este documento “se dirige a los fieles cristianos y a todos los que buscan la verdad” (n. 3). Cuando la Iglesia propone principios y valoraciones morales para la investigación biomédica sobre la vida humana, “se vale de la razón y de la fe” (ibid.). Por eso, esta Instrucción expone unos principios éticos, fruto de una profunda reflexión sobre las técnicas científicas y sus resultados, basada en la antropología cristiana (cfr. n. 2).
El texto pontificio se basa sobre dos principios fundamentales. El primero consiste en que “el ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción” (n. 4). Y el segundo explica que el origen de la vida humana “tiene su auténtico contexto en el matrimonio y la familia, donde es generada por medio de un acto que expresa el amor recíproco entre el hombre y la mujer” (n. 6).
Lejos de oponerse a que matrimonios con problemas de fecundidad reciban tratamientos adecuados, la Instrucción alienta a que se empleen todas las técnicas lícitas, que son las que respetan tanto “el derecho a la vida y a la integridad física de cada ser humano”, como “la unidad del matrimonio, que implica el respeto recíproco del derecho de los cónyuges a convertirse en padre y madre solamente el uno a través del otro” (n. 12).
La Santa Sede confirma el juicio ético negativo sobre la fecundación “in vitro” pues el número de embriones sacrificados es altísimo (el 80% en los centros más importantes, según dice la nota 27). Y lo mismo sobre la clonación humana, que es “intrínsecamente ilícita” ya que “se propone dar origen a un nuevo ser humano sin conexión con el acto de recíproca donación entre dos cónyuges y, más radicalmente, sin ningún vínculo con la sexualidad” (n. 28).
“Dignitas personae” viene a consolidar los esfuerzos de muchos especialistas en bioética que, desde la ciencia, la biología, el derecho, la filosofía y la teología, buscan un diálogo para defender la vida humana desde su concepción. 2009 será un año prometedor, si continuamos buscando nuevas formas de exponer la armonía entre la ciencia y la vida humana, que sólo puede dar la razón iluminada por la fe.
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domingo, 21 de diciembre de 2008
El auténtico regalo de Navidad
Luis-Fernando Valdés
La recesión económica por la que atravesamos, lejos de perjudicar la fiesta de la Navidad, más bien la ha favorecido. Lo anterior suena curioso: si ya no hay dinero para regalos, para fiestas y para viajes ¿cómo que es que no le ha afectado? Al contrario, esta forzada austeridad nos ayuda a superar la visión consumista de las celebraciones decembrinas, para contemplar su auténtico significado. Pero, ¿cuál es el verdadero sentido de la Natividad del Señor?
El 25 de diciembre festejamos el natalicio de Jesús de Nazaret. La fe de los creyentes cristianos afirma que Jesús es el Cristo (el Mesías o Ungido) anunciado en el Antiguo Testamento, que es Hijo de Dios, que se hizo ser humano para salvar al mundo de sus pecados. Celebramos que Dios se ha hecho hombre como nosotros, para enseñarnos el camino hacia Dios. La alegría de la Navidad consiste en que se cumple la profecía de Isaías (7, 14; Marcos 1, 23): un mujer virgen concebiría un hijo, que sería el Emmanuel, o sea, Dios-con-nosotros. Santa María trajo al mundo el gozo de la cercanía de Dios.
Este júbilo espiritual se ha traducido, desde hace siglos, en grandes celebraciones: oficios litúrgicos solemnes, con música e incienso; una reunión familiar, con una comida especial y ofrecimiento de regalos. Pero, con la creciente descristianización de los últimos dos siglos, la fiesta navideña se ha vaciado de sentido religioso, para quedar sólo como una fecha para una reunión familiar y para dar regalos, y también quizá para viajar aprovechando las vacaciones. Se ha perdido el Dios-con-nosotros.
Esta pérdida de sentido religioso no sólo afecta a la celebración misma (celebrar el nacimiento de Jesús, pero sin hacer referencia a Él; es tan absurdo como organizar una fiesta de cumpleaños y no invitar al festejado). También perturba la vida cotidiana de las personas, que han mentalizado a recibir regalos navideños, pero ya no reparan en la cercanía de Dios. Por eso, cuando se dirigen al Señor, esperan conseguir regalos y favores, pero si no los consiguen se apaga su fe en Él.
Una Navidad con austeridad nos ayudará a preguntarnos a qué vino Jesús al mundo. Al observar su Vida en los Santos Evangelios, notamos inmediatamente que Jesús no vino a darnos riquezas, pues nació en un lugar miserable (Lucas 2, 7). Tampoco trajo poderío militar, pues tuvo que huir de Herodes que mando matar a todos los niños de esa comarca, pensando que así eliminaría al recién nacido Rey de Israel (Mateo 2, 13-18). Aunque años después curó a muchos enfermos, tampoco vino a ofrecernos la salud, pues Él mismo sufrió la tortura y la muerte de Cruz (Mateo 27, 32-55).
Entonces –escribe el Papa Benedicto XVI– “¿qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído? La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traído a Dios” (Jesús de Nazaret, p. 69).
Éste es el auténtico regalo de Navidad: comprender que celebramos la cercanía de Dios. Jesús Nazaret es Dios-con-nosotros porque es Dios viviendo el drama de la existencia humana: la alegría y el dolor, el amor y la traición, la carencia de bienes materiales… Sabemos que Jesús es Dios-con-nosotros, no porque nos llené de dinero o de salud, sino porque ha vivido lo mismo que ahora experimentamos nosotros y le ha dado un sentido sobrenatural, divino, a nuestra abundancia y a nuestra carencia, a nuestra salud y a nuestra enfermedad. Ahora tenemos a Dios en nuestras vidas y, por eso, con o sin regalos, podemos decir ¡Feliz Navidad!
Correo: lfvaldes@gmail.com
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La recesión económica por la que atravesamos, lejos de perjudicar la fiesta de la Navidad, más bien la ha favorecido. Lo anterior suena curioso: si ya no hay dinero para regalos, para fiestas y para viajes ¿cómo que es que no le ha afectado? Al contrario, esta forzada austeridad nos ayuda a superar la visión consumista de las celebraciones decembrinas, para contemplar su auténtico significado. Pero, ¿cuál es el verdadero sentido de la Natividad del Señor?
El 25 de diciembre festejamos el natalicio de Jesús de Nazaret. La fe de los creyentes cristianos afirma que Jesús es el Cristo (el Mesías o Ungido) anunciado en el Antiguo Testamento, que es Hijo de Dios, que se hizo ser humano para salvar al mundo de sus pecados. Celebramos que Dios se ha hecho hombre como nosotros, para enseñarnos el camino hacia Dios. La alegría de la Navidad consiste en que se cumple la profecía de Isaías (7, 14; Marcos 1, 23): un mujer virgen concebiría un hijo, que sería el Emmanuel, o sea, Dios-con-nosotros. Santa María trajo al mundo el gozo de la cercanía de Dios.
Este júbilo espiritual se ha traducido, desde hace siglos, en grandes celebraciones: oficios litúrgicos solemnes, con música e incienso; una reunión familiar, con una comida especial y ofrecimiento de regalos. Pero, con la creciente descristianización de los últimos dos siglos, la fiesta navideña se ha vaciado de sentido religioso, para quedar sólo como una fecha para una reunión familiar y para dar regalos, y también quizá para viajar aprovechando las vacaciones. Se ha perdido el Dios-con-nosotros.
Esta pérdida de sentido religioso no sólo afecta a la celebración misma (celebrar el nacimiento de Jesús, pero sin hacer referencia a Él; es tan absurdo como organizar una fiesta de cumpleaños y no invitar al festejado). También perturba la vida cotidiana de las personas, que han mentalizado a recibir regalos navideños, pero ya no reparan en la cercanía de Dios. Por eso, cuando se dirigen al Señor, esperan conseguir regalos y favores, pero si no los consiguen se apaga su fe en Él.
Una Navidad con austeridad nos ayudará a preguntarnos a qué vino Jesús al mundo. Al observar su Vida en los Santos Evangelios, notamos inmediatamente que Jesús no vino a darnos riquezas, pues nació en un lugar miserable (Lucas 2, 7). Tampoco trajo poderío militar, pues tuvo que huir de Herodes que mando matar a todos los niños de esa comarca, pensando que así eliminaría al recién nacido Rey de Israel (Mateo 2, 13-18). Aunque años después curó a muchos enfermos, tampoco vino a ofrecernos la salud, pues Él mismo sufrió la tortura y la muerte de Cruz (Mateo 27, 32-55).
Entonces –escribe el Papa Benedicto XVI– “¿qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído? La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traído a Dios” (Jesús de Nazaret, p. 69).
Éste es el auténtico regalo de Navidad: comprender que celebramos la cercanía de Dios. Jesús Nazaret es Dios-con-nosotros porque es Dios viviendo el drama de la existencia humana: la alegría y el dolor, el amor y la traición, la carencia de bienes materiales… Sabemos que Jesús es Dios-con-nosotros, no porque nos llené de dinero o de salud, sino porque ha vivido lo mismo que ahora experimentamos nosotros y le ha dado un sentido sobrenatural, divino, a nuestra abundancia y a nuestra carencia, a nuestra salud y a nuestra enfermedad. Ahora tenemos a Dios en nuestras vidas y, por eso, con o sin regalos, podemos decir ¡Feliz Navidad!
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 14 de diciembre de 2008
60 años de Derechos Humanos
Luis-Fernando Valdés
El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de la ONU promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Se trata un documento validez universal, que en 30 puntos condensa los mínimos éticos para que una persona viva y se desarrolle conforme a su dignidad. Vale la pena recordar su historia y su contenido, para reimpulsar su defensa.
El antecedente directo, que dio lugar a esta Declaración, fue el Holocausto, que significó una praxis sistemática de exclusión y de exterminio, por parte del Estado Alemán, de 1933 a 1945. Esta política del llamado Tercer Reich derivó en una matanza que se calcula en seis millones de judíos, tres millones de prisioneros rusos, casi dos millones de polacos y 250 gitanos.
Se dice con facilidad el número de víctimas, pero la frialdad de los datos no refleja el grado de crueldad que hubo en los campos de exterminio, donde millones de personas fueron reducidas a vivir en condiciones infrahumanas; esos números tampoco manifiestan la pesadilla que sufrieron los deportados, que trasladados en vagones de ganado, eran luego seleccionados a su llegada: los más débiles eran asesinados sobre la marcha, otros eran tratados como esclavos y otros más utilizados para experimentación científica.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, para dar una respuesta firme a los horrores vividos durante el nazismo, la comunidad internacional comenzó a construir mecanismos jurídicos, políticos e institucionales para evitar que estos cruentos hechos se repitieran en un futuro. Como afirma José Luis Soberanes, Presidente de la CNDH, “a partir de 1948 podemos afirmar que nació una convicción profunda por que ‘nunca más’ la humanidad haya de permanecer ajena ante la vulneración de los derechos humanos de las personas que tenemos cerca y las que no lo están tanto, bajo el principio de corresponsabilidad colectiva de protección de los derechos humanos”.
La Declaración de los Derechos Humanos a penas tiene 60 años, pero su contenido es milenario. Este gran ideal de los derechos de cada ser humano no fue creado por los racionalistas franceses, ni descubierto por los colonialistas americanos. Se encuentra presente en los grandes códigos de conducta y en la máximas llenas de sabiduría de los pueblos más antiguos. El punto central de esta Declaración es la preocupación por los derechos inherentes a todo ser humano, y encuentra su fundamento en la naturaleza humana, tal como es presentada por la Biblia: “Y creó Dios al hombre a su imagen; varón y mujer los creó” (Génesis 1, 27). Además, en el Decálogo y en las Bienaventuranzas encontramos los fundamentos morales de la conducta humana, que garantizan la justicia, el respeto, la libertad, la paz y el perdón.
Sin embargo, a pesar de este gran esfuerzo, aún falta mucho por lograr. A finales del siglo XX, ni la experiencia del Exterminio, ni la promulgación de la Declaración de los Derechos Humanos fueron suficientes para que impedir nuevos genocidios: en Ruanda y en los Balcanes rebrotó el odio racial y el atropello de la libertad religiosa.
Y a niveles quizá poco perceptibles, cada día, en nuestro País se pisotean los derechos humanos de individuos concretos: los niños a los que se le impide nacer (art. 3), y la falta de libertad religiosa, que permite manifestar las propias creencias “individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia” (art. 18). Nos falta implantar una cultura de los Derechos Humanos, para que “nunca más” se vuelvan a atropellar.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de la ONU promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Se trata un documento validez universal, que en 30 puntos condensa los mínimos éticos para que una persona viva y se desarrolle conforme a su dignidad. Vale la pena recordar su historia y su contenido, para reimpulsar su defensa.
El antecedente directo, que dio lugar a esta Declaración, fue el Holocausto, que significó una praxis sistemática de exclusión y de exterminio, por parte del Estado Alemán, de 1933 a 1945. Esta política del llamado Tercer Reich derivó en una matanza que se calcula en seis millones de judíos, tres millones de prisioneros rusos, casi dos millones de polacos y 250 gitanos.
Se dice con facilidad el número de víctimas, pero la frialdad de los datos no refleja el grado de crueldad que hubo en los campos de exterminio, donde millones de personas fueron reducidas a vivir en condiciones infrahumanas; esos números tampoco manifiestan la pesadilla que sufrieron los deportados, que trasladados en vagones de ganado, eran luego seleccionados a su llegada: los más débiles eran asesinados sobre la marcha, otros eran tratados como esclavos y otros más utilizados para experimentación científica.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, para dar una respuesta firme a los horrores vividos durante el nazismo, la comunidad internacional comenzó a construir mecanismos jurídicos, políticos e institucionales para evitar que estos cruentos hechos se repitieran en un futuro. Como afirma José Luis Soberanes, Presidente de la CNDH, “a partir de 1948 podemos afirmar que nació una convicción profunda por que ‘nunca más’ la humanidad haya de permanecer ajena ante la vulneración de los derechos humanos de las personas que tenemos cerca y las que no lo están tanto, bajo el principio de corresponsabilidad colectiva de protección de los derechos humanos”.
La Declaración de los Derechos Humanos a penas tiene 60 años, pero su contenido es milenario. Este gran ideal de los derechos de cada ser humano no fue creado por los racionalistas franceses, ni descubierto por los colonialistas americanos. Se encuentra presente en los grandes códigos de conducta y en la máximas llenas de sabiduría de los pueblos más antiguos. El punto central de esta Declaración es la preocupación por los derechos inherentes a todo ser humano, y encuentra su fundamento en la naturaleza humana, tal como es presentada por la Biblia: “Y creó Dios al hombre a su imagen; varón y mujer los creó” (Génesis 1, 27). Además, en el Decálogo y en las Bienaventuranzas encontramos los fundamentos morales de la conducta humana, que garantizan la justicia, el respeto, la libertad, la paz y el perdón.
Sin embargo, a pesar de este gran esfuerzo, aún falta mucho por lograr. A finales del siglo XX, ni la experiencia del Exterminio, ni la promulgación de la Declaración de los Derechos Humanos fueron suficientes para que impedir nuevos genocidios: en Ruanda y en los Balcanes rebrotó el odio racial y el atropello de la libertad religiosa.
Y a niveles quizá poco perceptibles, cada día, en nuestro País se pisotean los derechos humanos de individuos concretos: los niños a los que se le impide nacer (art. 3), y la falta de libertad religiosa, que permite manifestar las propias creencias “individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia” (art. 18). Nos falta implantar una cultura de los Derechos Humanos, para que “nunca más” se vuelvan a atropellar.
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domingo, 7 de diciembre de 2008
Úteros de alquiler
Luis-Fernando Valdés
Primero, Ricky Martin nos sorprendió en septiembre pasado, al anunciar que era “padre de unos hermosos gemelos”, nacidos por el método de “subrogación gestacional”. Y ahora, en la Asamblea Legislativa del DF, el PRD propuso la creación de la ley de maternidad subrogada, para regular la renta de úteros. ¿Es humano –y, por tanto, ético– que una mujer “rente” su cuerpo para procrear al hijo de otros?
A nombre de la libertad, algunos sostienen que puede hacer todo, incluso aquellas cosas que la naturaleza impide realizar. Y, en el caso del deseo de paternidad y maternidad, nada debería frustrar esta inclinación, ni siquiera la esterilidad de uno de los progenitores. Esto ha dado pie a la implementación de ciertas técnicas de reproducción asistida, que violentan la naturaleza humana, como la fecundación “in vitro” (engendrar a un bebé en un matraz de laboratorio y no en el lecho conyugal). Pero ahora, con la “subrogración gestacional” la situación va más lejos. Incluso un varón puede engendrar –o mandar engendrar in vitro– sin necesidad de una pareja. Basta con que una mujer “alquile” su útero.
Quien decide seguir este procedimiento seguramente desea darle lo mejor a ese niño, pero el cariño no suple la ausencia objetiva de uno de los progenitores. Además, en la procreación artificial en solitario, un adulto es quien decide que su hijo no necesita una madre o un padre. Pero, ¿qué pensaríamos de un progenitor que decidiera que su hijo no necesita amigos, porque ya está él para darle apoyo, cariño y compañía?
Otra vuelta de tuerca: ahora se intenta que esta situación se vuelva una práctica legal. Leticia Quezada, diputada local del PRD y promotora de la ley, explicó que iniciativa plantea que la maternidad subrogada sea una “práctica médica” mediante la cual una mujer geste o lleve en su vientre el producto de la concepción de otra. O sea, ¿ya no se trata de una actividad clandestina, sino un “procedimiento médico”? Entonces, ¿por decreto de ley, utilizar un útero ajeno es parte de las terapias médicas?
Esta iniciativa legislativa parecería muy humana, pues parte de que existe este tipo de préstamo, y busca establecer que haya control y así se eviten abusos. Por eso, prevé mecanismos para que las interesadas en subrogar su vientre gocen de buena salud: prueba antidoping, restricción sólo a dos ocasiones. Además, establece que no se cobre por este tipo de servicio de gestación.
Pero no es una ley verdaderamente humana. Lo sería sólo si subrogar el propio útero fuera un modo natural de tener un bebé, pues estaría protegiendo una situación propia de la naturaleza humana. No es propio de una ley reconocer desórdenes “de facto” con el fin de establecer supuestas garantías. Más bien una norma verdadera busca que los ciudadanos se comporten conforme a la naturaleza humana. En este caso, se debería proponer una ley que prohibiera esta práctica, pues va contra el modo humano de engendrar.
El resultado de la renta de úteros es que los niños han perdido un derecho que antes no se discutía: el derecho a tener un padre y una madre. La “Declaración de los Derechos del Niño” de la ONU (1959), n. 6, establece que el niño “siempre que sea posible, deberá crecer al amparo y bajo la responsabilidad de sus padres y (...) salvo circunstancias excepcionales, no deberá separarse al niño de corta edad de su madre”. De aprobarse la nueva ley, se normalizará que haya “huérfanos de encargo” para satisfacer las ansias de maternidad o paternidad de un adulto. ¿Es esto humano? Sin duda no.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Primero, Ricky Martin nos sorprendió en septiembre pasado, al anunciar que era “padre de unos hermosos gemelos”, nacidos por el método de “subrogación gestacional”. Y ahora, en la Asamblea Legislativa del DF, el PRD propuso la creación de la ley de maternidad subrogada, para regular la renta de úteros. ¿Es humano –y, por tanto, ético– que una mujer “rente” su cuerpo para procrear al hijo de otros?
A nombre de la libertad, algunos sostienen que puede hacer todo, incluso aquellas cosas que la naturaleza impide realizar. Y, en el caso del deseo de paternidad y maternidad, nada debería frustrar esta inclinación, ni siquiera la esterilidad de uno de los progenitores. Esto ha dado pie a la implementación de ciertas técnicas de reproducción asistida, que violentan la naturaleza humana, como la fecundación “in vitro” (engendrar a un bebé en un matraz de laboratorio y no en el lecho conyugal). Pero ahora, con la “subrogración gestacional” la situación va más lejos. Incluso un varón puede engendrar –o mandar engendrar in vitro– sin necesidad de una pareja. Basta con que una mujer “alquile” su útero.
Quien decide seguir este procedimiento seguramente desea darle lo mejor a ese niño, pero el cariño no suple la ausencia objetiva de uno de los progenitores. Además, en la procreación artificial en solitario, un adulto es quien decide que su hijo no necesita una madre o un padre. Pero, ¿qué pensaríamos de un progenitor que decidiera que su hijo no necesita amigos, porque ya está él para darle apoyo, cariño y compañía?
Otra vuelta de tuerca: ahora se intenta que esta situación se vuelva una práctica legal. Leticia Quezada, diputada local del PRD y promotora de la ley, explicó que iniciativa plantea que la maternidad subrogada sea una “práctica médica” mediante la cual una mujer geste o lleve en su vientre el producto de la concepción de otra. O sea, ¿ya no se trata de una actividad clandestina, sino un “procedimiento médico”? Entonces, ¿por decreto de ley, utilizar un útero ajeno es parte de las terapias médicas?
Esta iniciativa legislativa parecería muy humana, pues parte de que existe este tipo de préstamo, y busca establecer que haya control y así se eviten abusos. Por eso, prevé mecanismos para que las interesadas en subrogar su vientre gocen de buena salud: prueba antidoping, restricción sólo a dos ocasiones. Además, establece que no se cobre por este tipo de servicio de gestación.
Pero no es una ley verdaderamente humana. Lo sería sólo si subrogar el propio útero fuera un modo natural de tener un bebé, pues estaría protegiendo una situación propia de la naturaleza humana. No es propio de una ley reconocer desórdenes “de facto” con el fin de establecer supuestas garantías. Más bien una norma verdadera busca que los ciudadanos se comporten conforme a la naturaleza humana. En este caso, se debería proponer una ley que prohibiera esta práctica, pues va contra el modo humano de engendrar.
El resultado de la renta de úteros es que los niños han perdido un derecho que antes no se discutía: el derecho a tener un padre y una madre. La “Declaración de los Derechos del Niño” de la ONU (1959), n. 6, establece que el niño “siempre que sea posible, deberá crecer al amparo y bajo la responsabilidad de sus padres y (...) salvo circunstancias excepcionales, no deberá separarse al niño de corta edad de su madre”. De aprobarse la nueva ley, se normalizará que haya “huérfanos de encargo” para satisfacer las ansias de maternidad o paternidad de un adulto. ¿Es esto humano? Sin duda no.
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domingo, 30 de noviembre de 2008
Garantías para una muerte digna
Luis-Fernando Valdés
El Senado de nuestro País aprobó en días recientes una modificación a Ley de Salud Pública e hizo una adición sobre “cuidados paliativo” para los enfermos terminales. Esta iniciativa de los legisladores permitirá una muerte digna a los agonizantes. Pero también servirá para aclarar puntos en el debate sobre el tema de la eutanasia.
En cuanto al contenido de esta ley, hay una gran semejanza con lo que propone la bioética. En el proyecto de ley se distinguía entre cuidados curativos y cuidados paliativos (www.senado.gob.mx). Los primeros tienen como finalidad devolver la salud; los segundos hacen referencia a los tratamientos que debe recibir un enfermo cuando su enfermedad ya no es curable y desembocará en la muerte. La nueva ley introduce los “cuidados paliativos”, que antes no estaban contemplados, como un derecho de los mexicanos, y el sistema de Salud debe proporcionarlos. Esto contribuirá a que muchas personas puedan vivir dignamente la última fase de su vida.
Esta nueva norma ayudará para que no se prolongue innecesariamente la agonía del paciente. Esta prolongación de la vida y del sufrimiento, en bioética, es llamada “ensañamiento terapéutico”. Su nombre es bastante descriptivo, pues más que devolver la salud, sólo prolonga el sufrimiento del moribundo y de sus familiares y amigo. Desde la moral nunca se ha recomendado esa práctica, y ahora la Ley mexicana garantizará que no se aplique (art. 166 bis 18).
Otro aspecto de la Ley de cuidados paliativos es que permitirá que se ayude al enfermo terminal a morir en su propia casa, con los auxilios médicos pertinentes. De modo que no será necesario esperar la muerte en el hospital. Además, la nueva disposición garantiza que el paciente puede recibir auxilio espiritual, según sus personales creencias, de modo que nadie del personal sanitario podrá negar el acceso a un ministro religioso o espiritual.
Una situación dura, que a veces sucede, es que se le dejan de proporcionar cuidados básicos a los enfermos terminales. Desde ahora es un delito dejar de proporcionar este tipo de cuidados (art. 166 bis 19 y 20). Es de sentido humano y de sentido común, que todo enfermo terminal debe recibir cuidados de higiene, alimentación, hidratación y ventilación, lo cual queda garantizado con esta nueva norma.
Y un punto que debe ser destacado, y que da mucha orientación para el debate entre bioética y legislación, es que la nueva Ley distingue claramente entre “ensañamiento terapéutico” y “eutanasia”. El primero se debe prohibir, pues es inútil para la salud del enfermo terminal; la segunda también se debe prohibir pues es un homicidio. Nos alegramos que en su literalidad el artículo 166 Bis 21 establezca que “queda prohibida la práctica de la eutanasia, entendida como homicidio por piedad así como el suicidio asistido conforme lo señala el Código Penal Federal, bajo el amparo de esta ley. En tal caso se estará a lo que señalan las disposiciones penales aplicables”.
Esta Ley de cuidados paliativos muestra como la bioética y la legislación pueden ir de la mano. Que lo principal no es establecer una ideología, mediante la aprobación de leyes, sino ayudar al ser humano a vivir con dignidad su agonía, y llegar así a una muerte digna, rodeado de sus seres queridos, ayudado a sufrir físicamente lo mínimo, y asistido espiritualmente. Enhorabuena a los Senadores, y a todos nosotros, los ciudadanos mexicanos.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El Senado de nuestro País aprobó en días recientes una modificación a Ley de Salud Pública e hizo una adición sobre “cuidados paliativo” para los enfermos terminales. Esta iniciativa de los legisladores permitirá una muerte digna a los agonizantes. Pero también servirá para aclarar puntos en el debate sobre el tema de la eutanasia.
En cuanto al contenido de esta ley, hay una gran semejanza con lo que propone la bioética. En el proyecto de ley se distinguía entre cuidados curativos y cuidados paliativos (www.senado.gob.mx). Los primeros tienen como finalidad devolver la salud; los segundos hacen referencia a los tratamientos que debe recibir un enfermo cuando su enfermedad ya no es curable y desembocará en la muerte. La nueva ley introduce los “cuidados paliativos”, que antes no estaban contemplados, como un derecho de los mexicanos, y el sistema de Salud debe proporcionarlos. Esto contribuirá a que muchas personas puedan vivir dignamente la última fase de su vida.
Esta nueva norma ayudará para que no se prolongue innecesariamente la agonía del paciente. Esta prolongación de la vida y del sufrimiento, en bioética, es llamada “ensañamiento terapéutico”. Su nombre es bastante descriptivo, pues más que devolver la salud, sólo prolonga el sufrimiento del moribundo y de sus familiares y amigo. Desde la moral nunca se ha recomendado esa práctica, y ahora la Ley mexicana garantizará que no se aplique (art. 166 bis 18).
Otro aspecto de la Ley de cuidados paliativos es que permitirá que se ayude al enfermo terminal a morir en su propia casa, con los auxilios médicos pertinentes. De modo que no será necesario esperar la muerte en el hospital. Además, la nueva disposición garantiza que el paciente puede recibir auxilio espiritual, según sus personales creencias, de modo que nadie del personal sanitario podrá negar el acceso a un ministro religioso o espiritual.
Una situación dura, que a veces sucede, es que se le dejan de proporcionar cuidados básicos a los enfermos terminales. Desde ahora es un delito dejar de proporcionar este tipo de cuidados (art. 166 bis 19 y 20). Es de sentido humano y de sentido común, que todo enfermo terminal debe recibir cuidados de higiene, alimentación, hidratación y ventilación, lo cual queda garantizado con esta nueva norma.
Y un punto que debe ser destacado, y que da mucha orientación para el debate entre bioética y legislación, es que la nueva Ley distingue claramente entre “ensañamiento terapéutico” y “eutanasia”. El primero se debe prohibir, pues es inútil para la salud del enfermo terminal; la segunda también se debe prohibir pues es un homicidio. Nos alegramos que en su literalidad el artículo 166 Bis 21 establezca que “queda prohibida la práctica de la eutanasia, entendida como homicidio por piedad así como el suicidio asistido conforme lo señala el Código Penal Federal, bajo el amparo de esta ley. En tal caso se estará a lo que señalan las disposiciones penales aplicables”.
Esta Ley de cuidados paliativos muestra como la bioética y la legislación pueden ir de la mano. Que lo principal no es establecer una ideología, mediante la aprobación de leyes, sino ayudar al ser humano a vivir con dignidad su agonía, y llegar así a una muerte digna, rodeado de sus seres queridos, ayudado a sufrir físicamente lo mínimo, y asistido espiritualmente. Enhorabuena a los Senadores, y a todos nosotros, los ciudadanos mexicanos.
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domingo, 23 de noviembre de 2008
“Matrimonio gay”, derrotado en elecciones de EUA
Luis-Fernando Valdés
El día en que los estadounidenses eligieron presidente a Barack Obama (4.XI.2008), también se pronunciaron sobre 153 propuestas sometidas a votación en 36 estados. De esas propuestas, se aprobaron las tres que prohíben el matrimonio homosexual, en California, Florida y Arizona. ¿Deberíamos sorprendernos de que el electorado del Estado californiano, donde el movimiento gay tiene un bastión fuerte, haya votado a favor del matrimonio entre un varón y una mujer?
No nos llama la atención que California haya tutelado jurídicamente el matrimonio heterosexual, porque ha librado un larga batalla para protegerlo. Los californianos ya lo habían aprobado en otro referéndum celebrado hace ocho años, que reformó el Código de Familia; en 2005, el Parlamento estatal quiso anular el cambio, pero el gobernador puso el veto; luego el Tribunal Supremo del Estado declaró inconstitucional la prohibición decidida en el plebiscito. La reciente votación deroga esta sentencia, pues se trata de una enmienda constitucional que define el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, y se presentó para restablecer la decisión popular que fue revocada por sentencia judicial.
Con esto se puede apreciar que la heterosexualidad del matrimonio es algo más que una cuestión ideológica. Los ciudadanos de a pie saben que sin esa cualidad (la heterosexualidad) no hay verdadero matrimonio. Y, a pesar de todo el despliegue propagandístico, que invita a considerar el matrimonio homosexual como una vía para asegurar la libertad de los individuos, la mayoría sigue firme en lo mismo.
Hablar de este tema resulta complicado. En primer lugar, porque los promotores de la ideología de género han conseguido que se considere una agresión estar en desacuerdo con el “matrimonio gay”. Su línea argumentativa va por el lado del respeto a la libertad, de modo que quien opine en contrario sería un intolerante. Se quiere hacer ver que todo es una cuestión de discriminación, de ampliación de derechos, de estar a la altura de los tiempos que corren, de extrapolación de juicios éticos al campo político de un Estado no confesional, etc. Pero todos sabemos que “disentir” y “no estar de acuerdo” no son equivalentes a “ser intolerantes”. No aprobar el matrimonio homosexual no significa que rechacemos a los homosexuales; sólo quiere decir que afirmamos que el matrimonio no es eso.
En segundo lugar, es muy difícil argumentar a favor del matrimonio como la unión de un varón y una mujer, porque lo evidente no se puede demostrar. ¿Cómo demuestro que el sol es luminoso? De igual manera, el matrimonio heterosexual es así de evidente. Pero, de todos modos, sí es posible dar razones sobre él.
La premisa clave está en el tema de la “igualdad”. El Estado puede y debe promover la igualdad y la libertad, pero su poder legislativo está limitado por estructuras biológicas, psicológicas, antropológicas y sociales que no tienen una fecha de caducidad como la de las medicinas. La aprobación de una ley de la igualdad no anula ni modifica todas esas estructuras que nos hacen diferentes, pues sigue siendo necesaria la complementariedad sexual para procrear.
Además, afirmar que no existe absolutamente ninguna diferencia, ni siquiera mínima, entre la unión matrimonial natural y la unión homosexual, querría decir que no existiría diferencia entre ambas en ningún orden: biológico, antropológico, jurídico, social, ético, etc. Y esto es tan falso como injusto.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El día en que los estadounidenses eligieron presidente a Barack Obama (4.XI.2008), también se pronunciaron sobre 153 propuestas sometidas a votación en 36 estados. De esas propuestas, se aprobaron las tres que prohíben el matrimonio homosexual, en California, Florida y Arizona. ¿Deberíamos sorprendernos de que el electorado del Estado californiano, donde el movimiento gay tiene un bastión fuerte, haya votado a favor del matrimonio entre un varón y una mujer?
No nos llama la atención que California haya tutelado jurídicamente el matrimonio heterosexual, porque ha librado un larga batalla para protegerlo. Los californianos ya lo habían aprobado en otro referéndum celebrado hace ocho años, que reformó el Código de Familia; en 2005, el Parlamento estatal quiso anular el cambio, pero el gobernador puso el veto; luego el Tribunal Supremo del Estado declaró inconstitucional la prohibición decidida en el plebiscito. La reciente votación deroga esta sentencia, pues se trata de una enmienda constitucional que define el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, y se presentó para restablecer la decisión popular que fue revocada por sentencia judicial.
Con esto se puede apreciar que la heterosexualidad del matrimonio es algo más que una cuestión ideológica. Los ciudadanos de a pie saben que sin esa cualidad (la heterosexualidad) no hay verdadero matrimonio. Y, a pesar de todo el despliegue propagandístico, que invita a considerar el matrimonio homosexual como una vía para asegurar la libertad de los individuos, la mayoría sigue firme en lo mismo.
Hablar de este tema resulta complicado. En primer lugar, porque los promotores de la ideología de género han conseguido que se considere una agresión estar en desacuerdo con el “matrimonio gay”. Su línea argumentativa va por el lado del respeto a la libertad, de modo que quien opine en contrario sería un intolerante. Se quiere hacer ver que todo es una cuestión de discriminación, de ampliación de derechos, de estar a la altura de los tiempos que corren, de extrapolación de juicios éticos al campo político de un Estado no confesional, etc. Pero todos sabemos que “disentir” y “no estar de acuerdo” no son equivalentes a “ser intolerantes”. No aprobar el matrimonio homosexual no significa que rechacemos a los homosexuales; sólo quiere decir que afirmamos que el matrimonio no es eso.
En segundo lugar, es muy difícil argumentar a favor del matrimonio como la unión de un varón y una mujer, porque lo evidente no se puede demostrar. ¿Cómo demuestro que el sol es luminoso? De igual manera, el matrimonio heterosexual es así de evidente. Pero, de todos modos, sí es posible dar razones sobre él.
La premisa clave está en el tema de la “igualdad”. El Estado puede y debe promover la igualdad y la libertad, pero su poder legislativo está limitado por estructuras biológicas, psicológicas, antropológicas y sociales que no tienen una fecha de caducidad como la de las medicinas. La aprobación de una ley de la igualdad no anula ni modifica todas esas estructuras que nos hacen diferentes, pues sigue siendo necesaria la complementariedad sexual para procrear.
Además, afirmar que no existe absolutamente ninguna diferencia, ni siquiera mínima, entre la unión matrimonial natural y la unión homosexual, querría decir que no existiría diferencia entre ambas en ningún orden: biológico, antropológico, jurídico, social, ético, etc. Y esto es tan falso como injusto.
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domingo, 16 de noviembre de 2008
Diálogo histórico entre cristianos y musulmanes
Luis-Fernando Valdés
Nos ha tocado ser testigos de la Historia. Hemos leído durante la Preparatoria los conflictos entre cristianos y musulmanes, que ocurrieron hace siglos: las invasiones árabes al norte de África, las Cruzadas… Pero hace pocos días, ha sucedido un hecho que ha marcado un hito en la relación pacífica entre estas dos grandes religiones monoteístas. Desde ahora, la cordialidad entre ambas promete ser profunda y duradera.
Se trata de la primera reunión del Foro católico-musulmán, que recientemente se ha celebrado en Roma, los días 4 al 6 de este mes. El tema fue: “Amor a Dios, amor al prójimo". Los 24 participantes y cinco consejeros de cada religión discutieron en estos días sobre dos grandes temas: "Fundamentos Teológicos y Espirituales" y "Dignidad Humana y Respeto Mutuo". Al final, este Foro emitió una histórica Declaración común, que ha acercado las posiciones, respetando las diferencias doctrinales.
Es importante exponer los antecedentes, pues en ellos se pone de manifiesto el deseo de diálogo por ambas partes. El 12 de septiembre de 2006, Benedicto XVI pronunció un discurso académico en la Universidad de Ratisbona (Alemania), sobre la relación entre la fe y la razón. En esa intervención el Papa hizo una referencia al Islam, que causó disgusto en el mundo musulmán. El Romano Pontífice pidió disculpas y matizó su posición.
En respuesta –y esto es muy positivo–, justo un mes después (13.X.2006), 38 personalidades y académicos islámicos del todo el mundo se reunieron para formular una respuesta al Papa “en el espíritu de un abierto intercambio intelectual y de mutuo entendimiento” (www.acommonword.com). El resultado de esta reunión fue una carta abierta (justo un año después: 13.X.2007), dirigida al Obispo de Roma, firmada por 138 personalidades en la que se expone el pensamiento musulmán sobre los temas tocados en Ratisbona.
En la presentación en la red, estos importantes personajes islámicos manifestaban su esperanza de que este documento fuera una “base teológica lo más sólida posible”. Pues a pesar de las diferencias, ambas religiones “comparten no sólo el mismo Origen divino y la misma herencia de Abraham, sino también los mismo dos más grandes mandamientos”.
En su respuesta, Benedicto XVI invitó a representantes islámicos a reunirse con él en Roma y a mantener un encuentro de trabajo. Además, el Pontífice manifestó que “quedó particularmente impresionado por la atención prestada en la carta al doble mandamiento que invita a amar a Dios y al prójimo”. Y esta reunión es la que se acaba de celebrar, en días pasados.
Fruto de esas jornadas de estudio y diálogo fue la Declaración final, que consta de 15 puntos (www.vatican.va). Entre otros aspectos, ambas religiones manifiestan su acuerdo en que “la dignidad humana deriva del hecho de que cada persona ha sido creada por un Dios que ama”, y que, por tanto, “la persona requiere el respeto de su dignidad original y su vocación humana” (n. 3).
Es emocionante leer: “creemos que católicos y musulmanes estamos llamados a ser instrumentos de amor y armonía entre creyentes, y para la humanidad en general, renunciando a cualquier tipo de opresión, violencia agresiva y terrorismo, sobre todo cuando se llevan a cabo en nombre de la religión, y manteniendo el principio de justicia para todos” (n. 11).
Realmente, estamos ante un evento de grandes dimensiones históricas. Más grande que las Cruzadas, me atrevo a decir, porque la Paz es más grande que la Guerra; el Amor, más fuerte que el Odio, y la Fe en el mismo Dios, más sólida que todas las diferencias.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Nos ha tocado ser testigos de la Historia. Hemos leído durante la Preparatoria los conflictos entre cristianos y musulmanes, que ocurrieron hace siglos: las invasiones árabes al norte de África, las Cruzadas… Pero hace pocos días, ha sucedido un hecho que ha marcado un hito en la relación pacífica entre estas dos grandes religiones monoteístas. Desde ahora, la cordialidad entre ambas promete ser profunda y duradera.
Se trata de la primera reunión del Foro católico-musulmán, que recientemente se ha celebrado en Roma, los días 4 al 6 de este mes. El tema fue: “Amor a Dios, amor al prójimo". Los 24 participantes y cinco consejeros de cada religión discutieron en estos días sobre dos grandes temas: "Fundamentos Teológicos y Espirituales" y "Dignidad Humana y Respeto Mutuo". Al final, este Foro emitió una histórica Declaración común, que ha acercado las posiciones, respetando las diferencias doctrinales.
Es importante exponer los antecedentes, pues en ellos se pone de manifiesto el deseo de diálogo por ambas partes. El 12 de septiembre de 2006, Benedicto XVI pronunció un discurso académico en la Universidad de Ratisbona (Alemania), sobre la relación entre la fe y la razón. En esa intervención el Papa hizo una referencia al Islam, que causó disgusto en el mundo musulmán. El Romano Pontífice pidió disculpas y matizó su posición.
En respuesta –y esto es muy positivo–, justo un mes después (13.X.2006), 38 personalidades y académicos islámicos del todo el mundo se reunieron para formular una respuesta al Papa “en el espíritu de un abierto intercambio intelectual y de mutuo entendimiento” (www.acommonword.com). El resultado de esta reunión fue una carta abierta (justo un año después: 13.X.2007), dirigida al Obispo de Roma, firmada por 138 personalidades en la que se expone el pensamiento musulmán sobre los temas tocados en Ratisbona.
En la presentación en la red, estos importantes personajes islámicos manifestaban su esperanza de que este documento fuera una “base teológica lo más sólida posible”. Pues a pesar de las diferencias, ambas religiones “comparten no sólo el mismo Origen divino y la misma herencia de Abraham, sino también los mismo dos más grandes mandamientos”.
En su respuesta, Benedicto XVI invitó a representantes islámicos a reunirse con él en Roma y a mantener un encuentro de trabajo. Además, el Pontífice manifestó que “quedó particularmente impresionado por la atención prestada en la carta al doble mandamiento que invita a amar a Dios y al prójimo”. Y esta reunión es la que se acaba de celebrar, en días pasados.
Fruto de esas jornadas de estudio y diálogo fue la Declaración final, que consta de 15 puntos (www.vatican.va). Entre otros aspectos, ambas religiones manifiestan su acuerdo en que “la dignidad humana deriva del hecho de que cada persona ha sido creada por un Dios que ama”, y que, por tanto, “la persona requiere el respeto de su dignidad original y su vocación humana” (n. 3).
Es emocionante leer: “creemos que católicos y musulmanes estamos llamados a ser instrumentos de amor y armonía entre creyentes, y para la humanidad en general, renunciando a cualquier tipo de opresión, violencia agresiva y terrorismo, sobre todo cuando se llevan a cabo en nombre de la religión, y manteniendo el principio de justicia para todos” (n. 11).
Realmente, estamos ante un evento de grandes dimensiones históricas. Más grande que las Cruzadas, me atrevo a decir, porque la Paz es más grande que la Guerra; el Amor, más fuerte que el Odio, y la Fe en el mismo Dios, más sólida que todas las diferencias.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 9 de noviembre de 2008
Televisión dispara embarazos precoces
Luis-Fernando Valdés
El sueño de la humanidad de no tener límites parece que vuelve a desmoronarse. Hemos apostado a una programación televisiva libre de limitaciones, pero un estudio científico reciente indica que las series con contenido sexual conllevan el aumento de embarazos precoces. ¿No será que en realidad los límites son parte de la condición humana?
Este gran anhelo del hombre moderno parte de una premisa equivocada: el ser humano siempre se porta bien, en todo lo que hace. Por esa razón, nada de lo que haga el hombre puede ser malo. Y, menos aún, cuando se deja guiar por sus instintos. Esta filosofía ha influido mucho en lo que se refiere al contenido de los programas de tv para los adolescentes. Hay series como “Friends” o “Sex and the city” y una buena cantidad películas que manejan temas eróticos o sexuales en todas sus diversas gamas. En principio, nada se les debía objetar, dado que partimos que no sería necesario poner límites.
Sin embargo, “Pediatrics”, la revista oficial de la Academia Americana de Pediatría, recientemente ha publicado un interesante artículo, en el que muestra que ver programas o películas con cierto contenido sexual como besos apasionados, contacto íntimo, relaciones sexuales implícitas o explícitas, flirteo amoroso, entre otros, aumenta el número de embarazos entre adolescentes en Estados Unidos (pediatrics.aappublications.org).
El resultado del estudio es impresionante: el 90 por ciento de los adolescentes que ven frecuentemente programas con este tipo de contenido tienen doble riesgo de experimentar un embarazo (doble, porque tanto el varón como la mujer están expuestos al mismo contenido televisivo) durante los tres años siguientes. Mientras que el 10 por ciento restante, cuya elección televisiva implicaba menos contenido sexual, reduce a la mitad este riesgo. Concretamente, el 25 por ciento de aquellos que seleccionaban programas con cierto trasfondo sexual vivieron un embarazo, frente al 12 por ciento de quienes veían con menos frecuencia dichos programas.
Es un hecho que el contenido de los programas de tv influye en la conducta de los jóvenes. Y también podemos decir que no todas las conductas son iguales, pues a unas las consideramos buenas y a otras no. Y para afirmar lo anterior, en muchos casos, nos basamos en las consecuencias de esas acciones. Si hay efectos no deseados, ¿no será que hay acciones que no debieron realizarse? Entonces, ¿serán lícitos los programas que provocan tales acciones que no debieron realizarse?
Por eso, el contenido de las series de tv, de las telenovelas y de las películas es sujeto de una consideración ética. Pero es importante entender bien la función de esta disciplina filosófica. La Ética busca ayudar al hombre a que realice las acciones libres que realmente lo hagan crecer como persona, y lo encaminen a la felicidad más plena. En la práctica, la Ética proporciona elementos para que el ser humano –ante una alternativa– elija la “acción más excelente”, la que verdaderamente lo perfecciona.
Por eso, cuando decimos que los programas de entretenimiento deben ser éticos, estamos afirmando que su contenido debe despertar en cada espectador deseos de acciones mejores, debe suscitar ideales grandes, debe generar anhelos de una sociedad mejor. Cuando la tv sobrepasa los límites éticos, no nos hace más humanos, ni mejores personas. No queremos una programación moralizante, ñoña, sino unos contenidos que nos inviten a ser virtuosos, a practicar las acciones más excelentes.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
El sueño de la humanidad de no tener límites parece que vuelve a desmoronarse. Hemos apostado a una programación televisiva libre de limitaciones, pero un estudio científico reciente indica que las series con contenido sexual conllevan el aumento de embarazos precoces. ¿No será que en realidad los límites son parte de la condición humana?
Este gran anhelo del hombre moderno parte de una premisa equivocada: el ser humano siempre se porta bien, en todo lo que hace. Por esa razón, nada de lo que haga el hombre puede ser malo. Y, menos aún, cuando se deja guiar por sus instintos. Esta filosofía ha influido mucho en lo que se refiere al contenido de los programas de tv para los adolescentes. Hay series como “Friends” o “Sex and the city” y una buena cantidad películas que manejan temas eróticos o sexuales en todas sus diversas gamas. En principio, nada se les debía objetar, dado que partimos que no sería necesario poner límites.
Sin embargo, “Pediatrics”, la revista oficial de la Academia Americana de Pediatría, recientemente ha publicado un interesante artículo, en el que muestra que ver programas o películas con cierto contenido sexual como besos apasionados, contacto íntimo, relaciones sexuales implícitas o explícitas, flirteo amoroso, entre otros, aumenta el número de embarazos entre adolescentes en Estados Unidos (pediatrics.aappublications.org).
El resultado del estudio es impresionante: el 90 por ciento de los adolescentes que ven frecuentemente programas con este tipo de contenido tienen doble riesgo de experimentar un embarazo (doble, porque tanto el varón como la mujer están expuestos al mismo contenido televisivo) durante los tres años siguientes. Mientras que el 10 por ciento restante, cuya elección televisiva implicaba menos contenido sexual, reduce a la mitad este riesgo. Concretamente, el 25 por ciento de aquellos que seleccionaban programas con cierto trasfondo sexual vivieron un embarazo, frente al 12 por ciento de quienes veían con menos frecuencia dichos programas.
Es un hecho que el contenido de los programas de tv influye en la conducta de los jóvenes. Y también podemos decir que no todas las conductas son iguales, pues a unas las consideramos buenas y a otras no. Y para afirmar lo anterior, en muchos casos, nos basamos en las consecuencias de esas acciones. Si hay efectos no deseados, ¿no será que hay acciones que no debieron realizarse? Entonces, ¿serán lícitos los programas que provocan tales acciones que no debieron realizarse?
Por eso, el contenido de las series de tv, de las telenovelas y de las películas es sujeto de una consideración ética. Pero es importante entender bien la función de esta disciplina filosófica. La Ética busca ayudar al hombre a que realice las acciones libres que realmente lo hagan crecer como persona, y lo encaminen a la felicidad más plena. En la práctica, la Ética proporciona elementos para que el ser humano –ante una alternativa– elija la “acción más excelente”, la que verdaderamente lo perfecciona.
Por eso, cuando decimos que los programas de entretenimiento deben ser éticos, estamos afirmando que su contenido debe despertar en cada espectador deseos de acciones mejores, debe suscitar ideales grandes, debe generar anhelos de una sociedad mejor. Cuando la tv sobrepasa los límites éticos, no nos hace más humanos, ni mejores personas. No queremos una programación moralizante, ñoña, sino unos contenidos que nos inviten a ser virtuosos, a practicar las acciones más excelentes.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 2 de noviembre de 2008
Una muerte muy mexicana
Luis-Fernando Valdés
Conmemoramos hoy el “día de muertos”, fecha del calendario nacional que tiene su origen en la celebración litúrgica católica de “todos los fieles difuntos”. Bromear sobre la muerte es una característica de nuestra identidad nacional, pero muchas veces la recitación de “calaveras” o contar chistes de velorio no son sino un velo para no reflexionar sobre nuestro destino personal: todos habremos de morir.
Convivimos con la muerte. Con mayor frecuencia de lo que quisiéramos, alguno de nuestros seres queridos deja este mundo. A diario, escuchamos o vemos por televisión el “parte de guerra” de la batalla del Gobierno Federal contra el narcotráfico. Y hasta en los video-juegos de los niños, por no mencionar los “cómics”, nos encontramos con asesinatos.
La muerte se ha convertido en un tema trivial. Quizá es tanto el bombardeo de los medios de entretenimiento sobre este tema, que al hablar de la muerte de terceros, que no son familiares nuestros, solemos decir que “ya le tocaba”, o que “ni modo”. Peor aún es la amarga realidad de que –para algunos– quitar la vida a otro, representa el camino habitual de las venganzas: “se lo merecía”, suelen decir.
Sin embargo, aunque convivamos con ella, y nos refiramos a ella con indiferencia, la muerte nunca deja de suscitar en cada uno de nosotros un sacudida interior. Cuando la vemos cercana a nosotros, en un accidente o en una enfermedad, nunca decimos fríamente y con indiferencia “ya me toca”. Más bien, las preguntas que nos hacemos son: “¿por qué me voy a morir?”, “¿qué sentido tiene que yo muera?”.
El día de los fieles difuntos, y las visitas que hoy hacemos a los panteones, nos deberían llevar a pensar en nuestra propia muerte. Es una conmemoración que nos hace preguntarnos si creemos o no en una vida después de esta vida, en un encuentro con Dios, en el juicio que Dios hará de nuestras obras. La respuesta fácil, pero que no resuelve el drama interior, consiste en negar la existencia de estas realidades sobrenaturales. Pero, al borde de la muerte, prácticamente todos acaban por reconocer que debe haber “algo”, pues la nada no resuelve el drama de dejar de vivir.
Ayuda mucho imaginar nuestra propia muerte. Piense por un momento que es un invitado más a ¡su propio funeral! Vea a su cónyuge junto al ataúd, y contemple las lágrimas de sus hijos y nietos. ¿Qué pensarán? ¿Fue Usted un buen esposo o esposa? ¿sus hijos están contentos con el legado moral que les dejó? Mire la capilla ardiente, fíjese en el Crucifijo frente al féretro: ¿qué cuentas le dará Usted al Creador? Y la gran pregunta: al morir ¿Usted se habrá salvado o se habrá condenado?
Si supiéramos la fecha de nuestro deceso, seguramente empezaríamos a vivir de otro modo: desde cuidar nuestra salud, atender mejor a nuestra familia, hasta reconciliarnos con Dios. ¿Por qué no aprovechar hoy para mirarnos despacio, para preguntarnos: qué he hecho con mi vida? En verdad no es fácil hacer este ejercicio personal, porque suele dar miedo enfrentarse a uno mismo, y admitir que no hemos hecho bien algunas cosas, que nos hemos equivocado.
Mientras deposite flores ante la tumba de un ser querido, plantéese estos interrogantes vitales. Basta ya de altares de muerto y de chistes de panteón que impiden que la muerte nos interpele. Bromear sobre la muerte es parte de la idiosincrasia mexicana, pero muchas veces suele ser un modo de evadirla. Ojalá que la muerte nos ayude a pensar en el premio o el castigo eternos, y esto nos ayude a rectificar nuestras vidas.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Conmemoramos hoy el “día de muertos”, fecha del calendario nacional que tiene su origen en la celebración litúrgica católica de “todos los fieles difuntos”. Bromear sobre la muerte es una característica de nuestra identidad nacional, pero muchas veces la recitación de “calaveras” o contar chistes de velorio no son sino un velo para no reflexionar sobre nuestro destino personal: todos habremos de morir.
Convivimos con la muerte. Con mayor frecuencia de lo que quisiéramos, alguno de nuestros seres queridos deja este mundo. A diario, escuchamos o vemos por televisión el “parte de guerra” de la batalla del Gobierno Federal contra el narcotráfico. Y hasta en los video-juegos de los niños, por no mencionar los “cómics”, nos encontramos con asesinatos.
La muerte se ha convertido en un tema trivial. Quizá es tanto el bombardeo de los medios de entretenimiento sobre este tema, que al hablar de la muerte de terceros, que no son familiares nuestros, solemos decir que “ya le tocaba”, o que “ni modo”. Peor aún es la amarga realidad de que –para algunos– quitar la vida a otro, representa el camino habitual de las venganzas: “se lo merecía”, suelen decir.
Sin embargo, aunque convivamos con ella, y nos refiramos a ella con indiferencia, la muerte nunca deja de suscitar en cada uno de nosotros un sacudida interior. Cuando la vemos cercana a nosotros, en un accidente o en una enfermedad, nunca decimos fríamente y con indiferencia “ya me toca”. Más bien, las preguntas que nos hacemos son: “¿por qué me voy a morir?”, “¿qué sentido tiene que yo muera?”.
El día de los fieles difuntos, y las visitas que hoy hacemos a los panteones, nos deberían llevar a pensar en nuestra propia muerte. Es una conmemoración que nos hace preguntarnos si creemos o no en una vida después de esta vida, en un encuentro con Dios, en el juicio que Dios hará de nuestras obras. La respuesta fácil, pero que no resuelve el drama interior, consiste en negar la existencia de estas realidades sobrenaturales. Pero, al borde de la muerte, prácticamente todos acaban por reconocer que debe haber “algo”, pues la nada no resuelve el drama de dejar de vivir.
Ayuda mucho imaginar nuestra propia muerte. Piense por un momento que es un invitado más a ¡su propio funeral! Vea a su cónyuge junto al ataúd, y contemple las lágrimas de sus hijos y nietos. ¿Qué pensarán? ¿Fue Usted un buen esposo o esposa? ¿sus hijos están contentos con el legado moral que les dejó? Mire la capilla ardiente, fíjese en el Crucifijo frente al féretro: ¿qué cuentas le dará Usted al Creador? Y la gran pregunta: al morir ¿Usted se habrá salvado o se habrá condenado?
Si supiéramos la fecha de nuestro deceso, seguramente empezaríamos a vivir de otro modo: desde cuidar nuestra salud, atender mejor a nuestra familia, hasta reconciliarnos con Dios. ¿Por qué no aprovechar hoy para mirarnos despacio, para preguntarnos: qué he hecho con mi vida? En verdad no es fácil hacer este ejercicio personal, porque suele dar miedo enfrentarse a uno mismo, y admitir que no hemos hecho bien algunas cosas, que nos hemos equivocado.
Mientras deposite flores ante la tumba de un ser querido, plantéese estos interrogantes vitales. Basta ya de altares de muerto y de chistes de panteón que impiden que la muerte nos interpele. Bromear sobre la muerte es parte de la idiosincrasia mexicana, pero muchas veces suele ser un modo de evadirla. Ojalá que la muerte nos ayude a pensar en el premio o el castigo eternos, y esto nos ayude a rectificar nuestras vidas.
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domingo, 26 de octubre de 2008
México en crisis: ¿queda esperanza?
Luis-Fernando Valdés
El panorama del futuro inmediato de nuestro País parece no alentar a la esperanza. Estamos en medio de una gran crisis financiera, escuchamos un verdadero “parte de guerra” cada día, nuestro hermanos de los Estados del Sureste está sufriendo por las inundaciones, hay Estados sin clases por las huelgas de los maestros. ¿Habrá algo positivo en todo este mar de tragedias?
Una aspecto muy positivo de esta situación por la que atravesamos consiste en que podemos comprender mejor qué es la esperanza. Ahora estamos en situación de reflexionar si nuestras “expectativas vitales” son las correctas. Es fácil confundir la verdadera esperanza, con expectativas parciales ya resueltas. Es decir, solemos –por error– pensar que tenemos esperanza mientras tengamos la vida resuelta: estabilidad familiar, un empleo estable y bien remunerado, salud, etc. El error consiste en que la esperanza hace referencia al futuro y no al presente.
En efecto, a lo largo de la historia, todos los seres humanos han experimentado que un presente en bonanza siempre es efímero, y que un presente tormentoso siempre reclama ser superado. La referencia a una solución –un bienestar duradero, en el primer caso; un situación de armonía y paz, en el segundo– sólo se encuentra en el futuro. Y precisamente por eso, el corazón humano naturalmente busca una respuesta en lo que vendrá: eso es la esperanza.
“El futuro lleno de beneficios tardará mucho en llegar, y quién sabe si nos tocará contemplarlo”. Así han razonado algunos en el transcurso de los siglos, y nos han propuesto adelantar el futuro. Nos han invitado a revelarnos contra la esperanza, pues implicaría aceptar pasivamente vivir sin calidad. Y nos han enrolado en revoluciones que deberían traer el Paraíso final a nuestra Tierra actual. Esto ha sido el marxismo, y también su versión cristiana, la llamada teología de la liberación. En el fondo, han querido sustituir la esperanza religiosa con una esperanza en la política o la economía.
Las caída del marxismo no atenuó el deseo de buscar esperanzas intramundanas e inmediatas. El hombre moderno tampoco quiere esperar la llegada del final de los tiempos para conseguir un mundo mejor, pero además no confía en que el mundo presente tenga arreglo. Y busca satisfacciones inmediatas o una vida cómoda y segura. Pero éstas siempre están ligadas al dinero para comprarlas. Por esa razón, el capitalismo tiene mucho público: es fácil poner la esperanza en lo que me da felicidad aquí y ahora, si tengo los medios económicos para costearla. Pero la crisis financiera mundial, ya nos está haciendo ver que poner la esperanza en una economía siempre ascendente tampoco es la solución: las economías también caen.
Es duro conocer a personas que, ante las diversas crisis que atraviesa nuestra Patria, han reaccionado con gran desesperanza. Cómo si la vida ya no pudiera seguir, porque ya no tuviera sentido. Y ahí está la clave de la esperanza: el sentido de la vida actual no se encuentra en el presente sino en el futuro. No faltarán quienes, por esto, nos acusen a los cristianos de evadir el presente, de resignarnos con los males actuales, de ser cobardes para no buscar un cambio.
En el tema de la esperanza, el Cristianismo tiene una gran lección que darnos. Dios nos ha encomendado el presente como tarea, pero el presente no conlleva la felicidad plena, pues ésta vendrá hasta el final. Hay que aprender la lección: el presente es para preparar el futuro, no para quedarse en él. Entonces sí queda esperanza.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El panorama del futuro inmediato de nuestro País parece no alentar a la esperanza. Estamos en medio de una gran crisis financiera, escuchamos un verdadero “parte de guerra” cada día, nuestro hermanos de los Estados del Sureste está sufriendo por las inundaciones, hay Estados sin clases por las huelgas de los maestros. ¿Habrá algo positivo en todo este mar de tragedias?
Una aspecto muy positivo de esta situación por la que atravesamos consiste en que podemos comprender mejor qué es la esperanza. Ahora estamos en situación de reflexionar si nuestras “expectativas vitales” son las correctas. Es fácil confundir la verdadera esperanza, con expectativas parciales ya resueltas. Es decir, solemos –por error– pensar que tenemos esperanza mientras tengamos la vida resuelta: estabilidad familiar, un empleo estable y bien remunerado, salud, etc. El error consiste en que la esperanza hace referencia al futuro y no al presente.
En efecto, a lo largo de la historia, todos los seres humanos han experimentado que un presente en bonanza siempre es efímero, y que un presente tormentoso siempre reclama ser superado. La referencia a una solución –un bienestar duradero, en el primer caso; un situación de armonía y paz, en el segundo– sólo se encuentra en el futuro. Y precisamente por eso, el corazón humano naturalmente busca una respuesta en lo que vendrá: eso es la esperanza.
“El futuro lleno de beneficios tardará mucho en llegar, y quién sabe si nos tocará contemplarlo”. Así han razonado algunos en el transcurso de los siglos, y nos han propuesto adelantar el futuro. Nos han invitado a revelarnos contra la esperanza, pues implicaría aceptar pasivamente vivir sin calidad. Y nos han enrolado en revoluciones que deberían traer el Paraíso final a nuestra Tierra actual. Esto ha sido el marxismo, y también su versión cristiana, la llamada teología de la liberación. En el fondo, han querido sustituir la esperanza religiosa con una esperanza en la política o la economía.
Las caída del marxismo no atenuó el deseo de buscar esperanzas intramundanas e inmediatas. El hombre moderno tampoco quiere esperar la llegada del final de los tiempos para conseguir un mundo mejor, pero además no confía en que el mundo presente tenga arreglo. Y busca satisfacciones inmediatas o una vida cómoda y segura. Pero éstas siempre están ligadas al dinero para comprarlas. Por esa razón, el capitalismo tiene mucho público: es fácil poner la esperanza en lo que me da felicidad aquí y ahora, si tengo los medios económicos para costearla. Pero la crisis financiera mundial, ya nos está haciendo ver que poner la esperanza en una economía siempre ascendente tampoco es la solución: las economías también caen.
Es duro conocer a personas que, ante las diversas crisis que atraviesa nuestra Patria, han reaccionado con gran desesperanza. Cómo si la vida ya no pudiera seguir, porque ya no tuviera sentido. Y ahí está la clave de la esperanza: el sentido de la vida actual no se encuentra en el presente sino en el futuro. No faltarán quienes, por esto, nos acusen a los cristianos de evadir el presente, de resignarnos con los males actuales, de ser cobardes para no buscar un cambio.
En el tema de la esperanza, el Cristianismo tiene una gran lección que darnos. Dios nos ha encomendado el presente como tarea, pero el presente no conlleva la felicidad plena, pues ésta vendrá hasta el final. Hay que aprender la lección: el presente es para preparar el futuro, no para quedarse en él. Entonces sí queda esperanza.
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domingo, 19 de octubre de 2008
Finanzas familiares en crisis
Luis-Fernando Valdés
La crisis financiera de Estados Unidos nos ha tenido a la expectativa –tanto a los expertos como a los ciudadanos ordinarios– durante las últimas semanas, porque siempre está en riesgo la economía familiar y personal. Y, en este aspecto de economía doméstica, todos tenemos una especial responsabilidad, que puede ayudar o perjudicar –aunque no lo parezca– a las finanzas globales.
Ante esta situación internacional, tenemos cierto riesgo de considerar que estamos exentos de responsabilidad, porque la crisis fue producida por factores totalmente ajenos a nosotros. Ciertamente, los ciudadanos poco o nada participamos en la configuración del escenario financiero internacional, pero sí tenemos un importante papel en la estabilidad de la economía doméstica y, en cierto modo, de la economía del País. En otras palabras, sí está bastante en nuestras manos que nuestras familias y nuestra Nación salgan adelante a pesar de la crisis económica que se cierne sobre nuestro País. Como es lógico, me refiero a las familias que tienen un ingreso suficiente, y no a tantas que sobreviven con un ingreso mínimo desde hace mucho tiempo, incluso antes del inicio de la reciente crisis.
En nuestras manos se encuentra el recto uso del dinero. Y éste es un factor importante, que puede ayudar a sobrellevar la complicada situación económica que afecta a nuestras familias. Se trata de la mentalidad y el hábito del ahorro. Es muy frecuente que los mexicanos con posibilidades de ahorrar, gasten todo el dinero que ganan. Y de esta manera, no hay posibilidad de enfrentar ninguna adversidad que se presente en las finanzas familiares. Aunque ya se sabe que hay casos del todo inesperados, en ocasiones el gasto doméstico resulta afectado por falta de previsión, o por emplear el dinero en consumos no necesarios.
Aunque no en todos los casos, sucede que hay una mentalidad de fondo, que consiste en la búsqueda de un ritmo de vida –compras no del todo necesarias, placeres, viajes, estar a la moda, etc.– que compromete todo el salario presente y ¡futuro! Este modo de ver la vida casi siempre conlleva una actitud que no es correcta: la de gastar el dinero que no se tiene. Los mecanismo crediticios –tarjetas, préstamos, hipotecas, incluso las llamadas “tandas”– hacen disponer de efectivo, que aún no se ha ganado. Este efectivo habrá que devolverlo, y la única manera posible de cancelar la deuda es ahorrando.
Sin embargo, se ha hecho usual adquirir otra deuda para pagar los préstamos. Este mecanismo usado por los pequeños y medianos consumidores favorece la inversión y el flujo de efectivo, pero genera una cartera de deudas impagables, que terminará por llevar a la quiebra a las instituciones de crédito, y eso repercutirá en la economía del País. Por eso, no es gratuito afirmar que la crisis financiera es únicamente resultado de manejos equivocados de unos cuantos grandes inversionistas, aunque ellos lleven la mayor responsabilidad. También los ciudadanos ordinarios tienen su parte, si gastan más de lo que tienen.
Pero ¿cómo pedirle a la gente que ahorre y que no se endeude, si nos han bombardeado con publicidad que nos lleva al consumismo? ¿cómo, si nos han formado en una mentalidad que identifica la felicidad con el éxito económico? Las ideologías que fomentan el consumismo terminan por pasar una factura muy cara. ¿No será tiempo ya de que cada familia reflexione si su ideal de vida consiste o no en el “tener”, y su felicidad en el “consumir”? Es tiempo de cambiar.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
La crisis financiera de Estados Unidos nos ha tenido a la expectativa –tanto a los expertos como a los ciudadanos ordinarios– durante las últimas semanas, porque siempre está en riesgo la economía familiar y personal. Y, en este aspecto de economía doméstica, todos tenemos una especial responsabilidad, que puede ayudar o perjudicar –aunque no lo parezca– a las finanzas globales.
Ante esta situación internacional, tenemos cierto riesgo de considerar que estamos exentos de responsabilidad, porque la crisis fue producida por factores totalmente ajenos a nosotros. Ciertamente, los ciudadanos poco o nada participamos en la configuración del escenario financiero internacional, pero sí tenemos un importante papel en la estabilidad de la economía doméstica y, en cierto modo, de la economía del País. En otras palabras, sí está bastante en nuestras manos que nuestras familias y nuestra Nación salgan adelante a pesar de la crisis económica que se cierne sobre nuestro País. Como es lógico, me refiero a las familias que tienen un ingreso suficiente, y no a tantas que sobreviven con un ingreso mínimo desde hace mucho tiempo, incluso antes del inicio de la reciente crisis.
En nuestras manos se encuentra el recto uso del dinero. Y éste es un factor importante, que puede ayudar a sobrellevar la complicada situación económica que afecta a nuestras familias. Se trata de la mentalidad y el hábito del ahorro. Es muy frecuente que los mexicanos con posibilidades de ahorrar, gasten todo el dinero que ganan. Y de esta manera, no hay posibilidad de enfrentar ninguna adversidad que se presente en las finanzas familiares. Aunque ya se sabe que hay casos del todo inesperados, en ocasiones el gasto doméstico resulta afectado por falta de previsión, o por emplear el dinero en consumos no necesarios.
Aunque no en todos los casos, sucede que hay una mentalidad de fondo, que consiste en la búsqueda de un ritmo de vida –compras no del todo necesarias, placeres, viajes, estar a la moda, etc.– que compromete todo el salario presente y ¡futuro! Este modo de ver la vida casi siempre conlleva una actitud que no es correcta: la de gastar el dinero que no se tiene. Los mecanismo crediticios –tarjetas, préstamos, hipotecas, incluso las llamadas “tandas”– hacen disponer de efectivo, que aún no se ha ganado. Este efectivo habrá que devolverlo, y la única manera posible de cancelar la deuda es ahorrando.
Sin embargo, se ha hecho usual adquirir otra deuda para pagar los préstamos. Este mecanismo usado por los pequeños y medianos consumidores favorece la inversión y el flujo de efectivo, pero genera una cartera de deudas impagables, que terminará por llevar a la quiebra a las instituciones de crédito, y eso repercutirá en la economía del País. Por eso, no es gratuito afirmar que la crisis financiera es únicamente resultado de manejos equivocados de unos cuantos grandes inversionistas, aunque ellos lleven la mayor responsabilidad. También los ciudadanos ordinarios tienen su parte, si gastan más de lo que tienen.
Pero ¿cómo pedirle a la gente que ahorre y que no se endeude, si nos han bombardeado con publicidad que nos lleva al consumismo? ¿cómo, si nos han formado en una mentalidad que identifica la felicidad con el éxito económico? Las ideologías que fomentan el consumismo terminan por pasar una factura muy cara. ¿No será tiempo ya de que cada familia reflexione si su ideal de vida consiste o no en el “tener”, y su felicidad en el “consumir”? Es tiempo de cambiar.
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domingo, 12 de octubre de 2008
El lado ético de la crisis financiera
Luis-Fernando Valdés
Llevamos semanas de incertidumbre financiera, no sólo en los Estados Unidos sino también en nuestro País. Esta crisis ha generado muchos comentarios muy acertados de economistas y financieros. Pero, al ver cómo millones de personas se ven afectas por las bancarrotas de prestigiosos bancos y otras empresas, es el momento de preguntarnos si el mundo de los negocios está o no al margen de una responsabilidad ética.
El problema financiero, que hoy ya tiene un tamaño mundial, comenzó en los Estados Unidos, y se generó –entre otras causas– por la difusión de nuevas líneas de crédito, en especial de hipotecas que permitían, entre otras cosas, financiar todo a tasas inicialmente bajas. Este tipo de productos permitió la adjudicación de hipotecas a muchas personas que antes, por su baja calificación crediticia (bajos ingresos u otros activos para demostrar solvencia), no podían acceder a ser dueños de viviendas. Este auge de las hipotecas se denominó “subprime”.
Veamos un caso representativo. Como ahora muchos consumidores tenían dinero para comprar casas, subió la demanda de bienes raíces, con el consiguiente aumento de precio de los inmuebles. Además, en ese País, es viable obtener nuevos préstamos por la diferencia entre el valor de la casa de la que uno es dueño y lo que falte pagar de la hipoteca sobre la misma. Supongamos que mi casa vale 100 y debo 70 de hipoteca y el banco me presta 30. Pero si la demanda de inmuebles aumenta, mi casa sube de valor; ahora vale 200. Entonces le puedo pedir al banco un nuevo préstamo, ahora de 130 (200 del valor nuevo, menos 70 de deuda). Con lo cual puedo pagar mi deuda de 70 y me quedo con 60 para hacer negocios o para gastar.
Pero ¿qué pasa si mi casa empieza a valer menos? Que sigo debiendo 130 y pero como mi casa vale 100, no tengo posibilidad de obtener un crédito para reestructurar la deuda, porque la diferencia entre el valor de mi casa y la hipoteca es negativa (de menos 30). Ahora ya no tengo dinero ni para pagar mi deuda ni para invertir en otras cosas. Y esto fue lo que pasó en Estados Unidos. La Reserva Federal redujo los intereses hipotecarios, pero esta medida no fue suficiente, y sobrevino la quiebra de los bancos, que no pudieron cobrar las hipotecas vencidas.
Sin duda, el mercado de capitales presenta buenas ventajas, pues –entre otras cosas– facilita el movimiento de capital que conlleva un cierto bien social, y favorece al inversión. El problema ético radica en que una economía, basada sobre la importancia del dinero, no puede conducirse sólo por motivos de interés personal, sino en función del bien común de la sociedad.
La especulación con el dinero es lícita cuando se aspira a una ganancia justa. Pero no lo es cuando la ganancia personal pone en riesgo el bien de la mayoría. Cuando, por la ganancia de unos pocos, se ponen en riesgo –o se daña de hecho– el empleo, la vivienda y el dinero de la mayoría, esos negocios no tienen justificación ética. Es muy difícil quizá que quienes poseen grandes capitales reparen en estas implicaciones morales, pero no podemos dejar de decir que existe –en los negocios basados en la especulación– una verdadera responsabilidad ética hacia la sociedad.
Contemplar los duros efectos de esta crisis en los ciudadanos de a pie, nos hace ver que la ética debe tener una voz en los planteamientos económicos. Las teorías económicas y las grandes decisiones financieras pueden ser objeto de un juicio ético, porque siempre está implicado en ellas el bien de los individuos.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
Llevamos semanas de incertidumbre financiera, no sólo en los Estados Unidos sino también en nuestro País. Esta crisis ha generado muchos comentarios muy acertados de economistas y financieros. Pero, al ver cómo millones de personas se ven afectas por las bancarrotas de prestigiosos bancos y otras empresas, es el momento de preguntarnos si el mundo de los negocios está o no al margen de una responsabilidad ética.
El problema financiero, que hoy ya tiene un tamaño mundial, comenzó en los Estados Unidos, y se generó –entre otras causas– por la difusión de nuevas líneas de crédito, en especial de hipotecas que permitían, entre otras cosas, financiar todo a tasas inicialmente bajas. Este tipo de productos permitió la adjudicación de hipotecas a muchas personas que antes, por su baja calificación crediticia (bajos ingresos u otros activos para demostrar solvencia), no podían acceder a ser dueños de viviendas. Este auge de las hipotecas se denominó “subprime”.
Veamos un caso representativo. Como ahora muchos consumidores tenían dinero para comprar casas, subió la demanda de bienes raíces, con el consiguiente aumento de precio de los inmuebles. Además, en ese País, es viable obtener nuevos préstamos por la diferencia entre el valor de la casa de la que uno es dueño y lo que falte pagar de la hipoteca sobre la misma. Supongamos que mi casa vale 100 y debo 70 de hipoteca y el banco me presta 30. Pero si la demanda de inmuebles aumenta, mi casa sube de valor; ahora vale 200. Entonces le puedo pedir al banco un nuevo préstamo, ahora de 130 (200 del valor nuevo, menos 70 de deuda). Con lo cual puedo pagar mi deuda de 70 y me quedo con 60 para hacer negocios o para gastar.
Pero ¿qué pasa si mi casa empieza a valer menos? Que sigo debiendo 130 y pero como mi casa vale 100, no tengo posibilidad de obtener un crédito para reestructurar la deuda, porque la diferencia entre el valor de mi casa y la hipoteca es negativa (de menos 30). Ahora ya no tengo dinero ni para pagar mi deuda ni para invertir en otras cosas. Y esto fue lo que pasó en Estados Unidos. La Reserva Federal redujo los intereses hipotecarios, pero esta medida no fue suficiente, y sobrevino la quiebra de los bancos, que no pudieron cobrar las hipotecas vencidas.
Sin duda, el mercado de capitales presenta buenas ventajas, pues –entre otras cosas– facilita el movimiento de capital que conlleva un cierto bien social, y favorece al inversión. El problema ético radica en que una economía, basada sobre la importancia del dinero, no puede conducirse sólo por motivos de interés personal, sino en función del bien común de la sociedad.
La especulación con el dinero es lícita cuando se aspira a una ganancia justa. Pero no lo es cuando la ganancia personal pone en riesgo el bien de la mayoría. Cuando, por la ganancia de unos pocos, se ponen en riesgo –o se daña de hecho– el empleo, la vivienda y el dinero de la mayoría, esos negocios no tienen justificación ética. Es muy difícil quizá que quienes poseen grandes capitales reparen en estas implicaciones morales, pero no podemos dejar de decir que existe –en los negocios basados en la especulación– una verdadera responsabilidad ética hacia la sociedad.
Contemplar los duros efectos de esta crisis en los ciudadanos de a pie, nos hace ver que la ética debe tener una voz en los planteamientos económicos. Las teorías económicas y las grandes decisiones financieras pueden ser objeto de un juicio ético, porque siempre está implicado en ellas el bien de los individuos.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 5 de octubre de 2008
Legalizar drogas: un fracaso anunciado
Luis-Fernando Valdés
El Presidente Felipe Calderón acaba de enviar una propuesta al Senado que plantea no ejercer acción penal contra quienes posean unas cantidades mínimas de cocaína, marihuana u opio. Quienes sean detenidos con cantidades superiores a las establecidas serán tratados como narcomenudistas y no como fármaco dependientes. Pero legalizar las droga –al permitir su consumo personal– es una medida que ya fracasó rotundamente en Holanda ¿para qué aplicar una modelo perdedor en nuestro País?
A mediados de los años 70, Holanda legalizó el consumo de drogas, con la finalidad de “poner en bancarrota” a las mafias, y de “controlar” el uso de estupefacientes. Ciertamente, los precios de los enervantes disminuyeron notablemente, pero no ocurrió lo mismo con el número de consumidores. Los cárteles se fortalecieron. Y, además, llegaron unas tristes consecuencias sociales, como el “turismo de la marihuana”, que consiste en que miles de jóvenes de Francia y Alemania visitan diariamente los Países Bajos sólo para drogarse.
Rob Hessink, antiguo jefe de policía de Rotterdam, luchador de primera hora por la legalización de las drogas, se quejaba en el año 2000 que “primero empezamos tolerando centros de droga para jóvenes, después criminales se adueñaron de ellos para forrarse y ahora toleramos prácticamente la organización de redes criminales”.
Cuando Holanda permitió el consumo y venta de drogas blandas en pequeñas cantidades, una de las razones fue tener controlados los puntos de venta, mediante los llamados “coffee-shops”. Pero el resultado es que este País se convirtió en uno de los productores más grandes de heroína y cocaína. Otro de los argumentos en favor de la tolerancia fue que los jóvenes no buscarían la droga dura si se les facilitaba la droga blanda. Tampoco esto resultó porque en Holanda no hay menos adictos a la droga dura que en otros países.
El 27 de febrero de 1995, la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de la ONU se pronunció en contra de la legalización de la droga. Este organismo señaló que “legalizar el consumo y tráfico de drogas significa alimentar la demanda”. Como ejemplo de las consecuencias negativas de la permisividad, el informe de la Junta describe el caso de Zúrich: “Los muchos años de tolerancia han llevado a una triste situación en que las autoridades no son capaces de controlar un problema tremendo”. Y luego añadía un dato muy importante, de cara a la rehabilitación de los drogadictos: “en definitiva, estos programas no han conseguido reducir los daños, pero sí han causado perjuicios al impedir y obstaculizar los programas de prevención”.
Además, es muy importante poner en primer plano los motivos éticos. Nunca es moralmente bueno utilizar medios malos para obtener fines buenos. No se puede hacer el mal para que sobrevenga el bien, sentencia la Biblia (Romanos 3, 8). Pablo VI enseñó con firmeza que “no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien” (Humanae vitae, 14). San Agustín lo enseñaba así: “los actos que son por sí mismos pecado, como el robo, la fornicación y la blasfemia, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos, ya no serían pecados o –conclusión más absurda– serían pecados justificados?” (Contra mendacium, 8, 18).
En el combate contra el narcotráfico, la legalización de la droga no funcionará. ¿O qué tenemos en México que haga que no repitamos los errores de Holanda? Y las consecuencias sociales y éticas serán funestas. Escarmentemos en cabeza ajena.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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El Presidente Felipe Calderón acaba de enviar una propuesta al Senado que plantea no ejercer acción penal contra quienes posean unas cantidades mínimas de cocaína, marihuana u opio. Quienes sean detenidos con cantidades superiores a las establecidas serán tratados como narcomenudistas y no como fármaco dependientes. Pero legalizar las droga –al permitir su consumo personal– es una medida que ya fracasó rotundamente en Holanda ¿para qué aplicar una modelo perdedor en nuestro País?
A mediados de los años 70, Holanda legalizó el consumo de drogas, con la finalidad de “poner en bancarrota” a las mafias, y de “controlar” el uso de estupefacientes. Ciertamente, los precios de los enervantes disminuyeron notablemente, pero no ocurrió lo mismo con el número de consumidores. Los cárteles se fortalecieron. Y, además, llegaron unas tristes consecuencias sociales, como el “turismo de la marihuana”, que consiste en que miles de jóvenes de Francia y Alemania visitan diariamente los Países Bajos sólo para drogarse.
Rob Hessink, antiguo jefe de policía de Rotterdam, luchador de primera hora por la legalización de las drogas, se quejaba en el año 2000 que “primero empezamos tolerando centros de droga para jóvenes, después criminales se adueñaron de ellos para forrarse y ahora toleramos prácticamente la organización de redes criminales”.
Cuando Holanda permitió el consumo y venta de drogas blandas en pequeñas cantidades, una de las razones fue tener controlados los puntos de venta, mediante los llamados “coffee-shops”. Pero el resultado es que este País se convirtió en uno de los productores más grandes de heroína y cocaína. Otro de los argumentos en favor de la tolerancia fue que los jóvenes no buscarían la droga dura si se les facilitaba la droga blanda. Tampoco esto resultó porque en Holanda no hay menos adictos a la droga dura que en otros países.
El 27 de febrero de 1995, la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de la ONU se pronunció en contra de la legalización de la droga. Este organismo señaló que “legalizar el consumo y tráfico de drogas significa alimentar la demanda”. Como ejemplo de las consecuencias negativas de la permisividad, el informe de la Junta describe el caso de Zúrich: “Los muchos años de tolerancia han llevado a una triste situación en que las autoridades no son capaces de controlar un problema tremendo”. Y luego añadía un dato muy importante, de cara a la rehabilitación de los drogadictos: “en definitiva, estos programas no han conseguido reducir los daños, pero sí han causado perjuicios al impedir y obstaculizar los programas de prevención”.
Además, es muy importante poner en primer plano los motivos éticos. Nunca es moralmente bueno utilizar medios malos para obtener fines buenos. No se puede hacer el mal para que sobrevenga el bien, sentencia la Biblia (Romanos 3, 8). Pablo VI enseñó con firmeza que “no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien” (Humanae vitae, 14). San Agustín lo enseñaba así: “los actos que son por sí mismos pecado, como el robo, la fornicación y la blasfemia, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos, ya no serían pecados o –conclusión más absurda– serían pecados justificados?” (Contra mendacium, 8, 18).
En el combate contra el narcotráfico, la legalización de la droga no funcionará. ¿O qué tenemos en México que haga que no repitamos los errores de Holanda? Y las consecuencias sociales y éticas serán funestas. Escarmentemos en cabeza ajena.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 28 de septiembre de 2008
Amar el mundo con pasión
Luis-Fernando Valdés
Cada día observamos con inquietud como algunos aspectos de la vida pública de nuestro País se degradan, como la integración familiar y la paz social. Hay un clamor generalizado que soluciones, que no advienen. Y, entre esas voces, suenan algunas quejas hacia la fe: “¿por qué el cristianismo se muestra incapaz de aportar respuestas a estas grandes crisis?”.
El problema no es la religión, sino que algunos –quizá ya sean muchos– no aciertan a conectar los principios perennes de la fe con las circunstancias más ordinarias de la vida. Y así se pierde la oportunidad de iluminar con nuevos brillos los urgentes problemas sociales, que hoy parecen irremediables.
Esta disociación entre las creencias religiosas y la vida cotidiana se produce por dos errores de apreciación. Uno es el llamado “naturalismo”, que reclama la autonomía del mundo respecto a Dios, como si el universo o la naturaleza fueran la única realidad existente. Y el otro es conocido como “espiritualismo”, que pretende explicar al hombre desde un Dios que casi no tendría que ver con el mundo, pues todo el trato con Dios se llevaría a cabo en el interior del ser humano, sin mezclarse con las cosas del mundo. Ambos enfoques cercenan el contacto de la fe con la realidad social. Y se pierde la gran oportunidad de que las verdades religiosas puedan aportar una sólida voz en los debates de la ética social.
Sin embargo, sí existen vías de diálogo entre la fe y el mundo, que permiten superar aquellas dicotomías. Uno de esos caminos es que abrió San Josemaría Escrivá de Balaguer. Por inspiración divina, fundó el Opus Dei hace ya 80 años, el 2 de octubre de 1928. El mensaje de este gran sacerdote es que el mundo es el ámbito del encuentro del hombre con Dios.
Mons. Escrivá explicaba que el mundo “no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora”. No tienen precedente una visión que relaciona tan claramente a Dios con el mundo. Por esa razón, lejos de considerar que el hombre vive en un mundo autónomo en el que Dios no tiene cabida, y sin proponer una vida cristiana que minusvalora las realidades temporales, San Josemaría propone “amar al mundo apasionadamente”, porque el mundo es lugar del encuentro del hombre con Dios.
La doctrina del Fundador del Opus Dei –empleando una frase suya– es “nueva como el Evangelio y como el Evangelio, nueva”. Es una invitación a revalorar la enseñanza bíblica de que el mundo es bueno porque ha sido creado por Dios (Génesis 1, 1-25). Por eso, todo cristiano debe amar especialmente al mundo y todo lo que contiene –trabajo profesional, ocupaciones familiares, relaciones sociales–, porque son los elementos esenciales de su papel como humano y como cristiano. Las realidades creadas, el ámbito laboral y la vida social son el lugar del encuentro amistoso con Dios.
Con gran realismo, San Josemaría no perdía de vista que el mundo ha sido manchado por el pecado, y que eso se refleja en la injusticia y la violencia, en la enfermedad, el dolor y la muerte. Pero con gran fe, predicaba que el mundo ha sido redimido por Cristo. Y, por eso, los fieles cristianos lejos de desentenderse de su realidad, movidos por su libertad y responsabilidad personales, debe llevar esa redención a las esferas familiares, laborales y sociales, es decir, deben contribuir a la solución de los grandes y pequeños problemas de nuestra época. El cristianismo, considerado y vivido así, es una gran contribución para el bien común de nuestra Patria.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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Cada día observamos con inquietud como algunos aspectos de la vida pública de nuestro País se degradan, como la integración familiar y la paz social. Hay un clamor generalizado que soluciones, que no advienen. Y, entre esas voces, suenan algunas quejas hacia la fe: “¿por qué el cristianismo se muestra incapaz de aportar respuestas a estas grandes crisis?”.
El problema no es la religión, sino que algunos –quizá ya sean muchos– no aciertan a conectar los principios perennes de la fe con las circunstancias más ordinarias de la vida. Y así se pierde la oportunidad de iluminar con nuevos brillos los urgentes problemas sociales, que hoy parecen irremediables.
Esta disociación entre las creencias religiosas y la vida cotidiana se produce por dos errores de apreciación. Uno es el llamado “naturalismo”, que reclama la autonomía del mundo respecto a Dios, como si el universo o la naturaleza fueran la única realidad existente. Y el otro es conocido como “espiritualismo”, que pretende explicar al hombre desde un Dios que casi no tendría que ver con el mundo, pues todo el trato con Dios se llevaría a cabo en el interior del ser humano, sin mezclarse con las cosas del mundo. Ambos enfoques cercenan el contacto de la fe con la realidad social. Y se pierde la gran oportunidad de que las verdades religiosas puedan aportar una sólida voz en los debates de la ética social.
Sin embargo, sí existen vías de diálogo entre la fe y el mundo, que permiten superar aquellas dicotomías. Uno de esos caminos es que abrió San Josemaría Escrivá de Balaguer. Por inspiración divina, fundó el Opus Dei hace ya 80 años, el 2 de octubre de 1928. El mensaje de este gran sacerdote es que el mundo es el ámbito del encuentro del hombre con Dios.
Mons. Escrivá explicaba que el mundo “no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora”. No tienen precedente una visión que relaciona tan claramente a Dios con el mundo. Por esa razón, lejos de considerar que el hombre vive en un mundo autónomo en el que Dios no tiene cabida, y sin proponer una vida cristiana que minusvalora las realidades temporales, San Josemaría propone “amar al mundo apasionadamente”, porque el mundo es lugar del encuentro del hombre con Dios.
La doctrina del Fundador del Opus Dei –empleando una frase suya– es “nueva como el Evangelio y como el Evangelio, nueva”. Es una invitación a revalorar la enseñanza bíblica de que el mundo es bueno porque ha sido creado por Dios (Génesis 1, 1-25). Por eso, todo cristiano debe amar especialmente al mundo y todo lo que contiene –trabajo profesional, ocupaciones familiares, relaciones sociales–, porque son los elementos esenciales de su papel como humano y como cristiano. Las realidades creadas, el ámbito laboral y la vida social son el lugar del encuentro amistoso con Dios.
Con gran realismo, San Josemaría no perdía de vista que el mundo ha sido manchado por el pecado, y que eso se refleja en la injusticia y la violencia, en la enfermedad, el dolor y la muerte. Pero con gran fe, predicaba que el mundo ha sido redimido por Cristo. Y, por eso, los fieles cristianos lejos de desentenderse de su realidad, movidos por su libertad y responsabilidad personales, debe llevar esa redención a las esferas familiares, laborales y sociales, es decir, deben contribuir a la solución de los grandes y pequeños problemas de nuestra época. El cristianismo, considerado y vivido así, es una gran contribución para el bien común de nuestra Patria.
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