domingo, 15 de marzo de 2009

Errores y tristezas de Benedicto XVI

Luis-Fernando Valdés

Cuando el 21 de enero pasado, el Papa levanto la excomunión a los cuatro obispos lefebrianos, no se imaginaba el enorme revuelo que su decisión causaría en todo el mundo. El pasado jueves (12 de marzo), en un hecho sin precedentes, el Santo Padre da explicaciones a la opinión pública, mediante una carta abierta.
Este conflicto mediático se produjo cuando, simultáneamente al levantamiento de la excomunión, el obispo lefebriano Richard Williamson negó públicamente el Holocausto. Muchas personas entendieron que este prelado había sido excomulgado por negar esta gran tragedia, y que al retirar esa sanción eclesiástica la Iglesia estaría apoyando la negación de la Shoa.
En realidad, este obispo –junto con otros tres– fue excomulgado en 1988, por haber recibido la ordenación episcopal de manos de Mons. Marcel Lefebvre, sin el permiso de la Santa Sede, lo cual conlleva una excomunión “latae sententiae” (automática). Después de 20 años, con afán de reintegrar a la Iglesia universal a estos cuatro obispos y a sus seguidores, Benedicto XVI les quitó esa pena canónica.
En esta carta, el Santo Padre escribió: “El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro Obispos (…) apareció de manera inesperada como algo totalmente diverso: como la negación de la reconciliación entre cristianos y judíos y, por tanto, como la revocación de lo que en esta materia el Concilio había aclarado para el camino de la Iglesia”. Que haya sucedido esto “es algo que sólo puedo lamentar profundamente”.
Con una gran humildad, Benedicto XVI admite sus errores: si hubiera seguido “con atención las noticias accesibles por Internet [me] habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema”; y que “no se hayan ilustrado de modo suficientemente claro en el momento de su publicación”, lo que significaba el revocar la excomunión a estos obispos: en concreto, que habían sido absueltos de esa censura eclesiástica, pero que no habían sido restituidos como pastores de la Iglesia, y que no tienen ningún cargo en ella, mientras no se retracten de sus planteamientos doctrinales.
Luego el Pontífice hace un planteamiento a la opinión pública: “¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que ‘tiene quejas contra ti’ (cfr. Mateo 5,23s) y buscar la reconciliación? (…) ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto?”.
En otras palabras, el Papa ve que no es justo excluir a unos creyentes, sino que es necesario intentar reintegrarlos. Pero ese gesto de caridad le costó al Santo Padre ser tratado con desprecio. Así lo comenta él mismo: “A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa– también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas”.
Ante este gesto de humildad de un Papa que da explicaciones de sus decisiones, que lamenta sus errores, ¿quién podrá decir con seriedad que Benedicto XVI es un hombre rígido, un intolerante? Más bien su bondad ha sido el pretexto para criticarlo sin conocer sus motivaciones. Pero, ¿quién protestará ante esta intolerancia?
Correo: lfvaldes@gmail.com
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