domingo, 29 de marzo de 2009

Entre el miedo y la esperanza

Luis-Fernando Valdés

A cuatro años del fallecimiento de Juan Pablo II, hay un rasgo inolvidable de este gran Papa: su sintonía con los jóvenes. Desde el inicio de su pontificado, hasta la noche en que murió, estuvo rodeado de la atención y del cariño de las nuevas generaciones. Y esta cercanía se ha convertido en un legado vivo para la Iglesia.
En la Solemne Misa de Inauguración de su Ministerio petrino, el Papa Woytila se dirigió con vibración a toda la Iglesia, pero que tuvo especial repercusión en los jóvenes: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. Y con énfasis reiteró: “¡No tengáis miedo! Cristo conoce ‘lo que hay dentro del hombre’. ¡Sólo Él lo conoce!”
La cercanía de Juan Pablo II con el mundo joven se concretó en las llamadas “Jornadas de la juventud” que mantuvo en cada viaje apostólico a las diversas naciones del Orbe, y también las “Jornadas mundiales de la juventud” organizadas en diversas ciudades: Buenos Aires, Santiago de Compostela, Czestochowa, Denver, Manila, París, Roma, Toronto. Todos estos eventos se caracterizaron por una gran afluencia. Como anécdota, en París (1997), el Gobierno estimó que, por ser un país laico, acudirían pocos participantes; sin embargo, el número real superó todas las previsiones de los organizadores.
¿Por qué este Papa reunía tanta gente? No eran sus palabras halagadoras, sino exigentes. Les hablaba de seguir a Jesucristo, de vivir la moral con todas sus exigencias, y manifestó un “no” rotundo a un cristianismo sin Cruz. Precisamente, ésa fue la clave de su capacidad de convocatoria: Juan Pablo II sabía bien que el corazón de los jóvenes no se llena con propuestas de una vida cómoda, sino sólo con grandes ideales, que exigen renuncia y esfuerzo; sabía bien que el corazón humano está diseñado para encontrarse con Dios.
Fue impactante que la Plaza de San Pedro se lleno de jóvenes, durante los días de la agonía de este amado Pontífice. Con cantos, veladoras y oraciones, lo acompañaron al pie de la ventana del apartamento papal. Horas antes de expirar, Juan Pablo II musitó un último mensaje para la juventud: “Os he buscado; habéis venido; os doy las gracias”. Esa espontánea multitud fue la señal de que los jóvenes buscan a quien les puede dar una esperanza verdadera –sobrenatural–, que ningún ideal intramundano es capaz de ofrecer.
Juan Pablo II ha dejado un gran legado: ha enseñado a los jóvenes a buscar al Papa, sea quien sea. Si no hubiera muerto en abril de 2005, el Papa polaco hubiera asistido a la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia, en junio de ese año. El nuevo Pontífice, Benedicto XVI presidió ese evento, con una grandiosa acogida, por parte de jóvenes de todo el mundo. El verano pasado, en Sydney, el Papa alemán reunió a una multitud que superó el número de visitantes, que este puerto australiano recibió con motivo de las Olimpiadas del 2000.
Y hace sólo una semana, el Santo Padre reunió de nuevo a un gran número de jóvenes africanos en Angola, a los que les dijo: “Yo os digo: ¡Ánimo! Atreveos a tomar decisiones definitivas, porque, en verdad, éstas son las únicas que no destruyen la libertad, sino que crean su correcta orientación, permitiendo avanzar y alcanzar algo grande en la vida”.
Ésta fue la gran herencia de Juan Pablo II para los jóvenes: enseñarlos a confiar en el Pastor supremo de la Iglesia, pues en él pueden encontrar la esperanza en Dios, la única que puede ayudarlos a vencer el miedo a los retos de esta vida y a buscar la futura.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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