domingo, 22 de octubre de 2006

Costo humano del muro fronterizo

Luis-Fernando Valdés

El pasado jueves 26 de octubre, el Presidente Bush firmó una ley que aprueba la construcción de un muro en la frontera sur de Estados Unidos. Pero, la historia enseña que todo muro tiene su costo, tanto económico como humano. Al final de la Primera Guerra Mundial, Francia construyó un sistema defensivo a lo largo de su frontera con Alemania, conocido como la «Línea Maginot». Su precio monetario fue muy alto, y no sirvió para detener la invasión nazi de la Segunda Guerra Mundial. Otro muro, el de Berlín (1945-1989) dividió un país en dos, dejó miembros de una misma familia en dos lados distintos. ¿Cuál será el costo del muro fronterizo de Estados Unidos?
Los especialistas señalaron que el posible costo de este muro supere los 7 mil millones de dólares. Se trata de una cifra extraordinaria, que muchos países menos desarrollados desearían para financiar programas sociales y de ayuda humanitaria. Sin embargo, este precio no es lo más importante, porque lo esencial en el asunto de la migración son las personas.
De igual manera, aunque cada país tiene derecho a decidir sobre el control de sus fronteras, así como cada familia tiene derecho a construir una barda para proteger su vivienda, el problema de la migración tampoco se puede enfocar como si fuera una cuestión de delincuencia.
Por lo tanto, el punto central de la migración no es únicamente el factor económico y ni solamente una cuestión de la seguridad de una nación. El núcleo de la cuestión migratoria es que se trata de seres humanos que se desplazan de un país pobre a un país rico, no como invasores bárbaros, que se deben detener o eliminar, sino como indigentes que buscan mejores oportunidades, y que se deben ayudar.
Una de la voces a favor de los migrantes, considerados como seres humanos, ha sido la de la Iglesia. En uno de sus documentos, esta Institución afirma que «los inmigrantes deben ser recibidos en cuanto personas y ayudados, junto con sus familias, a integrarse en la vida social» (Compendio de Doctrina Social, 298). ¿No parece más bien que el muro se erigirá como un ícono de que esos desplazados no serán recibidos como necesitados, sino como enemigos?
La Iglesia insiste en que «la regulación de los flujos migratorios según criterios de equidad y de equilibrio es una de las condiciones indispensables para conseguir que la inserción [de los migrantes, en el nuevo país] ser realice con las garantías que exige la dignidad de la persona humana». La equidad mencionada se refiere a dar oportunidad a los que no la han tenido en su lugar de origen. ¿Ésta equidad, en algún momento, ha sido puesta a debate, como un aspecto capital de la migración?
Por otra parte, las soluciones propuestas deben ver al migrante como un ser con dignidad. Es muy elocuente la declaración del presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, Mons. William Skylstad, quien afirma que los obispos de ese país se oponen a esta legislación «porque creemos que puede conducir a la muerte de inmigrantes que intenten ingresar a Estados Unidos y a un incremento de los casos de violencia relacionada al contrabando».
Mientras la persona humana no sea el centro del debate legislativo sobre migración, las soluciones siempre serán insatisfactorias. La solución a esta crisis migratoria debe incluir el «factor humano» como punto de negociación. En el fondo, la aprobación del muro delata una carencia muy grande: el ser humano ya tiene valor por sí mismo, sino sólo por su relación con la economía o la seguridad nacional.

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domingo, 15 de octubre de 2006

Enseñanza religiosa en Harvard

Luis-Fernando Valdés

Un comité de la Universidad de Harvard, famosa por ir a la vanguardia educativa y por tener ganadores del Premio Nobel entre sus profesores, realizó recientemente una investigación sobre los planes de estudios de los primeros cursos de las carreras de esta institución. Llama fuertemente la atención que la conclusión de este trabajo fue la recomendación de crear una asignatura obligatoria de religión. ¿No será esto un desafío a nuestro concepto mexicano de educación laica?
Primero veamos el motivo que aduce esta Universidad norteamericana. El informe de aquel comité señala que la educación liberal que se imparte en Harvard, a la que califica de «profundamente secular», no prepara adecuadamente a los alumnos para la vida fuera de la universidad. Se trata pues, de una razón de eficacia pedagógica, no de una cuestión ideológica. Los investigadores se han dado cuenta de que una parte importante de la vida real es la religión, y que sus alumnos no tenían herramientas para tratarla adecuadamente. Si observamos detenidamente, veremos que esta asignatura responde a un problema actual de cualquier sociedad occidental, con independencia de la ideología política. Entonces, no impartir a los alumnos de la asignatura de religión, ¿no será más bien una discriminación, la privación de una herramienta?
Ahora analicemos el motivo de esta decisión de Harvard. El objetivo de la asignatura es colocar a los estudiantes y profesores en el centro de los debates religiosos contemporáneos. La asignatura, que podría titularse «Razón y Fe», contendrá materias de política internacional, diálogo entre religión y ciencia, y religión como creencia personal. Según Louis Menand, profesor de Harvard y codirector del comité, «hace treinta años, cuando se revisó por última vez el plan de estudios, la gente nos habría dicho que la religión no era algo que debiera conocer todo el mundo. Hoy, muy pocos discutirían que es extremadamente importante en la vida moderna» (The Wall Street Journal, 5-09-2006).
Precisamente en estas semanas hemos sido testigos de cuánta gente ignora esos debates religiosos de hoy. En los pasados domingos hemos comentado los malentendidos que produjo, en el mundo musulmán, una interpretación superficial de un discurso del Papa Benedicto XVI, pronunciado durante su reciente viaje a Alemania. ¿No se habría evitado este conflicto si las personas tuvieran más cultura religiosa?
Una reflexión más. Todos tenemos miedo del fundamentalismo religioso, a todos nos atemoriza una «guerra santa». Pero, ¿cuál será la causa real del fundamentalismo? ¿el tener cultura sobre el tema de religión? ¿o ignorar qué es la religión? Nos persigue un fantasma: el prejuicio de que la religión genera división, malentendidos y violencia. Sin embargo, sólo cuando se tiene una buena base de conocimiento sobre la religión, se puede entrar en diálogo con las diversas religiones y acordar puntos comunes. Y ésta es la experiencia de la comisión de ecumenismo de la Santa Sede, que ha logrado acuerdos doctrinales comunes con otras Iglesias o comunidades eclesiales, precisamente en los puntos que hace unos siglos causaron serios enfrentamientos.
La educación en México debe cambiar de enfoque. Enseñar religión no constituiría una derrota para el Estado laico, ni representaría una victoria para la Iglesia. Sería un paso adelante para construir una verdadera sociedad tolerante, que conozca y estime las riquezas de este aspecto esencial de la vida del hombre. ¿Hasta cuando las ideologías y los prejuicios dejarán de impedir el progreso de una educación, que permita la sana convivencia?

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viernes, 6 de octubre de 2006

La familia ¿en cambio o en crisis?

Luis-Fernando Valdés

Hoy se clausura el Segundo Congreso sobre la Familia en nuesta Ciudad. Este evento nos da la oportunidad de reflexionar sobre la «crisis» de la familia. La sociedad mexicana está experimentando cambios fuertes en su modo de entender la estructura familiar. Mientras que algunas de esas variaciones sólo muestran que esta importante institución natural es una realidad histórica que evoluciona sanamente, hay otras que reflejan una verdadera crisis. ¿Cómo distinguir unos cambios de otros?
Para poder discernir cuáles transformaciones son buenas y cuáles constituyen un problema real, es necesario distinguir tres ámbitos. El primero está conformado por los cambios concretos que surgen de las nuevas condiciones sociales y culturales, que afectan a la familia como institución y a los diversos miembros que la integran. Hace medio siglo no todos los miembros de la familia tenía la posibilidad de cursar la Preparatoria. Tampoco era común que trabajaran tanto el padre como la madre. Esta evolución es inevitable y ordinariamente no tiene por qué ensombrecer la institución familiar; al contrario, es un factor de enriquecimiento. Pensemos cuánto se ha avanzado en el tema de la comunicación intrafamiliar, gracias a que todos los que la componen tienen un grado de educación más elevado que en épocas pasadas. Y, como es lógico, estos cambios educativos y laborarles modifican, en cierto modo, los roles familiares, respecto a los de la época de nuestros abuelos. Pero este tipo de variación no representa una crisis.
El segundo ámbito está formado por aquellas transformaciones que afectan la manera concreta de vivir de la familia. Hay nuevos modos de vida familiar que ayudan a que marido y mujer, padres e hijos, cumplan con su misión. Por ejemplo, es muy positivo la relación de igualdad entre los cónyuges, que ha dejado atrás los patriarcados o matriarcados. Ahora es frecuente que tanto el esposo como la esposa cuiden a los niños, y ambos colaboren con las tareas domésticas. También es una ganancia la confianza en el trato mutuo entre padres e hijos, que se refleja en el uso del «tú», por parte de los hijos, para dirigirse a sus padres.
Sin embargo, hay nuevos modos concretos de vivir que cuestionan la misma institución familiar. Esto sucede cuando se niega que el matrimonio sea el origen de la familia; por ejemplo, cuando se habla de la «pareja» para referirse a una unión provisional, cuando se defiende el divorcio, cuando se desprecia la procreación como misión esencial de los esposos, o cuando se niega el derecho de los padres a educar a sus hijos.
El tercer grupo de factores, que han llevado a un cambio en el concepto de familia, es el que afectan las formas concretas de entender y explicar lo que es y lo que debe ser la familia. Y éste es el punto que sí constituye la verdadera crisis. Se trata de teorías que sostienen que la familia no es una institución natural, y que no responde a un plan de Dios. Así, algunos autores niegan todo fundamento natural y estable de la familia, y la definen como una mera «institución cultural», que debe ir al ritmo de los cambios de la historia. Otros pensadores sostienen que la familia es producida por causas sociales.
Hoy día nos hace falta una sabiduría que nos permita entender los cambios de la familia, que llevan a los cónyuges y a los hijos a una mejor convivencia, a amarse más. Necesitamos una sapiencia profunda que nos ayude a comprender que la familia no es un producto cultural ni social, sino que responde al designio originario del Creador.

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domingo, 1 de octubre de 2006

Dialogan musulmanes con el Papa

Luis-Fernando Valdés

En un encuentro histórico, Benedicto XVI se reunió, el pasado 25 de junio, con diplomáticos de países de mayoría islámica. Esto líderes musulmanes acogieron favorablemente las palabras del Papa. Este encuentro tuvo un eco favorable en la prensa internacional, aunque la noticia no tuvo el mismo impacto en nuestro País. Les ofrezco un resumen del mensaje del Santo Padre y el eco de sus palabras en algunos medios de Estados Unidos e Italia.
El Romano Pontífice aludió brevemente al inicidente que dio lugar a los malentendidos, y de inmediato expresó «toda la estima y el profundo respeto que albergo por los creyentes musulmanes», y recordó que «desde el inicio de mi pontificado he manifestado mi deseo de seguir estableciendo puentes de amistad con los seguidores de todas las religiones, expresando particularmente mi aprecio por el crecimiento del diálogo entre musulmanes y cristianos». El Santo Padre subrayó que «el diálogo interreligioso e intercultural entre cristianos y musulmanes no puede reducirse a una opción temporal», porque «es una necesidad vital, de la cual depende en gran parte nuestro futuro». Reiteró que se requiere de este diálogo «para construir juntos el mundo de paz y fraternidad que anhelan ardientemente todos los hombres de buena voluntad».
Benedicto XVI insistió en que «cristianos y musulmanes deben aprender a trabajar juntos, como ya sucede en diversas experiencias comunes, para evitar toda forma de intolerancia y oponerse a toda manifestación de violencia». Y expuso que deben ser las propias autoridades religiosas y los políticos quienes deben guiarles y animarles, tanto a unos como a otros, para a actuar así. Y concluyó: «Queridos amigos, estoy profundamente convencido de que, en la situación en que se encuentra hoy el mundo, los cristianos y los musulmanes tienen el deber de comprometerse para afrontar juntos los numerosos desafíos que se plantean a la humanidad, especialmente en lo que concierne a la defensa y la promoción de la dignidad del ser humano».
Las reacciones favorables no se hicieron esperar. Justo al terminar la ceremonia, Mohamed Nour Dachan, presidente de la Unión de las comunidades y organizaciones islámicas en Italia, regaló a Benedicto XVI una biografía de Mahoma y un mensaje en el que recordaba que, en ningún momento, los musulmanes italianos utilizaron la violencia para mostrar su desacuerdo con la Conferencia dictada en Ratisbona. Por su parte, el embajador de Irak ante la Santa Sede, Albert Yelda afirmó que este discurso «era lo que nos esperábamos. El Papa ha insistido en su profundo respeto por todos los musulmanes del mundo. Ahora ha llegado el momento de construir puentes».
No faltaron tampoco reacciones contrarias, como las de algunos clérigos iraníes que deseaban una retractación palabra por palabra. Sin embargo, el conocido vaticanista, George Weigel, escribió en el periódico «USA Today», que lejos de provocar un enfrentamiento, las palabras del Papa «han puesto sobre la mesa las cuestiones que tienen que ser debatidas, racionalmente, para evitar precisamente una confrontación: ¿Cómo imaginamos a Dios? y ¿cómo nuestras ideas sobre Dios forman el modo como vivimos?».
Y en el conocido diario italiano «L’Avvenire», Mimmo Muolo reflexionaba sobre el significado de que el Papa haya saludado pausadamente a cada uno de los 22 asistentes a la reunión. Y concluía ese hecho expresaba que en esta relación «no hay marcha atrás. Lo dicen también los gestos. No sólo las palabras».

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domingo, 24 de septiembre de 2006

El Papa, Mahoma y la prensa

Luis-Fernando Valdés

El discurso de Benedicto XVI pronunciado en la Universidad de Ratisbona, de la que fue Vicerrector y Catedrático de Teología, ha levantado una gran polémica con el mundo musulmán. Durante su discertación, el Santo Padre dijo esta frase: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas». Hoy les ofrezco un análisis de ese discurso para que veamos cómo las palabras del Papa fueron sacadas de contexto.
La conferencia de Benedicto XVI propone que se debe entender de una manera mejor la relación entre la fe y la razón, porque sólo de esa forma se puede llegar a un verdadero diálogo entre las culturas y las religiones, en una sociedad plural. En la conclusión del discurso, el Papa afirma que sólo cuando profundicemos en la racionalidad de la fe, podremos «lograr ese diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy. (…) Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al diálogo con las culturas». Como se puede apreciar, se trata de todo lo contrario a un ataque a los musulmanes. Al contrario, es una defensa de la sensibilidad de todas las religiones, incluida la islámica.
Como hilo conductor de su ponencia, el Santo Padre emplea una frase del emperador bizantino Manuel II Paleólogo, que dice: «no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios». Benedicto XVI utiliza esta expresión en varios momentos de su discurso para ilustrar que la fe no se opone a la razón. La usa tanto para indicar que en la fe bíblica hay una convicción de que Dios es «Logos» (razón), tal como afirma el Evangelio de San Juan (1, 1), como para refutar que las posturas que sostienen que Dios no está ligado ni siquiera a la verdad y al bien.
Como buen académico alemán, el Papa Ratzinger explica con mucho detalle el contexto de esa frase de Manuel II. En realidad, esos tres largos párrafos no influyen en la argumentación del discurso, sino sólo muestran la erudición del antiguo Vicerrector de la Universidad de Ratisbona. Veamos con detalle. El Santo Padre primero explica que la cita se encuentra en un diálogo que el emperador de Constantinopla mantuvo con un persa culto sobre el cristianismo y el islam. En esa conversación, Manuel II argumentaba contra la conversión mediante la violencia, y sacó a colación el tema de la «yihad» (guerra santa). Y dijo: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba». Para Manuel II, la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. Este emperador afirmaba: «Dios no goza con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. (…) Para convencer a un alma razonable no hay que recurrir a los músculos ni a instrumentos para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a una persona de muerte…».
Como se puede ver, la frase principal no era la que se refiere a Mahoma, sino la que afirma que Dios está vinculado a la razón. Más aún, la expresión polémica no pertenece siquiera a la argumentación principal del discurso del Papa. Vemos así que sacar una frase de contexto puede generar grandes conflictos. Aprendamos la lección: debemos ser lectores más críticos, debemos leer los discursos completos, debemos estar más atentos a la verdad que la polémica.

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domingo, 17 de septiembre de 2006

El nuevo Papa viajero

Luis-Fernando Valdés

Benedicto XVI concluyó, el pasado día 14 de este mes, un viaje de cinco días a su natal Baviera. Este visita a Alemania nos mostró de nuevo que el Papa es un personaje entrañablemente humano, aunque algunos –durante su gestión como Prefecto de la Doctrina de la fe– se empeñaron en presentarlo como un despiadado defensor de la fe. Les ofrezco una breve reseña de estas jornadas, para resaltar los nobles sentimientos del Romano Pontífice.
El Santo Padre se mostró lleno de gratitud al visitar algunos lugares que han tenido una importancia fundamental en su vida. «En mi espíritu –manifestó– se agolpan en este momento muchos recuerdos de los años pasados en Munich y en Ratisbona: son recuerdos de personas y vicisitudes que han dejado en mí una huella profunda. Consciente de todo lo que he recibido, he venido aquí ante todo para expresar el profundo reconocimiento que experimento hacia todos los que han contribuido a formar mi personalidad en las décadas de mi vida» (Discurso, 9.IX.2006).
En el primer encuentro con sus paisanos, Benedicto XVI resaltó el papel fundamental de la familia, y exhortó a los católicos a la oración como fundamento de la unidad familiar.

«Por favor, rezad también en casa juntos: en la mesa y antes de ir a dormir. La oración nos lleva no sólo hacia Dios, sino también hacia el otro». 

Y explicó que la oración «es una fuerza de paz y de alegría. La vida de la familia se hace más festiva y adquiere un alcance más amplio si Dios está presente y si experimenta su cercanía en la oración» (Discurso, 10.IX.2006).
El pasado martes 12, participó en una celebración ecuménica en la catedral de Ratisbona. En el encuentro participaron representantes de las Iglesias luterana y ortodoxa de Baviera. Con un gran sentido de apertura, que ha estado en él desde siempre, el Santo Padre manifestó que esa ceremonia «es una hora de gratitud porque podemos rezar juntos y, de esta manera, dirigirnos al Señor, al mismo tiempo que crecemos en unidad entre nosotros».
Un momento importante de esta gira por Baviera fue la visita del Papa Benedicto, el miércoles 13, a la tumba de su padres y de su hermana María, acompañado por hermano mayor, también sacerdote, Mons. Georg Ratzinger. Vemos así que el camino cristiano, une el corazón de los creyentes con fuerza a su familia. Constatamos una vez más –como ya lo había mostrado Juan Pablo II– que el Romano Pontífice no es una figura amarga, sino llena de humanidad.
En el aeropuerto, el jueves 14, ya a punto de volver a Roma, el Papa Benedicto resumió el motivo espiritual de toda su visita: «Vine a Alemania para volver a proponer a mis compatriotas las eternas verdades del Evangelio y para confirmar a los creyentes en la adhesión a Cristo, Hijo de Dios, quien se hizo hombre para la salvación del mundo. Estoy convencido de que en Él, en su palabra, se encuentra el camino no sólo para alcanzar la felicidad eterna, sino también para construir un futuro digno del hombre ya en esta tierra» (Discurso, 14. IX.2006).
El Cardenal Ratzinger fue elegido Papa a los 78 años, mientras que Juan Pablo II tenía sólo 58 cuando recibió el Primado de la Iglesia. El Papa Benedicto visitará menos países que su recordado antecesor, pero en cada uno de los recorridos fuera de Italia que ha realizado, el actual Santo Padre ya nos ha dado muestras de que entiende lo que llevamos los contemporáneos en el corazón. Y nos ha animado a buscar la verdad y a luchar contra el desaliento. Benedicto XVI se ha convertido en el nuevo Testigo de Esperanza, en el nuevo Papa viajero.

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domingo, 10 de septiembre de 2006

La cuestión del género

Luis-Fernando Valdés

Las ideas mueven el mundo. Los contemporáneos de Sócrates le decían que, por filosofar todo el día, estaba en las nubes, fuera de la realidad cotidiana. Sin embargo, la verdad es que las ideas de los pensadores poco a poco influyen en el modo de vivir de toda una sociedad. Hoy quiero contarles cómo detrás de nuestro modo actual de considerar a la mujer, hay una filosofía que quizá no es el todo adecuada para responder a nuestras inquietudes más profundas.
Nuestra cultura ha alcanzado una gran sensibilidad para remarcar la igualdad entre varones y mujeres. Así, en un discurso público, muchos oradores se ven obligados a hablar a «los y las» estudiantes, a diferencia de hace una década, cuando el másculino plural –«los»– incluía a por igual a damas y caballeros. Se trata de un reflejo de los esfuerzos para disminuir la injusta discriminación que han sufrido las mujeres, durante siglos. Aunque hay una igualdad fundamental entre varón y mujer, porque ambos comparten ¬la misma naturaleza humana y tienen igual dignidad, no siempre se ha tomado en cuenta esta semejanza. Ya los antiguos griegos hablan una «physis», o sea, un sustrato común a todos humanos, pero no alcanzaron a vislumbrar esta igualdad de dignidad.
Por otra parte, la tradición judeo-cristiana enseña claramente esta radical semejanza, previa a la diferencia sexual: «Dios creó al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó” (Génesis 1, 26-27). Sin embargo, a pesar de los logros del cristianismo para que se valorara equitativamente a las mujeres, no se consiguió erradicar del todo la mentalidad discriminatoria.
Las tentativas para superar el problema continuaron, y los intentos de las últimas décadas para abolir la discriminación de la mujer han surgido de un contexto intelectual no cristiano. La primera de esta nuevas respuestas consiste en subrayar fuertemente la subordinación que ha sufrido mujer, a fin de suscitar una actitud de contestación que conquiste la igualdad. La mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre.
Este proceso lleva a una rivalidad entre los sexos y, entonces, los roles propios de la mujer, como la maternidad, dejan de valorarse como una fuente de afecto y realización, y se enfocan como una desventaja respecto al varón. Se propone que la mujer ejercite todo tipo de roles laborales, lo cual no es malo; sin embargo, esta respuesta no siempre consigue que la mujer se abra a otras ocupaciones, sin renunciar a sus específicos roles familiares y sociales.
Otra de las nuevas respuestas, para evitar la supremacía de uno u otro sexo, propone anular las diferencias, y las considera como simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural. Hace una distinción entre «sexo» y «género». El primero hace referencia a la mera diferencia corpórea, y el segundo señala una dimensión estrictamente cultural. Se busca liberar a la mujer del determinismo biológico del «sexo» (“naciste mujer”), mediante la elección personal de la propia preferencia sexual, o sea, del «género».
Pero las ideas mueven al mundo, y esta filosofía, que pretendía favorecer la igualdad de la mujer, a dado lugar a ideologías que cuestionan la existencia de la familia dado que naturalmente está compuesta de padre y madre, o que buscan la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad. Hacen falta pues nuevas ideas, porque el precio de defender la igualdad de la mujer no puede ser renunciar a lo femenino, ni a lo masculino, ni a la familia biparental.

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domingo, 3 de septiembre de 2006

Construir la paz

Luis-Fernando Valdés

Todos tenemos un gran anhelo de paz. Paz en nuestras familias, paz en nuestro país, paz en el mundo. Pero el hecho es que la paz tan deseada es inestable, y siempre está amenzada, hasta el punto de que algunos se preguntan con cierto escepticismo, si es posible la paz. Sí es posible conseguirla, pero tienen un precio.
El precio de la paz es alto porque consiste en revitalizar los valores que la hacen posible. Se trata de auténticos cambios personales y sociales que posibilitan el surgimiento de la paz. Los filósofos del Derecho consideran que se deben defender los derechos humanos, la democracia y el estado de derecho, y se deben evitar las trampas del economicismo y la insolidaridad. Yo añadiría otros dos: la familia y la religión.
La familia es primordial para conseguir la paz, porque es fuente de afecto y de identidad. Muchas veces los conflictos surgen en ambientes donde el amor mutuo es muy bajo, o quizá nulo. Quién ha sido criado en un ambiente de amor, crece con autoestima alta, de modo que no ve en los demás un potencial enemigo, ni ve a los otros como causantes de su propia desgracia.
La familia da arraigo e identidad. Gracias a ella nos consideramos parte de una nación, de una cultura. En el seno familiar aprendemos una lengua común, y nos consideramos parte de una sociedad. Quien comparte sus valores con otros, vivirá en armonía con ellos. Lejos de ser un potencial agresor, será más bien una persona solidaria.
Por el contrario, como explica el filósofo español Jesús Ballesteros, «el desarraigo familiar con la consiguiente pérdida de vínculos afectivos es el mejor caldo de cultivo para el desarrollo de la violencia en sus diferentes formas, en cuanto elimina la conciencia moral, la convicción de la existencia de obligaciones con los otros, y facilita la manipulación de los distintos fanatismos».
Otro factor para conseguir la paz es la religión. Pero se requiere un repensar el papel de la religión como factor de paz, y en concreto, el del cristianismo como elemento de superación de conflictos. Ciertamente, desde la Reforma en el s. XVI, las diferentes religiones cristianas protagonizaron episodios muy lamentables, que alejaron de la paz y culminaron en conflictos bélicos. El origen de esas tragedia tuvo como causa importante la ingerencia de la política en la religión. Los siglos han pasado y las Iglesias cristianas han logrado bastante autonomía respecto al poder temporal, de modo que pueden proponer el cristianismo como un factor no político para conseguir la paz.
Explica Ballesteros que hay religiones cerradas, que se esfuerzan por lograr exclusivamente la solidaridad interna del grupo mediante la presión social, y que proyectan la culpa hacia el exterior a través del recurso a chivos expiatorios, siempre externos al grupo. Pero hay también religiones abiertas, que proponen como exigencia el amor universal, sin limitaciones espacio-temporales. El cristianismo es sin duda el paradigma de la religión abierta, ya que consiste en la imitación de Cristo, que asume las culpas de todos, y perdona a todos. El cristianismo propone la perfecta paz, la total negación de la violencia. Otra cosa es que desgraciadamente a veces se haya vivido de espaldas a su exigencia básica
Conseguir la paz es posible, pero requiere de un cambio profundo en nuestra comprensión de la familia y la religión. ¿Será posible paz si no revaloramos estos dos factores? Éste es el precio. Vale la pena.

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domingo, 27 de agosto de 2006

Irreverencias a la Guadalupana

Luis-Fernando Valdés

Desde hace más de un par de semanas, hemos visto todos cómo la venerada imagen de la Virgen de Guadalupe ha sido manipulada y usada por los algunos grupos políticos, como parte de sus campañas para impugnar las pasadas elecciones presidenciales. Estas personas, en nombre de la libertad de expresión, están hiriendo la sensibilidad de muchos mexicanos tanto católicos como no católicos. ¿Es correcto lo que están haciendo?
No lo es, en primer lugar, porque están haciendo una irreverente manipulación de su diseño original. Han cambiado la figura original, que está en oración, y la han presentado emitiendo su voto a favor de una opción política. Esta situación nunca había ocurrido, pues tanto en la Independencia y la Revolución de 1910, como en tantas otras causas sociales, la Virgen de Guadalupe fue tomada como protectora, pero jamás fue alterada su imagen original y se respetó su icono tal y como se apareció en el Tepeyac.
No es correcta esa acción, porque la imagen de la Guadalupana siempre ha sido factor de unidad de nuestro País, y el cuadro manipulado por estas personas presenta a una Virgen que excluye de su protección y maternidad a quienes tienen una preferencia política diferente. A lo largo de la Historia de nuestra Patria, los bandos en desacuerdo siempre han acudido a la misma imagen, sin atribuirse exclusividad: españoles, criollos y mestizos; conservadores y liberales; hacendados y campesinos; empresarios y obreros; los de izquierda y los de derecha. No es válido, por tanto, presentar a Santa María de Guadalupe como abogada de una causa partidista.
Esa manipulación tampoco es correcta porque ofende los sentimientos religiosos de millones de católicos. Los seres humanos recurrimos a símbolos materiales para expresar nuestra unión con una realidad transcendente, sobrenatural. Esos objetos –sean pinturas o esculturas– adquieren un respeto especial, porque evocan lo sagrado, y ayudan a que nuestros sentidos y nuestra mente se dirijan a lo divino. Por eso, cuando esos símbolos son empleados para otra finalidad no espiritual, se dice que han sido profanados. En este caso, los creyentes nos sentimos heridos al ver que la Sagrada imagen de la Virgen de Guadalupe es presentada con la leyenda de “la madre de todos los plantones” .
Un argumento más para mostrar que esas acciones contra la imagen del Tepeyac son incorrectas. Nuestra Historia nos ha mostrado lo conveniente de la separación de la Iglesia y el Estado, en cuanto al ejercicio del poder temporal, y lo importante de que esta relación sea de mutua ayuda y colaboración para conseguir el bien común. Pero estas acciones recientes, lejos de buscar esta recta relación, la rompen porque están utilizando la religión para fines políticos.
Y, para terminar de abundar en el tema, esta manipulación no es correcta, porque el fin no justifica los medios. Para conseguir una víctoria electoral no se pueden poner medios ilícitos: no se puede matar, ni difamar, ni faltar al bien común. Y tampoco se puede abusar de la religión para obtenerla. Estas personas están empleando un ícono de la unidad moral del País para legitimar sus protestas electorales. Profanan lo religioso para conseguir un resultado político.
Todos los mexicanos, sin distinción, podemos acudir a la Virgen de Guadalupe, con sentido religioso, con veneración. Lo que no es correcto es tomar a la Guadalupana con fines ajenos a la religión y, mucho menos, profanar su figura con manipulaciones político-partidistas. Esos manipuladores, lejos de legitimar su causa, están mostrando que desconocen la historia y la sensibilidad del pueblo mexicano.

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domingo, 20 de agosto de 2006

Libros de educación sexual

Luis-Fernando Valdés

Durante la semana estuve pendiente de los comentarios de la prensa sobre los libros de educación sexual que se utilizarán en Primero de Secundaria. Me encontré con algunos editoriales que critican a las asociaciones de Padres de Familia que han protestado por el contenido de esos textos, como si esos papás propusieran que no se enseñara a los jóvenes la realidad de la sexualidad. Pero me parece que esos autores no han captado del todo el núcleo de aquellas protestas.
El fondo de los reclamos hacia esos libros es que separa la sexualidad del conjunto de la persona. Como bien apunta la editorialista Paz Fernández Cueto, el planteamiento de esos textos «disocia la sexualidad de la procreación, el amor del placer, el deseo de la responsabilidad, condicionando la bondad de la experiencia sexual al placer» (Reforma, 18.VIII.06).
En efecto, hay sofisma de fondo con el que se pretende introducir esos libros al mundo académico. La argucía consiste en que se presentan como libros «de biología», o sea textos «de ciencia», que nada tienen que ver con la moral, como si la sexualidad se pudiera desligar de la «ética». En realidad, no se puede separar la ética de la sexualidad, porque toda acción libre siempre es moral.
Las quejas sobre la educación sexual consiste en que se dé a conocer a los jóvenes el funcionamiento sexual, desligado del conjunto de la persona, de la familia y de la moral. Además, esos datos no siempre están de acuerdo con la madurez psciológica de los jóvenes y, por eso, pueden fácilmente llevar a la confusión o producir incluso el mismo efecto que la pornografía.
Algunos de esos libros inducen a disociar el placer sexual del amor. Dice uno de ellos: «otros autores vinculan al erotismo con el amor sin embargo, puede tenerse una experiencia erótica sin amor y con placer» (Ciencias 1 Biología, Ed. Macmillan). Esta invitación al mero erotismo distorciona la sexualidad humana, y transtorna el equilibrio psicoafectivo del adolescente: se le invita a que utilice el lenguaje corporal del amor, aunque en su mente y su corazón no exista ese afecto.
En otro libro se induce a buscar pornografía, aunque se le quiera encubrir de «trabajo de investigación». El texto de Científicas 1, de Grupo Editorial Norma, dice: «Investiga en la biblioteca o en Internet, la información necesaria para que en tu cuaderno ejemplifiques los mitos que existen sobre el autoerotismo y expliques por qué no causan daños físicos y psicológicos». O sea, le piden al joven de 12 o 13 años que busque en la red material sobre la masturbación. ¿Y, además de texto, qué va a encontrar sino imágenes eróticas? ¿Deja eso de ser pornografía sólo porque se está cumpliendo con un deber escolar?
Además, la calidad científica de algunos de esos libros deja mucho que desear. En los tratados de psicología siempre hay un capítulo sobre algunas disfunciones sexuales, llamadas parafilias, como lo son el fetichismo, el voyerismo, el exhibicionismo, etc. Contra toda ciencia, en el mencionado libro de Grupo Editorial Norma se sugieren prácticas parafílicas: «el placer erótico también se puede experimentar a través de imágenes, textos, sonidos, olores, texturas, y sabores en sujetos y objetos materiales o imaginarios».
Es necesario que los Padres de Familia, que son los primeros interesados en la educación de sus hijos, levanten su voz, y pidan que se revisen los programas y los textos de educación sexual, para que se enseñe una sexualidad encaminada al amor limpio y a la formación de una familia estable.

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domingo, 13 de agosto de 2006

Adicción al sexo

Luis-Fernando Valdés

Hoy amanecimos con la expectativa de la resolución del Trife. Pensaba ofrecerles, estimados lectores, una mini discertación sobre el Estado de derecho, pero hubiera parecido que tomaba partido en la disyuntiva de si se debe obedecer a la ley o al pueblo. Por eso, preferí seguir el ejemplo de un famoso columnista: en domingo, no hablar de «política» –pues nunca lo hago– sino sólo tratar de «cosas peores»: hablemos de ética.
Y para hacerles entretenido el momento de lectura, se me ocurrió escribir sobre un tema que va tomando tintes alarmantes. Se trata de una nueva adicción, la del sexo, que tiene consecuencias semejantes a las de otras adicciones más conocidas, como el alcohol, las drogas o las apuestas.
En reciente estudio sobre este tema, Patricia Matey afirma: «La adicción al sexo es una de las dependencias menos confesadas y visibles de todas las que existen. No obstante, ha aumentado el número de pacientes que pide ayuda debido a las consecuencias de su transtorno: ruina económica, matrimonios rotos, problemas laborales, ansiedad y depresión».
Esta dependencia sexual se manifiesta de diversas formas: desde la masturbación compulsiva a los abusos sexuales, pasando por relaciones con múltiples parejas heterosexuales u homosexuales, encuentros con personas desconocidas, el recurso a la pornografía, la prostitución, el exhibicionismo, la pedofilia, el turismo sexual, y tantas otras más.
El origen de esta adicción, en la mayoría de los casos, se encuentra en la mente, donde las fantasías sexuales y los pensamientos eróticos se convierten en engañosas válvulas de escape de los problemas laborales, las relaciones rotas, la baja autoestima o la insatisfacción personal. Luego, esas imaginaciones se pasan al ámbito de la realidad práctica. Se empieza por cosas pequeñas, ligeras concesiones al placer, y se termina en prácticas que nunca se hubieran pensado realizar, y que causan un sufrimiento insoportable.
Así como el alcoholismo, la drogadicción y las apuestas terminan por destruir tanto al que padece estos vicios como a su familia, de igual manera en la adicción al sexo también alguién siempre termina pagando el alto costo emocional. Quien paga ese precio puede ser la persona que sintió que jugaron con sus sentimientos, o una creaturita abortada, o un matrimonio y unos hijos destrozados por un adulterio.
Aunque todas las personas del entorno de quien padece este vicio sufren mucho, el principal afectado es el que padece esta adicción. Es la víctima principal, porque sufre un transtorno fuerte en su vida, tanto como un alcohólico, aunque exteriormente quizá se note menos. Se destroza su capacidad de amar.
Al ver estas trágicas consecuencias, no reaccionamos con la misma fuerza que contra las drogas, aunque el resultado de la adicción sexual es el mismo. Todos apoyamos el slogan «di no a las drogas», todos apoyamos el combate al narco-menudeo. Pero nos quedamos callados y pasivos ante la «droga» de la pornografía en los medios de comunicación, o al sexo-menudeo del puesto de periódicos o de un lugar de exhibicionismo (table dance).
¿No será el momento de revalorar la virtud de la templanza en el placer sexual presente ya en la Grecia clásica, y en la tradición judeo-cristiana? ¿Ante esta adicción que afecta desde niños de primaria a hasta personas mayores, podemos seguir diciendo que es mogigatería hablar de educación de la afectividad, de castidad? Es tiempo de enseñar a amar.
Por cierto, ¿qué voy a hacer con mi borrador sobre el Estado de derecho? Escríbame.

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domingo, 6 de agosto de 2006

La «arrogancia» de la verdad

Luis-Fernando Valdés

En nuestra sociedad democrática hay un valor entendido: el derecho a expresar nuestros puntos de vista, sin que nadie nos reproche nuestro modo de pensar. Y para garantizar este derecho, hemos acordado que todos los diversos pareceres son válidos, aunque sean contradictorios entre sí. Sin embargo, ¿éste modo de proceder realmente garantiza la libertad de los individuos?
En un primer momento, cuando se pretende hablar de una verdad válida para todos, parecería que los que dicen tener razón terminarán atropellando a los que no piensan como ellos. Suena muy razonable afirmar que la verdad no puede estar por encima del hombre, sino que éste la establece, pues de este modo podemos convivir todos, sin necesidad de estar de acuerdo en nuestro modo de ver la vida.
Pero esta postura me recuerda el Caballo de Troya. Parecía un trofeo de guerra, un símbolo de victoria sobre los invasores, un monumento a la libertad. Y lo colocaron en medio de la ciudad, como si fuera la estatua de un dios. Y, al anochecer, salieron de él las tropas de asalto que rompieron las puertas de las murallas… y fue arrasada la población.
Rechazar la verdad como precio de la tolerancia es el Caballo de Troya de la cultura contemporánea. ¿Por qué? Porque acepta como un valor, a un factor que destruye el pilar sólido que sostiene a la dignidad humana. Ésta es la amarga herencia del siglo pasado: millones de muertos por las guerras mundiales y por los regímenes totalitarios. Si no existe la verdad sobre el ser humano, ¿cómo defenderlo de los tiranos?
Cuando el actual Papa era un joven sacerdote y Profesor de teología, se preguntaba si no era muy pretensioso afirmar que la verdad es posible de encontrar. «A lo largo de mi camino espiritual sentí muy fuerte como problema la cuestión de si no es realmente arrogancia decir que podemos conocer la verdad, teniendo en cuenta nuestras limitaciones». Incluso, como hijo de su tiempo se preguntaba si «quizá no era mejor suprimir esa categoría» (citado en Peter Seewald, Benedicto XVI. Una mirada cercana, p. 248).
Pero descubrió que el costo tanto intelectual como social era muy alto. El joven Ratzinger cuenta que «mientras seguía esos conceptos, podía observar, y también comprender, que la renuncia a la verdad no soluciona nada, sino que, por el contrario, lleva a una dictadura del relativismo» (Ibid., p. 249). ¿A qué se refería con eso de «dictadura»? A que somos nosotros los que definimos cómo son las cosas y las personas, y esa decisión es intercambiable, según nuestro parecer, que puede llegar a ser tiránico. De ahí se desprende este razonamiento: si el hombre puede decidir qué es el hombre y, si para algún poderoso un ser humano o un grupo social es considerado como indeseable, lo puede limitar o aniquilar. Por eso, advertía el entonces Profesor universitario, «el hombre pierde toda su dignidad si no puede conocer la verdad, si todo no es más que el producto de una decisión individual o colectiva» (Ibid).
La verdad parece arrogante, pues implica que unos tienen razón y otros no. Incluso parecería discriminación afirmar que alguien está equivocado. Sin embargo, sólo cuando hay un principio superior a cada uno, muchas veces sea difícil de entender o de visualizar, tenemos la garantía de que ninguno se impondrá arbitrariamente a los demás. Ese principio común, esa verdad sobre el hombre, que está por encima de la voluntad individual, es lo que llamamos dignidad. Entonces, la aparente arrogancia de la verdad no es sino el sustento real de la libertad individual.

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domingo, 30 de julio de 2006

Tolerancia e ideología

Luis-Fernando Valdés

La tolerancia está en peligro. Este pilar de la democracia se está convirtiendo en un pretexto para olvidarse de la verdad. Pero sin referencia a la verdad, la tolerancia se convierte en instrumento de las ideologías políticas, no en un valor auténticamente humano. Si pasamos revista a la historia, veremos que poco a poco a nombre de la tolerancia, los pensadores de occidente ha dejado de la lado la consideración de la verdad. Y el resultado ha sido que el hombre ha quedado atrapado en las ideologías que lo explotan.
Antes de la Reforma protestante (1517), el poder civil y el eclesiático convivían en una extraña simbiosis en Europa. La llamada «cristiandad» era un régimen temporal que abierto deliberadamente a la influencia del cristianismo. Aunque con ingerencias mutuas, convivían el poder civil y el espiritual, incluso hasta identificarse el ser cristiano con ser ciudadano.
Pero con la crisis religiosa de la Reforma protestante se vino abajo la cristiandad, y se llegó a un conflicto bélico. El tratado de Westfalia (1648), que puso fin a la Guerra de los Treinta Años, y estableció la paz sobre un principio práctico, pero que es injusto: cujus regio, ejus religio, es decir, los pueblos profesarían la religión del Príncipe. Muy pronto se vio que ésta no era la solución, pues frecuentemente, en el territorio de un mismo Príncipe, había personas que confesaban credos distintos. Ya no coincidía el poder civil con el espiritual.
Algunos hombres, pertenecientes a diversas confesiones, y deseosos de reconstituir la unidad, propusieron algunas vías de reconciliación. Buscaron, en primer lugar, una solución en el orden doctrinal, pero desde la teología no se llegó a ningún acuerdo. Entonces, algunos de ellos sugirieron dejar de disputar en torno a los «dogmas» (es decir, interpretaciones fijas de la fe, obligatorias para todos), generadores de fanatismo, para atenerse modestamente al mensaje moral del Evangelio (según como cada uno lo pudiera entender). Se pasó de la verdad válida para todos a la verdad subjetiva.
La Ilustración partiría de estas raíces para desarrollar abiertamente el tema de la tolerancia. Los ilustrados partían de un agnosticismo que reduce toda afirmación acerca de Dios a una mera convicción subjetiva . Así la verdad religiosa seguía en el orden subjetivo, pero ahora quedaba fuera del ámbito de la razón y, por tanto, de lo verdadero. Pero en el siguiente paso, la situación se invirtió: la religión quedó al servicio del Estado. Jean-Jacques Rousseau, en su obra El Contrato Social (Parte IV, Cap. 8), afirmó que las opiniones de los súbditos no interesan a la comunidad. Lo que le importa al Estado, es que cada ciudadano «tenga una religión que le haga amar sus deberes». Ya no quedó ninguna referencia a la verdad, sino a la utilidad: servir al Estado.
Y esta es la herencia que recibimos. Seguimos en el pasado, con miedo a que hablar de la verdad religiosa desencadene guerras, o dé lugar a una supuesta quema de brujas. Y por eso, con la fuerza de un dogma, se nos enseña que para no pelear y para que haya armonía, debemos evitar tocar el tema de la verdad. Nos repiten, como un logro de la Ilustración, que la religión es sólo un mito, porque se tiene miedo quizá que alguno quiera imponerla violentamente a los demás.
En realidad, el costo de esta malentendida tolerancia ha sido forzarnos a renunciar a nuestra capacidad de conocer la verdad. Y así nos imponen las ideologías. Sólo quien se pregunta por la verdad, puede liberarse de las ideologías. Busquemos la auténtica tolerancia, aquella que no renuncia a la verdad, aquella que no solapa a las ideologías.

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domingo, 23 de julio de 2006

Educados en la violencia

Luis-Fernando Valdés

Al finalizar cada curso académico, hacemos balance y, junto a todos los logros, vemos que en nuestro país –y prácticamente en todos–la violencia en las escuelas no ha disminuido. Y tampoco las agresiones en los lugares de diversión han bajado. ¿Dónde está la solución? ¿Será suficiente aumentar el presupuesto educativo y promover una campaña publicitaria a favor del respeto?
La base del problema radica en la concepción que se tenga de la educación. Para los clásicos griegos, la «paideia» no se limitaba a sumistrar conocimientos teóricos, sino que intentaba también forjar el carácter de los niños y los jóvenes, mediante las virtudes. Aristóteles recomendaba la educación moral de los niños, para que no se convirtieran en seres rebeldes e incivilizado. Comparaba esa educación ética con el entrenamiento físico, y explicaba que igual que nos volvemos fuertes y diestros al hacer cosas que requieren fuerza y destreza, también nos volvemos buenos al practicar acciones buenas.
El Estagirita explicaba que habituarse a un buen comportamiento nos hace ser buenos, y entonces estamos en mejores condiciones de entender las ventajas y las razones de la bondad moral. Ese buen obrar moral sirve como entrenamiento para conseguir el control sobre las las malas inclinaciones de nuestra naturaleza y nos hace así seres humanos libres.
Estos principios educativos fueron la base incuestionable de la educación durante siglos en la historia de Occidente, hasta que filósofo y pedagogo ilustrado Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) revolucionó el concepto de educación. Este pensador consideraba que la naturaleza del niño era originariamente buena y libre de pecado. La educación debía proporcionar terreno donde florecer su innata buena naturaleza, sin necesidad de corregir nada.
«Cuando me imagino –escribía el pedagogo francés– a un niño de diez o doce años, sano, fuerte y bien desarrollado, sólo nacen en mí pensamientos agradables. Lo veo brillante, vehemente, vigoroso, despreocupado, absorto en el presente, regocijándose en su vitalidad. El único hábito que se le debería permitir adquirir es el no contraer ninguno, prepararlo para el reinado de la libertad y ejercicio de sus posibilidades».
Según este Autor, la moral no debía venir de códigos externos ni ser ordenada socialmente, pues eso sería un asalto al derecho del niño a desarrollarse libremente. Bastaba con motivarle a poner en acción sus sentimientos generosos, para así sacar a flote su auténtica y benevolente naturaleza: «Un niño no puede jamás ser acusado de maldad, porque la mala acción depende de la mala intención y eso él no lo tendrá nunca».
Es cierto que las ideas de Rousseau contribuyeron a humanizar la educación en una época de excesiva rigidez y dureza. Pero, seguramente, él mismo se sorprendería que la gran influencia que sus ideas han tenido en la pedagogía actual, ha derivado en un permisivismo casi radical: como nadie puede ser sometido a reglas, pues se traumaría, todos tienen permiso de hacer lo que deseen. De esta raíz surge la violencia: si nadie puede poner límites ¿quién va a impedir que un muchacho agreda a los demás? ¿quién va a detener el impulso de un joven hacia una mujer?
Haber abandonado la educación como formación en la virtud nos ha traído unos niveles de violencia y de fracaso escolar que nadie había imaginado. Dimos mucho crédito a quienes pensaban ahorrarnos a todos, y en especial a las nuevas generaciones, el esfuerzo diario por ser buenas personas. Y ese esfuerzo personal es precisamente la solución.

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domingo, 16 de julio de 2006

Familia e ideología

Luis-Fernando Valdés

Hace veinte años, se decía que para no entrar en discusiones, se debían evitar dos temas: la política y la religión. Hoy parece que se debería incluir un tercer tópico: la familia. Aunque todos estamos de acuerdo en que la familia es un valor fundamental, no todos pensamos lo mismo respecto a qué es esta esencial institución natural. ¿Por qué se ha dado este cambio? ¿Cuál es la razón por la que hablar de las familias se ha vuelto un terreno polémico? La familia es ahora punto de discusión porque se le ha colocado en el ámbito de la ideología.
En las conclusiones del Congreso Teológico-Pastoral, celebrado en el marco del reciente V Encuentro Mundial de las Familias, llevado a cabo en Valencia, España, se advierte que «la familia está sometida a una crisis sin precedentes en la historia. Las razones se encuentran sobre todo en los factores culturales e ideológicos».
Esas mismas conclusiones afirman que si la familia ahora se está desintegrando, y que si hoy mismo se proponen nuevos modelos de unión para formar un hogar, es porque en el fondo –y en la superficie– hay una mentalidad que tiende a eliminar los valores. Es decir, la raíz del problema no es únicamente de tipo práctico, como lo son la falta de comunicación entre esposos y la carencia de preparación para educar a los hijos, o de índole económica. El origen de esta difícil situación para la familia tiene también un origen ideológico.
Se trata de un modo de pensar basado en el relativismo («como no existe la verdad, que cada uno haga lo que le dé su gana, y sin que nadie le diga nada»), y siempre conlleva a un modo de vivir individualista. En otras palabras, cuando se parte de que cada persona está desconectada de las demás, el modelo familiar tradicional se ve como un atentado contra esa libertad individualista.
Explica Benedicto XVI que «en la cultura actual se exalta muy a menudo la libertad del individuo concebido como sujeto autónomo, como si se hiciera él sólo y se bastara a sí mismo, al margen de su relación con los demás y ajeno a su responsabilidad ante ellos. Se intenta organizar la vida social sólo a partir de deseos subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una verdad objetiva previa como son la dignidad de cada ser humano y sus deberes y derechos inalienables a cuyo servicio debe ponerse todo grupo social» (Homilía, 9.VII.06).
Aunque existan seres humanos que reclamen el individualismo como forma de vivir, es un hecho que ningún hombre se ha dado el ser a sí mismo ni ha adquirido por sí solo los conocimientos elementales para la vida. Al contrario, todos hemos recibido de otros la vida y las verdades básicas para vivir, y estamos llamados a alcanzar la felicidad en relación y comunión amorosa con los demás.
Además, la familia se nos muestra así como una comunidad de generaciones y garante de un patrimonio de tradiciones. La ideología relativista, por el contrario, propone que el individuo está aislado en el presente, sin pasado que le sirva como riqueza y como punto de referencia.
Esta realidad de haber recibido el ser y la educación en el seno familiar, y de vivir en una tradición cultural, se convierte hoy día en un poderoso argumento para revalorar el modelo natural de la familia. Así cobran sentido las palabras del Romano Pontífice: «La familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral» (ibidem).

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domingo, 9 de julio de 2006

La familia en crisis

Luis-Fernando Valdés

Entre la final del Mundial de Futbol que se juega hoy, y la larga semana post-electoral de nuestro País, hay un evento que quizá va a pasar muy desapercibido. Se trata del V Encuentro Mundial de las Familias, que inició ayer, en Valencia, España, y que hoy será clausurado por el Papa Benedicto XVI.
La primera reunión se celebró en Roma en 1994, con motivo del Año Internacional de la Familia, promovido por las Naciones Unidas. En aquella ocasión, Juan Pablo II escribió una larga y apasionada meditación sobre la familia, que dirigió en forma de «Carta» a las familias de todo el mundo. A ese primer gran encuentro de las familias le siguieron otros: el de Río de Janeiro, en 1997; el de Roma, en 2000 con motivo del Jubileo de las Familias; el de Manila en 2004, donde el Papa polaco no pudo participar personalmente, pero envió un mensaje audiovisual.
¿Por qué la Iglesia elabora este montaje mundial para hablar de la familia? Los últimos Papas han manifestado que la familia está en crisis, y este Encuentro es una respuesta a esta situación conflictiva. A nivel práctico, constatamos cuánto sufrimiento y dolor se dan cita cuando se divide una familia, cuando sus miembros se quedan solos o no se saben comprendidos. Vemos niños huérfanos de padres vivos, somos testigos de hijos maltratados o abandonados.
A nivel teórico, la crisis no es menos fuerte. Observamos en el debate público que hoy se proponen modelos que no pueden ser aceptados como familia, porque no corresponden a la naturaleza del ser humano. Y esta situación a nivel de ideas es muy importante, porque para superar los problemas prácticos, la gente de a pie necesita un punto de referencia teórico, del que pueda obtener orientación cuando vienen situaciones de conflicto.
La clave de esta crisis está en que muchas personas no tienen claro cuál modelo de familia seguir. Y no lo tienen, porque nuestra cultura no acepta que se puede hablar de la verdad. En la práctica, quien sigue un paradigma de familia que no es verdadero, está destinado a fracasar.
Una solución a la crisis de las familias quizá debe iniciar por la búsqueda de una cultura de la verdad. Cuando todos —sin importar nuestra ideología, ni nuestra religión— nos acostumbremos a dialogar con nuestra propia conciencia, y a buscar la verdad en vez de justificar nuestros intereses o debilidades, descubriremos que la verdad nos une y que juntos podemos superar cualquier crisis.
El esfuerzo actual de los pensadores, teólogos, pedagogos y numerosos padres de familia que participan en congresos como este Encuentro Mundial de las Familias consiste en mostrar la validez teórica y práctica del modelo cristiano de familia, que se basa en la unión exclusiva y para siempre de un hombre y una mujer, con el fin de amarse y de procrear y educar a sus hijos.
La verdad sobre la familia se apoya en los más profundos deseos del ser humano. Por eso, el modelo cristiano no está lejos de las aspiraciones de los hombre y mujeres de buena voluntad. Por eso, como afirma el teólogo español Augusto Sarmiento, cuando «se desvincula de su raíz al matrimonio y a la familia, pierden su significado específico y pasan a ser unos términos que se pueden emplear para referirse a cualquier tipo de unión o forma de convivir. Pero en el corazón de cada hombre y de cada mujer resuena siempre imborrable el eco del plan de Dios: la familia fundada en el matrimonio indisoluble, de un hombre y una mujer».

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domingo, 2 de julio de 2006

Democracia y unidad

Luis-Fernando Valdés

Hoy es el día. Me ilusiona pensar que usted lee esta columna mientras hace fila para depositar su voto, o que está llegando a casa, después de emitir su sufragio. Quisiera compartirles, a propósito de esta jornada electoral, dos breves reflexiones sobre la actitud auténticamente democrática.
La primera es sobre la unidad. Al final de este día, seguramente, ya sabremos quién será el nuevo Presidente de México. Como es lógico, después de ver las últimas encuestas, la elección va a ser muy cerrada y, por eso, no todos van a estar contentos con el resultado de las elecciones. Pero esta situación no debe romper la unidad de nuestro País.
Un posible enfrentamiento entre facciones sería una muestra de no entender la democracia moderna. Este sistema político fue diseñado para que una pluralidad de modos legítimos de pensar pudieran convivir en una misma nación, sin que esa multiformidad fuera motivo de conflicto. Se supone que este procedimiento busca evitar el enfrentamiento, para que juntos busquemos el bien del país. Y así, mediante los votos, una mayoría gana y los demás acuerdan respetar esa decisión.
La democracia debe garantizar un clima que permita esa convivencia de pareceres. Esa garantía se manifiesta en el respeto y la tolerancia (esta última noción requeriría muchas precisiones, que hoy no podemos tocar). De ahí que quien reaccionara violentamente ante un resultado electoral que no fue de su agrado, manifestaría que no ha entendido la democracia.
Un enfrentamiento supondría que hay por lo menos dos posturas que no pueden convivir —vivir juntas—, y por eso, una busca eliminar a las otras. En la democracia esa actitud no cabe, porque hay una realidad previa a cada una de esas posiciones. Se trata de la Nación. Todos formamos una misma Nación y, dentro de ella, convivimos todos. Hay una realidad histórica, cultural, lingüística previa a todas las ideologías políticas. La democracia busca —al menos ése es el ideal— que las diferentes corrientes de pensamiento no rompan la unidad nacional, sino que aprendan a dialogar. Por eso, sin importar si nos gusta o no el resultado de las elecciones de hoy, lo primero es nuestra unidad. Antes que preferir un partido o un candidato, somos mexicanos, y debemos cuidar la cohesión de nuestra patria.
La segunda actitud democrática que deseo comentar es la responsabilidad de votar. Menos mal que los Medios de Comunicación han hecho una amplia campaña para que los ciudadanos tomen conciencia de la importancia de ejercer su deber de acudir a las urnas. Pero el paso final se da hoy, cuando se vea el número real de electores.
La democracia no subsiste por los meros deseos o buenas intenciones de los ciudadanos. Se requiere ejercitar la responsabilidad de votar. Es muy cómodo decir que los políticos son malos, y que los ciudadanos de a pie no podemos hacer nada. No basta quejarse en una tertulia con los amigos. La queja que realmente influye es la que se nota en las urnas, cuando se elige a un candidato o se le niega el voto. Cuando los ciudadanos cobramos conciencia de que el País está en nuestras manos, influimos de verdad en el curso de nuestra historia nacional.
En estas dos actitudes propias de la democracia se puede ver la gran oportunidad que tenemos de ser buenos ciudadanos. De nosotros dependen entonces la unidad nacional y el destino del País. Ambas situaciones estimulan nuestro sentido de responsabilidad y nuestra sano patriotismo. Aunque los hay, no se deberían requerir más argumentos para entender que todos los que estamos en edad de votar, tenemos una grave responsabilidad ética de hacerlo.

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domingo, 25 de junio de 2006

Un «contemporáneo» de Cristo

Luis-Fernando Valdés

¿Existen los santos? La cuestión es profunda: si en nuestra época hemos destacado la autonomía del hombre frente a la naturaleza y también respecto a lo divino, entonces, ¿para qué necesitamos a un santo? Los avances científicos, tecnológicos y económicos han favorecido nuestro bienestar, pero tienen como efecto colateral que, con frecuencia, quienes disfrutan de este beneficio no encuentran el porqué y el para qué de su propia existencia. Y es aquí donde encuentran su papel los santos.
Un santo ante todo es un ser humano, un hijo de su tiempo, que tiene como rasgo importante que ha sabido conectar su vida con la de Jesucristo, de modo que su existencia cobra sentido a la luz de la vida y las enseñanzas del Maestro. Un santo es necesario hoy día porque nos da ejemplo de encontrar sentido a la vida.
Esta experiencia no es lejana a nuestro tiempo. Hay santos de hoy. Uno de ellos es San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Este sacerdote falleció el 26 de junio de 1975, y fue canonizado por Juan Pablo II, el 6 de octubre de 2002, en la Plaza de San Pedro.
Se puede decir que es un contemporáneo nuestro, un hombre de nuestra época. Y con su vida nos ha dado ejemplo de que Cristo es actual. Este santo pudo conectar su vida con la de Cristo. Supo no sólo tomar sus enseñanzas, sino entrar en comunión verdadera —auténtica amistad— con Jesucristo. Y esto es lo que necesitamos las personas de hoy para vivir con sentido.
Esta característica central del Fundador del Opus Dei fue resaltada por el entonces Card. Ratzinger, que en 1993 afirmaba que, para Josemaría Escrivá, «la contemplación de la vida terrena de Jesús … conduce a la iluminación, a partir de Dios, de las circunstancias del vivir cotidiano». Es decir, este santo muestra a los hombres y mujeres de hoy un camino eficaz para encontrar a Dios en medio de la vida diaria.
En su famoso libro, «Camino» (n. 584), San Josemaría escribió: «No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. ¡Vive!». Escrivá estaba convencido de que Cristo es contemporáneo a cada generación humana, y por eso afirmaba que cada cristiano puede —y debe— vivir en trata directo y continuo con Jesucristo.
Hay un episodio de su vida que refleja este afán de acercar a las personas a Cristo vivo. Al inicio de su labor sacerdotal, solía regalar libros de la vida de Cristo a las personas que hablan con él. En 1933, al entregar uno de estos ejemplares a un joven Arquitecto, escribió en la primera página, a modo de dedicatoria: «Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo». Y este consejo muestra fielmente un rasgo importante de su vida: San Josemaría llevaba las almas a Cristo y Cristo a las almas..
Esta cercanía que el Fundador del Opus Dei tenía con Jesucristo era fruto de buscar la amistad con Cristo, ahí donde Jesús se encuentra: en la Eucaristía y en el Evangelio. Por eso, quienes leen sus libros o ven las tertulias filmadas, se quedan con la impresión de que San Josemaría estuviera platicando la vida de un conocido suyo de toda la vida, en este caso, Jesús de Nazaret.
Josemaría Escrivá supo ser «contemporáneo» de Cristo. Esta actitud de sigue vigente en nuestros días, porque los hombres de hoy necesitamos encontrar el sentido de nuestra vida. Y ésta es la razón de ser de los santos: darnos ejemplo de que sí es posible vivir con Dios, en el mundo actual.

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domingo, 18 de junio de 2006

El deber de votar

Año 2, número 58
Luis-Fernando Valdés


Se han estado publicando encuestas sobre las preferencias electorales, y en ellas se refleja la tendencia del voto hacia un candidato u otro. Pero, quién se lleva la victoria, por ahora, parece ser el abstencionismo. ¿Es lícito no acudir a votar?


Hay una verdadera obligación de ir a las urnas. Quizá por diversos factores, algunos ciudadanos se sientan con alguna excusa para no depositar su voto. En el fondo de esa actitud, puede estar la idea de que votar es un actividad optativa, como lo es ir al cine, o a un museo. Si no voy al cine, no pasa nada. En cambio, no ir a votar si conlleva una responsabilidad ética, y por eso no es una mera opción, sino una obligación.


Alguno podría argumentar que dejar de votar es el resultado de una acción libre: “he decidido no votar”. Y parecería que contradecir esta actitud es intolerancia, pues debemos respetar la libertad de los demás. En efecto, no se puede obligar a nadie a hacer lo que no quiere. Pero no hay que olvidar que quien libremente deja de cumplir con sus obligaciones, comete una falta moral.


En la próximas elecciones, está en juego el bien común, el bien de todos los que vivimos en México. De estas elecciones depende la consolidación de la democracia en nuestro país, el fortalecimiento de sus instituciones y es la oportunidad para que se den las reformas estructurales necesarias para el auténtico desarrollo de todos los mexicanos (cfr. CEM, 17-V-2006, n. 6).


Cuando está de por medio el bien común, nadie puede sentirse excusado de no cumplir con sus deberes ciudadanos. A nombre de la libertad, ninguno puede decir que ya está justificado para no colaborar con el bien de todos. Más que dar muestras de ser libre, esa actitud manifestaría un egoísmo grande y muy poco amor por la Patria.


Otra excusa para no ir a la urnas podría ser el escepticismo. Ante las campañas de los candidatos, y el desconcierto que generan los ataques mutuos, más de alguno podría caer en la perplejidad de no saber por cuál de ellos votar. Quien se encuentra en esta situación de no encontrar el candidato ideal, tiene la obligación de elegir al que considere menos malo, tiene la responsabilidad de intentar que gobierne el que considere que lesionará menos los intereses de la Nación. Por eso, la abstención o la anulación del voto (p. ej. marcando varios candidatos) no solucionan nada, y son una forma de irresponsabilidad ciudadana.


Un pretexto más para no votar podría ser la consideración de que “puedo ayudar de otras maneras al País”. Ciertamente, cuando vivimos con honestidad, cuando trabajamos mucho y bien, cuando cuidamos a nuestra familia, contribuimos al bien de México. Pero se trata ahora de contribuir al bien común, que permite la recta construcción de las estructuras sociales y jurídicas que permiten a los individuos ser honestos, trabajar bien y formar una familia. De ahí que no es exagerado decir que dejar de votar pone en peligro a la persona, a su trabajo y a su familia.


No basta que cada uno seamos personalmente buenas gentes. Tenemos el deber de velar por el bien de todos. Por eso, los creyentes —aunque esto es válido para todo ciudadano, sin importar su credo— «de ningún modo pueden abdicar de la participación en la ‘política’; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. Su compromiso político es una expresión cualificada y exigente del empeño cristiano al servicio de los demás» (Juan Pablo II, Sollicitudo rei sociales, n. 41).


domingo, 11 de junio de 2006

666, Profecía fallida

Luis-Fernando Valdés

Hoy debuta México en el Mundial de Fútbol. Es tan grande el júbilo nacional, que ya quedó en el pasado la sombra de una Profecía que anunciaba grandes tragedias para el pasado 6 de junio. Y como no sucedió nada de lo predicho, ya nadie se acuerda de ese día. Pero quisiera no dejar pasar la oportunidad para contarles un poco sobre el origen de estas predicciones apocalípticas.
Cada década tiene una día en el que el número seis coincide en la tres cifra del día, del mes y del año. Se trata del 6 de junio de 1906, 1916, 1926, etcétera. Es día se abrevia —como cualquier otro— así: 6,06,06. O sea, 666. ¿Pero que tiene de especial este número?
Sucede que, en el Apocalipsis de Juan, el último libro de la Biblia, el número 666identifica al adversario de Cristo y sus seguidores lo llevan marcado. Esto es lo otorga a esta cifra su carácter misterioso.
Ya desde el principio muchos exegetas han intentado aplicar este número a un personaje concreto de la historia pasada o actual. Los posibles portadores del 666 van desde Nerón o Trajano, pasando por Lutero, Napoleón o Hitler, hasta Ronald Reagan o Bill Gates.
Como en hebreo y griego las letras se usan como números (A = 1; B = 2, etc.), resulta que todos los nombres tienen un número asociado, que se forma sumando las letras. Así, el 666 puede ser el nombre encriptado de un personaje, conocido por los destinatarios del libro, cuyas letras sumaban esa cifra. Hasta ahora ninguna de las identificaciones que se han propuesto resulta satisfactoria. La de “César Nerón” es posible, pero presenta dificultades. La variante 616 que aparece en algunos manuscritos antiguos puede aplicarse al “dios César” o a Calígula.
En el Apocalipsis el 666 es el símbolo de la Bestia, es decir de las fuerzas del mal que defienden, justifican y propagan la deificación del poder, la imposición de un poder que quiere suplantar a Dios. En tiempos del Evangelista San Juan, ese peligro estaba representado en el culto religioso que se rendía al emperador. Luego, ese riesgo se ha repetido adoptando diversos formas lo largo de la historia.
Pero este intento de quitar a Dios no siempre ha sido con violencia física o con guerras. Hoy día, es más frecuente y más peligroso el ataque de la indiferencia religiosa, o la ola aplastante de la ignorancia, o el embate del relativismo.
Por eso, identificar a la ligera el 666 con un supuesto fin del mundo, o con espantos y terrores, es la mejor manera de evadir a la verdadera Bestia actual. Buscar la verdad, encontrar el sentido de la propia vida, actuar en conformidad con el bien moral, son tres importantes tareas de cada hombre y de cada mujer, pero que se ven amenazadas por las «bestias» del vacío existencial, del error y de la mala conducta.
Como sucede siempre, cuando no se conocen los temas de fondo se crean leyendas. Esto ha pasado con el libro del Apocalipsis. Al contrario de lo que muchos piensan, no es un libro tenebroso, sino una alentadora consolación para los cristianos que sufren persecución. El tema central es que Cristo ha vencido. El día de su resurrección es el día de su victoria y los que tenemos fe tenemos la seguridad de su actuación y de su regreso. Aunque las cosas, en tantos momentos de la historia, no sean fáciles, no hay nada que temer. La bestia será derrotada. Lo importante es estar del lado del vencedor.

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domingo, 4 de junio de 2006

El Papa en Auschwitz

Luis-Fernando Valdés

El pasado domingo Benedicto XVI visitó el campo de concentración nazi de Auschwitz. Este evento está lleno de simbolismo: se trata de un Papa alemán, que acude a un país invadido por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, y da un discurso en el lugar donde se llevó a cabo con más crueldad la Shoa: el Holocausto judío. ¿Qué importancia tiene este acontecimiento?
En primer lugar, esta visita resalta la continuidad entre Juan Pablo II y Benedicto XVI. El 7 de junio de 1979, en ese mismo lugar, el Papa polaco afirmó que «no podía no venir aquí como Papa». Acudió ahí «no para acusar, sino para recordar» la barbarie cometida durante la Guerra Mundial contra el Pueblo hebreo y contra Polonia, y para «hablar a nombre de todas las naciones, cuyos derechos son violados y olvidados». Ahora, el Papa alemán, el pasado 28 de mayo, retomó esas palabras: «no podía no venir aquí». Expresó que era un deber acudir ahí, «como hijo del Pueblo alemán»: un germano que viene a pedir que se borren las heridas entre ambas naciones.
En segundo lugar, este evento destaca la invitación a la reconciliación. El Santo Padre exhortó a implorar la gracia de la reconciliación «para todos aquellos que, en este hora de nuestra historia, sufren en un nuevo modo bajo el poder del odio y bajo la violencia fomentada por el odio».
Y, junto con esta exhortación a la reconciliación, el Papa realizó un acto muy importante, que no pasó desapercibido: afirmó que no fue toda Alemania la que atacó a los judíos y a los polacos. Dijo que en su nación «un grupo de criminales alcanzó el poder mediante promesas mentirosas, en nombre de unas perspectivas de grandeza (…) y también con la fuerza del terror». Y de esa manera, «nuestro pueblo pudo ser usado y abusado como instrumento de la manía (de esos criminales) de destrucción y de dominio».
Y el tercer aspecto de este discurso consistió en la petición del Romano Pontífice de no olvidar la gran tragedia que estuvo a punto de destruir al Pueblo judío. «El lugar en el que nos encontramos —afirmó— es un lugar de la memoria, es el lugar de la Shoa. El pasado no es jamás sólo pasado. Éste nos mira y nos indica las vías que no hay que tomar y las que sí tomar».
Así, Benedicto XVI reflexionó sobre el sentido profundo de la Shoa. «En el fondo, esos criminales violentos , con el aniquilamiento de este pueblo, intentaban matar a aquel Dios que llamó a Abraham». Los nazis trataron de destruir a los judíos, porque «con su simple existencia, constituyen un testimonio de aquel Dios que ha hablado al hombre». Aquel Dios debía finalmente ser asesinado para que el dominio perteneciera solamente al hombre.
No se puede olvidar la Shoa, porque el exterminio de un Pueblo es un crimen contra toda la humanidad. No se puede sacar de la memoria porque es un recordatorio perenne que el hombre no puede sustituir a Dios. Pero no es una exhortación al rencor. Los fallecidos en Auschwitz —dice el Santo Padre— «no quieren provocar en nosotros el odio: al contrario, nos demuestran qué tan terrible es la obra del odio. Quieren suscitar en nosotros el valor del bien, de la resistencia contra el mal».
Este mensaje de Benedicto XVI tiene actualidad. Es una muestra de la continuidad del papado, es una invitación a la reconciliación y al perdón entre naciones, y es una advertencia para no desentenderse de la dura realidad que el hombre sin Dios se vuelve el peor depredador del ser humano.

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domingo, 28 de mayo de 2006

Ley de migración: ¿victoria?

Luis-Fernando Valdés

En esta semana se dio un paso en el Congreso de Estados Unidos para legalizar a varios millones de inmigrantes indocumentados. Esta noticia se ha celebrado como una victoria. Pero la anhelada solución aún está lejos. Por una parte, falta la aprobación definitiva; y, por otra, hace examinar si realmente se llegó al fondo de este delicado tema.
Aunque es muy loable que se hayan dado avances importantes, contrasta mucho que la frontera del vecino País se esté militarizando. Esta decisión hace parecer a los migrantes como enemigos, como personas peligrosas. Y éste es precisamente el fondo del problema de la migración ilegal: ¿los espaldas mojadas son o no personas? ¿tienen o no igual dignidad que los demás habitantes del planeta?
Probablemente, mientras no se tenga como punto de partida claro que los migrantes son seres humanos, y que tienen la misma dignidad que los demás, las leyes que se aprueben siempre serán soluciones pragmáticas para problemas urgentes. Es decir, que esas leyes tendrán como referencia resolver un conflicto actual, pero no buscarán tutelar desde el principio la dignidad de los migrantes. En otras palabras, esas normas nunca estarán diseñadas para ayudar a los migrantes, sino serán establecidas para contrarrestar los efectos colaterales del flujo ilegal de personas.
Un migrante nunca puede ser considerado un mero «efecto colateral». Las personas que cruzan de un país a otro son el reflejo del desequilibrio entre los países ricos y las naciones pobres. Esta situación favorece que miles y miles de personas salgan de su tierra natal para buscar mejores condiciones de vida.
La migración puede ser un recurso más que favorecerá al país receptor. Sin embargo, ¿por qué se suele considerar más bien como un obstáculo? En algunos casos, la migración es considerada como un peligro para el «estado de bienestar». Es decir, en algunos países desarrollados, gracias a decenios de crecimiento económico, se ha alcanzado un alto nivel de educación, salud, jubilación, etc, pagados por el Estado. Al llegar nuevas personas que no han aportado dinero para este sistema, se plantea el dilema de si el Estado les debe ayudar o no.
Pero lejos de ser una carga para el País que los recibe, los inmigrantes responden a un requerimiento del ámbito laboral. Hay ocupaciones que sin la presencia de migrantes se quedarían sin quien las ejercitara, porque hay sectores del mundo del trabajo en los que la mano de obra local es insuficiente, y también hay empleos que los trabajadores locales no están dispuestos a ejercitar. Por eso, los migrantes son una fuerza de trabajo, y por lo tanto un apoyo para la economía de las naciones que los reciben. De ahí que, considerarlos como un peligro para eso países no tenga tanto fundamento.
Existe el riesgo de considerar a los migrantes sólo como «fuerza de trabajo», porque sería tratarlos como mera maquinaria, que se usa mientras sirve, y que se desecha cuando ya no funciona como se esperaba. Y de ahí surge el problema de las legislaciones migratorias: muchas veces buscan regular este «recurso» laboral, en vez de procurar ayuda a los migrantes, en cuanto que son seres humanos. Los migrantes deben ser recibidos como personas, y tienen que ser ayudados, junto con sus familias, a integrarse en la vida social. Mientras este aspecto tan esencial al ser humano no sea tenido en cuenta, las leyes migratorias no pasaran de ser un parche para un problema acusiante, pero nunca serán la auténtica solución.

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domingo, 21 de mayo de 2006

Código secreto

Luis-Fernando Valdés

Todo empezó en la página 10. Como nota inicial a su novela más famosa, Dan Brown escribe: «Todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales que aparecen en esta novela son veraces» (Ed. Umbriel, 2003, p. 10). Sin esta aclaración, el Código Da Vinci hubiera pasado a la historia como un libro policiaco más. Pero al afirmar que su contenido es verdadero, Brown nos quiere decir que sólo él conoce al verdadero Jesucristo. Y resulta que Jesús no es el Dios verdadero hecho hombre como lo presenta la Iglesia, sino un mero hombre sin doctrinas propias. Por eso, Brown despertó la polémica y su libro alcanzó una ventas millonarias.
Ante el reciente estreno de la versión cinematográfica de esta novela, me gustaría comentar con ustedes el fenómeno cultural que subyace en el contenido del CDV. Partamos de que Jesús de Nazaret es el punto de referencia de la moral de la cultura occidental. Este Rabbí se presenta en Palestina afirmando que él mismo es el Hijo de Dios, y que por ser Dios nos enseña un modo de vida. Y este nueva manera de pensar y de vivir es la que conocemos como Cristianismo. Y se trata de un camino exigente, que pasa necesariamente por la Cruz.
A lo largo de la historia, nunca han faltado hombres y mujeres que han conseguido encarnar fielmente ese modo de vida. Estas personas son llamados «santos» por los creyentes en Cristo, y son tenidos como la confirmación de que sí es posible vivir como Jesucristo enseñó. Pero durante estos 21 siglos de Cristianismo tampoco han faltado jamás quienes han buscado quedarse sólo con una parte de las enseñanzas de Jesús, para hacer más cómoda la vida cristiana.
En efecto, durantes estos dos mil años no han faltado predicadores y escritores que anuncian a un Jesús distinto del original. Presentan a un Cristo, según la mentalidad de sus épocas. Un ejemplo reciente, es el llamado «Evangelio de Judás» que ofrece una visión de Jesús, según la mentalidad de los gnósticos del siglo III.
Nuestra época también tiene unas características propias. Los filósofos suelen decir que nos encontramos en la «posmodernidad». Nuestros tiempos se caracterizan por un escepticismo, que insiste en que no se puede conocer la verdad, y por una cultura que enfatiza la vida sin esfuerzo, porque niega que exista algo por lo que valga la pena luchar.
La novela de Brown (y la película) presenta a un Jesucristo según los estándares de nuestra cultura «light». Hoy pocos quiere enfrentar el dolor, renunciar sí mismos por amor, dominar sus impulsos y encauzar con firmeza sus instintos. En cambio, aceptan con agrado estas nuevas versiones de la vida de Jesucristo. Prefieren usar como punto de referencia moral no al Cristo que muere en el Madero, y que pide que cada uno tome su Cruz, sino —como explica Ignacio Ruiz Velasco— a un Jesús sensual, sentimentalón, con unos propósitos meramente humanos, sin divinidad ni mandamientos ni obligaciones, o sea, un Jesucristo fácil, hecho al propio gusto, a lo políticamente correcto en una sociedad relativista.
El Código Da Vinci pretende mostrar el «verdadero» punto de referencia moral, que según Brown, ya no es Jesús de Nazaret, sino un feminismo acorde con el movimiento New Age. En realidad, nos está enseñando un nuevo evangelio, nos está cambiando de Dios, nos está invitando a una nueva moral. Éste es el verdadero código secreto del CDV.

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domingo, 14 de mayo de 2006

Iniciativa y participación pública

Luis-Fernando Valdés

La vida pública de nuestro País está viviendo momentos importantes. Como es lógico, el debate público se centra en la elecciones, pero esto nos debe llevar a pasar por alto la reflexión sobre el papel de cada ciudadano en la vida pública. La participación en la vida de un pueblo no se limita a votar o a ser elegido, sino que conlleva un rol activo en los diversos ámbitos de la interacción humana.
Hay algunos malentendidos respecto a la participación en la vida política de una nación. Es frecuente el error de identificar el Estado con la sociedad. La sociedad la componemos todos los ciudadanos de un país; nos toca colaborar en la diversas relaciones humanas: familiares, educativas, económicas, recreativas, religiosas, políticas. En cambio, el Estado es sólo el órgano rector de la sociedad; le corresponde regular y ordenar esas relaciones humanas, pero no le toca desempeñar a él solo la vida social.
Ciertamente, es responsabilidad del Estado regular que los diversos ámbitos de actuación de los ciudadanos se desarrollen con orden y armonía. Y lo hace mediante leyes y normativas. Sin esta regulación, la vida pública sería un caos. Imagínese usted qué pasaría si no hubiera una Secretaría de educación: cada escuela enseñaría temas tan distintos que, al final, habría ciudadanos muy preparados y otros prácticamente ignorantes.
Pero este papel de regulación tiene que ser ordenado, es decir, se debe atener a unos ámbitos muy bien delimitados, porque si el Estado ejerciera un control tan grande sobre la sociedad, terminaría ahogándola. No se puede gobernar una sociedad como si sus miembros fueran tontos o como si fueran ladrones, necesitados siempre de vigilancia y represión.
Los países, donde se da un exceso de intervención estatal, se suelen sustentar en la desconfianza. Parten de la suposición de que los que gobiernan son mejores y más honrados que los demás. Y, apoyados en ese prejuicio, ejercen un duro control sobre los demás. Pero, en principio, quienes gobiernan son ciudadanos como los demás: tan inteligentes, tan preocupados por el bien común y tan honrados como los demás. Por eso, hay que suponer que los ciudadanos de a pie, al menos, tienen un nivel de honradez semejante al que poseen los que gobiernan. Y por tanto, no merecen ni más vigilancia ni menos libertad que los que gobiernan.
La desconfianza lleva al control desmedido, y este tipo de control ahoga la iniciativa de los ciudadanos. La falta de iniciativa termina por detener el progreso de una nación. Pero el daño va más lejos aún, pues esta postura acaba minando a todo un país, porque favorece la arbitrariedad y la tiranía. El problema final de todo estado basado en la desconfianza es saber quién controla a los controladores.
La vida pública no debe quedarse a esperar a que un organo regulador le indique qué debe hacer. La cultura y el arte nos dan ejemplo de libertad: no se desarrollan por mandato, sino por la iniciativa de los que cultivan estas disciplinas. De igual manera, los ciudadanos no deben esperar una indicación oficial para desarrollar los ámbitos específicamente humanos, como la familia y la educación.
El Estado no es lo mismo que el País. Una nación es algo más que su gobierno. Cuando un país se limita a ser únicamente lo que su gobierno le indica, se queda pequeño. La grandeza de una nación son sus ciudadanos, que poseen iniciativa y capacidad para levantar a su patria. Si pensamos que el gobierno debe hacerlo todo, y renunciamos a nuestro esfuerzo e iniciativa, habremos condenado a nuestro País a al subdesarrollo social.

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domingo, 7 de mayo de 2006

Las lecciones de Atenco

Luis-Fernando Valdés

Con gran tristeza estuvimos observando los enfrentamientos callejeros ocurridos en Atenco, Edo. Mex, hace unos pocos días. Siempre es duro ver a un ser humano agredido por otro. Cada herido tiene dignidad sin importar si es policia o manifestante. Pero este espectáculo tan desolador nos lleva a una reflexión sobre el Estado de derecho y la cultura, al margen de toda ideología política, y enfocando sólo desde la Doctrina social sin ningún afán partidista.
Para entender qué es un Estado de derecho hay que tener en cuenta dos elementos. El primero es la “ley”, que es una ordenación racional de la conducta humana para poder alcanzar la realización o perfección de la persona. La ley tiene valor para todos los ciudadanos, y no sólo para los que estén de acuerdo en seguirla.
El segundo elemento es precisamente la voluntad de cada persona. Cada ciudadano puede tener sus ideas propias, pero no puede hacer todo lo que le dé la gana. Tiene un límite, que consiste en respetar tanto las leyes del país como los derechos de los otros ciudadanos. Los clásicos llaman “Justicia” a la disposición de la voluntad personal de dar a cada uno lo suyo, de respetar lo que le corresponde, ya sea por naturaleza, ya sea por que la ley se lo otorga.
En cambio, si un individuo hiciera cuanto le diera la gana, incluso lo que atropella a ley, estaríamos ante una “voluntad arbitraria”, que se pone por encima de la ley. Se le llama “arbitraria”, porque el individuo según arbitrio personal decide en cada momento qué es lo legal, o sea, escoge qué es lo que sí va a respetar y qué es a lo que no va a hacer caso.
Entonces la ley se relaciona con la voluntad individual de dos manera. La primera es cuando el ciudadano vive la justicia y cumple con lo que la ley establece. Si no está de acuerdo con ella, emplea los conductos establecidos por la misma ley para manifestar su disconformidad. La otra situación surge cuando la “voluntad arbitraria” de un particular no acepta una ley o una disposición gubernamental basada en el derecho, y reacciona en forma violenta para imponer su opinión o para no cumplir con sus obligaciones legales.
A partir de esas dos posibles situaciones, se puede entender que en el “Estado de derecho”, quién debe ser soberana es la ley y no la voluntad arbitraria de los hombre. De hecho, el principio central de un Estado de derecho es la división de poderes, para que entre todos ellos (ejecutivo, legislativo y judicial) mantengan el poder en su justo límite, sin caer en la arbitrariedad de unos cuantos.
En el origen de esa arbitrariedad se encuentra el “relativismo”, o sea, esa postura que afirma que no existe la verdad, sino que cada quien se construye la suya. Sin la verdad como guía, la voluntad va a ciegas: se convierte en arbitraria, se pone por encima de toda norma, de toda razón. En ocasiones, algunos conflictos violentos podrían ser el resultado del daño real que hace el relativismo en una sociedad.
Atenco se convierte en una llamada de atención para todos los mexicanos, no sólo para los políticos. Para los ciudadanos de a pie, es una exhortación urgente para darle un giro a nuestra concepción de la cultura. Nuestra cultura ha renunciado a buscar la verdad, y nos ha dejado a merced de “voluntades arbitrarias”. Probablemente sea muy difícil construir un Estado de derecho, mientras no haya un compromiso de buscar la verdad que oriente las voluntades hacia el bien común.

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domingo, 30 de abril de 2006

El precio de la tolerancia

Luis-Fernando Valdés

La tolerancia se ha convertido en un valor cívico de las sociedades democráticas. Sin embargo, el precio pagado para que una sociedad sea tolerante es muy caro. ¿Usted ha pensado, alguna vez, en el costo moral de ser tolerante?
Aunque actualmente este vocablo tiene una acepción positiva, originalmente tiene un sentido negativo. El Diccionario de la Real Academia Española (Madrid, 2001) define “tolerar” como “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”, y sólo en una cuarta acepción explica que consiste en “respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.
De modo que al inicio “tolerar” es sinónimo de “sufrir, llevar con paciencia”. Es un tener que aguantar una situación incómoda, para evitar un conflicto más grande. Nos ha tocado vivir juntos a tantos ciudadanos, que si no nos ponemos de acuerdo, será muy difícil que esa convivencia no acabe en una guerra civil. En el fondo de esta visión se encuentra la famosa concepción del ser humano promovida por la Ilustración francesa: el hombre es el lobo del hombre. “Por naturaleza” el hombre viviría individualmente, y sólo en un segundo momento, “mediante un pacto social” los seres humanos se pondrían de acuerdo para vivir juntos sin agredirse.
Este visión subsiste hasta nuestros días, pero ha dado un giro no pequeño. La cultura contemporánea rechaza como una utopía la pretención de alcanzar a conocer la verdad con certeza. En el fondo, se niega que el hombre puede conocer la verdad. De modo que cada uno tendría su propia verdad, sin que existiera una verdad común para todos. Y se considera una agresión decir que alguna opinión es falsa. Y se tiene por fanatismo pretender que la verdad de uno sea válida para otro que no está de acuerdo con ese punto de vista.
¿Ya se fijó en lo cara que sale la tolerancia? Hasta ahora hemos pagado el precio de negar que el hombre sea social por naturaleza, o sea, hemos rechazao la convicción de que los seres humanos nos podemos poner de acuerdo para buscar un fin común, porque el fondo todos estamos diseñados alcanzarlo juntos. Esto se manifiesta, en la práctica, en el rechazo “a priori” de la postura de los otros, sin poner atención a la razonabilidad de sus propuestas.
El precio de ser tolerantes no se queda sólo en perder la capacidad de ponernos de acuerdo. El costo añadido consiste en negar la capacidad humana de conocer la verdad. Afirmar que todas las posturas son igualmente válidas, aunque sean contradictorias entre sí, es lo mismo que decir que ninguna es verdadera. Y entonces el hombre ya no se guía por la verdad que ve en el fondo de su conciencia, sino que se orienta por un principio práctico: no armar conflictos.
Hoy, cuando nuestro mundo es una “aldea global”, la tolerancia es más necesaria que nunca. Pero nuestra concepción de tolencia debe ser revisada para que no paguemos un precio tan elevado: el costo de negar dos valores plenamente humanos, como lo son la sociabilidad y la capacidad de conocer la verdad.
Hace falta un nuevo paradigma de la tolencia, basado en que todos los seres humanos somos iguales, porque tenemos las mismas inclinaciones al bien y a la verdad. Se trata de un concepto de hombre que parta del hecho de que, por naturaleza no somos enemigos sino aliados, que tenemos una capacidad de buscar juntos el bien común, a pesar de tantas diferencias, precisamente porque podemos buscar juntos la verdad del hombre, sin caer en la mezquindad de definir qué es el hombre según nuestras conveniencias.

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domingo, 23 de abril de 2006

Poner límites al mal

Luis-Fernando Valdés

Muchas veces tenemos la impresión de que el mal es todopoderoso y domina este mundo de manera absoluta. Basta pensar en las grandes tragedias de este inicio de siglo: el atentado de las Torres Gemelas, el genocidio de los tutsis en África, las injusticias a los inmigrantes, la violencia del narcotráfico. Ante este panorama, le preguntaron a Juan Pablo II si existía un límite infranqueable para el mal.
En su respuesta, el fallecido Romano Pontífice evocó sus vivencias de la crueldad de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y de la posterior invasión soviética a Polonia. Explicaba que era difícil de prever cuánto duraría el dominio comunista. Y afirmaba que «lo que se podía pensar es que también este mal era en cierto sentido necesario para el mundo y para el hombre» (cfr. Memoria e identidad, 27-36).
¿A qué se refería Juan Pablo II con que el mal era “necesario” para el mundo? No quería decir que el mal era algo bueno, sino que «tras la experiencia punzante del mal, se llega a practicar un bien más grande». ¿Cuál bien puede ser más grande que todas las experiencias crueles de una guerra? Ese bien es el perdón, pues «en todo caso, no se olvida fácilmente el mal que se ha experimentado directamente. Sólo se puede perdonar. Y, ¿qué significa perdonar sino recurrir al bien, que es mayor que cualquier mal? Un bien que, en definitiva, tiene su fuente únicamente en Dios».
Por eso, el bien es el «límite impuesto al mal», al mal que se da en la historia. Pero también para el mal hay otro límite, de tipo teológico. Se trata de Dios, que ha puesto un límite definitivo al mal, mediante la Redención, es decir, mediante la liberación del pecado y del demonio. Este otro límite es la Misericordia Divina, que fue revelada a la religiosa polaca, llamada Faustina Kowalska (1905-1938).
Juan Pablo II explica que en el siglo XX hubo dos grandes «ideologías del mal»: el nazismo y el comunismo. Y hace ver que, simultáneamente, «Sor Faustina se convirtió en pregonera del mensaje, según el cual la única verdad capaz de contrarrestar el mal de esta ideologías es que Dios es Misericordia, la verdad del Cristo Misericordioso» (ibid., 17).
El Papa polaco atestigua que la devoción a la Misericordia Divina se extendió durante la Guerra en Polonia, y que esta espiritualidad tuvo «una gran importancia para la resistencia contra el mal practicado en aquellos sistemas inhumanos de entonces». «Es como si Cristo hubiera querido revelar que el límite impuesto al mal, cuyo causante y víctima resulta ser el hombre, es en definitiva la Divina Misericordia» (cfr. Ibid., 74-75).
El Papa Woityla quiso que esta experiencia de la victoria sobre el mal no se redujera sólo a Polonia y, por eso, instituyó la fiesta de la Divina Misericordia para toda la Iglesia. Esta es la fiesta que celebramos precisamente hoy domingo. Y el sentido de esta celebración es que «¡el mal nunca consigue la victoria definitiva!». El Misterio de la Redención confirma que, a la postre, vence el bien; que la vida prevalece sobre la muerte y el amor triunfa sobre el odio. Y como para rubricar estas consideraciones, Juan Pablo II falleció precisamente la víspera del Domingo de la Misericordia del año pasado.

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