domingo, 30 de abril de 2006

El precio de la tolerancia

Luis-Fernando Valdés

La tolerancia se ha convertido en un valor cívico de las sociedades democráticas. Sin embargo, el precio pagado para que una sociedad sea tolerante es muy caro. ¿Usted ha pensado, alguna vez, en el costo moral de ser tolerante?
Aunque actualmente este vocablo tiene una acepción positiva, originalmente tiene un sentido negativo. El Diccionario de la Real Academia Española (Madrid, 2001) define “tolerar” como “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”, y sólo en una cuarta acepción explica que consiste en “respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.
De modo que al inicio “tolerar” es sinónimo de “sufrir, llevar con paciencia”. Es un tener que aguantar una situación incómoda, para evitar un conflicto más grande. Nos ha tocado vivir juntos a tantos ciudadanos, que si no nos ponemos de acuerdo, será muy difícil que esa convivencia no acabe en una guerra civil. En el fondo de esta visión se encuentra la famosa concepción del ser humano promovida por la Ilustración francesa: el hombre es el lobo del hombre. “Por naturaleza” el hombre viviría individualmente, y sólo en un segundo momento, “mediante un pacto social” los seres humanos se pondrían de acuerdo para vivir juntos sin agredirse.
Este visión subsiste hasta nuestros días, pero ha dado un giro no pequeño. La cultura contemporánea rechaza como una utopía la pretención de alcanzar a conocer la verdad con certeza. En el fondo, se niega que el hombre puede conocer la verdad. De modo que cada uno tendría su propia verdad, sin que existiera una verdad común para todos. Y se considera una agresión decir que alguna opinión es falsa. Y se tiene por fanatismo pretender que la verdad de uno sea válida para otro que no está de acuerdo con ese punto de vista.
¿Ya se fijó en lo cara que sale la tolerancia? Hasta ahora hemos pagado el precio de negar que el hombre sea social por naturaleza, o sea, hemos rechazao la convicción de que los seres humanos nos podemos poner de acuerdo para buscar un fin común, porque el fondo todos estamos diseñados alcanzarlo juntos. Esto se manifiesta, en la práctica, en el rechazo “a priori” de la postura de los otros, sin poner atención a la razonabilidad de sus propuestas.
El precio de ser tolerantes no se queda sólo en perder la capacidad de ponernos de acuerdo. El costo añadido consiste en negar la capacidad humana de conocer la verdad. Afirmar que todas las posturas son igualmente válidas, aunque sean contradictorias entre sí, es lo mismo que decir que ninguna es verdadera. Y entonces el hombre ya no se guía por la verdad que ve en el fondo de su conciencia, sino que se orienta por un principio práctico: no armar conflictos.
Hoy, cuando nuestro mundo es una “aldea global”, la tolerancia es más necesaria que nunca. Pero nuestra concepción de tolencia debe ser revisada para que no paguemos un precio tan elevado: el costo de negar dos valores plenamente humanos, como lo son la sociabilidad y la capacidad de conocer la verdad.
Hace falta un nuevo paradigma de la tolencia, basado en que todos los seres humanos somos iguales, porque tenemos las mismas inclinaciones al bien y a la verdad. Se trata de un concepto de hombre que parta del hecho de que, por naturaleza no somos enemigos sino aliados, que tenemos una capacidad de buscar juntos el bien común, a pesar de tantas diferencias, precisamente porque podemos buscar juntos la verdad del hombre, sin caer en la mezquindad de definir qué es el hombre según nuestras conveniencias.

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com

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