viernes, 6 de octubre de 2006

La familia ¿en cambio o en crisis?

Luis-Fernando Valdés

Hoy se clausura el Segundo Congreso sobre la Familia en nuesta Ciudad. Este evento nos da la oportunidad de reflexionar sobre la «crisis» de la familia. La sociedad mexicana está experimentando cambios fuertes en su modo de entender la estructura familiar. Mientras que algunas de esas variaciones sólo muestran que esta importante institución natural es una realidad histórica que evoluciona sanamente, hay otras que reflejan una verdadera crisis. ¿Cómo distinguir unos cambios de otros?
Para poder discernir cuáles transformaciones son buenas y cuáles constituyen un problema real, es necesario distinguir tres ámbitos. El primero está conformado por los cambios concretos que surgen de las nuevas condiciones sociales y culturales, que afectan a la familia como institución y a los diversos miembros que la integran. Hace medio siglo no todos los miembros de la familia tenía la posibilidad de cursar la Preparatoria. Tampoco era común que trabajaran tanto el padre como la madre. Esta evolución es inevitable y ordinariamente no tiene por qué ensombrecer la institución familiar; al contrario, es un factor de enriquecimiento. Pensemos cuánto se ha avanzado en el tema de la comunicación intrafamiliar, gracias a que todos los que la componen tienen un grado de educación más elevado que en épocas pasadas. Y, como es lógico, estos cambios educativos y laborarles modifican, en cierto modo, los roles familiares, respecto a los de la época de nuestros abuelos. Pero este tipo de variación no representa una crisis.
El segundo ámbito está formado por aquellas transformaciones que afectan la manera concreta de vivir de la familia. Hay nuevos modos de vida familiar que ayudan a que marido y mujer, padres e hijos, cumplan con su misión. Por ejemplo, es muy positivo la relación de igualdad entre los cónyuges, que ha dejado atrás los patriarcados o matriarcados. Ahora es frecuente que tanto el esposo como la esposa cuiden a los niños, y ambos colaboren con las tareas domésticas. También es una ganancia la confianza en el trato mutuo entre padres e hijos, que se refleja en el uso del «tú», por parte de los hijos, para dirigirse a sus padres.
Sin embargo, hay nuevos modos concretos de vivir que cuestionan la misma institución familiar. Esto sucede cuando se niega que el matrimonio sea el origen de la familia; por ejemplo, cuando se habla de la «pareja» para referirse a una unión provisional, cuando se defiende el divorcio, cuando se desprecia la procreación como misión esencial de los esposos, o cuando se niega el derecho de los padres a educar a sus hijos.
El tercer grupo de factores, que han llevado a un cambio en el concepto de familia, es el que afectan las formas concretas de entender y explicar lo que es y lo que debe ser la familia. Y éste es el punto que sí constituye la verdadera crisis. Se trata de teorías que sostienen que la familia no es una institución natural, y que no responde a un plan de Dios. Así, algunos autores niegan todo fundamento natural y estable de la familia, y la definen como una mera «institución cultural», que debe ir al ritmo de los cambios de la historia. Otros pensadores sostienen que la familia es producida por causas sociales.
Hoy día nos hace falta una sabiduría que nos permita entender los cambios de la familia, que llevan a los cónyuges y a los hijos a una mejor convivencia, a amarse más. Necesitamos una sapiencia profunda que nos ayude a comprender que la familia no es un producto cultural ni social, sino que responde al designio originario del Creador.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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