viernes, 5 de julio de 2013

La llamada


Serie: Quién es el Papa Francisco, n. 5
Luis-Fernando Valdés
Antonio Briseño

La infancia y juventud del futuro Papa Francisco transcurrieron llenas de normalidad. Sin embargo, en su vida hubo un momento especial, en cual él se sintió llamado por Dios. ¿Qué es lo que vio Jorge Mario Bergoglio para decidir que dedicaría su vida al sacerdocio?
A los 21 años, Jorge Mario anunció
a sus padres su decisión de
ingresar al seminario.

En Argentina, el día del estudiante se celebra el día 21 de septiembre. Curiosamente, fue en esta fecha del año 1953, cuando Jorge Mario Bergoglio vio su llamada al sacerdocio. En ese entonces tenía 17 años y, como todos los jóvenes de su edad, se preparaba para ir con el resto de sus compañeros a celebrar esa festividad de los estudiantes.

Sin embargo, antes de la reunión de amigos, Jorge Mario decidió pasar a la iglesia de San José de Flores, en Buenos Aires, a la cual él solía visitar con mucha frecuencia. En el templo, Bergoglio encontró a un sacerdote que no conocía, pero que, a pesar de eso, le transmitía mucha espiritualidad y decidió confesarse con él.

Ése fue el momento preciso en el que el futuro Papa descubrió su vocación. Años más tarde, el entonces Card. Bergoglio recordaba que “en esa confesión me pasó algo raro, no sé que fue, pero me cambió la vida; yo diría que me sorprendieron con la guardia baja”. Él mismo contaba que no fue necesario festejar el día del estudiante pues, en su cabeza, la preocupación ya era otra.

Pero, ¿qué fue lo que pasó en realidad? El entonces Arzobispo de Buenos Aires lo interpretaba así en una entrevista reciente: “Fue la sorpresa, el estupor de un encuentro; me di cuenta de que me estaba esperando. Desde ese momento para mí, Dios es el que te ‘primerea’ [se te adelanta]. Uno lo está buscando, pero Él te busca primero. Uno quiere encontrarlo pero Él nos encuentra primero”.

¿Cómo fue este encuentro de Dios con Jorge Mario? El lema que más adelante escogería al ser nombrado obispo nos da una buena pista: “Miserando atque eligendo”, que puede traducirse como “lo miró con misericordia y lo eligió”.

Esta frase está tomada de una homilía de San Beda, monje benedictino y doctor de la Iglesia, en la cual explica la vocación de San Mateo, el Evangelista (cfr. Mateo 9,9). Ahí explica que Mateo, un cobrador de impuestos, “No tenía mérito propio alguno para ser elegido. Pero Jesús lo mira con misericordia y lo elige para un destino inconcebiblemente superior; le llama, le propone el proyecto de vida que le tiene reservado, y le transforma su existencia por completo”.

Sin embargo, Jorge Mario no se inscribió al seminario en ese momento, pues quería madurar su vocación. Pasaron cuatro años para que él decidiera entrar al seminario diocesano; fue más adelante cuando ingresó al noviciado de los jesuitas.

Fue hasta entonces, cuando Jorge Mario –ya de 21 años– se animó a contárselo a sus padre. Él mismo recuerda que “primero, se lo dije a mi papá y le pareció muy bien. Más aún: se sintió feliz. Sólo me preguntó si estaba realmente seguro de la decisión. Él después se lo dijo a mi mamá que, como buena madre, había empezado a presentirlo. Pero la reacción de ella fue diferente. ‘No sé, yo no te veo… Tenés que esperar un poco… Sos el mayor… Seguí trabajando… Terminá la facultad, me dijo. La verdad es que la vieja [mi mamá] se enojó mal”.

El que llegaría ser el Pontífice Romano inició su vida de entrega a Dios cuando entendió que el Señor lo llamaba sin mérito alguno suyo, sino por una elección gratuita. Pero esta vocación divina no le ahorró el esfuerzo de tomar una decisión y de esperar al momento oportuno, ni tampoco evitó la natural resistencia inicial de su madre.

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