domingo, 3 de mayo de 2009

Domingo sin Misa

Luis-Fernando Valdés

Como es sabido, durante la actual contingencia epidemiológica que abarca a todo nuestro País, se han suspendido todo tipo de reuniones masivas, para evitar el riesgo de contagio de la influenza porcina. Muchos templos católicos también han adoptado esta medida, de modo que en muchas iglesias no se celebrará la misa dominical para los fieles. Esta situación tan inusitada nos da pie para reflexionar.
El culto católico no ha sido suspendido; sólo se han cancelado las misas dominicales, que son un parte –la principal– de ese servicio religioso. Pero, ¿qué pasaría si el culto, en todas sus manifestaciones, se suspendiera?
Esta pregunta ha perdido mucho sentido en las últimas décadas. Parecería que el hombre contemporáneo, que ha sabido sobrevivir a las guerras, y que ha dominado la naturaleza, ya no requiere de Dios. Éste hombre actual ya no necesitaría dar culto a Dios, pues por sí mismo ha superado los límites de la naturaleza, sin tener necesidad de milagros.
Pero, en una sociedad sin culto a Dios, pronto adviene la injusticia. Ahí, donde no hay referencia a Dios, la moral y el derecho degradan al hombre, porque lo despojan de sus más altas posibilidades espirituales, y lo privan de la posibilidad de lo eterno. En palabras del entonces Card. Ratzinger, “con esta aparente liberación, [el ser humano] queda sometido a la dictadura de las mayorías dominantes, a las medidas humanas fortuitas que terminan por hacerle violencia” (“El espíritu de la liturgia”, 2002, p. 39).
En nuestro contexto post-ilustrado, la sospecha hacia lo religioso es moneda corriente. Se suele recelar de que detrás de todo rito “siempre” hay una segunda intención, ya sea una finalidad mercantilista, ya sea un deseo de poder, porque se da por supuesto que la realidad divina no existiría. Para superar la sospecha, es mejor preguntarnos: ¿qué tipo de realidad encontramos en el culto?
Existe un realismo aparente que niega que Dios sea parte de la realidad. Pero no se consigue la pretendida objetividad por el mero hecho de rechazar lo que no es captable con la mirada, lo que escapa a nuestros sentidos. Un mundo en el que se rechaza la relación objetiva con Dios, y se le tolera sólo como una relación meramente subjetiva, termina por ser un mundo en el que el resto de las relaciones del hombre –con los otros humanos y con el cosmos– caen en el desorden. ¿No es esto lo que vemos cuando un grupo armado pretende imponer su ley, a una sociedad democrática? ¿No es esto lo que encontramos en la crisis ecológica mundial?
Además, el culto nos hace participar ya desde ahora del mundo de Dios. Se da un anticipación de lo que sucederá en el futuro, de modo que el mundo divino irrumpe ya en este mundo nuestro. “Una vida en la que estuviera ausente esta anticipación, se convertiría en una vida pesada y vacía” (J. Ratzinger, ibidem). Por eso, no existe una sociedad en la que no haya algún tipo de religiosidad. Precisamente, los sistema abiertamente ateos y materialistas han creado su liturgia civil, que casi siempre sirve de cortina de humo, para ocultar su fracaso social y político.
Entonces, el culto a Dios no ha sido superado; es connatural al hombre, porque mediante los ritos religiosos se configura la existencia humana en el mundo: respetar a Dios conlleva respetar al prójimo y al cosmos. Estos días de contingencia epidemiológica nos podrían ayudar para meditar si los actos de devoción nos llevan a mejorar nuestras relaciones con Dios, con los demás y con la naturaleza.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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