domingo, 23 de octubre de 2005

SIDA, ética y esperanza

Luis-Fernando Valdés

La ONU instituyó en 1988 la Jornada Mundial del SIDA, que se celebra el 1 de diciembre de cada año. Este día constituye una oportunidad para una reflexión sobre diversos aspectos de esta epidemia: médicos, éticos y religiosos.
Desde el punto de vista médico, las estadísticas son alarmantes. En 2004, la ONU declaró que, desde la aparición del SIDA, más de 22 millones de personas han muerto por causa de esta enfermedad.
Pero no basta con dar cifras, lo importante es que se pongan al alcance de todos los medicamentos que, en la actualidad, sirven para controlar y paliar este padecimiento. Los esfuerzos de una nación para combatir el SIDA no se pueden limitar a dar información preventiva, sino que también deben subsidiar los fármacos que los afectados necesitan.
La ética es otro aspecto importante en el combate del SIDA. Esta enfermedad sólo se transmite por tres vías: la sangre, la transmisión materno-infantil y por contacto sexual. En ellas hay implicaciones éticas. Por ejemplo, los donadores de sangre tienen el grave deber moral de que su sangre esté exenta de ese virus; las madres portadoras del VIH no pueden abortar, aunque sepan que su bebé nacerá infectado.
La vía del contacto sexual tiene más implicaciones éticas aún. Juan Pablo II afirmó que el drama del Sida se presenta como una «patología del espíritu». Para combatir este tipo de contagio se requiere aumentar la prevención con educación en el valor sagrado de la vida y con formación en la práctica correcta de la sexualidad.
En 1994, Juan Pablo II recomendaba a los obispos de África, continente flagelado por el SIDA: «debemos presentar continuamente a los fieles, sobre todo a los jóvenes, el afecto, el gozo, la felicidad y la paz que procura el matrimonio cristiano y la fidelidad, así como la seguridad proporcionada por la castidad».
El SIDA también tiene implicaciones religiosas. Los que padecen esta enfermedad no son un mero dato para las estadísticas. Estos enfermos son, ante todo, seres humanos. Y como todo humano tienen una historia, que se ve trastocada, incluso interrumpida. Tienen temor y desean una esperanza. Y ése es el aspecto religioso de esta epidemia.
Junto con el derecho a acceder a los medicamentos y tratamientos necesarios, los enfermos de SIDA necesitan de apoyo espiritual. Esta enfermedad los pone frente al drama del sufrimiento y de la muerte. Y es ahí cuando necesitan de un mensaje de esperanza.
Juan Pablo II explicaba que «es precisamente en el momento de la enfermedad cuando se plantea con mayor urgencia la necesidad de encontrar respuestas adecuadas a las cuestiones últimas referentes a la vida del hombre: las cuestiones sobre el sentido del dolor, del sufrimiento y de la misma muerte, considerada no sólo como un enigma con el cual confrontarse fatigosamente, sino como misterio en el que Cristo se incorpora en nuestra existencia, abriéndola a un nuevo y definitivo nacimiento para la vida que nunca acabará» (Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 2005, n. 6).
Atender a los que padecen esta enfermedad es tarea de todos. Por eso, Benedicto XVI expresó su apoyo a «las numerosas iniciativas promovidas, de modo especial las de las comunidades eclesiales, para eliminar esta enfermedad, y aseguro mi apoyo a los enfermos de SIDA y a sus familias, invocando para ellos la ayuda y el consuelo del Señor" (Discurso, 30.XI.05)

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