domingo, 30 de octubre de 2005

El Vaticano II, 40 años después

Luis-Fernando Valdés

El pasado 8 de diciembre se cumplieron 40 años de la solemne clausura del Concilio Vaticano II. Fue una reunión del Romano Pontífice con casi todos los obispos del mundo, y tenía como objetivo reflexionar sobre la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo.
El Concilio debía responder a una pregunta fundamental: ¿Tiene algo que decir la Iglesia al hombre de hoy? La cuestión es profunda, porque hoy día la ciencia y la tecnología parecen liberar al ser humano de todo dolor y le hacen más cómoda y llevadera la vida. También hoy el gobierno y las instituciones privadas llevan el peso de los hospitales, asilos y orfanatos, tareas que antes desarrollaba la Iglesia.
¿Qué aporta la Iglesia al hombre de hoy, que aparentemente no necesita de Dios? La contribución de esta institución no es de orden material, ni tampoco de tipo académico, aunque siga fiel a su vocación a la solidaridad y a la enseñanza.
La aportación de la Iglesia es tipo espiritual. Le enseña al hombre cuál es el sentido de su vida. Cuando el ser humano se olvida de que tiene un destino trascendente, de que está llamado a encontrarse con Dios, invariablemente su vida cae en el absurdo. Y pierde la razón profunda de todo lo que realiza.
Todos nos preguntamos para qué nacimos, qué finalidad tiene nuestra vida. A todos nos sobrecoge la realidad de que un día moriremos, y nos cuestionamos si todo los bienes que hayamos podido acumular durante la vida nos servirán en aquel momento. Estos interrogantes nos hacen ver que el hombre busca esas respuestas en lo espiritual.
Una de las enseñanzas centrales del Concilio es anunciar a todo el mundo que el sentido de la vida se encuentra en Jesucristo. Él es el Dios hecho ser humano. Tomó nuestra naturaleza racional y corporal para enseñarnos cómo ser auténticamente humanos.
Así lo enseña la Constitución Gaudium et spes, uno de los documentos capitales del Concilio: «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22).
A cuarenta años de su finalización, ¿sigue vigente este planteamiento sobre el sentido de la vida humana? ¿Hoy, cuando nuestra cultura nos propone que no existe una verdad absoluta? ¿Hoy, cuando el escepticismo parece haber ganado la batalla?
Esta respuesta del Vaticano II sigue vigente también en nuestros días. Está dirigida solamente a los católicos, sino a todos los seres humanos. Todavía hoy, todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, y se sigue preguntando el porqué de su existencia. Y a este problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta (cfr. ibid, 21).
Mientras los humanos nos preguntemos por el sentido de nuestra vida, el mensaje del Concilio seguirá vigente. Es tarea de cada uno aceptar la invitación a encontrar la respuesta en Jesucristo. Por eso, la invitación de Juan Pablo II, al inicio de su pontificado (1978), es actual: «No tengáis miedo. Abrid las puertas de Cristo de par en par. No tengáis miedo. Cristo sabe “lo que hay dentro del hombre”. Sólo él lo sabe».
La propuesta es válida también hoy. El Papa Benedicto XVI comenzó así su tarea pastoral, en abril de este año: «¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida!».

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com.

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