domingo, 16 de octubre de 2005

Ilegales pero con derechos

Luis-Fernando Valdés

Seguimos preocupados por los mexicanos que, cada vez con mayor dificultad, cruzan la frontera a los Estados Unidos. La línea fronteriza está mejor custodiada cada día, y se van consolidando los grupos civiles que «cazan» migrantes ilegales.
Las palabras con las que se designan las personas que emigran hacia el norte hacen un efecto curioso en la opinión pública. Llamarlos «indocumentados» o «ilegales» implica aceptar que son «culpables» de un delito. Y, acostumbrados a ciertos esquemas cinematográficos, a los delincuentes se les puede perseguir y maltratar.
Si observamos con atención, las películas más taquilleras generalmente muestran un combate entre los buenos y los malos. Y casi siempre el bueno tiene justificación para eliminar totalmente al malo, aunque emplee medios violentos y poco éticos. Los malos no tienen derechos y deben ser eliminados. Y quien se deshace de ellos es un héroe.
Uno de los peligros más grandes a los que se enfrenta una persona que cruza clandestinamente la frontera norte consiste en recibir la etiqueta de «malo» o de «criminal». Porque a los malos se les puede maltratar y nadie los va a defender.
Ciertamente, los que cruzan ilegalmente una frontera cometen un delito contra el país al que ingresan. Y ese país tiene derecho a controlar el acceso a su interior, y a vigilar mediante cuerpos policiacos o el ejército. El país afectado puede también arrestar y deportar a los que ingresan sin documentos.
Pero el hecho de que los migrantes ilegales carezcan de documentación y cometan un delito por entrar así en otro país, no justifica de ningún modo que se violen sus derechos. Antes que ser migrantes, son seres humanos. Y por lo tanto son sujetos de derechos humanos, que deben ser respetados por todos... también por los que vigilan las fronteras.
La raíz de los derechos del hombre, de los que gozan también los «culpables», se deben buscar en la dignidad que pertenece a todo ser humano. Esta dignidad es connatural a la vida humana, es decir, todos los humanos nacemos con ella. Se trata de nuestra naturaleza espiritual (nuestra capacidad de conocer, de amar y de autodeterminarnos), que es imagen y semejanza de Dios.
Por esta razón, los derechos humanos no surgen de la voluntad de las personas, ni del Estado, ni de los poderes públicos. No son las personas ni las instituciones las que «asignan» derechos a los seres humanos. Más bien lo que deben hacer es «reconocer» esos derechos y custodiarlos.
No son la patrulla fronteriza de un país ni las organizaciones civiles de caza-migrantes quienes pueden decidir cuáles derechos gozan los migrantes ilegales. Los «espaldas mojadas» gozan de todos los derechos, y por lo tanto merecen un trato humanitario.
Una corporación policiaca o un grupo civil tampoco puede establecer según criterios arbitrarios el modo de detener a los que cruzan su frontera. La detención debe ser oficial, no clandestina. Sin violencia innecesaria. Sin agresiones verbales, ni discriminaciones por motivos económicos o raciales.
Los migrantes ilegales no son los malos de la película. Cruzan la frontera por la falta de oportunidades laborales en su propio país, por el hambre y la pobreza. Nunca tienen en su mente la intención de invadir o saquear a la otra nación. Lejos de considerarlos agresores, se debe ver en los migrantes unos seres humanos a los que hay que ayudar y a los que hay que defender.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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