domingo, 1 de mayo de 2011

¿Por qué Juan Pablo II es santo?



Momento en que fue beatificado Juan Pablo II
Año 7, número 313
Luis-Fernando Valdés

“¡Santo ya!”. Así rezaban no pocas pancartas, el día del funeral de Juan Pablo II hace ya seis años. Hoy, cuando esta columna aparezca, ya habrá sido declarado beato: ya estará en el catálogo de los santos. Pero, ¿qué significa realmente ser declarado santo?

La Iglesia católica señala como santo (o beato) a un fiel bautizado (o bautizada) que durante su vida consigue la meta de identificarse con Cristo, por haber ejercitado en su actuación diaria las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cardinales (prudencia, justicia, templanza y fortaleza), de un modo grande y constante (en “grado heroico”).

Pero esto no significa que los santos sean unos seres perfectos. No hay un hombre perfecto. Sólo Dios lo es. Los santos no son superhéroes ni seres extraordinarios, sino personas como todos nosotros, que han intentado ser santos, viviendo plenamente el Evangelio. Son personas normales, con defectos y limitaciones, que, sin embargo, intentan superarlos a la luz del Evangelio.

En otras palabras, la beatificación de Juan Pablo II no significa que el Papa polaco haya sido “perfecto” (sin errores) en todas las circunstancias; más bien, esta beatificación reconoce que Karol Wojtyla se comprometió desde su juventud a vivir coherentemente con el Evangelio y, consciente de sus defectos y limitaciones, tendió a la perfección evangélica.

Los teólogos que llevaron a cabo el proceso de beatificación y estudiaron a fondo su vida, concluyeron que un candidato a los altares no es un superhombre sin defectos o errores, y que un Papa no es un ejecutivo infalible de la Iglesia, pues el Romano Pontífice sólo es infalible en relación con decisiones doctrinales sobre fe y moral.

El Papa Wojtyla fue un hombre de Dios, un santo, porque en su vida diaria buscó la amistad con Cristo. Y esta identificación con Jesús fue más notoria en los últimos 10 años de su vida, cuando su salud se fue quebrantando progresivamente y Juan Pablo II vivió un verdadero viacrucis.
Benedicto XVI reza ante los sagrados restos
de Juan Pablo II después de la ceremonia.

Benedicto XVI, hace un año, en la homilía del quinto aniversario de transito al Cielo de Juan Pablo II, explicó que “toda su vida se desarrolló bajo el signo de esa capacidad, de entregarse de manera generosa, sin reservas, sin medidas, sin cálculo. Lo que lo movía era el amor de Cristo, a quien había consagrado su vida, un amor sobreabundante e incondicional”.

Según el Papa Benedicto, ahí radicaba la clave de su cercanía con todas las personas del mundo: “Precisamente porque se acercó cada vez más a Dios en el amor, pudo hacerse compañero de viaje para el hombre de hoy, extendiendo en el mundo el perfume del amor de Dios”. En otra palabras: por eso, Juan Pablo II es santo.

Así también lo expresaba recientemente Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei:  “La vida del nuevo beato es, pues, un ejemplo de transparencia cristiana: hacer visible, a través de la propia vida, el rostro y los sentimientos misericordiosos de Jesús”.

Pero esto lo afirman también los cristianos de a pie. Como un peregrino que depositó un papelito en la tumba del Papa polaco con el siguiente mensaje: “Tú nos enseñaste que los santos existen y que Dios está más cerca de lo que pensamos. Nos enseñaste con tu ejemplo que ser santo es posible y que además es una obligación para todos”.

En otro papelito dejado en la cripta, se puede leer: “Juan Pablo, te extrañamos mucho, mucho, Santo Padre, pero sabemos que ahora tenemos en el cielo alguien más que habrá de interceder por nosotros”. Todos los católicos y muchas personas más tenemos la convicción de que el Beato Juan Pablo II seguirá siendo parte de nuestras vidas y seguirá guiándonos hacia Dios.

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