domingo, 7 de junio de 2009

Humanizar las cárceles

Luis-Fernando Valdés

En las últimas semanas, ha sido recurrente en los medios de comunicación un tema muy especial: las cárceles. Desde el hacinamiento que registran los penales del País hasta la corrupción al interior de las penitenciarías, la cuestión de las prisiones merece una atenta reflexión.
Se trata de buscar una respuesta a los grandes problemas que imperan en los centros correccionales. Pero esto no es fácil, porque hay unas maneras de pensar que dificultan el diálogo. Entre ellas, la más compleja de ellas es la que entiende las reclusión carcelaria como una “venganza legal”, y que por eso se despreocupa de la dignidad de los reos.
De modo casi inconsciente, quienes comparten esta mentalidad suelen proponer que los encarcelados no merecen respeto ni atención, porque han cometido homicidios, violaciones, etc., con los que le ha destruido la vida a personas inocentes. Incluso les parecería una gran injusticia que aquéllos que no dudaron en maltratar y asesinar a sus víctimas, ahora sean tratados con el respeto que ellos mismo no supieron tener.
Por supuesto, que también nosotros estamos de parte de los inocentes, y nos solidarizamos con los familiares de las víctimas, que son los primeros que requieren de nuestra comprensión y atención, y también de cuidados profesionales, que el Estado debería asegurar que recibieran. Pero la venganza o la revancha no darán la solución a un problema cada día más grave en nuestro País: la verdadera reinserción de los encarcelados a la vida social.
Además, es importante considerar que no todos los que están recluidos en las cárceles han cometido este tipo de crímenes violentos. Muchos pobladores de las penitenciarias se encuentran ahí esperando que un juez dicte sentencia, o fueron condenados por delitos menores, y no se puede excluir que algunos de los reos hayan sido injustamente encarcelados. No se puede aplicar a todos los reclusos el mismo trato que a los criminales peligrosos.
Juan Pablo II hizo profundas reflexiones sobre este tema. Además, con su indiscutible autoridad moral, nos dejo signos elocuentes hacia a los encarcelados. Seguramente, uno de los recuerdos más impactantes de este Papa fue la entrevista con el sicario que intentó matarlo, al cual perdonó públicamente tan pronto como se recuperó de la intervención quirúrgica, tras el atentado ocurrido el 13 de mayo de 1981. Y, después, con motivo del Jubileo del Año 2000, este Pontífice pidió la liberación de su agresor, que salió de la prisión italiana ese mismo año, a pesar de había sido condenado a cadena perpetua.
Las propuestas del Papa Wojtyla sobre las cárceles comienzan con una exhortación a un “replanteamiento” y a un “cambio de mentalidad”, que supere la visión de que el prisionero carece de dignidad, y que busque “adecuar el sistema penal tanto a la dignidad de la persona humana como a la garantía efectiva del mantenimiento del orden público”.
Juan Pablo II explicaba que para hacer “más humana la vida en la cárcel”, es muy importante prever “actividades laborales” que saquen a los reos del “empobrecimiento del ocio” y faciliten su regreso al mundo laboral. Proponía también que “la cárcel no debe ser un lugar de deseducación, de ocio y tal vez de vicio, sino de redención”, para lo cual “será seguramente útil ofrecer a los reclusos la posibilidad de profundizar su relación con Dios”.
El problema carcelario actual es grave y multifactorial. Hemos nuestra reflexión sólo en un aspecto: la dignidad del prisionero, punto central y fundamento de los demás temas.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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