domingo, 12 de abril de 2009

El ocaso de la violencia

Luis-Fernando Valdés

Termina la Semana Santa, que para muchos fue ocasión de vivir las tradiciones populares: se estima que hubo dos millones de espectadores en el Vía Crucis de Iztapalapa. ¿La Pasión de Jesús de Nazaret es una mera tradición cultural? ¿Valdrá la pena preguntarse si ese evento, acaecido hace dos mil años, tiene algo que ver con nuestra propia vida?
En el centro del Cristianismo está la Cruz de Jesús. Para los creyentes, el Crucificado es enviado a Dios, para que tomando nuestra propia naturaleza humana, pagara con su vida el castigo que merecían los pecados de cada persona. Así Jesús obtuvo para todos el perdón de sus culpas, y les compartió su naturaleza divina: con la muerte del Hijo de Dios, los humanos se hacen también hijos de Dios.
Estas verdades de fe se han mostrado, a lo largo de los siglos, como un motor que ha impulsado la vida de millones de fieles, y como una luz para entender los grandes problemas que asolan la Tierra, y que exigen respuestas que no tenemos: la muerte, el dolor, la traición, el sufrimiento de los inocentes…
Hoy mismo tenemos muchas preguntas sobre el mal y la violencia: el narcotráfico, muchos casos de mujeres y niños maltratados en sus propios hogares… Y es frecuente escuchar una queja profunda: “si Dios existe, ¿por qué permite que los inocentes sufran, que lo malos impongan su ley?”
El Cristianismo dice tener la respuesta al mal, en la Pasión de su Señor. Sin embargo, lo primero que se contempla en el drama del Calvario es el “silencio de Dios”. Jesús es injustamente condenado, sufre vejaciones físicas y psicológicas, y después de una extenuante tortura, agoniza durante tres horas clavado en la Cruz. ¿Se puede encontrar ahí una respuesta a la violencia?
Si continuamos profundizando en los textos bíblicos, el Proceso contra Jesús nos suscita más interrogantes: ¿Por qué es posible condenar a Dios? ¿Por qué Dios se deja avasallar por el orgullo y la prepotencia de la humana arrogancia? ¿Por qué Dios se calla?
Se trata de un “silencio elocuente”: ahora hablan los gestos del Dios hecho hombre. La mansedumbre de Dios es la respuesta a la violencia del hombre. Ese silencio, que soporta el sufrimiento injustamente infligido, es la purificación de nuestro deseo de venganza. El mal ya no se combate con el mal, se vence con el perdón. Lo único que puede detener la escalada de la violencia es cortar firmemente con la venganza.
Mientras Jesús pendía del Madero, sus perseguidores le conminaban a bajar de la Cruz, para demostrar que Dios no lo había abandonado. Era una fuerte prueba: si eres Dios, sálvate de este sufrimiento. ¿Por qué no se bajó Cristo de la Cruz, respondiendo así esta provocación? No se soltó de ese Leño, porque así habría consagrado la fuerza como la dueña del mundo, mientras que el amor y el perdón son la única fuerza que puede cambiar a la humanidad.
Antes de la Pasión, el hombre estaba sujeto al mal. Imperaba el más fuerte, o el más injusto, o el más violento. El inocente moría con deseos de justicia, y sus ofensores morían sin castigo. Desde el Crucificado, aunque sigue existiendo el mal, el inocente sabe que sus padecimientos serán recompensados y que su agresor será condenado. Ya no le hace falta la venganza para combatir el mal. Para buscar la justicia en este mundo, no es necesario ser injusto ni agresivo. El callar de Dios ha roto la espiral: la violencia ya no tiene la última palabra. La tiene el perdón.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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