domingo, 26 de abril de 2009

Discriminación

Luis-Fernando Valdés

El escándalo provocado por el Presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, el pasado 20 de abril, en Ginebra, dio la vuelta al mundo. Durante la Conferencia de examen de la Declaración de Durban de 2001 contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y la relativa intolerancia, organizada por Naciones Unidas, Ahmadineyad calificó de racista a la política de Israel en los territorios palestinos. De inmediato, la reunión fue boicoteada, pero el problema de la discriminación sigue ahí. ¿Cómo eliminarla o reducirla?
La Declaración de Durban reconoce que “todos los pueblos y las personas forman una familia humana, rica en diversidad, que han contribuido al progreso de la civilización y de las culturas que constituyen el patrimonio común de la humanidad. La promoción de la tolerancia, del pluralismo y del respeto puede conducir a una sociedad más inclusiva”.
Tristemente, es un hecho que el racismo y la intolerancia actualmente afectan todavía a niños, mujeres, afro-descendientes, emigrantes y a poblaciones indígenas, en todo el mundo. Los extranjeros son rechazados con demasiada frecuencia, hasta el extremo de que se cometen actos bárbaros contra ellos, que van desde la negación del empleo hasta el genocidio y la llamada “limpieza étnica”.
Pero las antiguas formas de discriminación han dado lugar a otras nuevas: mujeres y niños son víctimas del tráfico, el cual es una forma moderna de esclavitud. Además, se abusa de los inmigrantes ilegales, pues son infra-remunerados por un jornadas laborales superiores a las 8 horas, y con frecuencia son excluidos de servicios básicos de salud, educación, etc.
Otra forma reciente de discriminación es la “eugenesia”, que puede llevar a la eliminación de seres humanos –desde embriones hasta ancianos–, por el simple hecho de que no corresponden a las características de salud, de raza o de cualidades meramente físicas, que una determinada sociedad les imponga como parámetro.
La historia nos enseña que, si no se pone un freno a la discriminación y al racismo, se puede llegar a institucionalizar la esclavitud (como sucedió con el tráfico de africanos a América), a arrasar a pueblos casi enteros (como la masacre de los armenos en Turquía, a principios del s. XX; o el genocidio de los hutu en Ruanda, en 1994; o la guerra de los Balcanes, 1992-1995), y a exterminar a una raza con medios tecnológicos e industriales, como lo fue el Holocausto.
Por eso, es urgente adoptar medidas de diversos tipos. Desde la prohibición de publicidad racista, hasta la acogida internacional de las personas o grupos sociales que sufren por la discriminación. Pero una solución verdaderamente práctica es fomentar una educación integral, que incluya valores éticos y espirituales que refuercen a grupos vulnerables, pues todos ellos siguen siendo consideradas inferiores en algunas sociedades, y se les impide la plena participación en la vida social.
Se requiere pues una importante obra de educación, que exalte la dignidad de la persona y tutele sus derechos fundamentales. Y, en esto, el mensaje cristiano tiene mucho que aportar, pues afirma que sólo el reconocimiento de la dignidad del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, puede constituir una referencia segura para este empeño de fomentar la igualdad y el respeto. Cuando se acepta este origen común, se puede hablar de un destino común de la humanidad, que puede suscitar en cada persona y grupo social un fuerte sentido de solidaridad y de responsabilidad.
Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
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