domingo, 5 de marzo de 2006

Sepultados en la injusticia

Luis-Fernando Valdés

Desde aquel no tan lejano 19 de febrero pasado, cuando escuchamos la noticia de los 65 mineros atrapados en Pasta de Conchos, todos los mexicanos experimentamos un sentimiento de solidaridad, y seguramente muchos elevamos una plegaria a Dios, desde lo profundo el corazón.
Y, aunque mantuvimos la esperanza de que esos hermanos nuestros salieran vivos de las entrañas de la tierra, una vez que fueron declarados muertos, nuestro interior sufrió un duro choque. Hemos sido testigos de una injusticia y de una dura negligencia que acabó con la vida de estos mineros. Tenemos sentimientos de dolor, pero también de protesta, de deseos de denunciar el mal.
Queretano de corazón, nací en Coahuila, en un municipio vecino a San Juan de Sabinas. Conozco de primera mano la vida y las esperanzas de muchas familias que viven —sobreviven, más bien— de la minería. Hoy deseo expresarles mi condolencia, y levantar una voz que grita deseosa de justicia.
La justicia laboral no consiste solamente en una serie de prestaciones, que los patrones les conceden a sus trabajadores. Esta relación de justicia en el trabajo no procede de un «pacto» entre los empresarios y sus empleados.
La justicia laboral surge como una verdadera exigencia de la naturaleza humana. Todo trabajador es, ante todo, un ser humano, creado a imagen de Dios. Y por eso goza de una dignidad inalienable.
Por eso, con independencia de su raza, de su educación y preparación técnica, de sus creencias, los trabajadores tienen derecho «a ambientes de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral» (Juan Pablo II, Laborem exercens, 19).
Sin embargo, la pobreza y la falta de oportunidades han obligado a nuestros mineros a aceptar trabajos que tienen muy bajas condiciones de seguridad, a pesar de los altos riesgos que se corren dentro de ese tipo de minas.
La injusticia principal que han sufrido estos mineros consiste en que se les ha puesto en una disyuntiva: o morir de hambre o arriesgar sus vidas en las galerías de las minas. Es totalmente injusto que un patrón ofrezca un trabajo riesgoso, aprovechándose de la necesidad de una persona de conseguir un empleo.
Es una grave falta contra la justicia ofrecer una baja remuneración, y luego afirmar: «el minero aceptó el trabajo porque quiso». En realidad, más que quererlo o no quererlo, estos obreros de las minas se vieron obligados por la falta de oportunidades de empleo. Y los patrones se aprovecharon de su indigencia.
Recordemos que el «simple acuerdo» entre el trabajador y el patrono acerca de la remuneración, no basta para calificar de «justo» el sueldo acordado, porque el salario «no debe ser en manera alguna insuficiente» para el sustento del trabajador (Cfr. León XIII, Rerum novarum).
Pero ante todo, quien comete una injusticia hacia sus trabajadores, se hará reo del juicio de Dios. Dice la Biblia: «Mirad, el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Santiago 5, 4).

Correo: lfvaldes@gmail.com
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