domingo, 12 de marzo de 2006

Una universidad católica en Querétaro

Luis-Fernando Valdés

El pasado miércoles 8 de marzo fue oficialmente inaugurado el plantel Querétaro de la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA). Se trata de la apertura de una universidad católica en nuestra ciudad. Este suceso tiene un significado que merece una reflexión.
En primer lugar este acontecimiento, quizá para algunos, parecería como una provocación. En la ceremonia inaugural estaban presentes autoridades civiles, académicas, militares y eclesiásticas. Es la señal de los nuevos tiempos de nuestro país, en los que la Iglesia puede convivir y colaborar con las diversas instituciones. Parece que ya quedaron atrás los años de oposición del Estado a la Iglesia en materia de educación superior.
A más de un lector espabilado le habrá llamado la atención la frase «universidad católica». Parecería una contradicción. Por una parte, «universidad» hace referencia a la ciencia, a la racionalidad. Por otra, hoy día «religión» suena lo no racional, a lo meramente emotivo, a lo que está solamente en la conciencia de cada quién.
Sin embargo, la erección de esta nueva universidad viene a significar justo lo contrario. Es el símbolo de que el cristianismo busca siempre la armonía con la razón. Por eso, la universidad católica busca "unificar existencialmente en el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad" (Juan Pablo II, Const. Ex corde ecclesiae).
Explicaba Juan Pablo II que una institución de este tipo realiza en sí misma la síntesis entre la fe y la razón en fidelidad a su doble identidad: universidad y católica. No se trata de dos conceptos extraños, ni mucho menos incompatibles, como si sólo forzadamente pudieran darse juntos.
Y este gran Papa añadía que basta mirar a la historia para apercibirse de que la Universidad, tal y como la conocemos hoy, ha nacido «ex corde Ecclesiae», del corazón de la Iglesia. En efecto, la existencia de la universidad católica debe su origen último al ejercicio de la misión de enseñar que la Iglesia ha recibido de Cristo mismo: vayan y hagan discípulos, enseñando a guardar cuanto yo les he mandado (Cf. Mt 28, 19-20).
La universidad católica desarrolla su misión en una tensión armónica entre dos polos que podrían parecer antitéticos: la búsqueda del saber —universidad— y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad —católica—. Como universidad se vincula a la comunidad internacional del saber, el gremio de hombres y mujeres de todo el mundo que han hecho del saber su profesión de vida. Como católica, en cambio, muestra su explícita vinculación a la Iglesia, local y universal, sin avergonzarse del Evangelio ni renegar su origen ante la comunidad universitaria.
Estas dos vocaciones, aunque podrían parecer difícilmente conciliables, nunca pueden oponerse como antitéticas. Más aún: su relación no puede ser extrínseca, como si la fe viniera a ser simplemente un complemento que viene a añadirse desde fuera a una realidad que ya está completa en sí misma, y que podría perfectamente prescindir de la fe. No: si Jesucristo es la plenitud de la revelación, si es verdad, como afirma el Concilio Vaticano II, que «Cristo nuestro Señor manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et Spes, 22), entonces el modelo auténtico de lo humano, en todas sus dimensiones, se halla en la fe. La visión que ofrece la fe será siempre la culminación del saber, el conocimiento superior que desborda, mas no anula, el conocimiento humano.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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