domingo, 26 de febrero de 2006

Ceniza y ayuno ¿para qué?

Luis-Fernando Valdés

Dentro de tres días, comenzará la Cuaresma con un símbolo muy conocido: la imposición de ceniza. Pero ¿tiene sentido para el hombre de hoy este gesto de la liturgia católica? ¿es una mera tradición anual? El «Miércoles de ceniza» todavía tiene algo que decirnos, porque responde a una necesidad vital: reconocer las propias culpas, para abrirnos al perdón de Dios.
El Antiguo Testamento nos narra un episodio de la historia del Rey David, que ilustra muy bien esa necesidad interior (2 Samuel, capítulos 11 y 12). Este Rey de Israel se enamoró de Betsabé, la esposa de Urías, uno de sus soldados más fieles, y engendró con ella un hijo. Para esconder este adulterio, mandó matar Urías y, al poco tiempo, se casó con la viuda.
Envío Dios al Profeta Natán ante David. El Profeta le contó que una ciudad de Israel había dos hombres. Uno era rico y poseía mucho ganado, y otro era muy pobre y tenía una única oveja, a la que cuidaba como si fuera una hija. Un día, el rico recibió a un invitado y, para darle de comer, tomó la oveja del pobre.
David se enfureció, y exclamó: “merece la muerte el hombre que hizo tal cosa”. Y añadió: “pagará cuatro veces la oveja por haber hecho semejante cosa, y por no haber tenido compasión”. Entonces Natán le dijo: “tú eres ese hombre”. El Rey cayó en la cuenta de su crimen, y por eso dijo con dolor: “pequé contra Dios”.
Entonces, David inició un largo ayuno, y durmió durante una temporada en el suelo. Además compuso un Salmo, para implorar el perdón de Dios: “Ten misericordia de mí, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito. Lávame a fondo de mi culpa, y purifícame de mi pecado. Pues reconozco mi delito, mi pecado sin cesar está delante de ti” (Salmo 50, 1-3). Y Dios lo perdonó, y le concedió un hijo, que fue Salomón, su sucesor en el trono.
El sentido de la imposición de ceniza, del ayuno, de la abstinencia de carnes consiste en que sean señales de una verdadera conversión del corazón. Los pasos que recorrió el alma del Rey David son un camino para que estas prácticas tengan un verdadero sentido espiritual, y no se queden en un mero formalismo ritual.
Primero David reconoció que su acción ofendió a Dios. No se limitó a reconocer que provocó la infidelidad de Betsabé, ni que abusó de su autoridad para eliminar a Urías. Antes que nada, el Rey se aceptó en su corazón, que su comportamiento constituyó un pecado contra Dios.
Nuestra mentalidad contemporánea no acepta que una acción humana pueda ofender a Dios. ¿Por qué, si Betsabé y David estaban de acuerdo y se querían, agraviaron a Dios? Cuando una persona, voluntariamente —aunque sea por debilidad—, viola la ley moral, le falta al respeto al Sumo Legislador.
Luego, el llamado Rey Profeta le pidió perdón a Dios: “Ten misericordia de mí, oh Dios”. Y sólo después, David empleó unos signos exteriores para expresar una imperiosa necesidad vital: manifestar su sentimiento de culpa y su deseo de ser perdonado. Esos símbolos fueron el ayuno y la penitencia corporal, que tuvieron sentido porque eran declaración de su cambio interior.
Al acudir a la Iglesia, el próximo miércoles, para cubrir con ceniza nuestra cabeza, no nos quedemos sólo en el rito exterior. Busquemos su sentido verdadero, y a través de esos signos reconozcamos que hemos ofendido a Dios, y que tenemos una enorme necesidad de expresarle nuestro dolor de haberle fallado. Así encontraremos la paz, como David.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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