domingo, 19 de marzo de 2006

El mito de la libertad absoluta

Luis-Fernando Valdés

Hay una bandera que engloba a todo el mundo occidental. Por ella, todos las personas estamos dispuestos a dar la vida... o al menos, a protestar con fuerza contra los que intenten impedir su ejercicio. Más aún, defender la libertad y proclamarla nos hace sentir que somos verdaderos ciudadanos.
Pero sucede, con más frecuencia de la que debería, que no todos saben exactamente en qué consiste esa libertad tan amada. Peor aún, la palabra «libertad» es una fuente de equívocos, de modo que aunque todos la empleamos, no siempre nos referimos a lo mismo.
Los invito a analizar una de esas confusiones. Un sentido muy básico de la libertad es la llamada «libertad de coacción», que es la condición de una persona que no tiene impedimentos externos para actuar. No tienen esta libertad los esclavos, los prisioneros y aquellos a los que una ley o la fuerza de otros les impide expresarse o hacer lo que querrían.
Los griegos anteriores a Aristóteles definían la libertad en contraposición a lo que la limitaba. Y así se formulaba una noción de libertad fundamentalmente política: es libre el ciudadano que no es ni esclavo ni prisionero de guerra.
La libertad de coacción es una primera fase, que se debe complementar con la libertad de elección, y con la libertad como perfección moral. Sin embargo, se ha generalizado la creencia de que la libertad se reduce sólo a ese primer sentido. Y entonces algunos piensan que, para ser verdaderamente libres, deben romper toda atadura no sólo exterior, sino también interior (o sea, afectiva, emocional, de dedicación de tiempo). En la práctica, buscan no tener vínculos definitivos ni con las personas, ni con las instituciones, ni con algo que implique un compromiso estable.
Pero creer que la libertad consiste en esa “desvinculación” de todo, en no tener límites, es poco razonable, porque en realidad la nuestra no es una libertad absoluta. Hay muchas circunstancias tanto personales como externas a nosotros, que nos limitan. Cuando vinimos al mundo, éste ya llevaba hecho mucho tiempo, y ya tenía sus leyes. Nuestro planeta ya estaba lleno de cosas y de personas, y nosotros sólo hemos venido a ocupar unn lugar entre ellas. Por eso, no tenemos una libertad absoluta, sino que está fuertemente condicionada por todo lo que estaba antes que nosotros, como las leyes de la naturaleza, la cultura en la que nacimos y la lengua que hablamos .
Antes que nada estamos limitados por nuestra propia naturaleza humana. Somos hombres, y no aves. No podemos volar aunque agitemos los brazos. Esta realidad de que tenemos una naturaleza que nos condiciona nuestro modo de ser, es muy importante a la hora de plantearnos lo que queremos hacer con nuestra libertad. No podemos vivir como si no fueramos hombres: personas que necesitan comer y dormir; personas que tienen tiempo y energías limitadas; personas que se enferman, envejecen y se mueren.
Estas limitaciones no son una tragedia. En realidad, son los trazos que definen nuestro perfil como personas. “Si no los tuviéramos seríamos seres amorfos, sin contornos. Hay que admitirlos como admitimos los rasgos de nuestra cara” (J.L. Lorda). Por eso, los compromisos que limitan la libertad no nos hacen daño, sino que nos dan verdadera personalidad y forman el marco de nuestra felicidad.
Es un mito pensar en una libertad sin condiciones. No hay hombre que nos las tenga, ni se puede vivir sin asumirlas. Pero estos límites son las reglas del juego, y hacen que la vida sea emocionante. Este juego es, la mayor parte de las veces, un gustoso deber y es bonito vivirlo así. Gracias a esas reglas, tenemos patria, ciudad, padres, hermanos y amigos.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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