domingo, 2 de diciembre de 2012

Corrupción en las cárceles


Año 8, número 398
Luis-Fernando Valdés

Una sonada noticia de estas últimas dos semana ha sido la denuncia de la corrupción en las cárceles de nuestro País. Era una situación ya conocida, pero que ahora fue documentada con videos tomados en el interior de los reclusorios. El mensaje es claro: la opinión pública debe intervenir, pero ¿qué podemos hacer los ciudadanos?

Benedicto XVI saludando a los presos de la
cárcel de Rebbibia (Roma, 18.XII.11). 
Los datos son espeluznantes. Un reportaje del periódico “Reforma” muestra como los penales son de hecho escuelas del crimen, “call centers” de la extorsión, centros de reclutamientos de sicarios. De manera, que con la corrupción carcelaria pierde toda la sociedad.

Por eso, la rehabilitación de los presos es capital para la estabilidad y la paz sociales. Sin embargo, da la impresión de que cuando un reo es declarado culpable de un crimen y sentenciado, la sociedad se desentiende de él, como si lo enviara a un basurero (qué significativa es la frase: “lo metieron al bote”). Pero ése es el gran error, pues de ahí el reo saldará convertido en un enemigo de la misma sociedad.

Deberíamos tomar en cuenta que –en la práctica– en las cárceles hay personas inocentes (aunque hoy no hablaremos de ellos)  y también infractores de delitos menores, de manera que no todos son “monstruos” que no merezcan compasión. Es injusto, por eso, desentenderse de las personas que están ahí recluidas.

Recientemente, Benedicto XVI ha recordado que los centros penitenciarios deben comprometerse “en la rehabilitación efectiva de la persona, sea en función de la dignidad que le es propia, como con vistas a su reinserción social”.

También ha explicado el Papa que la función rehabilitadora de la pena no debe considerarse “como un aspecto accesorio y secundario del sistema penal” sino “como su razón culminante” (Discurso, 22.XI.2012)

En otras palabras, no es suficiente que la persona que es declarada culpable de un delito sea simplemente castigada con la prisión; es necesario también que el encarcelamiento incluya acciones para mejorar a la persona.

En primer lugar, se requiere un cambio en el paradigma del sistema penitenciario: desde evitar el hacinamiento de los presos, el respeto a cierta privacidad de cada uno, la separación de los reos según el tipo de crimen y de peligrosidad, de manera que los más malos no perviertan a los que no tienen tanta malicia, entre otros aspectos.

Si se plantea bien el sistema de rehabilitación, no sólo se debería capacitar para un oficio a los reos, sino ante todo ayudarlos a rehacer su interior, a aprender a limpiar sus conciencias: lo que en términos religiosos llamamos conversión o redención. Una persona que ha aprendido a pedir perdón, muy posiblemente no volverá a reincidir.

También juegan un papel importante las familias de los reclusos. Sólo el amor puede transformar a una persona, y el amor que los presos necesitan en la práctica sólo provendrá de sus propios familiares. De ahí la importancia de que se facilite a los parientes la visita a sus seres queridos que están la cárcel.

No podemos seguir pensando que las cárceles son un agujero negro que absorbe a los convictos, y que de esa manera, como por magia, desaparecerán los problemas de seguridad pública. No es así: esos presos saldrán a la calle… y se comportarán según lo que hayan aprendido en los penales.

Los ciudadanos podemos contribuir a sanear esos lugares de reclusión, si mantenemos este tema en la opinión pública. Si manifestamos estas inquietudes en las redes sociales, y en los medios, porque la corrupción se combate denunciándola, sacándola de la oscuridad.
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