domingo, 9 de diciembre de 2012

El último bastión del Papa


Año 8, número 397
Luis-Fernando Valdés

Hace unos días Benedicto XVI publicó una normativa para las instituciones caritativas de la Iglesia católica. Parecería tratarse de un documento disciplinar, pero en realidad es una nueva “ofensiva” del Papa en su batalla contra el laicismo.

Benedicto XVI defiende el sentido religioso
de la caridad cristiana.
Desde el comienzo de su pontificado, el Papa alemán ha hecho frente al laicismo. Primero fue la fuerte denuncia a la “dictadura del relativismo” (abril 2005). Más adelante –entre otras medidas– propuso enfrentar la crisis financiera mundial desde la ética cristiana, con la Encíclica “Cáritas in veritate” (29.VI.2009).

Con el documento “De caritate ministranda” (“El servicio de la caridad”, 11.XI.2012), el Pontífice señala claramente que las instituciones católicas de beneficencia deben tener muy clara su propia identidad religiosa, y señala que “es preciso garantizar que la gestión [de las iniciativas de caridad] se lleve a cabo de acuerdo con las exigencias de las enseñanzas de la Iglesia”.

Sin mencionarlo expresamente, Benedicto XVI se está enfrentando al laicismo que desde finales del siglo XVIII se ha ido apoderando de las “banderas cristianas”. La Ilustración tomó los grandes ideales cristianos, pero los despojo de su sentido religioso: la libertad, la igualdad y la fraternidad dejaron de ser el mensaje de Jesucristo, para convertirse en temas civiles regulados por el Estado.

Una de esas “banderas” que la religión cristiana ha ido perdiendo en los últimas décadas es la caridad. Esto no significa que la gente de hoy no sea solidaria o que deje de preocuparse por los demás. Más bien, quiere decir que el “motivo” por el cual la gente es solidaria ya no es religioso.

En efecto, la caridad –que durante siglos han promovido tanto la Iglesia católica como las Iglesias reformadas y la evangélicas– se ha fundado en una razón espiritual: es la manera como los creyentes “aman al prójimo como a sí mismos”, y como buscan imitar a Cristo.

Este gran movimiento multisecular de caridad no ha desaparecido, ni siquiera con el descenso de la práctica religiosa cristiana, pero se ha transformado. Hoy día, muchas personas no creyentes o no practicantes dedican su tiempo y su dinero a labores filantrópicas. Y esto parecería confirmar que ya no hace falta ser cristiano para ser caritativo y solidario.

La gran pregunta es si se requiere ser creyente para tratar con caridad a los demás, especialmente a los más necesitados. Y Benedicto XVI responde con un gran sí, porque las actividades caritativas deben tener en cuenta no sólo las necesidades materiales de las personas, sino también las espirituales.

La caridad cristiana no se reduce a proporcionar ayuda material, aunque esto ya es muy loable. El Papa explica que los fieles deben brindar al hombre contemporáneo “no sólo sustento material, sino también sosiego y cuidado del alma”.

Insiste en que la mera ayuda material “resulta insuficiente si en ella no se puede percibir el amor por el hombre, un amor que se alimenta en el encuentro con Cristo”. Por eso, en el ejercicio de la caridad, las instituciones católicas y los fieles que trabajan en ellas deben nutrirse primero de una vida espiritual intensa.

Una solidaridad que no considere las necesidades espirituales de las personas, corre el riesgo de volverse en contra del hombre mismo, como la fraternidad ilustrada acabo por llevar a miles a la guillotina. Por eso, Benedicto XVI tiene clara la batalla de devolverle el sentido religioso a la caridad, para que no caiga el último bastión de un mundo más humano.
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