domingo, 12 de agosto de 2012

Réquiem a un sabio de hoy


Año 8, número 380
Luis-Fernando Valdés

Aunque era un hombre muy reconocido internacionalmente, el fallecimiento del Autor de “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” pasó casi desapercibido en los medios (16.VII.2012). Por su enorme calidad humana y por su sabiduría, le rendimos homenaje a Steven Covey (1932-2012).
Stephen R. Covey (1932-2012).
Foto: REUTERS.

Mi encuentro con las obras de este importante escritor, más que casual fue “por imposición”. Había terminado la Licenciatura en Filosofía y trabajaba como consultor en una oficina de información. Mi jefe me indicó que leyera el libro de los “7 hábitos”, para establecer en base a esos siete principios, una plataforma común de trabajo entre él y yo.

Me negué, argumentando que un recién graduado en Filosofía, con sólidas bases de antropología, ¿qué tenía que aprender de un “libro de auto-superación”? Pero mi jefe no me dio opciones y lo empecé a leer bajo el adagio “al mal paso, darle prisa”.

Pero me equivoqué, pues desde las primeras páginas me di cuenta que Covey explicaba con maestría que la vida humana se basa en principios, que no dependen del hombre, y que en la medida en que el ser humano se adecue a ellos puede ser mejor persona.

Y, además, lo hacía de una manera amena y clara, y desde estos principios explicaba la verdadera eficacia. Pero la eficacia no consiste en sacar resultados cada vez mejores, sino en desarrollar lo más profundo de uno mismo: la proactividad (entendida como la responsabilidad personal para abordar las circunstancias de la vida), y el sentido de misión desde el cual uno desarrolla los roles que juega en su vida personal, familiar y laboral.

Después de esa primera lectura, he releído varias veces los “7 hábitos”, además de estudiar otras obras de este Autor. En Covey he visto realizado una meta que yo me había planteado desde la Universidad: aplicar la Filosofía a la vida diaria.

Además, Stephen Covey trataba con pericia un tema que es central para mí: desarrollar un modo de pensar que explique con claridad quién es el hombre y que, a la vez, esté claramente abierto a la fe, sin pretender interferir en los terrenos de la Teología.

Ese fue el ideal que yo aprendí en mis años de estudio en la Universidad Panamericana: que “de la verdad del hombre se llega a la verdad de Dios”. Y, Covey, un comprometido fiel de la religión mormona, realizó esta gran meta argumentando desde los principios que rigen la vida ética del ser humano, sin hacer una filosofía confesional. De hecho, comulgo bastante con sus principios éticos, siendo yo un teólogo católico.

Stephen Covey fue una gran persona, se casó con Sandra Merrill en 1956, y tuvieron 9 hijos; al morir dejó 52 nietos y 16 bisnietos. Apasionado por la familia, aplicó los “7 hábitos” a la realidad familiar en un libro que ha servido de inspiración a muchos matrimonios, a los que les explica los grandes principios naturales del amor y de la fidelidad.

La nota necrológica redactada por su hijos describe el talante religioso que inspiró su pensamiento: “A lo largo de su vida, la mayoría de las mañanas, se levantaba temprano, iba a un lugar donde pudiera estar solo, y rezaba, meditaba y estudiaba las Escrituras. Esta victoria privada diaria, como él la llamaba, se convirtió en la fuente de su seguridad, guía, sabiduría y poder”.

La sabiduría de Stephen Covey da muchas lecciones, entre otras que cuando buscamos los principios de la existencia humana, podemos entablar un diálogo sincero y fructuoso entre creyentes de distintas confesiones, porque la verdad humana constituye una base común para todos. Descanse en paz un gran sabio.
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