domingo, 29 de junio de 2008

Unidad, ¿utopía o esperanza?

Luis-Fernando Valdés

Ayer por la tarde, en la Basílica romana de San Pablo extra muros, Benedicto XVI inauguró el “Año paulino”, con motivo del bimilenario del nacimento de este gran Apóstol. Aunque quizá no haya tenido tanto eco en los medios de nuestro País, este evento tiene una gran trascendencia, porque está en juego uno de los grandes proyectos del pontificado del Papa alemán: el ecumenismo.
Como es sabido, cada 29 de junio, se celebra de manera conjunta a los santos Pedro y Pablo, que son las columnas de la Iglesia Católica. Ambos fueron martirizados en Roma, después de haber gasto su vida en la expansión del Evangelio en el mundo de su época. Pedro llevó la semilla del cristianismo a los judíos, y estableció su sede episcopal en la Ciudad Eterna. Pablo predicó el mensaje de Jesús a los llamados “gentiles”, es decir, a los no judíos, y fundó comunidades de creyentes a lo largo de Asia menor y del sur de Europa.
La figura de Pablo de Tarso, nacido entre el año 7 y 10 de nuestra era, es muy atractiva. Desde joven fue un judío piadoso y convencido de su fe. Por ese motivo, persiguió a los cristianos pues los consideraba como una herejía del judaísmo. Sin embargo, tuvo un milagroso encuentro con Cristo, a las afueras de Damasco hacia el año 33. Desde ese momento, se convierte en el gran predicador del Evangelio, que antes atacaba.
Pablo, que además era ciudadano romano, realizó cuatro viajes misionales, en los que recorrió todas las provincias del Imperio. A lo largo de esas expediciones, ganó miles de almas para la fe y, a la vez, sufrió una dura oposición. Recibió los consuelos de experiencias místicas extraordinarias, junto con persecuciones, flagelaciones y naufragios. Finalmente, entre los años 64 y 68 fue ejecutado en Roma, por afirmar su fe en que Jesús de Nazaret es Dios hecho hombre.
Como explica el Papa, el Apóstol de los gentiles, que se dedicó particularmente a llevar la buena nueva a todos los pueblos, se comprometió con todas sus fuerzas por la unidad y la concordia de todos los cristianos. Por esa razón, Benedicto XVI pide cuidar con singular atención la dimensión ecuménica, durante este jubileo. Cuando convocó este Año paulino, hace justamente un año, el Santo Padre expresó su deseo de que “las diversas manifestaciones que se organicen contribuyan (…) a intensificar las relaciones con nuestros hermanos de Oriente y con los demás cristianos”.
Llama la atención que Benedicto XVI sabe mirar lejos, pues sugiere que este bimilenario no se debe limitar a recordar a un personaje importante, sino que ha de servir para retomar con nuevo impulso una misión por la San Pablo gastó sus energías: la unidad de toda la Iglesia. Es una meta en la que Pablo VI y Juan Pablo II también pusieron sus mejores esfuerzos. Y ahora, este Papa, que como Cardenal fue uno de los negociadores más importantes del diálogo ecuménico, desea dar pasos muy firmes hacia la unidad entre los católicos y los ortodoxos.
Los resultados de este diálogo son importantes no sólo para los creyentes. Esos logros atañen a todos, incluso los no creyentes, porque si dos instituciones que llevan casi nueve siglos separadas vuelven a la unidad, será una señal de esperanza para toda la humanidad. La esperanza de que es posible el diálogo verdadero, que lleva a comprender al otro, a superar los rencores históricos, a ver el futuro juntos. Nos incumbe a todos, porque la unidad entre ambas Iglesias romperá el prejuicio de que la religión separa a los hombres. Fe volverá a ser sinónimo de unidad.

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