domingo, 6 de abril de 2008

La herencia social de Juan Pablo II

Luis-Fernando Valdés

Se cumplieron ya tres años de la marcha del añorado Papa polaco a la Casa del Padre. Su recuerdo, por una parte, trae bastante nostalgia al corazón: ¿cómo no extrañar a un Pontífice tan cercano?. Y, por otra, su memoria nos llena de gozo, pues fue un Pastor que supo dar luces a los problemas más urgentes de la sociedad. Este tercer aniversario de la muerte de Juan Pablo II es buena ocasión para exponer brevemente algunas de sus enseñanzas sobre el trabajo, que es el centro de la cuestión social de cada País.
Karol Woytila tuvo la oportunidad de ser trabajador manual en su juventud, cuando Polonia fue invadida por los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Picando piedra en una cantera, pudo compartir hombro con hombro, la vida dura de los mineros; sufrió con ellos las carestías, y la mala remuneración. A diferencia de Marx y de Lenin, que buscaron remediar la injusticia laboral mediante revoluciones del proletariado, el joven Lolek (como lo llamaban sus amigos) hizo una lectura de esta experiencia desde el Evangelio.
Primero como Arzobispo de Cracovia, en los años del dominio soviético sobre Europa oriental y, más tarde, como Romano Pontífice, Juan Pablo II predicó con constancia el “Evangelio del Trabajo”, que es una respuesta viva, tomada del mensaje bíblico de Jesús, a los problemas actuales de los trabajadores. El Papa estaba convencido que en la vida y predicación de Jesucristo se encuentra una gran luz para entender el trabajo, pues Cristo siendo Dios se hizo ser humano, y trabajó con sus propias manos.
El 14 de septiembre de 1981, fue publicada la encíclica “Laborem exercens”, en la que el Papa eslavo aportó su propia experiencia como trabajador manual al análisis del sentido moral del trabajo humano. Entre las muchas enseñanzas de esta encíclica, todas ellas aún válidas para los hombres de hoy, destaca el análisis de los “derechos de los trabajadores”. Juan Pablo II defiende el derecho al empleo, el derecho a un salario justo y a unos beneficios adecuados y el derecho a crear asociaciones libres de trabajadores, lo cual incluye el derecho a la huelga (n. 16 y sig.).
Pero, además, el Papa Woytila toca temas que son herencia de una visión cristiana del trabajo y de la familia (cfr. n. 19). Por eso, defendió el “salario familiar”, que consiste en la cantidad suficiente para mantener a una familia sin que trabajen los dos padres a la vez. Y le dio un giro moderno a esta idea, proponiendo como alternativa determinadas prestaciones sociales, como “ayudas a la familia o subvenciones a las madres que se dedican en exclusiva a sus familias”. Y explica que la experiencia confirma que hay que esforzarse “por la revalorización social de las funciones maternas”, y así “será un honor para la sociedad hacer posible a la madre dedicarse –sin obstaculizar su libertad, sin discriminación psicológica o práctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras– al cuidado y a la educación de los hijos” (ibid.).
Esto fue una muestra de la actualidad de la enseñanza social de este recordado Pontífice, que está enraizada en la experiencia real del mundo del trabajo, e irrigada por la fuerza siempre joven del Evangelio. Ojalá que junto a los recuerdos tan gratos de Juan Pablo el Grande paseando entre las calles de nuestro País, también convivan los deseos de aplicar sus enseñanzas –que no son recetas políticas ni de “management”– a los problemas social de nuestra Nación. Y así la mermoria de Juan Pablo II será no sólo entrañable sino también fecunda.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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