domingo, 10 de febrero de 2008

Ceniza, ¿superstición católica?

Luis-Fernando Valdés

El “Miércoles de ceniza” siempre es noticia. Hace unos días todos los medios de comunicación le dedicaron una amplia cobertura. Se difundieron noticias sobre el número de fieles que abarrotaron los templos, se transmitieron las declaraciones de obispos y se publicaron reportajes sobre el significado de esta ceremonia. Fue llamativo que bastantes de los que fueron entrevistados al salir de las iglesias, tenían una noción muy vaga del significado de este rito. Parecía que le daban un sentido supersticioso. ¿Qué significa en realidad el rito de la imposición de la ceniza?
El origen de este rito se remonta a tiempos muy antiguos. En los inicios del cristianismo, los pecadores públicos que se sometían a “penitencia canónica”, se cubrían con ceniza como señal de aceptación de su propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios.
La Iglesia ha conservado esta costumbre en su liturgia. Pero lejos de mantenerla como un gesto meramente exterior, lo ha sostiene como signo de la actitud del corazón penitente, que cada católico está llamado a asumir en el itinerario de su acercamiento a Dios. Lo importante de recibir la ceniza (o, como dicen algunos, “tomar ceniza”) es captar el significado interior que tiene este rito: el que cubre su frente con la ceniza manifiesta públicamente que está abierto a la “conversión” y a la renovación.
Hoy día esta señal sigue teniendo mucho sentido. A pesar de la secularización de la sociedad en la que vivimos, los creyentes se dan cuenta de que deben dirigir su espíritu hacia las realidades que son verdaderamente importantes. Notan que, para acceder a esas realidades, hace falta un esfuerzo religioso y una coherencia de vida, que se traduzca en buenas obras. Y así, la ceniza viene a representar el compromiso personal tanto de renunciar a lo superficial y suntuoso, como de abrirse a la solidaridad con los que sufren y con los necesitados.
Recibir la ceniza tiene un sentido religioso, que quizá hace falta destacar más. Con este rito se inicia el tiempo de “Cuaresma”, que son cuarenta días de preparación para celebrar la fiesta católica más importante: la Resurrección de Jesucristo. Con el gesto de la ceniza, cada católico está reconociendo ante Dios, que debe mejorar su vida de creyente, de manera que su conducta refleje su fe y su amor a Dios y, en consecuencia, su amor al prójimo.
Este tiempo litúrgico sólo tiene sentido si sirve realmente para un cambio espiritual en los creyentes. Quedarse en las manifestaciones exteriores (sacrificios voluntarios, limosnas, etc.), si una referencia expresa a dejar que Dios tenga que ver con nuestra propia vida, sería algo más cercano a la superstición que a la fe. De igual manera, cumplir con las prácticas del ayuno y la abstinencia (también conocidas como “vigilias”), sin perdonar de corazón al que nos ha ofendido, sin dejar las prácticas de corrupción, sin abandonar los vicios, también sería caer en la superstición.
Por lo tanto, la ceniza no tiene ningún sentido supersticioso. No le sucede nada paranormal ni se le retiran las bendiciones del Cielo a la persona que no la reciba en Miércoles de ceniza. No son “polvos mágicos” que garantizaran el bienestar material o la salud de los que lo reciben. Son una señal de la conversión religiosa del corazón, son el signo de que aceptamos nuestra propia debilidad y manifiestan que necesitamos abrirnos a Dios para encontrar el sentido de nuestra vida.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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