domingo, 24 de junio de 2007

Hogares luminosos y alegres

Luis-Fernando Valdés

El panorama para la vida familiar está nublado. Estamos en un cambio de época, en el que el dinero (el mercado), el poder (Estado) y la influencia (medios de comunicación) están desdibujando la realidad de la célula primordial de la sociedad. Sin embargo, el cristianismo tiene mucha luz para dar nuevo sentido a la verdadera identidad del matrimonio y la familia. Un ejemplo de esta luminosidad lo representa la enseñanza, llena de claridad y optimismo, de San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, sobre este pilar de la sociedad.
Canonizado por Juan Pablo II, el 2 de octubre de 2002, Escrivá predicó que la enseñanza del Evangelio sobre la familia ilumina la realidad diaria de las familias actuales. “Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia (...) Cada hogar cristiano debe ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibe un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida” 
(“Es Cristo que pasa”, 2).
Estas frases no son meras consideraciones piadosas, pero irrealizables. Tienen la hondura de quien conoce bien la realidad del hombre y la mujer contemporáneos. Y es que el ser humano sólo puede desarrollar su personalidad en el seno de una familia, donde lo fundamental es la relación directa: de los cónyuges entre sí y de los padres con los hijos y los hermanos entre ellos. Pues, lo específico de la familia, como base de la sociedad, es estar fundada en el amor, en querer el bien para alguien.
La familia es el lugar donde cada persona se prepara para interactuar con las demás. Por eso, aquél que sea capaz de amar, compartir, comunicarse en su familia, será competente en otros ámbitos. Por el contrario, como hace notar el conocido filósofo de la empresa, Carlos Llano, la disolución de la familia arrastra consigo el colapso de todo el armazón de la sociedad. Entonces, cuando cada familia se acerca a este ideal de ser una “hogar luminoso y alegre”, no sólo consigue la armonía para ella, sino que también inyecta una nueva esperanza a la sociedad, porque esa familia habrá generado ciudadanos que sepan convivir con el próximo y ser solidarios con el bien común.
Escrivá tiene la genialidad de proponer no únicamente un ideal, sino de delinear un camino muy concreto para vivirlo. En primer lugar, con el amor diario y sacrificado de los esposos. En una serie de catequesis realizadas en la década de los setenta, San Josemaría invitaba a los casados a quererse cada día más. Y descendía con simpatía a los detalles más cotidianos: que marido y mujer se hablaran con cariño, que estuvieran bien arreglados en su porte para mantener vivo el amor mútuo, de ser compresivos ante el cansancio del cónyuge…
Pero el Fundador del Opus Dei nunca ofreció una vía fácil. Al contrario, proponía como un gran reto la fidelidad matrimonial y la educación de los hijos. Y siempre fue muy claro en advertir que este camino sólo puede recorrerse de la mano de Dios. De ahí que la condición para formar un hogar lleno de luz y de alegría sea que los esposos y sus hijos mantengan viva la práctica religiosa.
San Josemaría Escrivá falleció el 26 de junio de 1975. Pero hoy su mensaje nos llena nuevamente de esperanza. En el mundo actual, que se pregunta sobre el sentido de formar un hogar, el mensaje de este Santo nos recuerda que la Iglesia ofrece un tesoro de respuestas escondidas sobre la familia, que pueden convertirse en luces que guíen nuestra existencia.

Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
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